Espiritualidad

La renovación de la teología como diálogo desde dentro

La disputa del Sacramento, Rafael Sanzio (1509)

En este artículo pretendemos reflexionar sobre el estilo dialógico que – según el Magisterio, desde el Concilio – fundamenta la teología y la formación teológica. Sobre esta base, examinaremos a continuación diversas formas de diálogo y renovación en el seno de una facultad de teología. La reflexión culminará en ese diálogo que es la teología dócil al Espíritu[1].

A partir del Vaticano II

La reflexión sobre el diálogo y la renovación comienza con el cambio de paradigma que supuso para la Iglesia el Concilio Vaticano II. Con la constitución dogmática Dei Verbum (DV), la Iglesia puso fin a una actitud que había condicionado su forma de hacer teología durante siglos. Nos referimos a esa actitud defensiva que, desde el advenimiento de la modernidad, la había llevado a concebirse a sí misma como una fortaleza asediada por enemigos internos y externos. El Vaticano II decidió interrumpir este camino que la apologética católica había trazado desde Trento en adelante. Así, la Iglesia optó por un tono más dialogante y constructivo. El Vaticano II fue el primer concilio en el que no se pronunciaron anatemas. En este, la revelación de Dios se entiende como su autocomunicación a la humanidad y como una llamada a la comunión con Él. La Iglesia, ahora, se concibe a sí misma como una realidad dinámica, llamada a difundir la buena nueva del Evangelio, dirigiéndola a todos los hombres de la tierra.

El Concilio Vaticano II condujo a la recuperación de una visión más amplia, en mayor sintonía con la experiencia de la Iglesia primitiva: «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a […] todo el pueblo santo, unido con sus pastores» (DV 10). La constitución pastoral Gaudium et spes (GS) ha impulsado a la Iglesia a entrar en diálogo con el mundo, con el presente, con la humanidad entera y, en tal implicación, a tomar conciencia de sí misma, a redescubrir continuamente su verdadera identidad. Ciertamente, el diálogo pretende hacer más eficaz el anuncio del Evangelio, pero es aún más necesario para captar los signos de la presencia de Cristo que aparecen en la historia. El ejercicio del discernimiento evangélico – los fieles ejercitando el sensus fidei, su instinto de fe – permite «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo», para descubrir en la vida social humana un lugar o una plataforma donde la Iglesia pueda conocerse más profundamente a sí misma, en la «constitución que Cristo le dio […], para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos» (GS 44).

El gran cambio que introdujo el Vaticano II en la forma en que la Iglesia se presenta al mundo no podía dejar de tener repercusiones decisivas en la manera de entender la teología como formación para el ministerio en todas sus formas: sacerdotal, religiosa y laica.

El diálogo en la Iglesia docente

El decreto del Vaticano II sobre la formación sacerdotal Optatam totius (OT) insta a que los estudios eclesiásticos «tiendan a descubrir más y más en las mentes de los alumnos el misterio de Cristo, que afecta a toda la historia del género humano [e] influye constantemente en la Iglesia» (OT 14).

Para aplicar este decreto conciliar, Pablo VI había preparado una constitución apostólica para orientar y disciplinar los estudios eclesiásticos a la luz del Concilio. El proemio de Sapientia christiana (SC) se inspira en particular, entre los documentos del Concilio, en Gaudium et spes y Gravissimum educationis, y en las encíclicas Evangelii nuntiandi (EN) y Populorum progressio (PP) del mismo Pontífice. «La Iglesia de Cristo se esfuerza en llevar el Evangelio a todo el género humano, de tal forma que pueda aquél transformar la conciencia de cada uno y de todos los hombres en general, y bañar con su luz sus obras, sus proyectos, su vida entera y todo el contexto social en que se desenvuelven» (SC I, citando EN 18 y GS 58).

