Personajes

Matteo Ricci. La santidad en el encuentro

El 17 de diciembre de 2022, el Papa Francisco firmó un decreto declarando que Matteo Ricci vivió las virtudes cristianas de manera «heroica», es decir, en modo eminente y ejemplar, y por lo tanto puede ser propuesto para la «veneración» de los cristianos[1]. Este es un primer reconocimiento oficial por parte de la Iglesia, al que pueden seguir otros aún más solemnes, a saber, la beatificación y canonización, si Dios quiere conceder estas importantes gracias por su intercesión.

El P. Ricci ya era muy famoso[2]. Fue el primer misionero jesuita que, en el siglo XVI y principios del XVII, cumpliendo un sueño de San Francisco Javier, pudo entrar en el Imperio chino, en 1583, y llegar a la capital de Pekín. Ahí permaneció desde 1601 hasta 1610, inaugurando una presencia cristiana que existe hasta el día de hoy. En épocas anteriores, otros misioneros cristianos habían estado en China, pero su labor no duró mucho, por lo que los católicos chinos reconocen a Ricci como el principal iniciador de la evangelización en su país.

La fama de Ricci también está ligada al método que siguió durante su misión, es decir, el estudio en profundidad de la lengua, las costumbres y la cultura de la China de su tiempo, para convertirse en interlocutor y amigo de muchos chinos muy autorizados y ser estimado en la misma corte imperial. No sólo eso, sino que siendo él mismo sólidamente formado en la cultura científica y humanística occidental, fue un interlocutor admirado y querido por los conocimientos y la sabiduría que aportaba. Cuando murió, su entierro en Pekín fue autorizado por decreto imperial, algo que nunca había sucedido para un extranjero hasta entonces. En este sentido, fue un constructor de puentes de diálogo duraderos entre Oriente y Occidente.

Pero en estas páginas no pretendemos repetir datos bien conocidos sobre los méritos culturales de este jesuita, ni reafirmar la actualidad e importancia de su figura, en una época en la que China ocupa un espacio tan decisivo en la historia mundial. Sería superfluo. Pretendemos, más bien, resaltar su testimonio cristiano y religioso, y la inspiración evangélica que sustentó su extraordinaria historia: en otras palabras, su santidad.

La larga historia de la reputación de santidad del P. Ricci

La fama de santidad del P. Ricci no fue creada artificialmente en nuestros días para poner una aureola a un personaje cuyos méritos históricos y culturales son cada vez más reconocidos. Ella nació en torno a su lecho de muerte, como atestiguan documentos contemporáneos. El 11 de mayo de 1610, al enterarse de la noticia de su fallecimiento, los fieles se habían congregado en la residencia de los jesuitas en Pekín y, «pasando del llanto inútil a la alabanza», alababan «las virtudes heroicas del Padre, llamándolo “hombre santo y apóstol de China”. Así que con muchas peticiones importunaron a uno de los hermanos que tenía bastante conocimiento de la pintura, para que hiciera un retrato del Padre para el consuelo de todos». Por humildad, de hecho, el padre nunca había querido ser retratado en su vida[3].

El P. Sabatino de Ursis, superior de la casa donde se encontraba Ricci, habla así de su última confesión, para la que lo había llamado dos días antes de su muerte: «Casi me hizo una confesión general, con tanto consuelo y edificación para mí, que no creo haber experimentado nunca tanta en mi vida. La causa fue ver tanta alegría interior en el buen anciano, combinada con tanta inocencia, santidad de vida, pureza de conciencia y conformidad a la voluntad del Señor». De Ursis nos describe un tránsito en plena conciencia y serenidad, acompañado de los sacramentos y precedido de un consolador y esperanzador diálogo espiritual con los ermanos y fieles que venían a visitar al padre, hasta que «el martes por la tarde se sentó en medio del aposento, y así sentado, muy apacible y sosegadamente, sin ningún movimiento, entregó su alma a su Creador, cerrando los ojos como si los cerrase para dormir el sueño de una santa y profunda contemplación»[4].

Cuál era el clima de veneración por Ricci en aquellos días lo revela un detalle que de Ursis no deja de señalar. El mandarín Li Zhizao, uno de los más cercanos discípulos y amigos del padre, deseaba absolutamente ser quien procurara la madera y preparara un ataúd digno del difunto, recomendando a los trabajadores: «No hay que apurarse y comprar tablas malas, por temor a que el cadáver del Padre se corrompa, porque os aseguro que el cadáver de un hombre como él no se corromperá». De Ursis, asombrado, agregó: «Y parece que realmente fue así, porque pasaron dos días y dos noches antes de que el cofre estuviera listo y, aunque hacía mucho calor, la cara siempre quedó tan fresca y los colores tan vivos que todos los cristianos se dieron cuenta y se convencieron de la opinión ya expresada por el mandarín Li sobre el Padre»[5].

