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Los títulos marianos en la nota «Mater Populi fidelis»

Mater Ecclesiae, Palacio Apostólico, Vaticano.

Mater Populi fidelis, la nota doctrinal sobre algunos títulos marianos, publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y aprobada por el papa León XIV, constituye una intervención magisterial que no solo concierne al debate mariológico académico de las últimas décadas, sino también a las experiencias místicas y a los movimientos espirituales que desde hace muchos años postulan introducir oficialmente los títulos de María «corredentora» y «mediadora» de todas las gracias[1]. La nota se pronuncia sobre la adecuación de tales títulos, pero ante todo intenta explicar que la importancia y la belleza de la cooperación de María en la obra de la salvación de Dios no dependen de estas denominaciones o apelativos; más aún, estos podrían oscurecer la fe católica en quien es la Madre de Jesús y nuestra Madre.

El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en la Presentación de la nota, subraya que «la piedad del Pueblo fiel de Dios que encuentra en María refugio, fortaleza, ternura y esperanza, no se contempla para corregirla sino, sobre todo, para valorarla, admirarla y alentarla». Por otro lado, la valoración de la piedad mariana exige a veces aclaraciones por parte del magisterio de la Iglesia, para «preservar el equilibrio necesario que, dentro de los misterios cristianos, debe establecerse entre la única mediación de Cristo y la cooperación de María en la obra de la salvación» (n. 3).

Las raíces bíblicas y patrísticas de la devoción mariana

Las diversas formas de la devoción mariana nacen y se desarrollan en la Iglesia gracias al sentido de la fe del pueblo creyente y a las experiencias espirituales de santos y místicos. La nota, sin embargo, ofrece una amplia profundización bíblica, que representa uno de los ejes fundamentales del documento. Señala, ante todo, que María puede ser considerada el «testigo privilegiado» de los hechos de la infancia y de la vida de Jesús. En el prólogo de su Evangelio, Lucas habla de testigos oculares que han transmitido los acontecimientos «desde el principio» y, entre estos testigos, «destaca María, protagonista directa de la concepción, nacimiento e infancia del Señor Jesús» (n. 7). La devoción mariana, por tanto, no es una adición tardía a los relatos evangélicos, sino que está arraigada en la propia testificación apostólica, ya que María fue testigo ocular de los acontecimientos salvíficos, desde la Anunciación hasta Pentecostés.

La participación de María en la obra salvífica de Cristo está atestiguada por las Escrituras, que presentan el acontecimiento salvífico como promesa en el Antiguo Testamento y cumplimiento en el Nuevo. El documento menciona el llamado «Protoevangelio», es decir, Gn 3,15, donde «se vislumbra a María», porque «ella es la Mujer que participa en la victoria definitiva contra la serpiente» (n. 5). Esta lectura mariológica, consolidada en la Tradición, explica por qué Jesús se dirige a María con el apelativo «mujer» tanto en Caná (Jn 2,4) como en la escena del Calvario (Jn 19,26). No se trata de un simple título de cortesía, sino de una referencia precisa a la mujer que «aplastará la cabeza» (Gn 3,15) de la antigua serpiente, o, al menos, a la mujer cuya descendencia habría aplastado definitivamente la cabeza del mal. De este modo se indica el papel que María desempeña «junto a Él [Jesús], en la “hora” de la Cruz» (n. 5).

La escena al pie de la cruz, con María, las otras mujeres y el discípulo amado (cf. Jn 19,25-27), constituye el corazón del fundamento bíblico del culto mariano. La nota ofrece una exégesis profunda del pasaje: «Allí, en la “Hora”, aparece la cooperación de María, que vuelve a dar el “sí” de la Anunciación y, en ese momento sagrado, el Evangelio pasa de colocar en los labios de Jesús la palabra “Mujer” (Jn 19,26) a presentarla como “Madre” (Jn 19,27)» (n. 6). El documento subraya que Jesús reconoce que todo estaba cumplido solo después de la entrega de María como madre de Juan, es decir, de todos nosotros (cf. Jn 19,28). La ubicación de esta particular alusión al cumplimiento impide interpretar de manera superficial las palabras del Crucificado dirigidas a María y a Juan; antes bien, debemos afirmar que «la maternidad de María con respecto a nosotros forma parte del cumplimiento del plan divino que se realiza en la Pascua de Cristo» (n. 6).

