Bronwen McShea es una historiadora estadounidense que vive en Nueva York. Es autora de tres libros sobre la historia del catolicismo, el más reciente de los cuales es Women of the Church: What Every Catholic Should Know[1]. Sus escritos también han aparecido en The Wall Street Journal, America Magazine, First Things, The Pillar y en diversos foros, tanto populares como académicos. Formada en Harvard y Yale, en 2025 fue Teilhard de Chardin Fellow en la Loyola University de Chicago y también ha enseñado en la Universidad de Columbia, en la Universidad de Nebraska y en otras instituciones. Asimismo, ha realizado investigaciones en la Universidad de Princeton y en el Leibniz Institute of European History de Maguncia, en Alemania, y es editora consultora del Institutum Historicum Societatis Iesu de Roma.
La Civiltà Cattolica la entrevistó por correo electrónico sobre el significado actual de sus investigaciones para la vida de la Iglesia.
Usted ha sostenido que el catolicismo hoy no tiene tanto un «problema con las mujeres» como un «problema con la historia». ¿Qué quiere decir con esto?
Sí, hablé de ello la pasada primavera en Chicago, en una conferencia que tuve la fortuna de impartir en el Hank Center de la Loyola University[2]. Lo que algunos perciben hoy como el «problema de las mujeres» en el catolicismo — en particular, el hecho de que las mujeres suelen estar excluidas de todos los cargos eclesiales directivos, reservados al clero —, a mi juicio debe comprenderse a la luz de un «problema con la historia» más amplio en el catolicismo. Con esto quiero decir que incluso católicos muy instruidos corren el riesgo de saber muy poco — porque reciben escasa enseñanza al respecto por parte de educadores y formadores católicos — sobre nuestra historia, compleja y sorprendente en muchos ámbitos, no siendo el menor de ellos la variedad de funciones que algunas mujeres desempeñaron en contextos de gobierno y liderazgo eclesial antes de la época moderna.
Por ejemplo, en los últimos años algunos católicos manifestaron sorpresa — favorable o contraria — cuando el difunto papa Francisco nombró a mujeres en cargos relevantes en el Vaticano y en relación con el Sínodo sobre la sinodalidad, como si se tratara de algo radical y sin precedentes. En realidad, lo que él hizo fue modesto y ciertamente coherente con una elevada concepción del ministerio petrino, si se lo compara, por ejemplo, con el hecho de que, con la bendición de un papa, aunque ausente, una emperatriz, Irene de Atenas, convocara el VII Concilio ecuménico de Nicea; o con el hecho de que algunas abadesas medievales ejercieran jurisdicción territorial sobre diversas casas religiosas e incluso sobre iglesias parroquiales, de modo análogo a los obispos; o, más aún, con el hecho de que monarcas católicas, incluidas soberanas como Isabel de Castilla y María Teresa de Austria, nombraran — y destituyeran — a obispos y a otros altos eclesiásticos, por lo general con la aprobación de los papas.
Estos son solo algunos de los ejemplos que incluí en el esquema histórico de la participación de las mujeres en el gobierno y la dirección eclesial que elaboré para mi conferencia en la Loyola University. Posteriormente adapté esa conferencia en The Catholic Church and Female Leadership, un ensayo para America Magazine[3]. Y, sin embargo, lo que pude presentar allí no es más que un esbozo en comparación con lo que puede encontrarse sobre este tema en la vasta documentación de nuestra historia eclesial.
¿Puede describirnos algunos de los temas o ejes principales que, si prestamos atención a la historia de la Iglesia, podemos extraer en relación con el papel de las mujeres en la vida eclesial?
Espero sinceramente que, a medida que un número cada vez mayor de católicos — incluidos los responsables eclesiales — conozca mejor los precedentes históricos a los que acabo de aludir, logremos liberarnos cada vez más de esa singular forma de clericalismo moderno que condiciona muchas de nuestras discusiones sobre el llamado «problema de las mujeres» en la Iglesia. Si observamos de cerca la historia real de la Iglesia en este ámbito, se hace evidente que el hecho de que las mujeres no puedan acceder a la ordenación sacerdotal tiene mucho menos que ver de lo que a menudo se piensa con la cuestión de si las mujeres y los laicos en general pueden o deben ejercer un auténtico poder de decisión en numerosos ámbitos de la vida eclesial que no implican directamente funciones sacerdotales. Muchos católicos de hoy parecen convencidos — mucho más de lo que lo estaban los católicos de los siglos anteriores al XIX — de que solo el clero ordenado tiene derecho de gobierno en y sobre la Iglesia, entendida como el cuerpo de los fieles de Cristo. Nuestras convicciones actuales en este campo, me atrevo a decir, habrían sorprendido a algunos de nuestros antepasados católicos más conservadores de la Edad Media y de la época tridentina.
