Pastoral

«Jesús no impone nunca»

Amoris laetitia, discernimiento y madurez cristiana

© Juan Galafa

«Es importante observar —escribe Bartolomé, patriarca ecuménico de Constantinopla— que Amoris laetitia recuerda ante todo y sobre todo la misericordia y la compasión de Dios, y no solamente las normas morales y las reglas canónicas de los hombres»[1].

Este es el tema al cual ha regresado el papa Francisco una y otra vez desde el comienzo de su pontificado. En un discurso pronunciado en 2016, con la ocasión de la apertura del encuentro eclesial de la diócesis de Roma[2], el Papa afirmó que «mirar a nuestras familias con la delicadeza con la que las mira Dios nos ayuda a poner nuestra conciencia en su misma dirección», y agregó que «poner el acento en la misericordia nos sitúa ante la realidad de modo realista, pero no con un realismo cualquiera, sino con el realismo de Dios», y que es necesario renunciar «a los “recintos” “que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura”», para concluir diciendo: «Esto nos impone desarrollar una pastoral familiar capaz de acoger, acompañar, discernir e integrar».

Son verbos que el Papa ha relanzado en respuesta a la pregunta: «¿Cómo evitar que en nuestras comunidades surja una doble moral, una exigente y una permisiva, una rigorista y una laxista?». Después de haber precisado que «ambas no son la verdad», afirma Francisco: «El Evangelio elige otro camino. Por esto, aquellas cuatro palabras —acoger, acompañar, integrar, discernir— sin meter la nariz en la vida moral de la gente».

Se trata, pues, de discernir e integrar tomando en consideración los condicionamientos y las circunstancias. También porque, como leemos en Amoris laetitia (AL), «la Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes» (AL 301). Discernir e integrar no para tener bajo tutela, sino para ayudar a darse cuenta de la realidad en la que se vive y, a partir de la vida, «discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).

Son indicaciones que observamos como una guía[3], junto con una afirmación relacionada con los bautizados divorciados y vueltos a casar por lo civil: «La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral» (AL 299).

«Prestar atención a la realidad concreta»

Al comienzo del capítulo segundo de Amoris laetitia, titulado «Realidad y desafíos de las familias», encontramos una afirmación de importancia fundamental. Citando la exhortación apostólica Familiaris consortio (FC), de san Juan Pablo II, en su n.º 4, escribe el Papa: «Es sano prestar atención a la realidad concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia” a través de los cuales “la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia”» (AL 31).

Esta misma enseñanza había sido impartida ya en los n.os 4 y 11 de Gaudium et spes (GS). El primero habla del «deber permanente de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera acomodada a cada generación, [la Iglesia] pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas», y reafirma el deber de «conocer y comprender el mundo en el que vivimos, sus expectativas, sus aspiraciones» (GS 4).

No menos luminoso es el segundo texto: «El Pueblo de Dios, movido por la fe, por la cual cree que es guiado por el Espíritu del Señor, que llena el orbe de la tierra, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos que comparte con sus contemporáneos cuáles son los signos verdaderos de la presencia o del designio de Dios. Pues la fe ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas» (GS 11).

Son afirmaciones que dan fundamento a la necesidad de tener en cuenta a las personas, los tiempos, los lugares y otras circunstancias, precisamente porque el Espíritu está presente y opera en los acontecimientos de la historia.

De lo dicho se sigue el deber de prestar atención a la realidad —que, de una u otra manera, nos implica— a fin de identificar, mediante el discernimiento, los requerimientos y llamamientos del Espíritu.

Lo señala una vez más el papa Bergoglio cuando cita la Relatio finalis de 2015 en su n.º 51 (que, a su vez, cita FC 84): «Frente a situaciones difíciles y familias heridas, siempre es necesario recordar un principio general: “Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones”» (AL 79).

Esto es así, entre otras cosas, porque, como indica Francisco inmediatamente después, siempre con la Relatio finalis, «el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión. Por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina se expresa con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (ibíd.)[4].

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Se ha de considerar, además, que el Papa menciona (AL 296-300) una «innumerable diversidad de situaciones concretas». De ahí se sigue que ni el Sínodo ni esta exhortación puedan ofrecer «una nueva normativa general de tipo canónico, aplicable a todos los casos. Solo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos”, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas» (AL 300)[5]. También por este motivo, «los Padres sinodales han expresado que el discernimiento de los pastores siempre debe hacerse “distinguiendo adecuadamente”, con una mirada que “discierna bien las situaciones”. Sabemos que no existen “recetas sencillas”» (AL 298)[6].