Particularmente significativo es el análisis que la nota dedica al episodio de la Visitación (cf. Lc 1,39-45). Isabel, «llena del Espíritu Santo» (Lc 1,41), pronuncia palabras que constituyen un modelo de fe inspirado por el mismo Espíritu: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,43). El documento subraya que Isabel no dice: «¿Quién soy yo para que me visite mi Señor?», sino que «se refiere directamente a la madre», manifestando así «la conexión inseparable entre la misión de Cristo y la de María» (n. 8). Aún más relevante es el hecho de que Isabel, movida por el Espíritu, no se limite a llamar «bendito» a Jesús, sino que declare «bendita» también a la madre: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). Afirma el documento: «[Isabel] los contempla íntimamente unidos en este momento de gozo mesiánico» (n. 8).

El cardenal Fernández, en la Presentación, señala que «esta destacada impronta bíblica está acompañada por textos de los Padres y Doctores de la Iglesia y de los últimos Pontífices», y añade que «de este modo, más que proponer límites, la Nota busca acompañar y sostener el amor a María y la confianza en su intercesión materna». El núcleo de la mariología patrística está constituido por tres títulos fundamentales: «Madre de Dios», «Siempre Virgen» y «Toda Santa». Sigue siendo crucial el tema patrístico de María como «nueva Eva». Este paralelismo tipológico, ya desarrollado por san Ireneo de Lyon († 202), presenta a María como aquella que, en la Anunciación, con su «sí», «desató el nudo» de la desobediencia de Eva. La cooperación de María en la obra salvífica comienza, por tanto, con la Encarnación y no ha sido meramente biológica, sino libre, activa y creyente. El documento recuerda a san Agustín, el primer Padre que denominó explícitamente a María «cooperadora» en la redención, subrayando así «tanto la acción de María junto a Cristo como su subordinación a Él, porque María coopera con Cristo para que nazcan “en la Iglesia los fieles”» (n. 9). El obispo de Hipona ofrece, pues, la clave hermenéutica patrística para hablar del papel de María: se trata de una cooperación subordinada a Cristo para la generación de los creyentes. Aquí encuentra su fundamento el propio título de la nota, es decir, Mater Populi fidelis.

Un párrafo del documento está dedicado a la tradición litúrgica oriental de los Padres: «Durante el primer milenio, la reflexión sobre la Virgen María en la Iglesia remite a la liturgia. La gran y rica diversidad de las tradiciones litúrgicas del Oriente cristiano quiso ser un eco fiel de las Sagradas Escrituras, de los Concilios y de los Padres de la Iglesia» (n. 10). Nos encontramos aquí ante la regla clásica del círculo entre lex orandi y lex credendi, que se expresa, entre otros ámbitos, en los textos himnográficos presentes en las diversas liturgias y en la iconografía. Los iconos sagrados presentan a María esencialmente como la Theotokos («Madre de Dios») y la Odigitria («La que indica el camino»): «Ella es la Theotókos, la Virgen Madre que presenta a su hijo Jesús, el Cristo, y es, al mismo tiempo, la Odēgētria que muestra, señalando con su mano, el único Camino que es Cristo.» (n. 11). Esta representación iconográfica, enraizada en la teología patrística, muestra visualmente que María no atrae hacia sí, sino que señala a Cristo, anticipando el «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5) de Caná.

Partiendo de los datos escriturísticos y patrísticos, inspirándose en la mística y en la devoción popular, el magisterio de la Iglesia ha añadido solemnemente a los dos primeros dogmas marianos —María Madre de Dios y la virginidad perpetua de María— los otros dos: la Inmaculada Concepción y la Asunción de María. El Concilio Vaticano II, especialmente con el capítulo VIII de Lumen gentium, dio un notable impulso a la renovación de la mariología en clave trinitaria, para redescubrir cada vez más a María en el interior de la Trinidad y, al mismo tiempo, acercarse más al misterio de la Trinidad a la luz de los dogmas marianos. El mariólogo montfortiano p. Stefano De Fiores subrayó que, «al insertar a María en el misterio de Cristo y de la Iglesia, el Concilio Vaticano II reabrió el discurso mariológico a la dimensión trinitaria»[2]. La nota retoma esta reapertura afirmando: «La colaboración de María en la obra de la salvación tiene una estructura trinitaria, porque es el fruto de una iniciativa del Padre […]; brota de la kenōsis del Hijo, […] y es efecto de la gracia del Espíritu Santo (cf. Lc 1,28.30), que dispuso el corazón de la joven de Nazaret…» (n. 15). Pero la reflexión y la devoción mariana se desarrollan de diversos modos, entre los cuales el más controvertido es el postulado del «quinto dogma mariano».

