Literatura

El Papa de Javier Cercas

En mayo de 2023, Lorenzo Fazzini, responsable editorial de la Libreria Editrice Vaticana, de acuerdo con Paolo Ruffini, prefecto del Dicasterio para la comunicación, llama al escritor español Javier Cercas y le pregunta si aceptaría escribir un libro sobre el papa Francisco, o, más exactamente, acompañarlo en su inminente viaje a Mongolia. Interpelado de este modo, el autor español de fama mundial le pregunta: «¿Pero ustedes saben que yo soy ateo y anticlerical?». «Sí, ciertamente, y es precisamente esa mirada desde fuera la que nos interesa», fue la respuesta.

Inicialmente reticente, Cercas luego lo comenta con su mujer y con sus amigos, y todos lo animan a aceptar y a vivir esta experiencia única. Decide entonces decir «sí», poniendo una condición no negociable: disponer de cinco minutos para formularle al Papa una pregunta en privado. «¿Cuál?», le pregunta, algo preocupado, Ruffini. «Qué cree él sobre la vida eterna. Mi madre ha perdido recientemente a su marido, mi padre, y su única esperanza hoy es reencontrarlo. Me gustaría que el Papa me respondiera, para poder transmitirle a mi madre su respuesta». «Eso debería ser posible —le responde Ruffini—, aunque comprenderá que yo no puedo comprometerme en nombre del Papa». Cercas afirma entonces: «Esta última incertidumbre es la más hiriente; por una razón: si no puedo formularle esa pregunta en privado al papa, este libro carece de sentido»[1].

He aquí el punto de partida improbable de un libro inclasificable. Un libro que Cercas describe así: «un libro distinto, tan extravagante como fuera posible, una mezcla de crónica y ensayo y biografía y autobiografía, un experimento friki, un batiburrillo»[2].

Es imposible resumir una obra de este tipo: una obra que se presenta efectivamente como una especie de viaje de un persa[3] por el mundo del Vaticano, como un retrato original y desconcertante del papa Francisco, como un reportaje fascinante sobre la Iglesia católica en Mongolia, como una autobiografía estrictamente espiritual de Cercas y como una investigación sobre el misterio de la fe.

El ateísmo como inquietud

Cercas no es un ateo agresivo ni provisto de certezas firmes. Él, que fue educado en un ambiente decididamente católico, perdió la fe a los 14 años, al leer un relato de Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir, publicado en 1931. Este relato, soberbio y poético, habla de un santo sacerdote adorado en su pueblo, donde se dedica al bien de todos, aun confesando a una narradora que ya no tiene fe. A través de qué proceso este texto trastornó su fe, Cercas no puede explicarlo exactamente, porque el misterio, en el fondo, se le escapa. Por lo demás, reconoce que en su conciencia las razones —o el entrelazamiento de las razones— detrás de esa decisión se le escapan. Recuerda cómo en su abandono de la fe influyeron «la emigración, el desarraigo, el descrédito de la Iglesia española por su asociación con el franquismo»[4].

Para él, la pérdida de la fe fue la entrada en el mundo de la angustia y de la inquietud, una situación que no tiene nada de envidiable. Aún no se lo dice a Ruffini, pero esa ausencia es una realidad que le pesa: «No había dicho que, durante mi infancia católica, yo no había conocido la angustia, y que la había descubierto en el momento en que perdí a Dios. […] No había dicho que esa esfera ocupa dentro de mí un espacio tangible y que ese espacio tangible es una ausencia tangible y que esa ausencia tangible es la ausencia de Dios»[5].

A lo largo del libro, Cercas relata sus conversaciones con interlocutores autorizados del Vaticano. Habla extensamente sobre la naturaleza de la fe y sus relaciones con la razón con el P. Antonio Spadaro, quien, aunque jesuita, desempeña muy bien el papel de un dominico de sólida fe tomista:

«—Lo que quiere usted decir es que el triunfo de la razón en Occidente no debía llevar necesariamente aparejada la derrota de la fe.

—Eso es.

—Pero el caso es que así fue. Y quizá en parte ha sido por culpa de la Iglesia, que se ha cerrado a la razón, que la ha considerado peligrosa.

—Sí, pero la razón es esencial para la fe.

