Vida de la Iglesia

La celebración litúrgica de la Pascua en la Iglesia Antigua

El 16 de noviembre de 1955, con un Decretum generale y la Instructio anexa, Pío XII instituyó el nuevo Ordo de Semana Santa, válido para el Rito Romano, estableciendo que entraría en vigor en la Pascua de 1956[1]. Han transcurrido, por tanto, 68 años desde aquella disposición ciertamente valiente, con la que se inició efectivamente la reforma de la liturgia romana, que más tarde llevaría adelante el Concilio Vaticano II con la Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, del 4 de diciembre de 1963.

Según el P. Ferdinando Antonelli[2], la importancia de la nueva reforma litúrgica había que buscarla sobre todo en «razones de carácter pastoral, es decir, para reconducir a la masa de los fieles a la celebración de los santísimos misterios de la pasión y muerte del Salvador». Escribía: «Desde finales del siglo XVI en adelante, es decir, desde que San Pío V, aplicando las prescripciones del Concilio de Trento en materia litúrgica, publicó el Breviario Romano reformado en 1568 y el Misal Romano en 1570, tal vez no haya ningún acontecimiento en la historia litúrgica que pueda igualar, en cuanto a importancia, al actual Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos»[3].

La Semana Santa así restablecida por Pío XII es, aparte de la lengua latina, sustancialmente idéntica a la que hoy conocen los fieles de rito romano. En efecto, hay que recordar que, antes de 1956, la liturgia del Triduo Pascual, incluido el Sábado Santo, sólo se celebraba por la mañana. En cambio, la reforma quiso que los ritos se celebraran en los mismos días y posiblemente a las mismas horas que los misterios que conmemoraban. En particular, al final del Sábado Santo, día de «duelo supremo», todavía dedicado a la meditación de la pasión y muerte del Redentor, se reintrodujo la Vigilia Pascual, de modo que el inicio de la misa coincidiera con la medianoche entre el sábado y el domingo. Ahora, para comprender mejor el sentido de esa reforma, nos proponemos reflexionar sobre algunas notas tomadas de los primeros siglos, no de manera sistemática, pero suficientes para dar una idea de cómo vivían la Pascua los Padres de la Iglesia.

La Vigilia Pascual

Comencemos por la Vigilia Pascual, que es la culminación de toda la Semana Santa. La Pascua judía era una fiesta anual, que caía siempre el día 14 del mes primaveral de Nisán y se situaba necesariamente en Jerusalén, pero la Pascua cristiana no estaba ligada a esa única fecha y lugar. De hecho, el ciclo litúrgico cristiano más atestiguado es el semanal, como ya se desprende del Nuevo Testamento[4]. Estaba vinculada a la Santa Cena, memorial de la pasión y resurrección del Señor, celebrada en un clima de ferviente espera de su retorno glorioso (cfr. 1 Cor 11,26).

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Este primer día de la semana pronto se denominó «día del Señor», o «domingo», cuando toda la comunidad se reunía para «partir el pan […] con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46). Leemos en la Didajé 14,1: «Cada domingo, día del Señor, se reunen para partir el pan y celebrar la Eucaristía, después de confesar sus pecados, para que su sacrificio sea puro»[5]. Sin embargo, esta «Pascua semanal» no suplantó a la celebración anual de la Pascua. De hecho, los primeros cristianos, todos de origen o cultura judía, no hicieron tabula rasa, como si se hubieran desprendido de sus raíces, sino que siguieron celebrando la Pascua, dándole un nuevo sentido, como muestra un texto de Pablo, escrito hacia el año 53: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad» (1 Cor 5,7-8).

Pero, aparte de esta declaración de Pablo, no hay muchos documentos que atestigüen de forma indudable una Pascua cristiana[6]. El testimonio más antiguo se encuentra en la Epistula Apostolorum, de mediados del siglo II. Esta presenta a los discípulos celebrando la Pascua durante una «noche de vigilia», para conmemorar la muerte del Señor, al que se considera resucitado y vivo. Dice que al canto del gallo la vigilia debe terminar con el agapē, es decir, con la Eucaristía, que debe celebrarse hasta la parusía[7]. La celebración de la Pascua se concentraba, pues, toda en la Vigilia Pascual, como testimonia también indirectamente Tertuliano[8].

