HISTORIA

1850. La fundación de La Civiltà Cattolica

Una revista al servicio del Papa y de la Iglesia

El día 6 de abril de 1850 se publicaba en Nápoles, en una imprenta ubicada en el patio de la calle S. Sebastiano, el primer número de La Civiltà Cattolica: «publicación periódica para toda Italia», se leía en la portada de la misma[1]. El cuaderno, de tapa celeste, llevaba el lema latino Beatus populus cuius Dominus Deus eius. Sin embargo, a diferencia de los «periódicos eclesiásticos» entonces en boga, estaba escrito en italiano, es decir, en el idioma que en aquel período «hermanaba» a todos los pueblos de la península – de Norte a Sur, de Turín hasta Palermo, pasando por la Roma papal – en el mismo ideal unitario, y ello incluso antes de que se concibiese a Italia como una e indivisa en el plano político.

La revista quería llegar al corazón de los temas más debatidos, tanto políticos como religiosos, literarios como científicos, y pretendía hacerlo con un estilo llano, comprensible y respetuoso de otras posiciones ideológicas. Observa el padre Taparelli d’Azeglio: «Si los redactores, al escribir, dictan con autoridad se les tendrá fácilmente por arrogantes, y no podrán insinuarse [hoy diríamos “dialogar”] especialmente si arremeten con ardor contra quienes no creen»[2].

A 171 años de la fundación de la revista, y con motivo del lanzamiento de la plataforma en español, parece oportuno volver a recordar las vicisitudes que acompañaron su nacimiento y desarrollo en medio de los turbulentos acontecimientos italianos de aquellos años.

Los jesuitas y la fundación de «La Civiltà Cattolica»

Alrededor de 30 años después de la restauración de la Compañía de Jesús, decretada en 1814 por Pío VII, se comenzó a discutir entre los jesuitas de Italia sobre la fundación de una revista redactada solo por miembros de la orden. Ello ocurría en 1846, a dos años de los movimientos revolucionarios del «Cuarenta y ocho», que alteraron el orden político-institucional europeo creado con dificultad por el Congreso de Viena (1815). El padre Pasquale Cambi, por entonces superior de la provincia romana, preguntó acerca del proyecto a algunos doctos jesuitas italianos, invitándolos a expresar su opinión al respecto. A esta iniciativa respondieron, llevando sugerencias precisas e interesantes, los padres Antonio Bresciani, Isaia Carminati, Matteo Liberatore y Luigi Taparelli d’Azeglio.

El proyecto contemplaba la creación de una revista de erudición escrita en latín, que se dirigiese sobre todo «a los hombres cultos» que desearan conocer el punto de vista católico sobre algunas cuestiones filosóficas o teológicas importantes. Es decir, una revista muy similar a las revistas enciclopédicas universales que se usaban en esa época. La mayor parte de los padres dieron opiniones orientadas en esa dirección.

El único de los jesuitas interpelados que tuvo una idea nueva de revista fue el padre Taparelli. Este quería una revista de cultura, pero de cultura viva, cercana a los intereses de la gente y que fuera accesible a la mayoría, y por tanto escrita íntegramente en italiano. También fue el único en plantear la cuestión sobre las relaciones con los no creyentes y con los adversarios de la fe; de hecho, creía que escribir una «revista» con tono autoritario e irrespetuoso, como si el mundo se dividiese entre buenos y malos, no era un buen método.

Inmediatamente después, el padre Cambi envió los informes que había recibido al padre general, Johan Roothaan, para que los examinara y tomara una decisión. Mientras tanto, el padre Taparelli escribió una interesante carta al General en la que abogaba por la implementación del proyecto editorial, el cual, de una vez por todas, eliminaría el prejuicio de que los jesuitas eran obedientes al absolutismo monárquico y enemigos de otras formas de gobierno, no obstante legítimas. De hecho, el padre Taparelli no quería que se impusiera en la nueva revista una tendencia conservadora (muy extendida en esos años en la Compañía), dispuesta a ver en el liberalismo solo errores que debían combatirse, y no atenta, en cambio, a distinguir un liberalismo radical de un liberalismo moderado, a veces incluso cristiano[3].

Sin embargo, el General rechazó el proyecto en los términos en que había sido promovido por el padre Taparelli y recomendado por el mismo padre Cambi. Temía, en efecto, que los enemigos de la Compañía pudieran acusarla, valiéndose de este hecho, de injerencia indebida en asuntos seculares y reavivaran una nueva persecución en su contra. Los acontecimientos revolucionarios de 1848, que dispersaron a los jesuitas de Italia por diversas partes de Europa, interrumpieron tanto la discusión iniciada como el proyecto de publicación de una nueva revista erudita[4]. La Curia generalicia y el padre Roothaan se trasladaron a Marsella, Francia.