—¿Esencial?

—Sí. El acto de fe no puede separarse de la razón»[6].

Y el diálogo continúa: «En Occidente, hemos desenganchado la razón del sentimiento. Los hemos opuesto. El problema es que consideramos que todo lo que es sentimiento, amor, fe, no tiene nada que ver con la razón, que es solo cálculo, método. Esta visión de la razón es muy pobre, abstracta, fría. Esta racionalidad no es la racionalidad humana: es una racionalidad computacional. El problema, por tanto, es cómo definimos la razón, no si la razón participa o no del acto de fe. Los hombres razonan. Tu madre razona. La gente de tu pueblo razona. La fe no es un puro acto de sentimiento. La razón es un factor complejo de nuestra humanidad: no es simplemente dos más dos, igual a cuatro»[7].

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Cercas se encuentra luego con el cardenal José Tolentino de Mendonça. Con él, poeta y escritor, la sintonía y la simpatía son inmediatas. Cercas coincide cuando el cardenal portugués le habla de la fe como de una «intuición poética»: «Para mí – dice Cercas – la fe es una especie de intuición, de intuición poética, que se tiene o no se tiene; también, una forma de adhesión sentimental a algo que es más grande que tú, algo que te supera… Pero no un hallazgo racional. Y esa intuición, ese sentimiento es muy difícilmente transmisible, suponiendo que sea transmisible»[8].

Tolentino habla con acierto del papel de las preguntas en el mundo de la fe y del lugar de la literatura: «Nosotros, los occidentales, tenemos una historia difícil de lucha entre razón y fe —dice el cardenal con su voz densa, aterciopelada—. Pero yo, como europeo, considero que esa lucha no conduce necesariamente al ateísmo. Dostoievski, por ejemplo, decía: “Mi fe surge del horno de mis dudas”. Así que podemos pensar que incluso las preguntas más extremas que la razón occidental ha hecho pueden ser un componente de la fe. Y seguramente la fe del papa Francisco no es una fe que no se hace preguntas. Yo creo que a él le gusta tanto hablar con laicos porque comprende los retos, las dificultades de la fe. Y también creo que la razón puede purificar una fe demasiado fácil. Creer no debe ser demasiado fácil. Flannery O’Connor decía: “Creer es más difícil que no creer”»[9].

Cercas retoma luego el tema en Mongolia con el cardenal Giorgio Marengo, quien le habla del lugar de lo sagrado en Asia.

El escritor también se encuentra con el cardenal Víctor Manuel Fernández y con la hermana Nathalie Becquart, que dialogan con él con humanidad y franqueza. En conjunto, queda impresionado, contrariamente a los prejuicios que tenía al inicio, por la seriedad y la dedicación de quienes trabajan en el Vaticano. En el fondo, se trata de trabajadores como los demás.

Bergoglio, personaje complejo

Cuando Cercas escribe su libro, el papa Francisco aún está vivo, pero el estilo de su obra, que no muestra ningún interés por las diatribas entre distintos grupos eclesiales, le permite ofrecer una mirada curiosa y aguda sobre la personalidad de Francisco. Le impresiona el contraste entre el Bergoglio de Buenos Aires, austero y reservado, y el Francisco del Vaticano, sonriente y lleno de alegría. Se atreve a describir al primero, sin temor, con adjetivos críticos: «¿Dónde se agazapa el Bergoglio duro, temperamental, soberbio, despótico y ambicioso que convivió con los jesuitas argentinos durante más de veinte años?»[10].

Y presenta este hermoso retrato del papa Francisco, imitando el estilo de los poemas del poeta chileno Nicanor Parra, en su libro Sermones y prédicas del Cristo de Elqui: «Éste es un papa que no habla ex cátedra / Un papa anticlerical / Que cree que el clericalismo es el peor enemigo de la Iglesia / Un papa amante de la ópera / Un papa amante del fútbol / Un papa de los pobres más que de los ricos / […] Un papa humano demasiado humano / Un papa argentino / Pero modesto / Un papa que llama al pan pan y al vino vino / Un papa ecologista / […] Éste es un papa que piensa / Como una vieja porteña completamente vestida de negro / A quien conoció hace muchos años / Que sin la misericordia de Dios el mundo no existiría»[11].