A la Vigilia se llegaba preparado con un ayuno, en cumplimiento de las palabras de Jesús: «Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán» (Mc 2,20). La duración y la forma de este ayuno pueden variar de una región a otra. En varias Iglesias se hizo habitual un ayuno preparatorio de 40 días (Cuaresma), a imitación del practicado por el Señor, pero excluyendo del ayuno el sábado y el domingo[9]. En otras Iglesias, el ayuno pascual comenzaba seis días antes del Domingo de Resurrección, dando comienzo a la «Semana Grande de la Pasión»[10]. Ciertamente, el ayuno se hizo obligatorio a partir de la Parasceve (= Viernes Santo) y durante todo el sábado, hasta la Vigilia Pascual inclusive[11].

Al ser una ceremonia nocturna, la Vigilia Pascual era iluminada no sólo por la luna llena, sino también por lámparas y velas encendidas, traídas por los fieles o colocadas en la iglesia[12]. Cromacio de Aquilea († 407), en la primera de sus dos homilías sobre la noche de Pascua, alude a esta práctica: «Esta vigilia es superior a todas las demás, pues se llama la vigilia del Señor (cfr. Ex 12,42), […] en la que no sólo ha iluminado este mundo, sino también a los que estaban en el infierno»[13]. Y más adelante escribe: «Con razón se llama esta noche vigilia del Señor, pues se celebra en todo el mundo en honor de su nombre. Tantas son las oraciones de los individuos, tantos los deseos; tantas las velas encendidas, tantos los votos de méritos. La oscuridad de la noche es vencida por la luz de la devoción»[14]. Zenón de Verona (380 aprox.) habla de una «dulce vigilia de una noche muy luminosa por su propio sol»[15]. Agustín pronunció muchas homilías para la Vigilia, a la que llama «la madre de todas las vigilias»[16]. Estas homilías mencionan a menudo el encendido de lámparas, citando incluso el famoso versículo del salmo: «Y la noche será tan luminosa como el día» (Sal 138,12)[17]. Es probable que el encendido de las lámparas fuera acompañado de un ritual, que más tarde se convertiría en un verdadero candelabro, con la bendición del nuevo fuego[18]. Hacia finales del siglo IV, se hizo costumbre en Occidente encender un gran cirio pascual, objeto de un laus o preconio pascual, junto a la pila bautismal[19]. Tenemos un ejemplo de ello en el Exultet, atribuido a san Ambrosio, o al menos inspirado en él[20]. El preconio era cantado por un diácono, y Agustín atestigua que una vez le tocó a él cantarlo[21].

La celebración podía ser introducida por un praeconium o praefatio pascalis, como encontramos en Ambrosiaster[22] y Zenón de Verona[23]. La Vigilia Pascual incluía ciertamente lecturas del Antiguo Testamento, especialmente Gn 1 (creación)[24], Ex 12 (cordero pascual)[25], Ex 14-15 (salida de Egipto), pero también Gn 22 (sacrificio de Isaac) y quizás también Dt 32 (cántico de Moisés) y Ez 37 (huesos secos)[26]. Las lecturas del Nuevo Testamento incluían ciertamente 1 Cor 5,7-8 y, por supuesto, uno de los Evangelios de las apariciones del Resucitado. La homilía podía preceder o seguir a las lecturas, o ambas cosas.

