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EEUU captura a Maduro y toma el control de Venezuela

Donald Trump anuncia la captura de Maduro en una conferencia de prensa el 3 de enero de 2026 (whitehouse.gov)

Después de que varias explosiones sacudieran la capital, Caracas, y otras ciudades del país en las primeras horas del sábado 2 de enero de 2026, Venezuela acusó a Estados Unidos de una gravísima agresión militar. Al día siguiente, durante la noche, un rapidísimo ataque aéreo, llevado a cabo por fuerzas especiales, capturó a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, poco antes de que lograran refugiarse en un búnker, sacándolos de Venezuela y trasladándolos a Nueva York para ponerlos a disposición de la justicia estadounidense. El presidente Donald Trump lo comunicó de inmediato: «Maduro ha sido capturado y sacado del país». Las fotografías de Maduro con un buzo Nike, con los ojos vendados y esposado, publicadas en la red social Truth, cierran un largo período de relaciones tormentosas entre Venezuela y Estados Unidos, jalonado por el apoyo a la disidencia, las sanciones y los acuerdos incumplidos.

Trump llevaba tiempo acusando a Maduro de estar al frente de una red de narcotraficantes y terroristas. Desde septiembre de 2025, Estados Unidos ha atacado repetidamente, en el mar Caribe, embarcaciones procedentes de Venezuela y de otros países de la región, acusadas de transportar droga, causando la muerte de alrededor de un centenar de personas. La legitimidad de estos ataques ha sido puesta en duda por las Naciones Unidas y por numerosos expertos en derecho[1]. En diciembre, tras incautar un barco petrolero venezolano, Washington impuso un bloqueo naval contra el país sudamericano. El ataque contra la persona de Maduro, es decir, su captura, se había mantenido en secreto, más aún porque él, algunos días antes, había intentado abrir una vía de compromiso con Trump. Las modalidades de la operación hacen pensar que el líder venezolano fue traicionado por alguien de su entorno, aunque por ahora no es posible confirmarlo. La intervención que condujo a la captura de Maduro tuvo lugar exactamente 36 años después del arresto de Manuel Noriega, exdictador de Panamá y objetivo de la última intervención estadounidense para un cambio de régimen en América Latina.

Trump: «Gestionaremos la transición de Venezuela»

El primer punto que el presidente Trump subrayó, algunas horas después de la captura de Maduro, es que Estados Unidos gestionará la transición de Venezuela: «Permaneceremos hasta que sea posible una transición segura, adecuada y prudente; no podemos permitir que alguien más tome el poder y recree la misma situación»[2]. Es una forma extraña de expresarse para quien siempre ha estigmatizado el nation building de la memoria reciente y ha defendido con fuerza la teoría «del regreso a casa de los soldados». Pero Venezuela no es un Estado de Oriente Medio; aquí Estados Unidos «gobernaría» un país que cuenta con las mayores reservas petroleras del mundo, desplegando soldados sobre el terreno solo si fuera necesario. Sus empresas extraerían una enorme cantidad de riqueza en nombre del enriquecimiento tanto de los estadounidenses como de los venezolanos[3].

En la conferencia de prensa celebrada la mañana del 3 de enero, Trump abordó varios temas. En primer lugar, afirmó que los soldados serían necesarios en caso de que los dirigentes políticos no se alinearan con los deseos estadounidenses. El Presidente dijo que los estadounidenses saben dónde se encuentran los bad guys y que podría ser necesaria una segunda oleada de ataques[4]. Luego afirmó que el secretario de Estado, Rubio, había hablado con la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y que habría cierta uniformidad de criterios sobre hacia dónde conducir el país en el futuro. Sin embargo, la vicepresidenta —que en este período puede desempeñar un papel central para la seguridad y la estabilidad del país—, en un discurso televisado a la nación rechazó tal apertura, calificando de bárbara la acción estadounidense y el secuestro de Maduro, cuya liberación solicitó. Trump, no obstante, no mencionó a la jefa de la oposición venezolana y premio Nobel de la Paz, María Corina Machado. Al referirse a ella, dijo: «Es una excelente persona, pero no tiene apoyo ni respeto entre los venezolanos»[5].

