Enfrentados es la traducción española de la obra de teatro Mass Appeal, escrita por Bill C. Davis y representada por primera vez en Broadway en 1980. El argumento es sencillo: El Padre José María es un sacerdote más bien conservador, de buen talante, y próximo a su burguesa feligresía. Representa y cree en los valores y criterios tradicionales de la Iglesia. Su tranquilidad se ve alterada cuando llega a su parroquia Tomás, joven seminarista, apasionado y rebelde, que quiere cambiar muchas cosas en la Iglesia, empezando por la parroquia del Padre José María.
La obra fue representada en España, con gran éxito, a lo largo de los años 2014-2016. El hecho de que Arturo Fernández[1] representase el papel del Padre José María contribuyó sin duda al éxito en la taquilla.
Estando destinado en una parroquia, año 2015, el párroco decidió que sería buena idea que el equipo parroquial (los dos vicarios y él) fuésemos a ver la obra. Al acabar, los tres hicimos la misma reflexión: si la obra transcurriese en la actualidad, los papeles se habrían invertido, siendo el veterano párroco el «progresista» y el joven seminarista el «conservador».
Sirva esta anécdota para dar paso a una reflexión sobre la ruptura generacional que, ya desde hace tiempo, se observa en el interior de la Iglesia en España y en otros países de Europa Occidental[2]. Ruptura que, simplificando mucho, podríamos enmarcar entre la «Generación X» (nacidos entre 1965 y 1980)[3] y la «Generación Z», también llamados Centennials (nacidos entre 1997 y 2012), estando en el medio la «Generación Y», también conocidos como Millennials (nacidos entre 1981 y 1996)[4].
«Generación x»: nacidos ente 1965 y 1980
La primera generación de la que hablamos es la conocida como «Generación X» (nacidos entre 1965 y 1980). En este artículo no me quiero centrar en la ruptura que supone la Generación X en la transmisión de la fe a cargo de sus predecesores: quienes fueron educados en la fe pero que, en un determinado momento, y sin que pasase nada traumático, fueron alejándose poco a poco de la Iglesia y, como consecuencia de su alejamiento, no consideraron necesario transmitir su fe a sus hijos.
Los pertenecientes a la llamada «Generación X» tuvieron una socialización religiosa intensa en su adolescencia y juventud; muchos de ellos siguen vinculados a la Iglesia, y están implicados en parroquias, comunidades laicales (normalmente vinculadas a órdenes religiosas), voluntariados, etc.
Cuando los mayores de esta franja de edad estaban acabando el colegio o iniciando la universidad, ya se habían pasado los excesos del inmediato Postconcilio. También se iba abriendo paso la democracia, por lo que las luchas políticas de los 70, en las que mucha gente de Iglesia había tomado parte, se iban apaciguando. Hablamos de una pastoral juvenil que se desarrolló aproximadamente en las décadas de los 80 y 90, que se iniciaba con los ecos del Postconcilio y que empezó a dar señales de agotamiento con el cambio de milenio. Las restricciones provocadas por el Covid-19 supusieron, en muchos sitios, una especie de golpe de gracia a un modelo que ya estaba muy debilitado.
Características del modelo pastoral de la Generación X
Para comprender la pastoral juvenil que vivieron los miembros de esta generación hay que partir del contexto: años 80-90[5]. España se va modernizando, la democracia se va asentando, la secularización avanza, pero el ambiente general era el de una España aún culturalmente católica en la que la fe se vivía con normalidad, y en la que no eran pocas las parroquias, comunidades y movimientos laicales muy vivos.
Esa pastoral en la que participaron estas generaciones durante sus años de Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), Curso de Orientación Universitaria (COU) y universidad tuvo algunas constantes que se repetían, más o menos, en los distintos grupos y comunidades. Simplificando mucho, podemos hablar de una cristología del Reino y de la experiencia personal, influida, sobre todo, por el pensamiento de Karl Rahner. Debido a la influencia de este teólogo y de la importancia atribuida a la experiencia, intentan cuidar su relación personal con Dios, especialmente a través de retiros y ejercicios espirituales. Ponen el acento en la naturaleza humana de Cristo, en su misión liberadora. Aquellos posters con el rostro de un Jesucristo más bien hippy y el título «Se busca» estaban presentes en muchos centros juveniles.
