El 28 de marzo de 2026, el papa León XIV arribó al Principado de Mónaco en su segundo viaje apostólico y el primero en Europa fuera de Italia. Con sus 2,02 km² y una población de aproximadamente 39.000 habitantes, de los cuales el 82% son católicos, Mónaco es el segundo Estado más pequeño del mundo, después de la Ciudad del Vaticano. Desde el siglo XVI que un Papa no lo visitaba. De hecho, la última visita papal tuvo como protagonista a Pablo III, quien en 1538 llevó a cabo negociaciones de paz entre Carlos V y Francisco I.
Los orígenes del Principado de Mónaco se remontan a finales del siglo XIII, cuando Francisco Grimaldi se estableció allí. Pertenecía a una familia aristocrática genovesa adherida a la facción de los güelfos, que defendían los derechos del papado, en contraposición a la facción de los gibelinos, alineados con el emperador alemán. Aún hoy es la familia Grimaldi, en la persona del príncipe Alberto II, la que dirige el Principado, cuyo territorio se encuentra a 10 km de la frontera italo-francesa y está completamente rodeado por Francia. Desde 1911, el país es una monarquía constitucional hereditaria y tiene al catolicismo como religión de Estado, garantizando, sin embargo, la libertad de culto a todos los residentes, tal como establece la Constitución de 1962.
Más reciente que el Principado, la diócesis de Mónaco fue erigida por el papa León XIII en 1887 y elevada a la dignidad de sede arzobispal por san Juan Pablo II en 1981. Desde 2001, a raíz de un convenio, cuatro municipios franceses limítrofes con el Principado, aunque pertenecientes al territorio de la diócesis de Niza, están confiados al cuidado pastoral de la arquidiócesis de Mónaco. En la víspera de la llegada del Papa, el actual arzobispo, mons. Dominique-Marie David, en una entrevista a los medios vaticanos el 24 de marzo de 2026, delineó las características de esta Iglesia local, subrayando ante todo la presencia de casi 150 nacionalidades en el país, por lo que se trata de un tejido social claramente internacional[1]. Reconociendo la existencia de «una imagen un tanto caricaturesca del Principado, visto únicamente como una ciudad del lujo»[2], el arzobispo destacó que la principal riqueza proviene precisamente «de la gran variedad de orígenes y también de una cierta mezcla social».
Mons. David se mostró además convencido de que en el Principado, aunque pequeño, el Papa «se dirige al mundo entero». También se refirió a las pobrezas «numerosas y a menudo muy profundas», en particular en los alrededores de Mónaco, donde muchas personas que trabajan en la ciudad «a veces se encuentran en condiciones difíciles, sobre todo en lo que respecta a la vivienda o al costo de la vida». Luego recordó la existencia de otras formas de pobreza: «la soledad y la crisis del sentido de la vida»; la pregunta por el significado de la propia existencia cuando «se dispone de cierto bienestar y no se tienen grandes preocupaciones materiales»; la desorientación de los padres «frente a la educación de los hijos»; y, por último, las «separaciones y dramas familiares que afectan tanto más cuanto que la vida parece, al menos en apariencia, más fácil»[3].
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Se podría decir que en el lema elegido para el viaje apostólico se proclamaba claramente la respuesta cristiana, esencial y decisiva, a los interrogantes señalados por el arzobispo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Asimismo, el logotipo del viaje, que representaba al Papa sonriente y bendiciendo junto a la torre del palacio del Príncipe de Mónaco, expresaba la dimensión espiritual y pastoral de la visita.