Albergo también otra esperanza: que nuestras discusiones sobre la misión y la vocación de las mujeres en la Iglesia puedan volverse mucho más ricas y articuladas gracias a un conocimiento real de las mujeres concretas de la historia católica. Católicos de todas las edades, hombres y mujeres, me dicen a menudo, después de leer mis escritos o de escuchar mis conferencias, que en el pasado solo habían sido puestos en contacto, en contextos católicos, con unas pocas figuras femeninas, en su mayoría bíblicas, o con alguna santa excepcional, casi siempre religiosa o mística. Me confían también que estas figuras eran presentadas de manera muy estereotipada, en lugar de como personas reales, tridimensionales, de carne y hueso. Además, algunos añaden que gran parte de lo que oyen de las autoridades católicas sobre las mujeres, sobre el genio femenino, etc., les parece más un «simbolismo» de fachada que una reflexión auténtica, articulada y constante, sobre la riqueza de los dones, las experiencias y las preocupaciones femeninas.
Todo esto es bastante trágico: estrecha los horizontes espirituales e imaginativos, sobre todo de muchos jóvenes, respecto de los modos en que Dios ha llamado y puede hoy llamar a las mujeres a servir a la Iglesia y a dar testimonio en el mundo. Y no refleja en absoluto los tesoros que nuestra Iglesia custodia en la variedad de figuras femeninas católicas, fuertes y fieles, dignas de ser imitadas y estudiadas todavía hoy de diversas maneras: pienso en la amplia gama de mujeres canonizadas, beatificadas y venerables que la Iglesia ha tratado, aunque no siempre con eficacia, de proponernos a lo largo de los siglos, y en tantas otras mujeres que, aun no siendo candidatas a la canonización, han sido igualmente decisivas para la vida eclesial.
Por desgracia, la escasa atención que muchas instituciones educativas y formativas católicas prestan a la rica y compleja historia del catolicismo reduce considerablemente la capacidad de los jóvenes — y también la de sus sacerdotes y formadores — para captar las diversas realidades a las que Dios puede llamar no solo a las mujeres, sino también a los hombres. Estos últimos, de hecho, pueden dejarse inspirar por las santas tanto como nosotras, las mujeres, nos dejamos inspirar por los santos. Esta misma falta de atención nos priva además del conocimiento de muchos posibles «amigos» celestiales entre los santos y las santas y entre quienes aún deben ser canonizados, que con su ejemplo y su intercesión podrían acompañarnos de manera valiosa en nuestro peregrinaje terreno.
¿Puede hablarnos de una mujer influyente en la historia de la Iglesia que deberíamos conocer mejor?
Las figuras que cabría recordar serían muchísimas, canonizadas o no, hasta el punto de que casi me resisto a elegir solo una. Sin embargo, la que me viene inmediatamente a la mente es la beata Anne-Marie Javouhey, francesa, que vivió entre 1779 y 1851. Para resumir en pocas frases una vida y un legado tan ricos, subrayaría que fue una de las primeras mujeres en la historia de la Iglesia en fundar una congregación religiosa consagrada a la misión de ultramar, abriendo el camino a figuras como santa Émilie de Vialar, santa Francisca Javiera Cabrini, santa Teresa de Calcuta y muchas otras. En 1807 fundó las Hermanas de San José de Cluny y en 1817 partió hacia Madagascar. Ella y sus hermanas trabajaron posteriormente también en Senegal, en la isla de Reunión, en la Gambia británica y en Sierra Leona.