Sin entrar en otros detalles ni multiplicar los testimonios, cabe añadir que apenas 10 años después de su muerte, el P. Ricci era considerado, entre los chinos, un intercesor para su salvación. Hasta cuatro fuentes diferentes de la época, independientes entre sí, atestiguan la visión de un joven católico chino, Michele Zhang, que poco antes de su muerte ve «el santo rostro del Señor de los Cielos» que está juzgando su vida, y ante su Tribunal comparecen el Apóstol San Mateo y el maestro Ricci, «para interceder fervientemente por él ante el Señor de los Cielos, para que le diera permiso para elevarse a la gloria del Cielo»[6].

La reputación de santidad de Ricci también se atestigua en los tiempos inmediatamente posteriores; sin embargo, a partir de 1635, el auge y recrudecimiento de la «cuestión de los ritos», con la impugnación del método de «acomodación» a la cultura china y a las costumbres ancestrales seguido en su tiempo por Ricci y luego por los misioneros jesuitas, tuvo consecuencias graves, al punto de que contribuyó a la supresión de la Compañía de Jesús hacia finales del siglo XVIII. Por lo tanto, ciertamente no era el momento adecuado para presentar una «causa de beatificación» de Ricci. La «cuestión de los ritos» no fue resuelta definitivamente sino hasta 1939, por Pío XII, pero aún entonces no era un momento propicio: la guerra sino-japonesa, luego el advenimiento de la República Popular China y el régimen comunista, habían impuesto otras prioridades a la Iglesia.

Mientras tanto, sin embargo, las grandes encíclicas misioneras del siglo XX – Maximum illud de Benedicto XV (1919), Evangelii precones de Pío XII (1951), Princeps pastorum de Juan XXIII (1959) – habían desarrollado el tema del respeto de la Iglesia a las diferentes culturas de los pueblos; de hecho, precisamente en la encíclica citada de Juan XXIII, el nombre de Matteo Ricci se menciona explícitamente por primera vez como un ejemplo. Posteriormente, el Concilio Vaticano II profundizó y amplió las perspectivas sobre la relación entre evangelización y culturas en sus documentos sobre la Iglesia, sobre la relación entre la Iglesia y el mundo, sobre la actividad misionera de la Iglesia. Los papas posteriores continúan en la misma línea: Pablo VI con Evangelii nuntiandi (1975) y Juan Pablo II con Redemptoris missio (1990). En este contexto, la revalorización de la figura de Ricci como modelo para el anuncio del Evangelio en diálogo con las culturas ha sido propuesta cada vez con más frecuencia por los mismos Papas[7].

Debemos subrayar que no se trata sólo de una cuestión de ejemplaridad en el método de evangelización, considerado separadamente del testimonio de vida del evangelizador. Juan Pablo II, en su discurso del 25 de octubre de 1982, pronunciado en la Universidad Gregoriana con motivo del cuarto centenario de la llegada de Ricci a Macao, afirmaba expresamente: «La inculturación realizada por el padre Matteo Ricci no se dio sólo en el ámbito de los conceptos y de la obra misionera, sino también del testimonio personal de vida. Es necesario, ante todo, destacar su ejemplar vida religiosa, que contribuyó de manera decisiva a que su doctrina fuera apreciada por quienes lo frecuentaban»[8].

En las múltiples referencias que el Papa Francisco ha hecho en varias ocasiones a la figura de Ricci, queda claro que para él este jesuita es uno de los ejemplos más evidentes del evangelizador abierto a los diferentes contextos en los que la Iglesia es misionera, «en salida». Después de San Pablo, es a menudo el primer ejemplo que se le ocurre nombrar. Y no debemos olvidar que, como para Juan Pablo II y Benedicto XVI, también para Francisco la inculturación del Evangelio se realiza bajo el impulso y la influencia del Espíritu Santo, del que el evangelizador es un instrumento dócil, en particular gracias al ejercicio del «discernimiento». En definitiva, para el Papa Francisco, Ricci es maestro de santidad, de búsqueda de Dios en todas las cosas, de discernimiento guiado por el Espíritu, de inculturación de la fe cristiana, de tender puentes entre civilizaciones, de respeto, de escucha, de diálogo y –para usar una palabra particularmente significativa para él – de encuentro. Así, la «causa» para que la Iglesia reconozca oficialmente las virtudes y la santidad de Ricci, pudo desarrollarse favorablemente[9].

La formación espiritual de un hombre para la misión

Pero, ¿cuáles son las características y los acontecimientos de la vida de Ricci de los que brotó y creció la fama de su santidad?

