Del 27 de noviembre al 2 de diciembre, el Papa León XIV realizó su primer viaje apostólico, visitando Turquía y el Líbano, con una etapa de especial significado ecuménico en la ciudad turca de İznik, con motivo del 1700º aniversario del Primer Concilio de Nicea[1].
Los logotipos y los lemas elegidos para cada país visitado sintetizan bien los objetivos del viaje del Pontífice. Para Turquía, el logotipo representaba, entre otros elementos, el puente de los Dardanelos, aludiendo al encuentro entre Asia y Europa y a Cristo como puente entre Dios y la humanidad. El lema fue tomado de la carta a los Efesios 4,5: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo», como invitación a la unidad, la fraternidad y el diálogo. Por su parte, para el Líbano, el simbolismo giraba en torno al tema de la paz. El logotipo mostraba al Papa bendiciendo, acompañado por una paloma y un cedro que representaba al Líbano. El lema «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9) contenía el mensaje central de la visita: apoyar al pueblo libanés, fomentando el diálogo, la reconciliación y la armonía entre todas las comunidades.
«Que la compasión y la solidaridad sean consideradas criterios de desarrollo»
A primera hora de la mañana del 27 de noviembre, acompañado por su séquito y por un numeroso grupo de 81 periodistas, el Papa León XIV partió del aeropuerto de Fiumicino con destino a Ankara, en un vuelo especial de la compañía Ita Airways, que aseguró los principales traslados aéreos del viaje.
Inmediatamente después de la acogida en el aeropuerto de Ankara-Esenboğa, el Papa se dirigió al Mausoleo de Mustafa Kemal «Atatürk» («Padre de los turcos»), fundador y primer presidente de la República turca, considerado el líder político que sentó las bases de la Turquía actual, marcando la ruptura con el pasado otomano del país y adoptando el principio de la laicidad del Estado. A continuación, en el palacio presidencial, tuvo lugar la ceremonia de bienvenida, en la que el Pontífice fue recibido por el presidente Recep Tayyip Erdoğan, con quien mantuvo un encuentro privado.
El habitual encuentro de los viajes apostólico con la sociedad civil y con el cuerpo diplomático se celebró en la Nation’s Library, donde el Papa, con un globo terráqueo a sus espaldas, pronunció su discurso, recordando en primer lugar que el territorio de la actual Turquía está ligado a los orígenes del cristianismo «y hoy llama a los hijos de Abraham y a toda la humanidad a una fraternidad que reconoce y aprecia las diferencias». Precisamente en este sentido, León XIV se refirió a las diversidades internas de Turquía como un elemento que debe ser valorado, porque una sociedad «está viva si es plural», y «son los puentes entre sus diferentes almas los que la convierten en una sociedad civil». En este contexto, el Pontífice quiso asegurar que a la unidad del país pretenden contribuir positivamente «también los cristianos, que son y se sienten parte de la identidad turca», a pesar de ser una «modesta minoría»[2].
El Papa evocó luego algunos principios importantes que deberían sustentar las opciones personales, sociales y políticas. Entre ellos, la justicia y la misericordia, que «desafían la ley de la fuerza y se atreven a pedir que la compasión y la solidaridad sean consideradas criterios de desarrollo». En este sentido, el Pontífice afirmó que «en una sociedad como la turca, donde la religión tiene un papel visible, es fundamental honrar la dignidad y la libertad de todos los hijos de Dios: hombres y mujeres, compatriotas y extranjeros, pobres y ricos. Todos somos hijos de Dios y esto tiene consecuencias personales, sociales y políticas».
Prosiguiendo su discurso, el Papa León XIV quiso reconocer la importancia de la familia en la cultura turca y de las «iniciativas para apoyar su centralidad». Aludió después al papel de las mujeres, «cada vez más al servicio del país y de la influencia positiva del mismo en el panorama internacional», por lo que consideró dignas de aprecio las iniciativas no solo de apoyo a la familia, sino también aquellas destinadas a poner en valor «la contribución femenina al pleno florecimiento de la vida social». El llamamiento final del Pontífice a Turquía se centró en el compromiso por la paz, pidiendo que el país sea «un factor de estabilidad y acercamiento entre los pueblos, al servicio de una paz justa y duradera». Por su parte, «la Santa Sede —concluyó el Papa, dirigiéndose al presidente Erdoğan— desea cooperar en la construcción de un mundo mejor con la aportación de este país, que constituye un puente entre Oriente y Occidente, entre Asia y Europa, y una encrucijada de culturas y religiones».