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El «quinto dogma mariano»: ¿corredentora?

El llamado «quinto dogma mariano» remite a una propuesta de definición dogmática que pretende proclamar a María como corredentora y mediadora de todas las gracias. El título «María corredentora» implica que ella habría cooperado directamente con Cristo en la obra de la redención, mientras que el título «María mediadora de todas las gracias» expresa la convicción de que todas las gracias salvíficas pasan a través de la mediación de María. A partir de los años noventa se presentaron ante la Santa Sede numerosas peticiones solicitando la definición de este dogma. Sus promotores sostienen que la devoción popular y el sensus fidei del pueblo ya reconocen estos títulos; no solo eso, sino que algunas apariciones marianas habrían pedido dicha definición, y también algunos pontífices habrían utilizado los títulos en cuestión. Entre las diversas experiencias místicas invocadas como argumento a favor del «quinto dogma», las más explícitas son las apariciones de Ámsterdam (1945-1959) a la vidente Ida Peerdeman. Durante las visiones, la Virgen habría pedido expresamente la proclamación del dogma de que ella es «corredentora, mediadora y abogada», pero las apariciones de Ámsterdam nunca han recibido el reconocimiento de sobrenaturalidad por parte de la Santa Sede.

La nota se expresa con claridad sobre el título «corredentora»: «Teniendo en cuenta la necesidad de explicar el papel subordinado de María a Cristo en la obra de la Redención, es siempre inoportuno el uso del título de Corredentora para definir la cooperación de María» (n. 22). Esta afirmación exige, sin embargo, una confrontación con la historia del título en cuestión. Este aparece por primera vez en un himno anónimo del siglo XV, conservado en Salzburgo. Mater Populi fidelis explica que se trataba de corregir la invocación «redentora». Esta evolución terminológica refleja una preocupación teológica: evitar atribuir a María la redención en sentido propio —que pertenece únicamente a Cristo— utilizando, en cambio, el prefijo «co-» para indicar una cooperación subordinada.

En la nota leemos que «El primero de los Papas en usar el término Corredentora es Pío XI en el Breve del 20 de julio de 1925, dirigiéndose a la Reina del Rosario de Pompeya: “Recuerda también que en el Calvario quedaste constituida la Corredentora, cooperando con la crucifixión de tu corazón a la salvación del mundo, juntamente con tu Hijo crucificado”» (nota 33). Posteriormente, el mismo Papa volvió varias veces sobre el título «corredentora»; por ejemplo, en el radiomensaje del 28 de abril de 1935 oró: «Oh Madre de piedad y de misericordia, que asististe a tu dulcísimo Hijo mientras cumplía en la hora de la Cruz la Redención del género humano, siendo Corredentora y partícipe de sus dolores»[3]. Debe señalarse, sin embargo, que el papa Benedicto XV († 1922) formuló la doctrina de la corredención en términos más categóricos y teológicamente articulados, aunque sin emplear directamente el término «corredentora». En la carta apostólica Inter Sodalicia (1918) escribió que María, al pie de la cruz, «renunció a su derecho sobre el Hijo para la salvación de los hombres y, para aplacar la justicia de Dios, en la medida en que le correspondía, inmoló al Hijo, de modo que puede decirse con razón que ella misma, junto con Cristo, redimió al género humano»[4]. La nota no analiza detalladamente estos pasajes, pero afirma en general que «algunos Pontífices han utilizado este título [Corredentora] sin detenerse demasiado a explicarlo» (n. 18). Además, se señala que el Concilio Vaticano II no retomó dicho título por motivos dogmáticos, pastorales y ecuménicos.