La invitación a dirigir la atención hacia la realidad concreta imprime el ritmo de la exhortación de principio a fin. Baste pensar que el término «situación» aparece no menos de noventa veces, que se habla de «circunstancias» cerca de quince, y que el sustantivo «condicionamiento» con el verbo «condicionar» se repite nueve veces[7].

En cuanto a las situaciones en particular es oportuno recordar que, después de haber deplorado que, a veces, «hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales» (AL 36), el Papa constata que «nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas» (AL 37), y concluye: «Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas» (ibíd.)[8]. De ahí se sigue la necesidad de apuntar hacia una «pastoral positiva, acogedora, que posibilita una profundización gradual de las exigencias del Evangelio» (AL 38), y ello a imitación de Jesús, que, «al mismo tiempo que proponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera» (ibíd.).

Desde luego, debe quedar siempre firme que «los presbíteros tienen la tarea de “acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo”» (AL 300).

Discreción y voluntad de Dios

Lo arriba expuesto implica la atenta valoración de la realidad concreta, es decir, de los elementos de orden tanto objetivo como subjetivo que pueden contribuir a sintonizarnos con la voluntad divina.

Pero ¿cómo se llega a reconocerla a partir de tales elementos? ¿Cómo se pasa a la acción in Domino? Estas son las preguntas que plantea la discreción[9].

San Pablo, después de haber exhortado en Ef 5,8-17 a actuar «como hijos de la luz», enseña que «toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz»; invita: «Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos (ásofoi), sino sensatos (sofói)», y concluye: «no estéis aturdidos (áfrones), daos cuenta de lo que el Señor quiere» (Ef 5,8-10.15-17).

Ayudar a actuar no como áfrones, sino como atentos buscadores de la voluntad de Dios, es una de las tareas de los presbíteros. Lo leemos en el decreto Presbyterorum Ordinis (PO), del Vaticano II: «Por eso corresponde a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, procurar personalmente o por medio de otros[10] que cada uno de los fieles sea llevado en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación según el Evangelio, a la caridad sincera y activa, y a la libertad con que Cristo nos liberó» (PO 6,2). Y sin medias tintas agrega: «Las ceremonias pueden ser hermosas y las asociaciones florecientes, pero de poco valdrían si no están en función de educar a los hombres para alcanzar la madurez cristiana» (ibíd.).

Pero ¿en qué consiste esta madurez? La inequívoca respuesta es: «Para que progresen en ella, los presbíteros les ayudarán para que puedan descubrir en los acontecimientos mismos, grandes o pequeñas, cuáles son las exigencias de la realidad, cuál es la voluntad de Dios (quid res exigant, quae sit Dei voluntas)» (ibíd.). Este quid res exigant (res es la realidad concreta) resuena en el n.º 31 de Amoris laetitia, incluyendo las situaciones, las circunstancias y los condicionamientos. Que no se escape, pues, la cercanía entre quid res exigant y quae sit Dei voluntas.

Pero veamos cómo proceder al contemplar las enseñanzas de san Ignacio de Loyola.

Un método para realizar esta «lectura»

Pongamos de inmediato en claro que, para Ignacio, la discreción es un don del Espíritu: el que tiene un cargo de responsabilidad —leemos en las Constituciones de la Compañía de Jesús (C)[11]—, antes de tomar una decisión debe prestar atención a «las personas, lugares y tiempos y otras circunstancias, con la discreción que la Luz eterna le diere» (C 746). Leemos, asimismo: «La caridad y discreción del Espíritu Sancto mostrará el modo que se debe tener» (C 209). «La caridad y la discreción» son dos virtudes que deben coexistir. Es el sentido de la fórmula discreta caritas (cf. C 208, 237, 269, 582, etc.)[12]: «Una caridad llena de discernimiento y de discreción, un discernimiento y una elección inspirada y orientada por el amor, un amor que opera el discernimiento y proviene del Espíritu del amor»[13]. Viene a la mente la oración de Pablo «Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores» (Flp 1,9-10).

Para crecer en conocimiento y llegar a un pleno discernimiento vale la pena insistir en la necesidad de que «se proceda con mucha consideración y peso [ponderación] en el Señor nuestro» (C 204), teniendo en cuenta «las ocurrencias [circunstancias] varias y diversidad de los sugetos» (C 367; cf. 64) y, más en concreto, «la edad, ingenio, inclinación, principios que un particular tuviese o del bien común que se sperase» (C 354; cf. 92), el «talento» (C 522) y también el «cuerpo» (C 298, 301), la «medida y proporción de lo que cada uno puede llevar, como la discreción dictará» (C 285), la «disposición de las personas» a aceptar o rechazar una corrección o una penitencia, junto a «la edificación universal y particular dellas a gloria divina» (C 269); más aún, para «mayor servicio y alabanza» (C 618) y «bien universal mayor» (C 623) (cf. C 626)[14].