En el contexto español, cobra bastante influencia la teología de la liberación: son constantes las menciones a teólogos como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino, o a figuras como Monseñor Romero y los mártires de la Universidad Centroamericana (UCA). En su tiempo, las canciones de Carlos Mejía Godoy eran el no va más de la música religiosa. La eclesiología pone el acento en la categoría de Iglesia como «pueblo de Dios», remarcando la historia de la salvación, el sacerdocio común de los fieles y la misión entendida como relación Iglesia-mundo. Ponen el énfasis en el compromiso social y la lucha por la justicia, algunos incluso desde sus opciones profesionales, pero no siempre consiguen ensamblar como un todo fe y justicia. No suelen frecuentar el sacramento de la reconciliación, y si lo hacen son habituales las celebraciones comunitarias, con absolución comunitaria, sin confesión individual.
La comunidad juega un papel fundamental: normalmente una comunidad formada por varios grupos pequeños, con reuniones periódicas por grupos (cada una o dos semanas) y actividades comunes para todos los grupos (celebraciones, conferencias). Salvo para ocasiones especiales, organizadas de forma conjunta por la diócesis[6], no suelen frecuentar otras realidades eclesiales. En esos grupos pequeños, ante todo, se comparten las vivencias personales, dificultades en distintos ámbitos (familiar, laboral) y proyectos. Cuesta más hablar explícitamente de la fe. Esta importancia de las vivencias personales propias se traslada también a las celebraciones, en especial a las eucaristías: homilías compartidas, en las que la gente «hablaba de su libro», pero en las que, en ocasiones, la dimensión horizontal-comunitaria prevalecía sobre la dimensión Trascendente.
La belleza no era una preocupación. Los espacios celebrativos no destacaban precisamente por generar un ambiente estético que pudiera facilitar un clima propicio para la oración o la liturgia. Cantos muchas veces improvisados sobre la marcha y con poca variación, espacios poco cuidados, sin prestar atención a iluminación, bancos, imágenes. La formalidad de las celebraciones era vista como algo que alejaba a la gente de Dios, y por eso prevalecía la «liturgia deconstruida[7]»: celebraciones pequeñas, para nuestro grupo-comunidad, todos sentados a lo largo de toda la celebración, el cura en ocasiones solo con la estola, plegarias eucarísticas compartidas e improvisadas.
Más allá del círculo familiar, no consideraron la evangelización explícita como algo importante. La fe es «mi fe» que vivo en «mi grupo-comunidad», pero que no explicito hacia fuera, posiblemente porque el ambiente social aún no hacía necesaria esta explicitación.
Frutos, a día de hoy, del modelo pastoral de la «Generación X»
La perspectiva del tiempo transcurrido nos permite percibir los frutos de la pastoral realizada en los años 80 y 90. En su momento y en su contexto social y eclesial, esta pastoral fue fecunda y ayudó a mucha gente de esas generaciones a encontrase con Dios. De ella salieron matrimonios cristianos, vocaciones al sacerdocio y la vida religiosa, fuertes compromisos sociales, y, en muchos casos, en el seno de esos grupos se fue tejiendo una amistad verdadera que perdura a lo largo de los años. Es de justicia reconocer que, en el contexto en el que se desarrolló, fue una pastoral muy válida.
Con el paso del tiempo, especialmente en el cambio de milenio, este modelo, que había sido exitoso durante dos décadas, empezó a mostrar sus dificultades. Como suele suceder, no fue un proceso de golpe, sino algo paulatino. Esos padres que seguían viviendo su compromiso cristiano veían como sus propios hijos renegaban de ir a la iglesia, aduciendo que se aburrían y, además, que ninguno de sus amigos iba. Las actividades de pastoral cada vez encontraban más dificultades para que los jóvenes participantes viviesen lo que se les proponía. Era habitual escuchar a los pastoralistas referir frases como «estos chavales no se enteran de nada».
