EspiritualidadACÉNTOS

Educación católica, fe y discernimiento vocacional

Classmate Classroom Sharing International Friend Concept

Introducción

La Iglesia convoca el Sínodo de los Obispos para interrogarse «cómo acompañar a los jóvenes para que reconozcan y acojan la llamada al amor y a la vida en plenitud, […e] identificar las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia».[1] Se trata de un tarea importante en un mundo en que los jóvenes han asumido un papel de guía en muchas áreas que antes se consideraban reservadas a las generaciones de más edad.

En la era digital hemos asistido al crecimiento de la influencia de las generaciones más jóvenes en la sociedad de maneras que cuesta imaginarse años atrás: Facebook, Twitter y muchos otros nuevos medios o redes sociales han sido fundados por personas que estaban en sus veinte o treinta años de edad. El impacto de estos nuevos instrumentos ha contribuido ciertamente a algunos de los cambios más importantes de la historia reciente. Hemos visto a jóvenes estudiantes inspirar y conducir en muchas partes del mundo cambios sociales y culturales utilizando estas nuevas redes sociales multimediales.

Sin duda, se trata de un fenómeno social nuevo que requiere el necesario discernimiento por parte de la Iglesia, porque, «a través de los jóvenes, la Iglesia podrá percibir la voz del Señor que resuena también hoy».[2] En efecto, son los jóvenes, con su creatividad, su activismo social y su imaginación los que plasman el mundo. La Iglesia hace bien en identificar en todo ello el mensaje del Señor. El Documento preparatorio (DP) define como «jóvenes» a las personas de entre 16 y 29 años. Las presentes reflexiones sobre la educación católica se refieren a esta franja de edad; no obstante, la mayor parte de las consideraciones puede extenderse también a los más jóvenes.

La educación católica: «Venid y veréis»

A lo largo de los siglos la Iglesia católica ha dedicado mucha creatividad y compromiso a la construcción de una gran red de escuelas al servicio de su misión, haciendo también una aportación importante a la vida cívica: «La educación escolar y universitaria estuvieron siempre en el centro de la propuesta de la Iglesia católica en la vida pública».[3] Las escuelas católicas han sido puestas al servicio de todos los niveles de la sociedad, pero, en muchos casos, han orientado la acción educativa a grupos de los que ningún otro se ocupaba: los pueblos indígenas, los niños sin techo, los desheredados, las minorías, etc.

Muchas otras Iglesias cristianas y organizaciones religiosas gestionan escuelas. No obstante, se puede decir con certeza que la Iglesia católica tiene la red más grande y vasta de escuelas en cuanto al número y a los países a los que llega. Además, existe un reconocimiento casi general de que la educación católica ofrece una instrucción de altísimo nivel. Los padres provenientes de contextos religiosos distintos y hasta los de inspiración laica ven generalmente en las escuelas católicas instituciones de excelentes cualidades.

En este sentido, las escuelas católicas constituyen un observatorio privilegiado para escuchar, conocer y acompañar a los jóvenes del mundo. Su experiencia y su conocimiento de las culturas juveniles, de sus expectativas y desafíos, puede enriquecer notablemente la comprensión de la juventud por parte de la Iglesia y desarrollar un papel importante en su empeño por proclamar el evangelio a las nuevas generaciones.

«Venid y veréis»: la educación católica podría ser la única invitación de esta índole que llegue a oídos de millones de jóvenes, una invitación dirigida también a las generaciones de más edad, que, aun estando alejadas o decepcionadas de la Iglesia, todavía siguen depositando su confianza en las escuelas católicas para la educación de sus hijos.

La renovación y la innovación de la educación católica

Sin duda, el Sínodo le propone una tarea también a la educación católica: la ardua tarea de renovar y de innovar, de modo de ser verdaderamente un lugar en que las nuevas generaciones puedan experimentar el evangelio. Hoy más que nunca la educación católica debe encarnar los valores que quiere comunicar a las nuevas generaciones. Como dijo el papa Pablo VI, los jóvenes buscan testigos antes que maestros. La mejor manera que las escuelas católicas tienen para evangelizar es crear entornos escolares donde el servicio, la comunidad, el respeto y la autonomía se vivan aun antes de predicarse. Los docentes y las escuelas deberían convertirse en personas y comunidades de referencia en los términos en que se lo explica en el Documento preparatorio: «figuras de referencia cercanas, creíbles, coherentes y honestas, […] capaces de expresar sintonía y ofrecer apoyo, estímulo y ayuda para reconocer los límites, sin hacer pesar el juicio» (DP I, 2).