Lo que resulta particularmente llamativo es que Javouhey se comprometió — yendo a contracorriente de su época — a promover la formación de un clero africano indígena, animando a jóvenes y hombres a prepararse para el sacerdocio en un nuevo seminario. Además, cruzó el Atlántico hasta la Guayana Francesa, donde, junto con más de treinta religiosas de su congregación, fundó el asentamiento de Mana, ayudando a antiguos esclavos liberados de los barcos negreros a construirse una vida estable y digna. Esto le granjeó enemigos tanto dentro como fuera de la Iglesia, como es fácil imaginar. Y, sin embargo, algunos eclesiásticos que colaboraron con ella la definieron como «el Bartolomé de Las Casas y el Francisco Javier de su tiempo». ¡Una señal de que los hombres de Iglesia del pasado supieron en ocasiones reconocer y sostener a mujeres católicas fuertes e independientes más de lo que hoy estamos dispuestos a admitir!
Javouhey fue beatificada hace 75 años, y la historiadora Sarah A. Curtis le dedicó un interesante estudio en el libro Civilizing Habits[4]. Y, sin embargo, cuando me ocurre contar su historia a estudiantes o a un público más amplio, católicos jóvenes y no tan jóvenes se muestran sorprendidos al descubrir que una mujer así haya existido, y aún más al enterarse de que la Iglesia la había beatificado mucho antes del Concilio Vaticano II. He oído en varias ocasiones, de hecho, la afirmación errónea de que la madre Cabrini habría sido la primera mujer católica en fundar una congregación misionera. En realidad, ya antes de ella varias mujeres habían fundado congregaciones misioneras y habían guiado a otras mujeres en contextos de misión de ultramar, a veces riesgosos.
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Su libro «Apostles of Empire» reconstruye la relación entre los jesuitas y la Corona francesa en el estrecho vínculo entre colonización y evangelización en la Nueva Francia. ¿Qué papel desempeñaron las mujeres en esas actividades?
Este libro nació de mis estudios de doctorado. Una de las cosas que más me llamó la atención entonces, en mis primeras investigaciones sobre las Relations de la Nouvelle-France y sobre otras fuentes jesuitas de los siglos XVII y XVIII, fue la importancia de una amplia variedad de mujeres — francesas y nativas americanas — para el desarrollo y el éxito de las misiones. Contrariamente a lo que algunos hoy podrían creer posible para los cristianos de aquella época, los misioneros fueron a menudo muy claros en este punto: describían a las mujeres como colaboradoras, amigas, y no simplemente como personas formadas por ellos o subordinadas de algún modo, es decir, en los papeles de penitentes, seguidoras, convertidas y similares.
En primer plano aparece una mujer a la que he dedicado otro libro: la sobrina del cardenal Richelieu, Marie de Vignerot, duquesa de Aiguillon. En Apostles of Empire ella aparece como una figura destacada entre los nobles franceses que apoyaron las ambiciones misioneras de los jesuitas en la corte, obteniendo formas de respaldo y protección reales, sin las cuales la misión no habría podido avanzar en ese contexto de la primera Edad Moderna. Marie donó también muchos de sus recursos personales a la misión y se comprometió de manera particular a trasladar a la Nueva Francia las mejores prácticas médicas y caritativas de Francia, colaborando con los jesuitas en la fundación del primer hospital de caridad al norte de México. Este nosocomio, el Hôtel-Dieu de Quebec, confiado a las Hospitalarias Agustinas — que estuvieron entre las primeras mujeres en abandonar Europa como misioneras —, tenía como objetivo ofrecer sobre todo atención gratuita a los nativos americanos.
Diversas congregaciones religiosas femeninas — no solo las Hospitalarias Agustinas, sino también las Ursulinas (entre ellas santa María de la Encarnación) y las Hospitalarias de San José en Montreal — estaban activas en la Nueva Francia colonial ya a mediados del siglo XVII. Los jesuitas colaboraron con ellas de diversas maneras. Entre las mujeres laicas que apoyaron directamente a los jesuitas se encontraba también Antoinette de Pons, marquesa de Guercheville, noble de la corte y modelo para la duquesa de Aiguillon. Guercheville invirtió dinero en las primeras iniciativas francesas y misioneras en el Canadá oriental e influyó en la decisión de la Corte francesa de confiar a los jesuitas ese territorio de misión.