También el cardenal Pietro Parolin compartió, en una entrevista con los medios vaticanos el 27 de marzo de 2026, una anticipación del viaje pontificio. El Secretario de Estado, aun reconociendo la originalidad de la elección del destino, quiso recordar los numerosos puntos de convergencia entre la Santa Sede y Mónaco, «en particular en la defensa de la vida y en otras cuestiones de bioética»[4]. Además, refiriéndose a la situación internacional, afirmó que «las pequeñas naciones son custodias naturales del multilateralismo», particularmente importante «en una época en la que el derecho internacional parece debilitado y a veces superado por la “lógica del poder”». Para el cardenal, también la posición geográfica del Principado, cuyo territorio se asoma enteramente al Mediterráneo, es un elemento a valorar, ya que hace visible la continuidad de León XIV con el pontificado de Francisco, «que consideraba el Mediterráneo como un laboratorio de paz en el que desarrollar la “convivialidad de las diferencias”»[5].
El Papa pasó apenas nueve horas en el Principado de Mónaco. En sus cuatro intervenciones —dos discursos y dos homilías—, partiendo siempre de la centralidad de Cristo, «corazón de nuestra fe», podemos identificar, entre muchos otros contenidos, cuatro llamados distintos, que presentamos a continuación.
El llamado a la solidaridad y a la profundización de la Doctrina social de la Iglesia
En la mañana del 28 de marzo de 2026, el Papa León XIV partió desde la Ciudad del Vaticano en helicóptero y, tras aproximadamente una hora y tres cuartos de vuelo, a las 9:00, aterrizó en el helipuerto de Mónaco, donde fue recibido por el príncipe Alberto II y su esposa, la princesa Charlène. El Príncipe, soberano desde 2005, hijo del príncipe Raniero III y de la princesa Grace Kelly, es conocido por su compromiso en la defensa del medio ambiente, habiendo creado su propia fundación, la Fondation Prince Albert II de Monaco, cuyos principales objetivos son la atención al cambio climático, la biodiversidad y el mundo marino, temas que también son de interés para la Santa Sede y la enseñanza social de los Papas.
Tras la acogida en el helipuerto, León XIV se trasladó en automóvil al palacio del Príncipe, la residencia oficial, donde fue recibido por el Príncipe, la Princesa y sus dos hijos, la princesa Gabriella y el príncipe heredero Jacques. A continuación tuvo lugar la ceremonia de bienvenida, con la escucha de los himnos nacionales, los honores militares y la presentación de las delegaciones. Ya en el interior del palacio, el Papa y el Príncipe mantuvieron un encuentro privado, seguido del intercambio de regalos y de las fotografías oficiales. Desde el balcón de la fachada, Alberto II tomó luego la palabra para saludar a León XIV, quien pronunció su primer discurso en Mónaco, dirigiéndose a las autoridades y a la población que llenaba la plaza frente al palacio.
Las palabras del Papa fueron un fuerte llamado a la solidaridad y una solemne invitación a profundizar en la Doctrina social de la Iglesia. En efecto, tras recordar el «vínculo profundo» del Principado «con la Iglesia de Roma y con la fe católica», León XIV se refirió a la vocación de la Ciudad-Estado «al encuentro y al cuidado de la amistad social, hoy amenazados por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia», invitando a la población monegasca a emplear su riqueza «al servicio del derecho y de la justicia, especialmente en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz». A continuación pidió a todos «interrogarse sobre su lugar en el mundo» y evocó la parábola de los talentos y la cercanía del reino de Dios, que «sacude las configuraciones injustas del poder» y «las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados».
El Pontífice dirigió un fuerte llamado a la solidaridad y al compartir: «Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido, sino redistribuido, para que la vida de todos sea mejor». La fe católica – continuó el Papa – «compromete a los cristianos a ser en el mundo un reino de hermanos y hermanas, una presencia que no aplasta, sino que libera; que no separa, sino que une; dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad». «Es la perspectiva de la ecología integral, que sé que es muy importante para ustedes», afirmó el Pontífice, para concluir luego con una petición y una misión: «Encomiendo al Principado de Mónaco, por el vínculo tan profundo que lo une a la Iglesia de Roma, el compromiso especial de profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia y elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora»[6].