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Hoy en día enseñar con el ejemplo es más crucial que nunca. Una escuela católica que sea capaz de plasmar una comunidad para sus estudiantes podrá ser una gran ayuda para una generación tan expuesta al cinismo que se ha vuelvo escéptica respecto de cualquier discurso de aprendizaje, pero que, aun así, está todavía muy abierta a las transformaciones y a construir comunidades solidarias. En este sentido, la educación católica puede convertirse en una «voz profética» que haga audible el mensaje de la Iglesia a un público juvenil tan bombardeado por la publicidad y la propaganda que solo con dificultad logra escuchar mensajes nuevos o reflexionar sobre ellos. No obstante, en ese mismo público está presente el anhelo de verdaderas comunidades donde desarrollar sus propios dones y ser ellos mismos. En este sentido, «la educación católica es una parte privilegiada de la misión de evangelizar […]. Evangeliza la cultura, las relaciones, los valores y la educación misma. Puede ayudar a aquellos que buscan al Señor en su proceso de fe».[4]

Para responder de manera creativa a este desafío la educación católica está llamada a recorrer el camino de la renovación y de la innovación: un recorrido que puede tornarla fundamental para los estudiantes que ella educa y para la Iglesia a la que sirve. Las palabras del papa Francisco a los jóvenes con ocasión de la presentación del Documento preparatorio del Sínodo valen también para la educación católica: «No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces».[5] Para los jóvenes las escuelas son el lugar ideal donde profundizar su fe y practicar el discernimiento vocacional.

Pero eso exige que las escuelas no se contenten con el statu quo, es decir, con continuar reiterando lo que siempre han hecho: esto no puede ser suficiente aun a pesar de que algunas de esas prácticas hayan tenido éxito con las generaciones pasadas. Durante la ceremonia de clausura del Congreso Mundial sobre la Educación, el papa Francisco afirmó: «Os agradezco por la noble tarea de educar a la juventud; al mismo tiempo, os digo: no tengáis miedo de lo nuevo. Nuestra educación se dirige a una generación que está cambiando; por lo tanto, los educadores y los sistemas escolares están llamados, a su vez, a cambiar».[6]

Las escuelas están al servicio de los jóvenes, razón por la cual deben escucharlos y renovar su propio servicio en función de esa escucha. Solamente podrán enseñar el discernimiento si a su vez lo practican, sobre todo si se trata del discernimiento «de los signos de los tiempos, que apunta a reconocer la presencia y la acción del Espíritu en la historia» (DP I, 2). En el Documento se analizan algunos de estos nuevos signos: un mundo en rápida evolución, con el creciente sentimiento de inseguridad, fluidez y vulnerabilidad que ello implica en diversos planos; la desocupación y la explotación en el trabajo; el creciente número de los refugiados y de los migrantes; un mundo centrado en la ciencia y en la tecnología, pero en crisis de significados; las personas que anhelan pertenencia; por último, un mundo inmerso en una profunda crisis medioambiental, que, como el papa Francisco hace notar en Laudato si’ (LS), es también una crisis social: «No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental» (LS 139).

Otro importante signo de los tiempos es el hecho de que «quien es joven hoy vive la propia condición en un mundo diferente al de la generación de sus padres y de sus educadores. […] Mudan también, subyacentemente, deseos, necesidades, sensibilidades y el modo de relacionarse con los demás» (DP I, 2). Todo eso exige que la educación católica se pregunte seriamente: ¿cómo podemos responder a estos nuevos signos? En el contexto de los nuevos cambios, ¿cómo hacer para mantener esa educación bien ajustada que en el pasado caracterizó a la religión católica? ¿Cómo nos guía el Espíritu en esto?

Algunos educadores católicos tienen miedo de plantear estas preguntas porque piensan que la identidad de las escuelas podría resultar comprometida o debilitada. No obstante, no hay motivo para que tal cosa suceda: la identidad católica no está amenazada por una renovación y por una innovación que son necesarias; por el contrario, las escuelas católicas, si ignoran los signos de los tiempos, corren el riesgo de ir «en contra del Espíritu».