Solo a finales de 1849 se volvió a hablar de la creación de un diario o de una revista dirigida por los jesuitas italianos; esta vez, sin embargo, el principal promotor del proyecto fue el padre Carlo Maria Curci, que hasta ese momento había sido mantenido al margen del debate. Apoyándose en su experiencia parisina, y acaso también bajo el influjo de las ideas del padre Taparelli, preparó un proyecto muy detallado de periódico católico y lo presentó al padre Cambi, por entonces Vicario General de Italia. Este, tras leerlo y alabarlo, lo dejó de lado, porque le pareció una empresa demasiado difícil y arriesgada de llevar a cabo, considerando las posibles implicancias políticas. También quedaron bastante perplejos ante el proyecto los tres cardenales (el llamado triunvirato rojo, compuesto por los cardenales Altieri, Della Genga y Vannicelli) que gobernaban la ciudad de Roma en ausencia del Papa, quien había abandonado la ciudad durante los acontecimientos de la «República Romana» y se había refugiado en el Reino de Nápoles, acogido por los Borbones.

No obstante, el padre Curci no se dio por vencido y, tras una audiencia con el Papa el 9 de diciembre de 1849, trató el asunto con el cardenal Giacomo Antonelli, que se mostró interesado en el proyecto; este, de hecho, habló de inmediato con Pío IX. El Papa enfrentó seriamente el asunto y durante la audiencia del 26 de diciembre se lo mencionó al padre Roothaan (que acababa de regresar de su exilio en Marsella), quien lo acoge primero con reticencia, y más tarde – una vez que el Papa rompe con toda vacilación y se decide en favor del proyecto del padre Curci – con valentía y determinación. En cualquier caso, fue gracias al coraje del padre Curci, a su temperamento vivaz y apasionado y a su gran capacidad de trabajo que el proyecto de una «revista popular» se pudo realizar en poco tiempo y tuvo éxito. Este nuevo modo de hacer y divulgar la cultura católica fue, sin embargo, idea del padre Taparelli, quien, entretanto, durante los movimientos sicilianos de 1848, se había alineado de parte de los liberales moderados.

El proyecto del padre Curci[5], muy detallado y articulado en diversas partes, excluía tanto la publicación de una Acta Eruditorum – como pensaron en un principio los superiores de la Compañía, porque a su juicio una empresa semejante «sólo podría ejercer en Italia una influencia lenta y muy limitada, ya que una revista de este tipo sólo encontraría un número limitado de lectores en la clase de los científicos y los eclesiásticos. […] Y la misma universalidad de semejantes artículos no permitiría tratar los asuntos italianos» – como la publicación de volantes o folletos orientados a «influir sobre las masas», porque ello «nos obligaría a dar juicios arriesgados, entrar en política coyuntural y podría ofender demasiado las pasiones populares».

El padre Curci, en cambio, optaba por un camino intermedio: «Entre una colección de disertaciones en latín […] y hojas de volantes cotidianos, existe entremedio la posibilidad de publicar una revista de un centenar de páginas cada quince días; entre abordar temas científicos para dirigirse solo a los científicos y abordar temas prácticos para dirigirse solo al pueblo, se puede abordar temas mixtos para dirigirse a las clases medias; entre compilar un diario europeo y publicar folletos romanos o toscanos, se puede poner en circulación un periódico italiano»[6].

«La Civiltà Cattolica» en su primera década de vida

La fecha de nacimiento de La Civiltà Cattolica puede fijarse convencionalmente el día 9 de enero de 1850[7], cuando Pío IX, que en ese momento residía en Portici, Nápoles, ordenó como autoridad (durante una audiencia privada concedida al padre Roothaan) que los jesuitas italianos dieran comienzo a la publicación de una revista o de un «periódico popular», escrito en italiano, que combatiera los errores modernos y, al mismo tiempo, defendiera la doctrina católica y los intereses de la Santa Sede de los ataques de liberales y racionalistas. Los jesuitas decidieron inmediatamente ejecutar la orden papal, cortando así posteriores discusiones, que se arrastraban hace años al interior de la Compañía, sobre la conveniencia de emprender una tarea tan penosa y delicada.

