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«Diseñar nuevos mapas de esperanza»

La carta apostólica de León XIV

El 28 de octubre de 2025 se cumplió el 60º aniversario de la declaración conciliar Gravissimum educationis (GE). Para subrayar la efeméride y recordar el interés que ese documento suscitó en el momento de su publicación, el papa León XIV promulgó una Carta apostólica con un título sugerente: Diseñar nuevos mapas de esperanza[1].

La Gravissimum educationis, escribe el Pontífice, afirmaba «la extrema importancia y actualidad de la educación en la vida del ser humano» (1,1), y ese valor sigue siendo hoy plenamente vigente, en nuestros días marcados por cambios rápidos y por incertidumbres que desorientan. El Concilio Vaticano II lo declaró de manera inequívoca: «la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización» (ibíd.). Las comunidades educativas —se lee en la Carta—, entonces como ahora iluminadas por la palabra de Cristo, no se eximen de esta tarea, sino que se relanzan, construyendo puentes y, con creatividad, buscan y exploran nuevos caminos para la transmisión del conocimiento y del sentido.

Ante el actual contexto educativo, complejo, fragmentado y digitalizado, la paideia cristiana puede responder con una visión amplia. A lo largo de los siglos ha sido capaz de renovarse e inspirar formas y modelos diversos, idóneos para «custodiar la unidad entre la fe y la razón, entre el pensamiento y la vida, entre el conocimiento y la justicia» (1,2). Uno de los aspectos más bellos de la Carta —que presentamos en este artículo, recomendando, no obstante, su lectura íntegra para saborear la riqueza y la articulación de sus 11 párrafos— es la elección del imaginario que le sirve de trasfondo y del que toma vocabulario y metáforas: la educación es un viaje en mar abierto. El Papa utiliza hermosas alegorías para expresar el sentido de esta aventura: «cosmología», «constelaciones educativas», que han sido «en la tormenta, un ancla de salvación; y en la bonanza, una vela desplegada. Un faro en la noche para guiar la navegación» (ibíd.); «firmamento de obras y carismas que aún hoy orienta el camino» (1,3), «brújula que sigue indicando la dirección y hablando de la belleza del viaje» (ibíd.).

Los desafíos que afrontaba la Gravissimum educationis hoy se han profundizado y complejizado. El Papa recuerda, ante todo, a los millones de niños que no tienen acceso a la escolarización primaria, así como las emergencias educativas provocadas «por las guerras, las migraciones, las desigualdades y las diversas formas de pobreza» (ibíd.). Como ya se afirmaba en la exhortación apostólica Dilexi te, a la que esta Carta recurre y remite en varios pasajes, el mundo necesita la caridad cristiana, que se expresa en la educación, verdadera forma de esperanza. El vínculo entre ambos documentos permite encontrar en la Carta apostólica la concreción educativa de la sensibilidad expresada en la primera exhortación apostólica de León XIV.

La historia de la educación católica

La historia de la educación católica es pluricentenaria. Se ha manifestado en múltiples estilos educativos, que han tenido en común «una visión del ser humano como imagen de Dios, llamado a la verdad y al bien» (2,1), y en cada carisma se ha adaptado a las necesidades de su propia época. La Carta traza un recorrido histórico que comienza con la aportación de los Padres del desierto y su pedagogía de la mirada; continúa con san Agustín, que vincula la sabiduría bíblica con la tradición grecorromana, y con el monacato, cuyo trabajo silencioso salvó del olvido muchísimas obras clásicas que, de otro modo, no habrían llegado hasta nuestros días. La Carta recuerda también que las primeras universidades nacieron «del corazón de la Iglesia»; cita a las Órdenes mendicantes y la Ratio Studiorum de la Compañía de Jesús, que estableció un programa de estudios «tan articulado como interdisciplinario y abierto a la experimentación» (2,3). La genealogía continúa en siglos más cercanos a nosotros con las figuras de san José de Calasanz —para quien la alfabetización y el cálculo son «dignidad antes que competencia» (2,3)—, san Juan Bautista de La Salle, san Marcelino Champagnat y san Juan Bosco. La Carta concede espacio al genio femenino y recuerda la aportación educativa de numerosas mujeres: Vicenta Maria López y Vicuña, Francisca Cabrini, Josefina Bakhita, María Montessori, Katharine Drexel y Elizabeth Ann Seton. El Papa reafirma lo que ha expresado con claridad en Dilexi te: «La educación de los pobres, para la fe cristiana, no es un favor, sino un deber» (ibíd.).

