Vida de la Iglesia

¿Pueden los pecadores llegar a ser santos?

La conversión de María Magdalena, de Paolo Caliari, llamado el Veronés.

La conversión de Bartolo Longo

El anuncio vaticano del 25 de febrero de 2025 sobre la canonización de Bartolo Longo (1841-1926) fue, en ciertos aspectos, más sorprendente de lo que el lector medio pudo haber percibido. La nota biográfica oficial se limitaba a una sola línea: «El beato Bartolo fue un abogado napolitano que inicialmente despreciaba a la Iglesia, pero se convirtió y fue promotor del Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya»[1]. Nunca antes el pasado del beato, recientemente canonizado[2] —quien, cuando asistía a la universidad, en los años sesenta del siglo XIX, había renegado de la fe y se había convertido en sacerdote de Satanás— había sido evocado en términos tan explícitos. Y, sin embargo, si se le hubiera preguntado a él mismo, Longo no habría dudado en admitir que había sido un gran pecador. Sus últimas palabras lo ponen de manifiesto: «Mi único deseo es ver a María, aquella que me ha salvado y me salvará de las garras de Satanás»[3].

En 1975, cuando se reconocieron las virtudes heroicas de Longo, el decreto vaticano se expresaba con mucha mayor cautela: se afirmaba simplemente que, como estudiante, había participado en «sesiones espiritistas y que su fe se iba debilitando día tras día»[4]. Aún más eufemístico fue el lenguaje del decreto sobre el milagro para la beatificación, en 1980: «Obtenido el título en jurisprudencia, tras un breve período de descuido religioso, en 1865 se convirtió plenamente a la fe y se adhirió a Cristo y a su Iglesia con gran fervor»[5].

Sin embargo, en el espíritu del Gran Jubileo del año 2000, la Iglesia comenzó a hablar de un modo nuevo sobre los pecados y las faltas de sus miembros. El papa Benedicto XVI, durante su visita al Santuario de Pompeya en 2008, inició una reflexión más abierta sobre el pasado oscuro de Bartolo Longo. En aquella ocasión mencionó su anticlericalismo militante, sus prácticas supersticiosas y espiritistas y, sobre todo, su conversión radical «de perseguidor en apóstol: apóstol de la fe cristiana, del culto mariano, y en particular del rosario, en el que encontró una síntesis de todo el Evangelio»[6]. Dieciséis años después, también el papa Francisco ha hablado abiertamente de Bartolo Longo, recordando la pérdida de su fe y su salvación como fruto de una intervención divina, que lo arrancó de una dura lucha para convertirlo en apóstol[7].

La respuesta a la pregunta formulada en el título de este artículo – «¿Pueden los pecadores llegar a ser santos?» – parece, pues, positiva, incluso cuando se trata de los pecados más graves. Sin embargo, el ejemplo de san Bartolo Longo demuestra también que tal respuesta, hasta tiempos recientes, distaba mucho de ser evidente. Como intentaremos mostrar, el modo en que los Papas del tercer milenio han abordado este tema tan delicado puede considerarse con pleno derecho un verdadero cambio de paradigma en el tratamiento de esta particular categoría de santidad canónica: el santo penitente.

Los primeros santos y pecadores

Ante la sintética biografía de san Bartolo Longo, el lector común quizá no se haya sorprendido tanto como ante la pregunta misma: ¿es posible que un pecador llegue a ser santo? En la web no faltan artículos divulgativos con títulos como «Los pecados de los santos»[8], «Santos pecadores»[9] o «Cinco santos que fueron conocidos pecadores»[10]. Entre los nombres citados figuran naturalmente san Pablo —el perseguidor de la Iglesia convertido en apóstol— y san Mateo, el publicano llamado por Jesús a formar parte de los Doce apóstoles. Precisamente de una homilía de san Beda sobre la conversión de Mateo el papa Francisco tomó el lema de su pontificado, Miserando atque eligendo: «Vio a un publicano y, como lo miró con sentimiento de amor y lo eligió, le dijo: “Sígueme”»[11].

