Biblia

«¿Quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres? »

Al salir del Templo, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego?, ¿él o sus padres?». Jesús contestó: «Ni él pecó ni sus padres, sino que nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios […] Mientras estoy en el mundo yo soy la luz del mundo». Dicho esto escupió en tierra, hizo barro con la saliva, puso el barro sobre los ojos del ciego y le ordenó: «¡Ve a lavarte a la piscina de Siloé!» (que significa
«Enviado»). Él fue, se lavó y cuando regresó, ya podía ver. Era sábado…
(Leer todo el capítulo 9 de Juan).

El protagonista del Evangelio es un hombre ciego de nacimiento. El Evangelio insiste varias veces en este detalle: nació así, nunca ha visto la luz, los colores, las personas, el mundo. La situación de este hombre es la de una pobreza extrema: es la pobreza de quien está enfermo, de quien depende de todos, cualquiera que sea su condición económica y sus dones naturales. Es un pobre sin esperanza, es pobre para siempre.

Precisamente a este hombre Jesús sale al encuentro, sin que él lo haya interpelado, porque la misma pobreza, cuando es vivida y consciente, es ya una pregunta, y también una apertura capaz de acoger.

El milagro —poder ver la luz, las personas, el mundo— parece ser el fruto natural de una confianza entregada, que es la de quien es capaz de abandonarse porque no tiene ninguna certeza a la cual aferrarse: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé» (Jn 9, 7). El gesto podría no tener ningún sentido, pero está la autoridad de quien lo ordena; y el pobre sabe abandonarse.

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¿Y los demás? ¿Sus padres, los fariseos, los que lo habían visto pedir limosna? Los demás deberían alegrarse por el acontecimiento; y sin embargo, ¡no! Están tan seguros, tan «ricos» de sus certezas, de sus esquemas, de su estabilidad, que un acontecimiento de alegría se convierte, ante sus ojos ciegos, en motivo de turbación e inquietud. Y lo que debería ser una fiesta para la comunidad y gloria a Dios —que en Jesús uno sea curado— se convierte en un proceso en el que Jesús es el acusado: era sábado, no se podía curar. El ciego es provocado a testimoniar contra quien lo ha curado; la luz de Dios está completamente ausente.

Pero la luz también se ha encendido en el corazón del ciego. Impresionan su tenacidad y sus respuestas ancladas en la verdad: son las respuestas claras de quien, aunque sigue siendo pobre (no teme por sí mismo ni por las consecuencias de su valentía), da testimonio del don recibido, que se convierte para él en la única certeza, y será para él el camino del encuentro luminoso con el misterio de Cristo. No hay vacilación en sus palabras, solo una adhesión tranquila y firme a los hechos: «Si es un pecador, no lo sé; lo que sé es una cosa: que yo era ciego y ahora veo» (Jn 9, 25). Pero el precio de una honestidad semejante es la soledad. Incluso sus padres se apartan. Defender a Jesús significa ya arriesgar demasiado…

Y, sin embargo, es precisamente a este hombre que se ha quedado solo a quien Jesús sale al encuentro por segunda vez. La vista es el medio con el que Jesús quiere donar otra luz: la certeza de ser amados por el Padre tal como somos, en la situación que la vida nos llama a afrontar. Y entonces parece volverse más clara la afirmación inicial: «Ni él pecó ni sus padres, sino que nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 3).

También nosotros somos ciegos, sordos, enfermos, pobres… y también para nosotros el Señor quiere realizar el milagro: no recuperaremos la vista física o la salud, quizá no se llenarán materialmente los vacíos de nuestro ser, y no se superarán de repente los límites de nuestra inteligencia y de nuestro carácter. Y, sin embargo, tal como somos, el Señor nos elige uno por uno; y tal como somos, si tenemos la capacidad de ser pobres, de abandonarnos, de «creer en el milagro», podremos convertirnos en portadores de luz, podremos —como el ciego de nacimiento— dar testimonio del encuentro extraordinario que Jesús incesantemente pide realizar con cada uno de nosotros.

Papa León XIV: «Estoy muy preocupado por lo que sucede en el mundo: especialmente ayer, hoy y no sabemos por cuántos días más, en Oriente Medio. ¡La guerra, otra vez! También nosotros debemos ser anunciadores del mensaje de paz, la paz de Jesús, la paz que Dios quiere para todos. Por eso hay que rezar mucho por la paz».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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