No hay muchas cosas que contar de su juventud. Nacido en 1552 en Macerata, apenas se abrió un colegio jesuita en esa ciudad en 1561, Matteo fue uno de sus primeros alumnos a la edad de nueve años, formándose así en un colegio donde la cultura y la virtud, la inteligencia y la vida espiritual eran dimensiones bien integradas en una propuesta educativa coherente y exigente. A la edad de 16 años, Matteo fue enviado a Roma por voluntad de su padre, para estudiar derecho en la Universidad de la Sapienza con miras a una brillante carrera. Pero el joven continúa cultivando su vida espiritual con los jesuitas y se siente llamado a la vida religiosa, tanto que al cabo de tres años, el 15 de agosto de 1571, con firme decisión llama a la puerta del noviciado de los Compañía de Jesús. El padre, informado a posteriori, queda desconcertado, y decide viajar a Roma para disuadir y recuperar a su hijo. Pero una repentina fiebre y los consejos de unos amigos lo convencen de aceptar la elección.

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El tiempo del noviciado sienta bases sólidas en su vida religiosa, con la experiencia profunda de los Ejercicios Espirituales ignacianos. Matteo aprende a «ver todas las cosas en Dios» y a «buscar y encontrar a Dios en todas las cosas», tanto en la creación como en los asuntos humanos; se siente llamado a seguir a Jesucristo en su misión de salvación universal, sin reservas y sin temor al cansancio. Además, experimenta la llamada a servir en un cuerpo apostólico unido por un profundo y duradero amor de amistad, que lo convierte en «amigos en el Señor»; aprende un estilo de vida en el que la espiritualidad se nutre de la fidelidad a las prácticas religiosas, que involucran lo más profundo del alma, como la meditación personal y el examen de conciencia; asimila una práctica de votos religiosos – pobreza, castidad y obediencia – madura, serena e insobornable.

Todo ello se consolidará durante los siguientes años de estudio en el Collegio Romano, entonces fragua excepcional para la formación de apóstoles, en un clima de gran fervor y elevados ideales, y se integrará con la formación humanística, científica, filosófica y teológica. Estudios cultivados con entusiasmo, interés y dedicación bajo la dirección de maestros excepcionales, entre los que se encontraban figuras de la talla de Cristóbal Clavio, Juan de Ledesma y Roberto Bellarmino.

No sólo Ricci, sino varios futuros mártires y santos jesuitas vivieron con él o en ese mismo período su noviciado y estudios en el Collegio Romano; muchos de sus compañeros, como él, conmovidos por las noticias y ejemplos de Xavier y los demás misioneros jesuitas, escribieron cartas al Padre General pidiendo ser enviados a las misiones más fatigosas y arriesgadas, en Oriente, en América o en Inglaterra; dos de sus compañeros de viaje a Oriente (Rodolfo Acquaviva y Pietro Berno) morirán mártires en la India y serán beatificados. Es importante darse cuenta de que esta maravillosa comunión espiritual e ideal seguirá siendo un cimiento muy sólido para Ricci, incluso cuando su camino se vuelva más solitario, en tierras y culturas muy lejanas. En sus cartas siempre mostrará un profundo afecto por los hermanos que conoció en esos años, y sobre todo por sus formadores, a los que siempre estará sinceramente agradecido e intensamente conectado desde el punto de vista espiritual. Uno no se vuelve santo solo.

No debemos olvidar que, cuando los hombres de letras chinos queden fascinados por la personalidad del maestro venido de Occidente – a la vez experto en las ciencias (matemáticas, astronomía, geografía…), amante del conocimiento (cultivado en diálogo con los grandes autores clásicos) y testimonio de una vida virtuosa intachable – Ricci estará cosechando los frutos de su apasionado compromiso por acoger los dones de la ciencia y la gracia que le habían sido ofrecidos durante los años de su formación religiosa y humana.

El itinerario humano y espiritual del jesuita desde aquellos años es lineal. Todo lo que sabemos del resto de su vida nos habla de una personalidad humanamente dotada y equilibrada, disponible y dispuesta a aprender, constante en su compromiso, serena, sin conflictos internos y externos dignos de mención. Por mucho que esto sea cierto, a partir del análisis grafológico, su carácter, según la clasificación de Le Senne, puede definirse como «apasionado»: vital, reflexivo, activo, intensamente comprometido y disponible.