De la época apostólica procede también la figura del buen ladrón (que en realidad podría haber sido un asesino), cuyo culto se remonta al período patrístico y que todavía hoy es conmemorado en el Martirologio Romano el 25 de marzo. La oración colecta de su Misa votiva en el rito tridentino resume eficazmente el sentido de ese culto, indicando los elementos esenciales de toda verdadera conversión y justificación, es decir, la misericordia de Dios y nuestro arrepentimiento: «Dios omnipotente y misericordioso, que justificas a los impíos, humildemente te suplicamos: con aquella mirada piadosa con la que tu Unigénito atrajo al bienaventurado ladrón, suscita también en nosotros un arrepentimiento digno, y concédenos aquella gloria eterna que le has prometido»[12].

Otros «santos pecadores» que aparecen en las listas elaboradas en internet son san Agustín, quien en las Confesiones describe con remordimiento los excesos de su juventud, pero también san Jerónimo, «el más susceptible, irascible y polémico entre los Doctores de la Iglesia»[13]. Sin embargo, el arquetipo clásico —consolidado hasta la reforma litúrgica posconciliar en la figura compuesta de santa María Magdalena— es el de la mujer disoluta que se convierte y pasa sus últimos años como ermitaña en el desierto, rezando y haciendo penitencia. Los casos más emblemáticos son el de santa María Egipcíaca, que vivió en el siglo V y fue definida como «una célebre pecadora de Alejandría» (conmemorada el 1 de abril), y el de la más legendaria santa Pelagia de Jerusalén, llamada precisamente «la penitente», que antiguamente se recordaba el 8 de octubre.

Como observa Thomas J. Craughwell, «en los primeros siglos de la Iglesia y durante toda la Edad Media, los autores eran completamente francos al hablar de santos que, en un principio, estaban muy lejos de serlo. […] Exaltaban las vidas de grandes pecadores convertidos en grandes santos, porque el mensaje que se desprendía era reconfortante: si ellos se salvaron, entonces nosotros también podemos salvarnos»[14].

Ocho siglos de virtud heroica

En su célebre estudio sobre la santidad en la Baja Edad Media, André Vauchez ha mostrado cómo, en torno al año 1200, cesaron – al menos durante varios siglos – las causas de canonización de convertidos que habían llevado vidas pecaminosas, aunque en diversa medida, como san Francisco de Asís, pero también el beato Lorenzo Loricato († 1243), que había matado a un hombre antes de retirarse a una cueva, o el beato Juan Bono († 1249), juglar convertido en ermitaño. No solo dejaron de proponerse tales penitentes para la canonización, sino que las biografías de los santos ya reconocidos fueron depuradas de toda referencia demasiado explícita a su pasado de pecadores. Al definir la santidad en términos de virtudes eminentes – más aún, heroicas –, la Iglesia marcó un punto de inflexión decisivo: de los santos a imitar se pasó a los santos a admirar, de los santos ordinarios a los extraordinarios[15].

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Entre las figuras más conocidas cuya causa de canonización se detuvo temporalmente se encuentran las penitentes Margarita de Cortona (1247-1297), que vivió durante nueve años fuera del matrimonio con un hombre del que tuvo un hijo, y Ángela de Foligno (1248-1309), quien hasta los cuarenta años llevó una vida frívola y entregada a los placeres mundanos. Margarita fue canonizada solo en 1728; Ángela, beatificada en 1701, fue canonizada por el papa Francisco en 2013. Tres años antes, el papa Benedicto XVI, en sus catequesis sobre los santos, ya había llamado la atención no tanto sobre las experiencias místicas de la beata Ángela cuanto sobre su conversión, concluyendo que «solo con Dios la vida se convierte en verdadera vida, porque se transforma, en el dolor por el pecado, en amor y alegría. Y así nos habla santa Ángela»[16].

Sin embargo, la idea misma de santidad canónica comenzó a evolucionar ya en torno a 1700. En 1634, Fortunato Scacchi aún podía escribir, en su tratado sobre los signos de la santidad: «La santidad es pureza, inmaculada e incontaminada, libre de todo pecado y perfecta en todos sus aspectos. […] Requiere un alma no solo sin culpa ni mancha, sino también, por así decirlo, adornada con el ejercicio, los hábitos y los actos de todas las virtudes en grado heroico»[17]. Según él, cierta dificultad en el ejercicio de la virtud heroica bastaba ya para excluir a una persona de la santidad.

