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La Carta apostólica «In unitate fidei» del Papa León XIV

El Concilio de Nicea en un fresco del Monasterio de Sumela, en Turquía. (Fotografía: Francesco Bini/Wikimedia)

Con ocasión de su viaje apostólico a Turquía y al Líbano (28 de noviembre – 2 de diciembre de 2025), el papa León XIV hizo pública, en la solemnidad de Cristo Rey (23 de noviembre de 2025), la carta apostólica In unitate fidei (IUF)[1]. Esta tiene como objetivo profundizar en las motivaciones espirituales y ecuménicas que inspiraron su primer viaje apostólico. León XIV, quinto sucesor de Pedro en visitar Turquía, realizó una peregrinación que representó un regreso a los orígenes de la fe, allí donde se hunden las raíces del cristianismo. En Nicea, de hecho, fue formulado el Credo, la profesión de fe que aún hoy acompaña la vida no solo de la Iglesia católica, sino de todas las Iglesias de Oriente y de las Comunidades eclesiales surgidas con la Reforma protestante del siglo XVI[2].

En la bula de convocatoria del Jubileo Spes non confundit, el papa Francisco había definido el Concilio de Nicea como «una piedra angular en la historia de la Iglesia». Siguiendo las huellas de su predecesor, León XIV dirigió a todas las comunidades cristianas la invitación a proseguir el camino hacia la unidad visible, celebrando juntos el aniversario de aquella gran asamblea eclesial convocada por el emperador Constantino en el año 325.

La carta apostólica hace referencia explícita al rico documento de la Comisión Teológica Internacional Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700º años del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025)[3], aprobado por el papa Francisco y publicado el 16 de diciembre de 2024. Por tanto, la carta apostólica y el documento de la Comisión Teológica deben considerarse conjuntamente. En la carta, León XIV afirma que la profesión de Nicea «merece ser confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual» (IUF 1)[4].

La estructura de la carta apostólica

En varios pasajes el documento pontificio recuerda el contexto histórico del siglo IV, marcado por la crisis arriana, que negaba la plena divinidad de Cristo. Para salvaguardar la unidad de la fe se convocó el Concilio, con el fin de redactar una profesión de fe que proclamara a Jesucristo, Hijo de Dios, «engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre». Expresiones como «Dios de Dios, luz de luz» subrayan que Cristo es reflejo perfecto de la gloria divina y que, a través del bautismo, los creyentes participan de esa misma luz. Después de Nicea, figuras como san Atanasio y los Padres capadocios defendieron y profundizaron la fe trinitaria, hasta el Concilio de Constantinopla (381), que completó la fórmula con el artículo sobre la divinidad del Espíritu Santo.

La carta apostólica de León XIV está dividida en 12 párrafos. Tras el párrafo introductorio, el texto subraya cómo el corazón de la fe cristiana consiste en la proclamación de Jesucristo «Hijo de Dios». Esta verdad, anunciada por los Evangelios y por san Pablo, atestigua que Dios se ha hecho cercano a la humanidad, compartiendo nuestra vida y haciéndose prójimo en los hermanos más pequeños y pobres. Esta profesión, tal como fue definida en el Concilio de Nicea y posteriormente ampliada en el Símbolo niceno-constantinopolitano, sigue proclamándose hoy en la celebración dominical. Es fuente de esperanza en los tiempos difíciles, porque une a los cristianos y ofrece luz frente a los miedos, las injusticias y los sufrimientos del mundo. El tiempo de Nicea y nuestro tiempo comparten una misma situación de incertidumbre, hecha de «preocupaciones y temores, amenazas de guerra y violencia, desastres naturales, graves injusticias y desequilibrios, hambre y miseria» (IUF 2). Como entonces, también hoy miramos a Jesucristo, que es la única esperanza en este mundo.