El presidente de Estados Unidos puso el acento en reiteradas ocasiones en el regreso a Venezuela de las compañías petroleras estadounidenses, que «han sido defraudadas», especificando: «[Venezuela] nos robó el petróleo como se roba a unos niños y llevó a cabo uno de los mayores robos de propiedad estadounidense en la historia de nuestro país»[6]. Por ello, añadió, los empresarios estadounidenses «desembarcarán en el país y reconstruirán las infraestructuras»[7].

A la pregunta de si habría presencia de soldados estadounidenses en Venezuela, Trump respondió: «No tenemos miedo de tener tropas en el territorio, si es necesario». Sin embargo, dejó entrever que la presencia militar podría limitarse a proteger la industria petrolera: «La gestionaremos correctamente, la gestionaremos profesionalmente, haremos entrar a las mayores compañías petroleras del mundo e invertiremos miles y miles de millones de dólares»[8]. El Presidente no fijó límites temporales a la administración estadounidense de Venezuela; no obstante, afirmó que le gustaría que las elecciones se celebraran rápidamente[9]. En definitiva, según sus propias palabras, parece que son el petróleo y el comercio —más que el narcotráfico y el terrorismo— las razones principales de la captura de Maduro.

Para Estados Unidos, el principal problema ahora es cómo gestionar el poder en Venezuela y cómo cohabitar con los órganos constitucionalmente instituidos. Según Robert Kaplan, exmiembro del Defence Policy Board del Pentágono, Estados Unidos es «muy bueno para derrocar dictadores. Las fuerzas armadas de Estados Unidos son las mejores del mundo cuando deben llevar a cabo tareas técnicas específicas. Y cuando se trata de capturar adversarios o enemigos de nuestro país, son casi infalibles. Así lo demuestran las acciones realizadas en los últimos años bajo administraciones republicanas o demócratas, como las dirigidas contra Osama bin Laden, Saddam Hussein, Qasem Soleimani y otros; pero gobernar un país de 29 millones de habitantes, un país del hemisferio occidental, es otra cosa»[10]. A la pregunta de si Trump había justificado su decisión con la necesidad de relanzar la doctrina Monroe para garantizar la seguridad de toda América Latina, Kaplan respondió: «Creo que en los últimos tiempos se ha dado demasiada importancia a la doctrina Monroe. La realidad, pura y simple, es que Venezuela posee las mayores reservas de petróleo no explotadas del mundo. Además, es importante por su posición geopolítica»[11]. Y esto bastaría para justificar, junto con las tropelías de Maduro, lo ocurrido.

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Por primera vez, Estados Unidos suspende de facto la soberanía de un Estado en su propio territorio, reivindicando el derecho a dirigir la transición política y a controlar los recursos estratégicos de un país. La soberanía no es un derecho intangible: puede ser suspendida, según Trump, cuando entra en conflicto con los intereses de una potencia mayor[12].

La operación no fue presentada como una guerra, sino como una acción de policía internacional para arrestar a un «criminal-terrorista». Esta calificación constituye una cobertura jurídica interna, para eludir la implicación del Congreso, y una justificación externa, para actuar fuera del perímetro del derecho internacional[13]. Además, según el presidente estadounidense, cuando los conflictos están lejos se consideran guerras infinitas de las que hay que retirarse; cuando están cerca y afectan al «patio trasero», la intervención se presenta como una exigencia de seguridad interna.

Este raid tiene una importancia que va más allá de Venezuela. Una razón es la forma en que se llevó a cabo. De hecho, dejó intacta la estructura del Estado y del gobierno, eliminando únicamente al jefe, Maduro; el poder sigue en manos de sus antiguos colaboradores, que gobernaron con él. Otra es el motivo por el que ocurrió. En lugar de invocar la democracia y los derechos humanos, como hacían los presidentes estadounidenses en Oriente Medio, Trump declaró sin rodeos que quería apropiarse del petróleo venezolano y afirmar el dominio sobre el hemisferio occidental. Por último, el presidente de Estados Unidos «está acelerando el fin del viejo orden de las resoluciones de la ONU, del derecho internacional y de sus valores universales»[14].