Otra laica colonial, Éléonore de Grandmaison, aunque joven viuda con cinco hijos, fue una figura clave en una iniciativa conjunta franco-india que, entre finales de la década de 1640 y los primeros años de la siguiente, ofreció ayuda a numerosos refugiados hurones —muchos de ellos convertidos al catolicismo—, obligados a abandonar sus tierras ancestrales durante las guerras entre hurones e iroqueses, en las que murieron san Isaac Jogues y los otros célebres mártires jesuitas.
Las Relations de los jesuitas recogen también numerosos testimonios de mujeres católicas nativas americanas: además de la célebre santa Kateri Tekakwitha, mohawk-algonquina, convertida en modelo de penitencia y caridad y canonizada en 2012, aparecen mujeres destacadas en sus comunidades, comprometidas en obras sociales y caritativas, en la instrucción cristiana y en prácticas devocionales que marcaban la vida litúrgica colectiva. Una de ellas, Jeanne Itaouinon, que vivía poco fuera de Quebec, dirigía una escuela católica en su propia casa con tal generosidad que recibió el elogio del obispo de la ciudad. Las fuentes jesuitas de los siglos XVII y XVIII abundan en otros ejemplos semejantes.
¿Colaboraban los jesuitas con las mujeres o con los laicos de un modo distinto al de otras órdenes religiosas de la época? ¿Qué distinguía su estilo?
Dudo en dar una respuesta demasiado tajante, porque no he tenido ocasión de trabajar con la misma profundidad sobre las fuentes primarias o los estudios especializados relativos a otras órdenes religiosas. Está claro, sin embargo, que diversos institutos, como la Congregación de la Misión de san Vicente de Paúl, supieron actuar muy bien y de manera creativa a través de mujeres laicas y consagradas, en particular mediante las Damas de la Caridad y las Hijas de la Caridad, estas últimas fundadas por san Vicente de Paúl junto con santa Luisa de Marillac, otra figura que los católicos deberían conocer mejor hoy.
Dicho esto, considero que una de las características distintivas de los jesuitas — el hecho de ser una orden compuesta solo por hombres, sin una rama femenina formalmente afiliada ni un «segundo orden» — permitió paradójicamente, en muchos contextos, una mayor libertad para experimentar colaboraciones con mujeres y hombres, laicos y consagrados, de distinta pertenencia. En otras palabras, puesto que en los territorios de misión, así como en contextos más desarrollados de la vida eclesial, los jesuitas no estaban obligados a prestar servicio como confesores de comunidades femeninas vinculadas a ellos, gozaban de una mayor libertad de tiempo y, en comparación con los monjes tradicionales, también de movimiento. Esto les permitió entrar más a menudo en contacto con mujeres y hombres, laicos y consagrados, de muy diverso tipo.
Así se desarrolló pronto un modelo en el que eran precisamente las mujeres laicas y consagradas quienes tomaban la iniciativa de acercarse a los jesuitas para invitarlos a colaborar, sabiendo cuán disponibles estaban para comprometerse en distintos ministerios. En consecuencia, aunque no fueron los únicos religiosos varones en actuar de este modo, los jesuitas llegaron a ser conocidos como colaboradores particularmente eficaces de mujeres católicas de relieve y de diversos institutos femeninos, y no solo como sus confesores.
Su libro «La Duchesse» narra la fascinante vida de Marie de Vignerot, aristócrata francesa del siglo XVII y sobrina del cardenal Richelieu. Ya ha aludido a ella, pero ¿podría hablarnos de su vida con más detalle?
Mi segundo libro está dedicado a una de las mujeres más extraordinarias del siglo XVII. Su nombre completo era Marie-Madeleine de Vignerot du Pontcourlay. Nacida en 1604 y fallecida en 1675, fue la primera duquesa de Aiguillon en Francia desde 1638 hasta su muerte. Sobrina y heredera del cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII, era muy rica y políticamente influyente. Fue una mecenas incansable de artistas y escritores, entre ellos el dramaturgo Pierre Corneille, y a través de sus encargos promovió temas cristianos que le eran queridos, como la igualdad espiritual y moral de hombres y mujeres. Fue también una de las confidentes más cercanas de Richelieu, casi una especie de first lady mientras él estuvo en el poder, y posteriormente desempeñó un papel político de primer orden como consejera de la regente Ana de Austria, en los años difíciles de las guerras civiles de la Fronda.