Los nn. 2-3 de la carta son de carácter histórico: en ellos se aborda la grave crisis interna vivida por la Iglesia en el siglo IV. Arrio negaba la plena divinidad de Jesús, no reconociéndolo ni eterno ni verdadero Hijo de Dios. Esta idea encontró consenso en las Iglesias del Imperio, porque parecía razonable según la mentalidad de la época. La idea neoplatónica de Dios afirmaba, en efecto, que Dios es absolutamente trascendente, indiferenciado y distinto de nosotros. Dios no puede tener un Hijo, porque es indevenible (agenetos) y no generado (agennetos). Sin embargo, obispos como Alejandro de Alejandría y Osio de Córdoba defendieron la fe auténtica, condenando las doctrinas arrianas como contrarias a la Escritura. Puesto que la controversia amenazaba no solo la unidad de la Iglesia, sino también la del Imperio, el emperador Constantino se vio obligado a convocar un concilio para restablecer así la comunión dentro de la Iglesia y en la vida social.

Los nn. 4-8 de la carta son de carácter predominantemente teológico y exponen cómo el Concilio de Nicea llegó a proclamar claramente que Jesús es verdadero Hijo de Dios, «generado, no creado, de la misma sustancia del Padre», usando un lenguaje sencillo y bíblico, sirviéndose de imágenes como «Dios de Dios, luz de luz». Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, descendido para nuestra salvación, encarnado, muerto y resucitado, y así nos ha hecho partícipes de la vida divina. La profesión de fe redactada en Nicea fue defendida con firmeza por san Atanasio y posteriormente completada por los Padres capadocios (san Basilio de Cesarea, san Gregorio de Nacianzo y san Gregorio de Nisa). El Credo niceno-constantinopolitano se convirtió así en expresión universal, fundamento común de las Iglesias cristianas, de la fe cristiana en la divinidad de Jesucristo y en la Santa Trinidad.

Los nn. 9-12 de la carta tratan, por último, el aspecto litúrgico, el seguimiento de Cristo y el valor ecuménico de esta profesión de fe. En cuanto bautizados, los cristianos bendicen no tanto en el nombre del único Dios, sino en el del Dios trino, concluyendo la oración de los Salmos, en la Liturgia de las Horas, con la doxología «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». La liturgia y la vida cristiana están formadas por este Credo: lex credendi, lex orandi. Sin embargo, es necesario preguntarse si hoy el Credo encuentra todavía acogida interior, si los cristianos lo sienten actual y si perciben verdaderamente su significado. Hoy muchos viven como si Dios ya no tuviera importancia, también a causa del contratestimonio de aquellos cristianos que han oscurecido el verdadero rostro de Dios, presentándolo a veces como «vengador que infunde terror y castiga» (IUF 10), sin ser capaces de custodiar la creación y de compartir con el prójimo, especialmente con los pobres y los últimos, los bienes que Dios concede.

El último párrafo de la carta (IUF 12) está dedicado al valor ecuménico del Credo niceno-constantinopolitano: base común que une a las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales cristianas. El diálogo ecuménico ha permitido a los cristianos reconocerse como hermanos en la fe y colaborar en el testimonio del Evangelio, especialmente en un mundo desgarrado por conflictos, donde deben ser signo de paz y reconciliación.

El Papa invita a la Iglesia de hoy a superar divisiones, rivalidades y conflictos internos, redescubriendo que la fe es lo que une y no lo que separa. El testimonio cristiano se vuelve creíble solo cuando nace de un corazón reconciliado y abierto a la comunión. Para vivir hoy la profesión de fe confesada en Nicea, no basta estudiarla o repetirla: es necesario encarnarla, dejándose transformar, viviendo la caridad, sirviendo a la humanidad herida y caminando hacia la unidad.

La carta apostólica concluye con una invocación al Espíritu Santo, para que haga a los cristianos capaces de vivir una única fe, ardiente en la caridad, luminosa en el testimonio, capaz de transformar la vida personal y la vida de la Iglesia en un signo creíble de la presencia de Cristo en el mundo.