Una tradición viva

La educación cristiana, afirma León XIV en la Carta, es una «obra coral: nadie educa solo» (3,1). La comunidad educativa es un «nosotros» que implica a una pluralidad de sujetos: el docente, el estudiante, la familia, el personal administrativo y de servicios. Es una pluralidad que siempre se renueva y se deja renovar. San John Henry Newman, declarado copatrono de la misión educativa de la Iglesia junto con santo Tomás de Aquino en el contexto del Jubileo del mundo educativo, sostenía que la relación entre fe y razón no es un capítulo opcional y que el conocimiento debe ser a la vez intelectualmente responsable y riguroso, y profundamente humano.

El Papa continúa afirmando que es necesario recuperar una dimensión empática y afectiva del conocimiento, una dimensión abierta, que supere la contraposición ilustrada entre fides y ratio y sea capaz de valorar el diálogo profundo y la escucha que reconoce al otro como un bien y no como una amenaza. En tiempos «armados» como los nuestros, esta insistencia conmueve y consuela, como también lo hace la continuación del párrafo: «Educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva, porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad» (3,2). La educación, que es una obra misteriosa y real de hacer florecer el ser, es un «oficio de promesas»: se promete tiempo, confianza, competencia, justicia y misericordia, el coraje de la verdad y el bálsamo de la consolación.

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La contribución de la «Gravissimum educationis» y la centralidad de la persona

La Gravissimum educationis reafirma el derecho de cada persona a la educación y el papel de la familia como primera escuela de humanidad, advirtiendo contra aquellas formas de reduccionismo que rebajan la educación a un adiestramiento funcional o a un instrumento económico. La formación cristiana es, por sí misma, integral y abarca las múltiples dimensiones de la persona humana: espiritual, afectiva, social y corporal. La educación no se mide a sí misma en términos de eficiencia, sino de promoción de la dignidad, de la justicia y de la capacidad de servir al bien común. El Papa lo afirma con claridad: estos principios no son recuerdos del pasado, sino «estrellas fijas». Vuelve aquí el imaginario de la navegación. Estos principios «dicen que la verdad se busca juntos; que la libertad no es capricho, sino respuesta; que la autoridad no es dominio, sino servicio» (4,3). La verdad no se posee, sino que uno se va acercando a ella; es fruto de tiempos lentos y de atención; no está dictada por la prisa de encontrar una respuesta, porque cada generación afronta desafíos y problemas distintos.

La Carta continúa ofreciéndonos uno de los pasajes más fecundos y más bellos. Educar significa poner a la persona en el centro, y ponerla en el centro significa educarla en la mirada de Abraham. Es hermosa la imagen de la mirada de Abraham como búsqueda del sentido de la vida, de la dignidad inalienable, de la responsabilidad hacia los demás, porque al educar no se transmiten solo contenidos, sino que se ayuda a crecer en las virtudes, como un joven aprendiz de taller crece poco a poco en el arte. Y eso requiere tiempo. León XIV recuerda un momento de su experiencia episcopal en la diócesis de Chiclayo, en el Perú, cuando, dirigiéndose a la Universidad Católica San Toribio de Mogrovejo, pudo decir: «No se nace profesionales; cada trayectoria universitaria se construye paso a paso, libro a libro, año tras año, sacrificio tras sacrificio» (5,1).

El Pontífice recuerda que la Gravissimum educationis otorgaba gran importancia al principio de subsidiariedad y a cómo las circunstancias de la acción educativa pueden variar según los distintos contextos eclesiales locales. En la variedad de sus aplicaciones, el Concilio Vaticano II quiso, sin embargo, declarar el derecho universal a la educación, que no debe subordinarse a las lógicas del mercado laboral y de las finanzas.

León XIV retoma la imagen utilizada por el papa Francisco con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa de 2023. En aquella ocasión se dirigió así a los jóvenes reunidos: «Sean protagonistas de una nueva coreografía que ponga en el centro a la persona humana; sean coreógrafos de la danza de la vida» (6,2). La Carta apostólica está llena de nuevas sugerencias. Además de la danza, habla de oxígeno y de levadura. Menciona la danza como imagen de la integralidad de la persona, y la fe como oxígeno de toda materia, que la anima desde dentro y no se añade como una pieza externa. La educación católica es levadura de la persona y de la comunidad: «genera reciprocidad, supera los reduccionismos, abre a la responsabilidad social» (ibíd.). El Papa nos invita a mantener una mirada abierta: el desafío de hoy es habitar las preguntas de nuestro tiempo, permaneciendo fieles a la fuente de nuestra fe.