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El padre Roothaan, que al principio se había mostrado excesivamente prudente – por no decir temeroso en acoger las propuestas que se habían hecho –, se convierte después de la orden de Pío IX en «el promotor más eficaz de la empresa deseada por el Papa y se dispone a defenderla contra todos sus adversarios»[8]. El primer grupo de redactores de la nueva revista estaba conformado por talentosos escritores jesuitas, que se habían distinguido en el campo de las ciencias teológicas, filosóficas y literarias, y habían dado pruebas de ser buenos escritores. Comparecían los dos mejores pensadores de la Compañía italiana de ese tiempo: el padre Luigi Taparelli d’Azeglio, conocido por su Saggio teoretico di dritto naturale appoggiato sul fatto y por haber apoyado en Palermo en 1848 los movimientos revolucionarios; y el padre Matteo Liberatore, estudioso de filosofía tomista y autor de las Institutiones Philosophiae.

También formaban parte del grupo de los «fundadores» el padre Antonio Bresciani, famoso en ese tiempo como escritor de novelas y cuentos edificantes; el padre Giovanni Battista Pianciani, estudioso de ciencias positivas y autor de un conocido texto adoptado en esos años por los principales liceos de Italia, llamado Istituzioni fisico-matematiche; además del padre Carlo Piccirillo, el padre Giuseppe Oreglia di Santo Stefano (por entonces todavía un estudiante), y finalmente el padre Carlo Maria Curci (autor de importantes obras apologéticas contra Gioberti), que se convierte en el director y responsable de la nueva revista, aunque posteriormente, por diferencias de carácter ideológico-político con la Santa Sede, deberá dejar la dirección de la misma e incluso la Compañía de Jesús[9].

En cualquier caso, fue él quien llevó el peso de las batallas posteriores que la nueva revista jesuita – fiel al Papa y respetuosa de todas las formas de Gobierno legítimamente constituidas – pronto tuvo que librar contra la policía borbónica, de espíritu todavía tanucciano[10] y recelosa de las voces que no se alzaban para defender abiertamente el absolutismo monárquico y las prerrogativas reales.

En el primer número, el artículo de presentación del padre Curci, titulado «El periodismo moderno y nuestro programa», explicaba el objetivo que se proponía la nueva revista en el ámbito de la prensa católica. Este primer número incluía también un doctísimo artículo del padre Taparelli, titulado «Teoría social sobre la enseñanza», y otro igualmente interesante del padre Liberatore, titulado «El racionalismo político de la revolución italiana». El padre Bresciani, en cambio, escribía el primer capítulo de su novela «El judío de Verona», que contribuyó mucho a la difusión de la revista. El primer cuaderno contó con 4.200 copias, pero ya en abril se imprimieron 6.000. Al cabo de pocos meses el tiraje alcanzó más de 8.000 copias. La revista tuvo en toda Italia un éxito inesperado, debido también a un sistema de distribución muy eficiente.

En el artículo introductorio del padre Curci se lee, acerca del programa que la revista pretendía llevar a cabo: «Tanto para poner un dique a la heterodoxia que amenaza, como para preservar una regla según la cual enderezar la civilización extraviada, el tratamiento de los temas sociales correrá paralelo en nuestro periódico al otro no menos serio de los temas católicos […]. A estos dos modos, digamos, didácticos, añadiremos una polémica general contra los errores comunes más en boga, y una que podríamos llamar parte amena, puesto que intentará reforzar con formas no científicas pero sí gráciles las mismas verdades expuestas y razonadas en la parte anterior. Esta será la principal sustancia y el fondo de nuestra revista»[11]. El hecho de que la revista fuese publicada en un Estado gobernado por un régimen absolutista, ensombrecía la libertad efectiva de la empresa recién iniciada. De hecho, La Civiltà Cattolica no solo fue inmediatamente sometida a la censura preventiva del ministro de Educación del Reino de Nápoles, sino incluso a la de la policía borbónica, que utilizaba todos sus poderes para bloquear su difusión. Así pues, existía el riesgo de que para la opinión de la mayoría esta fuese considerada al servicio de los intereses de la monarquía absoluta y, por lo tanto, enemiga de los gobiernos constitucionales y «representativos», como de hecho sostenían los denigradores de esta empresa: liberales, masones, radicales, todos igualmente anticlericales y enemigos de la Iglesia. Los padres escritores empero, sobre todo Taparelli y Curci, no querían ser considerados los sostenedores de ese régimen, ya en ese momento destinado a morir.