La mayoría de las homilías pascuales de los siglos II al V, dada su vinculación a la liturgia, reflejan siempre la concepción primitiva de la Pascua cristiana, en la que se celebraba todo el misterio de Cristo: desde la encarnación hasta la pasión y muerte, pasando por el descenso a los infiernos, hasta la resurrección y ascensión a los cielos, con el tiempo de Pentecostés (siete semanas). Sin embargo, el propio término pascha se reserva para la víspera y el día de Pascua, como en este pasaje de Agustín: «Porque nuestro Señor Jesucristo, el día que había hecho lúgubre con su muerte, lo ha hecho glorioso con su resurrección, recordando ambos momentos en este solemne memorial, velamos recordando su muerte y nos alegramos recibiendo su resurrección. Esta es nuestra fiesta anual y nuestra Pascua, no figurada como para el pueblo antiguo en la matanza de una oveja, sino realizada como para el pueblo nuevo en la víctima que es el Salvador. Sí, Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado (1 Cor 5,7), y las cosas viejas han pasado, y he aquí que se han hecho nuevas (2 Cor 5,17)»[27].

Tras la homilía, se administraban los bautismos, como atestigua Tertuliano: «La Pascua ofrece el día más solemne para el bautismo, porque en ese día se cumplió la pasión del Señor, en la que somos bautizados»[28]. Los bautismos, administrados principalmente a adultos, ya que implicaban la inmersión en una pila, no tenían lugar en la iglesia, sino en un edificio adyacente, el baptisterio, situado cerca de la entrada[29]. La descripción más antigua de los ritos bautismales se encuentra en la Tradición Apostólica de Hipólito[30]. En ella se indica que los candidatos deben bañarse el jueves, ayunar el viernes y reunirse en torno al obispo el sábado, rezando de rodillas. Pasarán «toda la noche» entre lecturas e instrucciones. Al canto del gallo, después de medianoche, tienen lugar los bautismos, tras los cuales los neófitos pasan del baptisterio a la iglesia, donde se reúnen por primera vez con los demás fieles para la Eucaristía. En la comunión, además del pan y el vino consagrados, reciben leche y miel, símbolos de la Tierra Prometida. Según Odo Casel, los ritos allí relatados proceden sin duda de la liturgia pascual: «Pascua y bautismo están unidos […]. Se da tan por sentado que el bautismo se confiere en Pascua que ni siquiera se menciona»[31]. En Milán, Aquilea y África (pero no en Roma) el bautismo iba seguido del rito del lavatorio de los pies, siempre en el baptisterio, con la lectura de Juan 13,1-20[32]. A continuación, el recién bautizado, vestido con una túnica blanca, entraba en procesión en la iglesia, para alegría de los demás fieles, que veían así crecer su comunidad[33].

La culminación de la noche pascual se sitúa en la Eucaristía, que se celebra al amanecer. Así se deduce del comienzo de la homilía pascual atribuida a Hipólito: «He aquí que ya brillan los sagrados rayos de la luz de Cristo, amanecen las puras luces del puro Espíritu, se abren de par en par los tesoros celestiales de la gloria y de la divinidad. La vasta y negra noche ha sido engullida, las impenetrables tinieblas se han disuelto en sí mismas, y la sombría sombra de la muerte se ha oscurecido. La vida se ha extendido sobre todas las cosas, y todo está lleno de luz infinita; una aurora eterna ocupa el universo, y el que existe antes que el lucero del alba y las estrellas, inmortal e inmenso, el grande Cristo resplandece sobre todas las cosas más que el sol»[34].

Con la Pascua comienza el tiempo de la santa alegría de los 50 días de Pentecostés. Era considerado «el gran domingo»: «El día de Pentecostés, que debe entenderse en el sentido de un gran domingo que se extiende a lo largo de siete semanas, está prefigurado en el Antiguo Testamento por la Fiesta de las Semanas. Es simbólico del mundo futuro en el que los cristianos, habiendo emigrado de este mundo, participarán con Cristo en la fiesta inmortal»[35]. Este tiempo se caracterizaba por oraciones y cantos alegres, como la aclamación del Aleluya. Durante todo este tiempo, la oración litúrgica se hacía de pie, y se excluía el arrodillarse: «No doblar las rodillas el domingo [de Pascua] es símbolo de la resurrección, por la que, por la gracia de Cristo, hemos sido liberados de los pecados y de la muerte, que en él fue inmolada. Esta costumbre comenzó desde los tiempos apostólicos, como dice el beato Ireneo, mártir y obispo de Lyon, en su tratado Sobre la Pascua, en el que menciona también Pentecostés, en el que no doblamos las rodillas porque tiene la misma importancia que el domingo [de Pascua], por la razón que hemos dicho de él»[36]. Esta costumbre litúrgica también está atestiguada por Tertuliano: «Consideramos que no nos está permitido ayunar ni rezar de rodillas los domingos. Practicamos la misma abstención con alegría desde el día de Pascua hasta Pentecostés»[37].