La contemplación de la creación

León XIV vuelve a subrayar que la antropología cristiana es una visión global y unificadora de la persona, marcada por algunos rasgos distintivos: «promueve el respeto, el acompañamiento personalizado, el discernimiento y el desarrollo de todas las dimensiones humanas» (7,1). La dimensión espiritual es fundamental y se desarrolla también a través de la contemplación de la creación, que hunde sus raíces en la antigua tradición filosófica y teológica cristiana. Ya san Buenaventura de Bagnoregio escribía que «el mundo entero es una sombra, un sendero, una huella. Es el libro escrito desde fuera (Ez 2,9), porque en cada criatura hay un reflejo del modelo divino, pero mezclado con la oscuridad. El mundo es, por tanto, un camino similar a la opacidad mezclada con la luz; en ese sentido, es un camino. Así como un rayo de luz que penetra por una ventana se colorea según los diferentes colores de las diferentes partes del vidrio, el rayo divino se refleja de manera diferente en cada criatura y adquiere propiedades diferentes» (7,1). Y sobre esta variedad se funda la oportunidad de una enseñanza que tenga en cuenta la diversidad de temperamentos y caracteres de los educandos.

Nos parece que la insistencia del Papa está en sintonía con la sensibilidad de la encíclica Laudato si’ del papa Francisco, cuando señala el vínculo íntimo que existe entre el dolor de la tierra y el sufrimiento de los pobres, de modo que la justicia social y la justicia ambiental deben avanzar juntas. La educación católica está llamada a «promover la sobriedad y los estilos de vida sostenibles, formar conciencias capaces de elegir no solo lo conveniente, sino lo justo» (7,2). Cada gesto, incluso el más pequeño, es ocasión de una alfabetización que es a la vez cultural y moral.

La educación ecológica compromete mente, corazón y manos. El Pontífice nos recuerda que la paz no es ausencia de conflicto, sino fuerza mansa que rechaza la violencia. También en este pasaje reaparece la referencia a la paz desarmada y desarmante, que se convierte en criterio educativo para aprender a deponer las armas de la palabra agresiva.

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Una constelación educativa y el desafío tecnológico

León XIV vuelve luego a recurrir a las metáforas de la navegación. El mundo educativo católico es una «constelación» de iniciativas e instituciones, compuesta por escuelas parroquiales, colegios, universidades e institutos superiores, centros de formación profesional, movimientos y plataformas digitales, iniciativas de service-learning y pastorales escolares, universitarias y culturales. «Cada «estrella» tiene su propio brillo, pero todas juntas trazan una ruta» (8,1). La invitación que sigue es clara: ha llegado el momento de dejar de lado las rivalidades que existieron en el pasado entre las diversas instituciones; es tiempo de converger, porque en un mundo fragmentado «la unidad es nuestra fuerza más profética» (ibíd.). Todo lo que pueda favorecerla y hacerla efectiva permite componer un cuadro coherente y actuar en dos ámbitos distintos: el global y el local. El Pontífice señala algunas prácticas educativas que podrían ayudar: los intercambios de docentes y estudiantes, proyectos intercontinentales comunes, el reconocimiento y el intercambio de buenas prácticas, la cooperación misionera y académica. «El futuro nos obliga a aprender a colaborar más, a crecer juntos» (8,2). En este pasaje, el lenguaje poético para expresar el valor de la colaboración se vuelve aún más intenso: «Las constelaciones reflejan sus propias luces en un universo infinito. Como en un caleidoscopio, sus colores se entrelazan creando nuevas variaciones cromáticas. Lo mismo ocurre en el ámbito de las instituciones educativas católicas, que están abiertas al encuentro y a la escucha de la sociedad civil» (8,3).

Hace sesenta años, la Gravissimum educationis alentaba la actualización de métodos y lenguajes, abriendo una «etapa de confianza». Aquella confianza hoy está llamada a medirse con la inteligencia artificial y con el entorno digital más amplio. A este respecto, el Pontífice escribe con claridad: «Las tecnologías deben servir a la persona, no sustituirla; deben enriquecer el proceso de aprendizaje, no empobrecer las relaciones y las comunidades» (9,1). Se requieren creatividad y discernimiento en la acción educativa, sabiendo que «en cualquier caso, ningún algoritmo podrá sustituir lo que hace humana a la educación: la poesía, la ironía, el amor, el arte, la imaginación, la alegría del descubrimiento e incluso la educación en el error como oportunidad de crecimiento» (9,2). No se trata de demonizar la tecnología y sus aplicaciones, porque el punto decisivo es el uso que se hace de ellas. El mundo digital, con los diversos entornos que lo configuran, y la inteligencia artificial, que en los últimos años ha irrumpido con fuerza en la escena pública, no pueden dejarse a sí mismos, sino que «deben orientarse a la protección de la dignidad, la justicia y el trabajo» (9,3). La ética pública y la participación deben ser criterios de su gobierno, y resulta fundamental el acompañamiento que puede ofrecer la reflexión teológica y filosófica. Las universidades católicas están llamadas a ofrecer una «diaconía de la cultura».