Esto ya podía observarse claramente en el texto programático de la revista, que los padres habían hecho circular en el mes de marzo, con alrededor de 120.000 copias, en todos los Estados italianos. Se desprende del texto que La Civiltà Cattolica no pretendía aferrarse al carro del absolutismo despótico y legitimista, sino que buscaba solo en el papado y en la doctrina católica el punto de referencia seguro de su programa, por medio de una actividad cultural que esperaba fuera universal y civilizadora en sentido cristiano. Al respecto, en el mencionado programa se podía leer: «Como todos pueden ver, estos escritos se dirigirán a toda Italia; y aunque se adapten, por ahora, más a esta ciudad que a aquella otra, tenemos la esperanza de que puedan ser considerados como autóctonos y naturales en cada una de ellas. Bajo esta óptica, nuestra revista no debería tener otra patria que Roma, es decir, el centro donde se suscitaron las primeras inspiraciones civilizadoras que fecundaron Italia y el mundo. Y hacia allá tenemos el firme ánimo de ir, apenas el Romano Pontífice se traslade y tenga asegurada su plena independencia».

En cuanto al aspecto político, el programa reforzaba las posiciones ya fijadas por el General de los jesuitas en esta materia, válidas para todas las obras públicas de la Compañía: «La Civiltà Cattolica, precisamente por ser católica, es decir, universal, debe ser capaz de conciliarse con cualquier tipo de régimen político, siempre y cuando su existencia sea legítima y su actuar justo».

Sin embargo, el programa de la revista no agradó a los «realistas» del Reino de Nápoles. El rey Fernando II se quejó al padre Roothaan y lo hizo venir expresamente de Roma para manifestarle su contrariedad. El programa de la revista fue tachado de «indiferentismo» y de no apoyar abiertamente los derechos divinos e imprescriptibles de los monarcas. De hecho, de acuerdo a los «realistas», ello no podía defenderse si se afirmaba explícitamente que se «sostenían los principios de la autoridad sin hacerse cargo de manera especial de una forma de gobierno más que de otra»[12]. Estaba claro que la revista no podía permanecer bajo el yugo del despotismo borbónico conservando su libertad de pensamiento y de expresión, ni podía ser creíble a los ojos de los hombres libres, si sus artículos eran censurados por la recelosa policía borbónica, en ese tiempo impopular ante la opinión pública italiana.

Fue entonces que, tras algunos incidentes ocurridos entre La Civiltà Cattolica y la autoridad real de la policía y bajo la insistencia del padre Liberatore, el 21 de septiembre de 1850 el padre general ordenó a los escritores abandonar Nápoles para dirigirse a Roma, ciudad que se convierte en la sede definitiva de la revista. La comunidad se trasladó a la casa del noviciado en vía Quirinale (la administración, en cambio, se estableció en vía S. Romualdo), en cuyo patio se instaló también la imprenta. El 1º de noviembre de 1850 apareció el primer número romano de La Civiltà Cattolica. Este traslado benefició a la revista, aun cuando no fue acogido favorablemente por todos los «redactores». Sin embargo, la revista no ganó en autonomía, como se esperaba: en efecto, la censura borbónica fue pronto sustituida por la pontificia, interesada en apoyar principios que la revista no podía aceptar como universales y absolutos.

Ya en sus tiempos napolitanos, la revista había implementado un sistema eficiente y moderno de difusión de los números, basado en una red local de distribución que tenía como jefe a un agente fiduciario responsable, llamado «gerente» (a menudo un jesuita), que a su vez se encargaba de organizar in situ una minuciosa divulgación. Recordemos que en esa época, debido a la división del territorio italiano en muchos Estados soberanos pequeños, resultaba muy difícil hacer llegar la revista a todas partes en un tiempo razonable, ya que esta debía pasar por múltiples aduanas y ser sometida, por tanto, a diversas censuras y controles. A pesar de todo, el sistema rápidamente logró funcionar a la perfección, al punto de que al cabo de pocos meses se llegaron a imprimir más de 8.000 ejemplares por número: una cifra récord para esos tiempos. De esta forma, la revista constataba en la «práctica» las ventajas de una Italia reunificada (tan proclamada en esos tiempos por los liberales), que sin embargo debía condenar con todas sus fuerzas en el plano ideológico, con el fin de defender el poder temporal de los Papas[13].

Paradójicamente, los jesuitas pensaron en su revista desde el inicio en términos «italianos», incluso antes de que existiera políticamente Italia. Durante todo el período de la primera serie de la revista (1850-1853), hicieron aparecer en la portada de La Civiltà Cattolica la leyenda «revista para toda Italia», para que «fuera vista como autóctona desde Susa a Malta y de Niza a Trieste»[14]. En esto fueron de facto precursores del movimiento de reunificación. Incluso condenándola en sus escritos, de hecho ya la habían realizado.