Un largo y difícil camino a la luz de la fe

Sin embargo, esto no significa que, a pesar del ejercicio de la obediencia y la paciencia, Ricci no sea capaz de hacer una evaluación cuidadosa y crítica de lo que sucede en las comunidades donde se encuentra durante su itinerario. Pero él prefiere hablar de esto en las cartas que escribe al Padre General, Claudio Acquaviva, a pesar de ser un religioso joven que no tiene ni treinta años. Desde la India – a donde llegó en 1578, para la primera etapa de su vida en Oriente – critica explícitamente el nombramiento por parte del provincial de dos rectores a los que considera inadecuados, y reprueba la discriminación hacia los candidatos de origen local para la Compañía; de Macao – donde se preparaba para entrar en China desde 1582, estudiando la lengua y las costumbres del país – juzgó muy duramente a la mayoría de los jesuitas portugueses allí presentes, que se limitaban a cuidar de sus compatriotas y no tenían ningún interés real por la misión con los chinos; de hecho, disuadieron a su compañero Michele Ruggieri (que «fue medio mártir con los padres de aquí») y luego a sí mismo de estudiar chino[10].

Esta última observación nos ayuda a comprender que las dificultades que Ricci tendrá que superar en su largo itinerario no son sólo las de carácter material, ya de por si impresionantes: penurias para nosotros hoy difícilmente imaginables, por la larguísima travesía marítima o las enfermedades que no pocas veces sufrió. Ni son sólo los de carácter cultural: la dificultad de aprender profundamente una lengua compleja y completamente desconocida. Todavía más radicales son las dificultades espirituales: sobre todo la tentación del desánimo. Los padres portugueses de Macao sabían muy bien que, después de Francisco Javier, al menos otros 40 misioneros, incluidos 25 jesuitas, no habían logrado entrar en China y ya no creían en esa empresa. Fue necesaria la visión de largo plazo del «Visitador», el P. Alessandro Valignano, que comprometió a dos jóvenes jesuitas italianos de treinta y tantos años, Ruggieri y Ricci, para volver a intentar entrar en China con un nuevo método, a partir del estudio de la lengua y la cultura. Y fue necesaria también una perseverancia, por no hablar de terquedad, nacida de su fe y celo por la misión, y acompañada de oración, para finalmente salir adelante. En 1583 los dos compañeros logran establecerse en Zhaoqing, la capital de la provincia de Cantón, la más cercana a Macao.

No hay duda de que la extraordinaria hazaña de Ricci estuvo motivada y siempre respaldada por la fe. Incluso el famoso Mapamundi, el gran mapa con los diferentes continentes que exhibió en su casa desde 1584, que tanto asombro y admiración despertó en los visitantes chinos y que perfeccionó en sucesivas ediciones hasta sus últimos años, representa, para él, el espacio de la historia de salvación. El mismo Ricci comienza su presentación con estas palabras: «Quien conoce el cielo y la tierra puede probar que Aquel que gobierna el cielo y la tierra es absolutamente bueno, absolutamente grande y absolutamente uno»[11]; y, respecto a Palestina, anota: «El Señor del Cielo se encarnó en este país, que por eso se llama Tierra Santa»[12]. Desde los años en Zhaoqing, Ricci colabora con su compañero Ruggieri en la redacción de un primer Catecismo en chino (que se atribuye propiamente a Ruggieri). Aunque posteriormente publicará varias otras obras y traducciones de textos occidentales de carácter moral y científico, Ricci seguirá siempre trabajando para componer y perfeccionar la que, con razón, se considerará su obra principal, finalmente publicada en Pekín en 1603, durante la última etapa de su itinerario: El verdadero significado del Señor del Cielo, es decir, la presentación de la fe cristiana en diálogo con la sabiduría china. Esta obra representa su máximo esfuerzo por introducir a sus interlocutores en el conocimiento de Dios, en la verdadera religión. Los hombres de letras chinos entendieron bien que el maestro Ricci había llegado a su Imperio con este preciso propósito desde el lejano Gran Oeste, en un viaje aventurero y peligroso.

Ricci alimentó constantemente su fe con las prácticas religiosas que aprendió durante su formación, las cuales nunca abandonó. En la biografía china de Ricci, el p. Giulio Aleni, que llegó a Macao en 1610 y a Pekín en 1613, describe su jornada en Pekín: meditación matinal silenciosa y prolongada, celebración de la Misa, recitación de las siete horas canónicas durante el día, examen de conciencia vespertino. Aleni añade que, según la sugerencia de San Ignacio, después de la meditación Ricci «escribía todo lo que el Señor de lo Alto le inspiraba», y afirma haber leído él mismo el «libro» resultante con gran provecho espiritual, libro que lamentablemente se perdió[13]. En cuanto al examen de conciencia, podemos observar que en su última obra moral en chino, Ricci dedica un capítulo entero, profundo y detallado, a esta práctica, cuya importancia había experimentado para seguir una vida en continua lucha por crecer en virtud, «para una cada vez mayor gloria de Dios», según el lema de San Ignacio de Loyola[14].