En lo que respecta a la enseñanza de Juan Pablo II, el documento afirma que utilizó el título «corredentora» «al menos en siete ocasiones, relacionándolo especialmente con el valor salvífico de nuestro dolor ofrecido junto al de Cristo, al cual se une María sobre todo en la cruz» (n. 18). En la nota correspondiente a esta afirmación se indican diversas referencias, entre ellas la de la Audiencia del 8 de septiembre de 1982: «María, aunque concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de manera admirable en los sufrimientos de su divino Hijo, para ser Corredentora de la humanidad»[5]; y la del Discurso a los peregrinos en Lourdes, del 24 de marzo de 1990: «¡María santísima, Corredentora del género humano junto a su Hijo, les conceda siempre ánimo y confianza!»[6]. Se subraya de inmediato, sin embargo, que «después de la Feria IV, de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, del 21 de febrero de 1996, san Juan Pablo II no volverá a usar el título de Corredentora» (nota 36). En dicha Feria, el prefecto de la Congregación, Joseph Ratzinger, dio una respuesta negativa a la pregunta sobre si era aceptable la solicitud de definir el «quinto dogma», afirmando: «El significado preciso de los títulos no es claro y la doctrina en ellos contenida no está madura»[7]. En 2002, por su parte, Ratzinger se expresó públicamente declarando que el título de «corredentora» puede causar malentendidos, porque se aleja demasiado del lenguaje de la Biblia y de la enseñanza de los Padres[8].

La nota se refiere obviamente también al papa Francisco, quien ha expresado su posición de manera clara: «[María] jamás quiso para sí tomar algo de su Hijo. Jamás se presentó como co-redentora. No, discípula»[9]. El documento Mater Populi fidelis se mueve en la misma línea. Resumiendo las razones que han llevado a bloquear el uso del término «corredentora», podrían señalarse tres peligros: 1) el de un malentendido dogmático: el término podría sugerir que María es igual a Cristo en la redención; 2) un riesgo ecuménico: protestantes y ortodoxos no aceptarían tal título; 3) la ambigüedad terminológica: el prefijo «co-» podría sugerir igualdad en lugar de subordinación. Cabe señalar que la negación del título de «corredentora» no le quita nada a María, no oscurece su «belleza incomparable que le es propia» (n. 33), sino que quiere insistir en su papel fundamental, es decir, el de Madre de Dios y Madre nuestra, que intercede por nosotros. La nota afirma que el término «cooperación» aleja cualquier posibilidad de malentendidos que podrían oscurecer la relación entre Jesucristo y María.

Tal vez habría sido oportuno que la nota hubiera dedicado más espacio a aclarar la tensión generada por el hecho de que, por un lado, declara el título «corredentora» «siempre inapropiado» y, por otro, sabemos que este título ha sido utilizado por muchos papas y santos (por ejemplo, Maximiliano Kolbe). Al confrontarnos con dicha tensión, debemos subrayar que el documento no condena el título «corredentora» como si fuera una herejía, sino que representa más bien un discernimiento prudente que reconoce el uso histórico del título, poniendo de relieve, sin embargo, sus límites y riesgos, y privilegiando, de cara al futuro, la claridad pastoral y cristológica. La fidelidad a la Tradición no consiste en congelar fórmulas del pasado, sino en transmitir fielmente la fe apostólica de manera inteligible y auténtica para cada época. El uso histórico del título no equivale a una definición dogmática ni a una aprobación magisterial definitiva del mismo como apropiado para expresar la fe de la Iglesia.

Los distintos pontífices y santos han citado el título de «corredentora» comprendiendo bien, de manera adecuada, su significado, pero debe decirse que sigue siendo cierto que para muchos fieles puede resultar engañoso. Por ello, la nota afirma con razón: «Cuando una expresión requiere muchas y constantes explicaciones, para evitar que se desvíe de un significado correcto, no presta un servicio a la fe del Pueblo de Dios y se vuelve inconveniente» (n. 22). Es tarea de los teólogos y de los pastores ilustrar con claridad y exhaustividad el significado auténtico de la Mater Populi fidelis, acompañando a los fieles vinculados al título de «corredentora», a fin de evitar malentendidos y reacciones de disenso no constructivo.