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Todo el poema merecería ser citado. Cercas formula también esta observación sobre el primer Bergoglio: «Bergoglio ha sido tachado de conservador o ultraconservador, de estar demasiado preocupado por alimentar a los pobres y demasiado poco por preguntarse por qué lo son, de tener una visión social “sacramentalista, acrítica y asistencialista”, en palabras del jesuita Juan Luis Moyano»[12]. Por otra parte, Cercas queda impresionado por la libertad profética de Francisco, por su cercanía a los pequeños, por su sentido del diálogo, por su rechazo del clericalismo y del fariseísmo (tal como los entendemos según los diccionarios). ¿Cómo explicar este contraste? Surge entonces en él una hipótesis: «A continuación, casi sin quererlo, me pregunto quién es de verdad Francisco, o más bien quién es de verdad Bergoglio, me pregunto si Francisco y Bergoglio son la misma persona, o si Francisco es simplemente un personaje interpretado por Bergoglio como un actor interpreta un papel en un escenario»[13].

El Papa ha vivido un intenso combate interior contra el orgullo y la dureza. Para Cercas, su elección le permitió convertirse en el Bergoglio que desde el principio habría querido ser, pero que se veía como impedido de ser: «Tal vez Francisco sea más Bergoglio que el propio Bergoglio, porque es el Bergoglio que Bergoglio aspira a ser […]. Más el Bergoglio que intentaba ser —el hombre sin aspiraciones, manso, bondadoso, humilde y amante del anonimato, el simple seguidor de Jesús de Nazaret— que el Bergoglio que había sido durante décadas: el Bergoglio duro, temperamental, soberbio, despótico, intrigante y ambicioso que trataron sus correligionarios jesuitas»[14]. Así, también el Bergoglio arzobispo no había superado del todo la prueba del provincialato y del exilio en Córdoba, y «Tal vez solo su elección como papa le deparó a Bergoglio un cierto acuerdo consigo mismo. Tal vez por eso Francisco sea más Bergoglio que el propio Bergoglio»[15].

Es una hipótesis bella y fascinante, que los historiadores del futuro deberán tener en cuenta. Por otra parte, señala con fineza que, teniendo en cuenta la personalidad y las acciones de san Pedro, Bergoglio, en el momento de su elección, no habría podido responder: «Aunque soy un gran pecador, acepto», sino más bien: «Porque soy un gran pecador, acepto». «El 13 de marzo de 2013, a las siete y cinco de la tarde, en la Capilla Sixtina, tal vez Bergoglio se dejó traicionar por la solemnidad del momento y confundió un adverbio adversativo con una conjunción consecutiva: no hubiera debido decir que aceptaba el cargo de papa “aunque soy un gran pecador”; hubiera debido aceptarlo “porque soy un gran pecador”. O mejor aún: “precisamente porque soy un gran pecador”»[16]. Como lo fue Simón Pedro.

La Iglesia como misión

El viaje a Mongolia depara encuentros inolvidables, especialmente con un extraordinario misionero italiano de la Consolata, el P. Ernesto, presente en Mongolia desde hace casi treinta años. La misión en esta tierra ha sido y sigue siendo difícil. El frío, la diversidad cultural, la escasez de medios, todo hace que este trabajo sea poco gratificante. Y, sin embargo, Cercas encuentra religiosas, sacerdotes y laicos animados por una caridad desinteresada y por un fuego interior que hace brillar sus ojos. Queda profundamente impresionado no por sus palabras —las ha escuchado cientos de veces—, sino, como él mismo dice: «Dichas por cualquier otra persona, las palabras de la hermana Francesca me parecerían una falsedad flagrante, por no decir una cursilería espantosa; dichas por la hermana Francesca, me parecen tan nítidas e incontestables como una demostración matemática. Tratando de librarme del embrujo de esta mujer, vuelvo a los hechos, en voz alta conjeturo que ella apenas debe de hablar mongol»[17].

