ECONOMÍA

Pagar la deuda ecológica

El Papa Francisco se dirige al FMI y al Banco Mundial

Photo by bekkybekks/Unsplash

El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) son dos instituciones hermanas que nacieron de los Acuerdos de Bretton Woods en 1944. El Fondo es una organización internacional creada para respaldar el sistema financiero internacional por medio de la concesión de créditos condicionados a países que atraviesan problemas transitorios en sus balanzas de pagos. El Banco, por su parte, mediante el financiamiento de proyectos de inversión para el desarrollo de países pobres bajo condiciones muy ventajosas, desempeña una función primordial en los esfuerzos mundiales para poner fin a la pobreza extrema, promover la prosperidad compartida y favorecer el desarrollo sostenible. Ambas instituciones organizan reuniones periódicas para aumentar la conciencia y la participación en estos temas, y así orientar las respectivas agendas. Las más importantes son las Reuniones Anuales y las Reuniones de Primavera.

Poco después de explotar la pandemia, el 2 de marzo de 2020, la Directora Gerente del FMI, Kristalina Georgieva, y el Presidente del BM, David Malpass, publicaron una declaración conjunta en la que afirmaban que las dos instituciones están preparadas para ayudar a los países miembros a afrontar la tragedia humana y el reto económico que constituye el virus COVID-19, que están colaborando activamente con las instituciones internacionales y las autoridades de los países, prestando especial atención a los países pobres en los que los sistemas de salud presentan más deficiencias, la población es más vulnerable y hay menos recursos para sortear estos desafíos[1].

Las Reuniones de Primavera de 2021 se han llevado a cabo virtualmente desde el lunes 5 de abril hasta el domingo 11 de abril de 2021. Además de las reuniones de sus comités ejecutivos, que han analizado los avances en el desarrollo de sus agendas, se han realizado foros enfocados en el desarrollo internacional, temas de deuda, recuperación económica, vacunas y clima. Los participantes de las Reuniones de Primavera suelen incluir aproximadamente 2.800 delegados de países miembros, 350 representantes de organizaciones observadoras, 800 miembros de la prensa y 550 miembros acreditados de la sociedad civil.

Carta de su Santidad el papa Francisco

A todos ellos, el pasado jueves 8 de abril, su Santidad el papa Francisco les envió una carta[2]. En ella, con un lenguaje apropiado, se pronuncia sobre temas fundamentales, a saber, sobre los macro problemas de nuestro mundo, azotado ahora por esta cruel pandemia. Esta ha originado una crisis global que, como dice el Papa, tiene muchas facetas, porque es al mismo tiempo una crisis sanitaria, socioeconómica y ecológica.

En dicha carta el Papa expresa sus mayores deseos. Que esta crisis brutal sea una oportunidad para un cambio hacia una economía más inclusiva, sostenible y orientada al bien común universal; que los países pobres puedan tener una voz real en los organismos internacionales y acceso a los mercados internacionales; que se les ayude condonándoles las deudas contraídas; y que sean ayudados en la transición a una economía verde.

Estos cuatro deseos o aspiraciones se fundamentan en cuatro diagnósticos: nadie se salva sólo, no se logra la prosperidad si no se comparte y se reconoce lo que se debe a los demás; existe una real y verdadera «deuda ecológica» por saldar; esto exige un plan global con un objetivo común, que es el bien común universal; se requiere actuar como una comunidad y dejar que sea la solidaridad la que inspire nuestras acciones y que se financie una vacunación solidaria.

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El papa recuerda asimismo la necesidad de regular los mercados. Se trata de no olvidar las lecciones de la historia, en concreto, de la crisis financiera y real del 2008, ya que como escribió el propio P. Samuelson: «los sistemas de mercado no regulados acaban destruyéndose a sí mismos»[3].

En lo que sigue pretendemos presentar ciertos datos y reflexiones que permitan una valoración adecuada de la intervención papal.