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Comentario a la carta apostólica

En la carta apostólica In unitate fidei, León XIV afirma que el cristianismo no nace de una idea o de una doctrina abstracta, sino de un encuentro vivo y personal con la persona de Jesucristo. «El Credo de Nicea no formula una teoría filosófica» (IUF 7). La afirmación de que Cristo es «consubstancial al Padre» no es una simple expresión teológica, sino la clave para comprender la esencia del cristianismo. Al defender esta verdad, los Padres conciliares salvaguardaron la fe de reducciones moralistas o simbólicas, reafirmando que Cristo no es solamente maestro o profeta, sino el Hijo eterno de Dios encarnado para la salvación de la humanidad[5].

Al confesar la consubstancialidad de Jesús con el Padre (homoousios tō Patri), los Padres de Nicea «quisieron permanecer firmemente fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo» (IUF 5).

Para detenernos en esta idea fundamental del cristianismo, puede ayudarnos lo que Karl Rahner dice sobre la especificidad del concepto cristiano de Dios. Él afirma claramente que la relación entre Dios y el mundo no es, para el cristianismo, simplemente de distancia y alteridad, sino que implica una íntima comunión. Si, por un lado, es cierto que «[Dios] interviene en el mundo siempre mediante lo otro de sí»[6], por lo que la criatura finita no puede identificarse con Dios y es «non capax infiniti», por otro lado, la fe cristiana, aun reconociendo esta distancia entre finito e infinito, la supera. Precisamente porque Dios es el fundamento de la existencia y de la realidad creatural, «él mismo, en su propia realidad, [es] la plenitud de esta existencia finita, que es realmente “capax infiniti”»[7]. «Dios no es solo aquel que pone creativamente un mundo como algo otro, a distancia de sí; sino aquel que se da a este mundo y tiene su propio destino unido a él y en él. Dios no es solamente el dador, sino también el don»[8].

En el cristianismo, por tanto, Dios no permanece extraño o remoto: se dona a sí mismo al hombre, haciéndose tan cercano a lo humano que él mismo se hace hombre. Esta autocomunicación significa que Dios no solo sostiene el mundo, sino que se entrega a la criatura, estableciendo con ella una relación personal. El hombre, en la fe, la esperanza y la caridad, puede entrar en esta relación y encontrar su destino último en Dios.

A diferencia de una concepción panteísta en la que Dios y mundo coinciden, el cristianismo afirma tanto la diferencia como la relación: Dios es distinto del mundo, pero también es cercano, dador e interlocutor personal. Así, el concepto cristiano de Dios une trascendencia e inmanencia, alteridad y cercanía, donación y misterio, revelando una relación que supera toda pura comprensión filosófica. «El Credo niceno no nos habla, por tanto, de un Dios lejano, inalcanzable, inmóvil, que descansa en sí mismo, sino de un Dios que está cerca de nosotros, que nos acompaña en nuestro camino por las sendas del mundo y en los lugares más oscuros de la tierra. Su inmensidad se manifiesta en el hecho de que se hace pequeño, se despoja de su infinita majestad haciéndose nuestro prójimo en los pequeños y en los pobres. Esto revoluciona las concepciones paganas y filosóficas de Dios» (IUF 7).

El Concilio de Nicea no quiso sustituir la Escritura por la filosofía griega, sino custodiar la verdad del encuentro de los primeros discípulos con aquel Jesús de Nazaret, Hijo eterno de Dios, encarnado para la salvación de la humanidad, sirviéndose de categorías culturales —en el caso específico, la categoría de homoousia— para actualizar, tres siglos después del acontecimiento pascual, la verdad teológica del encuentro de los discípulos con el hombre de Galilea. Esto significa que Dios, en él, ha asumido un rostro humano. En él, Dios ya no es distante, sino cercano, compañero de camino. Esta proximidad de Dios no es algo extrínseco a nuestra naturaleza humana, contrariamente a lo que pensaba Arrio.

