Biblia

Sal de la tierra y luz del mundo

Sermón de la Montaña, Cosimo Rosselli (entre 1481 y 1482).

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo podrá recobrarlo? Ya no sirve para nada, sino solo para tirarla y para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida sobre una montaña. Tampoco se enciende una lámpara y se pone bajo un cajón, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo brille la luz de ustedes delante de los demás, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos (Mt 5,13-16).

«Ustedes son la sal… la luz»: estos versículos están en el corazón del Sermón de la montaña y se vinculan con la bienaventuranza precedente sobre los perseguidos: «Dichosos serán cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa» (Mt 5,11). El «ustedes» se refiere a los perseguidos y define su identidad: el discípulo perseguido es «sal de la tierra y luz del mundo». El desarrollo que sigue a las Bienaventuranzas revela la característica del testimonio cristiano, que es a la vez «sal», escondida pero bien reconocible, y «luz», manifiesta y claramente resplandeciente.

Tanto la sal como la luz son imágenes de un «don»: la sal penetra en los alimentos, da sabor y gusto, pero no se ve, desaparece en los platos. Tiene además la característica de no uniformar los sabores de los alimentos, sino de identificarlos y exaltarlos. Es el signo de un don que, al darse, se anula, pero no desaparece: vive de una vida nueva, «donada». Así, el cristiano debe ser «don». Jesús añade: «son la sal de la tierra», es decir, el cristiano es el sabor del mundo.

También la luz es signo de un don: ilumina todo, envuelve cada cosa sin distinción ni prejuicios; hace brillar los colores de las cosas, los resalta, hace emerger sus características; se hace una sola cosa con ellas y no existe sin ellas. La luz es asimismo signo de alegría y hace gozar. Así debería ser el cristiano en la vida cotidiana: signo de luz y de gozo.

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La sal tiene una segunda característica: preserva de la corrupción; es uno de los descubrimientos más antiguos del ser humano para conservar los alimentos. Esto indica que la sal es fiel a sí misma: no puede perder su sabor, porque la sal que no tiene sabor no tiene sentido, ya no es sal; del mismo modo, el discípulo que no puede dar sabor al mundo en el que vive ha perdido todo sentido, ha extraviado su identidad. La ha perdido de manera absoluta, como criatura, no solo como discípulo. El punto es que una cosa radicalmente privada de sentido es irreal: una conexión que Jesús no niega, pero de la que no habla. Él habla de la única pérdida radical y originaria de sentido. El otro aspecto permanece en penumbra, pero conserva todo su peso, que consiste en agravar el absurdo de esa pérdida de sentido.

En esta línea, la sal es también símbolo de sabiduría, de gusto por la vida, de amistad, de experiencia viva que se comunica a los demás.

En el Evangelio, la luz es el signo de Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). El evangelista Mateo ve a Jesús como la luz que surge para quienes están en las tinieblas y en la sombra de muerte (cf. Mt 4,12-17). Iluminados por el Señor, nosotros llegamos a ser a nuestra vez luz para otros.

«Brille la luz de ustedes delante de los demás, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos»: esta es la vocación del cristiano, su testimonio, su vida. Nuestras buenas obras son de ayuda a los hermanos, porque en nuestra vida fraterna se percibe el signo de la fidelidad al Señor, y eso glorifica a Dios.

La primera lectura de Isaías (58,7s) concreta lo que significa «ser sal»: «Compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga [el dolor, la soledad, la impotencia humana] no tardará en cicatrizar». En la segunda lectura, Pablo proclama a los corintios lo que resume su predicación: la cruz de Cristo, que es poder de Dios y necedad para el hombre que no tiene fe (1 Cor 2,1-5).

León XIV: «Es necesario rezar mucho por la paz y, ante los problemas, buscar el diálogo y no la violencia».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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