El llamado a anunciar «el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor»
Concluido el encuentro en el palacio del Príncipe, León XIV se trasladó en papamóvil a la catedral de la Inmaculada Concepción, donde se encontró con la comunidad católica reunida para la celebración de la Hora intermedia. En la homilía, el Papa se refirió a Cristo como el «centro dinámico», el «corazón de nuestra fe», la centralidad desde la cual quería dirigirse a la asamblea. De esta centralidad brotan dos aspectos; el primero es el «don de la comunión», que es el «signo por excelencia de la Iglesia, llamada a ser en el mundo reflejo del amor de Dios que no hace acepción de personas». En este sentido, León XIV afirmó que la Iglesia, en el Principado de Mónaco, «posee una gran riqueza: ser un lugar, una realidad en la que todos encuentran acogida y hospitalidad» y donde las diferencias, incluso de tipo socioeconómico, no dividen, porque «todos son acogidos en cuanto personas e hijos de Dios, y todos son destinatarios de un don de gracia que impulsa la comunión, la fraternidad y el amor recíproco».
El Papa subrayó un segundo aspecto que brota de la centralidad de Cristo: «el anuncio del Evangelio en defensa del hombre», a imagen de Jesús, que «se coloca como “abogado” principalmente para defensa de aquellos que eran considerados abandonados por Dios y que son juzgados como olvidados y marginados». «Este – prosiguió el Pontífice – es el primer servicio que el anuncio del Evangelio debe prestar: iluminar a la persona humana y a la sociedad para que, a la luz de Cristo y de su Palabra, descubran su propia identidad, el significado de la vida humana, el valor de las relaciones y de la solidaridad social, el fin último de la existencia y el destino de la historia». León XIV exhortó entonces a la comunidad católica a prestar un servicio particular en la evangelización: «Anuncien el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor; lleven a todos la luz del Evangelio para que sea defendida y promovida la vida de todo hombre y de toda mujer desde su concepción hasta su fin natural; ofrezcan nuevos mapas de orientación capaces de frenar aquellos impulsos del secularismo que corren el riesgo de reducir al hombre al individualismo y de fundar la vida social sobre la producción de la riqueza». Y dejó además preguntas incisivas y provocaciones que una fe viva y profética no debería evitar: «¿Estamos realmente defendiendo al ser humano? ¿Estamos protegiendo la dignidad de la persona en la protección de la vida en todas sus fases? ¿Es realmente justo y está inspirado en la solidaridad el modelo económico y social vigente?».
Por último, el Papa invitó a la asamblea a mantener la mirada fija en Jesús, de modo que esta relación personal pueda generar «una fe que se hace testimonio, capaz de transformar la vida y renovar la sociedad».
El llamado a «darlo todo a Dios y a los hermanos», entregándose hasta el final
Terminada la celebración en la catedral, León XIV se dirigió en papamóvil a la iglesia de Santa Devota, que custodia el cuerpo de esta joven mártir corsa, asesinada en tiempos del emperador Diocleciano. Allí, en la plaza frente a la iglesia, tuvo lugar el encuentro con los jóvenes y los catecúmenos, un momento festivo en el que se alternaron cantos y danzas, junto con los testimonios y las preguntas de cuatro jóvenes, entre ellos dos catecúmenos. En su discurso, el Papa recordó el ejemplo de santa Devota, que nos recuerda cómo «el testimonio de la fe es una semilla que puede alcanzar y fecundar corazones y lugares lejanos, mucho más allá de nuestras expectativas y posibilidades», y evocó también a san Carlo Acutis, «otro joven enamorado de Jesús, fiel a su amistad con Cristo hasta el final».
