Literatura

Hablar del pecado original con Michel Houellebecq

Michel Houellebecq (Давыдова/Wikimedia)

«No quedó otra cosa que recordar las palabras,
falsamente irónicas, del poeta andaluz:
“Oh, la vida que los hombres intentan vivir.
Oh, la vida que llevan en el mundo en el que están.
Pobrecillos, pobrecillos… No saben amar”».

(Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla)

¿Tiene todavía sentido hoy hablar de pecado original? ¿Es aún posible dejarse interpelar por un dogma que despierta resistencias y escepticismo en el hombre contemporáneo? El principal motivo de esta desconfianza es la referencia a la culpa de Adán, vista como «una condena a priori de todo el género humano»[1]. Considerar el pecado original como «un saber casi biológico de la transmisión de una tara hereditaria»[2] suscita perplejidad en la conciencia moderna. Por ello resulta difícil hablar hoy del pecado original como de la contaminación de una culpa congénita transmitida de generación en generación a causa de un solo hombre al inicio de la humanidad. Sin embargo, el mal y la culpa son dos realidades situadas en el centro de la experiencia humana; todo hombre puede experimentar la incapacidad de hacer el bien que desea y de evitar el mal que no quisiera cometer (cf. Rm 7). Se trata de «un desequilibrio interior» que obstaculiza al ser humano en su existencia, en su búsqueda fundamental de amor y felicidad.

Dado el carácter antropológico del concepto de pecado original, que se halla en el centro de la experiencia de todo hombre y de su búsqueda existencial de amor y felicidad, resulta interesante intentar captar su alcance en diálogo con la literatura. En las páginas de una novela, las grandes preguntas adquieren forma narrativa; los grandes temas existenciales en el corazón de toda búsqueda humana de sentido —como la muerte, el sufrimiento, la libertad y el amor— se encarnan en las aventuras de un personaje. Las vicisitudes de un protagonista —en las que todo lector puede reconocer un elemento de universalidad— se convierten en ocasión para desnudar los propios miedos, angustias, esperanzas y deseos. En esta perspectiva, monseñor Staglianò, presidente de la Academia Pontificia de Teología, escribe en su presentación de Cosa è la «Pop-Theology»? Un Manifesto in 10 punti: «Si la teología quiere cumplir su tarea, deberá hablar más allá del ámbito conceptual de la academia y buscar un nuevo lenguaje comunicativo que incluya un conocimiento de la fe encarnado y relacional, acorde con las modalidades culturales mediante las cuales el pueblo descubre y vive el sentido de su propia vida»[3].

A la luz de esta invitación, las páginas que siguen pueden leerse como un intento de hablar del concepto teológico-antropológico del pecado original en el lenguaje «encarnado» de la literatura. ¿Por qué con Michel Houellebecq? El escritor es hábil para captar el espíritu de nuestra época, la «lucha» del hombre contemporáneo en su búsqueda casi desesperada —y a veces frustrada— de amor y felicidad. El deseo insatisfecho de amar y ser amado es el tema central de su obra y, al mismo tiempo, podría considerarse el efecto principal del pecado original en la experiencia concreta de todo ser humano. La obra de Houellebecq en su conjunto —desde su primera novela, Extension du domaine de la lutte [4] (1994), hasta la más reciente, Anéantir[5] (2022)— puede constituir, por tanto, un referente válido para captar el alcance del concepto teológico del pecado original para el mundo de hoy. En particular, dentro del conjunto de su producción literaria, la novela Anéantir representa un punto de inflexión. Es la obra más luminosa del autor e invita a reflexionar sobre los horizontes posibles de salvación en un mundo marcado por el pecado: el protagonista, Paul, recorre un camino de reconciliación con su universo relacional, un itinerario que abre la mirada del lector a la acción de la gracia en el mundo contemporáneo.

El pecado original: algunos puntos de referencia

Ante la imposibilidad de presentar en su totalidad el dogma y el desarrollo de la doctrina del pecado original, nos limitamos a algunas observaciones introductorias antes de abordar la obra de Houellebecq. ¿Cómo definir en pocas palabras el concepto de pecado original? Se trata de un estado, «una situación que afecta a todos, volens nolens […]. Su contenido es doble: por un lado, comporta una ruptura de la relación de gracia con Dios y, por otro, como consecuencia, una degradación del ser humano respecto de lo que debería ser, un desequilibrio, una especie de mal interior, que todo ser humano ratifica pecando a su vez»[6].