Pero un siglo después, Próspero Lambertini —el futuro Benedicto XIV— consideró necesario dedicar un capítulo entero a los pecados presentes en ocasiones en la vida de los santos[18]. Distinguió entre los pecados cometidos antes de la conversión y los pecados mortales o veniales cometidos después. Entre los pecadores del primer tipo citaba al rey David, a los apóstoles Pedro, Pablo y Mateo, a María Magdalena, al buen ladrón y a María Egipcíaca. Y recordaba la opinión de varios insignes teólogos según la cual hablar abiertamente de los pecados de los santos no disminuye su santidad, sino que exalta la misericordia de Dios y enseña a no desesperar, incluso ante culpas semejantes, sino a hacer penitencia con humildad. En efecto, «qué frutos de penitencia hayan producido y cuáles, si han sido dignos, si han sido heroicos y durante cuánto tiempo hayan permanecido en ese estado feliz de penitencia» son todas cuestiones que deben examinarse en las causas de canonización de tales siervos de Dios[19]. Según su propia admisión, la última cuestión es difícil de resolver —algunos hablan de 10 años, otros de 20—, porque cada caso es distinto; en última instancia, todo depende de la calidad de las obras realizadas por el convertido.

En lo que respecta a quienes cometieron pecados mortales o incluso solo veniales después de la conversión, Lambertini hacía referencia a la célebre obra Les vies des saints (1701) de Adrien Baillet, calificando de «audaz» su franqueza al hablar de los pecados de los santos. En efecto, todavía hoy Baillet impresiona al lector por el equilibrio y la sinceridad con que aborda la realidad de que también los santos, salvo raras excepciones, han estado sujetos al pecado. Según él, no debemos avergonzarnos de sus errores, sino sacar provecho de ellos, «como hicieron ellos mismos»[20].

Sin embargo, Lambertini no se detiene mucho en los pecados de los santos: su principal interés se orienta a evaluar la medida de la penitencia realizada por un siervo de Dios después de haber pecado, necesaria para recuperar el grado de santidad requerido. Observa, además, que numerosos pecados veniales después de la conversión, si no van acompañados de probados actos de penitencia, constituyen un obstáculo mayor para la canonización que raros pecados mortales de los que, sin embargo, se tenga certeza de reparación. En cuanto a la pregunta de por qué el pecado parece inevitable incluso en la vida de los santos, Lambertini remite a «aquellos teólogos que afirman que la permisión del pecado en los predestinados es en realidad un efecto de su misma predestinación, en cuanto ocasión de humildad y de mayor vigilancia útil para alcanzar la gloria»[21].

El martirio, «bautismo de sangre»

Scacchi y Lambertini coinciden en un punto central de la enseñanza tradicional de la Iglesia: incluso el mayor pecador puede llegar a ser santo si muere mártir. Este acto supremo de amor —el «bautismo de sangre»— borra todo pecado[22]. Lambertini profundiza también en la necesidad de que, antes del martirio, el pecador haya hecho penitencia, idealmente de modo público si se trataba de un pecador notorio. Concluye que «nadie está excluido de la esperanza de la salvación, ni siquiera quien, después de una vida marcada por graves pecados, produce dignos frutos de penitencia»[23]. Como ejemplo cita a santa Afra, prostituta martirizada bajo Diocleciano (conmemorada el 7 de agosto), pero habría podido mencionar también a Andrés Wouters (ca. 1542-1572), uno de los mártires de Gorcum, beatificado en 1675 y canonizado en 1867, cuya causa Lambertini probablemente conocía bien[24]. Wouters, cuando era párroco, había vivido en concubinato y tenido varios hijos, pero al enfrentarse a la elección entre la apostasía y el martirio —último de sus compañeros en ser torturado hasta la muerte— declaró con orgullo: «Fornicador siempre lo he sido, pero hereje nunca»[25].