La crisis, el «sueño» del río y la ayuda del Señor

Si bien el itinerario de Ricci, visto en su conjunto, se presenta como un continuo «ascenso hacia Pekín» de sur a norte, de 28 años de duración, con cuatro paradas intermedias en distintas ciudades, podemos distinguir en cierto sentido dos períodos principales sucesivos, separados y unidos por una extraordinaria experiencia interior.

En el primero, en Zhaoqing y luego en Shaozhou, los resultados no faltan: un cierto número de bautizos – no elevado –, la curiosidad de los chinos más cultos por las novedades traídas de Occidente, etc. Sin embargo, las dificultades siguen siendo grandes, la actitud hostil hacia los extranjeros está muy extendida y profundamente arraigada. En Zhaoqing, Ruggieri y Ricci son juzgados tres veces por acusaciones injustas o calumniosas, y finalmente Ricci (después del regreso de Ruggieri a Europa) es expulsado de esa ciudad por un virrey mal intencionado. Se las arregla para mudarse a esa ciudad, pero el clima aquí es insalubre, y los dos hermanos jóvenes y talentosos que han sido enviados para ayudarlo mueren uno tras otro en poco tiempo. Hay una atmósfera de desconfianza y no faltan las amenazas. En una ocasión sufre un verdadero asalto con agresión física, por lo que Ricci tiene que escapar por la ventana lastimándose el pie, que lo dejará cojeando el resto de su vida. La fortaleza de los misioneros es grande; su magnanimidad y espíritu de perdón hacia los agresores suscita admiración, pero la situación es dura. Además, durante todo este período los misioneros se habían vestido como bonzos budistas, porque pensaban que así su forma de vida religiosa sería mejor acogida y comprendida. Pero ahora dudan de que esa haya sido la mejor opción, e incluso sus amigos chinos creen que eso no ayuda a ganarse el respeto de círculos cultural y socialmente más calificados. Ricci, tras preguntarle a Valignano, decide cambiarse de ropa y trasladarse a Nanjing, aprovechando el viaje de un mandarín que se dirige al norte. Pero el traslado se ve empañado por un naufragio, en el que el propio Ricci casi muere ahogado y en el que, de hecho, se ahoga uno de sus buenos compañeros jóvenes: es el tercer compañero que pierde Ricci en menos de cuatro años. Al llegar a Nanjing, se encuentra con un ambiente tan hostil hacia los extranjeros, que incluso los mandarines que creía amigos cambian de actitud y se niegan a apoyarlo. La decepción es grande. A Ricci no le queda otra que regresar al sur.

Este es probablemente el momento más crítico de toda su empresa. Pero ahora, mientras descansa afligido en la barca en alta mar, el 25 o 26 de junio de 1585, Ricci vive una experiencia espiritual muy profunda, que calificará como «un sueño», que lo consolará y lo confirmará en la misión. «Mientras estaba melancólico por el triste éxito de este viaje y por las fatigas del camino, me pareció que venía hacia mí un hombre desconocido, que me dijo: “¿Y tú también quieres ir adelante en esta tierra para destruir su ley antigua, y plantar en ella la ley de Dios? Me maravillé de cómo podía penetrar en mi corazón, le respondí: “O eres el diablo o eres Dios”. Dijo él: “El diablo no, sí buen Dios”. Entonces me arrojé a sus pies y llorando amargamente dije: “Entonces, Señor, ya que sabes esto, ¿por qué no me has ayudado hasta ahora?”. Entonces dijo: “Ve a esa ciudad”, y parecía que me estaba mostrando Pekín, “y yo te ayudaré allí”»[15]. Es el único sueño narrado por Ricci en sus memorias; es el único narrado por un misionero jesuita en China en primera persona en casi 200 años de historia. Como quiera se interprete, se trata de un evento muy significativo[16].

Efectivamente, dos o tres días después, Ricci llegó a Nanchang, donde se instaló durante tres años, vistiendo los ropajes de un erudito, tejiendo numerosas y fructíferas relaciones. Fue aquí donde publicó su primera obra en chino, el pequeño tratado Sobre la amistad, que tuvo un gran éxito, logrando identificar precisamente en el valor de la amistad, muy apreciado tanto por la sabiduría confuciana como por el humanismo occidental y cristiano, la clave del encuentro entre dos mundos, superando la desconfianza y construyendo un sólido puente de comunicación sincera y profunda. Ricci ve el camino finalmente allanado ante sí, pero se cuida de no caer en la autocomplacencia: «Para que estos honores que ahora empezamos a tener con los chinos no se nos subieran a la cabeza, Nuestro Señor nos hizo pasar primero por doce años seguidos, tanto en Zhaoqing como en Shaozhou, muchas deshonras, humillaciones, afrentas y muchas persecuciones, que bastaron por sí solas para poner cimientos sólidos; pues durante todo este tiempo fuimos tratados como la basura del mundo; por eso Nuestro Señor, que nos dio tanta perseverancia para poder soportar tantas penalidades, espero también nos conceda la gracia de no volvernos arrogantes a causa de estos honores; tanto más cuanto que, a medida que avancemos, nunca nos faltará mucho que sufrir por Nuestro Señor»[17].