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A las generaciones posteriores, les cuesta más mantener un compromiso constante, sea en el voluntariado, en la presencia en la comunidad, o en la participación en la eucaristía. Empezaban ya los «tiempos líquidos» de los que habla Zygmunt Bauman. Esos tiempos se reflejan también en una mayor movilidad estudiantil: traslado de ciudad para empezar la universidad, o los intercambios en el extranjero en los últimos años de carrera, etc. Caían de manera vertiginosa la asistencia a misa dominical y la participación en actividades pastorales: pascuas, campos de trabajo, peregrinaciones… Se produce un bajón enorme de las entradas a los noviciados y a los seminarios de la mayor parte de las diócesis. La edad de los miembros de grupos-comunidades de laicos seguía creciendo y, aunque seguían siendo pujantes, en la base apenas había relevo.
Resumiendo: a partir del año 2000, el tsunami secularizador arrasa con este modelo de pastoral juvenil de los 80-90. Sin embargo, quienes vivieron este modelo se siguen aferrando a él, incluso en la actualidad, resistiéndose, a veces con mucha fuerza, a los cambios. Dos razones explican esta resistencia: por un lado, la tendencia natural a pensar que «lo que funcionó conmigo, cuando yo tenía su edad» tiene que seguir funcionando con los jóvenes de hoy, ignorando que la sociedad ha cambiado vertiginosamente en muy poco tiempo; por otro lado, a ellos, nacidos entre 1965 y 1980, el modelo les sigue funcionando, en sus grupos o comunidades, con sus liturgias deconstruidas, con sus canciones de misa que son las mismas que hace 30 años, con su compromiso social y político. Por eso les cuesta ver que los años pasan, que si bien ellos siguen siendo los mismos, son cada vez más mayores y siguen haciendo lo mismo desde hace 20 o 30 años. La otra cara de la realidad es que no tienen relevo por abajo y se van quedando cada vez más solos.
«Generación Y» (Millennials): nacidos entre 1981 y 1996
Entre la «Generación X» y la «Generación Z» hay una generación intermedia, la «Generación Y», cuyos miembros son también conocidos como «Millennials» (nacidos entre 1981 y 1996). Los «Millennials» asisten al progresivo cambio de modelo de pastoral juvenil. Al principio son receptores del modelo de la «Generación X», pero, en paralelo al agotamiento de este modelo, son testigos del surgimiento de otro modelo de Iglesia y de pastoral juvenil.
En algunas diócesis este cambio de modelo se produjo antes. Sin embargo, la mayoría de las diócesis y en las congregaciones de vida religiosa apostólica seguían ancladas en el modelo pastoral de los 80y 90. Los movimientos laicales vinculados a órdenes religiosas siguieron el mismo ritmo, aferrados a lo que ellos habían conocido. Mientras tanto, la secularización avanzaba de modo imparable, las iglesias se quedaban cada vez más vacías de jóvenes y los enormes esfuerzos que se realizaban en pastoral juvenil, empleando muchos recursos, humanos y económicos, con mucha creatividad, resultaban en gran medida infructuosos. Es llamativo el contraste entre el esfuerzo y los recursos invertidos y la respuesta de los jóvenes a los que van destinadas las actividades de pastoral. La inculturación del Evangelio en el mundo juvenil se vuelve cada vez más complicada, porque, entre otros motivos, ese mismo mundo está tan ocupado en sí mismo que apenas tiene receptividad para la trascendencia.