Tanto en el discurso en la catedral del Espíritu Santo, en Istanbul, como en el encuentro ecuménico de oración en las excavaciones arqueológicas de la antigua basílica de San Neófito, en İznik, León XIV mencionó el desafío de un «“regreso del arrianismo”, presente en la cultura actual y a veces hasta en los propios creyentes, cuando se ve a Jesús con admiración humana, incluso aún con espíritu religioso, pero sin considerarlo realmente como el Dios vivo y verdadero presente entre nosotros. Su ser Dios, Señor de la historia, viene de esta manera oscurecido y nos limitamos a considerarlo un personaje histórico, un maestro sabio, un profeta que ha luchado por la justicia, pero nada más. Nicea nos lo recuerda: Cristo Jesús no es un personaje del pasado, es el Hijo de Dios presente entre nosotros que guía la historia hacia el futuro que Dios nos ha prometido»[9]. Jesúscristo no es « un simple intermediario entre Dios y los seres humanos […]; si Dios no se hizo hombre, ¿cómo pueden los mortales participar de su vida inmortal? Esto estaba en juego en Nicea y está en juego hoy: la fe en el Dios que, en Jesucristo, se hizo como nosotros para hacernos llegar “a participar de la naturaleza divina” (2 P 1,4; cf. S. Ireneo, Adversus haereses, 3, 19; S. Atanasio, De Incarnatione, 54, 3)»[10].

En la carta apostólica, el Papa reafirma que el Hijo de Dios es el mediador, porque es «hombre como nosotros». «Uno solo es Dios y uno solo también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (1 Tim 2,5). El documento cita expresamente en el n. 7 la carta a los Hebreos: «No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado» (Hb 4,15)[11].

Por tanto, la Encarnación no es un concepto abstracto, sino un acontecimiento salvífico en el que la carne de Dios ha tocado la carne del hombre. Dios ha asumido la fragilidad humana, compartiendo con nosotros el sufrimiento y la muerte. La experiencia cristiana se vuelve así arraigada en la historia y cercana a la vida concreta de cada persona, sobre todo de los pobres y los marginados. La fe no aleja del mundo, sino que ayuda a reconocer a Cristo en el mundo, especialmente en los pequeños y en los últimos.

Hay un hilo conductor que unifica la consustancialidad del Hijo con el Padre (homoousia) con la condescendencia divina (descendit) en la Encarnación, hasta nuestra divinización. Hay también un hilo conductor que une la carne de Jesucristo con la carne de nuestros hermanos necesitados: «Todo lo que hicieron a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25,40). La introducción del concepto filosófico de homoousia sirvió precisamente para proteger este hilo conductor frente a la supuesta incompatibilidad entre lo infinito y lo finito, entre Dios y el hombre, que afirmaba la filosofía neoplatónica[12]. Para ello, los Padres de Nicea prefirieron ponerse en seguimiento de la paradoja evangélica antes que someterse a la evidencia del pensamiento filosófico de su tiempo. La fe en Jesucristo les permitió descubrir —inventio de la doctrina trinitaria[13]— que el Dios-Uno es capaz de engendrar desde su propia sustancia sin disminuir.

La categoría de la consubstancialidad —que no es bíblica y era extraña al pensamiento oficial de la Iglesia de entonces— permite comprender que la unidad divina no debe entenderse como compacta y sólida (Absolutus – Unum), sino internamente diferenciada y relacionada (Padre-Hijo-Espíritu Santo)[14]. Si para Plotino la alteridad no está en la hipóstasis del Uno, sino en lo que sigue al Uno, para Nicea la alteridad es inmanente al Uno, de tal modo que hace de este Uno un Uno-trino. «El acontecimiento de Jesucristo hace posible una nueva ontología, según las dimensiones del Dios uno y trino y del Logos encarnado. […] La alteridad, la relación, la reciprocidad, la interioridad recíproca se manifiestan ahora como la verdad última, como las categorías estructurantes de la ontología»[15].