Rodríguez, presidenta «ad interim»

Eliminado Maduro, el gobierno «chavista» resiste y la tensión entre Venezuela y Estados Unidos sigue siendo muy alta. Quienes esperaban que la operación «Determinación absoluta», que al parecer provocó la muerte de alrededor de un centenar de personas, condujera al colapso del régimen, se han visto decepcionados. El ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino López, condenó duramente la incursión estadounidense que condujo a la captura de Maduro y garantizó el pleno apoyo de las fuerzas armadas a Rodríguez como presidenta ad interim. Ella, a quien el propio presidente Trump había señalado como posible líder de un ejecutivo de transición guiado por Washington, obtuvo la investidura institucional y plenos poderes del Tribunal Supremo[15]. Inmediatamente después afirmó que Venezuela está dispuesta a defender sus recursos naturales y que nunca se convertiría en una colonia, provocando la ira de Trump, quien dijo: «Pagará un precio más alto que Maduro, si no coopera»[16]. Correspondió al secretario de Estado, Marco Rubio, intentar aclarar y suavizar la línea. Declaró que Estados Unidos no tiene intención de gobernar Venezuela, salvo mediante la aplicación de la actual «cuarentena petrolera» para impulsar una transición política, contradiciendo así de hecho a Trump, quien el día anterior había afirmado que Estados Unidos gestionaría temporalmente Venezuela.

La presidenta ad interim primero reunió al Gabinete y luego compareció ante la Asamblea Nacional para prestar juramento. En su primer mensaje como presidenta ad interim en funciones, moderó el tono y el contenido de su intervención anterior y se dirigió a Trump invitándolo a trabajar juntos por el bien del país. Abogó por una relación respetuosa entre Estados Unidos y Venezuela, caracterizada por «paz y diálogo, no por guerra». Pocas horas antes, Trump la había amenazado abiertamente: «Si no hace lo correcto, habrá una nueva intervención»[17]. En realidad, incluso después de la captura de Maduro, el gobierno de Caracas sigue estando controlado por los aliados del expresidente, con instituciones como el Ejército, la Corte Suprema y la Asamblea Nacional, fieles a la línea del antiguo caudillo, quien, comparecido el 5 de enero ante un juez de Nueva York, se declaró inocente y aún presidente de Venezuela. Rodríguez inició su mandato destituyendo a algunos altos funcionarios de la administración y del ejército y promoviendo a otros cercanos a ella, considerados «halcones» y comprometidos con el régimen. Liberó a una parte de los presos políticos, en su mayoría extranjeros.

En Estados Unidos, además de las críticas de los demócratas a la perspectiva de un gobierno estadounidense en Venezuela, también una parte de los republicanos ve con malos ojos esa posibilidad, en particular la base MAGA. En cualquier caso, la situación parece estar estancada, y el gobierno de Caracas ha invitado a la población a retomar lo antes posible sus actividades económicas, laborales y educativas. Mientras tanto, varios miles de chavistas se manifestaron en el centro de la capital, exigiendo la liberación de Maduro.

Breve biografía política de Maduro

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Nicolás Maduro, exconductor del metro, luego sindicalista y parlamentario, se acercó al movimiento de Hugo Chávez en los años noventa. El ascenso y el declive del hombre más odiado y amado de Venezuela se concentran en 13 años de poder[18]. De hecho, su historia política comienza el 5 de marzo de 2013. Ese día muere Chávez, protagonista de la más importante revolución política y social de Venezuela. Fue él mismo quien, antes de morir, señaló a Maduro como su sucesor. Lo premió porque le había sido fiel desde los tiempos del golpe fallido de 1992: lo apoyó, aconsejó y ayudó en los distintos gobiernos, como ministro de Industria, de Relaciones Exteriores y también como vicepresidente.