Tercer mundo: una situación penosa susceptible de empeorar

El virus que nos amenaza surgió en un mundo de ricos y pobres y lo hizo en un país que, alejándose de su postración, se viene desarrollando a un ritmo increíblemente rápido, China. Con el coronavirus lejos de ser vencido, la situación creada es sumamente grave. En este horizonte sombrío se ha encendido una luz. Diferentes vacunas eficaces están disponibles en un tiempo récord, mucho antes de lo que la mayoría de los expertos anticiparon originalmente. Además, se ha dado una masiva respuesta monetaria y fiscal que ha aliviado la situación sobre todo en el primer mundo.

Un dato es clave: ni la recuperación económica, ni la distribución de las vacunas se darán al unísono. El Fondo Monetario Internacional pronostica que Estados Unidos y Japón no volverán a los niveles de producción previos a la pandemia hasta la segunda mitad de este año. La eurozona y el Reino Unido, nuevamente en declive, no llegarán a ese punto hasta bien entrado el 2022. La economía china está en una liga propia y se espera que sea un 10% más grande para fines de 2021 de lo que era a fines de 2019. Pero en el otro extremo del espectro, muchas economías en desarrollo y mercados emergentes podrían tardar años en recobrar sus trayectorias previas, y con niveles de desigualdad mayores[4]. El Banco Mundial estima que la pandemia de Covid-19 empujará a 150 millones de personas más a la pobreza extrema para fines de 2021[5]. El número de personas con hambre crónica aumentó en 130 millones el año pasado, superando los 800 millones[6].

Detrás de estas disparidades hay tres hechos[7]. El primero, el calendario de administración de la vacuna. Se espera que las vacunas estén ampliamente disponibles en las economías avanzadas a mediados de este año, pero es probable que las personas en los países más pobres tengan que esperar hasta 2022 y más allá.

Segundo, la asombrosa diferencia en el apoyo macroeconómico entre países ricos y pobres. En las economías avanzadas, el gasto público adicional y los recortes de impuestos durante la crisis del coronavirus han promediado casi el 13% del PIB, con préstamos y garantías que ascienden a otro 12% del PIB. En cambio, los aumentos del gasto público y los recortes de impuestos en las economías emergentes han totalizado alrededor del 4% del PIB y los préstamos y garantías otro 3%. Para los países de bajos ingresos, las cifras comparables son el 1,5% del PIB en apoyo fiscal directo y casi nada en garantías.

Tercero, las economías emergentes. Estas entraron en la crisis endeudadas, y son, por tanto, vulnerables. Estarían en serios problemas de no ser por las tasas de interés cercanas a cero en las economías avanzadas. Aun así, ha habido una creciente ola de incumplimientos soberanos, incluso en Argentina, Ecuador y Líbano.

Esta vez, la Fed (el Banco central de los EE.UU) viene afirmando que tiene la intención de no subir las tasas de interés hasta que el desempleo sea extremadamente bajo. Pero si Estados Unidos ha logrado sus objetivos de vacunación para este verano, el panorama podría cambiar. La inflación puede ser obstinadamente baja por ahora, pero una explosión de demanda lo suficientemente grande podría empujarla hacia arriba, lo que llevaría a la Fed a subir las tasas un poco antes de lo que planea ahora. De hecho, en lo que va del 2021, los tipos de interés a largo plazo se han casi duplicado. Los efectos dominó de tal movimiento en los mercados de activos separarán a los fuertes de los débiles y afectarán a los mercados emergentes con especial dureza. Cargados de deuda, el pago de sus intereses les dejaría sin poder combatir las consecuencias económicas de la pandemia. Se repetirían los episodios de crisis de los años 90, provocados por los efectos rezagados del alza de los tipos de interés en EE.UU, en México, Brasil y economías del sudeste asiático.

La cooperación financiera se hace imprescindible

En el mundo de las finanzas están las dificultades y también las soluciones. Sin duda aquí está el nudo gordiano. Las reuniones anuales en primavera del FMI y del BM que reúnen a los líderes de este mundo ofrecen una posibilidad histórica para la cooperación financiera. Con liderazgo, audacia y creatividad, esta cooperación financiera global puede ayudar a poner fin a la pandemia[8]. Un mal global de esta envergadura exige una fuerte cooperación sin fisuras que solo es posible si cuenta con el necesario respaldo financiero.

