El debate en torno a la relación entre altruismo y egoísmo es, sin duda, uno de los más fascinantes y controvertidos de la reflexión humana, e involucra a múltiples disciplinas, desde la filosofía moral hasta la psicología evolucionista, desde la sociobiología hasta la economía del comportamiento, interrogando los propios fundamentos de la naturaleza humana. ¿Los seres humanos están intrínsecamente inclinados a la cooperación y al sacrificio por el bien ajeno, o toda acción, aparentemente desinteresada, oculta motivaciones egocéntricas? ¿Existe una preocupación genuina por el bienestar de los demás, o el altruismo no es más que una estrategia conveniente disfrazada de nobleza moral?
Los teóricos del egoísmo
El egoísmo, entendido como una teoría unívoca de la motivación humana, sostiene que toda acción individual está, en última instancia, dirigida a promover el propio bienestar o a reducir el propio malestar. Esta posición encontró uno de sus intérpretes más brillantes en el filósofo Thomas Hobbes. En su obra principal, Leviatán (el monstruo primigenio bíblico, símbolo del caos y de la destrucción), él —a diferencia del francés Jean-Jacques Rousseau y, sobre todo, de la tradición clásica precedente— concibe al hombre como un ser violento y salvaje, inclinado a la destrucción del otro, considerado como un rival en la carrera por el acaparamiento de los bienes indispensables para la vida. Solo un poder fuerte, como el del soberano, puede contener tal potencial destructivo[1]. Su concepción de la vida puede resumirse en el célebre lema homo homini lupus (en realidad acuñado por Plauto en la Asinaria).
Hobbes ciertamente no poseía conocimientos de paleontología ni de historia natural; su descripción del hombre primitivo es un producto de su imaginación; más bien, da cuerpo a los miedos de su tiempo, preñado de profundas transformaciones desde todo punto de vista. Sin embargo, el contexto histórico particular no basta para explicar el atractivo y la perdurabilidad de su propuesta. La teoría expuesta en el Leviatán, que sigue siendo una obra maestra de la filosofía política moderna, bien escrita y sólidamente argumentada también desde el punto de vista literario, toca fibras sensibles, claramente percibidas por los lectores de épocas posteriores y retomadas puntualmente en otros ámbitos.
Junto con la teoría de la evolución, los análisis de Hobbes configuran el escenario de todo ser viviente. A Charles Darwin debemos la versión «egoísta» de la selección natural, entendida como supervivencia del más fuerte: «De la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte, deriva directamente el resultado más elevado que pueda concebirse, a saber, la producción de los animales superiores»[2].
El origen de las especies sufrió, no obstante, múltiples revisiones, no solo a causa de los viajes y las investigaciones de su autor, sino también por el debate con algunos colegas, en particular con el biólogo George Jackson Mivart, quien, en su obra de 1871 Sobre la génesis de las especies, se había opuesto con firmeza a la teoría de la selección natural. Darwin intentó responder a las objeciones introduciendo en su texto modificaciones que, al igual que en el caso del Leviatán, acusan más la influencia de la filosofía de su tiempo que del material empírico acumulado. Su retrato de la evolución se nutre sobre todo del aporte del filósofo Herbert Spencer, de quien retoma una expresión que resume de manera significativa esta concepción de la vida: «la supervivencia del más apto» (survival of the fittest). Esta define el concepto de desarrollo de un modo más preciso que la expresión anterior empleada por Darwin —«selección natural»—, que resultaba ambigua, pues podía prestarse a interpretaciones de tipo «teológico», al reconocer un proyecto y una finalidad en la naturaleza y en la sociedad, de las que la nueva filosofía positivista quería, en cambio, tomar distancia[3].
Spencer aplicó la idea de la selección natural a la sociedad, justificando que la prosperidad general requería necesariamente el sacrificio de los más débiles, aplicando el darwinismo a la sociedad: «Puede parecer inclemente que un trabajador, incapacitado por la enfermedad para competir con sus semejantes, deba soportar el peso de las privaciones. Puede parecer inclemente que una viuda o un huérfano deban ser dejados a la lucha por la supervivencia. No obstante, cuando estas fatalidades se consideran no aisladamente, sino en conexión con los intereses de la humanidad universal, están colmadas de la más alta beneficencia —la misma beneficencia que lleva prematuramente a la tumba a los hijos de padres enfermos, que elige a los pobres de espíritu, a los intemperantes y a los debilitados como víctimas de una epidemia»[4].
La teoría de Darwin ha sido objeto de numerosas y encendidas discusiones, sobre todo por las posibles consecuencias en el ámbito de la biología, la filosofía y la teología, pero también de la sociología y de la historia, influyendo asimismo en la literatura.