Cercas queda impresionado por su vida entregada. Cuando regresa a Roma, le gusta sorprender y provocar a sus interlocutores católicos, diciéndoles claramente: «Tengo la solución a todos sus problemas en la Iglesia católica». Provoca a sus interlocutores hasta que se atreven a preguntarle de qué se trata, diciéndose entre ellos que ahora soltará una ocurrencia o una boutade. En cambio, les dice con seriedad y sencillez que es necesario que todos sean misioneros, exactamente como los que ha visto en Mongolia, y entonces los problemas de la Iglesia Católica quedarán resueltos.

Esta certeza se le había manifestado mientras hablaba con el P. Ernesto: «“Además, he descubierto la solución a todos los problemas de la Iglesia”. El padre Ernesto arruga el entrecejo, más irónico que extrañado. “Todos misioneros” le digo. “El papa lleva razón: el cristiano que no es un misionero no es un cristiano. Cuando todos los cristianos sean como ustedes se acabaron los problemas de la Iglesia”»[18].

¿Y cómo no darle la razón? No queremos adelantar si logró ver al Papa a solas, y qué le dijo —o no le dijo— el papa Francisco. Porque, desde este punto de vista, el libro se presenta como un thriller, reservando su revelación precisamente para el final. Pero la esperanza no defrauda.

Conclusión

Con una autenticidad desarmante, Cercas no solo se desnuda como escritor y como persona, hablándonos de su madre y de su angustia metafísica, que la literatura solo logra calmar en parte, sino que nos entrega un retrato a la vez sutil y admirativo del papa Francisco. Pero lo más sorprendente de su obra es que nos permite penetrar en los dos grandes misterios: la fe y la resurrección.

Sí, la fe es un rechazo radical de la mortalidad, precisamente del modo en que el Dios bíblico se reveló como el Dios que sacó al pueblo de Israel de la casa de esclavitud para llamarlo a la libertad y a la vida. Afirma el teólogo estadounidense Robert Jenson: «Dios es quienquiera que haya resucitado a Jesús de entre los muertos, habiendo antes levantado a Israel de Egipto»[19]. Y esta fe estaba en el corazón de la fe personal de Jesús. En su único debate con los saduceos, eternamente presentes y que lo estarán hasta el fin de los tiempos, enuncia su convicción más profunda, la que le permitirá resistir, en la oración de Getsemaní, a pesar de su angustia poco socrática: su «Abbá» «no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,27a).

Las críticas más fuertes al cristianismo han juzgado durante mucho tiempo estas palabras como una forma de fascinación por la muerte; pero ¿no serían, en cambio, una poderosa e indefectible afirmación de la vida? Esto corresponde a la pregunta que inquieta a Cercas: «¿Y si la resurrección de la carne y la vida eterna fueran la máxima forma de insurgencia al alcance de los hombres, la rebeldía superlativa?»[20].

No podemos sino agradecer a Cercas por un libro tan original y poderoso como el que nos ha ofrecido. Pero después de Emil Cioran o Friedrich Nietzsche, ¿no resulta verdaderamente paradójico que sea un no creyente quien nos hable tan bien de lo que es la fe en su esencia?

  1. J. Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo, Penguin Random House, 2025, 90.

  2. Ibid., 61.

  3. Alusión a la obra de Montesquieu, Cartas persas, novela epistolar de 1721, que permite al autor decir cosas sobre Occidente haciendo dialogar a dos outsiders.

  4. Ibid., 158.

  5. Ibid., 37.

  6. Ibid., 102.

  7. Ibid., 103.

  8. Ibid., 131.

  9. Ibid., 132.

  10. Ibid., 434.

  11. Ibid., 404 ss.

  12. Ibid., 57.

  13. Ibid., 378.

  14. Ibid., 466.

  15. Ibid., 467.

  16. Ibid., 45.

  17. Ibid., 318.

  18. Ibid., 361.

  19. R. Jenson, Systematic Theology, I, Oxford, Oxford University Press, 1997, 63.

  20. J. Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo, Penguin Random House, 2025, 479.

Marc Rastoin
Es un jesuita francés. Luego de obtener su título en Ciencias Políticas, entró a la Compañía de Jesús en 1988. Defendió su tesis sobre la Epístola a los Gálatas. Comprometido desde la infancia en el diálogo judeo-cristiano, es delegado del Padre General de la Compañía para las relaciones con el judaísmo desde 2014. Enseña el Nuevo Testamento en el Centro Sèvres de París y en el Institut Biblique de Rome.

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