«Generación Z» («Centennials»): nacidos entre 1997 y 2012
Los llamados Centennials viven su fe con unos acentos bien diferentes a los de las generaciones anteriores. En la primera década del siglo XXI ya iban apareciendo indicios de que algo nuevo podía estar surgiendo en lo que respecta a los jóvenes y la Iglesia. Frente a la caída generalizada de vocaciones, algunos seminarios siguen teniendo un número razonable de ingresos; cada vez son más los jóvenes que participan en los «nuevos movimientos eclesiales»[8]; para sorpresa de muchos, especialmente de quienes ya teníamos una edad, tímidamente empiezan a surgir iniciativas de oración más tradicional o piadosa, dirigidas especialmente a los jóvenes y que tienen buena acogida, al tiempo que las propuestas habituales (ejercicios espirituales, oraciones de Taizé…) siguen a la baja; cada vez más sacerdotes jóvenes visten el clergyman[9] sin hacerse demasiado problema y, poco a poco, se va desideologizando esta cuestión; en las órdenes religiosas los jóvenes en formación van reclamando más oración, más formas externas, una vuelta a los orígenes; en las parroquias diocesanas son también frecuentes algunos desencuentros entre párrocos y neo-sacerdotes o seminaristas… Cada vez son más los jóvenes, bachilleres o universitarios, que viven su fe de modo más sacramental… En algunos sitios esta transición es más fácil, en otros es más problemática pues se encuentran más resistencias por parte de quienes llevan más tiempo en los grupos y comunidades o incluso entre los curas y/o religiosos más veteranos. Todo esto se acelera a partir de 2013, al acabar la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Río de Janeiro.
Para entender este cambio hay que mirar, de nuevo, el contexto social y eclesial. La secularización sigue avanzando a ritmo imparable; las propuestas de inculturación de la fe de los años anteriores van quedando cada vez más desfasadas; prosigue el envejecimiento de las comunidades cristianas (laicas, vida religiosa, clero de muchas diócesis); prosigue también la baja de la práctica religiosa entre los jóvenes; y aparece una novedad: más que ateo-anticlerical, el ambiente es, sobre todo, indiferente a lo religioso: muchos de estos jóvenes no tienen prejuicios negativos sobre la Iglesia; simplemente no conocen nada. Estos creyentes «Centennials» no parten de cero, pues ya iba habiendo actividades, actitudes y vivencias de la fe en la línea que ellos posteriormente reforzarán.
La pandemia tuvo un efecto negativo, disparando los problemas de salud mental, especialmente entre los jóvenes. Pero tuvo también un efecto positivo: a muchos el confinamiento les ayudó a replantearse el sentido de la vida y ese replanteamiento fue ocasión para revitalizar su fe. Por contraste a un mundo caracterizado por la sobreinformación, la superficialidad y la diversión sin límites[10], estos jóvenes quieren vivir una fe más sencilla y auténtica, con más arraigo en la tradición.
Algunas características de la fe de la Generación Z
La fe de estos jóvenes nacidos a finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, tiene sus propios acentos que, en muchos casos, sí suponen un cambio significativo respecto a las generaciones anteriores, sobre todo la «Generación X» que es la de sus padres y la de los coetáneos a estos, incluidos catequistas, sacerdotes, religiosos/as…
Pasan del giro antropológico al giro teológico. No ponen el acento tanto en la experiencia personal ni en la lucha por la justicia, como en la bondad y la belleza de Dios mismo. Jesucristo no es solo un profeta revolucionario y liberador, sino que es también el Hijo de Dios, Segunda Persona de la Trinidad. Simplificando mucho podríamos decir que su cristología, aunque no lo formulen así, está influida por Hans Urs von Balthasar: «La belleza reclama para sí tanto valor y fuerza de decisión como la verdad y el bien. Y no se deja separar ni alejar de sus dos hermanas sin arrastrarlas consigo en una misteriosa venganza»[11].
Para estos jóvenes, la liturgia, vinculada a la belleza, via pulchitudinis, es un camino privilegiado para facilitar el encuentro con Cristo. En consecuencia, dan también bastante importancia a las formas. Dentro de la preocupación por la belleza, la música juega un papel fundamental[12]. Este es uno de los cambios más importantes, pues los nuevos cantantes o grupos católicos que han surgido se han abierto paso a gran velocidad, no solo en el ámbito eclesial, sino que, en ocasiones, se han generalizado en todo el panorama musical. Así, la imagen, pero sobre todo, la música, se convierten en instrumentos muy poderosos de evangelización.