La «natural» maldad del hombre encuentra un decidido paladín en Thomas Henry Huxley, abuelo de Aldous, el célebre autor de las novelas Un mundo feliz y Retorno a un mundo feliz. Huxley retoma la visión de Hobbes y la aplica a la moral y a la educación, que considera inútiles por ir contra la naturaleza: un vano intento de oponerse a los impulsos egoístas e irracionales del hombre, que es, de hecho, una bestia, presa de las pulsiones más violentas[5].
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El homo homini lupus encuentra también carta de ciudadanía en el ámbito psicológico con la reflexión de Sigmund Freud. En El porvenir de una ilusión y, de manera más acabada, en El malestar en la cultura, presenta un escenario sombrío de la vida en la Tierra, en el que la lucha por la supervivencia da origen a la civilización. Esta garantiza seguridad al mayor número de personas, pero, a cambio, estas deben reprimir sus propios impulsos destructivos[6]. Es por este motivo que, según el médico vienés, el hombre moderno es cuando menos neurótico y nunca puede ser feliz, porque ha organizado su vida en torno al intento de limitar los daños. Se llega así a las mismas conclusiones esbozadas por Hobbes: el pacto social sigue siendo la única posibilidad que se le ofrece al hombre para contener esta lucha mortal de todos contra todos y hacer posible la vida en común.
El impulso egoísta como regla general de la vida conoció finalmente una versión «genética» con el aporte de Richard Dawkins, en particular en el célebre ensayo El gen egoísta. Allí plantea la cuestión de este modo: «La darwiniana “supervivencia del más apto” es en realidad un caso especial de una ley más general de supervivencia de lo que es estable. El universo está poblado de cosas estables. Una cosa estable es un conjunto de átomos lo suficientemente permanente o común como para merecer un nombre»[7]. Para demostrar este postulado, Dawkins retoma el concepto de «estrategia evolutivamente estable» (Evolutionarily Stable Strategy = ESS) de John Maynard Smith. Desde esta perspectiva, la estrategia habitualmente elegida por un individuo está estrechamente vinculada a la elección del grupo[8]. La ESS vendría así a confirmar el supuesto fundamental de la selección natural: se ve favorecido el más fuerte, es decir, aquel que más que otros es capaz de velar por sí mismo y de atender a sus propios intereses, en detrimento de los ajenos (en este sentido es «egoísta»), logrando así sobrevivir a las dificultades y a los obstáculos de la existencia.
Las aporías del egoísmo
La fuerza persuasiva de esta concepción, en sus variadas versiones, reside en su carácter genérico, en su pretensión de ofrecer una explicación universal. Pero precisamente en esta aparente simplicidad se halla su incapacidad para dar cuenta del obrar humano.
A primera vista, cualquier comportamiento podría reconducirse a motivaciones egoístas mediante oportunas reinterpretaciones. El filántropo que dona cuantiosas sumas a organizaciones benéficas podría hacerlo para adquirir prestigio social o para aliviar sentimientos de culpa. El progenitor que se sacrifica por sus hijos actuaría para satisfacer una necesidad emocional personal o para asegurar la propagación de su propio patrimonio genético. Incluso el acto heroico de quien se expone al peligro para salvar a un desconocido podría interpretarse como respuesta a una compulsión interna que generaría un mayor malestar si no fuera atendida. Pero si todo esto fuera únicamente una cuestión de egoísmo, ¿cómo habría que considerar a quien abandona a sus hijos o explota a los necesitados?
Joel Feinberg definió el egoísmo psicológico como una «tautología no falsable»[9]. Si todo comportamiento se interpreta a priori como motivado egoístamente, la teoría pierde cualquier contenido empírico significativo y se vuelve inmune a toda posible refutación. Esta laguna metodológica ha llevado a numerosos filósofos contemporáneos a rechazar el egoísmo en su formulación más radical. Como observa Richard Precht: «Si todos somos egoístas, al final ya no lo es nadie […]. Por egoísmo no se entiende solo la búsqueda fundamental de una unidad, sino la aspiración manifiesta a obtener una ventaja en cualquier circunstancia. Los egoístas —en el sentido de “obsesionados consigo mismos”— son aquellos que jamás querrían que los demás los tratasen como ellos tratan a los demás […]. ¿Quién de nosotros se definiría como egoísta? ¿Tal vez alguno de ustedes? ¿Yo? Nadie lo diría jamás de sí mismo: los egoístas siempre son los otros»[10]. La gratificación personal es, sin duda, parte del cuidado de sí y resulta indispensable en las relaciones. Incluso en un ámbito estrictamente altruista como el voluntariado, en el que se ayuda gratuitamente a personas en dificultad, la posible satisfacción no aparece en absoluto como una objeción a la bondad y al valor de la labor realizada: «El voluntariado que reconoce la importancia de sus gratificaciones personales no introduce una visión egoísta del voluntariado, en la medida en que tiene en cuenta no solo la posible reciprocidad de la relación (el hecho de que también quien necesita ayuda es capaz de dar algo), sino también la complejidad de las razones que motivan su compromiso»[11].