La autoridad y la fama de Ricci se consolidaron también durante su posterior estancia en Nanjing, breve pero muy intensa. Durante este período, tuvo que tomar repetidamente decisiones difíciles, en las que se manifestaron su prudencia, su capacidad de discernimiento y su confianza para reconocer y seguir la voluntad de Dios. Ya hemos hablado de la valiente, pero bien meditada, transición a los hábitos y costumbres de los literatos confucianos. Ahora vemos la verdadera sabiduría cuando, llegado por fin al ansiado destino de Pekín, Ricci comprueba que no se dan las condiciones para establecerse allí: sería arriesgado para él y, por tanto, para toda la misión china de la que se siente y es responsable como superior. El regreso al sur no lo vive como una derrota, sino como una confiada expectativa de mejores oportunidades. De regreso a Nanjing, encuentra allí inesperadamente una situación muy diferente a su anterior experiencia de rechazo, y la interpreta como una clara señal de la voluntad de Dios. «A causa de este cambio, sin duda milagroso, hecho por la mano de Dios, el Padre llegó a comprender que era voluntad de Dios que la Residencia se hiciera en aquella ciudad, y no en otra parte, a la que había que ceder todas las razones humanas»[18].

En Nanjing, la opción de Ricci a favor de la sabiduría confuciana y su oposición al budismo y al taoísmo, que se expresaban bajo formas idolátricas y supersticiosas, se hacen cada vez más explícitas. Así, se ve obligado a enfrentarse a un famoso maestro budista en una disputa en presencia de numerosos eruditos. Que el momento es crucial se desprende del hecho de que dedique un capítulo entero de sus memorias a esta discusión[19]. Al final, Ricci se considera el «vencedor» y «todos quedaron con gran entendimiento de la doctrina del Padre, favoreciendo Dios todas nuestras cosas para comenzar el cristianismo en aquella corte»[20].

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Gracias a la llegada de un par de nuevos jesuitas para ayudarle, Ricci se siente preparado para emprender de nuevo el camino hacia Pekín. Hay un momento dramático más, en el que los viajeros permanecen unos seis meses prácticamente arrestados en manos de un eunuco muy poderoso, que quiere apoderarse de los regalos para el Emperador. Parece que sólo queda confiar en las manos de Dios. El inesperado desbloqueo de la situación es leído una vez más por Ricci a la luz de la fe: «Dios quiso escuchar sus oraciones y las de tantos siervos suyos, que por todo el mundo le recomendaron esta negociación»[21].

Alcanzada su meta en 1601, el último periodo de la vida de Ricci tuvo lugar en Pekín. Nueve años de estabilidad muy laboriosa y de fundación de la comunidad cristiana en la capital del Imperio, junto a los pocos hermanos que le acompañaban. En lo personal, además de la publicación de sus grandes obras de catequesis y moral cristianas, el aspecto característico de su actividad fue el ejercicio de la amistad en el mundo de la clase culta. Recibir visitas y corresponderlas, en un ambiente de ceremoniosidad impuesta por un protocolo muy detallado, responder una y otra vez a las mismas preguntas sobre todas las costumbres de Occidente, tener que asistir a largos banquetes exigía un continuo ejercicio de virtud fuera de lo común. El joven y brillante compañero de Ricci, el español Diego de Pantoja, escribiendo a sus hermanos europeos, no ocultaba su intolerancia hacia estos pesados y tediosos compromisos de la vida social. Ricci llegó a ser invitado a dos o tres casas diferentes en un solo día[22]. Por muy sociable y propenso a la conversación brillante que fuera, no es difícil imaginar cuánta paciencia, templanza y disciplina personal eran necesarias para llevar con equilibrio semejante ritmo de vida social, respetando al mismo tiempo las exigencias de la vida religiosa y las responsabilidades de la misión. En el último año de su vida, se produjo una gran afluencia de eruditos a Pekín para presentarse a los exámenes imperiales que exigía la carrera burocrática. La fatiga debida a la continua sucesión de visitas suele considerarse una de las causas concurrentes en la muerte de Ricci, a quien no sin razón se ha llamado «mártir de la amistad».