Pero Pablo VI no tuvo tiempo de promulgar la nueva constitución apostólica Sapientia christiana; Juan Pablo II se hizo cargo de ella en el primer año de su pontificado, el 15 de abril de 1979. Casi cuarenta años después, la actualización o renovación parecía urgente, y el papa Francisco la propuso, «con ponderada y profética determinación», en una nueva constitución apostólica sobre las universidades y facultades eclesiásticas, titulada Veritatis gaudium (VG), firmada el 8 de diciembre de 2017. Dieciocho meses después, el propio Francisco ofreció un comentario al respecto en un discurso pronunciado en Nápoles, en la sección San Luigi de la Pontificia Facultad Teológica de la Italia Meridional[2].

Inspirándose en documentos anteriores, el proemio de la nueva constitución añade puntos destacados de la doctrina social de la Iglesia, tomados de las encíclicas Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus, de Juan Pablo II; de Caritas in veritate, de Benedicto XVI; y de Evangelii gaudium (EG) y Laudato si’ (LS), del propio Papa Francisco, a las que se añade la reciente encíclica Fratelli tutti (FT).

Inscríbete a la newsletter

Cada viernes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu correo electrónico.

En Evangelii gaudium, el Papa Francisco subraya la necesidad de repensar todos los ámbitos de la actividad eclesial desde una perspectiva misionera. Los estudios teológicos deben abrazar esta prioridad y afrontar el reto de enfrentarse a la nueva configuración del mundo que está surgiendo gradualmente de la globalización, según un proceso que empezó a tomar forma unos 10 años después del Concilio. Es en las enseñanzas del Vaticano II en las que se inspira el Papa Francisco, dirigiendo su mirada a los grandes desafíos de la humanidad y de la Iglesia de hoy. El problema al que se enfrentan los teólogos, no menos que los pastores de la Iglesia, no es sólo el de anunciar a Dios en un mundo secularizado y plural (la cuestión de la verdad), sino el de anunciarlo como Padre amoroso, con rostro personal y corazón misericordioso, a quienes sufren la injusticia en las múltiples periferias. Es la cuestión de la identidad eclesial: el modo en que anunciamos a Dios revela quiénes somos como Iglesia.

La Congregación General de los Jesuitas de 1995 declaró: «No hay servicio de la fe sin promoción de la justicia, sin entrar en las culturas, sin abrirse a otras experiencias religiosas»[3]. ¿Cómo se puede estar al servicio de la fe, entendida como caridad intelectual, si uno se desentiende de la caridad histórica como defensa de la dignidad humana en sus diversos aspectos que hoy se vulneran? Sin la lucha por la justicia, la fe corre el riesgo de distanciarse de la realidad, de reducirse a la insignificancia, de limitarse al mero culto y a los rituales. Pero, al mismo tiempo, el compromiso por la justicia debe alimentarse de una fe viva, reflexiva y bien formada, para no caer en la ideología: «No hay promoción de la justicia sin comunicación de la fe, transformación de las culturas, colaboración con otras tradiciones»[4].

Si hemos mencionado aquí algunos documentos del Concilio y de los papas y un documento de los jesuitas, no es porque este compromiso deba traducirse, en primer lugar, en una vía doctrinal o de ideas. Más bien, gracias al «esfuerzo perseverante de la mediación cultural y social del Evangelio», expresado por el pueblo de Dios en diferentes áreas geográficas y en diálogo con diferentes culturas, el «rico patrimonio de profundización y orientación» del Vaticano II y de la doctrina social de la Iglesia ha sido «confrontado y enriquecido —por así decir— “sobre el terreno”» (VG 3). Esta experiencia pastoral es indispensable para reorientar y refundar los estudios eclesiásticos.