¿Mediadora de todas las gracias?

El segundo elemento del «quinto dogma» es el título de «mediadora», más aún, de «mediadora de todas las gracias». La nota insiste en la afirmación de Pablo: «Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos (1 Tm 2,5-6)». Cristo es el único mediador, porque es verdadero Dios y verdadero hombre. Ante tal claridad y carácter perentorio de la doctrina bíblica, «se requiere una especial prudencia – subraya el documento – en la aplicación de esta expresión, “Mediadora”, a María» (n. 24).

Por otra parte, se pone de relieve la verdad de que, en la Encarnación, nos encontramos con «una forma real de mediación de María» (n. 26), aunque dicha mediación sea siempre subordinada, participada y materna. María misma es «la primera redimida» y, como tal, depende totalmente de los méritos de Cristo. Su mediación es participación en la única fuente, que es la mediación del mismo Cristo. Por último, la especificidad de la cooperación mariana reside en su carácter materno, ratificado por la cruz de Jesús (cf. Jn 19,26-27). La nota subraya la perspectiva cristocéntrica, enraizada en los himnos paulinos de las cartas a los Efesios y a los Colosenses (cf. Ef 1,3-14; Col 1,15-20): «la centralidad redentora única y la fontalidad del Hijo encarnado […] excluye la posibilidad de agregarle otras mediaciones» (n. 20) que no sean subordinadas y participadas en la única mediación de Cristo.

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Por tanto, el título de «mediadora» recibe en la nota una valoración más articulada que el de «corredentora», aunque igualmente prudente. Este título puede aplicarse con la condición de que no pretenda «de ningún modo pretende añadir alguna eficacia, o potencia, a la única mediación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre» (n. 25). Se trata de la mediación en el sentido de cooperación, ayuda e intercesión.

Más problemático resulta el título «mediadora de todas las gracias». El documento remite a la opinión del cardenal Ratzinger, según la cual «el título de María mediadora de todas las gracias tampoco se veía claramente fundado en la Revelación» (n. 45). Además, si María es —como acabamos de señalar— «la primera redimida», entonces sería absurdo sostener que «pudo haber sido mediadora de la gracia recibida por ella misma» (n. 67). Todas las gracias —a partir de la Inmaculada Concepción— que vemos en María proceden de la iniciativa de la Santísima Trinidad en previsión de la obra salvífica de Cristo. Este razonamiento, teológicamente bien fundado, establece un límite claro al título de «mediadora de todas las gracias».

La nota recuerda con honestidad el hecho de que «el 12 de enero de 1921, Benedicto XV […] concedió a toda Bélgica el Oficio y la Misa de Santa María Virgen “Mediadora de todas las gracias”» (nota 46). Posteriormente, la Santa Sede concedió a otras diócesis y congregaciones religiosas el mismo Oficio y Misa (cf. ibíd.). Señalemos, sin embargo, que al mismo tiempo Benedicto XV rechazó las peticiones de proclamar el dogma de la mediación universal de María, y «sólo aprobó una fiesta con la misa propia y el oficio de María Mediadora» (n. 23).

A pesar de la negación —por los motivos indicados más arriba— de la idea de declarar el «quinto dogma», el documento Mater Populi fidelis subraya que María, al ser «llena de gracia» y Madre de Dios, es «Madre de la gracia»: «su oración por nosotros tiene un valor y una eficacia que no se pueden comparar con cualquier otra intercesión» (n. 38). Esta es la experiencia innegable de muchas generaciones de fieles, que —purificada y guiada por el Espíritu Santo— se expresa a través de diversas visiones, devociones, imágenes y santuarios marianos. Para ofrecer un ejemplo, la nota se refiere a las manifestaciones de María a Juan Diego, que dieron origen a la imagen y al santuario de Guadalupe. En este contexto se citan las palabras de Juan Pablo II, quien recuerda cómo los cristianos de toda época y lugar confían a quien reconocen como Madre «las necesidades de la vida de cada día y abren confiados su corazón para solicitar su intercesión maternal y obtener su tranquilizadora protección» (n. 44).