En los siglos posteriores se dieron otros casos de pecadores que llegaron a ser santos a través del martirio. Entre ellos, san Bruno Sserunkuuma (ca. 1856-1886), uno de los mártires ugandeses, cuyo bautismo en edad adulta no había cambiado mucho su conducta: entre sus pecados graves figuraban la extorsión y la bigamia. Pero, gracias a las correcciones fraternas de san Carlos Lwanga y san Andrés Kaggwa, Bruno se convirtió de nuevo y se dedicó a la oración, la penitencia y la caridad, dispuesto a confesar la fe cuando comenzó la persecución de los cristianos[26]. Fue beatificado junto con sus compañeros en 1920 y canonizado por el papa Pablo VI en 1964. Estos fueron los únicos santos elevados a los altares durante el Concilio Vaticano II.

Otro caso significativo es el de san Marcos Ji Tianxiang (1834-1900), mártir chino y opiómano durante muchos años, excluido del acceso a la Eucaristía precisamente a causa de su dependencia. En un momento de desesperación declaró: «Si alguna vez voy al cielo, tendrá que ser por medio del martirio»[27]. Marcos y sus compañeros fueron beatificados en 1955 y canonizados por san Juan Pablo II durante el Gran Jubileo del año 2000.

Dadas las dimensiones de estos grupos, en los decretos de canonización y en las homilías papales de entonces apenas se pudo detener la atención en mártires individuales como Bruno o Marcos. Sin embargo, llama la atención que en la última década – quizá bajo el influjo del Jubileo extraordinario de la Misericordia de 2016 – la vox populi en internet haya aclamado a san Bruno como patrono «de quienes son tentados por el alcoholismo, la lujuria y de quienes no están casados en la Iglesia»[28], y a san Marcos como intercesor «por todos los dependientes de las drogas y por quienes no pueden acceder a los sacramentos, para que tengan el valor de permanecer fieles a la Iglesia y crezcan en el amor y la confianza en el Señor»[29].

¿El pecado como ocasión de gracia?

Lambertini se adhería a la opinión compartida por muchos teólogos: Dios permite que incluso aquellos a quienes predestina a la santidad pequen, porque ello les ayuda a crecer en humildad y fervor espiritual. Entre los autores citados por él se encuentra san Agustín, quien, en el Enchiridion de Fide, Spe et Charitate (n. 8), escribe: «Dios consideró preferible sacar el bien del mal antes que no permitir que existiera mal alguno», puesto que el bien más alto es la manifestación de su misericordia en el perdón de los pecados. Lambertini cita también la célebre homilía de san Francisco de Sales en el Domingo de Ramos, en la que el santo invita no a ocultar las culpas de los santos, sino a observarlas atentamente «no solo para reconocer la bondad de Dios al perdonarlos, sino también para aprender a detestar y huir de esos pecados, y a hacer penitencia por ellos, como hicieron ellos mismos»[30].

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Numerosos otros autores confirman este concepto, como san Bernardo de Claraval, quien, en el segundo sermón sobre el Salmo 90 Qui habitat, afirma que Dios, de manera admirable, realiza la justicia de los justos incluso a través de sus pecados, porque estos los hacen más humildes y prudentes[31]. Del mismo modo, santo Tomás de Aquino enseña que «Dios permite el mal para sacar de él un bien mayor»[32]. Esta tesis fue confirmada por la mística del siglo XIV Juliana de Norwich, quien contempló en una visión cómo Dios había permitido que en su juventud san Juan de Beverley († 721) cayera en el pecado, «conservándolo, sin embargo, en su misericordia, de modo que no se perdiera ni malgastara el tiempo. Después, Dios lo elevó a una gracia mucho mayor; y por la contrición y la humildad con que vivió, Dios le dio en el Cielo alegrías más grandes que las que habría recibido si no hubiera caído»[33].

En síntesis, podría decirse que el pecado en la vida de los santos es en sí mismo contrario a Dios, pero puede ser permitido por motivos pedagógicos: les enseña a ellos, y a nosotros que los imitamos, las lecciones necesarias de la humildad, de la penitencia, de la misericordia de Dios y del fervor en su servicio. Esta convicción ha sido confirmada también en nuestro tiempo por los obispos de Roma. El beato Juan Pablo I afirmó en su primera audiencia: «El Señor ama tanto la humildad que, a veces, permite pecados graves. ¿Por qué? Para que quienes los han cometido, después, arrepentidos, permanezcan humildes»[34]. En este sentido, nuestra constante necesidad de conversión es el espejo de la misericordia inagotable de Dios, evocada con gran fuerza por el papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo de la Misericordia[35].