Diálogo dentro de la teología y para su renovación

Veritatis gaudium comienza sentando las bases de las facultades eclesiásticas en la vida de la Iglesia: «El Pueblo de Dios peregrina a lo largo de los senderos de la historia, acompañado con sinceridad y solidaridad de los hombres y mujeres de todos los pueblos y de todas las culturas, para iluminar con la luz del Evangelio el camino de la humanidad hacia la nueva civilización del amor. El vasto y multiforme sistema de los estudios eclesiásticos ha florecido a lo largo de los siglos gracias a la sabiduría del Pueblo de Dios, que el Espíritu Santo guía a través del diálogo y discernimiento de los signos de los tiempos y de las diferentes expresiones culturales. Dicho sistema está unido estrechamente a la misión evangelizadora de la Iglesia y, más aún, brota de su misma identidad, que está consagrada totalmente a promover el crecimiento auténtico e integral de la familia humana hasta su plenitud definitiva en Dios» (VG 1).

Los estudios eclesiásticos ofrecen, por tanto, «una especie de laboratorio cultural providencial, en el que la Iglesia se ejercita en la interpretación de la performance de la realidad que brota del acontecimiento de Jesucristo y que se alimenta de los dones de Sabiduría y de Ciencia, con los que el Espíritu Santo enriquece en diversas formas a todo el Pueblo de Dios: desde el sensus fidei fidelium hasta el magisterio de los Pastores, desde el carisma de los profetas hasta el de los doctores y teólogos» (VG 3). Estos estudios deben ponerse «al servicio del camino de una Iglesia que sitúa cada vez más la evangelización en el centro» (DF 1).

Una comparación entre el proemio de Veritatis gaudium y el de Sapientia christiana no revela ninguna diferencia significativa: los objetivos que ambos señalan convergen en las mismas urgencias y metas. Esta observación es significativa: si el proyecto de renovación de los estudios teológicos sigue centrado hoy sustancialmente en los mismos objetivos que tenía en 1979, significa que, a pesar de los muchos y buenos esfuerzos realizados hasta ahora, queda todavía mucho por hacer. En Nápoles, el Papa Francisco recordó a la facultad eclesiástica lo que ya había expuesto Juan Pablo II, pero que las facultades teológicas habían ignorado en gran medida.

En cambio, lo que Veritatis gaudium ofrece de nuevo es el estímulo para continuar en la dirección trazada por la constitución apostólica de Pablo VI y Juan Pablo II, precisándola aún más a la luz de la realidad social y religiosa actual, cada vez más pluralista y, sin embargo, empujada a la uniformidad por la globalización. Dos claves hermenéuticas complementarias de la VG – a la vez evangélica y pastoral, metodológica y teológica – son la atención y la valentía. Estas nos permiten apreciar cómo VG puede guiar los estudios eclesiásticos a partir de ahora.

Atención al «kerigma» y a los pobres

Empecemos por la encarnación. Esta hace del vaciamiento de sí mismo un elemento intrínseco de la atención al mundo. El Papa pide a los teólogos «abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno» (EG 92).

El primer criterio, urgente y duradero, es contemplar «la siempre nueva y fascinante buena noticia del Evangelio de Jesús, que se va haciendo carne cada vez más y mejor en la vida de la Iglesia y de la humanidad» (VG, proemio, n. 4). «En el diálogo con las culturas y las religiones, la Iglesia anuncia la Buena Noticia de Jesús y la práctica del amor evangélico que Él predicaba como una síntesis de toda la enseñanza de la Ley, de las visiones de los Profetas y de la voluntad del Padre» (DF). Desarrollar la atención, al desarrollar la teología, significa destacar más los contextos, las realidades y las diversidades. Esto exige que tanto el teólogo como el estudiante tengan en cuenta las situaciones concretas y los retos que les rodean – sociales, políticos, culturales, eclesiales, económicos y, en última instancia, «pastorales» – para que la educación teológica pueda esforzarse por responder a ellos con mayor eficacia. La auténtica atención toma inevitablemente la forma de compasión, de dejarse tocar íntimamente por las existencias oprimidas de muchas personas, cercanas o lejanas; de dejarse tocar por las formas de esclavitud que hoy se imponen; de dejarse tocar por las heridas sociales, la violencia, las guerras y las enormes injusticias que se sufren en todas partes. «Sin compasión, extraída del Corazón de Cristo, los teólogos corren el riesgo de ser fagocitados por la condición de privilegio de quien se coloca prudentemente fuera del mundo y no comparte nada de arriesgado con la mayoría de la humanidad» (DF).