Tras tres elecciones ganadas por un margen estrecho y controvertido, Maduro empleó el puño de hierro contra toda oposición y reprimió las manifestaciones de protesta en su contra, provocando cientos de heridos y muertos. Arrestó a dirigentes políticos, funcionarios, intelectuales, académicos y representantes de la disidencia. Utilizó la justicia para bloquear a los adversarios y la Constitución para frenar la carrera de posibles opositores políticos. Manipuló abiertamente el resultado de las últimas elecciones políticas, las de 2024. No confiaba en nadie y temía por su vida. Las personas más cercanas a él eran la vicepresidenta Rodríguez, su hermano Jorge y los ministros López y Cabello[19]. Maduro obligó a más de cuatro millones de personas, sobre todo jóvenes, a abandonar el país, provocando la mayor diáspora del continente sudamericano del último siglo. Sin embargo, estas no son las principales razones por las que fue capturado en plena noche y llevado a Estados Unidos, sino su oposición a los intereses estadounidenses en la región y la acusación de proteger el narcotráfico en el Caribe.

Las reacciones internacionales

La destitución de Maduro fue duramente criticada por jefes de Estado y representantes de las instituciones internacionales, en primer lugar por el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, quien se declaró «profundamente alarmado por el peligroso precedente de Estados Unidos»[20] y subrayó la importancia del pleno respeto, por parte de todos, del derecho internacional. Según el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, «esto es una gravísima ofensa a la soberanía de un país. Se ha cruzado una línea inaceptable, que abrirá la puerta a un mundo de violencia, caos e inestabilidad, en el que la ley del más fuerte acabará imponiéndose al multilateralismo»[21].

Los líderes europeos, aunque denunciaron el hecho, se mostraron más cautos con Trump. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó: «Estamos al lado del pueblo venezolano y apoyamos una transición pacífica y democrática. Cualquier solución debe respetar el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas»[22]. Muy crítica fue España, cuyo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, declaró: «Madrid no ha reconocido el régimen de Maduro. Pero tampoco reconocerá una intervención que viole el derecho internacional y empuje a la región hacia un horizonte de incertidumbre y belicismo»[23]. Francia, en cambio, adoptó una posición más matizada y no uniforme. Mientras el ministro de Asuntos Exteriores sostuvo que la operación militar estadounidense viola el derecho internacional y tendrá graves consecuencias para la seguridad mundial, el presidente Emmanuel Macron fue más moderado al afirmar: «El pueblo venezolano se ha deshecho de la dictadura de Maduro y no puede sino alegrarse. La transición que se avecina debe ser pacífica y respetuosa de la voluntad del pueblo»[24].

También se declararon conmocionados algunos países de América Latina, como México, Colombia y Cuba. En cambio, algunos jefes de Estado o de gobierno respaldaron la acción de Estados Unidos: en primer lugar, Netanyahu, quien felicitó a Trump por su liderazgo valiente y a favor de la libertad y la justicia, así como el presidente argentino Milei.

El papa León XIV, en el Ángelus del 4 de enero, invitó a garantizar la soberanía de Venezuela y a asegurar los derechos humanos y civiles de todos. «El bien del querido pueblo venezolano – dijo – debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz»[25]. Lo reiteró con claridad el 9 de enero, en su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede: «Renuevo mi llamamiento para que se respete la voluntad del pueblo venezolano y se trabaje por la protección de los derechos humanos y civiles de todos y por la construcción de un futuro de estabilidad y concordia, encontrando inspiración en el ejemplo de dos de sus hijos, a quienes tuve la alegría de canonizar el pasado mes de octubre, José Gregorio Hernández y la hermana Carmen Rendiles. De este modo, se podrá construir una sociedad fundada en la justicia, la verdad, la libertad y la fraternidad, y así salir de la grave crisis que aflige al país desde hace muchos años»[26].

Los dos grandes aliados históricos de Venezuela – Rusia y China – expresaron únicamente su solidaridad e invocaron el derecho internacional, pero no hicieron ninguna promesa de ayuda. Ambos países afrontan situaciones delicadas – Ucrania y Taiwán – que imponen prudencia y mesura. Rusia se manifestó mediante tres breves comunicados, en los que se habla de una inaceptable violación de la soberanía de un Estado independiente. En el tercer comunicado se exhorta con firmeza a los dirigentes estadounidenses a liberar a la pareja Maduro[27]. China, en una nota escueta, se limitó a expresar un profundo estupor por lo sucedido.