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De este modo, también la alteridad «extra-trinitaria» es repensada. Al confesar que ho Logos sarx egheneto («el Logos se hizo carne»), los Padres de Nicea reconocieron que el Logos no está opuesto a la sarx. «Dado que el misterio de Cristo, realizado en la historia y en una humanidad singular, da acceso a Dios, por ello mismo la materia y la carne, el tiempo y la historia, la novedad, la finitud y la fragilidad mismas adquieren una nueva dignidad y consistencia para expresar el ser. En el fondo, a través de la revelación también el ser se revela como semper major»[16]. La carne es lugar de encuentro con Dios. El significado soteriológico de este reconocimiento es fundamental. No es necesaria una liberación del mundo o de la carne para reunirse con el Uno. El reditus no es desprendimiento de la carne, sino la asunción definitiva de la carne en Dios (cf. el misterio de la Ascensión).

En esta defensa de la fe cristiana se verifica un doble fenómeno de enriquecimiento: por un lado, en la filosofía, el concepto de ousía («sustancia») es puesto en cuestión; por otro, en el cristianismo, categorías filosóficas son ahora adoptadas como instrumentos de interpretación del depósito de la fe[17]. En la carta apostólica, León XIV rechaza la acusación de helenización que en el pasado fue dirigida a los Padres de Nicea. Esto es cierto, si con ello se entiende una alteración o deformación de la fe cristiana. Sin embargo, debe reconocerse que el anuncio cristiano generó un replanteamiento de las categorías fundamentales de la filosofía griega, en particular de la categoría de «sustancia».

En el discurso dirigido a los participantes en el Congreso internacional sobre el futuro de la teología, organizado por el Dicasterio para la Cultura y la Educación (9 de diciembre de 2024), el papa Francisco invitó a los teólogos a «repensar el pensamiento. Nuestro modo de pensar, como sabemos, modela también nuestros sentimientos, nuestra voluntad y nuestras decisiones. A un corazón amplio corresponden una imaginación y un pensamiento de gran aliento, mientras que un pensamiento encogido, cerrado y mediocre difícilmente puede generar creatividad y valentía»[18]. Por tanto, es necesario repensar la esencia del cristianismo a la luz de la profesión de Nicea para sanar de las simplificaciones fáciles y disponerse a comprender la posición del cristianismo, con la conciencia de que «la realidad es compleja, los desafíos son variados»[19].

En el discurso en la catedral del Espíritu Santo, en Istanbul, León XIV citó el desafío de la mediación de la fe y del desarrollo de la doctrina: «En un contexto cultural complejo, el Símbolo de Nicea logró mediar la esencia de la fe a través de las categorías culturales y filosóficas de la época. […] Siempre es necesario mediar la fe cristiana en los lenguajes y categorías del contexto en el que vivimos, como lo hicieron los Padres en Nicea y en los otros concilios»[20].

Como ejemplo de este discernimiento de fe, la carta apostólica hace referencia a la enseñanza de Atanasio de Alejandría[21]: «Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser Dio[22]s». Solo si Jesús es verdaderamente Dios —y no simplemente hombre— es posible que haya salvación: «No se trata de que siendo hombre posteriormente haya llegado a ser Dios, sino que siendo Dios se hizo hombre para divinizarnos a nosotros […]; ningún ser mortal, de hecho, puede vencer a la muerte y salvarnos; sólo Dios puede hacerlo» (IUF 7). Por otra parte, solo si Cristo es verdadera e íntegramente hombre, todo lo humano —cuerpo y alma— puede ser salvado: Quod Verbum non assumpsit non redemit[23]. «Otra palabra del Credo niceno es para nosotros hoy particularmente reveladora. La afirmación bíblica “se hizo carne”, precisada añadiendo la palabra “hombre” después de la palabra “encarnado”. Nicea toma así distancia de la falsa doctrina según la cual el Logos habría asumido sólo un cuerpo como revestimiento exterior, pero no el alma humana, dotada de entendimiento y libre albedrío. Al contrario, quiere afirmar lo que el Concilio de Calcedonia (451) declararía explícitamente: en Cristo, Dios ha asumido y redimido al ser humano entero, con cuerpo y alma. El Hijo de Dios se hizo hombre —explica san Atanasio— para que nosotros, los hombres, pudiéramos ser divinizados» (IUF 7).

