SOCIOLOGÍA

Contra la cultura del descarte

Cómo el consumismo nos acostumbra al derroche cotidiano

© Lotte Löhr / Unsplash

Introducción

En The Good Lie, una película de 2014, Jerry y Mike, dos «jóvenes perdidos de Sudán», encuentran trabajo en un almacén de Estados Unidos. Ahí se enfrentan a un shock cultural cuando ven cestos de alimento botados a la basura. Jerry va donde su jefe y le pregunta: «¿No hay nadie que quiera este alimento o necesite de él?». Un día se encuentra con un vagabundo que husmea entre los tarros de basura y le regala comida más fresca tomada del almacén. Este gesto irrita al jefe. Jerry deja el trabajo, porque no logra comprender qué falta hay en dar de comer a quien lo necesita.

Este episodio ilustra la punta del iceberg de lo que el papa Francisco define como la «cultura del descarte», especialmente evidente en el sector alimenticio, en el que abundan las «pérdidas de comida» y los «desperdicios alimenticios». En base al conocimiento de la hermenéutica ecológica, este artículo sostiene que los relatos sobre las multitudes hambrientas que ofrecen los Evangelios son claras refutaciones de la cultura de lo desechable, y del desperdicio alimentario en especial. El artículo asevera, además, que la sabiduría evangélica puede sostener los progresos de una agenda conservacionista.

La cultura del descarte

Entre las críticas que el papa Francisco lanza a la sociedad contemporánea destaca la crítica a la «cultura del descarte», que define y describe como parte de lo que denomina la «economía de la exclusión». Esta cultura se distingue por practicar el descarte de bienes y relaciones como expresiones de opulencia y como consecuencia de la inextinguible sed de lo nuevo. Esta invade diversas dimensiones de la vida humana, como la alimentación, la vestimenta, la tecnología y las relaciones. En esencia, la cultura del descarte da cuenta de una mentalidad y una visión de mundo que conduce, e incluso alienta, a deshacerse de cosas, valores, personas y vínculos comunes cuando parecen haber agotado su utilidad[1].

A pocos meses del inicio de su pontificado, el 5 de junio de 2013, el papa Francisco sostuvo que la cultura del descarte había anestesiado la sensibilidad de las personas acerca del valor del alimento: «Esta cultura del descarte nos ha hecho insensibles también al derroche y al desperdicio de alimentos, cosa aún más deplorable cuando en cualquier lugar del mundo, lamentablemente, muchas personas y familias sufren hambre y malnutrición. En otro tiempo nuestros abuelos cuidaban mucho que no se tirara nada de comida sobrante. El consumismo nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano de alimento, al cual a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de los meros parámetros económicos»[2].

Además, en la encíclica Laudato si’ (LS) (2015) el papa Francisco denunció las consecuencias negativas de la cultura del descarte en el medioambiente. Escribe al respecto: «Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería. […] Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura» (LS 21-22).

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En noviembre de 2019, dirigiéndose a los miembros del Consejo para un capitalismo inclusivo, Francisco afirmó que la proliferación de la cultura de lo desechable se debía a una evidente ausencia de preocupaciones éticas en el modelo económico moderno, que exalta el consumo y el despilfarro. Expresó su deseo de que sea reemplazado por un modelo inclusivo de capitalismo que «no deja a nadie atrás, que no descarta a ninguno de nuestros hermanos y hermanas»[3].

La crítica a la cultura consumista resuena también en la exhortación apostólica post-sinodal Querida Amazonia (QA), publicada en 2020. En ella el Papa describe la «cultura del descarte» – sinónimo de la «cultura del usa y tira» – como síntoma de un problema espiritual más hondo, que no se puede resolver con instrumentos meramente técnicos (cfr QA 58-59).

La sociedad consumista

El concepto de «cultura del descarte» constituye la extensión de una formulación mucho más antigua de «sociedad de consumo», que despunta en escritos académicos al menos desde los años setenta. Pero ya en 1955 la revista Life publicaba un texto titulado «Throwaway Living», en el que se describía la práctica de deshacerse de objetos domésticos. El concepto se fue consolidando en los ambientes académicos, sobre todo después de la publicación de The Waste Makers (1960), un libro de gran éxito en el que el sociólogo y periodista Vance O. Packard expone nueve estrategias de marketing que las empresas emplean para combatir el fantasma de la saturación, que tiene lugar cuando una sociedad produce más de cuanto consume. Entre estas se cuenta lo que se conoce como «obsolescencia programada», que se divide a su vez en obsolescencia funcional, obsolescencia de la calidad y obsolescencia del deseo.