La identidad y la misión católica en las escuelas

Es verdad que algunas escuelas católicas, para adaptarse a los nuevos contextos, pueden haber debilitado o abandonado su identidad católica. No obstante, adaptarse y discernir son dos cosas distintas. La Iglesia llama a un discernimiento auténtico, que exige una identidad católica fuerte y escuelas bien firmes en su misión. «Nuestra misión expresa nuestra identidad, y esta garantiza nuestra misión […]. La razón de ser de las escuelas y de las universidades católicas no ha cambiado […]. Antes bien, ella muestra que es necesario comprender nuestra misión y desarrollarla con una actitud de fidelidad creativa hacia nuestra identidad y misión específicas. También es necesario buscar respuestas adecuadas a los numerosos desafíos que la educación nos presenta hoy».[7]

Si en las escuelas católicas queremos escuchar a las nuevas generaciones y darles respuestas adecuadas necesitamos sobre todas las cosas pasar de un modelo monológico a un modelo dialógico de compromiso, que reconozca las nuevas realidades multiculturales e interculturales en las que las escuelas católicas están actuando.

La escuela del monólogo se centra en una identidad católica «interpretada como una “historia cerrada” en una resuelta reivindicación de verdad»: una suerte de «gueto católico» con escasa «receptividad para las otras religiones y actitudes de vida».[8] Un modelo de este tipo hace difícil responder a un ambiente que alienta y enseña el discernimiento —un «proceso reflexivo de acción»— porque tiende a actuar en un contexto inmóvil, donde todo ya ha sido decidido.

Además, este modelo da prioridad a una perspectiva meramente reaccionaria frente a las sociedades modernas. Como afirma la declaración Gravissimum educationis, del Concilio Vaticano II, la educación católica es importante en cuanto promueve el «diálogo entre la Iglesia y la comunidad humana en beneficio de ambas partes».[9] Es difícil cultivar un diálogo de esta índole en una escuela del monólogo, para la cual cualquier otro punto de vista está equivocado o no es verdadero.

El entonces cardenal Bergoglio escribió al respecto en su Mensaje a las comunidades educativas del año 2004: «De ningún modo deben aspirar nuestras escuelas a formar un hegemónico ejército de cristianos que conocerán todas las respuestas, sino que deben ser el lugar donde todas las preguntas son acogidas, donde, a la luz del evangelio, se alienta justamente la búsqueda personal y no se la obtura con murallas verbales, murallas que son bastante débiles y que caen sin remedio poco tiempo después. El desafío es mayor: pide hondura, pide atención a la vida, pide sanar y liberar de ídolos».[10]

Por el otro lado, una escuela del diálogo combina «la máxima identidad cristiana con la máxima solidaridad» hacia otros puntos de vista. «El tono de este diálogo está dictado por una opción preferencial por el mensaje católico. La conversación entre visiones filosóficas es el reflejo de una opción preferencial por el catolicismo. En medio de la pluralidad se busca ser católico; por el hecho de ser católico se vive en la pluralidad».[11] Este modelo de escuela católica es más adecuado para las generaciones jóvenes, que exigen el respeto de la diversidad, pero anhelan también la comunidad. Tal modelo puede responder mejor al desafío lanzado por el papa: «¡Arriesga! El que no arriesga no camina».[12]

La educación católica no puede cumplir su misión evangélica si no es inspiradora para los estudiantes. Para lograrlo debe crear un ambiente que sea inclusivo en el respeto de los otros puntos de vista y en el cual pueda percibirse y experimentar la experiencia católica. La escuela del diálogo será capaz de responder al desafío de que las comunidades resulten «acogedoras para todos, siguiendo a Jesús, que sabía hablar con judíos y samaritanos, con paganos de cultura griega y ocupantes romanos, comprendiendo el deseo profundo de cada uno de ellos» (DP III, 4).