En otros términos, podemos hablar de una situación universal de privación de la gracia, sin la cual es imposible estar unidos a Dios. No se trata de un estado que derive de la naturaleza humana creada por Dios (y, por tanto, buena en sí misma), sino del ejercicio de la libertad humana desde los orígenes de la humanidad. El resultado es un desorden interior, una incapacidad de hacer el bien con coherencia y constancia que conduce al pecado. Para abordarlo a nivel existencial, es fundamental una precisión: todo ser humano solo puede experimentar la naturaleza del pecado original y los efectos de esta «situación de desorden». Su comprensión pertenece al orden de la fe. Solo la fe permite ver que el pecado original es una realidad universal que concierne a toda la humanidad. Solo la fe permite considerar sus efectos, a la luz de la gracia de Cristo, como los efectos de una transmisión. La doctrina del pecado original busca, por tanto, dar cuenta teológicamente de una dimensión antropológica central en la experiencia de todo ser humano.

Históricamente, san Agustín puede ser considerado «el creador del dogma del pecado original»[7]. Su doctrina inspiró a los concilios que sistematizaron esta enseñanza; los principales puntos de referencia son los decretos de los concilios de Cartago (418), Orange (529) y Trento (1546). Es importante, sin embargo, comprender el contexto de san Agustín. El obispo de Hipona rechaza la posición del monje Pelagio y la idea de una salvación alcanzable con las propias fuerzas. En el origen de la doctrina del pecado original se halla, por tanto, la voluntad de Agustín de reafirmar la necesidad de la gracia de Dios para la salvación del ser humano. Esta gracia es concedida a la humanidad en Cristo.

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Tras haber «esbozado» algunos puntos teológicos centrales, emprendemos una lectura teológica de la obra de Houellebecq, con el objetivo de establecer un diálogo fecundo entre la doctrina del pecado original y la condición existencial del hombre moderno.

Comprender el pecado original con Houellebecq

Houellebecq, escritor francés de fama internacional, ha trazado en sus novelas un paisaje literario en el que domina la pobreza emocional y sexual de la sociedad contemporánea. Tras una serie de publicaciones menores, se da a conocer al gran público con las novelas Extension du domaine de la lutte y, sobre todo, Les particules élémentaires [8] (1998). Con La carte et le territoire[9] (2010) recibió el Premio Goncourt. Su último libro es Anéantir. Escritor muy discutido, ha sido objeto de numerosas observaciones críticas que lo convierten en un autor controvertido, también a causa de algunas intervenciones polémicas y de las vicisitudes de su vida privada. Para centrarnos en el poder evocador de la literatura, analizaremos su obra dejando de lado toda referencia a su persona.

Antes de hacerlo, resumamos de nuevo los dos puntos esenciales del dogma: 1) la ruptura de la relación de gracia con Dios; 2) la degradación del ser humano respecto de lo que debería ser, un desorden interior propio de todo ser humano. Veamos cómo estas dos dimensiones antropológico-teológicas del ser humano, evocadas por el universo literario de Houellebecq y que constituyen una verdad de fe para los católicos, contribuyen a la comprensión de la situación existencial del hombre de hoy.

La ruptura de la relación de gracia con Dios y la extrañeza respecto del mundo actual

Pensar que es posible identificar en una obra literaria como la de Houellebecq, carente de ambiciones explícitamente teológicas, los elementos de un concepto como la ruptura de la relación de gracia con Dios puede parecer arriesgado. Sin embargo, en la experiencia existencial a menudo trágica de sus protagonistas podemos leer algo de esta índole. Si, por un lado, el núcleo de su obra es el sufrimiento derivado de la incapacidad de vivir relaciones pacíficas, por otro afloran las escasas huellas de una bondad originaria, el deseo de una comunión auténtica con el prójimo (y con Dios).

En un célebre pasaje de Sérotonine[10] —relato de una gran historia de amor fracasada—, la problemática de la comunicación con Dios se halla en relación directa con el malestar ante la «insensibilidad de los corazones»: «En realidad, Dios se ocupa de nosotros, piensa en nosotros a cada instante y, a veces, nos da directrices muy precisas. Estos impulsos de amor que afluyen a nuestros pechos hasta dejarnos sin aliento, estas iluminaciones, estos éxtasis, inexplicables si consideramos nuestra naturaleza biológica, nuestra condición de simples primates, son signos extremadamente claros. Y hoy comprendo el punto de vista de Cristo, su reiterada irritación frente a la insensibilidad de los corazones: tienen todas las señales y no las toman en cuenta. ¿Es realmente necesario, además, que dé mi vida por esos miserables? ¿Es realmente necesario ser tan explícito? Parece que sí»[11].