Al afirmar que la eficacia de la intercesión de María no es comparable con ninguna otra intercesión, la nota nos recuerda que todos los cristianos están llamados a orar (a mediar) unos por otros y, de este modo, a ser colaboradores de Dios. El único mediador, Jesucristo, «posibilita diversas formas de participación en el cumplimiento de su proyecto salvífico» (n. 28). Se retoman las palabras del Concilio Vaticano II: «La mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente»[10]. Esta voluntad divina de involucrar a los creyentes —en sí mismos débiles e incapaces— en la obra de la redención es prueba de que Dios nos trata como amigos y colaboradores, y no como espectadores u objetos de su acción divina. San Pablo explica: «Somos, pues, hechura de Dios, y él fue quien nos creó por medio de Cristo Jesús para hacer buenas obras, las mismas que él había dispuesto de antemano que practicáramos» (Ef 2,10).

Esta perspectiva del Señor, que desde siempre desea insertarnos en su vida y en su obra, permitió a san Pablo escribir palabras que no solo pueden sorprendernos, sino casi escandalizarnos: «Ahora me alegro de mis padecimientos por ustedes, pues así voy com-pletando lo que falta a los sufrimientos de Cristo en mi cuerpo por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Evidentemente, esto no significa que la redención de Cristo haya sido incompleta; más bien, Pablo se refiere aquí a la necesidad de que los discípulos de Cristo participen en sus sufrimientos en el proceso de evangelización y de santificación de la Iglesia. En otras palabras, «lo que falta» no concierne a la obra redentora de Cristo, sino a nuestra respuesta de fe y al cumplimiento de la misión apostólica en el tiempo. Para comprender las palabras de Pablo, podríamos imaginar a una madre o a un padre que dicen a su hijo que su ayuda es indispensable para terminar un determinado trabajo. Entendemos bien el sentido de esa actitud: la de unos padres que aman a su hijo. Pablo sería como ese hijo que completa lo que «falta» a los padres. María misma sufrió junto con Cristo, no para añadir algo a la obra redentora, sino para participar plenamente en el misterio salvífico y ofrecer su dolor materno en favor de la Iglesia.

Los títulos marianos preferidos

La nota privilegia algunos títulos marianos frente a otros, no para desvalorizar la devoción diferenciada de los fieles, sino para ofrecer un lenguaje teológicamente más sólido y menos expuesto a malentendidos. El título fundamental e insuperable es «Madre»: Madre de Jesús, por tanto Madre de Dios y Madre nuestra. El papa Francisco ha afirmado con claridad: «Ella es Madre. Y este es el título que recibió de Jesús, precisamente allí, en el momento de la Cruz»[11]. La maternidad de María es real, universal y espiritual, y está enraizada en la misma Escritura. Este título expresa adecuadamente la cooperación única de María, sin el riesgo de oscurecer la unicidad de la mediación de Cristo.

Otro título que el documento privilegia es el de «discípula»; más aún, María es «la primera discípula» del Hijo, «la primera a la cual parecía decir: “Sígueme” antes aún de dirigir esa llamada a los apóstoles o a cualquier otra persona» (n. 73). La nota cita a san Agustín, quien afirmaba que «más es para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo» (ibíd.). El mismo papa Francisco ha insistido en que María «es más discípula que madre» (ibíd.). Esta afirmación puede parecer paradójica o incluso provocadora; sin embargo, encierra una profunda intuición teológica y espiritual. Se trata de subrayar que María está totalmente orientada hacia Jesús, como una discípula sabia y fiel está abierta a su maestro. Cuando María dice a los sirvientes, durante el banquete nupcial de Caná: «Hagan todo lo que Él les diga», en esta frase percibimos más su condición de discípula que la de madre.