En esta tarea urgente nos va la vida a todos. Si el COVID-19 no es erradicado y persiste en alguna parte del mundo, la pandemia seguirá alterando la producción, el comercio y el turismo globales. Además, dará lugar a mutaciones virales que amenazan con minar la inmunidad ya adquirida. Podría convertirse en una endemia en muchas regiones del mundo, imponiendo altos costos sanitarios y económicos en los próximos años. No es de extrañar que Janet Yellen, Secretaria del Tesoro de Estados Unidos, haya afirmado que todos los países comparten un fuerte interés en terminar con la pandemia en todas partes.

Los gobiernos del mundo crearon el programa de Acceso Global para Vacunas contra el COVID-19 (COVAX). Se han diseñado planes globales para vacunas, pruebas y tratamientos, pero es necesario fortalecer los planes con urgencia. El objetivo de alcanzar un mínimo del 27% de la población de todos los países inmunizada para fines de este año, debe elevarse a una vacunación de todos los adultos para fines de 2022. Esto es necesario para terminar con la pandemia y reducir las posibilidades de nuevas mutaciones.

Los 11.000 millones de dólares que los gobiernos han asignado hasta la fecha son insuficientes. Se necesitan 22.000 millones de dólares más para este año. La escasez actual de vacunas lleva a los países a pelear para adelantarse en la fila, inclusive pagando precios muy altos. Esto subraya la necesidad urgente de garantizar que todos los países, incluso los más pobres, puedan alcanzar una cobertura de vacunas integral de una manera justa y a su debido tiempo.

Las sumas adicionales necesarias para garantizar una cobertura de vacunas universal para fines de 2022, son modestas (quizá 50.000 millones de dólares). Es una cifra desdeñable en relación a los enormes beneficios globales que implica terminar con la pandemia. El gobierno de Estados Unidos por sí solo ha gastado aproximadamente 5 billones de dólares en partidas de emergencia entre marzo de 2020 y marzo de 2021.

Urge elaborar un plan racional para financiar los desequilibrios de la balanza de pagos causadas por el COVID-19 de todos los países hasta fines de 2022. El FMI fue creado para manejar una emergencia de balanza de pagos de estas características. El acceso al financiamiento del FMI protegerá el bienestar y la estabilidad macroeconómica de los países individuales y del mundo en general. Debemos aprovechar esta oportunidad crítica para que las Naciones Unidas, el FMI y gobiernos clave –entre ellos Estados Unidos, China, Rusia, la UE, Japón, el Reino Unido y otros- cooperen de manera efectiva por el bien de la humanidad.

La catástrofe actual como oportunidad global

En esta humanidad hay quienes tienen una acuciante necesidad no sólo de ser ayudados, sino también de ser tratados dignamente. Como observa el Papa Francisco en su carta, los países pobres deben tener una voz en los organismos internacionales que dirimen las políticas que les afectan, deben ser aliviados en el pago de su deuda exterior y recompensados por la deuda ecológica.

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Conforme el virus de la COVID‑19 se propaga por el mundo, la parálisis económica y el desempleo se difunden en todas partes provocando situaciones límite en la mayoría de las economías emergentes y en desarrollo. La insuficiencia de sus sistemas sanitarios y la falta de recursos de sus sistemas de seguridad social se unen a una capacidad muy limitada de estimular sus economías. La triste realidad es que los países emergentes y en desarrollo están al borde de una crisis humanitaria y financiera. No es realista esperar que esos países puedan cumplir con los pagos de sus deudas. De hecho, en las últimas semanas el capital huyó en manada de la mayoría de estas economías y una ola de nuevos defaults soberanos parece inevitable.

