Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos a una montaña alta. Allí, en presencia de ellos, se transfiguró: su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz. En esto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús. Pedro se dirigió a Jesús y le dijo: «¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres voy a hacer aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió y una voz que venía de la nube dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. ¡Escúchenlo!». Al oír la voz, los discípulos se postraron rostro en tierra llenos de temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les ordenó: «¡Levántense, no teman!». Levantaron la vista, pero no vieron a nadie, sino a Jesús solo. Mientras ellos bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No le cuenten a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17,1-9).
La Transfiguración es un episodio central en los Evangelios sinópticos: no solo porque está presente en los tres Evangelios, sino porque sigue a la predicción de la pasión, muerte y resurrección de Jesús y a la invitación a tomar la propia cruz y seguirlo (Mt 16,21-24). Este es el Señor Jesús: el siervo que dio la vida por nosotros y ha resucitado. La Iglesia quiere que desde el inicio de la Cuaresma esté clara la meta de nuestro camino penitencial: la Pascua.
En el monte alto Jesús se transfigura, es decir, cambia de aspecto; aparece resplandeciente de una luz sobrenatural que irradia de su propio cuerpo: es la gloria del Resucitado. Junto a él aparecen dos personajes: Moisés y Elías, los representantes de la Ley y los Profetas. Jesús en la gloria es el cumplimiento tanto de la legislación mosaica como del profetismo: la novedad de Cristo se encarna en la historia de su pueblo, hasta el punto de ser el nuevo Moisés y el nuevo Elías.
Con este acontecimiento Jesús prepara a los discípulos para acoger el misterio de la cruz y, al mismo tiempo, la gloria de la resurrección. En el Antiguo Testamento no se puede ver a Dios, porque quien ve a Dios muere. Moisés ve el esplendor de Dios, pero solo de espaldas (Ex 33,18 ss). Elías experimenta la presencia de Dios no en el trueno, ni en la tempestad, ni en el fuego, sino «en el susurro de una brisa suave» (1 Re 19,12). Ahora la gloria de Dios se revela en Jesús: «Este es mi Hijo, el amado; en él me complazco».
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La Transfiguración de Jesús —la experiencia fundamental de su vida— no ocurrió todos los días, sino una sola vez. En el bautismo se había oído la voz del Padre; ahora esa voz pide escuchar al Hijo. Jesús es la Palabra que debe acogerse, la irradiación de la gloria, el siervo que da la vida en la cruz, el Cristo que salva. Quien escucha y vive la Palabra es testigo del Evangelio, se convierte en una persona libre, aprende a amar al hermano. Porque el Señor se revela también en el rostro de los hermanos, en su historia, en sus necesidades, en sus problemas.
Pedro no comprende lo que sucede, pero intuye que está asistiendo a algo maravilloso: «¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres voy a hacer aquí tres chozas …». Al oír la voz del Padre, los discípulos se llenan de gran temor y caen rostro en tierra. Luego, al levantar los ojos, ven solo a Jesús, que los anima a no tener miedo. Nuestra fe no se basa en acontecimientos extraordinarios ni en experiencias fascinantes, sino en la aceptación de esa Palabra en la realidad de la vida, con sus imprevistos y sorpresas, sus contradicciones y durezas, teniendo presente la luz pascual.
La Transfiguración es, por tanto, «una profecía» de Pascua, donde la resurrección de Jesús es también nuestra resurrección: se resucita en la fidelidad a la Palabra, en la oración perseverante, en la penitencia («¡Déjense reconciliar con Cristo!»), en el don de sí mismo a los hermanos, en el servicio humilde a quien está en necesidad, en amarnos unos a otros como Él nos ha amado.
La primera lectura nos recuerda la fe luminosa de Abraham ante la llamada del Señor (Gn 12). Pablo, por «simetría» (2 Tim 1,8-10), recuerda la vocación santa a la que somos llamados, no por nuestras obras, sino por la gracia.
Papa León XIV: «Han pasado ya cuatro años desde el inicio de la guerra contra Ucrania. […] La paz no puede posponerse: es una exigencia urgente».