El breve «Gravissimum supremi» de 1866

La segunda serie de La Civiltà Cattolica comenzó en 1853[15]. Se imprimieron 160.000 copias del programa, que fue difundido por toda Italia e incluso fuera de ella. Con este, la revista pretendía restaurar la filosofía tomista e instalarla en la base de su actividad intelectual, «para conducirla en lo esencial, en la medida en que podamos, a lo que era para nuestros mayores y especialmente para S. Tomás»[16]. En los años siguientes, el programa fue audazmente implementado por la revista romana, que contaba entre sus filas con escritores tomistas convencidos y de gran valor, como el padre Liberatore, el padre Taparelli, el padre Calvetti y otros. Estos buscaban combatir el racionalismo ateo moderno con un método tan racional como ese, pero que situaba a Dios en el centro. El «giro» tomista de La Civiltà Cattolica precedió y de algún modo preparó el que León XIII posteriormente llevó a cabo, en 1879, con la encíclica Aeternis Patris.

También en Roma la revista continuó defendiendo, en materia política, el principio según el cual esta no pretendía tomar partido por alguna forma de gobierno particular, sino que «los respeta a todos siempre que sean legítimos (de lo contrario, los tolera)». El padre Taparelli, en una carta dirigida a su hermano Massimo, escribía que los ataques de La Civiltà Cattolica a la política piamontesa no debían interpretarse como «aversión a los órganos representativos, sino como dolor por los males de la Iglesia»[17], es decir, a la luz de la política anticlerical practicada por el Gobierno. Incluso durante la guerra franco-piamontesa contra Austria, en 1859, la revista adoptó la táctica del silencio sobre las cuestiones políticas, que le fue sugerida también por el Papa. De hecho, en una audiencia privada, el Papa expresó al padre Taparelli el deseo de «que la revista evitara los asuntos peligrosos en los tiempos de guerra y recomendó que se continuara en el mismo tenor»[18].

En el diario de consultas puede observarse que, durante el período romano, el director de la revista, o algún sustituto, solía llevársela ya compaginada al Papa. En ella no se realizaba ningún tipo de «censura preventiva». Sin embargo, el Papa muchas veces deba sugerencias o pedía que se tratasen algunos temas de carácter político o doctrinal que estimaba útiles para el bien de la Iglesia. Entre los artículos más importantes escritos en ese período a instancias de Pío IX, recordamos aquellos en defensa del dogma de la Inmaculada Concepción y aquellos que preparaban el camino al Concilio Vaticano I, como la célebre «Correspondencia de Francia», de febrero de 1869, en la que por primera vez se planteó explícitamente el tema de la infalibilidad papal, que debía aprobarse – esperaba el artículo – no tras la discusión de los padres conciliares, sino por aclamación[19].

La institución del «Colegio de escritores» de La Civiltà Cattolica no ocurrió inmediatamente, si bien existía ya desde el inicio un grupo fijo de redactores de la revista. Fue el padre Calvetti, durante los años de exilio en Boloña del padre Curci, quien consiguió obtener el consentimiento del Papa para la constitución de una comunidad autónoma de escritores, sujeta, a través de la mediación de los superiores de la Compañía, al Romano Pontífice. Los lineamientos fundamentales de esta nueva institución fueron fijados por el mismo padre Curci, quien sugería al padre Calvetti: «Su Santidad el Sumo Pontífice podría, con su autoridad Apostólica, establecer una casa de escritores de la Compañía de Jesús al servicio de la Iglesia para el fin ya mencionado, bajo la disposición de los Romanos Pontífices y la dependencia inmediata del Prepósito General de la misma Compañía, según todas las normas del colegio de la misma».

El breve pontificio Gravissimum supremi de Pío IX, que el 12 de febrero de 1866 erigió y constituyó «perpetuamente» el Colegio de escritores, acoge de hecho plenamente las sugerencias del padre Curci. «Con esta carta – escribía el Papa – por la fuerza de Nuestra Autoridad apostólica, erigimos a perpetuidad el Colegio de Escritores de la Revista La Civiltà Cattolica de la Compañía de Jesús, a establecerse en una casa adecuada, y la constituimos según las leyes y privilegios de que se valen y gozan el resto de los colegios de la Compañía de Jesús, pero con la cláusula de que tal colegio dependa completamente y en todo del Superior General de la misma Compañía. Deseamos que la norma de tal Colegio sea que cuantos fuesen destinados por el mismo Superior General a la Revista o a la composición de otros escritos, empeñen toda su obra, actividad y celo en la producción y publicación de escritos para la defensa de la religión católica y de esta Santa Sede. […]»[20].