El tiempo de Pascua, que dura 50 días (siete veces siete días), es Pentecostés, que no es sólo el último día, sino los 50 días completos[38]. Por último, toda la Vigilia tenía un fuerte acento escatológico, como atestigua Jerónimo: «Existe entre los judíos la tradición de que el Mesías vendrá en medio de la noche, a semejanza del tiempo de Egipto, cuando se celebraba la Pascua y venía el exterminador y el Señor pasaba por encima de las casas, y los de las puertas eran consagrados con la sangre del cordero. Por eso creo que se mantuvo la tradición apostólica de que en la Vigilia Pascual el pueblo no debía salir antes de medianoche, en espera de la venida de Cristo, y sólo después de asegurarse de que había pasado, debían celebrarlo todos juntos»[39]. No fue hasta la segunda mitad del siglo IV que la celebración de la Pascua comenzó a incluir, además de la eucaristía de la vigilia, una misa el domingo, que se convirtió más específicamente en el día de la resurrección.

El triduo pascual

El deseo de seguir más de cerca los acontecimientos de la Pasión favoreció sin duda la ampliación de la celebración litúrgica a varios días, es decir, al Triduo Santo del Viernes Santo (Cruz), el Sábado Santo (reposo de Jesús en el sepulcro) y la Vigilia nocturna hasta el Domingo de Resurrección. Ya a mediados del siglo III, con Cipriano de Cartago, se produce un cambio en el lenguaje, ya que la Pascua empieza a coincidir con el día de la Resurrección[40]. En Orígenes se encuentra una huella del triduo pascual: «El primer día es para nosotros el de la pasión del Salvador, el segundo aquel en que descendió a los infiernos, el tercero es el día de la resurrección»[41].

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Sin embargo, el mayor impulso para la representación histórico-cronológica de la Semana de la Pasión provino de la liturgia de Jerusalén, después de que el emperador Constantino descubriera los lugares de la crucifixión y sepultura de Jesús, erigiendo sobre ellos la espléndida basílica del Santo Sepulcro. Este edificio único incluía el Martyrium (lugar de la Cruz), la Anástasis (Santo Sepulcro), un atrio y un baptisterio. La información detallada sobre los lugares y la liturgia de la Semana Santa procede de un diario de viaje realizado entre 381 y 384 de una mujer, Egeria (o Eteria), procedente de Occidente[42]. Las fiestas pascuales se describen con detalle (cc. 27-44), y la liturgia de la «Semana Grande» se relata en particular (cc. 30-40).

Es en Jerusalén donde se originó la procesión de las Palmas el domingo anterior a la Pascua: el pueblo, con el obispo, se reunía en el Monte de los Olivos y luego, tras leer el Evangelio que describe la entrada de Jesús en Jerusalén, todos descendían en procesión a la ciudad, cantando himnos y salmos[43]. Hasta el Sábado Santo, todas las celebraciones estaban absorbidas por la idea de la pasión. El Jueves Santo – llamado in Coena Domini – se ordenaba principalmente para conmemorar la institución de la Eucaristía, pero también incluía la reconciliación de los penitentes y la consagración de los santos óleos[44]. Alrededor del siglo VI, se introdujo el «lavatorio de los pies» después de la misa, que el obispo hacía, siguiendo el ejemplo de Cristo, a doce pobres[45]. El Viernes Santo se celebraba un servicio de lecturas, himnos y oraciones, siguiendo el tipo de las reuniones a-litúrgicas. En Jerusalén, la veneración y el beso de la reliquia de la Santa Cruz ocupaban un lugar central[46], y este rito pronto fue imitado por muchas Iglesias de Oriente y Occidente, fomentando también la difusión de las reliquias de la Cruz. El Viernes Santo se cerraba con la «Misa de los Presantificados», es decir, con la comunión a las sagradas especies consagradas el día anterior[47]. El Sábado Santo ha sido siempre, incluso en Oriente, un día absolutamente a-litúrgico, en el que, por tanto, no se celebra ninguna Eucaristía. Sólo después de la puesta del sol comenzaba la gran Vigilia Pascual, mencionada anteriormente. La tensión litúrgica se liberaba el Domingo de Pascua, que se convertía así en el Día de la Resurrección.