En síntesis, aquí emerge con claridad el deseo de una mayor comunión entre Dios y el ser humano, una dificultad que se sitúa en el corazón de la condición humana marcada por el pecado. Y, sin embargo, a pesar de las distracciones y del ruido, es posible aprender a reconocer y a escuchar las llamadas de un Dios que llama a la puerta del corazón de cada persona (cf. Ap 3,19-20).

Los protagonistas de Houellebecq experimentan, pues, una situación de malestar frente a la vida: lo que se vive y se padece no parece corresponder al estado originario, al destino auténtico de toda existencia. Sus personajes son trágicamente inadecuados para el mundo contemporáneo. Este aspecto es fundamental para comprender el alcance de la obra del escritor y el éxito de sus novelas. Como afirma Agathe Novak-Lechevalier, profesora de la Universidad París X Nanterre y especialista en Houellebecq, «no es tanto en el mundo representado por Houellebecq donde los lectores se reconocen, sino más bien en esa fundamental extrañeza respecto del mundo, en esa sensación de aquaplaning constante que está tan bien representada en sus novelas»[12].

Por lo demás, entre las tinieblas de una existencia de soledad y desesperación afloran destellos de luz, «huellas» de una bondad originaria auténtica y oscurecida, el último residuo de un estado de verdad perdido y lejano, comparable a la condición del ser humano antes del pecado de Adán. Recordemos, por ejemplo, algunas afirmaciones de Daniel, protagonista de la novela La possibilité d’une île[13] (2005). Actor profesional lúcido y cínico, recurre con frecuencia a provocaciones ofensivas como garantía de éxito. En un instante de gran claridad interior, reconoce poder vivir finalmente algo auténtico, del orden de la caridad: «Por primera vez, además, me sentía alentado por intenciones caritativas y amistosas hacia el prójimo; habría querido que todos fueran felices, como lo era yo. Ya no era un bufón entonces, había dejado lejos de mí la actitud humorística; en suma, revivía, aunque sabía que era por última vez»[14].

Este sentimiento de extrañeza frente a la vida se refleja en el estilo de Houellebecq, que constituye uno de los blancos preferidos de sus detractores: en efecto, se le reprocha un estilo plano, «no literario». Si bien en sus novelas se constata, en ciertos aspectos, la elección de un vocabulario en general bastante común —en consonancia, además, con la representación de un universo cotidiano—, un análisis atento de su estilo pone de relieve su originalidad.

Nos detendremos ahora en dos aspectos de su estilo, eficaces para evocar la distancia entre el estado actual del mundo y la vocación del ser humano al infinito. El primero es el uso constante de la cursiva para subrayar algunas expresiones o palabras de uso común, como, por ejemplo, «tener depresión», «intelectual de derechas», «hombre de izquierdas», «vida familiar»… Se trata de un recurso literario que «rastrea los clichés lingüísticos prefabricados que son los automatismos de una época y los signos evidentes de que el discurso se ha vuelto de repente colectivo, estandarizado y mecánico»[15]. ¿Por qué no leer en este procedimiento literario houellebecquiano el deseo de animar al lector a una forma de expresión interior, de originalidad? En otros términos, el lector deseoso de un diálogo con el escritor puede percibir en él una invitación a expresar de otro modo aquello que designan las palabras en cursiva, un llamado a descender a la profundidad del propio corazón, para encontrar palabras e imágenes más auténticas que permitan leer la realidad.

Además, otro efecto estilístico en sintonía con este intento de sugerir la apertura del ser humano al infinito en un mundo de resignada estandarización y soledad existencial tiene que ver con la elaboración estilística de algunos textos. La irrupción inesperada de un cierto lirismo parece, por un instante, transfigurar la realidad, como ante un acontecimiento epifánico. Más aún, especialmente en los finales, la presencia de metros poéticos hace aflorar una prosa musical inesperada. A modo de ejemplo, citamos los últimos versos del poema de Daniel, protagonista de La posibilidad de una isla, en la última página antes del epílogo: Vuelto totalmente dependiente, / conozco el temblor del ser, / la vacilación ante la desaparición, / el sol que golpea en el umbral / y el amor, en el que todo es fácil, / en el que todo es dado en el instante; / existe, en medio del tiempo, / la posibilidad de una isla[16].