Por eso el documento conciliar Gaudium et spes declara que «el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22). «Lo que Cristo es por naturaleza, nosotros lo llegamos a ser por gracia. A través de la obra de la redención, Dios no solo ha restaurado nuestra dignidad humana como imagen de Dios, sino que Aquel que nos creó de modo admirable nos ha hecho partícipes, de modo aún más admirable, de su naturaleza divina (cf. 2 Pe 1,4)» (ibíd.).

Dios no habita en regiones inaccesibles y lejanas, sino que ha descendido entre nosotros, «se ha hecho cercano» (IUF 5), «se ha hecho nuestro prójimo, de modo que todo lo que hagamos a cada uno de nuestros hermanos, a Él se lo hacemos (cf. Mt 25,40)» (IUF 2). Su carne es también nuestra carne; nuestra carne es también la suya: una caro («una sola carne»). Su humanidad es también la nuestra; nuestra humanidad es también la suya: una humanitas («una sola humanidad»). «La divinización es, por tanto, la verdadera humanización» (IUF 7). Cabe señalar que, para la carta apostólica, la divinización no es algo estático en lo humano, sino una dinámica de continua autotrascendencia. « He aquí por qué la existencia del hombre apunta más allá de sí misma, busca más allá de sí misma, desea más allá de sí misma y está inquieta hasta que reposa en Dios: Deus enim solus satiat, ¡Sólo Dios satisface al hombre! Sólo Dios, en su infinitud, puede saciar el deseo infinito del corazón humano, y por eso el Hijo de Dios ha querido hacerse nuestro hermano y redentor» (ibíd.).

El valor ecuménico del Credo de Nicea

La carta apostólica presenta la profesión de Nicea como modelo de unidad en la diversidad. El Credo niceno-constantinopolitano es hoy la profesión de fe compartida por católicos, ortodoxos y muchas comunidades de la Reforma. Rezado y profesado desde hace siglos, el Credo sigue siendo una fuerza viva y un terreno fértil para el diálogo. Para ser creíbles en el ministerio cristiano, es necesario caminar juntos hacia la unidad y la reconciliación entre todos los cristianos. El Credo de Nicea ofrece un modelo de unidad en la diversidad: así como la Trinidad es unidad en la multiplicidad, así también los cristianos pueden estar unidos, manteniendo sus diferencias. «Unidad en la Trinidad, Trinidad en la Unidad, porque la unidad sin multiplicidad es tiranía, la multiplicidad sin unidad es desintegración» (IUF 12).

La unidad no es uniformidad, sino armonía en la diversidad, según el modelo de la Trinidad. «La dinámica trinitaria no es dualista, como un excluyente aut-aut, sino un vínculo que implica, un et-et: el Espíritu Santo es el vínculo de unidad que adoramos junto con el Padre y el Hijo» (ibíd.). Esta forma de comprensión de la fe cristiana no es un compromiso ni una manera condescendiente de evitar el rigor intelectual o la fidelidad a la verdad de la fe, sino una cualidad especulativa —un modo de pensar paradójico—, impregnada de la lógica trinitaria, que no procede según la dialéctica del «aut-aut», sino del «et-et», en la que el Espíritu «es dado» (datur). Así, el logos cristiano redescubre la «catolicidad» y el inclusivismo del «et-et», en lugar del «aut-aut»[24].