En la carta, el Papa Francisco pide [exige] «la reducción significativa del peso de la deuda de las naciones más pobres». Economistas de gran prestigio, como Carmen M. Reinhart y Kenneth Rogoff, vienen sosteniendo la necesidad urgente de dictar una moratoria temporal en la devolución de la deuda de los deudores soberanos emergentes o en desarrollo, exceptuados los de mejor calificación crediticia[9]. La realidad es que la experiencia de la cuarentena es completamente diferente según donde nos encontremos. En las enormes barriadas pobres de San Pablo, Mumbai o Manila, una cuarentena puede encerrar a diez personas en un cuarto pequeño, con poca provisión de alimentos y de agua, con escasa o nula compensación por la pérdida de salarios. Estas disrupciones de las cadenas de suministro provocadas por la pandemia están provocando ya escasez de alimentos y su encarecimiento. ¿No estamos ya en la antesala de estallidos sociales en África y Sudamérica?

Mientras la pandemia siga su marcha letal todo es excepcional. Sería una ingenuidad – y una pretensión cruel- de parte de los acreedores (institucionales y privados) esperar que estos países desvíen recursos de la lucha contra el COVID‑19 para pagar sus deudas. Entienden estos autores que el Banco Mundial y el FMI tienen amplia experiencia con países con problemas de deuda, y estos últimos años han sido cada vez más conscientes de que a menudo un default parcial es la única opción realista. Querer imponer la modalidad habitual del pago de deudas en tiempos extraordinarios sólo conseguirá profundizar y prolongar innecesariamente las recesiones. Pero para que una moratoria de deudas sea aprobada es necesario que Estados Unidos, que tiene poder de veto efectivo en el FMI, se sume a la iniciativa. Pero también debe hacerlo China.

Ahora bien, ¿se trata sólo de a volver a la situación anterior, a la vieja normalidad? ¿No estamos ante una crisis que es una oportunidad para mejorar nuestro mundo? ¿No ha llegado el momento de considerar la condonación de las deudas de los países pobres? Esta opción va ganando partidarios: hoy la sostiene hasta quien fue el economista jefe de Citigroup, la organización de servicios financieros más grande del mundo, Willem H. Buiter[10].

Su argumentación es sumamente consistente. Parte de la constatación de que esta crisis dejará a muchos actores, públicos y privados, cargados de deudas insostenibles. La única herramienta capaz de cubrir la diferencia entre la producción potencial y la efectiva ha sido el estímulo fiscal financiado con déficit, y monetizado donde esto ha sido posible. Pero los países pobres no han tenido esta opción. Buiter refiere que según la Brookings Institution los mercados emergentes y los países en desarrollo ya tienen alrededor de once billones de dólares de deuda externa, y el costo de servicio este año asciende a 3,9 billones de dólares. En abril de 2020, el BM y el FMI ofrecieron un mínimo de alivio de deuda a muchos de estos países, y el G20 acordó una suspensión temporal en los pagos de deuda oficial, gesto que fue seguido por cientos de acreedores privados.

Pero entiende que estas formas de ayuda son insuficientes y tardías. Lo cierto es que la mayoría de estas deudas no tendrían que haberse emitido nunca. El modo correcto de transferir recursos a países de bajos ingresos es a través de subvenciones; fue el único mecanismo incluido en el Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial, y con la crisis del coronavirus, esos países las necesitan más que nunca.

En el marco de la iniciativa de 1996 del FMI y del BM para países pobres muy endeudados, unos 36 países recibieron un alivio de deuda total o parcial. Por ello Buiter concluye que hay que recuperar esta idea, comenzando por una ronda integral de cancelaciones de deudas para los países más pobres del mundo. Este jubileo selectivo debe incluir deudas con el FMI, el BM, otros organismos multilaterales, acreedores soberanos, entidades oficiales (por ejemplo, empresas estatales) y acreedores privados. En medio de una crisis global inédita, algo tiene que cambiar. Es ya obvio que los países en desarrollo necesitarán una solución más radical.