Tales estrategias sostienen y mantienen lo que Packard define como «Cornucopia City», una ciudad en la que todo está programado para no durar mucho, obligando a los consumidores a comprar regularmente nuevos productos. Con un lenguaje que recuerda la ciencia ficción, Packard describe Cornucopia City: «En Cornucopia City, supongo, todos los edificios estarán hechos de un cartón piedra especial. Así, las casas podrán demolerse y reconstruirse cada primavera y cada otoño, en el momento en que se hace la limpieza doméstica. Los coches de Cornucopia estarán hechos de un plástico ligero que, después de recorrer cuatro mil kilómetros, se deteriorará y comenzará a deshacerse»[4]. La cultura del consumo, alimentada de lo que Packard llama la «economía hipertiroidea», exalta la compra compulsiva como mecanismo para mantener en funcionamiento las maquinarias industriales.

La tesis de la «sociedad del descarte» ha ganado adeptos en el curso de décadas. Sin embargo, no faltaron voces críticas. Gregson, Metcalfe y Crewe, por ejemplo, sostienen que el concepto es demasiado superficial y genérico. En base a un estudio del Reino Unido, los tres investigadores descubrieron que las personas de ninguna manera se deshacen negligentemente de los objetos domésticos o personales. Identificaron tres razones que impulsan a las personas a tirar las cosas: identidad, movilidad y relaciones. La gente se esfuerza constantemente por negociar nuevas identidades que respondan a los cambios contextuales o a la percepción que tienen de sí mismos. Dado que la cultura material es un elemento importante de la identidad individual, a veces las personas no tienen más opción que tirar objetos personales: es una forma de deshacerse de su vieja identidad. Las mudanzas también obligan a abandonar determinados objetos. Del mismo modo, quienes empiezan una nueva relación sienten que tienen que liberarse de lo que les recuerda las relaciones anteriores. De todo esto, los tres autores concluyen que quien difunde el concepto de «sociedad del descarte» confunde el «acto de descarte» con el «proceso de descarte». Afirman que esto último implica una decisión importante, quizá dolorosa, porque las personas toman en cuenta las consecuencias económicas, ambientales y emotivas que derivan del acto de deshacerse de cualquier cosa[5]. Sin embargo, las justificaciones que se esgrimen en el acto de tirar las cosas no afrontan de ningún modo el problema del desbordamiento de la basura en los vertederos[6]. Incluso se puede pensar que Gregson y sus colegas ofrecieron, inconscientemente, una coartada a la cultura del usa y tira.

Pérdida y desperdicio de alimento

De acuerdo al Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente, la «pérdida de alimento» se define como la eliminación de productos alimentarios de la cadena humana de suministro antes de que este llegue a los mercados de alimentos y/o a las familias. El «desperdicio de alimento», en cambio, se refiere al desecho de productos alimenticios que tiene lugar en las familias o en los locales de restauración, como los restaurantes[7]. Se estima que se pierde o desecha un tercio del alimento producido para el consumo humano, equivalente a 1.300 millones de toneladas anuales. La pérdida o el desecho de alimento representan en conjunto un déficit de ingresos anuales superior a 1 billón de dólares[8]. Antonio Guterres, Secretario general de las Naciones Unidas, ha definido justamente la pérdida y el desperdicio de alimento como un «ultraje ético», sobre todo si se considera el número creciente de personas en situación de hambruna en las comunidades pobres. Por ejemplo, de acuerdo a las estimaciones, 690 millones de personas padecerán hambre en el mundo en 2020. El Covid-19 empujó a la hambruna a 132 millones de personas adicionales. En África subsahariana, la pérdida de alimento cuesta a la economía hasta cuatro mil millones de dólares al año[9]. Es tan relevante el problema que el 29 de septiembre de 2020 fue declarado «Jornada internacional de la consciencia de la pérdida y del desecho de alimentos». Además, uno de los «Objetivos de Desarrollo Sostenible» de las Naciones Unidas (SDGs 12) enfrenta precisamente el problema de la pérdida y el desperdicio de alimento.

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Se han propuesto muchas soluciones técnicas para enfrentar el problema. Desde el uso de la tecnología moderna para aumentar el tiempo de conservación de los productos alimenticios, a través de la refrigeración y la transformación agroalimentaria, a la reducción de la cadena de suministro mediante la producción de alimentos más cerca del consumidor. Sin embargo, las soluciones técnicas no pueden, por sí solas, generar el cambio esperado en la actitud de los seres humanos hacia el alimento. En la jerarquía de los elementos que pueden generar cambios, las mejoras técnicas, por útiles que sean, están en el escalón más bajo. En la cumbre de la «palanca motivacional» está el cambio de mentalidad o de paradigma. Un paradigma es una visión compartida por una comunidad, y a menudo se basa en supuestos no escritos o no comprobables. Desafortunadamente, «mientras más alto sea el punto sobre el que se requiere hacer palanca, mayor resistencia al cambio experimentará el sistema»[10].