Desde el punto de vista conceptual, es necesario además distinguir entre el motivo psicológico de una acción y su contenido. El hecho de que un individuo experimente satisfacción al realizar actos benéficos no implica necesariamente que dicha satisfacción constituya el motivo primario de la acción. La alegría que acompaña la ayuda prestada a los demás puede ser «consecuencial» más que «motivacional»: en otras palabras, existe una diferencia crucial entre actuar para obtener placer y experimentar placer al actuar con un determinado fin. Un progenitor no ama necesariamente a sus hijos porque ello produzca felicidad; más bien, la felicidad deriva del amor genuino por los hijos. Santo Tomás señala que el placer auténtico es siempre consecuencial y no motivacional; es decir, una consecuencia indirecta del valor alcanzado, que se añade gratuitamente, y nunca un fin en sí mismo[12]. El placer se alcanza cuando no se lo busca directamente, es decir, cuando uno se olvida de sí mismo para dirigirse a los otros con gratuidad.
¿Cuidado de sí = egoísmo?
La distinción entre egoísmo y cuidado de sí representa un elemento adicional de complejidad. Mientras que el egoísmo implica una total desatención por los intereses ajenos, el cuidado de sí reconoce que el bienestar personal está a menudo inextricablemente vinculado al bienestar de la comunidad. Los bienes, que por sí mismos no atañen solo a la mera supervivencia sino también a la vida social, no podrían ver la luz sin la colaboración y la confianza recíproca: lo que comemos, leemos, usamos, los instrumentos de comunicación —desde la pluma hasta el ordenador y el iPhone— son el punto de llegada de procesos de colaboración variados y complejos, no solo entre individuos, sino entre países y culturas muy diversos.
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En estos intercambios, precisamente gracias a la cooperación y a la confianza mutua es posible realizar el producto final: sin estas múltiples colaboraciones, ninguno de ellos (ni siquiera el pan, el croissant o el capuchino, que para muchos marcan el inicio del día) habría visto jamás la luz. En un mundo de puros egoístas, la vida humana —y probablemente incluso la mera supervivencia— resultaría imposible.
Las investigaciones en economía del comportamiento han demostrado que los seres humanos se desvían sistemáticamente de las predicciones del egoísmo racional. Los individuos están dispuestos a garantizar la equidad incluso a costa de un sacrificio personal y manifiestan aversión a las desigualdades que perjudican a otros, incluso cuando ello no conlleva consecuencias directas para sí mismos. Estos comportamientos, documentados mediante juegos económicos experimentales como el Ultimatum Game[13] y el Public Goods Game[14], han motivado el desarrollo de modelos económicos más sofisticados que incorporan preferencias sociales. Quien se comporta de manera egoísta, explotando a los demás, pronto queda marginado por no ser digno de confianza. Otros estudios experimentales muestran la existencia de decisiones que resisten interpretaciones meramente egoístas, poniendo de relieve las incoherencias lógicas de teorías que reducen toda motivación al interés personal[15].
También en el plano biológico, las investigaciones posteriores a Darwin, además de confirmar la complejidad de los factores en juego en la formación y evolución de los seres vivos, ponen de relieve cómo la cooperación y la ayuda mutua constituyen un aporte mucho más eficaz e indispensable para la evolución que la dominación y la ley del más fuerte: la vida no es sinónimo de lucha, sino de colaboración recíproca. El propio entorno, con todos sus componentes diversificados —relaciones, estímulos, identidades de grupo, aprendizaje—, constituye un poderoso agente evolutivo cuyo impacto tiene un valor tan importante como el del gen[16].
Que estos aspectos de la evolución no puedan descartarse fácilmente ha sido, en cualquier caso, reconocido por el propio Dawkins. En las ediciones posteriores de El gen egoísta se enfrentó a las críticas recibidas y revisó su concepción del desarrollo humano, considerándola demasiado unilateral y carente de la dimensión social y cultural. Por ello introdujo la noción de «meme», una unidad análoga al gen, pero capaz de replicar un patrimonio cultural —«el nuevo caldo de cultivo de la cultura humana»—, del mismo modo que el gen replica el patrimonio genético[17].