En el discurso pronunciado en la iglesia patriarcal de San Jorge, el papa León XIV se refirió a los «muchos malentendidos e incluso conflictos entre cristianos de Iglesias diversas en el pasado» y a los obstáculos que aún «impiden estar en plena comunión»[25]. Recordando el gesto histórico entre Papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras I de Constantinopla (1965), en el que se pidió borrar de la memoria de la Iglesia las excomuniones recíprocas de 1054, León XIV renovó su compromiso de superar antiguas controversias teológicas y restablecer la plena comunión. El Pontífice agradeció al patriarca ecuménico Bartolomé I de Constantinopla su apoyo al trabajo de la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, y lo invitó «a realizar todo esfuerzo para que todas las Iglesias ortodoxas autocéfalas vuelvan a participar activamente en este compromiso»[26].

Como subraya también la carta apostólica, el ecumenismo que propone León XIV no es un retorno al pasado, ni un proyecto diplomático, ni la aceptación pasiva de las divisiones actuales (status quo), sino «un ecumenismo orientado al futuro, de reconciliación en el camino del diálogo, de intercambio de nuestros dones y patrimonios espirituales» (ibíd.)[27]. A la luz de su fe común, las Iglesias y Comunidades eclesiales cristianas, en estos sesenta años de camino ecuménico, han aprendido a compartir no solo los dones de su propia tradición, sino también las fragilidades a las que están expuestas al afrontar la dificultad de mantener en su interior diferencia e identidad, comunión y autonomía eclesiales[28].

Nicea no fue solamente un acontecimiento histórico, sino un giro teológico, eclesial y espiritual. En 325, la Iglesia, unida en el Espíritu, definió con claridad su fe y mostró cómo la verdad puede ser custodiada en la comunión. A partir de aquel primer Concilio ecuménico, la Iglesia ha seguido afirmando que la divinidad de Cristo no contradice la unidad de Dios, sino que la ilumina, abriendo siempre nuevos caminos para actualizar en las diversas culturas —helenísticas entonces, poscristianas hoy— la comprensión del misterio trinitario y para vivirlo «dilatado» en la experiencia bautismal de la divinización. Después de 1700 años, los cristianos están llamados a continuar juntos el camino de la historia, a profundizar la fe de Nicea, para poder anunciarla con siempre mayor asombro, inflamados de caridad, confesando juntos: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7).

  1. León XIV, Carta apostólica In unitate fidei. En el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, 23 de noviembre de 2025, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/apost_letters/documents/20251123-in-unitate-fidei.html

  2. Durante su viaje apostólico a Turquía y Líbano, León XIV se reunió en Estambul con el patriarca ecuménico Bartolomé I y con el patriarca armenio Sahak II.

  3. Cf. Comisión teológica internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea 325-2025, 16 de diciembre de 2024, https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_doc_20250403_1700-nicea_sp.html.

  4. Al término de la Divina Liturgia en la iglesia patriarcal de San Jorge (Estambul), el domingo 30 de noviembre de 2025, el Papa destacó tres retos principales a los que los cristianos de las diferentes Iglesias están llamados a responder: construir la paz; promover una responsabilidad compartida en la actual crisis ecológica; garantizar un uso ético y responsable de las nuevas tecnologías en la comunicación; cf. León XIV, «Discurso al término de la Divina Liturgia», 30 de noviembre de 2025 (https://tinyurl.com/56n4ne8s).

  5.  «La verdad revelada por Dios se concentra entonces en la verdad de su “Hijo” único. Este término no se reduce a simple metáfora o a una analogía, porque aquí lo metafórico  abre por sí mismo a la ontología, al igual que el symbolon, en el sentido propio del término, da acceso real y efectivamente a lo que significa» (Comisión teológica internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea 325-2025, n. 108).

  6. K. Rahner, «Sulla specificità del concetto cristiano di Dio», en Id., Scienza e fede cristiana. Nuovi saggi IX, Roma, Paoline, 1984, 263.