La deuda ecológica

El tema de la deuda no se acaba aquí. Como señala Francisco en su carta, hay más, pero esta vez los papeles están cambiados. El primer mundo es el que debe – y no poco – al tercer y cuarto mundo. Unos días antes del encuentro de primavera del FMI y del BM, Sharon Ikeazor, ministro del Medio Ambiente de Nigeria escribió que en 2021, los países desarrollados deben trabajar con las economías de bajos ingresos, en desarrollo y emergentes para trazar un camino hacia un futuro con bajas emisiones de carbono. Esto significa, ante todo, entregar la financiación que prometieron.

Argumenta que desde sofocantes olas de calor a la interrupción de cosechas, los nigerianos ya están sintiendo los efectos del cambio climático, un desafío que ningún país puede enfrentar por sí solo. Los países africanos, en particular, no deberían tener que intentarlo. Después de todo, si bien África es una de las regiones más vulnerables del planeta, con sequías recurrentes en el área subsahariana que ya han hecho que la población con desnutrición en los países afectados crezca en un 45,6% desde 2012, también es una con las menores responsabilidades del problema. Puesto que los efectos del cambio climático repercuten negativamente en las sociedades y destruyen medios de sustento, se agravan las condiciones que generan conflictos, con resultados desestabilizadores que se están haciendo sentir en toda la región.

Mientras tanto, las economías desarrolladas, que tienen gran parte de la responsabilidad del cambio climático, pasan por alto lo que ocurre en África y se niegan a tomar medidas en la escala necesaria. La pandemia del COVID-19 está lejos de ser el único reto en común que enfrentamos en un planeta interconectado.

En 2015, el acuerdo climático de París levantó esperanzas de que finalmente los líderes mundiales estaban listos para priorizar el bienestar del planeta por sobre los intereses políticos cortoplacistas, adoptando medidas decididas de cooperación climática para la necesaria descarbonización mediante ingentes subsidios. En virtud del acuerdo climático de París, el mundo debería haber movilizado $100 mil millones por año para 2020, a fin de abordar las necesidades de los países en desarrollo. No ha sido así. Mitigar el cambio climático costará a los países en desarrollo unos $600 mil millones por año, pero muchos de ellos carecen de una liquidez y un flujo de capitales adecuados. Y muchos de los actuales fondos climáticos de gran escala no reconocen explícitamente la justicia climática ni prestan atención a las necesidades específicas de las comunidades pobres y vulnerables.

En términos generales, África es la región con la mayor brecha de financiación climática. A menos que eso cambie pronto, la energía limpia representará apenas un 10% de la nueva energía generada en el continente para el año 2030. Muchas de las tecnologías que necesitamos para construir economías sostenibles ya existen. Las tecnologías de energías renovables se están desarrollando con rapidez. Los países están ecologizando su industria pesada y su agricultura, e implementando sistemas de transporte menos contaminantes. África, que ya está enfrentando un desempleo, hambrunas y desórdenes crecientes, debe recibir los recursos para hacer lo mismo.

Conclusiones

La pandemia actual acontece en un mundo de ricos y de pobres con deudas cruzadas y en el que las acciones de los países desarrollados afectan a los de en vía de desarrollo para bien y para mal. Los gobiernos de los países ricos recaudan al menos el 25% de los ingresos nacionales en impuestos – en la Unión Europea, algo más de 40% – para llevar a cabo la provisión de servicios públicos, acometer inversiones y poder transferir renta a los más necesitados. Evitan así que sus sociedades se vuelvan desiguales, injustas e inestables, como está ocurriendo hoy en Estados Unidos, América latina y África. Estas tres funciones públicas se necesitan con urgencia más allá del nivel nacional. En este mundo, a día de hoy, la provisión de bienes y servicios públicos es insuficiente.

El Papa, en su carta, promueve leyes y normas internacionales que aseguren que los mercados financieros operen para el bien común. Se hace imprescindible dedicar, al menos, el 2% de los ingresos mundiales a bienes y servicios públicos internacionales para acabar con la pobreza extrema, luchar contra el cambio climático, proteger la naturaleza, salvar a millones de personas indigentes de muertes prematuras, garantizar la escolarización de todos los niños y defender la paz a través de la ONU.