Además, el modelo dialógico permite superar otros dos modelos que reducen el potencial evangélico de las escuelas. Pollefeyt y Bouwens los llaman modelo incoloro y modelo colorido. En el primero, la religión se considera como un «hecho privado» y la escuela asume una posición neutral y una perspectiva ética individualista sobre la religión. Por el contrario, la escuela colorida abraza la diversidad religiosa hasta el punto de diluir la identidad católica, que se convierte en un color entre otros, y el carácter católico de la escuela se descuida a tal punto que «se dispone de poco o de ningún espacio para la proclamación del evangelio y para la educación pastoral en la escuela».[13]

Renovar la pasión, preparar educadores

La Congregación para la Educación Católica publicó en 2014 un Instrumentum laboris en preparación a la celebración del 50º aniversario de la declaración Gravissimum educationis y del 25º aniversario de la constitución apostólica Ex corde Ecclesiae. El título del documento es Educar hoy y mañana. Una pasión que se renueva. El título, el documento mismo y el congreso llevado a cabo por la Congregación sobre estos temas son los más apropiados con vistas al Sínodo sobre los jóvenes. Escuchar a los jóvenes ofreciéndoles las riquezas de los Evangelios y los cuidados maternales de la Iglesia exige que la educación católica reconquiste su pasión educativa, subraye su importancia y continúe anunciando a Jesucristo a las nuevas generaciones. Y esto exige, a su vez, que se renueve la pasión de formar educadores que puedan transmitir tal educación a los jóvenes de hoy.

La educación católica se encuentra frente a muchos desafíos económicos, profesionales y sociales, pero el mayor de todos consiste en preparar a los educadores que puedan apoyarla y hacerla siempre nueva —como el evangelio— y significativa para las generaciones posteriores. La educación católica no «se sostiene solamente porque posee recursos (admitiendo que los tenga), sino más bien porque posee educadores con identidad, un proyecto claro, la capacidad de implicar a otros, y porque tiene un lugar en la Iglesia y en la sociedad. En definitiva, las que la inspiran son la calidad, la identidad y la misión».[14]

El Documento preparatorio del Sínodo aboga por un tipo particular de educador católico: docentes y administradores capaces de crear un ambiente en que los estudiantes puedan crecer, madurar y recibir estímulos; educadores que sepan escuchar a sus estudiantes y encarnar el mensaje que la Iglesia tiene para ellos; educadores que sean ejemplo de fe, discernimiento y vocación. Según el documento, fe significa ver las cosas como las ve Jesús. O también, como explica el papa Francisco a los jóvenes chilenos, ser personas que conocen la contraseña para conectarse con Jesús: «“¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Esa es la contraseña, esa es la batería para encender nuestro corazón y encender la fe y encender la chispa en los ojos».[15]

Por tanto, se vuelve a la idea de que los educadores católicos deben ser testigos. Ellos deben plantear preguntas no solamente con las palabras, sino sobre todo con su vida. Las escuelas católicas han tenido éxito y reconocimientos en cuanto escuelas que crean un sentimiento de comunidad. Esta importante característica debe ser puesta de manifiesto más que nunca: «En cuanto comunidades educativas, [las escuelas católicas] están llamadas a la promoción y al cuidado de las relaciones humanas que unen a los docentes, a los padres y a los administradores con valores compartidos y un proyecto educativo común».[16]

Este acento en la creación de una comunidad en la que los estudiantes se sientan integrados, respetados, asistidos y acogidos resume perfectamente el mensaje de que «acompañar a los jóvenes exige salir de los propios esquemas preconfeccionados, encontrándolos allí donde están, adecuándose a sus tiempos y a sus ritmos; significa también tomarlos en serio en su dificultad para descifrar la realidad en la que viven y para transformar un anuncio recibido en gestos y palabras, en el esfuerzo cotidiano por construir la propia historia y en la búsqueda más o menos consciente de un sentido para sus vidas» (DP III, 1).

Hacer de las escuelas comunidades acogedoras y seguras permitirá a la Iglesia caminar de verdad con los jóvenes y adoptar el estilo pastoral apoyado por el Documento preparatorio: «salir», «ver» y «llamar». Las escuelas en salida permiten a sus estudiantes ser protagonistas y salir «de los esquemas en los que las personas se sienten encasilladas» (ibid.). Las escuelas que ven no tienen solamente algo que enseñar, sino que consiguen hacer propio el tipo de escucha necesario y dedicar tiempo y atención a los estudiantes, con «sus historias, sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias» (ibid.). Son escuelas con «olor a oveja». Las escuelas que llaman siguen la lógica del «salir a ver», porque saben despertar en los estudiantes los grandes interrogantes de la vida, el compromiso por grandes ideales, por una existencia que satisfaga, que vaya más allá de la cultura del «usar y tirar», del consumismo y la competitividad destructiva, presentes en el contexto contemporáneo.