Sin embargo, este recurso parece crear más problemas de los que resuelve: en efecto, no se comprende si existe una diferencia real entre gen y meme. Si así fuera, se vendría abajo la propia distinción entre cultura y biología. Y, sin embargo, resulta muy difícil justificar su equivalencia, sobre todo cuando se entra en el terreno de los complejos sistemas de referencia que caracterizan el lenguaje y la comunicación. Sin tal distinción, debería desaparecer la mayor parte de los elementos indispensables para la relación, como, por ejemplo, la interpretación, el significado o el uso, todas cuestiones que superan el plano de la biología, aunque lo presupongan.
Se trata, en cualquier caso, de una modificación significativa del originario «gen egoísta», aunque desprovista de todo valor científico. En efecto, muestra cómo la perspectiva filosófica prevalece sobre el enfoque experimental, transformando una serie de observaciones en una concepción más general de la vida.
Este es el elemento central del debate. Desde el punto de vista ético, el reconocimiento de la plasticidad de las motivaciones prosociales sugiere la importancia fundamental de los ejemplos de vida y de la consiguiente educación moral, entendida no como una mera transmisión de reglas, sino como la promoción de actitudes afectivas empáticas, como, por ejemplo, la compasión[18].
Respetar la complejidad
El egoísmo radical como única explicación posible del obrar humano resulta empíricamente insostenible y conceptualmente problemático. La motivación humana es extremadamente compleja y multidimensional: incluye tanto preocupaciones genuinas por el bienestar de los demás como intereses personales igualmente legítimos.
La pregunta «¿altruismo o egoísmo?» se revela así mal planteada. La respuesta más adecuada es: ambos, en configuraciones complejas que varían según los contextos, las culturas, las fases del desarrollo y los ámbitos motivacionales. Reconocer esta complejidad no constituye una capitulación intelectual, sino la aceptación de una verdad más rica acerca de la condición humana, que es siempre mayor y se sustrae a todo intento reduccionista. Precisamente de este reconocimiento hunde sus raíces una ética respetuosa de la complejidad.
En la base de la visión egoísta hay un equívoco: identifica el cuidado de sí con el egoísmo y el altruismo con la ausencia de motivaciones. El amor a uno mismo y el amor al otro son, en cambio, los dos polos indispensables del obrar humano, que no se oponen necesariamente entre sí. Esto se verá con mayor detenimiento en un futuro artículo, en el que analizaremos el comportamiento altruista.
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Cf. Th. Hobbes, Leviatano, vol. 1, Florencia, La Nuova Italia, 1988, 13; 120. ↑
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Ch. Darwin, L’origine delle specie, Turín, Boringhieri, 1959, 523 s. ↑
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Sin embargo, en la sexta y última edición de El origen de las especies, Darwin introduce algunas adiciones significativas, en particular la mención de Dios, considerado como «autor» de las leyes de la naturaleza; la interacción entre las formas vivientes no se atribuiría, por tanto, al azar o a la mera supervivencia del más apto (cf. ibíd., 524). ↑
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H. Spencer, Principles of Biology, vol. I, Londres, Williams and Norgate, 1864, 444 s. Cf. R. Visone, Prima dell’evoluzione. Le radici politiche della filosofia di Spencer e la Social Statics del 1850, Florencia, Le Càriti, 2010; A. La Vergata, Guerra e darwinismo sociale, Soveria Mannelli (Cz), Rubbettino, 2005. ↑
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«Desde el punto de vista moral, el mundo animal se asemeja bastante a una lucha de gladiadores. Las criaturas son tratadas muy bien y enviadas a la lucha, en la que las más fuertes, las más vivaces y las más astutas sobreviven para luchar otro día. El espectador ni siquiera tiene que bajar el pulgar, porque no se da cuartel. […] La vida era una lucha perpetua y, aparte de los lazos familiares, limitados y temporales, la guerra de todos contra todos, de la que habla Hobbes, era el estado normal de la existencia» (Th. H. Huxley, «Struggle for Existence and its Bearing upon Man», en Nineteenth Century, febrero de 1888, 165). ↑
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«Homo homini lupus: ¿quién se atreve a rebatir esta afirmación después de todas las experiencias de la vida y de la historia? […] La existencia de esta tendencia a la agresión, que podemos descubrir en nosotros mismos y suponer con razón en los demás, es el factor que perturba nuestras relaciones con el prójimo y obliga a la civilización a un gran gasto de energía» (S. Freud, Il disagio della civiltà, en Id., Opere, vol. X, Turín, Bollati Boringhieri, 1978, 599 s.; cf. Id., L’avvenire di un’illusione, Turín, Bollati Boringhieri, 1990, 52-56). ↑
