Biblia

¿Cuáles son las grandes cosas de la vida?

Baptisterio Arriano, Ravenna

Juan vio acercarse hacia él a Jesús y dijo: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! A él me refería cuando dije: “El hombre que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque él existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera revelado a Israel». Y Juan dio este testimonio: «Yo he visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Elegido de Dios» (Jn 1,29-34).

Con el domingo del Bautismo de Jesús comienza el tiempo litúrgico «ordinario»: el tiempo per annum. Después del Adviento y la Navidad se inicia la cotidianidad, el tiempo de todos los días, el tiempo que se repite igual, monótono, gris, a menudo aburrido. ¡Es la vida ordinaria! Podría parecer un tiempo poco significativo. Sin embargo, la liturgia nos invita a mirar este tiempo con una mirada nueva, porque es precioso para crecer espiritualmente, para madurar en nuestro ser cristianos y progresar en el seguimiento del Señor. Nos dice que las grandes cosas de la vida no son sino las pequeñas cosas de cada día, aquellas por las que «humildemente» vivimos. El joven Holden, de J. D. Salinger, lo enseña: «Lo que distingue al hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que lo que distingue al hombre maduro es que quiere vivir humildemente por ella».

La Primera Lectura, tomada de Is 49, comienza con la introducción «El Señor me ha dicho», y nos indica la escucha de la Palabra como el modo de hacer valioso el tiempo que vivimos cotidianamente. Se nos invita a una escucha diligente, atenta, a una acogida verdadera de lo que se nos dice. En latín, la «escucha», audio, cuando es atenta, se dice ob-audio, que en español se convierte en «obedecer».

Isaías profetiza que el pueblo —en ese caso concreto, los supervivientes del exilio, y por tanto gente exigida, exhausta, maltrecha— tiene la vocación de ser luz de las naciones para llevar la salvación hasta los confines de la tierra (cf. Is 49,5-6). Lo que sorprende es precisamente que personas pobres, ineptas, casi incapaces, tengan la misión de ser «luz» y de «llevar la salvación». También aquí la vida ordinaria, con todos sus límites y sacrificios bien conocidos, puede convertirse de manera imprevisible en lo extraordinario que salva.

En el Evangelio, el Bautista, refiriéndose a Jesús, el «Cordero de Dios», afirma dos veces: «Yo no lo conocía» (Jn 1,31.33): no sabía nada preciso sobre Jesús, pero debía anunciarlo y lo esperaba poniendo en juego su propia vida. Esa espera es premiada con el conocimiento, porque solo se reconoce bien aquello que se espera con amor. El Principito diría: «No se ve bien sino con el corazón…».

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«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»: «cordero», en la lengua de Jesús, puede significar tanto niño como siervo o cordero (cf. el griego pais) y alude a la profecía de Isaías (53,7) del siervo mudo como un cordero llevado al matadero. Se trata de una alusión al cordero pascual que salva, pero también al cordero cuya sangre libera a Israel de la esclavitud (Ex 12,1-14).

También el singular «el pecado del mundo» dice mucho. En la Misa se proclama «Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo», pero aquí, en rigor, no se habla de «pecados», sino del «pecado del mundo», es decir, de la pecaminosidad, de nuestra tendencia a alejarnos de Dios, a prescindir de Él, a dejarlo de lado para seguir nuestra «inteligencia» y «sabiduría»: es la raíz de todo pecado.

Se nos recuerda que nuestra pecaminosidad cotidiana es asumida por el Señor Jesús, que se hace pecador por nosotros y, al recibir el bautismo, es solidario con nosotros también en nuestra miseria y fragilidad.

En la Segunda Lectura, Pablo nos recuerda que los cristianos son santos porque, por el bautismo, viven en comunión con Cristo (1 Co 1,2): así emerge la vocación a la santidad. Las grandes cosas de la vida son precisamente las pequeñas de cada día, y entre ellas también la vocación a la santidad.

León XIV nos «pide con fuerza la paz, que debe construirse paso a paso, recorriendo el camino opuesto a aquella idea de que “la paz solo es posible con la fuerza y bajo el efecto de la disuasión”».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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