Durante ese mismo Año Santo, el papa Francisco resumió con claridad la doctrina de la Iglesia sobre el pecado y la santidad al reflexionar sobre la vocación del apóstol Mateo, tan querida para él: «Llamando a Mateo, Jesús muestra a los pecadores que no mira su pasado, la condición social, las convenciones exteriores, sino que más bien les abre un futuro nuevo. Una vez escuché un dicho bonito: “No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro”. […] La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana, entonces, es escuela de humildad que nos abre a la gracia»[36].

El santo penitente: una misión

Como se ha dicho, el tipo clásico del «santo pecador» fue durante siglos la figura de santa María Magdalena, con la cual, desde la época patrística, se identificaban María de Magdala, María de Betania[37] y la pecadora sin nombre (prostituta o adúltera) que ungió los pies de Jesús[38]. La reforma litúrgica posconciliar devolvió a esta gran santa su identidad histórica[39], y el papa Francisco, en 2016, elevó su memoria litúrgica al grado de fiesta[40].

Sin embargo, para nuestro tema, más relevante que la identidad histórica de María Magdalena es quizá la intuición del papa León XIII – confirmada luego por san Pío X en la reforma de los libros litúrgicos – según la cual aquella figura, que hasta entonces había quedado fuera de toda categoría canónica (ni virgen, ni mártir, ni viuda), pertenecía en realidad a una nueva categoría: la de los penitentes. Este título le fue atribuido por primera vez en la nueva edición del Misal Romano de 1884. También santa Margarita de Cortona fue incluida en dicha categoría, pero curiosamente no ocurrió lo mismo con santa María Egipcíaca, cuya misa votiva fue finalmente suprimida en 1911. Las oraciones iniciales de las misas votivas tridentinas de estas santas son auténticos retratos espirituales del penitente: subrayan la misericordia divina sin oscurecer la realidad del pecado. Por intercesión de santa Margarita, la Iglesia rezaba que «así como en otro tiempo no nos avergonzábamos de seguir a quien erraba, ahora podamos gloriarnos en seguir con fervor a aquella que se ha arrepentido»[41]. En cuanto a santa María Egipcíaca, la primera parte de su colecta – teológicamente densa – fue reutilizada en 1969 en la oración del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario: «Oh Dios, que revelas tu omnipotencia sobre todo con la misericordia y el perdón…».

Lo que puede parecer un detalle litúrgico relativo a pocos santos se inserta, en realidad, en un proceso más amplio, culminado en la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, expresada en la constitución dogmática Lumen gentium (LG). Por un lado, se reconoce que «la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (LG 8); por otro, se define la santidad canónica – y aquella a la que todos están llamados – ya no primariamente en términos de virtudes heroicas, como sucesión de actos extraordinarios, sino como «plenitud de la vida cristiana» y «perfección de la caridad» (LG 40). «Cada uno, según sus propios dones y funciones, debe avanzar sin demora por el camino de la fe viva», de modo que «todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina» (LG 41)[42]. Al analizar estos temas cincuenta años después, Henk Witte ha puesto de relieve el florecimiento de múltiples formas de vida santa, capaces de expresar la infinita santidad de Jesucristo en la concreción de la existencia (pos)moderna, siempre que se evite confundir la santidad con la perfección[43].

«La santidad [no es] una meta reservada a unos pocos elegidos», explicaba el papa Benedicto XVI en su catequesis sobre el tema; todos están invitados «a abrirse a la acción del Espíritu Santo […], aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será él quien nos transforme según su amor»[44]. Esta perspectiva fue desarrollada ulteriormente por el papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate (GE), de 2018, el primer documento pontificio enteramente dedicado a la llamada universal a la santidad. Los santos, afirma, no son meros modelos que copiar: «Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio» (GE 19). De particular relevancia para nuestro argumento es la afirmación de que no todo lo que un santo dice o hace es perfecto: es necesario considerar «el conjunto de su vida, su camino entero de santificación» (GE 22).