La toma de Roma por parte de los piamonteses en 1870 y la consecuente abolición de su poder temporal, fueron un duro golpe asestado al Papa. Los padres de La Civiltà Cattolica no quisieron permanecer ajenos al conflicto: a modo de protesta contra los llamados «hechos consumados», que – escribía el padre Liberatore – «en tanto contrarios al derecho divino y humano y apoyados solo por la fuerza de las armas, no pueden en ningún caso aceptarse», decidieron en 1870 trasladarse de Roma a Florencia, «ciudad más apta – se decía en una editorial – para continuar nuestra obra habitual», si bien existía una fuerte y agresiva tradición anticlerical. De hecho, durante los 17 años de permanencia en Florencia, los padres muchas veces tuvieron que soportar la violencia – no solo verbal – de grupos radicales y anárquicos. La etapa florentina de La Civiltà Cattolica duró hasta 1887, cuando León XIII llamó a Roma a toda la redacción.

Mientras tanto, se había producido un verdadero cambio generacional en la conducción de la revista. De la vieja guardia solo quedaban el padre Liberatore, ya anciano y de quien se valió el nuevo Papa para la redacción de la encíclica Rerum Novarum, y el padre Oreglia; el resto de los escritores estaba constituido por jesuitas pertenecientes a la llamada «segunda generación»: los padres Valentino Steccanella, Giuseppe Fantoni, Giovanni Cornoldi, Gaetano Zocchi, Raffaele Ballerini, Beniamino Palomba, Giovanni Battista Franco y Francesco Berardinelli. Todos estos padres trabajaron para la revista durante el largo pontificado de León XIII.

Debe destacarse que existe una diferencia sustancial entre los escritores de la primera generación y los de la segunda. Los fundadores de la revista (Curci, Taparelli, Liberatore) fueron intelectuales «incluso antes de ser instrumentos al servicio de los intereses políticos generales y específicos de la Santa Sede y del Papa»[21]. Aun estando vinculados a la obediencia, desarrollaron una «obra autónoma», preparando el terreno para la renovación neoescolástica que Taparelli no llegó a ver y que fue firmada por León XIII. La segunda generación, en cambio, vivió en pleno período de las protestas católicas contra los llamados «hechos consumados». Estos padres debieron combatir para defender los intereses de la Santa Sede y del Papa, que consideraban ilegítimamente violados por el nuevo orden institucional italiano, y se opusieron por tanto a los gobiernos anticlericales y a los periódicos fanáticos.

Todo esto marcó profundamente el estilo de la revista y su orientación política: en esos años la revista se vuelve en Italia – junto al Osservatore Cattolico, de don Davide Albertario, y a l’Unità Cattolica, de don Giacomo Margotti – el bastión de la intransigencia no solo política, sino también ideológica, paladín de la defensa a ultranza de los derechos violados del Romano Pontífice. La dirección tomada, que se convirtió en un verdadero hábito mental, se volvió más neta sobre todo a partir de los años florentinos. Después continuó en Roma y orientó la política de La Civiltà Cattolica tanto en materia de elecciones políticas como en temas de organización de las masas católicas, hasta el inicio del pontificado de Pío X.

***

La perfecta sintonía entre el Papa y los escritores de La Civiltà Cattolica en materia política y de defensa del poder temporal disminuyó, aunque solo por un breve período, con el sucesor de Pío IX, León III. Este pretendía establecer un nuevo rumbo de diálogo y de apertura prudente frente al gobierno italiano. Para evitar posibles malentendidos o conflictos de cualquier tipo, en 1887 ordenó, como ya dijimos, que la sede de la revista se trasladara desde Florencia a Roma; de esta manera, podía tener a la revista bajo control con mayor facilidad. Todo esto deja ver claramente que en ese tiempo no había todavía un acuerdo pleno entre la orientación de La Civiltà Cattolica y el pensamiento del Papa: acuerdo que se habría puesto de manifiesto rápidamente y que luego se consolidaría a tal punto que la revista de los jesuitas se volvería, para muchos en esos años, casi en el portavoz autorizado del gobierno central de la Iglesia. En cualquier caso, la revista se convierte en manos del Papa en un instrumento que le permite no solo exteriorizar su pensamiento, sino también intervenir en algunos asuntos delicados, y a menudo también catar el ánimo o la recepción del ambiente católico o laico sobre temas particulares.