Así lo reafirma uno de los cuatro principios clave que Francisco propone en Evangelii gaudium y aplica en Laudato si’: el principio de que «la realidad es superior a la idea»[5]. Francisco observa que abordar los problemas de forma abstracta puede llevar a «despersonalizar» los contextos, mientras que siempre hay que partir del contacto real con los dramas reales de la humanidad. Esto es lo que hace auténtica la atención teológica, porque «El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad» (EG 177).

Precisamente por ello, las facultades católicas pretenden convertirse en laboratorios de reflexión eclesial comprometidos en alimentar la autoconciencia de las Iglesias locales, para contribuir a generar nuevos paradigmas pastorales llenos de fe y capaces de afrontar con eficacia las crisis globales actuales y futuras».

La valentía del discernimiento y del diálogo

Si la atención es una cualidad de la mente que conduce a la compasión, la valentía es una cualidad del corazón que, a pesar de muchas dificultades, apoya el discernimiento y el diálogo. Además, el Papa Francisco recomienda ir más allá de los límites y decir las cosas como son. Esta «cualidad esencial en la vida cristiana» se denomina parrēsia: «tener el corazón vuelto a Dios, creyendo en su amor (cfr 1 Jn 4,16)»[6]. A ella se añade la paciencia, que hace avanzar sin rendirse ante las dificultades, para contribuir voluntariamente a la edificación del reino de Dios. Esta virtud se llama hypomonē[7].

Por tanto, la valentía, fortalecida por la parrēsia y la hypomonē, ante las contradicciones o rivalidades, supone la disposición a «soportar el conflicto, resolverlo y transformarlo en eslabón de un nuevo proceso», para adquirir así «un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna» (EG 228).

Valentía significa no eludir la tarea de favorecer el encuentro entre fe y ciencia, entre anuncio y cultura, entre culturas y religiones, aunque a veces se corra el riesgo de llegar a visiones contrastadas o a experimentar fricciones. Si Sapientia christiana había sancionado definitivamente la voluntad conciliar de abandonar un cierto espíritu «apologético» defensivo en el modo de abordar los estudios teológicos, en Veritatis gaudium el papa Francisco eleva esta toma de conciencia a un nivel superior: una Iglesia que se conciba a sí misma en salida, no en choque frontal con la modernidad, sino en diálogo abierto con el mundo de hoy; que tenga el valor de aventurarse hacia fronteras «arriesgadas», de invertir energías y recursos en la búsqueda de puntos de contacto con quienes viven su vida y su experiencia humana «fuera» de los confines de la Iglesia.

Esta insistencia en la valentía lleva a reconocer que el diálogo y el discernimiento no son sólo técnicas, ni siquiera estrategias, sino empresas extenuantes que no cesan de plantearnos las más exigentes demandas. En efecto, el discernimiento sincero y profundo acepta el riesgo de elegir la voluntad de Dios, que desea lo mejor para sus criaturas. El discernimiento aprendido y practicado puede implicar percepciones existenciales, psicológicas, sociales, interculturales y morales extraídas de las humanidades, pero va más allá. «[No es] suficiente con las sabias normas de la Iglesia. Recordamos siempre que el discernimiento es una gracia – un don –. El discernimiento, en fin, conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a aquel que has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3)» (DF, citando Gaudete et exsultate, n. 170).

El diálogo, a su vez, expresa el compromiso personal de practicar la acogida y la hospitalidad, y de promover una cultura del encuentro[8]. El diálogo es humilde, ocupa el último lugar en la mesa y se abstiene de colonizar. Refiriéndose a Babel, donde los hombres «ya no entendían la lengua del otro» (cfr Gn 11,7), el Papa Francisco muestra cuál es el síndrome de Babel verdaderamente peligroso: «es no escuchar lo que dice el otro y creer que sé lo que piensa la otra persona y qué es lo que dirá el otro. ¡Esta es la peste!» (DF).

