Biblia

«Este es mi hijo amado»

El bautismo de Cristo (Piero della Francesca)

Jesús llegó desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Déjalo así, pues ahora conviene que cumplamos todo lo dispuesto en el plan de Dios». Entonces le dejó.

En cuanto Jesús fue bautizado y salió del agua, de inmediato se abrieron los cielos, vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y descendía sobre él. Entonces una voz que salía de los cielos dijo: «¡Este es mi Hijo amado, en quien me complazco!» (Mt 3,13-17).

Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el tiempo de Navidad. Es el día en que se guardan los belenes y en las iglesias se retira del altar al Niño Jesús. Desde el lunes comienza el «tiempo ordinario» del año litúrgico.

El Bautismo de Jesús es una gran fiesta que debe ser comprendida en su significado, ya que completa el misterio de la encarnación. En el pasado, la fiesta era interpretada como un acto penitencial: Jesús se somete al rito de Juan para ser un ejemplo de conversión. Quien estaba sin pecado indica de este modo el camino que toda persona debe recorrer para purificarse interiormente y salvarse.

Sin embargo, el Bautismo de Jesús no consiste en un mero gesto ascético, casi un acto de sometimiento al rito penitencial del Bautista. Hoy se ha redescubierto el valor de ese gesto. En la Navidad hemos celebrado la encarnación de Jesús, de Dios que se hace hombre y asume nuestra misma carne, con todos sus límites y miserias: pobreza, soledad, la experiencia dramática del rechazo, aceptando incluso las pruebas que atraviesan y desgarran la existencia humana. Una solidaridad, una comunión que marca la vida de Jesús desde el comienzo.

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Pero la Navidad no pone de relieve el núcleo de esta solidaridad: nuestra historia de pecado. Ciertamente, Jesús fue tentado, pero no pecó, porque pecar significa rebelarse contra el plan de Dios, rechazar la salvación, actuar por cuenta propia, elegir el propio interés. Además, el pecado nunca crea una verdadera solidaridad; genera división, enfrentamientos, desconfianza, odio: es la negación de toda fraternidad.

Aquí radica el significado del Bautismo de Jesús: aquel que no ha pecado se hace «pecado» por nosotros (cf. 2 Cor 5,21; Gal 3,13); se pone en fila con los pecadores, para ser solidario con nosotros incluso en el fracaso y en la miseria humana. Con este gesto, Jesús carga con el pecado del mundo, lo asume, lo hace suyo, lo lleva sobre sí y lo sufre para conducirlo hasta la cruz.

El Bautista no comprende el gesto de Jesús y quiere impedírselo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti». La respuesta es inmediata: «Déjalo así, pues ahora conviene que cumplamos todo lo dispuesto en el plan de Dios». El término indica la santidad de Dios, es decir, debe cumplirse aquella justicia que hace justo al hombre con la santidad de Dios: Jesús, para salvarnos, debe ser solidario con nosotros en todo, incluso en la realidad más dramática que atraviesa la historia humana, nuestro pecado.

En el momento en que Jesús sale del agua, se abren los cielos, el Espíritu desciende sobre él y se oye la voz desde lo alto: «Este es mi Hijo». El Padre revela su paternidad: «Tú eres mi Hijo» (cf. Sal 2,7), «el amado» (agapetós: cf. Gen 22,2, el único pasaje del Antiguo Testamento en el que aparece el adjetivo, referido a Isaac, el hijo de Abraham que está a punto de ser sacrificado y luego es sustituido por un carnero). Esto indica que Jesús es el verdadero «Isaac», que vive su misión como siervo, ofrecido por el Padre para salvarnos. La conclusión: «…en quien me complazco», en quien he puesto mi alegría (cf. el Canto del Siervo sufriente de Is 42,1, en la primera lectura). Estas son las únicas palabras del Padre en el Evangelio, que se completan en la Transfiguración con la exhortación: «¡Escúchenlo!» (Mt 17,5).

El Padre afirma, pues, en el Bautismo quién es Jesús: el Hijo amado que se hace siervo por nosotros. Y es también una invitación a redescubrir y vivir nuestro bautismo, que nos hace hijos suyos y hermanos entre nosotros.

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Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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