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R. Dawkins, Il gene egoista. La parte immortale di ogni essere vivente, Milán, Mondadori, 1995, 15. En el Prefacio, Dawkins declara sin embargo que le interesa sobre todo «examiner la biología del egoísmo y del altruísmo» (p. 4). ↑
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«Dado que el resto de la población está formada por individuos, cada uno de los cuales intenta maximizar su propio éxito, la única estrategia que perdurará será aquella que, una vez evolucionada, ya no pueda ser mejorada por ningún individuo desviado […], cuando se alcanza una ESS, esta permanece: la selección penaliza cualquier desviación que se aleje de ella». (R. Dawkins, Il gene egoista…, cit., 74 s.). ↑
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Cf. J. Feinberg, «Psychological Egoism», en R. Shafer-Landau (ed.), Ethical Theory: An Anthology, Hoboken, Wiley, 2013, 167-177. ↑
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R. D. Precht, L’arte di non essere egoisti, Milán, Garzanti, 2012, 137 s. ↑
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C. Ranci, Il volontariato, Bolonia, il Mulino, 2006, 62. ↑
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Cf. Tomás de Aquino, s., Summa Theologiae, I-II, q. 2, a. 6; cf. también q. 4, a.2. ↑
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El Ultimatum Game es una prueba utilizada en psicología moral y economía. En él, un jugador recibe una suma de dinero y decide la cantidad que va a repartir con otro jugador, quien a su vez puede aceptarla o rechazarla. Si la acepta, el dinero se reparte según lo propuesto; si la rechaza, ambos pierden todo. Desde un punto de vista egoísta, se debería aceptar cualquier oferta, ya que es mejor que nada. Sin embargo, cuando la oferta es demasiado baja, no es raro que se rechace: la persona prefiere no recibir nada antes que una suma que considera injusta. El juego tiene como objetivo mostrar cómo el sentido de la justicia a menudo prevalece sobre el criterio de utilidad: véase A. Mancini – F. Mancini, «Do not play God: contrasting effects of deontological guilt and pride on decision-making», en Frontiers Psychology (https://tinyurl.com/2hwtwdb4), 25 de agosto de 2015. ↑
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El objetivo de este juego es verificar la relación entre el interés personal y el bien común: cada uno de los participantes decide en secreto con qué cantidad contribuir a un bien público que beneficia a todos. Desde un punto de vista egoísta, cada uno podría renunciar a contribuir, esperando que los demás actúen de otra manera. En tal caso, se llega a una situación de empobrecimiento general que desalienta la elección egoísta: véase A. Gunnthorsdottir-D. Houser-K. McCabe, «Disposition, history and contributions in public goods experiments», en Journal of Economic Behavior & Organization 62 (2007/1) 304-315. ↑
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Cf. S. Bonino, Altruisti per natura, Roma – Bari, Laterza, 2012; L. Cozolino, Il cervello sociale: neuroscienze delle relazioni umane, Milán, Raffaello Cortina, 2008; J. T. Godbout, Quello che circola fra noi. Dare, ricevere, ricambiare, Milán, Vita e Pensiero, 2008. ↑
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Cf. L. Margulis – D. Sagan, Dazzle Gradually: Reflections on the Nature of Nature, Vermont, Chelsea Green, 2007. También vale la pena consultar el siguiente volumen, acerca de las bases biológicas del altruísmo: M. Casiraghi – T. Pievani, Uniti per la vita. Storie di simbiosi e cooperazione, Bolonia, il Mulino, 2025. ↑
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Dawkins ofrece los siguientes ejemplos de memes, describiendo sus características particulares: «Melodías, ideas, frases, modas, formas de modelar vasijas o construir arcos. Al igual que los genes se propagan en el acervo genético saltando de cuerpo en cuerpo a través de los espermatozoides y los óvulos, los memes se propagan en el acervo memético saltando de cerebro en cerebro a través de un proceso que, en sentido amplio, puede denominarse imitación. Si un científico oye o lee una buena idea, se la transmite a sus colegas y estudiantes y la menciona en sus artículos y conferencias. Si la idea tiene éxito, se puede decir que se propaga de cerebro en cerebro» (R. Dawkins, Il gene egoista…, cit., 201). ↑
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Cf. G. Cucci, Fraternità impossibile? Risvolti psicologici, Asís (Pg), Cittadella, 2022, 71-87. ↑
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