En el breve Sapienti consilio de 1890, León XIII confirma el de Pío IX de 1866, ordenando que los escritores de La Civiltà Cattolica «continúen tratando la variedad de temas elegidos desde el inicio consultándose entre sí – literatura, historia, ciencia – y no estimen ajeno a su tarea nada de cuanto sirva a la belleza de la doctrina y al desarrollo de las artes liberales. Pero debe ser su tarea específica y su norma defender los derechos del Romano Pontífice, dedicándose a la filosofía y a la teología – y esto como una ley que se les impone, teniendo como guía a Santo Tomás de Aquino en ambas facultades –, y cultivando y defendiendo siempre con particular empeño su doctrina»[22].

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Por lo tanto, los estatutos fundacionales de La Civiltà Cattolica, además de las directrices de orden organizativo y práctico, establecían rigurosamente la doctrina filosófica y teológica en la que cada escritor y la revista en su conjunto debía inspirarse. Algo que La Civiltà Cattolica realizó con diligencia y sin esfuerzo alguno. Los padres, de hecho, consideraban aquella doctrina como «la filosofía perenne del género humano», es decir, casi una forma universal de saber (o sabiduría) natural, válido para todos los hombres y en todos los contextos culturales y sociales, y esto hasta los años del Concilio Vaticano II.

El giro decisivo en la historia ya por entonces centenaria de La Civiltà Cattolica, se produjo durante el pontificado de Juan XXIII con ocasión del Concilio Vaticano II, que removió los viejos esquemas doctrinales, culturales e ideológicos en los cuales esta había nacido y crecido. Tras los cambios producidos en esos años la revista ya no volvería a ser la misma.

En la primera audiencia (2 de febrero de 1960) que Juan XXIII concedió al joven director, el padre Roberto Tucci (quién más tarde sería ungido cardenal por Juan Pablo II), este le propuso, en tono afable y directo, que en adelante la revisión habitual de la revista ya no fuera realizada por él, como sucedía hasta ese momento, sino directamente por el Secretario de Estado, el cardenal Domenico Tardini, cuya calidad y fidelidad alabó. «Queridos jóvenes – le dijo el Papa con humor al director –, las cosas que ustedes escriben son demasiado difíciles, ¡no las entiendo todas! Hablen con el cardenal Tardini: ¡el sí que es inteligente!»[23]. Luego le dijo al director que si el parecer de Tardini fuese distinto del suyo, debía seguir la opinión del cardenal. Tranquilizó, en todo caso, al padre Tucci diciéndole que lo recibiría en audiencia privada cada cierto tiempo para informarse sobre el curso de la revista.

Se interrumpía así una tradición que había comenzado con Pío IX y que todos los Papas, si bien con diversas modalidades y frecuencias, habían celosamente conservado. Algunos padres vieron en ello algo así como una diminutio del prestigio de la revista o una suerte de hostilidad del nuevo Papa hacia ellos. En realidad no fue así; por el contrario, Juan XXIII pidió que esta, como había sucedido en el pasado con el Vaticano I, redactara para el futuro Concilio (en esos momentos en fase de preparación) artículos sobre temas particulares – que él revisaría personalmente – y que siguiera los sucesos cotidianamente.

También los posteriores Papas, desde Pablo VI hasta el Papa Francisco – si bien cada uno a su manera –, continuaron sirviéndose de la actividad de la revista, y apoyaron – como puede deducirse de los numerosos mensajes y cartas enviadas al Colegio de Escritores – su acción cultural en el mundo contemporáneo. Y esto continúa hasta nuestros días.