Así pues, se trata de tener presente a la persona «real» (talentos y carismas, capacidades intelectivas y volitivas, hábitos y condicionamientos, temperamento y carácter, etc.), y también la situación ambiental (tradiciones, costumbres, mentalidades, exigencias de la gente del lugar, etc.), y la incidencia, ya sea positiva o negativa, que una decisión puede acarrear para las personas, la familia, el grupo, y para los otros en general. No hay que olvidar que la adaptación a los individuos debe considerarse como principio constitutivo de la discreción y como cualidad que no puede no caracterizar a un educador en la fe. Recuérdense las palabras de Jesús a los discípulos a propósito de su revelación: «No podéis cargar con ellas por ahora» (Jn 16,12) y el principio de los Ejercicios espirituales (EE)[15] según el cual corresponde adecuarse a «la disposición de las personas que quieren tomar exercicios spirituales», es decir, teniendo en cuenta su «edad, letras o ingenio […] porque no se den a quien es rudo o de poca complissión cosas que no pueda descansadamente llevar y aprovecharse con ellas» (EE 18,1-2).

Quien así no obrara, se convertiría ipso facto en «indiscreto».

Damos por descontado que, antes de comenzar a buscar la voluntad de Dios, es preciso cultivar la libertad interior «desnudándose de toda aflicción» y tener «ante los ojos la mayor gloria divina y bien común y el particular en quanto se puede» (C 222); se debe pedir luz al Señor y recurrir al consejo de otros. Más aún: los responsables, «quanto más dificultad y duda tuvieren, más encomendarán la cosa a Dios nuestro Señor, y más la comunicarán con otros, que puedan en esto ayudar a sentir la voluntad divina» (C 211); o, mejor, para «que Dios nuestro Señor enseñe en este caso su santísima voluntad» (C 220).

Por último, ponderarán «las razones a una parte y a otra» (C 222) y adoptarán las decisiones consecuentes. De forma aún más incisiva se dice que quien está llamado a gobernar «provea en todo lo que sintiere, ponderadas todas cosas, ser más agradable a la divina y summa Bondad y mayor servicio y gloria suya» (C 437).

La expresión «en todo lo que sintiere […] ser más agradable a la divina y summa Bondad» es el equivalente al in Domino que encontramos con mucha frecuencia en las Constituciones. Este se refiere a la persona que, en atención y docilidad al Espíritu, recuerda, examina y valora, reflexiona y ora, decide y actúa. De este examen ahondado debería emerger el juicio de la discreción habiendo considerado todo, en conciencia, es decir, con conciencia y convicción, siento en la presencia de Dios (in Domino) que debo adoptar esta (y no otra) decisión para mayor gloria de la Santísima Trinidad y para el bien integral de todas y cada una de las personas involucradas.

De todos modos, no hay que pensar que se cuenta con una varita mágica. «Frente a los valores contrastantes que nos atraen de todas partes —escribió Peter-Hans Kolvenbach, exprepósito general de los jesuitas— no es fácil hoy tomar decisiones libres. Es raro que las motivaciones de una elección estén todas de un lado. Hay siempre pros y contras. El discernimiento en este punto se hace fundamental y consiste en conocer los datos de hecho, reflexionar, hacer el discernimiento de los motivos que nos impulsan, examinar los valores y las prioridades, considerar el impacto que una decisión podrá tener sobre los pobres, decidir y vivir nuestras opciones»[16].

«El alimento sólido es para perfectos»

En la exhortación apostólica Amoris laetitia los términos «discernimiento» y «discernir» aparecen en total cerca de cuarenta veces. De hecho, en particular están llamados a discernir[17] los pastores, es decir, los obispos y los presbíteros, la Iglesia local, los cónyuges y los fieles. Y ello, evidentemente, dando por descontada la necesaria preparación y, como escribiera el autor de la carta a los Hebreos (cf. Heb 5,12-14), la adecuada experiencia.

En cuanto a los pastores, cabe señalar que el confesor no es un «aplicador de la norma», sino «un pastor y un padre implicado de forma personal en el bien del penitente y en su camino cristiano». Y que «hoy la actitud indicada por Amoris laetitia exige que el confesor asuma más responsabilidad personal en la adecuada valoración del penitente y de las personas involucradas en su actuar, con corazón misericordioso y con intención terapéutica. Su papel es, por cierto, más exigente. Pero hay que decir que se hace también más significativo, más rico y ministerialmente más pleno»[18].