El deseo de vivir una fe más auténtica y sencilla genera un mayor cuidado de la vida sacramental: la misa dominical cobra gran importancia para ellos; en los últimos años, en algunos lugares, ha aumentado mucho la presencia de jóvenes en la misa diaria. Prefieren eucaristías sencillas, sin nada especial, en las que la liturgia esté bien cuidada, pero sin añadidos artificiales ni modificaciones arbitrarias. El pan y el vino son los únicos y verdaderos signos que dan sentido a la eucaristía. No hace falta nada más.
Los «Centennials» conceden mayor importancia a recibir frecuentemente el sacramento de la reconciliación. Además, suelen tener cierta preocupación por formarse en cuestiones teológicas: más allá de la experiencia espiritual, quieren tener una mínima formación teológica para poder dar razón de su fe. Podemos decir que viven una eclesiología de Comunión, que remite fundamentalmente a la Trinidad y a la teología del Cuerpo de Cristo. Como consecuencia de ello, valoran y aprecian a los sacerdotes. Esto no quiere decir que los idolatren, pues son conscientes de las limitaciones de los ministros consagrados. Pero sí aprecian a los sacerdotes por su vocación de entrega total a Dios, porque celebran los sacramentos, y es habitual que acudan a ellos para solicitar acompañamiento espiritual, o simplemente, algún consejo humano. Para estos jóvenes «Centennials», el sacerdote es una persona con autoridad.
Muchas veces son ellos mismos los que lideran la evangelización[13], especialmente en el campo de la comunicación: Instagram, grupos de WhatsApp, etc. La importancia de la belleza se ve también en las redes sociales, en especial Instagram, que utilizan para evangelizar, cuidando mucho la estética de lo que publican.
Frecuentan prácticas religiosas «piadosas» que la pastoral de los 80-90 había dejado de lado: el rosario y, sobre todo, la adoración eucarística. La adoración no puede sustituir al sacramento de la Eucaristía, pero es una oración gratuita, de reconocimiento de la grandeza y trascendencia de Dios.
Los «Centennials» han perdido los complejos de declararse creyentes. Frente a la indiferencia del ambiente, no consideran la fe como algo meramente privado, que se limita a su grupo-comunidad, sino que se proclaman abiertamente creyentes[14].
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En este sentido, llama la atención la aparición de personajes públicos que no solo no tienen reparos al hablar de su fe, sino que se muestran orgullosos de ello. Algunos ejemplos en España son: Luis de la Fuente (seleccionador nacional de fútbol), José Luis Martínez-Almeida (alcalde de Madrid), o influencers como Tomás Páramo y su mujer María García de Jaime.
En consonancia con lo anterior, tienen una preocupación expresa por evangelizar en su entorno, especialmente a sus compañeros de colegio y universidad. En algunos casos, están logrando que sus compañeros vuelvan a la fe o empiecen un camino de iniciación cristiana. Nos encontramos, incluso, casos de jóvenes que están consiguiendo evangelizar a sus padres, que de modo silencioso y sin conflicto, se habían ido alejando de la Iglesia.
El testimonio personal de fe de otros creyentes, sobre todo jóvenes, suele ayudarles mucho en su propio camino en la fe. Además, valoran especialmente la coherencia entre fe y vida. Suelen vivir su fe en un grupo de referencia concreto, pero no tienen problemas en apuntarse a actividades ofrecidas por otros grupos o movimientos, con otra espiritualidad. Al interior del catolicismo llevan a cabo el «bricolaje de creencias» del que habló ya hace muchos años Danièle Hervieu-Lèger[15]. Dentro de esa movilidad, suelen participar en alguna «experiencia de impacto» que puede revitalizar su fe, aunque luego se necesitarían una mayor continuidad en el tiempo y un acompañamiento que no siempre se dan.