Pero este empeño del misionero, vivido en la caridad y la paciencia, fue bien recompensado no sólo por la estima general, sino también por muchas verdaderas y profundas amistades humanas y espirituales, a menudo acompañadas por la conversión y el bautismo. Varias de ellas fueron tan significativas que no se puede comprender verdaderamente la obra de Ricci sin tenerlas en cuenta. Fueron sus grandes discípulos, amigos y a menudo también consejeros – en particular, el «doctor Pablo», Xu Guangqi, y el «doctor León», Li Zhizao, eminentes en la ciencia, pero también en la vida cristiana[23] – quienes le convencieron y le ayudaron en la traducción al chino de varias obras científicas occidentales (¡como los Elementos de Euclides!) que iban a ser de gran importancia para el diálogo cultural entre China y Occidente, y que interactuarían con él sobre temas preciosos para la sabiduría de la vida: el pensamiento sobre la muerte y la vida eterna, el examen de conciencia, la superación de la avaricia y la búsqueda de la verdadera felicidad. La relación entre Ricci y sus amigos no es sólo intelectual, sino de guía espiritual. Li Zhizao nos ofrece una bella descripción de la figura de su maestro: «Desde nuestro primer encuentro con él hasta hoy han pasado casi diez años, en los que se ha refinado aún más. Las palabras, el comportamiento y los pensamientos desordenados ya han desaparecido en él, mientras que la virtud que está perfeccionando en armonía con el Cielo, el hombre y consigo mismo es cada vez más pura. Deseoso de hacer el bien al mundo, se perfecciona cada vez más y nunca pronuncia discursos agresivos destinados a suplantar nuestra civilización… Los que le comprenden siempre se sorprenden alegremente de él. De vez en cuando le pido consejo: si lo sigo, las cosas suelen ir bien; si no le escucho, a menudo me arrepiento. Por eso le considero el hombre perfecto»[24].

Cuando Li Zhizao escribe estas palabras, en 1608, nos acercamos al final del viaje del padre Ricci. Tiene 56 años; a nosotros no nos parece una edad avanzada, pero él, consumido por la fatiga, se siente ya viejo y ve acercarse la muerte. Habla de ello en sus cartas e intenta preparar a sus hermanos y amigos para continuar la obra del anuncio de la fe en China. También nos dejó un precioso y voluminoso manuscrito de memorias en italiano, que tituló Della entrata della Compagnia di Giesù e Christianità nella Cina, y que introduce con estas palabras: «Dejaré testimonio… de cuánto se afanó y sufrió nuestra Compañía de Jesús para abrir esta entrada y comenzar a quebrantar este orgulloso bosque, y con cuánto sudor y diligencia lo redujo a tan buenas esperanzas. Para esta obra de reducir y convertir almas a la fe católica, no hay duda de que todo es obra de Dios…»[25].

Las «buenas esperanzas» están todavía por delante y el P. Ricci sigue alentándolas e inspirándolas. Hoy, la Iglesia invita a los cristianos – en el mundo, y especialmente en China – a mirarle no sólo como modelo, sino también como intercesor.