La fragmentación del misterio pascual es más evidente en la homilética posterior, a partir de finales del siglo IV, donde encontramos tres grupos distintos de homilías: las del Viernes Santo[48], las del Sábado Santo[49] y las del Domingo de Resurrección[50]. Hacia finales del siglo IV, las fiestas de la Ascensión y Pentecostés adquirieron su propia autonomía[51]. Las densas homilías de los primeros siglos y las de la Vigilia Pascual parecían haber desaparecido. Sin embargo, la liturgia conservó el recuerdo de una celebración unificada de la redención realizada a través del misterio de Cristo: «A pesar de todas las transformaciones, la naturaleza profunda de la fiesta de Pascua permaneció intacta. La noche santa de los misterios seguía siendo el centro y la cumbre de todo»[52].

Así lo atestigua el prefacio de Pascua que se proclama todavía hoy: «Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en esta noche (en este día) en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida»[53]. O bien, utilizando los términos de un prefacio ambrosiano: «Esta es la verdadera Pascua exaltada por la sangre del Señor, en la que, oh Padre, tu Iglesia celebra la fiesta que da origen a todas las fiestas. Tu Hijo, como esclavo, se entrega como prisionero a los hombres para devolverles la libertad plena y eterna, y con una muerte verdaderamente bendita vence su muerte para siempre. Ahora el príncipe de las tinieblas se reconoce vencido, y nosotros, sacados del abismo del pecado, nos alegramos de entrar con el Salvador resucitado en el reino de los cielos»[54].

Conclusión

Considerar la Pascua a partir de la Gran Vigilia nos permite captar cuál es el sentido de la fiesta en su esencia íntima: se trata de un rito de paso, a saber, «el cruce de una frontera entre la muerte y la vida o, mejor aún, entre la vida presente y la vida del eón venidero»[55]. Independientemente de la etimología seguida por los diversos autores antiguos (Pascua = pasión del Señor, o Pascua = paso del pueblo, o Pascua = paso del ángel exterminador), el centro siempre es el sacrificio del cordero-Cristo.

No es un centro estático, inmóvil, sino el eje de un proceso de transformación y de paso, que va del ayuno a la fiesta, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida[56]. No sólo un día, sino todo el proceso se llama Pascua. Del mismo modo que el cordero sacrificado fue el punto de inflexión que hizo posible el paso de Egipto a la Tierra Prometida, y del mismo modo que en cada celebración de la Pascua el pueblo judío tomaba conciencia de que siempre estaba llamado de la esclavitud a la libertad, así ahora es Cristo quien, no sólo en la Pascua sino en cada Eucaristía, obra en nosotros el paso de la muerte a la vida nueva en el Espíritu.

  1. Cfr. Sagrada Congregación de los Ritos, «Decretum “Maxima Redemptionis nostrae mysteria”, en Acta Apostolicae Sedis 47 (1955) 838-847.

  2. Ferdinando Antonelli (1896-1993) fue un arzobispo y cardenal. Durante el Concilio Vaticano II fue perito y secretario de la Comisión Conciliar de la Sagrada Liturgia.

  3. F. Antonelli, «Importanza e carattere pastorale della riforma liturgica della settimana santa», en Oss. Rom., 27 novembre 1955, 2.

  4. Cfr. las apariciones de Jesús resucitado situadas precisamente «el primer día de la semana» (Mc 16,2), y reanudadas «ocho días después» (Jn 20,26). El primer día de la semana se indica como día litúrgico en 1 Cor 16,2 y Hch 20,7.