De manera quizá algo audaz, podríamos llegar a hablar de una aspiración «sacramental» del estilo de Houellebecq, por su intento de hacer perceptible, a través de la palabra, una dimensión superior de la existencia en el corazón de la banalidad cotidiana.

Una degradación del ser humano: la «des-relación»

Como ya hemos visto, según la doctrina del pecado original la ruptura de la relación de gracia con Dios conduce a una degradación del ser humano respecto de lo que debería ser. ¿De qué modo, entonces, la obra de Houellebecq sugiere tal degradación de la naturaleza humana? Novak-Lechevalier define al autor francés como un «novelista de la des-relación (déliaison)» contemporánea, un observador de la atomización de la sociedad actual, de la incapacidad de vivir relaciones fecundas y del profundo dolor de una existencia vivida en desesperada soledad. Sin embargo, una lectura atenta pone de relieve cómo las novelas de Houellebecq atraviesan la desolación para poner de manifiesto la búsqueda —profundamente humana y frustrada— de amor y felicidad. Es precisamente esta dimensión la que invita a reflexionar sobre los efectos del pecado original en la vida del ser humano de hoy. Con violenta crudeza, el escritor traza la sufrimiento existencial de sus protagonistas. Sin optimismos innecesarios, evita edulcorar el dolor y la fragilidad humana para crear certezas ficticias o vanos intentos de consuelo.

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Este «desvelamiento traumático» de la situación de desesperación del ser humano es necesario para acompañarlo en un camino de verdad. He aquí por qué, siguiendo a Novak-Lechevalier, podemos hablar de un «rasgo de consolación» en el escritor francés: «Contra toda apariencia, la obra de Michel Houellebecq se inscribe en la dinámica de la consolación: obra profundamente crítica, alejada de la renuncia autocomplaciente a encontrar un ideal que trascienda la vida, obra arraigada en la poesía que aspira constantemente a “percibir la realidad de otro modo”, esta obra está también lejos de aquella “indiferencia metafísica” que Foessel define como “el arte de no escandalizarse de nada”»[17].

En otras palabras, una mirada dura sobre la realidad, más allá de toda reconciliación fácil —e inauténtica—, constituye el primer paso para intuir la verdad del propio estar en el mundo, el punto de partida para una existencia vivida en plenitud y más allá del riesgo de la anestesia, del «entretenimiento» (divertissement) o de la fácil autoexculpación. En cierto sentido, abrir los ojos a la realidad, por violenta que sea, resulta esencial para un camino de salvación que no puede coincidir con la aquiescencia ni con una forma de docilidad pasiva frente a las tendencias más negativas del mundo. Por el contrario, un doloroso proceso de toma de conciencia puede afinar la mirada y hacerla capaz de captar elementos de trascendencia en la realidad contemporánea, para intuir la posibilidad de vivir en el mundo sin pertenecerle (cf. Jn 17,14).

La dolorosa condición de los personajes houellebecquianos puede resumirse en las palabras de Michel, protagonista de Plataforme[18]: «Solo sé que, del primero al último, nosotros los occidentales apestamos a egoísmo, a masoquismo y a muerte. Hemos creado un sistema en el que se ha vuelto sencillamente imposible vivir»[19]. Estas pocas palabras remiten, además, a una orientación de la teología contemporánea en materia de pecado original: el papel de la matriz social. La dificultad de vivir una relación de amor y de apertura a los demás depende también de factores preexistentes a la persona. Diversas dimensiones socioeconómicas y familiares inciden en la libertad de una persona, en su capacidad de actuar conforme a la regla del amor. Del mismo modo, en la obra de Houellebecq un momento decisivo es el Mayo del 68. Los protagonistas houellebecquianos son los hijos-víctimas de la revolución sexual de los años sesenta y setenta: la cultura de aquel período tuvo un impacto dramático en la generación «post-sesentayochista».

