Inspirándose en san Agustín, este artículo[1] presenta la valentía de la paz, que está arraigada en la solidaridad cristiana, de la cual se consideran cinco aspectos. 1) La solidaridad comienza con el coraje de reconocer el deseo universal de felicidad y 2) con la búsqueda del recto amor de la caridad; 3) se multiplica en la imitación de la humildad de Cristo, Príncipe de la paz; 4) se sostiene en la Eucaristía como sacramento universal de paz; y 5), sin dejarse intimidar, junto con la caridad resplandece con la antigua y siempre nueva belleza del mismo amor de Dios, derramado por todos en Cristo: «Mi paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27).
El coraje de partir del deseo universal de felicidad
En La Ciudad de Dios, Agustín desarrolla su articulada concepción de la paz. El camino comienza con la felicidad. En todo ser humano está presente un deseo universal de felicidad: no una felicidad de cualquier tipo, sino una felicidad firme y duradera, «que permanece para siempre y no puede ser arrebatada por la fortuna despiadada»[2]. En efecto, quienes desean «lo que es perecedero y caduco»[3] están sujetos al temor de perder lo que aman y, por tanto, no pueden ser felices, porque quien teme no puede ser feliz.
El deseo universal de una felicidad verdadera y duradera lleva a Agustín a identificar tal búsqueda con la búsqueda de la paz, sobre todo de aquella «paz eterna que ningún enemigo puede perturbar»[4]. Es célebre su definición de la paz como «tranquilidad del orden», en la que todas las cosas están en armonía, precisamente porque la armonía comporta estabilidad, y la verdadera fuente de la felicidad consiste en la posesión estable de todos los bienes deseados: «No existe quien no ame la alegría, así como tampoco quien se niegue a vivir en paz»[5]. Incluso quienes hacen la guerra desean la paz, pero la quieren a su manera.
Este es el punto de partida de la verdadera solidaridad cristiana. Todos desean vivir, gozar y custodiar la felicidad en la paz. En cuanto universal, la paz es un bien indivisible, según san Juan Pablo II: «En este mundo dividido y turbado por toda clase de conflictos, aumenta la convicción de una radical interdependencia, y por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la asuma y traduzca en el plano moral. Hoy quizás más que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino común que construir juntos»[6].
Por tanto, la paz es de todos o de nadie. La falta de paz de una sola persona compromete necesariamente la paz de todos. Aunque vivimos en una condición de fuerte interdependencia, permanece el desafío de concordar un destino común, que podamos desear y perseguir juntos. La solidaridad, entonces, debe comenzar con la valoración de la vocación común de todos los seres humanos a una felicidad verdadera y duradera. Estén todos de acuerdo o no en que tal deseo se realiza únicamente en Aquel a quien Agustín llama «el Dios de mi alegría», el anhelo de cada uno por la felicidad debe ser respetado. Este es nuestro punto de contacto con todos, incluidos aquellos que están más alejados de nosotros. Nuestro deseo común de felicidad es el primer paso en un diálogo en el que podemos reconocer la esperanza de la fraternidad incluso con nuestros enemigos más encarnizados.
La alegría, por lo tanto, puede ser la piedra angular sobre la que construir una cultura capaz de resistir la lógica despiadada del conflicto y de la guerra. Ningún conflicto ni guerra puede extinguir el deseo común de los pueblos de una felicidad auténtica; por consiguiente, ningún conflicto ni guerra puede extinguir todos los puntos de contacto entre los enemigos. Y precisamente el deseo común de felicidad es la base para reconocer los puntos de vista recíprocos y para abrirse al diálogo que conduzca al perdón y a la reconciliación. Una lógica de paz tiene en cuenta no solo los deseos recíprocos, sino también su interdependencia y la necesidad común de solidaridad: «hay quienes buscan soluciones en la guerra – afirmó el Papa Francisco – que frecuentemente “se nutre de la perversión de las relaciones, de ambiciones hegemónicas, de abusos de poder, del miedo al otro y a la diferencia vista como un obstáculo”»[7].