Atención y valentía resumen «elementos y criterios que traducen el modo en que el Evangelio ha sido vivido y anunciado por Jesús y mediante el cual puede ser transmitido hoy por sus discípulos» (DF). Estos criterios evangélicos de renovación y renacimiento se encuentran «siguiendo la enseñanza del Vaticano II y la experiencia que la Iglesia ha adquirido en estos decenios de aprendizaje, escuchando al Espíritu Santo y las necesidades más profundas y los interrogantes más agudos de la familia humana» (VG 4).

Atención y diálogo entre las disciplinas

La atención y la valentía son claves hermenéuticas que ayudan a la teología a ser acogedora, es decir, a «desarrollar un diálogo sincero con las instituciones sociales y civiles, con centros universitarios y de investigación, con las autoridades religiosas y con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir pacíficamente una sociedad inclusiva y fraterna y también para custodiar la creación» (DF).

¿Qué exigencias convergen en la atención y la valentía de las actitudes y acciones del teólogo? «Una teología de la acogida que, como método interpretativo de la realidad, adopta el discernimiento y el diálogo sincero, necesita la presencia de teólogos que sepan trabajar juntos y de forma interdisciplinar, superando el individualismo en el trabajo intelectual» (DF). Más que preocuparse por preservar identidades arraigadas, las facultades eclesiásticas deben ser capaces de iniciar investigaciones especializadas que enriquezcan a la Iglesia, facilitando el intercambio entre diferentes identidades culturales y explorando nuevas formas de encontrar la realidad y el tiempo presente. Todo esto requiere atención y valor. Tanto los profesores como los estudiantes de teología deben estar atentos y ser valientes para integrar «el principio vital e intelectual de la unidad del saber en la diversidad y en el respeto de sus expresiones múltiples, conexas y convergentes» (VG 4c).

Se trata de una tarea compleja. Al principio, los estudiantes asumen un modo multidisciplinar, cuando averiguan qué dicen las distintas disciplinas sobre un tema concreto. Luego pasan a un modo interdisciplinar: conectan las distintas disciplinas en relación con un tema problemático. El modo más eficaz puede denominarse «transdisciplinar, interdisciplinar o sistémico»: significa acoger en la propia disciplina las nociones y formas de pensar desarrolladas por otra disciplina. «Acoger» significa traer a la propia casa campos y perspectivas diferentes, hasta el punto de cambiar la propia casa. Al mismo tiempo, hay que procurar no extrapolar el punto de vista de la propia disciplina, imponiéndolo a otra, sino dialogar, intercambiar visiones y evolucionar de verdad.

Dona

APOYA A LACIVILTACATTOLICA.ES

Queremos garantizar información de calidad incluso online. Con tu contribución podremos mantener el sitio de La Civiltà Cattolica libre y accesible para todos.

Esta epistemología de la complejidad se beneficia de otro principio clave del Papa Francisco, a saber, que «el todo es más que las partes, y es también más que la mera suma de ellas» (EG 235). El Papa asocia a ella la evocadora imagen del «poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad» (EG 236). Volvemos a encontrar estos principios en Laudato si’, en la que Francisco expresa «la convicción de que en el mundo todo está conectado (LS 16) y de que «todas las criaturas están conectadas» (LS 42). Laudato si’ es un gran ensayo de pensamiento transdisciplinar y de «diálogo con todos» (LS 3). Advierte que «el conocimiento fragmentario y aislado puede convertirse en una forma de ignorancia si se resiste a integrarse en una visión más amplia de la realidad» (LS 138).