Si una comunidad constituye un ambiente de este tipo sería más fácil para la Iglesia proponer a las generaciones jóvenes la invitación de Jesús «venid y veréis», y ellas podrían ver «los sueños que Dios pone en [… su] corazón: sueños de libertad, sueños de alegría, sueños de un futuro mejor. Esas ganas […] de “ser protagonistas del cambio”».[17] De ese modo, las escuelas católicas serán también comunidades evangelizadoras en las que estudiantes y docentes puedan experimentar la Iglesia y profundizar su fe.

Sin duda, las escuelas católicas tienen que ser verdaderas escuelas, es decir, deben ser también instituciones profesionales que ofrezcan una enseñanza sólida, de alta calidad académica, que les permita a los estudiantes adquirir competencias y encontrar su camino en la vida. Eso no está en contradicción con la comunidad que hemos descrito. Al contrario, es necesario que las escuelas católicas ofrezcan una enseñanza de calidad según criterios bien definidos y socialmente aceptados.

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Educar a la persona en su totalidad debe significar situarse por encima, no por debajo de tales criterios de calidad. Así se ha verificado siempre, y ese es el motivo por el cual muchos padres inscriben a sus hijos en las escuelas católicas: los elevados estándares de calidad que ofrecen. ¿Es esto un problema? Pienso que se trata de una oportunidad, más que de un problema. Si los padres y los adolescentes encuentran la escuela que hemos descrito y sienten la invitación a abrir su corazón y su existencia al evangelio, podrán recibir verdaderamente una educación integral, que va más allá de la excelencia académica y transforma su vida y la sociedad en la que viven. Tal vez sea este el camino por el cual la Iglesia llegue a muchas familias que, de otro modo, no oirían hablar nunca de ella o del evangelio.

Un nuevo areópago: contexto, oportunidades y relaciones globales

El Documento preparatorio subraya que el mundo digital ha creado un «nuevo areópago» para la nueva generación y que la Iglesia está llamada a responder a las nuevas oportunidades y a los riesgos que ello comporta. «El hombre contemporáneo experimentó en muchas ocasiones que lo que ocurre en una parte del mundo puede afectar a otras, y que nadie puede —a priori— sentirse seguro en un mundo donde existe sufrimiento o miseria» (EHS 1).

El Documento preparatorio subraya que los jóvenes también pueden enseñarle a la Iglesia cómo navegar en ese mundo nuevo. Esta es una consideración importante para los educadores. Como han afirmado muchos expertos en materia de enseñanza, hoy los docentes y las escuelas deben confrontarse con una nueva realidad paradójica: la generación que están llamados a educar está más adelantada en el mundo digital que sus educadores. La mayor parte de los jóvenes son nativos digitales, que entienden fácilmente este nuevo mundo e interactúan también fácilmente con él.

Hace algunos años tuve ocasión de visitar una zona pobre y remota de la India. Nos habían dicho que nos esperaban condiciones difíciles y un largo viaje. Sí, era verdad: era una zona remota, y las carreteras estaban en pésimas condiciones; sin embargo, lo primero que vi apenas llegar fueron los niños que jugaban con sus teléfonos móviles. No importaba que estuviesen en una zona sumamente pobre del mundo: accedían, de todos modos, al mundo digital y estaban plenamente conectados. Durante el mismo viaje, al visitar otra escuela, una adolescente me dijo que los estudiantes querían recibir una mejor educación digital, porque «este es el mundo nuevo, y nosotros queremos formar parte de este mundo».

He visto situaciones análogas en África, en América Latina y en el Pacífico asiático. Las generaciones jóvenes quieren pertenecer a este nuevo mundo digital que está surgiendo en medio de ellos. Es verdaderamente el nuevo areópago de nuestro mundo contemporáneo. Esta nueva realidad puede resultar exigente para las escuelas que hasta ahora se han limitado a «enseñar» a los estudiantes basándose en el presupuesto de que de ese modo saldrán de la ignorancia. La realidad es distinta: como sostiene el Documento preparatorio, «Los jóvenes no se perciben a sí mismos como una categoría desfavorecida o un grupo social que se debe proteger y, en consecuencia, como destinatarios pasivos de programas pastorales o de opciones políticas» (DP I, 2). Es necesaria una escuela en salida, porque «la Iglesia misma está llamada a aprender de los jóvenes» (DP III, 2).