En su primer gran éxito de público, Las partículas elementales, la influencia negativa (y sin vías de escape) de la sociedad sobre los adultos del mañana es un tema constante. Como afirma el narrador, «los niños soportan el mundo que los adultos han construido para ellos, hacen todo lo posible por adaptarse a él; y posteriormente, por lo general, lo reproducen»[20]. La novela narra las vicisitudes de dos hermanastros, Bruno y Michel, víctimas inocentes de padres «sesentayochistas», trazando con una mirada desengañada las grandes dificultades existenciales y relacionales de estos dos personajes. Ambos, cada uno a su manera, resultan incapaces de entablar relaciones afectivas y amistosas positivas.

El libro es un retrato feroz de una época y de sus consecuencias catastróficas sobre la existencia sufriente de la generación siguiente, incapaz de amar. La liberación sexual parecería haber favorecido un crecimiento del individualismo, raíz inextirpable del sufrimiento humano en el mundo actual: es lo que aflora de modos diversos en todas las novelas de Houellebecq. Estrechamente vinculado al liberalismo sexual se halla el liberalismo económico. Ambos constituyen, para el escritor, la matriz del individualismo contemporáneo, la raíz de la competencia humana o, dicho con el título de su primera novela, «la ampliación de campo de batalla».

Una lectura teológica de «Aniquilación»: la posibilidad de una liberación

¿Cómo salir de esta situación, siendo imposible salvarse con las propias fuerzas? ¿Cómo abrirse a la gracia y a la comunión con un Dios que es fuente de toda posibilidad de amar verdaderamente? Como hemos visto, la obra de Houellebecq se distingue por el retrato de una humanidad sufriente a causa de su incapacidad para amar. Este es, desde la perspectiva de la fe, el efecto principal de la naturaleza del pecado original en el ser humano. Sin embargo, con Aniquilación asistimos a un giro en la obra del escritor: si, por un lado, resulta evidente una cierta continuidad temática, por otro llama la atención la novedad. Se trata de un relato de reconciliación a varios niveles; la aspiración a relaciones vividas en la plenitud del amor se hace realidad.

¿Cuál es la trama de la novela? El protagonista, Paul, es uno de los más estrechos consejeros de Bruno, eficaz ministro de Economía, que se enfrenta a las inminentes elecciones presidenciales y a una serie de vídeos violentos que golpean al gobierno y a él mismo. Paul vive solo, separado de su esposa Prudence (quien, sin embargo, comparte el apartamento con él). Son numerosas las cuestiones familiares no resueltas: la enfermedad del padre, la intensa relación con la hermana Cécile y la fragilidad del hermano menor, Aurélien. Contra toda esperanza, Paul vuelve a encontrar gradualmente en Prudence a una compañera amorosa.

En Aniquilación, el itinerario de Paul está iluminado por el testimonio de «santos de la puerta de al lado»[21], personajes cuya sencilla cotidianidad está marcada por múltiples pequeños gestos de extraordinario amor. Es el caso de su hermana Cécile: en el seno de su familia, ella es artífice de reconciliación. Mujer sencilla, casada con Hervé —que la ama con un amor franco y sincero—, Cécile encarna la dimensión genuina de una fe popular y devocional. Igualmente significativa es la figura de Madeleine, la compañera del padre: con conmovedora devoción, cuida de él tras el ictus que lo ha afectado. El encuentro, en múltiples niveles, con los diversos protagonistas de la novela abre una brecha en la existencia del protagonista, ampliando su mirada hacia la posibilidad de otro horizonte.

Desde un punto de vista teológico, el camino de salvación comienza a menudo con el testimonio desconcertante de un amor que puede cuestionar la manera de orientar la propia vida. Es a partir del encuentro con Cristo, con la perfección de su vida y la belleza desarmante de su amor, como, por contraste, podemos tomar conciencia de nuestra condición personal de pecadores y de la dolorosa incapacidad de una fuerza de amor semejante. Citamos estas palabras significativas de Hans Urs von Balthasar: «Al encontrarse con el amor divino en Cristo, el ser humano no solo aprende qué es verdaderamente el amor, sino que aprende también, al mismo tiempo e irrefutablemente, que él, pecador y egoísta, no posee el verdadero amor»[22].

En Aniquilación, la actitud de Prudence y la gratuidad de sus gestos de amor frente al progresivo empeoramiento de las condiciones de Paul (afectado por un tumor en la mandíbula) resultan conmovedoras. También la sexualidad se convierte en ocasión de un puro don de sí. El lector, acostumbrado a la crudeza de las escenas sexuales explícitas de las novelas de Houellebecq —cuya pertinencia podría ponerse en cuestión—, queda sorprendido por la ternura de las descripciones de la intimidad de los dos personajes, aunque sean impúdicas.