Para Agustín, la felicidad no es tanto un estado emocional subjetivo cuanto, más bien, la consecución de un bien último, que es también un bien común, porque puede y debe ser compartido por todos, si se quiere gozar plenamente de él. Al exhortarnos a reconocer nuestro deseo universal de felicidad, Agustín nos ayuda a reflexionar sobre cómo construir la paz en el camino de la solidaridad, promoviendo al mismo tiempo la valentía cristiana orientada hacia la alegría verdadera y última, que perdura más allá de los bienes terrenos.
La valentía de buscar el recto amor
El camino hacia la paz exige ciertamente coraje; sin embargo, para Agustín, la valentía de la paz es, en última instancia, la valentía de buscar un amor recto. Los seres humanos son movidos por sus amores; formamos nuestras intenciones y realizamos nuestras acciones en función de aquello que amamos. La diversidad de intereses y de acciones en los hombres se reduce, en lo esencial, a dos tipos de amor: 1) «el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios» (amor que Agustín llama cupiditas); 2) «el amor de Dios hasta el desprecio de sí» (amor que él llama caritas)[8]. Cada tipo de amor conduce a una cualidad distinta de paz.
El amor de sí se funda en una lógica de intereses personales, más que en la búsqueda de una felicidad verdadera que trascienda al individuo. Esto impide reconocer nuestra interdependencia y la necesidad de solidaridad para una felicidad duradera, y conduce inevitablemente a conflictos de intereses entre las distintas partes. En este contexto, la «paz» se convierte simplemente en la ausencia de conflictos, y la «valentía» se transforma fácilmente en la capacidad de imponer la propia voluntad sobre la de los demás. Esta lógica conduce a políticas de no agresión recíproca o de «destrucción mutua asegurada» (MAD, Mutual Assured Destruction). En ambos casos, la paz se reduce a una frágil estabilidad generada por el miedo. El amor de sí conduce al desierto del aislamiento, atrapando a personas y naciones en lógicas de hostilidad y de dominio. La paz que deriva del amor de sí queda por debajo no solo del Evangelio de Cristo, sino también de la luz de la razón. Un pseudoamor de este tipo está cerrado a la trascendencia.
El amor a Dios, en cambio, es capaz de generar una paz que sigue más de cerca la luz de la razón y, al mismo tiempo, supera los recursos humanos; recompone los conflictos entre intereses privados en una armoniosa obediencia a la voluntad de Dios; integra la búsqueda de la paz con el «amor a la justicia»[9]; y tiende a promover un desarrollo humano integral, en el que la vida pueda florecer del modo más pleno posible para todos. La verdadera justicia, al ser imparcial y sin límites, establece un orden armonioso y estable, garantizando así una paz duradera. En cambio, como observa Agustín, «la paz de los malvados, al lado de la de los justos, no merece el nombre de paz»[10]. Agustín alaba a quienes aman a Dios, pues son «socios de la paz eterna, donde no debe existir el amor de la voluntad propia y en cierto modo privada, sino el amor que se goza del bien común y a la vez inmutable, y que hace un solo corazón de muchos, esto es, la perfecta y concorde obediencia de caridad»[11]. La caridad, vivida en la solidaridad cristiana, hace de muchos un solo corazón.
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Agustín se interesa ante todo por la cuestión de la paz justa. Reconoce la posibilidad de guerras justas, pero solo como una triste y dolorosa necesidad para corregir los males de una paz injusta. Más que definir los criterios que hacen «justa» una guerra, quiere asegurarse de que el fin de la guerra justa sea la caridad y de que incluso la decisión, aunque renuente, de emprenderla nazca de la caridad, no del odio ni del deseo de venganza. Para el obispo de Hipona, la guerra justa no es una fría justificación filosófica de juegos políticos, sino una mísera necesidad, contraria al horizonte humano de la solidaridad.