Concluida la ceremonia de bienvenida, León XIV se dirigió a la Presidencia de Asuntos Religiosos, la agencia estatal instituida en 1924 para sustituir a la autoridad religiosa otomana. Tras un breve encuentro con el presidente, el Papa se trasladó a la Nunciatura Apostólica y, posteriormente, al aeropuerto, para partir con destino a Estambul.
La «lógica de la pequeñez» como «verdadera fuerza de la Iglesia»
En la tarde del 27 de noviembre, León XIV llegó a Estambul, principal centro cultural y religioso de Turquía, una metrópolis de unos 16 millones de habitantes, situada entre Asia y Europa, a ambas orillas del Bósforo. Tras pernoctar en la Delegación Apostólica, reanudó las actividades públicas con el encuentro de oración con los obispos, los sacerdotes, los consagrados, las consagradas y los agentes pastorales en la catedral latina del Espíritu Santo.
En el discurso pronunciado en este encuentro, la mañana del 28 de noviembre, el Papa recordó la larga historia del cristianismo en las tierras de la actual Turquía para luego reflexionar sobre la situación de nuestros días, que ha de ser considerada con espíritu evangélico, porque la «lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia». Precisamente en este sentido quiso alentar a todos, afirmando que la Iglesia en Turquía «es una pequeña comunidad que, no obstante, permanece fecunda como semilla y levadura del Reino», y añadió: «los animo a cultivar una actitud espiritual de esperanza confiada, fundada en la fe y en la unión con Dios». Asimismo, recomendó la escucha y el acompañamiento de los jóvenes y el compromiso en los ámbitos en los que los católicos en Turquía están llamados a trabajar de manera particular: «el diálogo ecuménico e interreligioso, la transmisión de la fe a la población local, y el servicio pastoral a los migrantes y refugiados».
León XIV mencionó después el aniversario del Primer Concilio de Nicea, profundizando en tres desafíos que se desprenden de esta conmemoración: el primero, «la importancia de acoger la esencia de la fe y del ser cristianos»; el segundo, «la urgencia de redescubrir en Cristo el rostro de Dios Padre», especialmente en un contexto de «regreso del arrianismo», presente hoy cuando se considera a Cristo simplemente como «un personaje histórico, […] un profeta que ha luchado por la justicia»; finalmente, el tercer desafío se refiere a «la mediación de la fe y el desarrollo de la doctrina», aprendiendo del Concilio de Nicea y de los concilios posteriores que «siempre es necesario mediar la fe cristiana en los lenguajes y categorías del contexto en el que vivimos». Al concluir su discurso, el Papa, como ha hecho en otras ocasiones, recordó a san Juan XXIII, figura muy querida en Turquía, donde desempeñó el cargo de Delegado apostólico entre 1935 y 1944.
Esa misma mañana del 28 de noviembre, León XIV visitó la Casa de acogida para ancianos de las Hermanitas de los Pobres y recibió en privado al Gran Rabino de Turquía.
Nicea, «un vínculo profundo que ya une a todos los cristianos»
En la tarde del 28 de noviembre, el Pontífice se trasladó en helicóptero a İznik, la antigua Nicea, a 150 km de Estambul, para el encuentro ecuménico de oración celebrado junto a las excavaciones arqueológicas de la antigua basílica de san Neófito. Estaban presentes, además del patriarca Bartolomé I, representantes de las Iglesias y de las comunidades cristianas. Tras las palabras de bienvenida del Patriarca, León XIV pronunció su discurso. En un escenario sencillo y austero, junto a las ruinas de la antigua basílica y a orillas del lago, las palabras del Pontífice fueron directamente a lo esencial: «El 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea es una valiosa ocasión para preguntarnos quién es Jesucristo en la vida de las mujeres y los hombres de hoy, quién es para cada uno de nosotros».