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Por lo que respecta a los fieles y a los cónyuges, téngase presente que ya san Juan Pablo II había escrito que la Iglesia «no lleva a cabo el propio discernimiento evangélico únicamente por medio de los Pastores […], sino también por medio de los seglares»; y que «para hacer un auténtico discernimiento evangélico en las diversas situaciones y culturas en que el hombre y la mujer viven su matrimonio y su vida familiar, los esposos y padres cristianos pueden y deben ofrecer su propia e insustituible contribución» (FC 5).

El autor de la carta a los Hebreos, después de haber observado que los destinatarios de sus palabras deberían «ser ya maestros, por razón del tiempo», constata, dirigiéndose a ellos: «seguís necesitando que alguien os vuelva a enseñar los primeros rudimentos de los oráculos divinos; y estáis necesitados de leche y no de alimento sólido» (Heb 5,12). El hagiógrafo señala después que «quien vive de leche, desconoce la doctrina de la justicia, pues todavía es un niño»; y concluye con una afirmación que debería invitar a todos (en particular a los presbíteros) a proceder a un examen de conciencia personal: «El alimento sólido es para perfectos, que con la práctica y el entrenamiento de los sentidos saben distinguir el bien del mal» (Heb 5,13-14).

Recordemos con Josep Maria Rovira Belloso[19] que «el discernimiento prudencial aparece como una actividad inalienable del hombre consciente y libre, capaz de enfrentarse lúcidamente con todos los factores que juegan en una situación real determinada». Esto significa haber superado «la etapa de los puros instintos» y tener buenos motivos para comprender que «discernir es una actividad reflexiva propia del espíritu del hombre», que «todo hombre está llamado a ser responsable ante los problemas que atañen a él y a su mundo» y que, «en la medida de esta responsabilidad, el hombre debe discernir la respuesta más adecuada —en la línea de la verdad, la justicia y el amor— a los problemas de su propio ser y entorno».

Téngase también en cuenta el principio indicado por la Conferencia Episcopal Italiana en su Catecismo de adultos: «La responsabilidad personal de cada uno es proporcional a su capacidad actual de apreciar y querer el bien en una situación caracterizada por múltiples condicionamientos psíquicos, culturales y sociales. Tender a la plenitud de la vida cristiana no significa hacer lo que abstractamente es más perfecto, sino lo que concretamente es posible. No se trata de rebajar la montaña, sino de caminar hacia la cima con el propio paso» (n.o 919). Pero siempre en el pleno respeto de la «conciencia de las personas» (AL 303). Por eso es necesario «alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia», entre otras cosas porque el discernimiento «es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena» (ibíd.).

Por último, es oportuno recordar otra enseñanza del Papa: «Jesús no impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de Jesús es así. Él invita siempre, no impone. Todo esto nos hace pensar. Nos dice, por ejemplo, la importancia que, también para Jesús, tuvo la conciencia: escuchar en su corazón la voz del Padre y seguirla»[20].

En el mismo texto subraya después el Papa que «Jesús nos quiere libres», y pregunta: «¿Y esta libertad dónde se hace?». La respuesta reza: «Se hace en el diálogo con Dios en la propia conciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe oír a Dios en la propia conciencia, no es libre». De aquí surge el deber de «aprender a oír más nuestra conciencia», sobre todo porque «la conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a seguir adelante, a permanecer fiel»[21].

* * *

Viene al caso una enseñanza del beato John Henry Newman: «Caso de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa […], beberé “¡Por el Papa!”, con mucho gusto. Pero primero “¡Por la Conciencia!”, después “¡Por el Papa”»[22].

No menos interesante y apropiado es otro pasaje de la misma carta: «La conciencia es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza… La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo»[23].

Téngase también en cuenta lo que escribiera monseñor Bruno Forte, secretario especial del Sínodo. Después de observar que «La Iglesia no ha hecho un sínodo para dar o no dar la comunión a los divorciados vueltos a casar», el arzobispo de Chieti-Vasto agrega que «pensarlo así es una reducción», y señala que su «objetivo fue el de poder crecer en la capacidad de ser una Iglesia madre que acompaña e integra, ayudando a cada uno a encontrar su lugar en la voluntad de Dios»[24].

Por último, merece toda atención la petición del Papa a los confesores para ser «acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios»[25].