Aquí es donde se inserta la figura del santo penitente. ¿Qué otro aspecto del Evangelio, qué misterio de la vida de Cristo encarna, sino el corazón mismo del mensaje cristiano, es decir, la misericordia de Dios y nuestra conversión? «Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo» (GE 21), ha afirmado el papa Francisco. Los santos penitentes son – quizá incluso más que los mártires, cuyos pecados fueron lavados en la sangre – un mensaje viviente de la misericordia divina, vivido en una vida de penitencia y de obras de misericordia, corporales y espirituales. No es casual que, cuando santa María Magdalena todavía era considerada una penitente, en el Evangelio proclamado en su fiesta se leyera el pasaje en que Jesús dice de la mujer que le lava y perfuma los pies: «Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho» (Lc 7,47).

«Dichosa culpa»

En 2017 el papa Francisco introdujo una nueva categoría de santidad canónica: la de la ofrenda libre de la propia vida[45]. Esta abrió el camino a la canonización de quienes han entregado su existencia por los hermanos y hermanas, sin encajar plenamente en los criterios de los mártires ni de los confesores[46]. Esto muestra cómo en las causas de los santos, en tiempos recientes, se ha hecho más viva la atención a la acción del Espíritu, que hace florecer nuevos modelos de santidad.

El santo penitente puede contarse entre estos modelos. Aunque actualmente no está representado en el Calendario Romano General (la fiesta de la Conversión de san Pablo es la que más se le aproxima[47]), ya existen figuras recientemente canonizadas a nivel local, como santa Ángela de Foligno y san Bartolo Longo. Otros están a la espera de canonización, como el venerable Matt Talbot (1856-1925), alcohólico convertido en asceta, o la sierva de Dios Dorothy Day (1897-1980), cuya vida bohemia antes de la conversión incluye también un aborto. Todos estos personajes demuestran que el modelo del santo penitente es hoy tan actual como lo era en el primer milenio, desde que Jesús dijo, hablando de una (¿otra?) mujer que le ungió los pies: «Les aseguro que en todas partes del mundo donde se proclame la Buena Noticia se contará lo que acaba de hacer conmigo para honrar su memoria»» (Mt 26,13). El buen ladrón no fue el único en ser «canonizado» por Jesús mismo, y no será el último en ser exaltado por la Iglesia como signo vivo de la misericordia divina, la misma que cada año – al inicio de la Vigilia pascual – hace exclamar con gozo: «¡Dichosa culpa, que mereció tener tan grande Redentor!»[48].

Los santos penitentes son, por tanto, modelos adicionales para animar a todos los cristianos a la santidad, a la que el papa León XIV ha invitado a los jóvenes, pero también a todos nosotros. En efecto, en Tor Vergata, el 3 de agosto de 2025, durante el Jubileo de los Jóvenes, afirmó en la homilía: «Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio»[49].

  1. «Pope Francis paves the way for new saints», en Vatican News (www.vaticannews.va/en/pope/news/2025-02/pope-francis-paves-the-way-for-new-saints.html), 25 de febrero de 2025.

  2. Bartolo Longo fue canonizado por el Papa León XIV el 19 de octubre de 2025.

  3. «How a sworn Satanist became the apostle of the Rosary», en Catholic News Agency (www.catholicnewsagency.com/news/31607/satanism-pompeii-and-the-rosary-a-bizarre-tale-surrounds-francis-next-trip), 7 de octubre de 2021.

  4. Acta Apostolicae Sedis (AAS) 67 (1975) 747.

  5. AAS 72 (1980) 555.

  6. Benedicto XVI, Homilía en la visita pastoral al Pontificio Santuario de Pompeya, 19 de octubre de 2008.

  7. Cf. Francisco, Messaggio in occasione del 150° anniversario dell’arrivo del quadro della Vergine del Rosario a Pompei, 7 de octubre de 2024.