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Al señalar de nuevo el riesgo de reducir a Cristo «a una especie de líder carismático o de superhombre», el Papa recordó que Nicea superó la concepción arriana que veía a Cristo como «un simple intermediario entre Dios y los seres humanos, ignorando la realidad de la Encarnación». En efecto, afirmó, la confesión de fe cristológica de Nicea reafirma la unidad entre lo divino y lo humano y «la fe en el Dios que, en Jesucristo, se hizo como nosotros para hacernos llegar “a participar de la naturaleza divina”».
Precisamente esta confesión de fe cristológica —continuó el Pontífice— «es un vínculo profundo que ya une a todos los cristianos». De esta constatación brotó un llamamiento: «En el amor recíproco y en el diálogo, todos estamos invitados a superar el escándalo de las divisiones que, lamentablemente, aún existen y a alimentar el deseo de unidad por el que el Señor Jesús rezó y dio su vida». Este llamamiento a la unidad y a la reconciliación se extendió después a toda la familia humana. En particular, el Papa quiso reiterar que «el uso de la religión para justificar la guerra y la violencia, como cualquier forma de fundamentalismo y fanatismo, debe ser rechazado con firmeza, mientras que los caminos a seguir son los del encuentro fraternal, el diálogo y la colaboración». Por último, el deseo final en el marco de la antigua Nicea: «que este importante aniversario dé abundantes frutos de reconciliación, unidad y paz».
Concluido el encuentro, León XIV regresó a Estambul, donde por la tarde se reunió con los obispos católicos de Turquía.
«Un testimonio renovado de paz, reconciliación y unidad»
El día siguiente, 29 de noviembre, comenzó con la visita del Papa a la mezquita Sultan Ahmed, conocida también como la «Mezquita Azul», construida a comienzos del siglo XVII para convertirse en el principal lugar de culto del Imperio otomano. En la misma mañana tuvo lugar el encuentro privado con los jefes de las Iglesias y de las comunidades cristianas en la iglesia ortodoxa siríaca de Mor Ephrem. A propósito de este encuentro, durante la conferencia de prensa en el vuelo de Estambul a Beirut, León XIV afirmó que se habló de futuras iniciativas, en particular de la posibilidad de un encuentro en Jerusalén en 2033, para celebrar los dos mil años de la resurrección de Cristo.
Por la tarde, el Papa se dirigió a la iglesia patriarcal de San Jorge, sede del Patriarca Ecuménico, para la Doxología. Al término de la visita, siempre acompañado por el patriarca Bartolomé I, León XIV se trasladó a la sede del Patriarcado Ecuménico para la presentación de las delegaciones, la firma de la Declaración conjunta y un encuentro privado.
La Declaración conjunta, firmada en la víspera de la fiesta de san Andrés, patrono del Patriarcado Ecuménico, expresa el deseo —siguiendo el ejemplo de los últimos papas y patriarcas— de continuar «caminando con firme determinación por la vía del diálogo, en el amor y en la verdad (cf. Ef 4,15), hacia la anhelada restauración de la plena comunión entre nuestras Iglesias hermanas». Asimismo, se refiere al Primer Concilio de Nicea como «un acontecimiento providencial» que puede «inspirar nuevos y valientes pasos en el camino hacia la unidad», entre los cuales se destaca el deseo de proseguir, en lo relativo a la fecha de la Pascua, «el proceso para buscar una posible solución» para celebrarla juntos cada año.
El documento recuerda asimismo el 60º aniversario de la Declaración común del papa Pablo VI y del patriarca ecuménico Atenágoras que, en 1965, puso fin al intercambio de excomuniones de 1054 y anima a proseguir el camino hacia la unidad: «Exhortamos a quienes aún dudan de cualquier forma de diálogo a que escuchen lo que el Espíritu dice a las Iglesias (cf. Ap 2,29), que en las circunstancias actuales de la historia nos insta a presentar al mundo un testimonio renovado de paz, reconciliación y unidad». A continuación, la Declaración conjunta hace referencia a la paz e incluye el rechazo de «cualquier uso de la religión y del Nombre de Dios para justificar la violencia». Por último, el documento invita «a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a trabajar juntos para construir un mundo más justo y solidario, y a cuidar la creación que Dios nos ha confiado».