Podemos, pues, resumir así el modo en que la Veritatis gaudium puede orientar hoy los estudios eclesiásticos: «El principio vital e intelectual de la unidad del saber en la diversidad y en el respeto de sus expresiones múltiples, conexas y convergentes es lo que califica la propuesta académica, formativa y de investigación del sistema de los estudios eclesiásticos, ya sea en cuanto al contenido como en el método» (VG 4c). Intrínsecamente plural, porque la realidad es plural. El pueblo de Dios es diverso, plural; y la Iglesia, como católica, debe acoger todos los estudios con toda su variedad.

Diálogo y creación de redes

Las encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti afirman que «todo está conectado» (LS 70; FT 34), y el trabajo en red es la forma en que establecemos y exploramos las conexiones. En un mundo como el nuestro, cada vez más interdependiente, esto se hace aún más indispensable, y se convierte en una exigencia imprescindible también en las cuestiones de la teología y de la catolicidad de la Iglesia: «No hay duda de que la Teología debe estar enraizada y basada en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva, pero precisamente por eso debe acompañar simultáneamente los procesos culturales y sociales» (VG 4d). Aquí vuelve la figura del poliedro de Francisco: para captar una esfera basta con un solo individuo, pero para apreciar la realidad como un poliedro hay que trabajar en red.

¿Cómo se aplica este concepto a las facultades de teología y a las universidades eclesiásticas? Su labor «contribuye a la edificación de una sociedad justa y fraterna, donde el cuidado de la creación y la construcción de la paz son resultado de la colaboración entre instituciones civiles, eclesiales e interreligiosas» (DF). Aquí, con el Papa Francisco, nuestra mirada se vuelve hacia la humanidad asediada: «Las preguntas de nuestro pueblo, sus angustiar, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos, sus cuestionamientos nos cuestionan»[9]. Así es como «se puede huir de las lógicas autorreferenciales, competitivas y, de hecho, cegadoras que a menudo existen [escondidas] también en nuestras instituciones académicas y […] en las escuelas teológicas» (DF).

Las facultades de teología deben aprovechar las numerosas oportunidades que tienen profesores y estudiantes para entablar «un diálogo mutuo orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad» (LS 201). No deben aspirar al sincretismo ni a la guerra interdisciplinar, sino «a la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna (VG 4). La teología, dice Francisco, «debe sintonizar con el Espíritu de Jesús Resucitado, con su libertad de ir por el mundo y de llegar a las periferias, también a las del pensamiento […]. Las grandes síntesis teológicas del pasado son canteras de sabiduría teológica, pero no pueden aplicarse mecánicamente a las cuestiones actuales» (DF).

Se trata, en definitiva, de la concepción de una «visión unitaria y orgánica del conocimiento»[10], ése es el reto al que se enfrenta hoy el pensamiento cristiano. De hecho, «hasta hace muy poco, el cristianismo se ha percibido como una religión europea y norteamericana, y se ha identificado casi exclusivamente con la civilización occidental. En cambio, en los albores de este nuevo milenio, el cristianismo no sólo es una religión predominantemente no occidental, sino también ampliamente pluralista y diversa. Estemos o no dispuestos a reconocerlo, en el epicentro del cristianismo se está produciendo un gran cambio, y el futuro parece no estar anclado en Occidente, sino más bien en las partes no occidentales del planeta»[11].

Renovar la teología desde dentro

En su discurso en Nápoles, el Papa Francisco se dirigió a los profesores como «“etnógrafos espirituales” del alma de los pueblos» y les invitó a ser «dóciles siempre a los signos, a la acción del Señor Resucitado y a su Espíritu de paz […], sin afán de conquista, sin voluntad de proselitismo – esta es la peste – y sin un intento agresivo de confutación» (DF).

¿De qué modo la docilidad al Espíritu promueve el diálogo desde dentro para la renovación de la teología? Renovar la teología como diálogo desde dentro exige docilidad al Espíritu, para que el diálogo pueda darse en toda su dimensión: dentro de los mundos y culturas de los pueblos, especialmente de las periferias; dentro de la Iglesia y de su historia, especialmente del Vaticano II y de las distintas tradiciones religiosas; dentro del teólogo, como profesor o estudiante, ya sea contemplando, investigando, enseñando, estudiando o dedicándose al servicio pastoral.