Ante este dilema, Agustín permanece dubitativo: «Pero el hombre instruido en la sabiduría – nos replicarán ellos – sólo declarará guerras justas. ¡Como si no debiera deplorar mucho más el hecho de tener que reconocer la existencia misma de guerras justas! Porque de no ser justas, nunca debería emprenderlas y, por tanto, para el hombre sabio no existiría guerra alguna. […] Males como éstos, tan enormes, tan horrendos, tan salvajes, cualquiera que los considere con dolor debe reconocer que son una desgracia. Pero el que llegue a sufrirlos o pensarlos sin sentir dolor en su alma, y siga creyéndose feliz, está en una desgracia mucho mayor: ha perdido hasta el sentimiento humano»[12].
El coraje necesario para construir una paz duradera nace, por tanto, de la caridad. Precisamente por ello, es también el coraje de salir de uno mismo. Cuando reconocemos que la paz requiere una obediencia armoniosa a la voluntad de Dios, debemos admitir también la debilidad de nuestra voluntad para conformarse a la suya. A menudo no logramos querer lo que sabemos que es justo y bueno para nosotros. El coraje de la paz es la valentía de «volver al corazón», donde la verdad ilumina nuestro deseo natural de una paz fundada en la caridad y, al mismo tiempo, la debilidad de nuestra voluntad frente a la llamada de la caridad.
Pero si negamos o traicionamos nuestra vocación y nuestro anhelo de una felicidad compartida y de una paz auténtica, terminamos por temer a los demás, deshumanizándolos y convirtiéndolos en nuestros enemigos. Si descuidamos o negamos nuestra capacidad de vivir esa caridad que sostiene una paz duradera, acabamos por temernos a nosotros mismos, deshumanizándonos, encerrándonos en nuestros intereses, en nuestros deseos o en la conmiseración por nuestra debilidad y nuestro fracaso moral. En todas estas situaciones, el miedo representa el principal obstáculo para la búsqueda de aquella paz en la que «muchos llegan a ser un solo corazón».
La valentía de la paz viene de Cristo. Solo su gracia nos libera de la desesperación causada por nuestra debilidad moral. Solo su palabra nos impulsa a amar a nuestros enemigos. El miedo es comprensible ante el peligro real del conflicto y ante la debilidad real de nuestra voluntad, pero el coraje de la paz nos pide desear la paz incluso cuando esta se ve obstaculizada por peligros concretos y por nuestra propia debilidad. Perseguir la paz es una elección difícil, pero «la valentía de elegir surge del amor que Dios nos manifiesta en Cristo», como ha dicho el papa León XIV en un diálogo con los jóvenes[13].
El amor de Cristo nos saca de nuestra debilidad para sumergirnos en un amor capaz de hacer de nuestro enemigo un amigo. Este es «el amor perfecto [que] expulsa el temor» (1 Jn 4,18). Frente a nuestra incapacidad de convertirnos en «amantes» perfectos, capaces de construir una paz duradera, Agustín señala que la perfección humana consiste en aprender a llegar a ser perfectamente «amados». El valor de acoger el amor de Cristo en la fe, a pesar de nuestra debilidad, abre el horizonte de la verdadera paz, no fundada en el miedo ni en la fuerza, sino en la humildad y en el amor que se entrega. «Es la paz de Cristo resucitado —afirmó León XIV desde el balcón de San Pedro—, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente»[14].
La valentía de imitar a Cristo, Príncipe de la paz
Por eso debemos aspirar a ser imitadores del amor de Cristo, convirtiéndonos así en la levadura de la caridad en el mundo, y solo de este modo avanzaremos hacia la verdadera paz. Nuestra imitación de Cristo toca los corazones de las personas y las acerca a Dios. Las Confesiones dan testimonio de la belleza atractiva y transformadora de quienes imitan a Cristo.
Sin embargo, Agustín nunca olvida la debilidad de las voluntades humanas ni los límites de los esfuerzos puramente humanos. La verdadera paz comienza con el misterio de la gracia, mediante la cual «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5). En el día de Pentecostés de 2025, León XIV dirigió esta exhortación: «supliquemos al Espíritu Santo el don de la paz. Ante todo, la paz en los corazones: sólo un corazón pacífico puede difundir la paz en la familia, en la sociedad, en las relaciones internacionales»[15].