  8. Th. J. Craughwell, «Sins of the Saints», en Catholic Herald (www.thecatholicherald.com/sins-of-the-saints), 6 de agosto de 2015.

  9. «Holy sinners: here are the most famous conversions», en Holyart Blog (www.holyart.com/blog/saints-and-blessed/holy-sinners-here-are-the-most-famous-

    conversions), 1° de marzo de 2023.

  10. P. Kosloski, «5 Saints who were notorious sinners», en Aleteia (www.aleteia.org/2016/08/24/5-saints-who-were-notorious-sinners), 24 de agosto de 2016.

  11. La homilía de San Beda el Venerable a la que se hace referencia aquí se encuentra en el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas, en la festividad de San Mateo.

  12. Missale Romanum ex decreto SS. Concilii Tridentini restitutum, S. Pii V. pontificis maximi jussu editum, Clementis VIII., Urbani VIII. et Leonis XIII. auctoritate recognitum, Romae et al., Desclée et Socii, 1914, 160.

  13. Th. J. Craughwell, «Sins of the Saints», cit.

  14. Ibid. Cf. Id., Saints Behaving Badly: The Cutthroats, Crooks, Trollops, Con Men, and Devil-Worshippers Who Became Saints, New York et al., Doubleday, 2006.

  15. Cf. A. Vauchez, La sainteté en occident aux derniers siècles du Moyen Age. D’après les procès de canonisation et les documents hagiographiques, Rome, École Française de Rome, 1981, 600-608; J. L. Peterson, Suspect Saints and Holy Heretics. Disputed Sanctity and Communal Identity in Late Medieval Italy, Ithaca – Londres, Cornell University Press, 2019, 29 s.

  16. Benedicto XVI, Audiencia general, 13 de octubre de 2010.

  17. F. Scacchi, De cultu et veneratione servorum Dei liber primus, qui est: De notis et signis sanctitatis beatificandorum et canonizandorum, Romae, Ex typographia Vitalis Mascardi, 1634, 16.

  18. Cf. P. Lambertini, De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione, vol. III, Bononiae, Formis Longhi excursoris archiepiscopalis, 1737, 572-586. Para una buena síntesis de la evolución del concepto canónico de santidad de los confesores, cf. H. Misztal, Le cause di canonizzazione. Storia e procedura, Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2005, 54-60.

  19. Cf. P. Lambertini, De servorum Dei beatificatione…, cit.

  20. A. Baillet, Les vies des saints, vol. I, París, Jean de Nully, 1715, 85.

  21. P. Lambertini, De servorum Dei beatificatione…, cit., 577-579.

  22. Cf. F. Scacchi, De cultu et veneratione servorum Dei…, cit., 23; P. Lambertini, De servorum Dei beatificatione…, cit., 156-158.

  23. P. Lambertini, De servorum Dei beatificatione…, cit., 161 s.

  24. Una vez convertido en Papa, Lambertini añadió a los mártires de Gorcum, aunque aún eran beatos, a la edición de 1748 del Martirologio Romano.

  25. D. de Lange, De Martelaren van Gorkum, Utrecht – Antwerpen, Spectrum, 1954.

  26. Cf. «St. Bruno Sserunkuuma», en Uganda Martyrs Shrine (www.munyonyo-shrine.ug/martyrs/other-uganda-martyrs/st-bruno-sserunkuuma).

  27. J. Wang Yu-Jung, The Newly Canonized Martyr-Saints of China, Taiwan, ROC, Episcopal Commission for Canonization of Saints and Martyrs of China, 2000, 41 s.

  28. La vox populi es apoyada por la autoridad del sitio web de la archidiósesis de Hampala, Uganda (www.klarchdiocese.org.ug/about-us/the-uganda-martyrs/st-bruno-sserunkuuma).

  29. M. Hunter-Kilmer, «He was an opium addict who couldn’t receive the sacraments, but he’s a martyr and a saint», en Aleteia (www.aleteia.org/2017/07/06/he-was-an-opium-addict-who-couldnt-receive-the-sacraments-but-hes-a-martyr-and-a-saint), 6 de julio de 2017.