En la última parte de Aniquilación, la sexualidad se convierte en don de sí, expresión del deseo de vivir una unión de amor profunda y auténtica. Para el escritor francés, si la relación de pareja constituye el punto culminante de la posibilidad de una comunión de amor, la sexualidad representa la cima de la relación entre dos personas vivida en la alegría y en la entrega recíproca o, por el contrario, en la desesperación y en la posesión del otro (como sucede en sus primeras novelas). Y es sobre todo la reconciliación de Paul con Prudence, el nacimiento de una relación de amor profunda e íntima, lo que puede ser visto como un «camino de salvación». Su relación toma un nuevo rumbo, una nueva y extraordinaria dirección: «Paul sentía que pronto, muy pronto, abandonaría en su presencia todo rastro de intimidad, de pudor; entonces estarían verdaderamente unidos, más de lo que jamás lo habían estado, ambos estarían ininterrumpidamente unidos como lo estaban en ese momento de sexo, y atravesarían juntos el valle de la sombra de la muerte»[23].

Volviendo a la reflexión teológica, con una mirada de fe el lector puede dejarse inspirar por los acontecimientos del relato y leer, en las circunstancias imprevistas, la acción de la gracia. En el fondo, el arte del relato ayuda a «reconocer la presencia del Espíritu en la variada realidad humana»[24], narrando las vicisitudes de hombres y mujeres enfrentados a las grandes preguntas existenciales. Al leer una historia, el lector-teólogo observa las situaciones vividas por un personaje y las tensiones profundas que lo habitan. En un relato, puede imaginar —o reconocer— el toque de la gracia en un proceso de apertura progresiva al prójimo y a Dios. En otros términos, la lectura agudiza la atención a los acontecimientos cotidianos para discernir la acción del Espíritu en la vida diaria. En este sentido, Aniquilación, con la evocación del proceso de reconciliación del protagonista Paul, constituye un ejemplo extraordinario de cómo la gracia puede expresarse en las situaciones de todos los días, en un mundo marcado por el pecado. Por lo demás, en medio de las relaciones humanas se producen «“instantes de revelación”, momentos inesperados, tiempos de “gracia”, que pueden vivirse sin ninguna referencia explícita a una acción divina. Nada nos impide ver en ellos el desvelamiento de otra dimensión de la existencia que abre a una perspectiva teológica»[25].

Con la mirada de la fe, el lector puede leer en la experiencia de Paul la historia de un itinerario de liberación gradual de los efectos del pecado original: la ruptura con el Dios-Amor, fundamento de toda vida, y la consiguiente degradación del ser humano en su incapacidad para amar. La fe, enriquecida por la mirada encarnada de la literatura, puede reconocer —gracias a un lenguaje literario universal, por su adhesión a la experiencia humana contemporánea— los efectos en el ser humano de un concepto teológico-cristiano como el del pecado original y las posibilidades de su liberación. Sobre todo, el relato parece ofrecer una hermosa ilustración de una dimensión central de nuestra fe. Así lo expresa Gaudium et spes, en el n.º 22, al afirmar que el Espíritu Santo ofrece a todos los hombres de buena voluntad, «en cuyo corazón actúa invisiblemente la gracia», la posibilidad de ser asociados al misterio pascual. El lector-teólogo podría, por tanto, suponer en el acontecimiento de la reconciliación de Paul —un hombre que parece dejarse llevar pasivamente por los acontecimientos de la vida— la acción invisible de la gracia.

*

En sus novelas, Houellebecq ofrece a los lectores una mirada desencantada sobre la condición humana actual. Sin idealizarla, retrata una humanidad individualista, encerrada en sí misma e incapaz de amar. El lector, cristiano o no, puede reconocer en el sufrimiento y la soledad de sus personajes una dimensión común a toda experiencia humana: la dificultad para hacer el bien que se desea. Sin embargo, la desesperada lucidez del hombre houellebecquiano le permite percibir la distancia entre el sufrimiento de su experiencia existencial y la vocación originaria del ser humano: el amor y la felicidad. Algunos resquicios de luz y de esperanza sugieren una dimensión de bondad originaria de la existencia humana. A través de las peripecias de los personajes de Houellebecq, el lector puede comprender con mayor claridad la experiencia del pecado en su propio corazón y, sobre todo, captar o tomar conciencia de la acción de la gracia en el mundo que lo rodea.