La valentía de la paz consiste, por tanto, en permitir que el amor de Dios construya la paz a través de nuestras vidas, un corazón a la vez. Es una obra de la gracia divina y de la cooperación humana. El Papa ha afirmado: «La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra»[16]. Nuestras vidas hacen visible la gracia invisible de Dios.
Resistir las lógicas de la guerra significa ofrecer ejemplos de paz como modelos alternativos de imitación para todos, pero en particular para los jóvenes: «Ante las guerras, el terrorismo, la trata de seres humanos, la agresividad generalizada, los niños y los jóvenes necesitan experiencias que eduquen en la cultura de la vida, del diálogo, del respeto recíproco. Y ante todo necesitan testimonios de un estilo de vida diferente, no violento»[17].
El primer ámbito es la familia. La paz justa en la esfera pública se modela sobre la armonía ordenada del hogar, donde «incluso quienes mandan están al servicio de aquellos a quienes aparentemente mandan. No mandan por el afán de dominar, sino por el deber de cuidar; no por el orgullo de imponerse, sino por la compasión de prevenir»[18]. En la familia se aprende que la armonía entre voluntades discordantes solo se realiza en el orden del amor, donde, por el bien común, se prefieren los deseos de los demás a los propios.
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Sin embargo, «el Señor […] nos envía al mundo para llevar su mismo don: “¡La paz esté con vosotros!”, y para convertirnos en artesanos de esa paz en los lugares de la vida cotidiana». León XIV piensa de modo particular «en las parroquias, en los barrios, en las zonas interiores del país, en las periferias urbanas y existenciales. Allí donde las relaciones humanas y sociales se vuelven difíciles y el conflicto toma forma, quizá de modo sutil, debe hacerse visible una Iglesia capaz de reconciliación [… y] de promover itinerarios de educación para la no violencia, iniciativas de mediación en los conflictos locales, proyectos de acogida que transformen el miedo al otro en oportunidad de encuentro»[19].
Por lo tanto, «si quieres la paz, prepara instituciones de paz». A este respecto, precisa el papa León XIV, «no se trata solo de instituciones políticas, nacionales o internacionales, sino que es el conjunto de las instituciones —educativas, económicas, sociales— el que está en juego»[20]. La paz exige un nuevo modo de pensar la solidaridad, «la determinación firme y perseverante de comprometerse por el bien común», como afirmó san Juan Pablo II[21].
El papa Francisco ha hablado a menudo de la necesidad de pasar del «yo» al «nosotros», también a nivel institucional y cultural: «Solidaridad es una palabra que no cae bien siempre, yo diría que algunas veces la hemos transformado en una mala palabra, no se puede decir; pero es una palabra que expresa mucho más que algunos actos de generosidad esporádicos. Es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos»[22]. La esencia de esa solidaridad que da forma a una paz duradera se encuentra, por tanto, en la imitación del amor de Cristo, a la luz de su gracia. A través de nuestro ejemplo, Cristo puede transformar familias, comunidades, instituciones y naciones: todo ello, un corazón a la vez.
La valentía de abrazar la Eucaristía como sacramento universal de paz
Para nosotros, los cristianos, el coraje de la paz hunde sus raíces sobre todo en la comunión con el Señor en el sacramento de la Eucaristía. En el libro X de La Ciudad de Dios, san Agustín explica que, puesto que la justicia consiste en dar a cada uno lo que le es debido, una sociedad puede satisfacer las exigencias de la justicia solo dando a Dios lo que se le debe. Pero lo que se debe a Dios es infinito, mientras que nosotros somos solo seres finitos. Por ello, Cristo, el Dios-hombre, es el único capaz de satisfacer las exigencias de la justicia divina. De ahí se sigue que la justicia requerida por la paz no puede obtenerse con nuestras solas fuerzas humanas, sino que exige nuestra participación en el sacrificio de Cristo, realizado de una vez para siempre en la cruz y celebrado cotidianamente por la Iglesia «en el sacramento del altar»[23].