Fallas de la fe de la «Generación Z»
Como todo en esta vida, nada es perfecto, y hay algunos aspectos de esta fe centennial a los que habría que prestar especial atención y que, quizá, convendría revisar.
Aunque relacionados, conviene distinguir entre la «fe» como creencia en Dios y la «piedad», como manifestación externa de la fe. En ocasiones, las prácticas piadosas pueden quedarse solo en las manifestaciones externas. Partiendo de la piedad, el reto y la oportunidad es dar un paso más hacia una fe profunda, interior (no intimista), arraigada en el encuentro personal con Jesucristo[16].
Los «Centennials» podrían aprender más de la importancia que las generaciones precedentes dieron a la lucha por la justicia y la construcción del Reino de Dios, según el «Principio y fundamento» de los Ejercicios espirituales: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor». Es importante vivir también el tercer verbo: «servir». Se percibe una cierta homogeneización social, cultural, económica…. A veces no es fácil que sus propuestas lleguen a otro tipo de jóvenes[17], de otra extracción social, aunque lo cierto es que otras formas de evangelización, que llevan siendo puestas en práctica desde hace varias décadas, tampoco han servido para acercar a este otro tipo de jóvenes a la Iglesia.
Para estos jóvenes católicos «Centennials», la fe forma parte de su identidad personal. Es algo positivo, pero pueden correr el riesgo de añadir a su fe adherencias no estrictamente religiosas.
¿Cómo pasar de «enfrentados» a «reconciliados»?
Volviendo a la obra de teatro que da título a este artículo, los enfrentamientos generacionales no son ninguna novedad en la Iglesia. Lo peculiar de la situación actual es que, frente a la tendencia habitual de más conservadurismo en la gente más veterana, y más deseo de cambio en los más jóvenes, aquí se han invertido los papeles.
Queremos expresar algunas sugerencias a las distintas categorías que hemos tomado en cuenta:
«Generación X». Sería bueno que los nacidos entre 1965 y 1980, hiciesen un análisis serio de las opciones que tomaron (y que muchas veces siguen tomando) y de los resultados en la actualidad de las mismas. Cabría entonces:
- Reconocer y agradecer todo lo bueno vivido en sus grupos, comunidades, todo lo recibido de Dios, percibiendo como una gracia todo aquello que vivieron en sus años de juventud.
- Mirar con realismo y misericordia la situación actual de la Iglesia y de la pastoral juvenil. El realismo es imprescindible para percibir la realidad actual tal cual es, sin autodefensas, ni justificaciones y, por supuesto, sin resentimiento. La misericordia es necesaria para no machacarse a sí mismos con el sentimiento de fracaso.
- Aceptar, aunque duela, que la realidad ha cambiado, que la secularización ha dado al traste con las propuestas bienintencionadas de la evangelización soft; que la evolución de la pastoral juvenil ha ido en dirección contraria a la que ellos habían previsto; que muchas de sus propuestas, que para ellos siguen teniendo significado, a los jóvenes de hoy les dicen poco[18].
- Aceptar también que, aunque se hayan dejado todo en el intento, en general no han conseguido transmitir la fe a las siguientes generaciones todo lo que a ellos les habría gustado, empezando muchas veces por sus propios hijos, y como consecuencia de ello, carecen de relevo en sus grupos y comunidades.
- Evitar los diagnósticos superficiales y las descalificaciones fáciles del tipo: «Estos jóvenes son todos unos carcas»; «nos están haciendo volver a antes del Concilio». La realidad es más compleja y matizada.
- Intentar tener una mirada más amplia sobre la realidad, que les ayude a comprender el contexto actual que explica algunas de las claves de la espiritualidad centennial: búsqueda de sentido en el mundo de la sobreinformación y de la falta de referentes, más relación con Dios, importancia de la acogida, flexibilidad en los grupos y comunidades, distinguiendo pertenencia de mera participación en alguna actividad, búsqueda de Dios por el camino de la belleza, en especial la música, cuidado de lo sacramental.