Ha llegado el momento de pensar en nuevos impuestos globales, sobre los ingresos corporativos, las cuentas en el extranjero, las transacciones financieras internacionales, la riqueza neta de los multimillonarios y la contaminación, para pagar un mundo tan interconectado como amenazado. Con creatividad, cooperación y previsión, podemos movilizar nuevos ingresos para convertir nuestra gran riqueza global en bienestar sostenible para todos[11]. El clamor por la reforma financiera ha crecido a medida que las finanzas de los gobiernos se han visto sometidas a una fuerte presión durante la pandemia en medio de la ira pública por las tasas impositivas relativamente bajas pagadas por las principales corporaciones. El abuso fiscal por parte de multinacionales y la evasión por parte de individuos ricos cuestan a los países de todo el mundo 427.000 millones de dólares al año de ingresos perdidos, según el grupo Tax Justice Network.

Urge contar con un marco global tributario que se adapte al nuevo entorno de la economía digital y evite que las grandes multinacionales transfieran sus bases imponibles a jurisdicciones fiscales más laxas, a los paraísos fiscales, en busca de una menor tributación. El poderoso impulso político que está propiciando la Administración de Biden abre nuevos escenarios, especialmente en la búsqueda de un gran pacto fiscal global que asegure que las grandes compañías contribuyan de forma más justa a las arcas públicas.

La esperanzadora propuesta estadounidense tiene dos ejes. Por un lado, el objetivo que expuso la Secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, de establecer un tipo mínimo global para el impuesto de sociedades evitando la competencia fiscal a la baja entre los países. Por el otro, Washington se abre a apoyar que las grandes multinacionales paguen una parte justa de impuestos allí donde generen los beneficios[12]. A su vez, el FMI ha propuesto la creación de un impuesto temporal de solidaridad, para que las rentas altas y las empresas que más se han beneficiado durante el periodo de la pandemia contribuyan a pagar la factura de la crisis y equilibrar las desigualdades sociales exacerbadas por la crisis sanitaria.

Tanto el BM como el FMI han estado pidiendo que se intensifique el esfuerzo mundial de vacunación. Para ello, se necesita una movilización colosal, fuerzas hercúleas, pero el verdadero problema no es el que no haya vacunas, sino la falta de dinero en los países pobres para pagarlas. Los países ricos, que representan el 20% de la población mundial, han sido responsables de la mayor parte de los pedidos de vacunas. Mientras tanto, solo 70.000 personas en África, que tiene una población de 1.200 millones, han sido vacunadas por completo.

Para evitar que los países pobres sufran el «apartheid» de las vacunas se requerirá que el grupo de naciones ricas del G7 comprometa 30 mil millones de dólares al año[13]. Es esta una factura que nadie por ahora parece dispuesto a aceptar por completo. Gordon Brown, ex premier británico, acaba de proponer que el G7 pague el 60% de este monto y que los estados petroleros y China se hagan cargo del resto. Estamos ante una crisis que exacerba nuestros problemas previos. Además, la pandemia actual ha puesto al desnudo la incapacidad de este mundo para reaccionar ante desafíos de envergadura planetaria. Superado el COVID nos queda el cambio climático.

Creemos haber justificado la relevancia y la validez del contenido de la carta del Papa Francisco al FMI y al BM. El Papa señala el camino que debemos elegir. Como nunca antes, necesitamos políticos que reúnan por igual competencia, voluntad y sensibilidad social. Una capacidad como la que William Shakespeare le atribuye a Enrique V: «Llevad la conversación hasta el punto que requiera argumentar con agudeza y sutileza, sabrá desatar el nudo gordiano de todo, como si desenlazara su calzado»[14]. Un convencimiento como el de D. Quijote, tantas veces molido a palos por una realidad obstinadamente cruel, y que, sin embargo, ante la pregunta de Sancho: «Señor, ¿qué hemos de hacer nosotros?», responde: «Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos»[15].