  5. Sigue una referencia a Malaquías 1,11-14, donde se predice un «sacrificio puro», que se ofrecerá «entre los gentiles», «en todo lugar y tiempo»: esto sugiere un contraste con la Pascua, que sólo podía celebrarse en Jerusalén (lugar) y el día 14 del primer mes (tiempo).

  6. Cfr. A. Di Berardino, Istituzioni della Chiesa antica, Venecia, Marcianum, 2019, 509-518.

  7. Cfr. Epistula Apostolorum, 15. Véase R. Cantalamessa, La Pasqua nella Chiesa antica, Turín, SEI, 1978, 30.

  8. Cfr. Tertuliano, Ad uxorem, II, 4,2: «Quale [marito pagano] sopporterà tranquillamente che la moglie passi fuori tutta la notte nella solennità della Pasqua?».

  9. Cfr. M. Righetti, Manuale di storia liturgica. II. L’ anno liturgico. Il breviario, Milán, Àncora, 19693, 131-146. Oficialmente, la Cuaresma fue introducida en Egipto por Atanasio en el año 334. Cfr, Atanasio de Alejandría, s., Lettere festali, Milán, Paoline, 2003, 178-181.

  10. Atanasio de Alejandría, s., Lettera festale, 19,10, en Id., Lettere festali, cit., 428.

  11. Cfr. Tertuliano, De oratione, 18,7: «Para el día de Pascua realizamos un ayuno común y, de hecho, público». En efecto, el ayuno sólo terminaba con la Eucaristía al amanecer del domingo.

  12. El emperador Constantino había transformado el rito de la luz en un acto de propaganda imperial, como dice complacido su biógrafo Eusebio de Cesarea, s., Vita di Constantino, IV, 22,2: «Hizo que la santa vigilia nocturna fuera tan brillante como el día, haciendo encender inmensas columnas de cera por toda la ciudad [de Constantinopla] por agentes designados al efecto; lámparas de fuego iluminaban todos los lugares, de modo que la mística vigilia fuera más brillante que el esplendor del día. Al amanecer, imitó la generosidad del Salvador, extendiendo su benéfica mano derecha sobre todos los pueblos, gentes y naciones, colmándolos a todos de toda clase de dones».

  13. Cromacio de Aquilea, s., Sermón 16,1. El descenso de Cristo a los infiernos, es decir, a la morada de los muertos, para liberar las almas de los justos, formaba parte del misterio de la salvación.

  14. Id., Sermón 16,3.

  15. Zenón, Tractatus, I, 24.

  16. Agustín, s., Sermón 219,1.

  17. Ibid.

  18. Cfr. M. Righetti, Manuale di storia liturgica…, cit., 253-255.

  19. Cfr. A. Chupungco, «Cero pasquale», en Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, Génova – Milán, Marietti, 2007, 991 s; F. Mazzitelli, Urget unda flammam. Il significato battesimale del cero pasquale, Roma, Einudi, Edizioni Liturgiche Vincenziane, 2020, 135-172.

  20. Cfr. A. Chupungco, «Exultet», en Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, cit., 1895 s.

  21. Cfr. Agustín, s., La ciudad de Dios, XV, 22: «Como yo mismo dije brevemente mientras cantaba en verso la alabanza del cirio pascual». Según algunos, la columna de pórfido erigida por Constantino en el centro del baptisterio de Letrán podría ser un prototipo del cirio pascual: cfr. F. Mazzitelli, Urget unda flammam…, cit., 41-63.

  22. Cfr. Ambrosiaster, Quaestiones Veteris et Novi Testamenti, 121: Laus et gloria Paschae (CSEO 50, 363 s). Pero aquí no hay mención alguna del cirio.

  23. Cfr. Zenón, Tractatus, I, 6. 16. 26. 44.

  24. Cfr. Agustín, s., Sermón 223/A.

  25. De hecho, las homilías pascuales más antiguas – las de Melitón e Hipólito – incluyen todas un comentario sobre Ex 12. El Peri Pascha de Orígenes es también un comentario sobre Ex 12 (cfr. Orígenes, La Pasqua, Roma, Città Nuova, 2011).