«Generación Y». Los jóvenes «millennials», nacidos entre 1981 y 1996, están en la frontera entre la pastoral que recibieron y la que viven en la actualidad sus hermanos pequeños o incluso, en el caso de los mayores de esta generación, sus propios hijos adolescentes, que ya han crecido en la fe en este nuevo contexto eclesial y social.
Quizá son los que más pueden ayudar a tender puentes que acorten esta distancia generacional y propicien un mayor entendimiento entre la generación que les precede y la que les sucede. Pueden tener una visión más amplia, más objetiva (en el sentido de aferrarse menos a su propio modelo de pastoral, sin ponerse a la defensiva), y pueden intentar conectar los puntos buenos de cada modelo.
«Generación Z». Finalmente, sugerir algunas pistas para ayudar a la «Generación Z». «Centennials», a avanzar en el camino de su fe.
- Siempre es bueno vivir la fe con humildad – «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29) – sabiendo que, aunque ahora están teniendo mucha relevancia, el tiempo purifica todo. Es posible tendrán que pasar por una crisis de crecimiento[19]. También les tocará dar el paso, no siempre fácil, del carisma a la institución.
- Sería bueno darse cuenta de que los grupos donde viven la fe son demasiado homogéneos. Abrirse a jóvenes de otras realidades sociales sería muy enriquecedor.
- A los «Centennials», se podría pedir que una mayor comprensión de la «Generación X», cuyos miembros vivieron su fe en un contexto muy concreto, menos a la intemperie, en un país que estaba en vías de secularización, pero aún no estaba totalmente secularizada, en una sociedad, además, en la que la vida era más sencilla, y por ello ensayaron, con buena voluntad, otros modelos de evangelización que, en su momento y en su contexto, fueron fecundos. En ese comprender entra también el evitar las descalificaciones fáciles del estilo: «El problema de la Iglesia en nuestro país son todos aquellos que confundieron la fe con la acción social y convirtieron a la Iglesia en una ONG».
- De la «Generación X» sería bueno que tomasen el servicio y la construcción del Reino como una clave de la fe, complementaria, no contraria, a la adoración y la alabanza. Propuestas puntuales de voluntariado se ajustan muy bien a la realidad de los jóvenes, pero el reto siguiente es conseguir que el servicio sea una clave transversal en su fe y en su vida, influyendo incluso en sus decisiones vocacionales y profesionales.
Conclusión
En este artículo hemos querido acercarnos a un fenómeno que, desde hace tiempo, se viene observando. En medio de un panorama general de misas con poca gente, o con gente de edad avanzada, llama la atención que haya templos y capillas en las que los jóvenes son mayoría. Entre propuestas pastorales que languidecen, sorprende que haya otras, dirigidas a jóvenes, que tienen hasta lista de espera. Mientras los cantos de toda la vida ya van cansando, aparecen nuevas propuestas musicales, de calidad, que son bien recibidas por los jóvenes y que se cantan en muchos lugares distintos: parroquias, comunidades juveniles, etc.
Esta descripción está hecha con trazo grueso, ya que la realidad es mucho más compleja y matizada. Simplemente pretende dar un poco de luz sobre lo que estamos viendo en el día a día de la Iglesia en España y otros países occidentales, especialmente en el campo de la pastoral juvenil.
A la «Generación X» (1965-1980) le ayudaría evitar la tentación de reaccionar a la defensiva, cerrándose a los nuevos acentos de la pastoral.
A la «Generación Y» (1981-1996) le corresponde la responsabilidad de ser puente intergeneracional.
A la «Generación Z» (1997-2012), hay que pedirles que sigan creciendo, pero con humildad, y que no olviden las palabras de Jesús: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto» (Jn 15, 1-2). En cualquier caso, resuenan especialmente las palabras de San Pablo a los Efesios: «Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,2-3).