  1. Cfr International Monetary Fund, Declaración conjunta de la Directora Gerente del FMI y el Presidente del Banco Mundial, 2 de marzo de 2020 (https://www.imf.org/es/News/Articles/2020/03/02/pr2076-joint-statement-from-imf-managing-director-and-wb-president).
  2. Francisco, Carta del Santo Padre Francisco con motivo de la Reunión de Primavera 2021 del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (5-11 de abril de 2021), 8 de abril de 2021 (https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2021/04/08/carta.html).
  3. P. Samuelson, «Adiós al capitalismo de Friedman y Hayek», en El País (https://elpais.com/diario/2008/10/26/negocio/1225026869_850215.html), 26 de octubre de 2008.
  4. Cfr International Monetary Fund, Informes de perspectivas de la economía mundial, enero 2021 (https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2021/01/26/2021-world-economic-outlook-update).
  5. Cfr The World Bank, «Debido a la pandemia de COVID-19, el número de personas que viven en la pobreza extrema habrá aumentado en 150 millones para 2021», 7 de octubre de 2020 (https://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2020/10/07/covid-19-to-add-as-many-as-150-million-extreme-poor-by-2021).
  6. Cfr M. Lovcock – A. Van Trotsenburg, «Prevenir hoy la próxima crisis alimentaria», en Project Syndicate (https://www.project-syndicate.org/commentary/early-international-action-can-prevent-next-food-crisis-by-mark-lowcock-and-axel-van-trotsenburg-2021-01/spanish?barrier=accesspaylog), 29 de enero de 2021.
  7. Cfr K. Rogoff, «Uneven recovery from Covid recession could hit poorer countries hard», en The Guardian (www.theguardian.com/business/2021/feb/05/ recovery-covid-recession-poorer-countries-us-fed), 5 de febrero de 2021.
  8. Cfr J. D. Sachs, «Financiamiento global para terminar con la pandemia», en Project Syndicate, 6 de abril de 2021

    (https://www.project-syndicate.org/commentary/global-pandemic-financing-imf-sdr-allocation-by-jeffrey-d-sachs-2021-04/spanish?barrier=accesspaylog).

  9. Cfr C. M. Reinhart – K. Rogoff, «Suspended Emerging and Develo­ping Economies’ Debt Payments», en Project Syndicate (www.project-syndicate.org/ commentary/suspend-emerging-and-developing-economies-debt-payments-by-carmen-reinhart-and-kenneth-rogoff-2020-04/), 13 de abril de 2020.
  10. Cfr W. H. Buiter, «Es hora de un jubileo de deudas selectivo», en Project Syndicate (https://www.project-syndicate.org/commentary/covid19-case-for-2020-debt-jubilee-by-willem-h-buiter-2020-05/spanish?barrier=accesspaylog), 21 de mayo de 2020.
  11. Cfr J. D. Sachs, «La cooperación internacional necesita fondos», en Project Syn­dicate (https://www.project-syndicate.org/commentary/financing-global-and-regional-public-goods-by-jeffrey-d-sachs-2018-11/spanish?barrier=accesspaylog), 27 de noviembre de 2018.
  12. Cfr «Por una fiscalidad global más justa», en El País (https://elpais.com/ opinion/2021-04-11/por-una-fiscalidad-global-mas-justa.html), 11 de abril de 2021.
  13. Cfr G. Brown, «The G7 must push for global vaccination. Here’s how it could do it», en The Guardian (www.theguardian.com/commentisfree/2021/apr/12/ g7-global-vaccination-covid), 12 de abril de 2021.
  14. William Shakespeare, Enrique V, Primer acto, primera escena, en Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1943.
  15. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, XVIII, Punto de lectura, Madrid, 2013.
Fernando de la Iglesia Viguiristi
Licenciado en Ciencias Económicas y Gestión de Empresa en la Universidad de Deusto (1976), en Teología moral en la Pontificia Universidad Gregoriana (1987) y, desde 1993, doctor en Teoría Económica de la Universidad de Georgetown (Washington, D.C). Ha sido presidente de la International Association of Jesuit Business Schools. Actualmente es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Gregoriana.

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