La cultura del descarte puede corregirse de manera más eficaz promoviendo relatos cuyos supuestos paradigmáticos sean contrarios a la filosofía de lo desechable. La mentalidad conservacionista esbozada en los relatos evangélicos en los que Jesús da de comer a la multitud entra en esta categoría de paradigmas correctivos.

Una lectura conservacionista de la alimentación de las multitudes

El Oxford English Dictionary ofrece tres definiciones de «conservación». Ellas son: «La protección del medio ambiente natural»; «la protección oficial de los edificios de importancia histórica o artística»; y «el acto que impide que algo se pierda, desperdicie, dañe o destruya». La literatura tradicional sobre la conservación tiende a detenerse en la primera definición[11]. Este artículo, en cambio, se concentra en la tercera, porque presenta la conservación como lo opuesto a la cultura del usa y tira.

En los Evangelios, hay cinco relatos del episodio en que Jesús da de comer a la multitud: Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Mt 15,32-39; Lc 9,10-17; Jn 6,1-14. No es nuestro objetivo exponer una detallada exegética de estos pasajes. Nos limitamos a dar por sentadas las siguientes afirmaciones: los relatos son de naturaleza simbólica; contienen referencias al Antiguo Testamento; tienen un significado espiritual.

Nótese que todos los relatos, excepto Mt 15, hacen referencia al acto de «comprar», en griego agorazō (Mc 6,36-37; Mt 14,15; Lc 9,13; Jn 6,5). En los Evangelios sinópticos la sugerencia de comprar viene de los discípulos, mientras que en Juan es el mismo Jesús quien propone la idea a los discípulos, para ponerlos a prueba. En primer lugar, la compra recuerda la lógica de la economía de mercado, el reino del intercambio de valor que tiene lugar en el ágora. En segundo lugar, este crea una distinción entre «quienes tienen» y «quienes no tienen». Lo que se compra está en gran medida condicionado por lo que poseo antes que por las necesidades humanas. Se puede comprar mientras se disponga de medios y, por otra parte, los pobres deben abstenerse porque no tienen dinero para hacerlo. En tercer lugar, la idea de compra instaura una relación de derecho sobre lo que se compra: tenemos el derecho de hacer lo que queramos con lo que compramos; podemos decidir botar lo que compramos sin recibir por ello ninguna sanción legal.

En el régimen de la compraventa hay poco espacio para la gratitud. En los Evangelios sinópticos, los discípulos piden a Jesús que active la lógica de la economía de mercado, con todas sus características: lo exhortan a mandar a la multitud a las aldeas vecinas para que se compren su alimento. Jesús, en cambio, introduce una lógica diferente, la «lógica del don»[12], al decir a sus discípulos: «¡Ustedes tienen que darles de comer!». Según la expresión latina, nemo dat quod non habet («nadie da lo que no tiene»). Para poder dar, tiene que haber algo que se pueda dar. Los discípulos creían que no tenían nada que dar a la multitud, hasta que Jesús les lanza esta invitación. Pero en ese momento se descubre que sí hay algo que puede compartirse: cinco panes y dos peces. De esta forma, la lógica de la economía de mercado puede ser suspendida (o incluso reemplazada) por la lógica del don. Un don establece vínculos interpersonales. Quienes lo reciben se sienten en deuda y experimentan un sentimiento espontáneo de gratitud, y quienes lo dan cultivan un íntimo vínculo con quienes lo reciben. Es posible que el rostro de un mendigo al que se da una cierta suma de dinero como limosna quede impreso en la mente del donante. De hecho, se ha demostrado que tendemos a amar más a las personas que ayudamos que a las que nos ayudan a nosotros[13]. Esto ocurre porque donar es dar una parte de sí mismos. Con el don se entrega una parte de uno. Desperdiciar un don es un acto delictivo, porque revela ingratitud, rechazo y falta de respeto por el donante. No se tiene derecho a recibir un don; por lo tanto no se puede disponer de él a voluntad.