  30. «St. Francis de Sales’ Homily for Palm Sunday», en Visitation Spirit (www.visitationspirit.org/2016/03/st-francis-de-sales-homily-for-palm-sunday), marzo 2016.

  31. Cf. Bernardo de Claraval, s., Commentaires sur le Ps. 90, «Qui habite»…, Abbaye Notre-Dame de Timadeuc, 2020, 7 s.

  32. Tomás de Aquino, s., Summa Theologiae, III, q. 1, a. 3, ad 3.

  33. Juliana de Norwich, Revelations of Divine Love, cap. 14, sez. 12 (www.ccel.org/ccel/julian/revelations.xiv.xii.html).

  34. Juan pablo I, Audiencia general, 6 de septiembre de 1978.

  35. Cf. Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 11 de abril de 2015, n. 25.

  36. Id., Audiencia general, 13 de abril de 2016.

  37. Cf. Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Decreto sulla celebrazione dei Santi Marta, Maria e Lazzaro nel Calendario Romano Generale (www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccdds/documents/rc_con_ccdds_doc_20210126_decreto-santi_it.html), 26 de enero de 2021.

  38. Cf. S. Haskins, Mary Magdalen: Myth and Metaphor, Londres, HarperCollins, 1993, 3-32.

  39. Cf. Calendarium Romanum, Typis Polyglottis Vaticanis, 1969, 131: «22 de julio. Santa María Magdalena: nada cambia en cuanto al título de la memoria de este día, pero se trata únicamente de santa María Magdalena, a quien Cristo se apareció después de su resurrección, y no de la hermana de santa Marta, ni de la pecadora a quien el Señor perdonó sus pecados (Lc 7,36-50)».

  40. Cf. Oficina de Prensa de la Santa Sede, «Decreto della Congregazione per il Culto Divino e la Disciplina dei Sacramenti: la celebrazione di Santa Maria Maddalena elevata al grado di festa nel Calendario Romano Generale», en Bollettino (www.press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2016/06/10/0422/00974.html), 10 de junio de 2016.

  41. Missale Romanum…, cit., XXV, 146*, 162*; Missale Romanum ex decreto Sacrosancti Concilii Tridentini restitutum, S. Pii V pontificis maximi jussu editum, aliorumque pontificum cura recognitum, a Pio X reformatum et Benedicti XV auctoritate vulgatum, Romae et al., Typis Societatis S. Joannis Evangelistae et al., 1948, 716, [171], [183].

  42. Cf. H. Misztal, Le cause di canonizzazione…, cit., 60-69.

  43. Cf. H. Witte, «Heilig of perfect? Gedachten over de algemene roeping tot heiligheid», en Communio 38 (2013) 402-410.

  44. Benedicto XVI, Audiencia general, 13 de abril de 2011.

  45. Cf. Francisco, Carta apostólica Maiorem hac dilectionem, 11 de julio de 2017.

  46. Una de las razones para considerar esta innovación fue la causa de canonización de Salvo D’Acquisto (1920-1943). En 2007, una votación por mayoría en la Congregación para las Causas de los Santos llevó a la suspensión del reconocimiento del martirio, sin embargo, tampoco se pudo demostrar la heroicidad de las virtudes del joven carabinero.

  47. La Orden de San Agustín celebra la fiesta de la Conversión de San Agustín el 24 de abril (www.augustinian.org/april-24).

  48. Ya San Ambrosio, en su Comentario al Salmo 39, hablaba de la «afortunada culpa» de Adán, ya que su pecado trajo más bien a la humanidad que si hubiera permanecido perfectamente inocente. En otro texto afirmaba: «Nosotros, que hemos pecado más, hemos ganado más, porque tu gracia [de misericordia, Señor] nos hace más felices que nuestra ausencia de culpa» (Ambrosio, s., Comentario al Salmo 37, 47).

  49. León XIV, Homilía en la Misa del XVIII domingo del Tiempo Ordinario, Tor Vergata, 3 de Agosto de 2025, en https://tinyurl.com/msxrh3wy

Marc Lindeijer
Marc Lindeijer es historiador de la Iglesia y hagiógrafo; enseña en el Instituto Filosófico-Teológico de San Willibrord, en Heiloo, Países Bajos.

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