Agustín no es un idealista; no sueña con instaurar en la tierra la paz celestial. Muy consciente de la debilidad humana, se remite a la justicia inaugurada por Cristo en su vida terrena, que continúa a través de su presencia sacramental en la Iglesia. Así es como hay que esforzarse por buscar la paz terrena, y por eso podemos esperarla, aun en medio de su imperfección.
Frente a los enemigos y a la fragilidad de nuestra voluntad, Cristo nos muestra que la justicia se realiza en la humildad, sirviendo en el amor y no dominando con la fuerza, según una lógica que puede conducir incluso a la muerte. Él promete fortalecernos para que perseveremos en la caridad, incluso cuando esta se vuelve costosa, porque los bienes de la caridad no pueden ser arrebatados por la muerte; el coraje es el amor que no teme dificultad alguna, ni siquiera la muerte[24]. Un coraje así, orientado a los bienes sobrenaturales, solo puede venir de Dios.
La Iglesia, reunida por el sacramento del altar en un solo cuerpo, unida por un solo amor, gozando de un orden armonioso de voluntades individuales, es la más maravillosa realización de la paz de Dios entre nosotros y también el testimonio más poderoso ante el mundo de la posibilidad de una paz real, de fraternidad y de solidaridad. Tal paz se disfruta solo a través de los sacrificios que se realizan cada día, los sacrificios de la caridad: «Su espléndido y óptimo sacrificio somos nosotros mismos, es decir, su ciudad»[25]. El verdadero coraje consiste en permanecer unidos en Cristo como un solo cuerpo. En la Eucaristía, en efecto, «por gracia», llegamos a ser lo que recibimos: un sacramento de paz.
Jesucristo, escribe san Pablo, «es nuestra paz, él hizo de ambos pueblos uno solo al derribar el muro de enemistad que los separaba gracias a su condición humana» (Ef 2,14). Por otra parte, se pregunta Agustín: «¿Cómo pueden ser artífices de paz, si, mientras Cristo hace de dos uno, ustedes hacen de uno dos?»[26]. Afirma el papa León XIV: «La paz no es meramente una realización humana, sino un signo de la presencia del Señor entre nosotros»[27], alcanzada en el misterio de la carne de Cristo, en la que, siendo muchos, somos una sola cosa[28].
La valentía de seguir el camino escondido de la caridad que construye la paz
Por último, la valentía de la paz consiste en no tener miedo de seguir el camino oculto de la caridad, allí donde nadie parece ver, registrar o documentar. Exige presencia más que teorías; gestos concretos más que palabras; seguir a Cristo incluso cuando nadie más ve nuestros esfuerzos y nuestros sufrimientos. La valentía, esta silenciosa perseverancia en la caridad, es «el amor que soporta todo con facilidad por aquello que se ama»[29] y, como ha dicho el papa León XIV con palabras profundas, «la paz no es una utopía espiritual: es un camino humilde, hecho de gestos cotidianos, que entrelaza paciencia y coraje, escucha y acción. Y que hoy, más que nunca, pide nuestra presencia vigilante y generativa»[30].
Escuchemos a los demás, sobre todo los sufrimientos que han herido su paz; dialoguemos y ofrezcamos nuestra caridad como bálsamo para sus corazones. El Pontífice nos recuerda que, en nuestra época, «marcada por la rapidez y la inmediatez, debemos recuperar los largos tiempos necesarios para que estos procesos puedan tener lugar. La historia, la experiencia y las muchas buenas prácticas que conocemos nos han hecho comprender que la paz auténtica es la que toma forma a partir de la realidad (territorios, comunidades, instituciones locales, etc.) y escuchándola. Precisamente por eso nos damos cuenta de que esta paz es posible cuando las diferencias y los conflictos que conlleva no se eliminan, sino que se reconocen, se asumen y se superan»[31].
La valentía de la paz no es un silencio muerto, sino un testimonio vivo: es el coraje de acoger y proclamar la plenitud de la vida que Cristo promete. «La paz de Cristo no es el silencio sepulcral después del conflicto, no es el resultado de la opresión, sino un don que mira a las personas y reactiva su vida»[32], en la que hay lugar para cada uno, sobre todo para los pobres, los excluidos, los que sufren, «poniéndose al lado de las víctimas y mirando las cosas desde su punto de vista», porque «esta perspectiva es esencial para desarmar los corazones, las miradas, las mentes»[33].