  1. Bartolomé, «La compassione del Dio vivente», L’Osservatore Romano, 3 de diciembre de 2016.

  2. Francisco, «La alegría del amor: el camino de las familias en Roma», Basílica de San Juan de Letrán, 16 de junio de 2016.

  3. Para la versión integral de este estudio véase P. M. Schiavone, «“Amoris laetitia” e santa discrezione. Una “chance” per conseguire “maturità cristiana”», Ignaziana 22 (2016), pp. 248-262, cf. http://www.ignaziana.org/indice.html.

  4. «No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia, que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios» (Francisco, carta apostólica Misericordia et misera, n.º 14).

  5. El texto coloca en este punto una nota, numerada como 336: «Tampoco en lo referente a la disciplina sacramental, puesto que el discernimiento puede reconocer que en una situación particular no hay culpa grave».

  6. Benedicto XVI, Diálogo con el Papa en la fiesta de los testimonios, VII Encuentro Mundial de las Familias en Milán (2 de junio de 2012).

  7. Señalamos en particular AL 302 porque recuerda los n.os 1735 y 2352 del Catecismo de la Iglesia Católica (CEC). Para ulteriores precisiones véase P. M. Schiavone, «“Amoris laetitia” e santa discrezione…», op. cit., pp. 252-254.

  8. Esto no implica en absoluto una manumisión, ni menos aún una desvalorización de la doctrina católica. Cf. AL 35.

  9. Cf. P. M. Schiavone, Il discernimento. Teoria e prassi, Milán, Paoline, 2016, pp. 548-564.

  10. En primer lugar, a través de los diáconos y de aquellos que han sido llamados a vivir una vida de especial consagración: los lectores y los catequistas.

  11. Cf. «Constituciones de la Compañía de Jesús», en San Ignacio de Loyola, Obras. Edición manual, (ed. de Iparraguirre S.I., C. de Dalmases S.I. y M. Ruiz Jurado S.I.) , Madrid, BAC, 61997, pp. 179-306.

  12. En C 754 se habla de «prudente caridad». A la «discreta caridad» se opone la «caridad indiscreta» (C 2017). En C 182 se habla de «indiscretas devociones». En C 211, 462 y 825 aparecen, respectivamente, las fórmulas «discreto celo», «discreta consideración» (cf. C 193) y «discreta y moderadamente».

  13. Comentario de Maurizio Costa en Ignazio di Loyola, s., Gli Scritti, Roma, AdP, 2007, p. 680, nota 168.

  14. La indicación de tener en cuenta las diferentes circunstancias aparece en otros pasajes y para otras materias. Cf. ibíd., p. 681, nota 170.

  15. Cf. «Ejercicios espirituales», en San Ignacio de Loyola, Obras. Edición manual, op. cit., pp. 179-306.

  16. P.-H. Kolvenbach, «Pedagogia ignaziana: un approccio pratico», Appunti di Spiritualità 36, Nápoles, CIS, 1994.

  17. Recuérdese que la exhortación está dirigida a los obispos, a los presbíteros y a los diáconos, a las personas consagradas, a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos.

  18. B. Petrà, «“Amoris laetitia”. Un passo avanti nella Tradizione», Il Regno 8 (2016), p. 251.

  19. J. M.a Rovira Belloso, «¿Quién es capaz de discernir?», Concilium. Revista Internacional de Teología 139 (1978), pp. 597-608: 599

  20. Francisco, «Ángelus», 30 de junio de 2013.

  21. Ibíd. Ya Romano Guardini había hablado de la conciencia como el lugar de «entendimiento con Dios»: «Entendimiento del hombre interiormente alerta y dispuesto para el querer divino que se determina continuamente en el instante que pasa» (R. Guardini, La coscienza, Brescia, Morcelliana, 1977, p. 42)

  22. J. H. Newman, «Carta al duque de Norfolk», en Carta al duque de Norfolk. Desarrollo de la Doctrina Cristiana, Madrid, Rialp, 2013, p. 82.

  23. Ibíd., V, cita aquí según CEC 1778.

  24. B. Forte, «Il “Vangelo della famiglia” secondo Francesco», Credere 15 (2016), p. 14.

  25. Francisco, Carta apostólica Misericordia et misera, n.º 10. Véanse también los n.os 11 y 13.

Pietro Schiavone
Es un sacerdote jesuita, actual vicerrector de la Iglesia del Gesù, en Roma. Ha publicado numerosos escritos, entre los que destacan: “Discernere la volontà di Dio” (Paoline 2018) y “Sant'Annibale Maria di Francia maestro di discernimento” (Rogate 2017).

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