  7. Ibid., 264.

  8. Ibid., 265.

  9. León XIV, «Discurso en el encuentro de oración con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y operadores pastorales», Estambul 28 de noviembre de 2025, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/november/documents/20251128-turchia-clero.html

  10. Id., «Discurso en el encuentro ecuménico de oración cerca de las excavaciones arqueológicas de la antigua basílica de San Neófito», Iznik, 28 de noviembre de 2025, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/november/documents/20251128-turchia-incontro-ecumenico.html. Sobre el Concilio de Nicea, cf. A. Begasse de Dhaem, «El 1700º aniversario del Concilio de Nicea», La Civiltà Cattolica, 13 de junio de 2025, https://www.laciviltacattolica.es/2025/06/13/el-1700o-aniversario-del-concilio-de-nicea/

  11. Así lo afirma, en el n. 24, el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe Mater Populis fidelis: «Cristo es el único Mediador […]; siendo el Hijo eterno e infinito, a Él está unida hipostáticamente la Humanidad que asumió. Este lugar es exclusivo de esa Humanidad y las consecuencias que de ello se derivan sólo pueden aplicarse a Cristo. En este sentido preciso, el papel del Verbo encarnado es exclusivo y único».

  12. Cf. G. Reale, Storia della filosofia antica, vol. IV, Milán, Vita e Pensiero, 1978, 503-616.

  13. Cf. Comisión teológica internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea 325-2025, n. 81.

  14. «La terminología ontológica griega está al servicio de las expresiones escriturísticas tradicionales. El término, de origen gnóstico en contexto teológico y condenado por el sínodo regional de Antioquía (264-269), será objeto de acalorados debates en las décadas posteriores a Nicea» (Comisión teológica internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea 325-2025, n. 16).

  15. Ibid., n. 81.

  16. Ibid.

  17. Cf. C. Markschies, Hellenisierung des Christentums. Sinn und Unsinn einer historischen Deutungskategorie, Leipzig, Evangelische Verlagsanstalt, 2012.

  18. Francisco, «Discorso ai partecipanti al Congresso Internazionale sul futuro della teologia organizzato dal Dicastero per la cultura e l’educazione», 9 de diciembre de 2024 (https://tinyurl.com/mr3ra4cc).

  19. Ibid.

  20. León XIV, «Discurso en el encuentro de oración con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y operadores pastorales», cit.

  21. Cf. Atanasio de Alejandría, s., De Incarnatione, 54, 3: SC 199, 458 (PG 25, 192).

  22. Cf. Catecismo de la Iglesia Catolica, n. 460.

  23. Cf. R. Cantalamessa, La cristologia di Tertulliano, Friburgo, Edizioni Universitarie, 1962, 86.

  24. Cf. P. Gamberini, «Discernir la fe en una cultura poscristiana», en La Civiltà Cattolica, 2 de septiembre de 2022, https://www.laciviltacattolica.es/2022/09/02/discernir-la-fe-en-una-cultura-poscristiana/

  25. León XIV, «Discurso al término de la Divina Liturgia», 30 de noviembre de 2025, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/november/documents/20251130-turchia-divina-liturgia.html

  26. Ibid.

  27. Cf. P. D. Murray (ed.), Receptive Ecumenism and the Call to Catholic Learning. Exploring a Way for Contemporary Ecumenism, Oxford, Oxford University Press, 2010.

  28. Cf. P. Gamberini, «Conferenza di Lambeth 2022: la fatica di camminare insieme», en Civ. Catt. 2022 IV 134-143.

Paolo Gamberini
Estudió Teología en Alemania (Frankfurt/M y Tübingen). Se doctoró en la Philosophisch-theologische Hochschule Sankt Georgen trabajando sobre el concepto de Analogía en la Teología de Eberhard Jüngel. Trabaja desde 1985 en el movimiento ecuménico, especialmente con anglicanos y luteranos. Ha asistido en 1988, 1998 y 2008 a la Conferencia de Lambeth en Canterbury - Inglaterra como periodista de La Civiltà Cattolica. De 1992 a 2014 ha sido profesor en la Pontificia Facultad de Teología del Sur de Italia (Nápoles), y desde 2005 es Profesor Titular. Desde agosto de 2015 hasta junio de 2018 fue Profesor Asociado en la Universidad de San Francisco.

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