La tarde del 29 de noviembre concluyó con la celebración eucarística en la Volkswagen Arena, en la que participaron unos 4.000 fieles y representantes de diversas confesiones cristianas, entre ellos el patriarca Bartolomé I. En la homilía del primer domingo de Adviento, León XIV subrayó la importancia del testimonio, de la paz y de la unidad. Se refirió a la unidad en un triple sentido. En primer lugar, la unidad dentro de una Iglesia como la de Turquía, donde están presentes cuatro tradiciones litúrgicas diferentes: la latina, la armenia, la caldea y la siríaca. Como segundo vínculo de comunión, el Papa recordó el ecuménico, claramente visible en la propia celebración; y, por último, como tercer lazo, quiso destacar la cercanía a las comunidades no cristianas, especialmente «en un mundo en que, con demasiada frecuencia, la religión se utiliza para justificar guerras y atrocidades». De ahí la invitación a «caminar juntos, valorando lo que nos une, derribando los muros del prejuicio y la desconfianza, favoreciendo el conocimiento y la estima mutua, para dar a todos un fuerte mensaje de esperanza y una invitación a convertirse en “artífices de la paz” (cf. Mt 5,9)». Al término de la celebración eucarística, el Papa regresó a la Delegación Apostólica, donde pasó su última noche en Estambul.
Al día siguiente, 30 de noviembre, recibido por el Patriarca armenio de Estambul, León XIV realizó una visita de oración a la catedral armenia apostólica. En su saludo al patriarca Sahak II, expresó su gratitud a Dios «por el valiente testimonio cristiano del pueblo armenio a lo largo de los siglos, a menudo en circunstancias trágicas», para luego afirmar, con motivo del aniversario del Concilio de Nicea, que debemos «inspirarnos también en la experiencia de la Iglesia naciente para restaurar la plena comunión, una comunión que no implica absorción ni dominio, sino un intercambio de los dones que nuestras Iglesias han recibido del Espíritu Santo».
Desde la catedral armenia, siempre en la mañana del 30 de noviembre, León XIV se dirigió a la iglesia patriarcal de San Jorge para participar en la Divina Liturgia, presidida por el patriarca Bartolomé I. En su discurso al final de la celebración, el Papa reafirmó nuevamente la urgencia de la unidad: «No debemos retroceder en el compromiso por la unidad y no podemos dejar de considerarnos hermanos y hermanas en Cristo y de amarnos como tales». Y subrayó, con palabras que no podían ser más claras: «Buscar la plena comunión entre todos los que están bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en el respeto de las legítimas diferencias, es una de las prioridades de la Iglesia católica y, de modo particular, de mi ministerio como Obispo de Roma, cuyo papel específico a nivel de Iglesia universal consiste en estar al servicio de todos para construir y preservar la comunión y la unidad». Luego se refirió a tres desafíos en los que ambas Iglesias, así como todos los cristianos, los miembros de otras tradiciones religiosas y las personas de buena voluntad, pueden colaborar entre sí: la promoción de la paz, el cuidado de la creación y el uso de las nuevas tecnologías.
Finalizada la Divina Liturgia, asomados a un balcón, el Papa y el Patriarca ecuménico bendijeron a los fieles. Tras almorzar juntos, el Pontífice se dirigió al aeropuerto de Estambul-Atatürk, se despidió de las autoridades y partió rumbo a Beirut.
Así concluía la etapa turca del primer viaje apostólico de León XIV. Tres aspectos, en particular, merecen atención: el fuerte mensaje ecuménico basado en la fe común proclamada en Nicea; la intención de fortalecer en la fe a la pequeña comunidad católica; y el llamado a las autoridades turcas para que continúen esforzándose por la paz.