Solo Mark Warner, senador demócrata estadounidense y vicepresidente de la Comisión de Inteligencia del Senado, difundió un comunicado en el que recordó las normas que los órganos del Estado deben seguir en las intervenciones en el extranjero y formuló las preguntas que muchas diplomacias del mundo, especialmente en Europa, se plantean: «Si Estados Unidos se considera con derecho a usar la fuerza militar para invadir y capturar a líderes extranjeros acusados de conductas criminales, ¿qué impide a China reivindicar la misma autoridad sobre los líderes de Taiwán? ¿Qué impediría a Vladimir Putin invocar una justificación similar para secuestrar al presidente ucraniano? Una vez superado este límite, las reglas que contienen el caos mundial comienzan a derrumbarse, y los regímenes autoritarios serán los primeros en beneficiarse»[28].

Son las preguntas que también nos hacemos nosotros, con la esperanza de que todo esto no ocurra y de que el respeto de las normas y del derecho siga guiando las relaciones entre los Estados.

  1. «Gli Stati Uniti hanno attaccato il Venezuela», en Internazionale, 3 de enero de 2026.

  2. A. Simoni, «Trump si gode il trionfo: “Gestiremo noi il Paese. Il petrolio all’America”», en La Stampa, 4 de enero de 2026.

  3. Cf. «Donald Trump wants to run Venezuela, and dominate the western hemisphere», in The Economist, 3 de enero de 2026.

  4. Cf. A. Simoni, «Trump si gode il trionfo…», cit.

  5. Ibid.

  6. Ibid.

  7. Ibid.

  8. Cf. «Donald Trump wants to run Venezuela…», cit.

  9. Cf. Ibid.

  10. P. Mastrolilli, «Kaplan: “Ma quali narcos? L’America ha agito solo per interessi economici”», en la Repubblica, 4 de enero de 2026.

  11. Ibid.

  12. Cf. E. Sequi, «Blitz spacciati per lotta al crimine. Il trucco legale di Trump fa tremare i leader del Continente», en La Stampa, 5 de enero de 2026.

  13. Ibid.

  14. «In Donald Trump’s world, the strong take what they can», en The Economist, 8 de enero de 2026.

  15. Cf. S. Gandolfi, «La successione a Caracas. Trump: rischiano grosso», en Corriere della Sera, 5 de enero de 2026.

  16. Ibid.

  17. Cf. L. Lucchini, «Rodríquez giura e apre alla Casa Bianca: “Pronti a lavorare insieme”», en la Repubblica, 6 de enero de 2026.

  18. Cf. D. Mastrogiacomo, «Il delfino di Chávez ossessionato dai traditori che si fece dittatore», en la Repubblica, 4 de enero de 2026.

  19. Ibid.

  20. A. Guerrera, «Le reazioni. L’Onu: “Precedente pericoloso”. Critiche dall’Europa, esulta Israele», en la Repubblica, 4 de enero de 2026.

  21. Ibid.

  22. Ibid.

  23. Ibid.

  24. Ibid.

  25. León XIV, Angelus, 4 de enero de 2026.

  26. Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026.

  27. Cf. R. Castelletti, «Cina e Russia, blanda condanna. Il raid adesso può legittimare l’invasione di Donbass e Taiwan», en la Repubblica, 4 de enero de 2026.

  28. Cf. N. Chapuis, «Cosa succederà dopo l’attacco statunitense al Venezuela», en Internazionale, 5 de enero de 2026.

Giovanni Sale
Después de realizar estudios en derecho en 1987 ingresó a la Compañía de Jesús, en la cual fue ordenado presbítero. Desde 1998 es parte del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica. Enseña, además, Historia de la Iglesia Contemporánea en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Ha trabajado durante años en el Instituto Histórico de la Compañía de Jesús, del que fue su último director.

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