  1. Cfr. Bollettino della Sala Stampa della Santa Sede, 17 de dicembre de 2022.
  2. La bibliografía sobre Matteo Ricci es inmensa. Algunas de las biografías recientes más importantes son: R. Po-chia Hsia, Un gesuita nella città proibita. Matteo Ricci 1552-1610, Bolonia, il Mulino, 2012; F. Mignini, Matteo Ricci. Il chiosco delle fenici, Ancona, il lavoro editoriale, 20092; G. Criveller, Matteo Ricci. Missione e ragione, Milán, Pime, 20162
  3. P. M. D’Elia (ed.), Fonti ricciane. Documenti originali concernenti Matteo Ricci e la storia delle prime relazioni tra l’Europa e la Cina (1579-1615), Roma, Libreria dello Stato, 1942-1949, 3 vol. (habitualmente citado FR). Aquí FR II, 543 y nº 3. El retrato mencionado, del hermano Manuel Pereira, se conserva en la iglesia del Gesù de Roma. A lo largo de su vida, el P. Ricci sólo fue retratado una vez, cuando así lo ordenó el Emperador, que quería ver el aspecto de Ricci, aunque no lo recibió en audiencia personal.
  4. El «Informe» original de de Ursis sobre Ricci y su muerte está en portugués. Nosotros la presentamos aquí en español traducida desde la versión italiana (nota del traductor).
  5. FR I, p. CXXXII.
  6. Michele Zhang había sido bautizado por otro famoso misionero jesuita de la época, Giulio Aleni, autor de la primera biografía en chino de Matteo Ricci, publicada en 1630 y traducida al italiano por Gianni Criveller: G. Aleni, Vita del Maestro Ricci. Xitai del Grande Occidente, Macerata – Brescia, Fondazione Internazionale Padre Matteo Ricci – Fondazione Civiltà Bresciana, 2010. El episodio narrado se encuentra en las pp. 81 y ss., n.º 117.
  7. Hay al menos ocho intervenciones importantes de Juan Pablo II sobre Ricci y tres de Benedicto XVI. Más numerosas, aunque más ocasionales, son las del Papa Francisco.
  8. Juan Pablo II, s., Discorso ai partecipanti al Convegno di Studi nel IV centenario dell’arrivo di Matteo Ricci in Cina, 25 de octubre de 1982.
  9. El mérito principal de la iniciativa concreta de las últimas décadas corresponde a la diócesis de Macerata, patria de Ricci, que mantiene muy vivo su recuerdo. El obispo, monseñor Tarcisio Carboni, animado por un apasionado y devoto estudioso de Ricci, monseñor Otello Gentili, obtuvo en 1984 de la Congregación para las Causas de los Santos el consentimiento para que la causa se iniciara en Macerata en lugar de Pekín, lugar de fallecimiento de Ricci. Sin embargo, tras una primera fase diocesana, hubo un periodo de estancamiento. En 2009, al acercarse el IV centenario de la muerte de Ricci, el obispo, monseñor Claudio Giuliodori, reinició la causa. En esta segunda fase diocesana, dada la situación que había cambiado en China entretanto, dos estudiosos chinos pudieron participar también en los trabajos de la Comisión Histórica, y se recibieron cuatro testimonios sobre la fama de santidad del padre Ricci procedentes de China continental. En 2013, el material recogido fue enviado a la Congregación en Roma. La Postulación de la Compañía de Jesús siguió la posterior fase romana, que recientemente desembocó en el ya mencionado Decreto «sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios».
  10. Cfr. M. Ricci, Lettere (1580-1609), a cargo de F. D’Arelli, Macerata, Quodlibet, 2001. Las dos cartas al padre Claudio Acquaviva a las que aludimos son del 25 de noviembre de 1581 (pp. 29-31) y del 13 de febrero de 1583 (pp. 52 s).
  11. Il mappamondo cinese di P. Matteo Ricci S.I. conservato presso la Biblioteca Vaticana, comentado, traducido (al italiano) y anotado por P. M. D’Elia, Biblioteca Apostólica Vaticana, 1938, tav. XVIII.
  12. Ibid., tav. XX.
  13. Cfr. G. Aleni, Vita del Maestro Ricci…, cit., nn. 101-103.
  14. Cfr. M. Ricci, Dieci capitoli di un uomo strano, a cargo de Wang Suna – F. Mignini, Macerata, Quodlibet, 2010, cap. VII.
  15. «Lettera di Ricci a Girolamo Costa», del 28 de octubre de 1595, en M. Ricci, Lettere (1580-1609), cit., 290.
  16. Cfr. R. Po-chia Hsia, Un gesuita nella città proibita…, cit., 181. El «sueño» se sitúa prácticamente en medio de la misión de Ricci en China. Es como un parteaguas espiritual. A partir de ahora, Ricci apuntará sin más incertidumbres hacia Pekín. Para los jesuitas, es espontáneo ver en ello una analogía con la «visión» de San Ignacio en la Capilla de la Storta, camino de Roma, donde el Señor Jesús le dijo: «Te seré propicio en Roma».
  17. «Lettera a Duarte de Sande da Nanchang», 29 de agosto de 1595, en M. Ricci, Lettere (1580-1609), cit., 264 s.
  18. FR II, 44.
  19. «D’una grande disputa che il Padre Matteo Ricci hebbe con un Ministro degli Idoli molto famoso sopra le cose della Santa Fede» (FR II, 71 s).
  20. Ibid., 80.
  21. Ibid., 120.
  22. Cfr. ibid., 160 s.
  23. Sobre el «Doctor Pablo», cfr. F. Lombardi, «Xu Guangqi. Un grande cinese cattolico al servizio del suo popolo e del suo Paese», en Civ. Catt. 2021 II 73-85.
  24. M. Ricci, Dieci capitoli…, cit., 361-364.
  25. FR I, 5.
Federico Lombardi
Sacerdote jesuita, cursó estudios de matemáticas y luego de teología en Alemania. Fue director de contenidos (1991) y luego director general de la Radio Vaticana (2005). En julio 2006, el Papa Benedicto XVI lo nombró director de la Oficina de Prensa del Vaticano. El padre Lombardi se desempeñó, además, como director general del Vatican Television Centre desde 2001. Lleva años colaborando para la revista La civiltà cattolica.

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