En Líbano: la paz «es un don y una obra en constante construcción»
El avión papal aterrizó en el aeropuerto internacional de Beirut a media tarde del 30 de noviembre. El Papa fue recibido por el presidente de la República libanesa, Joseph Aoun; por el presidente de la Asamblea Nacional, Nabih Berri; y por el Primer Ministro, Nawaf Salam, respectivamente católico maronita, musulmán chiita y musulmán sunita.
Tras la ceremonia de bienvenida en el aeropuerto, León XIV —siempre acompañado a lo largo de las calles por muchísimas personas que soportaron la lluvia intensa para verlo— se dirigió al Palacio Presidencial. Allí, en tres encuentros privados sucesivos, saludó a las altas autoridades del Estado que lo habían recibido en el aeropuerto. Luego tuvo lugar el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, que comenzó con el discurso de bienvenida del Presidente de la República.
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En su intervención, el Papa hizo un fuerte y sentido llamado a la paz, afirmando que en el Líbano esta «es un deseo y una vocación, es un don y una obra en constante construcción», motivo por el cual se eligió como lema del viaje la frase de Jesús: «¡Bienaventurados los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9). León XIV continuó reflexionando «sobre qué significa ser artífices de la paz en circunstancias muy complejas, conflictivas e inciertas», como las que vive el Líbano. Reconoció la importancia de la resiliencia, característica del pueblo libanés, necesaria porque la promoción de la paz es un continuo «volver a empezar», y declaró: «Se necesita tenacidad para construir la paz; se necesita perseverancia para engendrar vida y custodiarla». El Papa invitó entonces a los libaneses a «hablar una sola lengua: la lengua de la esperanza que hace converger a todos en un constante comenzar de nuevo».
León XIV continuó su discurso, reconociendo el drama de «una hemorragia de jóvenes y familias que buscan un futuro en otros lugares» y se refirió al «valor y la visión de futuro» necesarios para «quedarse o volver a su propio país». Por último, quiso «subrayar el papel imprescindible de las mujeres en el arduo y paciente compromiso de custodiar y construir la paz»; recordó la importancia de la música en la cultura libanesa y concluyó su discurso con un deseo: «Que crezca entre ustedes este deseo de paz que nace de Dios y que ya hoy puede transformar la manera de mirar a los demás y de habitar juntos esta tierra». Terminada la ceremonia oficial, el Papa fue recibido en la Nunciatura Apostólica.
«incluso cuando a nuestro alrededor retumba el ruido de las armas»
En la mañana del 1º de diciembre, el Pontífice se dirigió al monasterio de San Marón para visitar y orar ante la tumba de san Charbel Makhlūf (1828-1898), monje de la Orden Libanesa Maronita, canonizado por san Pablo VI en 1977 y muy venerado en el Líbano.
La siguiente etapa de la mañana tuvo lugar en el santuario de Nuestra Señora del Líbano, construido en 1904 en Harissa, sobre una colina que domina el litoral y la bahía de Jounieh. En este santuario, muy querido por los libaneses —también musulmanes—, se celebró el encuentro con los obispos, los sacerdotes, los consagrados y consagradas, y los agentes de pastoral. Tras el saludo de bienvenida del patriarca de la Iglesia Armenia Católica, Raphaël Bedros XXI Minassian, el Papa escuchó los testimonios de un sacerdote, una religiosa, una inmigrante filipina y un capellán penitenciario. A continuación, inició su discurso con una referencia mariana: «Permaneciendo con María junto a la cruz de Jesús (cf. Jn 19,25), nuestra oración […] nos da la fuerza para seguir esperando y trabajando, incluso cuando a nuestro alrededor retumba el ruido de las armas y las exigencias propias de la vida cotidiana se convierten en un desafío».