Una teología es dócil a la acción del Espíritu y auténticamente «católica» cuando se deja abrazar por el pensamiento de sus interlocutores, renunciando a subterfugios para eludir o tergiversar la verdad. ¿Puedo permitir que los demás consideren mis ideas sin esperar que piensen como yo? ¿Y puedo, al mismo tiempo, poner entre paréntesis lo que soy y lo que pienso, para hacer sitio al otro en mi esquina del poliedro? Esta reciprocidad – acoger a otros y dejar que me acojan – revela una actitud dialógica y fraternal: buscar juntos la verdad, sin pretender tener el monopolio de ella. Florece en el oxígeno del debate, que puede hacer que nuestras mentes sean más agudas, más intuitivas. Pero lo contrario también es cierto, como sugiere la latitudo cordis, la «anchura del corazón» de Santo Tomás. La reflexión creyente – la teología – logra su propósito cuando abre la mente al corazón, es decir, cuando nos hace más dispuestos a acoger y amar, a abrir el corazón al prójimo.

Una teología es dócil al Espíritu cuando dialoga con su contexto vital, en constante expansión, y ama a quienes encuentra en los caminos del pensamiento. Para quienes se comprometan a entrar en esta senda, será una aventura emocionante y apasionante, con la posibilidad de trazar nuevos caminos. Como los exploradores del pasado que iban más allá de las aguas conocidas, los teólogos de hoy necesitan tener una pasión indomable por el Reino que les empuje a salir de sus zonas de confort, a adentrarse en territorios sin límites.

Esto es, pues, lo que deseamos para nuestras facultades de teología: que sean un lugar donde las diferencias se vivan en amistad; donde se practique con atención y valentía una teología de la acogida y del diálogo; donde el conocimiento teológico se experimente según el modelo del poliedro, en lugar del de una esfera lisa y desencarnada; donde la investigación teológica pueda promover un proceso de inculturación estimulante y convincente. La teología, según el Papa Francisco, debe adoptar «una modalidad que entra en diálogo “desde dentro” con los hombres y con sus culturas, con sus historias, con sus diferentes tradiciones religiosas; una modalidad que, en coherencia con el Evangelio, comprende también el testimonio hasta el sacrificio de la vida» (DF).

  1. Este artículo retoma la Chancellor’s Lecture que pronunciamos en el Regis College (Universidad de Toronto) el 19 de noviembre de 2021. Queremos agradecer al P. Christian Barone y a Robert Czerny su inestimable ayuda en la redacción y revisión del texto.

  2. Cfr Francisco, Discurso del Santo Padre en la Pontificia Facultad Teológica de la Italia Meridional, Nápoles, 21 de junio de 2019, en www.vatican.va/. En adelante citaremos con la sigla DF (Discurso Francisco).

  3. 34º Congregación General de la Compañía de Jesús (1995), Decreto 2, n. 19.

  4. Ibid.

  5. EG 231-233; LS 110; 201.

  6. Francisco, Discurso en el encuentro con la comunidad del Movimiento de los Focolares, Loppiano (Fi), 10 de mayo 2018.

  7. Cfr Ibid.

  8. Cfr EG 239: «Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones».

  9. Francisco, Videomensaje del Santo Padre Francisco al Congreso Internacional de Teología organizado por la Pontificia Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 1-3 de septiembre de 2015.

  10. Juan Pablo II, s., Fides et ratio (1998), n. 85.

  11. P. Vethanayagamony, «Mission from the Rest to the West», en Mission After Christendom: Emergent Themes in Contemporary Mission, Westminster, John Knox, 2010, 59.

Cardenal Michael Czerny
Es Subsecretario de la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Anteriormente, ocupó puestos de responsabilidad en los jesuitas, entre ellos la dirección del Secretariado para la Justicia Social en la Curia General Jesuita y de la African Jesuit AIDS Network.

    Comments are closed.