«No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas. No he venido a abolirlos, sino a llevarlos a plenitud. Les aseguro que mientras duren el cielo y la tierra no pasará ni la letra más pequeña o tilde de la Ley hasta que todo llegue a su cumplimiento».
«Ustedes oyeron que se dijo a los antepasados: No matarás, pues el que mate será llevado a juicio; pero yo les digo que todo el que se enfurezca contrSAdia su hermano será sometido a juicio, el que lo insulte será llevado ante el tribunal y el que lo desprecie será condenado a la Gehena.
«Ustedes oyeron que se dijo: No cometerás adulterio; pero yo les digo que todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su interior.
Si tu ojo derecho te lleva a pecar, sácatelo y arrójalo lejos de ti, porque es mejor que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha te lleva a pecar, córtatela y arrójala lejos de ti, porque es mejor que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena».
También se dijo: El que se separe de su mujer, que le dé un certificado de repudio; pero yo les digo que el que se separe de su mujer, excepto cuando se trate de unión ilegítima, la expone a ser adúltera, y el que se case con una separada comete adulterio. También oyeron que se dijo a los antepasados: No jurarás en falso, y cumplirás al Señor tus juramentos. Que la palabra de ustedes sea “sí” cuando es sí y “no” cuando es no; lo demás viene del Maligno» (Mt 5,17ss).
Prosigue el Discurso de la montaña: Jesús anuncia su misión, dar cumplimiento a la Ley. E indica también el camino para llevarla a la perfección, el camino de la libertad propia de quien ama: solo quien ama es verdaderamente libre, libre no solo para cumplir la Ley exteriormente, sino para hacerlo con amor. Por eso Jesús invita a superar la justicia de los escribas y de los fariseos. Los primeros la enseñan, los otros la practican, pero olvidan el fundamento: la Ley por sí sola no salva. Para salvarse se necesita la justicia —es decir, la santidad— del Padre que ama, que es misericordioso, que perdona y salva. Es una justicia «superior», porque excede los límites de la Ley y no conoce medida.
La Ley antigua mandaba «no matar», porque respetar la vida del otro es el fundamento de toda relación social. Jesús dice que no hay que airarse, ni siquiera llamar al otro «estúpido» o «loco», porque es del corazón, de una actitud interior, de donde nace el desprecio del hermano, la ruptura del vínculo de fraternidad, su muerte.
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«No cometerás adulterio», decía la Ley, y Jesús añade: ni siquiera en el corazón, en la mirada que desea para poseer. El amor entre el hombre y la mujer es «imagen de Dios» (Gn 1,27), es el sacramento de la presencia de Dios en el mundo. De ahí la importancia del amor entre el hombre y la mujer, el amor que se entrega y no se busca a sí mismo, que sabe sacrificarse por el bien del otro, de los hijos, de la familia, de todo hermano.
«Si tu ojo derecho te lleva a pecar, sácatelo»: recomendación misteriosa y paradójica. Si te encuentras apegado a algo hasta el punto de tropezar en el seguimiento del Señor y de su camino, hazte violencia, cueste lo que cueste, con tal de desprenderte de ello.
No es necesario jurar, es decir, llamar a Dios como testigo; más bien, que tu palabra sea testimonio de Dios. El hablar claro, sí o no, sin ambigüedades ni dobles sentidos, ayuda a relacionarse con los demás; lo que se añade de más viene del maligno. La palabra debe ser «verdadera», instrumento de relación auténtica y de comunión. Si es falsa, es un modo solapado de dominar y de dividir: «Mata más la lengua que la espada» (cf. Pr 18,21).
La primera lectura nos introduce en el Evangelio, pues habla de la observancia de los mandamientos (Sir 15,15-20). La Primera Carta a los Corintios afirma la sabiduría cristiana, que es la base del discurso de Jesús.
León XIV: Aliento vivamente a todas las naciones […] a redescubrir y respetar este instrumento de esperanza que es la Tregua olímpica, símbolo y profecía de un mundo reconciliado