Continuando su intervención, el Pontífice tomó como punto de partida los testimonios y las preguntas escuchadas. Mencionó la importancia de la «vitalidad de la relación con Cristo y, en ella, el sentido de unidad que se crea en nosotros mismos y con los demás». A este respecto, quiso citar algunas palabras del cardenal Carlo Maria Martini, al que llamó «gran formador de jóvenes», quien decía que «la raíz de la unidad de vida está en el corazón, […] es un hecho del corazón, es un don de Dios, que hay que pedir con humildad». Luego se refirió al amor como «lo que da solidez a la vida»: el amor de Dios ante todo y, como reflejo, la experiencia «iluminadora y sagrada del amor mutuo», que requiere disponibilidad para cambiar junto con «fidelidad, constancia y disposición al sacrificio en la vida cotidiana». Tampoco faltó la invitación a la oración, a los espacios de silencio y de escucha, «para acallar el frenesí del hacer y del decir, de los mensajes, los reels, los chats, y para profundizar y saborear la belleza de estar juntos de verdad y de manera concreta».
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León XIV quiso también animar a los jóvenes a tener confianza al testimoniar la fe y la esperanza: una confianza que nace de la relación profunda con Dios, «en la que nosotros mismos encontramos las respuestas fundamentales de la vida», tras lo cual «podemos confiar en que las palabras adecuadas y la fuerza necesaria para actuar vendrán en el momento oportuno». Tampoco faltó el llamado a entregarse: «No tengan miedo de entregarlo todo – su tiempo, sus energías – a Dios y a los hermanos, de entregarse por completo al Señor y a los demás. Sólo así encontrarán un gozo siempre nuevo y un sentido cada vez más profundo en la vida». Por último, el Papa aludió nuevamente a las consecuencias sociales de la fe, con una invitación adicional: «Lleven el Evangelio a las decisiones de su trabajo, a su compromiso social y político, para dar voz a quienes no la tienen, difundiendo la cultura del cuidado. Hagan que todo sea un don de ustedes para Dios y vívanlo todo como una misión».
El encuentro con los jóvenes y los catecúmenos marcó el final de la mañana. Luego, León XIV, nuevamente en papamóvil y siempre saludado con gran afecto por la población, se trasladó al arzobispado para un almuerzo privado.
El llamado a liberarse de los ídolos que nos esclavizan
A primera hora de la tarde, la celebración eucarística, última etapa del viaje apostólico, tuvo lugar en el estadio Luis II, el príncipe reinante de Mónaco entre 1922 y 1949. Participaron alrededor de 15.000 fieles. En la homilía – estábamos cerca del inicio de la Semana Santa – el Papa comentó el pasaje del Evangelio de Juan en el que el sanedrín, tras la resurrección de Lázaro, decide matar a Jesús (Jn 11,45-57), al verlo como una amenaza. De este modo, los jefes de los judíos manifiestan su «apego al poder» y, paradójicamente, precisamente en este contexto Caifás profetiza que «Jesús iba morir por la nación». León XIV continuó afirmando que en la historia de Jesús se «resume la historia de todos nosotros, comenzando por los más pequeños y oprimidos», y recordó a los inocentes asesinados en nuestros días y las «falsas razones» para eliminarlos. Frente al mal, sin embargo, «el Señor libera del dolor infundiendo esperanza, convierte la dureza del corazón transformando el poder en servicio, precisamente mientras manifiesta el verdadero nombre de su omnipotencia: misericordia».
El Papa se detuvo luego en la purificación de los «ídolos», a los que se refería la primera lectura de la celebración (Ez 37,21-28), es decir, de «todo aquello que esclaviza el corazón, que lo compra y lo corrompe» y que es fruto de «una visión reducida» o distorsionada. «Y de ese modo – prosiguió –, incluso las cosas grandes y buenas de esta tierra se convierten en ídolos, transformándose en formas de esclavitud no para el que no las tiene, sino para el que se atiborra de ellas, dejando al prójimo en la miseria y en la tristeza. La emancipación de los ídolos es entonces liberación de un poder que se ha hecho predominio, de la riqueza que degrada en codicia, de la belleza maquillada de vanidad». El Señor nos llama «de la idolatría a la fe verdadera, de la muerte a la vida», concluyó el Pontífice.