Siempre en referencia a lo que había escuchado acerca de una vida de servicio en medio de la guerra y en una sociedad en crisis, el Pontífice prosiguió su intervención y, haciéndose eco de lo compartido por el sacerdote que vive y trabaja en la frontera con Siria, reiteró: «Allí, a pesar de la extrema necesidad y bajo la amenaza de los bombardeos, cristianos y musulmanes, libaneses y refugiados del otro lado de la frontera, conviven pacíficamente y se ayudan mutuamente». A continuación, el Papa quiso insistir en el papel de los jóvenes, afirmando que «es importante favorecer su presencia, también en las estructuras eclesiales, apreciando su aportación de novedad y dándoles espacio». Después, en relación con el testimonio de la religiosa directora de una escuela, León XIV se refirió al compromiso tradicional de la Iglesia en el Líbano en el ámbito educativo, animando a todos a «continuar con esta loable labor, asistiendo sobre todo a quien pasa necesidad y a quien carece de medios».
Concluido el encuentro, tras la entrega de la Rosa de Oro al santuario, los cantos y la bendición, el Papa regresó a la Nunciatura Apostólica, donde mantuvo un encuentro privado con el Consejo de Patriarcas Católicos de Oriente, al que siguió el almuerzo conjunto con ellos y con los Patriarcas Ortodoxos locales.
Una tierra «donde minaretes y campanarios están uno junto al otro»
El primer compromiso de la tarde del 1º de diciembre llevó a León XIV a la Plaza de los Mártires, en Beirut, donde tuvo lugar el Encuentro ecuménico e interreligioso. Como telón de fondo del espacio en el que, junto al Papa, se sentaron los diversos líderes religiosos, se alzaba un gran olivo, símbolo de reconciliación y de paz. Tras las palabras de los representantes religiosos, el Pontífice pronunció su discurso, refiriéndose al Líbano como un «lugar excepcional, en donde se yerguen uno junto al otro minaretes y campanarios de iglesias», dando testimonio de «la firme devoción de su pueblo al único Dios». León XIV reconoció a continuación que la mirada del mundo se dirige hacia Oriente Medio, «cuna de las religiones abrahámicas, observando el arduo camino y la incesante búsqueda del preciado don de la paz», a veces «con inquietud y desaliento, ante conflictos tan complejos y prolongados». En una situación así —añadió el Papa—, «en una época en la que la coexistencia puede parecer un sueño lejano, el pueblo libanés, aun abrazando diferentes religiones, se erige como un poderoso recordatorio de que el miedo, la desconfianza y los prejuicios no tienen la última palabra». León XIV sintetizó finalmente la misión permanente del pueblo libanés: «dar testimonio de la verdad imperecedera de que cristianos, musulmanes, drusos y muchos otros pueden vivir juntos y construir un país unido por el respeto y el diálogo». Al final del Encuentro, como signo concreto de lo que acababa de expresar, el Papa y dos líderes religiosos plantaron y regaron un olivo.
El segundo compromiso de la tarde tuvo lugar en la explanada situada frente al Patriarcado de Antioquía de los Maronitas, en Bkerké, una pequeña localidad sobre la bahía de Jounieh, donde se celebró el Encuentro con los jóvenes. Ya había caído la noche cuando el Papa fue recibido por el patriarca Béchara Boutros Raï y por una multitud entusiasta de unos 15.000 jóvenes libaneses. Algunos habían llegado también desde Siria, Irak, Chipre, Egipto y desde la diáspora libanesa.
El encuentro incluyó momentos de oración, cantos, testimonios, representaciones escénicas, entrega de dones y preguntas de los jóvenes, que León XIV siguió con emoción. En su discurso, el Pontífice subrayó que los relatos escuchados hablaban de «valentía en el sufrimiento», de «esperanza en la desilusión» y de «paz interior en medio de la guerra». Reconoció además que «la historia del Líbano está tejida de páginas gloriosas, pero también marcada por heridas profundas que tardan en cicatrizar». Ante una complejidad semejante, el Papa invitó a los jóvenes a la esperanza, afirmando: «en ustedes reside una esperanza, un don, que a nosotros adultos parece escapársenos muchas veces. Ustedes tienen Esperanza. Ustedes tienen tiempo». Por ello lanzó un llamado: «Con un compromiso generoso por la justicia, proyecten juntos un futuro de paz y desarrollo».
