Cuando se enteró de que Juan había sido apresado, Jesús se retiró a Galilea. Luego, dejando Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaún, junto al mar, en los límites de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en una región de sombras mortales una luz les iluminó. A partir de entonces, Jesús comenzó a proclamar: «¡Conviértanse, porque el Reino de los cielos ya está llegando!». Mientras Jesús caminaba por la orilla del mar de Galilea vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, pues eran pescadores. Les dijo: «Vengan tras de mí y los haré pescadores de hombres». Ellos, de inmediato, dejando las redes, lo siguieron. Más adelante Jesús vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, remendando sus redes. También los llamó. Ellos, de inmediato, dejando la barca y a su padre, lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de los judíos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente. Su fama se extendió por toda Siria. Le llevaron a todos los que padecían enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los sanó. Lo seguía mucha gente de Galilea, la Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán (Mt 4,12-25).
Jesús, al enterarse del arresto del Bautista, se retira a Galilea: Juan no da testimonio solo con palabras, sino con la vida. Para estar más tranquilo, Jesús debe trasladarse desde Judea a Galilea, lejos de Jerusalén, y se establece en Cafarnaún, que Mateo define como «su ciudad» (9,1), desde donde inicia su ministerio. Es la Galilea pagana, a lo largo de la Vía del Mar, tierra de intercambios y comercio, pero también de tinieblas, donde comienza a brillar una luz, símbolo del bien y de la vida (Primera lectura de Is 8,23–9,3).
El anuncio evangélico parece retomar el del Bautista: «El Reino de los cielos está cerca [literalmente: está aquí]». Por eso: «¡Conviértanse!». El gran “esfuerzo” de Dios en Jesús es convertirnos a Él. La palabra del Evangelio se dirige desde siempre a nosotros y espera una respuesta que tarda en llegar, aunque sea la expresión más bella de nuestra libertad. Es la respuesta de quien busca la verdad, de quien no se conforma con soluciones de segunda mano o superficiales, sino que quiere ser responsable de sus propias decisiones.
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Jesús camina a lo largo del mar de Galilea y llama a algunos a seguirlo. Es la vocación de los primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. ¿Cuándo sucede la llamada? ¿Dónde ocurre? Parece que acontece casi por casualidad… Ciertamente tiene lugar en el momento más común del día: estaban remendando las redes, pues eran pescadores. Es el trabajo de todos los días, el trabajo monótono y tedioso, la cotidianeidad más gris; y sin embargo es allí donde Jesús llama. Ninguna epifanía, ningún hecho espectacular; ni siquiera estaban en oración: ¡estaban trabajando! «Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres». Así sucede la llamada a la vida cristiana: Jesús pasa cuando menos se lo espera y llama a seguirlo. «Los haré pescadores de hombres»: para Jesús, llamar y hacer son la misma cosa. Hay, sin embargo, una novedad en el trabajo. Antes pescaban peces y, al capturarlos, los hacían morir; ahora pescan a los hombres del abismo y los hacen vivir. La llamada es seguimiento, para que los discípulos hagan lo que hace Jesús: vivir para los hermanos.
Dos veces se subraya el modo de la respuesta: «De inmediato [vv. 20. 22] lo siguieron». Y también se dice que dejaron la barca, las redes, al padre, la casa, todo. Es un «inmediatamente» que revela también decisión y alegría. Ciertamente es el instante de un comienzo que puede conocer incertidumbres, vacilaciones, quizá infidelidades, conflictos… pero en el fondo uno decide porque ha encontrado un valor, un sentido más grande para su propia vida, algo que buscaba y no lograba encontrar. Y se decide también gracias al atractivo indescriptible que, evidentemente, emana de la persona de Jesús, de su manera inusual y atrayente de presentarse y de proponer.
Resulta interesante la llamada de dos en dos: y son hermanos. El Señor llama a la fraternidad y pide dar testimonio de ser hermanos. Puesto que, como hijos del Padre, somos hermanos: esa es nuestra dignidad. Más tarde Jesús dirá: «donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20). Es la comunidad que nace y se convierte en «Iglesia».
El domingo 25 de enero es la Jornada de la Palabra de Dios, una invitación a escuchar la Palabra revelada: que sea para todos Palabra de vida y, sobre todo, Palabra de paz para el mundo entero.