No faltó en las palabras de León XIV la referencia a las guerras que ensangrientan nuestro presente y que «son fruto de la idolatría del poder y del dinero». De ahí, un renovado llamado inmediato a la paz: «¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra! La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir».
Por último, al concluir la homilía, el Papa invitó a los cristianos de Mónaco al testimonio e invocó la intercesión de María: «Hagan felices a muchos con su fe, manifestando la alegría auténtica, que no se obtiene como un premio, sino que se comparte con la caridad. Fuente de esta alegría es el amor de Dios: amor por la vida naciente y frágil, que ha de acogerse y cuidarse siempre; amor por la vida joven y anciana, que hay que animar en las pruebas de cada etapa; amor por la vida sana y enferma, a veces sola, siempre necesitada de ser acompañada con esmero. Que la Virgen María, su Patrona, los ayude a ser lugar de acogida, de dignidad para los pequeños y los pobres, de desarrollo integral e inclusivo».
Al término de la celebración, León XIV se dirigió al helipuerto de Mónaco, donde saludó a las autoridades, se despidió del príncipe Alberto II y de la princesa Charlène y partió hacia la Ciudad del Vaticano, donde aterrizó alrededor de las 19:00.
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En el Principado de Mónaco, el Papa León XIV se encontró con un microcosmos internacional de bienestar, no exento, sin embargo, de desigualdades y de las problemáticas propias de una sociedad secularizada. La sociedad monegasca conserva, aun así, profundas raíces católicas que dan fruto y que siguen atrayendo, como se observa también en el número de catecúmenos. A esta Iglesia situada a orillas del Mediterráneo, el Papa anunció la centralidad de Cristo, reiterando que de la fe se derivan consecuencias sociales, entre ellas la solidaridad, el cuidado de los más débiles, la defensa de la vida en todas sus circunstancias y el respeto de la creación. Tampoco faltaron los llamados, entre ellos el de profundizar en la Doctrina social de la Iglesia. Al término de la visita, el arzobispo de Mónaco, hablando del Papa, expresó su alegría con estas palabras de síntesis: «En su mirada y en su solicitud se percibía al buen pastor que cuida de su rebaño»[7].
- Además de los monegascos, los franceses y los italianos representan cada uno una quinta parte de la población y, entre las demás nacionalidades, los más numerosos son los portugueses y los filipinos. ↑
- Mónaco es el país más rico del mundo, en términos per cápita. ↑
- La entrevista completa de Mons. David a los medios de comunicación vaticanos puede leerse en el siguiente enlace: https://www.vaticannews.va/it/papa/news/2026-03/arcivescovo-monaco-intervista-viaggio-apostolico-papa-leone-xiv.html ↑
- Recuérdese que, en noviembre de 2025, el príncipe Alberto II no dio curso a un proyecto de ley presentado por el Consejo Nacional relativo a la liberalización del aborto. Cf. www.lefigaro.fr/nice/le-prince-de-monaco-s-oppose-a-la-legalisation-de-l-avortement-20251126 ↑
- La entrevista completa del cardenal Parolin a los medios de comunicación vaticanos puede leerse en el siguiente enlace: www.vaticannews.va/it/papa/news/2026-03/parolin-visita-papa-monaco-invito-fede-incontro.html ↑
- Las intervenciones del Papa y las imágenes del viaje se encuentran en el siguiente enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/travels/2026/documents/principato-di-monaco-28marzo2026.html ↑
- J.-Ch. Putzolu, «“Une journée extraordinaire!”. La joie de Mgr David après la visite de Léon XIV à Monaco», en Vatican News (www.vaticannews.va/fr/eglise/news/2026-03/entretien-mgr-david-monaco-la-joie-apres-la-visite-du-pape.html), 28 de marzo de 2026. ↑
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