  1. Cfr Memorie della Civiltà Cattolica. Primo quadriennio 1850-53, Roma, La Civiltà Cattolica, 1854, 35.
  2. Acta Romana Societatis Iesu (Arsi), Prov. Rom. 1003, 1, 2. La reseña del padre Taparelli está fechada 11 de enero de 1847.
  3. La carta está publicada en P. Pirri, Carteggio del p. Luigi Taparelli d’Azeglio della Compagnia di Gesù, Torino, Rocca, 1932, 212-217.
  4. Cfr G. De Rosa (ed.), Civiltà Cattolica 1850-1945. Antologia, vol. I, San Giovanni Valdarno (Ar), Landi, 1971.
  5. Este documento está publicado íntegramente en A. Ferrua, «Il primo progetto della Civiltà Cattolica (novembre 1849)», en Civ. Catt. 1971 III 258-267. Cfr G. Martina, «Curci, Carlo Maria», en Dizionario bibliografico degli italiani, Roma, Istituto della Enciclopedia Italiana, 1985.
  6. A. Ferrua, «Il primo progetto della Civiltà Cattolica (novembre 1849)», cit., 260.
  7. La historia de los primeros años de La Civiltà Cattolica ha sido descrita con abundantes detalles en un Diario de casa, que comenzó a escribirse en noviembre de 1853. Otra fuente importante es Memorie della Civiltà Cattolica. Primo quadriennio 1850-53, cit.
  8. P. Pirri, «La Civiltà Cattolica nei suoi inizi e alle prime prove», en Civ. Catt. 1924 II 23.
  9. Después del exilio en Boloña, entre 1854 y julio de 1856, el padre Curci retoma la dirección de la revista. Sin embargo, una vez de vuelta en la comunidad, parece que ya no estaba muy de acuerdo con sus cofrades, tanto por su carácter explosivo como también por diferencias de opinión; por eso, como puede verse en el diario de casa, pasó largas estadías fuera de Roma, en Ferentino. Después de 1864 su colaboración a la revista disminuyó sensiblemente (tanto que Pío IX se quejó vivamente al padre Piccirillo) y en 1866 cesó definitivamente. Poco a poco Curci no solo se alejó de la revista que él mismo había fundado, sino incluso, en sus numerosos escritos sobre el poder temporal de los Papas, se contrapuso también al pensamiento de Pío IX en esta materia, hasta distanciarse completamente, en los años setenta, de la línea del así llamado «catolicismo intransigente». Por esos años se convierte en el símbolo mismo del católico «desobediente» a la voluntad del Papa; en 1877 el General lo daba de baja de la orden (a petición de él mismo); en 1884 todas su numerosas obras fueron puestas en el Índice (de libros prohibidos), y en el mismo año fue suspendido a divinis. En mayo de 1891, pocos días antes de morir, fue nuevamente readmitido en la Compañía. Cfr G. Mucci, La riforma della Chiesa nel pensiero di C. M. Curci (1809-1891). Contributo allo studio del riformismo italiano dell’Ottocento, Roma, Pont. Univ. Gregoriana, 1972; Id., Il primo direttore della «Civiltà Cattolica». Carlo Maria Curci tra la cultura dell’immobilismo e la cultura della storicità, Roma, La Civiltà Cattolica, 1986; Id., «Libertà carismatica e riforma della Chiesa: il caso Curci», en Rassegna di teologia 16 (1975) 136-154; G. Martina, «Curci, Carlo Maria», en Dizionario biografico degli italiani, cit., 417- 422.
  10. Se alude aquí a Bernardo Tanucci, jurista y hombre político, que asumió cargos importantes en la corte borbónica napolitana.
  11. C. M. Curci, «Il giornalismo moderno ed il nostro programma», en Civ. Catt. 1850 I 1, 17.
  12. P. Pirri, Carteggio del p. Luigi Taparelli D’Azeglio della Compagnia di Gesù, cit., 289.
  13. Cfr G. Martina, «Curci, Carlo Maria», cit., 419.
  14. Memorie della Civiltà Cattolica…, cit., 30.
  15. La Civiltà Cattolica estaba dividida en series; cada serie constaba de 12 volúmenes (que se publicaban en el curso de 3 años) y era presentada por un «programa introductivo».
  16. Memorie della Civiltà Cattolica…, cit., 52.
  17. P. Pirri, Carteggio del p. Luigi Taparelli D’Azeglio della Compagnia di Gesù, cit., 316.
  18. Ibid, 678.
  19. Cfr G. Martina, La Chiesa nell’età dell’assolutismo, del liberalismo, del totalitarismo. Da Lutero ai nostri giorni, Brescia, Morcelliana, 1974, 601.
  20. Archivio della Civiltà Cattolica (ACC), Documenti papali, 33 E, 1, 1, 1.
  21. G. De Rosa, La Civiltà Cattolica 1850-1945…, cit., 69.
  22. ACC, Documenti papali, 33 E, 1, 2, 2.
  23. B. Sorge, Uscire dal tempio. Intervista autobiografica, Genova, Marietti, 1989, 72.
Giovanni Sale
Después de realizar estudios en derecho en 1987 ingresó a la Compañía de Jesús, en la cual fue ordenado presbítero. Desde 1998 es parte del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica. Enseña, además, Historia de la Iglesia Contemporánea en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Ha trabajado durante años en el Instituto Histórico de la Compañía de Jesús, del que fue su último director.

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