Conviene notar, ante todo, que la fe de María precede y fundamenta su maternidad. Podría decirse que la grandeza de María no reside principalmente en su maternidad biológica, sino en su fe. Si ella no hubiera creído en las palabras del Altísimo como discípula, no habría llevado al Verbo en su seno como madre. Por tanto, la afirmación de que María es «más discípula que madre» no constituye propiamente una «desvalorización» de la maternidad de María, sino una llamada a la verdadera grandeza de la Virgen que creyó. Su «seguir» a Jesús, incluso antes de la llamada de los discípulos, comenzó con la Anunciación, cuando se le reveló que el Hijo salvaría al mundo. Como leemos en la nota, «María es la expresión más perfecta de su acción [la de Cristo] que transforma nuestra humanidad. Ella es la manifestación femenina de todo cuanto puede obrar la gracia de Cristo en un ser humano» (n. 1). En ella volvemos a reconocer los rasgos de nuestro discipulado. A través de ella, que es «un canto a la eficacia de la gracia de Dios» (n. 33), contemplamos la «glorificación del origen fontal de todo bien: la Trinidad» (ibíd.).

Cada fiel tendrá su modo o su forma preferida de dirigirse a María, como, por ejemplo, la devoción a María que desata los nudos u otras muchas. Además, como leemos al final de la nota, «al Pueblo de Dios le gusta peregrinar a los diferentes santuarios marianos, donde encuentra consuelo y fortaleza para salir adelante, como quien, en medio del cansancio y el dolor, recibe la caricia de su Madre» (n. 80). En las distintas experiencias de oración, devoción o peregrinación mariana, como afirma la Conferencia de Aparecida citada al final de la nota, «la súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede» (ibíd.).

Sin embargo, cuando la Iglesia propone una enseñanza oficial o transmite la fe a las nuevas generaciones, existe una responsabilidad que exige claridad y fidelidad a los principios fundamentales del Credo cristiano. En esta línea, la nota representa un acto de cuidado pastoral, de orientación hacia una expresión de la devoción mariana que sea a la vez apasionada y teológicamente sólida, devota y consciente, tradicional y actual. El desafío para los creyentes de hoy consiste, por tanto, en profundizar en la comprensión del papel de María en la historia de la salvación mediante títulos y lenguajes que reflejen mejor la revelación, siendo conscientes de que la verdadera devoción a María consiste en seguir a Jesús, como ella misma enseñó en las bodas de Caná: «Hagan todo lo que Él les diga» (Jn 2,5).

  1. Cf. Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater Populi fidelis. Nota doctrinal sobre algunos títulos marianos referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación, 7 de octubre de 2025. El texto de la nota se puede consultar en https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20251104_mater-populi-fidelis_sp.html#_ftnref46. En este artículo, los números entre paréntesis hacen referencia a los párrafos de la Nota.

  2. S. De Fiores, Maria nella teologia contemporanea, Roma, Centro de cultura mariana «Madre della Chiesa», 1991, 258.

  3. Pío XI, «Radiomessaggio a chiusura dell’Anno Santo della Redenzione a Lourdes (28 de abril de 1935)», en L’Osservatore Romano, 20-30 de abril de 1935, 1.

  4. Benedicto XV, Carta apostólica Inter Sodalicia, en Acta Apostolicae Sedis X (1918) 182.

  5. Juan pablo II, s., Audiencia general, 8 de septiembre de 1982, en https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1982/documents/hf_jp-ii_aud_19820908.html

  6. Id., Discorso ai partecipanti al pellegrinaggio dell’Opera Federativa Trasporto Ammalati a Lourdes, 24 de marzo de 1990, en https://tinyurl.com/4d8r6txc

  7. J. Ratzinger, «Verbale della Feria IV del 21 febbraio 1996», en Archivo del Dicasterio para la doctrina de la fe.

  8. J. Ratzinger – P. Seewald, Dio e il mondo. Essere cristiani nel nuovo millennio, Cinisello Balsamo (Mi), San Paolo, 2001, 278.

  9. Francisco, Homilía en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, 12 de diciembre de 2019, en https://www.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2019/documents/papa-francesco_20191212_omelia-guadalupe.html

  10. Concilio Ecuménico Vaticano II, Lumen gentium, n. 62.

  11. Francisco, «Meditazioni quotidiane: “L’Addolorata, discepola e madre” (3 de abril de 2020)», en L’Osservatore Romano, 4 de abril de 2020, 8.

Dariusz Kowalczyk
Estudió Filosofía en Cracovia (1985-1988) y Teología en la Facultad de Teología Bobolanum de Varsovia (1990-1993) y en la Universidad Gregoriana (1993-1995), donde obtuvo su doctorado. Actualmente es profesor de teología dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

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