Los cristianos han sido siempre llamados, y continúan siéndolo, a construir lo que san Pablo VI definió «una civilización del amor» y que el papa León XIV llama «una paz desarmada y desarmante»[34], haciendo de ello el tema de su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2026. En sintonía con Fratelli tutti, León XIV concluye: «El camino hacia la paz requiere corazones y mentes entrenados y formados en la atención al otro y capaces de reconocer el bien común en el contexto actual. El camino que conduce a la paz es comunitario, pasa por el cuidado de las relaciones de justicia entre todos los seres vivos»[35]. El camino de la paz necesita del coraje y de la solidaridad de todos. De ella, los cristianos están llamados a ser sacramento, dando testimonio de Aquel que es nuestra paz (cf. Ef 2,14).
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El artículo reproduce la intervención realizada en el XII Congreso ecuménico de Gniezno, en Polonia, «The courage of peace. Christians together for the future of Europe», el 14 de septiembre de 2025. Los autores agradecen a Robert Czerny (Ottawa) la revision del artículo. ↑
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Agustín de Hipona, s., La felicidad, 2, 11. ↑
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Ibid. ↑
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Id., La ciudad de Dios, XIX, 10. ↑
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Ibid., XIX, 12. ↑
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Juan Pablo II, s., Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 26. ↑
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Francisco, Encíclica Fratelli tutti, n. 256, que cita Pr 12,20. ↑
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Agustín de Hipona, s., La ciudad de Dios, XIV, 28. ↑
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León XIII, Alocusión Nostis errorem, 11 de febrero de 1889. ↑
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Agustín de Hipona, s., La ciudad de Dios, XIX, 12, 3. ↑
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Ibid., XV, 3. ↑
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Ibid., XIX, 7. ↑
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León XIV, Diálogo con los jóvenes durante la Vigilia jubilar, Tor Vergata, 2 de agosto de 2025. ↑
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Id., Primer saludo y bendición «Urbi et Orbi», 8 de mayo de 2025. ↑
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Id., Regina Caeli, 8 de junio de 2025. ↑
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Id., Discurso a los representantes de los medios de comunicación, 12 de mayo de 2025. ↑
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Id., Discurso a los miembros de los movimientos populares y asociaciones que han dado vida a «La Arena de la Paz» (Verona), 30 de mayo de 2025. ↑
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Agustín de Hipona, s., La ciudad de Dios, XIX, 14. ↑
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León XIV, Discurso a los obispos de la Conferencia episcopal italiana, 17 de junio de 2025. ↑
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Id., Discurso a los miembros de los movimientos populares…, cit. ↑
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Juan Pablo II, s., Sollicitudo rei socialis, n. 38. ↑
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Francisco, Fratelli tutti, n. 116. ↑
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Agustín de Hipona, s., La ciudad de Dios, X, 6. ↑
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Cf. Id., La musica, VI, 15, 50. ↑
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Id., La ciudad de Dios, XIX, 23. ↑
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Id., Esposizioni sui Salmi. Sobre el Salmo 119, 8. ↑
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León XIV, Mensaje a los participantes de la semana ecuménica de Estocolmo en el Centenario del encuentro ecuménico de 1925, 22 de agosto de 2025. ↑
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Cf. 1 Cor 10,17; Rm 12,5; Agustín de Hipona, s., La ciudad de Dios, X, 6. ↑
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Id., I costumi della Chiesa cattolica e i costumi dei Manichei, I, 15, 25. ↑
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León XIV, Discurso a los obispos de la Conferencia episcopal italiana, cit. ↑
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Id., Discurso a los miembros de los movimientos populares…, cit. ↑
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Id., Discurso a los participantes del Jubileo de las Iglesias orientales, 14 de mayo de 2025. ↑
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Id., Discurso a los miembros de los movimientos populares…, cit. ↑
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Cf. Id., Primer saludo…, cit. ↑
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Id., Discurso a los miembros de los movimientos populares…, cit. ↑
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