Además, fue una de las patronas laicas más emprendedoras y creativas de instituciones religiosas y caritativas, tanto en Europa como en los territorios de misión. No solo ayudó a los jesuitas en Norteamérica, como ya he recordado, sino que durante más de veinte años, como presidenta de las Damas de la Caridad de París, fue una de las principales sostenedoras de Vicente de Paúl, financiando y contribuyendo a desarrollar y dirigir muchos de sus proyectos en favor de los pobres, los presos y los enfermos en Francia, Italia, el norte de África y Madagascar.
La duquesa tuvo también un papel importante en la elección de los obispos franceses, incluidos los destinados a las nuevas diócesis misioneras de Norteamérica y Asia, erigidas por el papa Alejandro VII. Inspirada por Alexandre de Rhodes, jesuita misionero en Vietnam, fue ella quien convenció al Papa para crearlas, ofreciéndose a financiarlas y a proporcionar buenos obispos y sacerdotes formados en el nuevo Séminaire des Missions Étrangères de París, que existe todavía y fue una de las muchas instituciones que ella fundó. Su mecenazgo en favor de los Carmelitas Descalzos en diversas regiones francesas fue notable. Contribuyó a la fundación del célebre Hôpital-Général de París y de numerosos otros hospitales, seminarios, escuelas, conventos y nuevos institutos de vida consagrada en Francia bajo Luis XIII y Luis XIV. Por todo ello fue elogiada por el papa Alejandro VII y por otros eminentes eclesiásticos de la época como una de las católicas más activas de Europa.
Y, sin embargo, su figura está hoy casi por completo olvidada. Mi libro constituye el primer estudio serio dedicado a ella desde 1879. Espero que sea traducido al francés, porque creo que muchos católicos francófonos de todo el mundo estarían encantados de conocerla mejor en su propia lengua.
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Muchas mujeres destacadas en la historia de la Iglesia fueron figuras ricas y poderosas, como la duquesa o la emperatriz María Teresa de Austria. ¿Qué dicen estos ejemplos a la Iglesia de hoy? ¿El mensaje es que las laicas deberían aspirar a ser ricas y poderosas?
Diría que, independientemente de hasta qué punto una mujer laica — o también un hombre laico, dicho sea de paso — de buena voluntad pueda hoy llegar a ser rica e influyente, las formas de poder eclesial que en otro tiempo fueron posibles, e incluso habituales, para algunas mujeres y para las élites laicas en general, hoy ya no lo son. Esto se debe, en parte, a que las estructuras de gobierno de la Iglesia han cambiado de forma significativa desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, en la época posrevolucionaria, liberal y democrática.
Se trata de una cuestión compleja, ligada al progresivo distanciamiento de la Iglesia respecto de los regímenes políticos y a las modificaciones introducidas por diversos papas y concilios modernos en sus estructuras de gobierno: un tema que he abordado explícitamente en varios artículos y sobre el cual otros estudiosos y comentaristas han ofrecido perspectivas diferentes. Diría que mis reflexiones sobre la historia de las mujeres católicas poderosas del pasado coinciden con las de muchos participantes en el Sínodo sobre la sinodalidad, así como con las de numerosos líderes eclesiales y observadores comprometidos en el debate sobre la centralización del gobierno, sobre los posibles beneficios de ciertas formas de descentralización —si se realizan bien y en coherencia con el magisterio de la Iglesia—, sobre el clericalismo y sobre la reforma. Todos estos son aspectos que pueden valorar mejor los dones de los laicos y de las laicas y reflejar más plenamente la dignidad e incluso la dimensión profética, sacerdotal y regia del laicado, en la que tanto insistieron los padres del Concilio Vaticano II.
En síntesis, veo dos objetivos principales al tratar estas figuras femeninas poderosas. El primero es simplemente ofrecer a nosotras, las mujeres, pero también a los hombres, ejemplos importantes, capaces de inspirar y de instruir, tomados de nuestra propia historia católica, a los que podamos mirar mientras vivimos hoy nuestra vida y nuestro testimonio cristiano. Con alegría me he encontrado con algunas mujeres católicas, de distintas edades, que me han dicho haberse sentido inspiradas de maneras inesperadas por la duquesa de Aiguillon, aun en circunstancias modernas y muy diferentes de las de entonces: como miembros de sus familias del siglo XXI, de comunidades locales, de parroquias y de diócesis, y a veces también de instituciones y organizaciones de mayor alcance, a las que están llamadas a guiar, aconsejar o servir en funciones delicadas.
