Biblia

Las bienaventuranzas

El sermón de las bienaventuranzas, James Tissot (1886-96)

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó y sus discípulos se le acercaron. Entonces comenzó a enseñarles: «Dichosos los que tienen espíritu de pobre, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos. Dichosos los afligidos, porque heredarán la tierra. Dichosos los mansos, porque recibirán consolación. Dichosos los que tienen hambre y sed de vivir conforme al plan de Dios, porque él los saciará. Dichosos los misericordiosos, porque él también los tratará con misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque él los aceptará como sus hijos. Dichosos los perseguidos por vivir conforme al plan de Dios, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos, pues del mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes» (Mt 5,1-12).

«Dichosos los pobres…»: quizá esta sea una de las bienaventuranzas más difíciles, porque siglos de equívocos han oscurecido su claridad originaria. Y quizá sea también la bienaventuranza que, entre todas, más nos inquieta.

¿Quiénes son los pobres? ¿Somos nosotros? ¿O son los otros a quienes hay que socorrer, ayudar, redimir? Los pobres son aquellos que no tienen seguridades, o mejor, aquellos que no fundan sus seguridades en las cosas y en las personas: son los indefensos, los humildes. Son quienes conocen no solo la precariedad de la vida, sino también la amarga experiencia de su propia debilidad, de su propia fragilidad, de su propia miseria y de su propia nada.

Si una pobreza material puede a menudo ayudar a mantener vivo en el hombre tal actitud, no significa que sea esta la pobreza que el Señor privilegia: porque se puede vivir en la miseria más negra y, al mismo tiempo, ser prisioneros de uno mismo de manera exacerbada.

Es verdad que no es la riqueza lo que se condena, sino el sentido de seguridad y de autosuficiencia que con demasiada frecuencia se deriva de ella: en efecto, los bienes materiales y el éxito pueden insinuar la convicción de que todo está en tus manos, de que no necesitas nada, de que lo que sale de ti es bueno para ti y para los demás, siempre y en cualquier caso.

¿Por qué de los pobres es el Reino de los cielos? El Reino es de todos los redimidos, pero ¿cómo puede redimirse el «rico», aquel que está tan lleno de sí mismo y de sus seguridades que nunca tiende la mano a Dios, que permanece constantemente tendida hacia él?

El pobre, en su miseria, en su nada, es quien pide, quien depende, quien busca; es quien tiene el corazón abierto al Señor que sale a su encuentro. Y el Reino de los cielos es nuestro, de cada uno de nosotros, si aprendemos a ser pobres, cualquiera que sea nuestra condición, nuestra vida, nuestra historia.

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«Dichosos los limpios de corazón…»: ¿quién es limpio de corazón? ¿Quiénes son los limpios de corazón de los que habla Jesús?

Son aquellos que, en su relación con los demás hombres y con las cosas, son transparentes y no tienen ambigüedades. Es limpio de corazón quien no tiene segundas intenciones, quien es auténtico, quien es capaz de hacerse a un lado para que la vida crezca y se expanda. El limpio de corazón es el hombre libre, libre de sí mismo, de su propio egoísmo, de toda visión del mundo demasiado humana y terrena; en definitiva, es quien es capaz de mirar a los hombres y a las cosas con los ojos de Dios.

¿Por qué los limpios de corazón verán a Dios? Porque Dios no defrauda: quien lo ha buscado con tal intensidad, quien ha sabido reconocerlo en el rostro del hermano, en la vida de cada criatura, y a esta vida ha sabido entregarse, no puede quedarse con las manos vacías. Este ya trabaja por el Reino de Dios, y lo que viene al final no es sino su cumplimiento. Dios será entonces la meta finalmente alcanzada de su vivir, de su luchar, de su sufrir.

«Dichosos los misericordiosos…»: ¿quiénes son los misericordiosos? Son aquellos capaces de pasar por encima del agravio sufrido, volviendo a tender la mano; quienes son capaces de darse a todos, sin exclusiones, sin cálculos; aquellos que no aprenden la sabiduría del mundo y están dispuestos a volver a ponerse en juego a sí mismos, sus comodidades, sus seguridades, a pesar de las repetidas decepciones; quienes son capaces de cargar sobre sí la debilidad del otro y no señalan con el dedo; quienes, aun buscando el derecho y la justicia, nunca lapidan a la persona. A los ojos del mundo, quien perdona es un débil; salir al encuentro de quien te ha ofendido significa no tener carácter; olvidar las ofensas es cobardía, es abdicar del propio decoro, de la propia dignidad.

Pero a los ojos de Dios, este es «dichoso»: quien sabe perdonar es el pobre que ha experimentado en sí mismo la contradicción del pecado y del mal y que, como pobre, ha sabido recibir el perdón.

Es dichoso en el sentido más pleno: está en el plan de Dios, en su amor, en su comunión, que se abre a todos indistintamente; y es precisamente aquí donde se encuentra la raíz auténtica y más profunda de la dignidad, del decoro y de la verdad del hombre.

«Dichosos los que trabajan por la paz…»: ¿qué significa trabajar por la paz? Más allá de los grandes esquemas de los equilibrios internacionales políticos y económicos, hay que identificar un estilo de vida que nos comprometa en lo cotidiano: es artesano de la paz quien no avasalla, quien no gana a costa del otro, quien no explota la ingenuidad o la buena fe del prójimo; la madre capaz de amar, junto con su hijo, a muchos otros niños; quien no hace carrera a codazos; quien entra en los conflictos ajenos para apaciguar y no por interés; quien no se coloca a sí mismo en el centro de todo ni busca sobresalir por cualquier medio; quien está atento «a no quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo humeante» (Is 42,3); la pareja que no encierra su bienestar y su alegría dentro de su casa, sino que es capaz de abrirse, de acoger, de comunicarse.

¿Por qué estos son hijos de Dios? Porque viven en medio de los demás como hermanos. Eso es lo que el amor de Dios nos pide. Así estamos en su amor, en su comunión, en su plan de salvación: ¡somos bienaventurados!

León XIV: la Santa Madre de Dios ve que el Altísimo, con la potencia de su brazo, dispersa las tramas de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes.

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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