El Documento preparatorio afirma, además, que, a causa de la globalización, los jóvenes tienden a ser más homogéneos en todo el mundo, aunque sigan arraigados también en lo local. Por ese motivo están expuestos al desafío del multiculturalismo (reconocen y experimentan que pueblos diversos provienen de trasfondos culturales diferentes) y de la interculturalidad, un proceso que abre al intercambio entre pueblos provenientes de culturas diversas y transforma y enriquece a todos sin que nadie deba renunciar a su propia cultura[18].

La educación católica debe responder a este nuevo contexto y preparar a los jóvenes para ser ciudadanos activos a nivel local y global. Las escuelas católicas son ya bien conscientes de formar a los estudiantes en la ciudadanía y en el compromiso responsable para con la sociedad. Pero este nuevo mundo digital y global exige también que los jóvenes de hoy sean preparados para ser ciudadanos globales, capaces de asumir sus responsabilidades globales para con el bienestar de todo el planeta y de la humanidad entera. Como afirma el papa Francisco en la encíclica Laudato si’: «La educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la relación con la naturaleza» (LS 215).

La crisis ecológica muestra el tipo de desafíos globales que estamos enfrentando: desafíos que exigen compromisos y respuestas globales. La educación católica ve aquí una posibilidad única de ser verdaderamente «católica», universal, global. Sería difícil encontrar en nuestro mundo global un cuerpo social más apto para una presencia global y con una oportunidad semejante de influir en las nuevas generaciones.

La Iglesia católica y la educación católica tienen una rica experiencia en el trato con las diversidades y en la construcción de comunidades auténticas. En consecuencia, pueden hacer una aportación importante al debate sobre la ciudadanía global, secundando así la invitación del papa Francisco a una ecología integral: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo? […] ¿Para qué vinimos a esta vida? ¿Para qué trabajamos y luchamos?» (LS 160).

En el marco de esta ecología integral hallan plena respuesta las preguntas acerca de la justicia social, de la solidaridad y de la opción preferencial por los pobres. La encíclica Laudato si’ ha despertado ya mucha atención en el mundo laico y puede convertirse fácilmente en terreno común para construir un programa de ciudadanía global atractivo no solamente para los católicos, sino también para muchos padres y jóvenes que quieren hallar soluciones para las graves crisis ecológicas, éticas y sociales de nuestro tiempo. La educación católica se encuentra en la condición única de marcar la diferencia en este sector y de llevar el mensaje evangélico a numerosas personas, a muchas de las cuales la Iglesia no podría llegar de otro modo. «La globalización de las relaciones es también la globalización de la solidaridad» (EHS 5).

Para enfrentar seriamente el contexto global harán falta escuelas donde aprender a trabajar en común, en red. Muchos institutos católicos actúan hoy aislados o en pequeños circuitos que limitan su potencial internacional y evangélico. Las escuelas católicas gestionadas por las comunidades religiosas colaboran solo raras veces con otras que se encuentran fuera del propio circuito. Lo mismo puede decirse de las escuelas diocesanas fuera de las propias diócesis. En esta fragmentación las escuelas pierden mucho de su potencial evangélico. Es verdad que existen excepciones, y algunas escuelas católicas participan en importantes redes o asociaciones nacionales. No obstante, en su mayor parte las redes católicas están muy lejos de desarrollar su pleno potencial y de responder al creciente número de desafíos que exigen respuestas internacionales o globales. Seguimos actuando y pensando con lógicas locales frente a una generación y a un mundo que son también globales.

El humanismo fraterno afirmado por la Congregación para la Educación Católica puede ofrecer el marco general para la visión de la educación católica con relación a la ciudadanía global. En el documento la Congregación describe este humanismo como un «poner a la persona al centro de la educación, en un marco de relaciones que constituyen una comunidad viva, interdependiente, unida a un destino común. De este modo se cualifica el humanismo solidario» (EHS 8). En esta perspectiva, la ciudadanía global confía a los educadores la misión de invitar a los estudiantes y a las familias a reconocer nuestros vínculos globales, universales, y nuestra responsabilidad común frente a la humanidad entera. En un mundo atormentado por el fanatismo, por el nacionalismo, por la desesperación y por la violencia, educar en la ciudadanía global significa educar en la esperanza fundada en la solidaridad, en la cual «el bien común está conectado virtuosamente al bien de cada uno de sus componentes, que transforme el contenido de las ciencias de acuerdo con la plena realización de la persona y de su pertenencia a la humanidad» (EHS 18).