En este sentido, la última novela del escritor, Aniquilación, representa un verdadero punto de inflexión: el protagonista se encuentra inesperadamente siendo el actor pasivo de un proceso gradual de reconciliación en el seno de su universo relacional. El testimonio de numerosos actos de amor por parte de quienes están cerca de Paul y una cadena inesperada de acontecimientos se convierten en ocasión para iniciar un proceso de reconciliación a múltiples niveles, que podría definirse como un auténtico «camino de salvación». Lejos de ser un héroe capaz de forjar su propia felicidad, Paul —como muchos de los personajes de Houellebecq— vive de manera pasiva y sin ilusiones. De este modo, el proceso de reconciliación, más acogido que conducido, sugiere la dimensión fundamental de la gratuidad de la gracia, más allá de todo mérito personal. Al final de la novela Aniquilación, reconocemos en Paul a un hombre reconciliado con el mundo que lo rodea. En este sentido, podemos afirmar que la fuerza de las novelas de Houellebecq nos permite intuir algo en relación con las características esenciales de la naturaleza del pecado original.

  1. B. Sesboüé, «La rationalisation théologique du péché original», en Ch. Boureaux – Ch. Theobald (edd.), Le péché originel. Heurs et malheurs d’un dogme, París, Bayard, 2005, 13.
  2. P. Ricœur, Il conflitto delle interpretazioni, Milán, Jaca Book, 1972, 286.
  3. A. Staglianò, «Così la teologia vuole comunicare la bellezza di Dio a tutti», en Avvenire, 22 de mayo de 2024.
  4. Cf. M. Houellebecq, Extension du domaine de la lutte, París, Flammerion, 1994; en español: Ampliación del campo de Batalla, Anagrama, 1999. [Nota del traductor: las citas textuales provienen de las ediciones en italiano].
  5. Cf. Id., Anéantir, París, Gallimard, 2022 (en español: Aniquilación, Anagrama, 2022).
  6. B. Sesboüé, «La rationalisation théologique du péché original», cit., 18.
  7. Ibid.
  8. Cf. M. Houellebecq, Les particules élémentaires, París, Flammarion, 1998 (en español: Las partículas elementales, Anagrama, 1999).
  9. Cf. Id., La carte et le territoire, París, Flammerion, 2016 (en español: El mapa y el territorio, Anagrama, 2011).
  10. Cf. Id., Sérotonine, París, Flammarion, 2019 (en español: Serotonina, Anagrama, 2019).
  11. Id., Serotonina, cit., 332.
  12. A. Novak-Lechevalier, Houellebecq, l’art de la consolation, París, Stock, 2019, 183.
  13. Cf. M. Houellebecq. La possibilité d’une île, París, Fayard, 2005 (en español: La posibilidad de una isla, Debolsillo, 2016).
  14. Id., La possibilità di un’isola, cit., 113.
  15. A. Novak-Lechevalier, Houellebecq, l’art de la consolation, cit., 132.
  16. M. Houellebecq, La possibilità di un’isola, cit., 227.
  17. A. Novak-Lechevalier, Houellebecq, l’art de la consolation, cit., 100.
  18. Cfr M. Houellebecq, Platforme, París, Flammarion, 2001 (en español: Plataforma, Anagrama, 2004).
  19. Id., Piattaforma, cit., 210.
  20. Id., Le particelle elementari, cit., 168.
  21. Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, n. 6.
  22. H. U. von Balthasar, Solo l’amore è credibile, Turín, Borla, 1965, 63.
  23. M. Houellebecq, Annientare, cit., 309. Es interesante señalar que Houellebecq cita implícitamente algunas traducciones francesas del versículo 4 del Salmo 23. «El valle de la sombra de la muerte» correspondería a la expresión «el valle oscuro», presente en la traducción italiana de la CEI: «Aunque camine por un valle oscuro, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo». Sin comentar la sugerencia que ofrece el texto, podemos observar la sofisticación literaria con la que el escritor, al citar el salmo, evoca una dimensión de salvación implícita en la relación de pareja recuperada.
  24. Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, n. 12.
  25. F. Euvé, «Repenser la théologie du péché», en Revue d’éthique et de théologie morale 73 (2019) 63.
Piero Loredan
Sacerdote jesuita, actualmente estudia teología en el Centro Sévres de París. Escritor regular de nuestra revista, sus artículos versan preferentemente sobre cine.

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