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Arturo Fernández (1929-2019) fue un actor español, muy conocido por aparecer en varias series de televisión. ↑
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Cf. «La fe católica en España: ¿Menos es más?», en Reportaje de Informe Semanal, 17 de diciembre de 2024 (https://www.rtve.es/play/videos/informe-semanal/07-12-24/16363077/). Se trata de un buen reportaje, bastante neutro, no inclinado hacia ninguna de las dos tendencias. ↑
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En el mundo occidental, se sitúa a la Generación del Baby Boom entre los años 1946 y 1964, pero en España el boom de nacimientos se inicia a partir de 1960. ↑
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Por motivos pedagógicos y para aclararnos, distinguimos tres generaciones: X, Y, Z, pero no son diferencias tajantes. ↑
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Cf. T. Radcliffe, ¿Qué sentido tiene ser cristiano?, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2007, 265-286
El autor hace una distinción clarificadora entre «católicos del Reino», agrupados en torno a la revista Concilium, cuyos teólogos principales son Karl Rahner, Edward Schillebeeckx y Hans Kung, y «católicos de Comunión», agrupados en torno a la Revista Communio y cuyos teólogos de referencia son Hans Urs von Balthasar, Henri-Marie De Lubac y Joseph Ratzinger. ↑
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Por ejemplo, miércoles de ceniza o vigilias de Pentecostés organizadas por la delegación de juventud o la pastoral universitaria de una diócesis. ↑
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Cf. P. Rodríguez-Ponga, «La liturgia “deconstruida”», en Pastoralsj (www.pastoralsj.org/la-misa-deconstruida). ↑
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Cf. A. Cano – Á. Lobo, «Nuevos movimientos pastorales: ¿moda, riesgo u oportunidad?», en Vida Nueva, n. 3328, 29 julio-4 agosto 2023. ↑
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D. Cuesta, «Vestir de religioso: sal y luz», en Pastoralsj (www.pastoralsj.org/vestiduras-clericales-sal-y-luz). ↑
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Este vacío existencial lo reflejó muy bien el video del Seminario de Madrid «Tu vida en mis manos» para la Campaña del Día del Seminario de 2022 (https://www.youtube.com/watch?v=gRBYaVuXOSw). ↑
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H. U. Von Balthasar, Gloria I. Una estética teológica. La percepción de la forma, Madrid, 1985, 22. ↑
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Cf. A. Cano – Á. Lobo, «Jóvenes y nuevos movimientos: hakunización de la piedad y teología en spotify», en Sal Terrae 112 (2024) 615-628. ↑
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Cf. I. González Sexma, «¿“Para” o “con”?», en Pastoralsj (www.pastoralsj.org/para-o-con). ↑
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Es significativa la campaña del Día de la Iglesia diocesana del año 2023, cuyo lema era «Orgullosos de nuestra fe» (https://www.youtube.com/watch?v=cXRFHPAhq6Q). ↑
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Cf. D. Hervieu-Léger, Le pèlerin et le converti, París, Flammarion, 1999. ↑
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Cf. Benedicto XVI, encíclica Deus caritas est, 25 de diciembre de 2005, n. 1: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». ↑
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Cf. I. González Sexma, «Burbujas e intemperies», en Pastoralsj (www.pastoralsj.org/burbujas-e-intemperies). ↑
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Para los jóvenes de hoy día, personajes históricos que fueron importantes en los años 70-90, les son desconocidos. En el ámbito político, por ejemplo, son pocos los que saben quiénes fueron Aldo Moro, François Mitterrand o Adolfo Suárez; y pasa también en la Iglesia: más allá de San Juan Pablo II, figuras como Monseñor Romero, los mártires de la UCA, o el cardenal Carlo Maria Martini les son totalmente ajenas. ↑
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Lo que ha pasado en Francia con varias de las communautés nouvelles surgidas en los 70-80, o lo que ha salido a la luz en España en las Hijas del Amor Misericordioso (HAM), puede servir de aviso. ↑
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