  1. XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (2018), Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Documento preparatorio, 13 de enero de 2017, «Introducción», cita según http://www.synod.va/content/synod2018/es/documentos/documento-preparatorio.html.
  2. Ibid.
  3. Congregación para la Educación Católica (de los Institutos de Estudios), Educar al humanismo solidario (EHS), n. 28, cita según https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccatheduc/documents/rc_con_ccatheduc _doc_20170416_educare-umanesimo-solidale_sp.html.
  4. P. Aguado Cuesta, Sintesi conclusiva del Congresso mondiale sull’educazione cattolica, Roma, 21 de noviembre de 2015.
  5. Francisco, Carta a los jóvenes con ocasión de la presentación del documento preparatorio para el Sínodo, 13 de enero de 2017, cita según http://www.synod.va/content/synod2018/es/el-papa-y-los-jovenes/carta-del-papa-a-los-jovenes.html.
  6. Id., Palabras durante la ceremonia de clausura del Congreso Mundial promovido por la Congregación para la Educación Católica (de los Institutos de Estudios), 21 de noviembre de 2015.
  7. P. Aguado Cuesta, Sintesi conclusiva del Congresso mondiale sull’educazione cattolica, op. cit., Sobre este tema cf. también D. Hollenbach, «Le Università cattoliche tra dialogo e annuncio», en La Civiltà Cattolica 2018 I 228-237.
  8. D. Pollefeyt – J. Bouwens, «Framing the Identity of Catholic Schools: Empirical methodology for quantitative research on the Catholic identity of an education institute», en International Studies in Catholic Education 2 (2010) 205, disponible en https://www.schoolidentity.net/docs/framing-the-identity-of-catholic-schools.pdf
  9. Concilio Ecuménico Vaticano II, Declaración «Gravissimum Educationis», sobre la educación cristiana, n. 8, cita según Id, Constituciones, Decretos y Declaraciones. Edición oficial promovida por la Conferencia Episcopal Española, Madrid, BAC, 2004.
  10. J. M. Bergoglio, Mensaje a las comunidades educativas: «Con audacia. Entre todos, un País Educativo», Pascua de 2004, cita según https://www.arzbaires.org.ar/inicio/homilias/homilias2004.htm#educacion. Cf. A. Spadaro, «La sfida educativa di Jorge Mario Bergoglio», en L’educazione secondo papa Francesco. Atti della X Giornata pedagogica del Centro studi per la scuola cattolica, 14 ottobre 2017, Bolonia, EDB, 2018, 11-23.
  11. D. Pollefeyt – J. Bouwens, «Framing the Identity of Catholic Schools…», op. cit., 207.
  12. Francisco, Discurso en la visita a «Villa Nazareth», 18 de junio de 2016, texto original italiano en https://www.vatican.va/content/francesco/it/speeches/2016/june/documents/papa-francesco_20160618_villa-nazareth.html.
  13. D. Pollefeyt – J. Bouwens, «Framing the Identity of Catholic Schools…», op. cit., 206.
  14. P. Aguado Cuesta, Sintesi conclusiva del Congresso mondiale sull’educazione cattolica, op. cit.
  15. Francisco, Encuentro con los jóvenes. Santuario Nacional de Maipú, 17 de enero de 2018, cita según http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2018/january/documents/papa-francesco_20180117_cile-maipu-giovani.html.
  16. P. Aguado Cuesta, Sintesi conclusiva del Congresso mondiale sull’educazione cattolica, op. cit.
  17. Francisco, Encuentro con los jóvenes. Santuario Nacional de Maipú, 17 de enero de 2018, op. cit.
  18. Cf. L. Stanislaus – M. Ueffing (eds.), Interculturalidad, Estella, Verbo Divino, 2017.
José Mesa
Es el secretario internacional de educación (secundaria y presecundaria) de la Compañía de Jesús. Como tal asiste al P. General Arturo Sosas SJ en la coordinación y animación de la Red Global Jesuita de Colegios para desarrollar su pleno potencial apostólico al servicio de la misión de reconciliación y justicia. Es también profesor adjunto de la Universidad de Loyola, Chicago.

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