El segundo objetivo es mostrar a los católicos que abrirse a un «diálogo» — e incluso apoyar reformas en la Iglesia que conduzcan a una descentralización efectiva del poder clerical, y en particular episcopal, en algunos ámbitos específicos — no constituye en absoluto una ruptura radical con la gran Tradición católica, como a veces temen. Esto es más bien el resultado de la progresiva «pérdida», dentro de la Iglesia — entendida, una vez más, como el conjunto del cuerpo de los fieles de Cristo —, del poder y de la influencia que las élites laicas ejercieron hasta mediados del siglo XIX.
En su último libro, «Women of the Church», usted habla también de mujeres católicas «ordinarias», quizá más semejantes a aquellas que hoy desean servir a la Iglesia. ¿Qué podemos aprender de su testimonio?
Con mi tercer libro tuve la oportunidad de narrar una gran variedad de mujeres que han contribuido a la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos, de maneras muy diversas. Están las mujeres de las parroquias de la Inglaterra bajomedieval, parte integrante del buen funcionamiento de la vida eclesial local; hay esposas, madres, hermanas e hijas muy ordinarias que, en tiempos de crisis, se opusieron con valentía a los enemigos de Cristo y de la Iglesia, llegando a veces hasta el martirio; están las mujeres humildes que sostuvieron a otros, quienes después se convirtieron en algunos de los santos más célebres. Pienso también en tantas mujeres católicas sencillas y silenciosas que he conocido en mi vida, verdaderos pilares espirituales para sus familias y comunidades, a menudo dadas por sentadas.
Mujeres como estas — y hombres como ellas, entre ellos muchos de nuestros sacerdotes y religiosos — han sido, y siguen siendo hoy, los pilares que han hecho posible el edificio de la Iglesia. No tendríamos a Teresa de Lisieux sin sus padres, Luis y Celia Martin, y sin sus hermanas mayores. No tendríamos a Constantino el Grande — quien, a su modo, contribuyó a orientar al Imperio romano hacia el mismo Cristo y su pueblo, aún perseguido durante su vida, y quien hizo posible que el primer Concilio de Nicea se celebrara y concluyera, dándonos un Credo claro que todavía hoy recitamos después de 1700 años — sin su madre, santa Elena, descartada en su juventud por el ambicioso padre de Constantino por ser de origen humilde. No tendríamos a Benito de Nursia sin su hermana Escolástica. No tendríamos a Edith Stein sin las presencias silenciosas y fortalecedoras en su vida, no solo de otras carmelitas en su familia religiosa, sino también de laicos católicos que encontró en su camino hacia la Iglesia y la vocación carmelitana, ni sin su hermana Rosa, que murió con ella en Auschwitz. El reciente doctor de la Iglesia san John Henry Newman — esto lo estoy desarrollando en un nuevo proyecto — tampoco sería el mismo sin las mujeres que lo rodearon, cuyas conversiones y contribuciones a la Iglesia merecerían mayor reconocimiento y atención por parte de los católicos de hoy.
Como historiadora y como católica, todo esto me conmueve profundamente. Nos conduce al corazón mismo del misterio de nuestra Iglesia y de nuestra humanidad, tocada por la gracia divina.
La beata Virgen María es, obviamente, la mujer más célebre de la Iglesia. ¿Cómo puede ser para nosotros una fuente de inspiración cuando se habla del papel de las mujeres?
No soy teóloga y, aunque tengo algo que decir sobre la historia de las mujeres en la Iglesia y sobre las intuiciones que esta nos ofrece hoy, soy de las personas menos indicadas para decir a otros cómo deberían pensar a la Virgen María.
Ella, que ama a cada uno de nosotros de un modo único, como hermanos y hermanas adoptivos del Hijo divino, ha inspirado las más diversas vocaciones y obras de virtud y santidad en tiempos, lugares y culturas distintos. Pienso en todas las mujeres consagradas que a lo largo de los siglos han tratado de modelarse según ella, y en todos los padres y madres que, educando a sus hijos y buscando la santidad en el matrimonio y en la vida cotidiana, han encontrado fuerza en el Rosario. Admiro de manera particular el ejemplo de san Ignacio de Loyola y su devoción a María y al Niño Jesús durante su convalecencia y los años de peregrinación, mientras maduraba sus Ejercicios espirituales, antes de fundar la Compañía de Jesús y de dejar el estado laical.