El «Pacto Educativo Global» de 2020 y las tres prioridades de León XIV

León XIV recuerda, «entre las estrellas que orientan el camino», el Pacto Educativo Global, promovido en mayo de 2020 por el papa Francisco. Cita los siete itinerarios de educación para la fraternidad universal entonces identificados: poner en el centro a la persona; escuchar a los niños y a los jóvenes; promover la dignidad y la plena participación de las mujeres; reconocer a la familia como primera educadora; abrirse a la acogida y a la inclusión; renovar la economía y la política al servicio del ser humano; cuidar la casa común. Estas «estrellas» pueden generar procesos concretos de humanización. El Papa subraya cómo las jóvenes generaciones están expuestas a nuevas formas de fragilidad que requieren una acción renovada para llegar al corazón de los jóvenes, para recomponer «el conocimiento y el sentido, la competencia y la responsabilidad, la fe y la vida» (10,2).

A las siete vías contenidas y enunciadas en el Pacto Educativo Global, León XIV añade en la Carta tres prioridades: «La primera se refiere a la vida interior: los jóvenes piden profundidad; necesitan espacios de silencio, discernimiento, diálogo con la conciencia y con Dios. La segunda se refiere a lo digital humano: formemos en el uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica. La tercera se refiere a la paz desarmada y desarmante: educamos en lenguajes no violentos, en la reconciliación, en puentes y no en muros» (10,3).

El Pontífice desea subrayar que la constelación educativa católica es capilar y está extendida por todos los continentes, especialmente en las zonas más pobres, y constituye una «promesa concreta de movilidad educativa y de justicia social. […] La Iglesia debe abrir puertas e inventar caminos, porque «perder a los pobres» equivale a perder la escuela misma» (10,4).

Conclusión

En los párrafos finales de la Carta apostólica reaparece la imagen de las constelaciones educativas católicas, con su capacidad de evocar la dimensión del viaje y del descubrimiento, con el sentido de la aventura y del desafío: «Las constelaciones no se reducen a concatenaciones neutras y aplanadas de las diferentes experiencias. En lugar de cadenas, nos atrevemos a pensar en las constelaciones, en su entrelazamiento lleno de maravilla y despertares. En ellas reside esa capacidad de navegar entre los desafíos con esperanza, pero también con una revisión valiente, sin perder la fidelidad al Evangelio» (11,1). Frente a las fatigas de hoy —la hiperdigitalización que fragmenta la atención, la crisis de las relaciones que hiere la psique, la inseguridad social y las crecientes desigualdades económicas que matan el deseo—, la educación católica puede ser un faro: no un lugar de refugio nostálgico, sino un laboratorio de innovación, discernimiento y profecía: «Diseñar nuevos mapas de esperanza: esta es la urgencia del mandato» (ibíd.).

León XIV concluye el documento con un llamado, articulado en tres puntos, dirigido a las comunidades educativas, lleno de impulso y de confianza: «Les pido a las comunidades educativas: desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada. Como Dios le dijo a Abraham: «Mira al cielo y cuenta las estrellas» (Génesis 15,5): sepan preguntarse adónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación está antes que la opinión, la persona antes que el programa» (11,2). El tiempo es precioso, y el Pontífice concluye con esta exhortación: «No desperdicien el tiempo y las oportunidades: citando una expresión agustiniana: “nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del que debemos aprovechar antes de que se nos escape de las manos”» (ibíd.).

  1. Cf. León XIV, Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, con ocasión del LX aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis, en https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251027-disegnare-nuove-mappe.html. Los números entre paréntesis en el texto remiten a los párrafos de la Carta.
Diego Mattei
Sacerdote jesuita miembro del colegio de escritores de La Civiltà Cattolica. Ha sido Capellán universitario de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de la Sapienza, Roma. Sus textos, publicados en nuestra revista y en otros medios, versan preferentemente sobre literatura y espiritualidad.

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