El tercer momento significativo del relato de Jesús saciando a la multitud es la recogida de las sobras (klasmata). Aunque todos los relatos evangélicos se refieren a este detalle, solo Juan especifica el motivo por el que se recogen (aphaireō) las sobras: «Para que no se pierda nada» (Jn 6,12). Este elemento narrativo es el eje del paradigma anti-desperdicio. Como destaca el papa Francisco: «Jesús pide a los discípulos que nada se pierda: ¡nada de descartar!»[14]. Los estudiosos de la Biblia nos informan que los canastos mencionados en la narración eran «pequeños cestos de mimbre (kophinoi) que todo judío llevaba consigo cuando estaba lejos de su casa. Contenía su comida y algunas cosas necesarias para no tener que comer el alimento impuro de los gentiles»[15]. En los pequeños cestos de mimbre se deposita lo que sirve como viaticum, en el sentido literal de la palabra, es decir, alimento para el viaje. El hecho de estar fuera de casa debería activar casi automáticamente la lógica de la compra; al llevarse consigo las sobras, en cambio, los discípulos pueden suspender todavía por un tiempo la lógica del comercio y mantenerse en la gratuidad de la lógica del don. Recoger las sobras es también una expresión de gratitud hacia quien ha suministrado el alimento. Es un acto de humildad, una muestra de sentirse en deuda y de estar dispuestos a recibir alimento no «fresco», porque el culto a la «frescura» es uno de los factores que más contribuyen al crecimiento de la cultura del descarte.

Conclusiones

«Agradezco a mi abuela por haberme enseñado a amar y respetar el alimento. Me enseñó a no desperdiciar nada, a asegurarme de usar cada sobra de pollo y a hervir sus huesos hasta que ya no les quede ningún sabor»: son las palabras de Marcus Samuelsson, chef y restaurador premiado etíope-sueco. Estas palabras dan voz, probablemente, a muchos africanos que han crecido en zonas rurales, en las que la conservación del alimento es un valor que no se transa. Incluso sin refrigeradores, las familias recurren a técnicas para garantizar que las sobras no se deterioren y puedan usarse el día siguiente. Ahora se entiende por qué los «jóvenes perdidos de Sudán» no fueron capaces de aceptar la experiencia del desperdicio alimentario estadounidense. Los relatos evangélicos de la multitud hambrienta saciada por Jesús invitan a la humanidad a desvincularse de la producción y de la compra desenfrenada de comida, que lleva a la saturación, para abrazar la lógica del don y recoger las sobras para su uso futuro.

  1. Cfr L. A. Silecchia, «“Laudato si’” and the tragedy of the “Throwaway culture”», en CUA Columbus School of Law Legal Studies, Washington, DC, 2017 (scholarship.law.edu/scholar/982).

  2. Francisco, Audiencia general, 5 de junio de 2013.

  3. Id., Discurso al Consejo para un capitalismo inclusivo, 11 de noviembre de 2019.

  4. V. O. Packard, The Waste Makers, New York, David McKay Company, 1960, 4.

  5. Cfr N. Gregson – A. Metcalfe – L. Crewe, «Identity, mobility, and the throwaway society», en Environment and Planning D: Society and Space 25 (2007) 682-700.

  6. Cfr K. Hellmann – M. K. Luedicke, «The throwaway society: A look in the back mirror», en Journal of Consumer Policy 41 (2018/1) 83-87.

  7. Cfr UNEP, Food waste index report 2021, Nairobi, Unep, 2021, 9.

  8. Cfr A. Craigen – K. Davis, «How cities can fight food loss and waste», en United Nations Development Programme Blog (www.undp.org/blogs/how-cities-can-fight-food-loss-and-waste), 4 de noviembre de 2020.

  9. Ibid.

  10. D. Meadows, «Leverage Points: Places to Intervene in a System», Hart­land, VT, The Sustainability Institute, 1999, 19.

  11. Cfr C. Sandbrook, «What is conservation?», en Oryx 49 (2015/4) 565- 566.

  12. Cfr Benedetto XVI, Enciclica Caritas in veritate (2009), n. 36.

  13. Cfr D. Lapin, Business secrets from the Bible, New Jersey, Wiley, 2014.

  14. Francisco, Audiencia general, 5 de junio de 2013.

  15. W. W. Wessel, «Mark», en F. E. Gaebelein et al. (edd.), The expositor’s Bible commentary, vol. 8, Michigan, Zondervan Publishing House, 1984, 674.

Wilfred Sumani
Es doctor en liturgia sagrada por el Pontificio Instituto de Liturgia, Sant'Anselmo, Roma, y enseña en el Hekima University College de Nairobi, Kenia. Sus áreas de interés son los sacramentos en el África cristiana y la innovación y la teología de la reconstrucción. Entre sus publicaciones destaca su libro Mather of Faith: Motherhood in the Christian tradition (Orbis, 2017)

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