Respondiendo a las preguntas planteadas por los jóvenes, el Pontífice reiteró que «el punto firme para perseverar en el compromiso por la paz» es Cristo mismo, «el verdadero principio de una vida nueva» y «la esperanza que viene de lo alto». Reconoció además que «vivimos tiempos en los que las relaciones personales parecen frágiles y se consumen como si fueran objetos», e invitó a un amor «para siempre», tanto en la vida familiar como en la consagración religiosa, porque «no se ama de verdad si se ama con fecha de caducidad, mientras dura un sentimiento. Un amor con vencimiento es un amor mediocre».
Por último, pidió a sus oyentes que construyan un mundo mejor; recordó el ejemplo de la Virgen María y de los santos, y entregó a los jóvenes la oración atribuida a san Francisco de Asís: «Oh Señor, hazme un instrumento de tu Paz». Al término del Encuentro, el Papa regresó a la Nunciatura Apostólica, donde mantuvo, como último compromiso de la jornada, un encuentro privado con los responsables de las comunidades religiosas musulmanas y drusas.
«¡Sean constructores de paz, anunciadores de paz, testigos de paz!»
El 2 de diciembre, último día del viaje apostólico, comenzó con la visita al hospital de la Croix, en el municipio de Jal ed Dib, uno de los mayores hospitales psiquiátricos de Oriente Medio, con más de mil camas. La institución fue fundada en 1919 por el capuchino beato padre Yaaqoub Haddad y está gestionada por la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz. Posteriormente, de regreso a Beirut, el Papa se dirigió al puerto de la ciudad, donde el 4 de agosto de 2020 una doble explosión causó la muerte de más de 240 personas, hirió a otras 7.000 y dejó a 300.000 sin hogar. El Pontífice depositó una corona de flores en el monumento que conmemora a las víctimas y permaneció en oración silenciosa; después saludó a algunos familiares de las víctimas y a algunos supervivientes de la explosión. Tras estos momentos de profunda emoción, León XIV se trasladó al Beirut Waterfront, donde se celebró la Eucaristía que puso fin al viaje.
En la celebración estuvieron presentes más de 140.000 personas. En la homilía, el Papa exhortó a «cultivar siempre actitudes de alabanza y de gratitud», a pesar de las reales dificultades sociales y económicas y de los sentimientos de impotencia ante «un contexto político frágil y a menudo inestable». Frente al peligro del desencanto, insistió en que cada uno haga su parte, se unan los esfuerzos y el Líbano pueda «recuperar su esplendor». Fueron contundentes las palabras finales de León XIV: «¡Líbano, levántate! ¡Sé morada de justicia y de fraternidad! ¡Sé profecía de paz para todo el Levante!». Un llamado que repitió al final de la Eucaristía, pensando también en la situación de todo Oriente Medio: «¡Sean constructores de paz, anunciadores de paz, testigos de paz!».
Concluida la celebración, el Papa se dirigió al aeropuerto de Beirut. Antes del despegue rumbo a Roma, a primera hora de la tarde, tuvo lugar la ceremonia de despedida, en la que el Pontífice manifestó su gratitud a las autoridades libanesas y expresó el deseo de que el espíritu de fraternidad y de compromiso por la paz que el Líbano había dado testimonio pueda involucrar a todo Oriente Medio.
De este modo concluía el primer viaje apostólico de León XIV que, desde Turquía hasta el Líbano, acogió y llevó, con palabras y gestos, el urgente anuncio de reconciliación, de unidad y de paz. El propio Papa, en el Ángelus del 7 de diciembre en la plaza de San Pedro, evocando los días vividos en ambos países, lo reiteró afirmando: «lo que ha sucedido […] nos enseña que la paz es posible y que los cristianos, en diálogo con hombres y mujeres de otras religiones y culturas, pueden contribuir a construirla. No lo olvidemos que la paz es posible»[3].
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El material sobre el viaje apostólico se encuentra en el siguiente enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/travels/2025/documents/turchia-libano-2025.html ↑
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De acuerdo a los datos del Ufficio centrale di statistica de la Iglesia, hay 33.000 católicos en Turquía, en una población de alrededor de 86 millones de habitantes. ↑
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https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/angelus/2025/documents/20251207-angelus.html ↑
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