En definitiva, estoy convencida de que María no ha concluido en absoluto su obra de inspiración: continúa suscitando en sus hijos vocaciones ordinarias, pero también vocaciones inesperadas y capaces de cambiar el mundo. Por ello diría que hoy nos corresponde a cada uno de nosotros, antes de juzgar si otros, mujeres u hombres, imitan o no a María en el amor con que ella nos mira a nosotros, pecadores, orar con humildad a Dios, pidiendo la intercesión de ella y de los demás santos del cielo. Si la historia del pueblo de Dios nos enseña algo, es que quien reza con humildad, en el temor y en el amor filial al Creador, no pocas veces recibe de esa oración consuelos e inspiraciones sorprendentes para discernir su propio camino.
El papa Francisco ha confiado a mujeres diversos cargos de máxima responsabilidad en la Santa Sede y en el Estado de la Ciudad del Vaticano. Entre ellas se encuentran sor Simona Brambilla I.S.M.C., nombrada prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y sor Raffaella Petrini F.S.E., hoy presidenta del Gobernatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano. ¿Qué significado tienen, desde el punto de vista histórico, estos nombramientos?
Estos nombramientos y las diversas reacciones críticas que han suscitado por parte de católicos, que consideran que cargos semejantes deberían reservarse únicamente a clérigos ordenados, inspiraron en parte mi conferencia en la Loyola University y el artículo en America al que he hecho referencia. La mayor parte de lo que desearía decir ahora ya lo expuse en esas instancias. Añadiría que, si en el siglo VIII una mujer pudo convocar un Concilio ecuménico en la Iglesia; si los papas pudieron instituir nuevos ritos de consagración que conferían a las emperatrices del Sacro Imperio Romano — y no solo a los emperadores — poderes y deberes especiales en orden a la protección y a la expansión de la Iglesia; si papas y otros eminentes hombres de Iglesia de tiempos antiguos, a menudo considerados más «rígidos» que los nuestros, se sentían cómodos con mujeres destacadas de la cristiandad y de los Estados católicos que ejercían un poder real en determinados contextos eclesiales, entonces no veo cómo puede amenazar el orden y el carácter tradicional de la Iglesia el hecho de que un papa decida abrir a laicos o a religiosas la dirección de algunos organismos sin funciones sacerdotales.
No es necesario ser feministas radicales — yo no lo soy — para llegar a esta conclusión. En cambio, sí es necesario conocer y respetar algo más que de manera superficial el desarrollo histórico «real», no idealizado ni caricaturizado, de la Iglesia en tiempos y lugares diversos, para poder afirmar con seguridad que tales decisiones son coherentes con la ortodoxia y la ortopraxis católicas.
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Cf. B. McShea, Women of the Church: What Every Catholic Should Know, San Francisco – Greenwood Village, Ignatius Press – Augustine Institute, 2024. Otros volúmenes de McShea son: La Duchesse: The Life of Marie de Vignerot – Cardinal Richelieu’s Forgotten Heiress Who Shaped the Fate of France, New York, Pegasus Books, 2023; y Apostles of Empire: The Jesuits and New France, Lincoln, University of Nebraska Press, 2019. ↑
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Cf. la entrevista audiovisual a B. McShea, «Is Catholicism’s “Woman Problem” a History Problem? Teilhard Lecture featuring Dr. Bronwen McShea», en Loyola University, Chicago, 20 de marzo de 2025, disponible en YouTube (www.youtube.com/watch?v=IAlzzBhzWYs). ↑
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Cf. B. McShea, «The Catholic Church and Female Leadership», en America Magazine (www.americamagazine.org/faith/2025/05/20/mcshea-female-leadership-history-catholic-250720), 20 de mayo de 2025. ↑
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Cf. S. A. Curtis, Civilizing Habits: Women Missionaries and the Revival of French Empire, Oxford, Oxford University Press, 2010. ↑
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