  26. Cfr. Cromacio, s., Sermons, I, París, Cerf, 1976, 93, nota 3.

  27. Agustín, s., Sermón 221 de nocte sancta, 1.

  28. Tertuliano, De baptismo, 19,1.

  29. Cfr. R. Iorio (ed.), Battesimo e battisteri, Florencia, Nardini, 1993. Curiosamente, en este volumen no se menciona el baptisterio de San Giovanni in Fonte, en Nápoles, tal vez el más antiguo de Italia. Cfr J.-P. Hernández, Nel grembo della Trinità. L’ immagine come teologia nel battistero più antico di Occidente (Napoli IV secolo), Cinisello Balsamo (Mi), San Paolo, 2004.

  30. Cfr. Hipólito, s., La Tradizione apostolica, nn. 20-21. Para una presentación completa de la iniciación cristiana y sus ritos, cfr A. Di Berardino, Istituzioni della Chiesa antica, cit., 87-136.

  31. O. Casel, La fête de Pâques dans l’Église des Pères, París, Cerf, 1963, 52.

  32. De rito bautismal, de difícil interpretación, el lavatorio de los pies pasó al Jueves Santo como gesto de humildad. Cfr. P. F. Beatrice, «Lavanda dei piedi», en Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, cit., 2755-2758.

  33. Este vínculo del bautismo con la Pascua se subraya en la liturgia romana actual con la bendición del agua lustral y la renovación de las promesas bautismales, incluso cuando no hay bautismos de adultos ni de niños.

  34. G. Visonà, Pseudo Ippolito. In sanctum Pascha, Milán, Vita e Pensiero, 1988, 231.

  35. A. Camplani (ed.), «Introduzione» a Atanasio de Alejandría, s., Lettere festali, cit., 167.

  36. Pseudo-Justino, Questioni agli ortodossi, 115 (PG 7, 1233).

  37. Tertuliano, La corona, 3,4 (CCL 2, 1043).

  38. Cfr. O. Casel, La fête de Pâques..., cit., 43-45.

  39. Jerónimo, s., In Matthaeum IV (25,6) (CCL 77, 237). Cfr. R. Le Déaut, La nuit pascale. Essai sur la signification de la Pâque juive à partir du Targum d’Exode XII 42, Roma, Gregorian & Biblical Press, 1963, 290 s.

  40. Cfr. Cipriano, s., Epistula 21,2; O. Casel, La fête de Pâques…, cit., 64 s.

  41. Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, 5,2.

  42. Cfr. P. Maraval, Égérie. Journal de voyage (Itinéraire), París, Cerf, 15-39.

  43. «Se desconoce cómo y cuándo esta costumbre litúrgica de Jerusalén pasó a Occidente. […] Hay que remontarse al siglo X para encontrar el ritual más antiguo de la procesión de Ramos en el Ordo romanus vulgatus» (M. Righetti, Manuale di storia liturgica…, cit., 186).

  44. Cfr. ibid., 209-213.

  45. En cambio, el Papa solía lavar los pies a 13 pobres, y esto se remonta a San Gregorio Magno. De hecho, se dice que este Papa solía servir a la mesa a 12 pobres cada día, a los que un día se añadió un ángel disfrazado de mendigo. De ahí el número 13, atestiguado también por una antigua inscripción en la iglesia de San Gregorio en el Celio (cfr. ibid., 217 s).

  46. El hallazgo de la Santa Cruz está envuelto en la leyenda, vinculada a la conversión de Constantino. San Ambrosio lo menciona en su oración fúnebre por Teodosio. Cfr. E. Cattaneo, «“Victoria Crucis”: l’“excursus” di Ambrogio sul ritrovamento della santa Croce», en Augustinianum 49 (2009) 421-437.

  47. Cfr. M. Righetti, Manuale di storia liturgica…, cit., II, 230-232.

  48. Cfr. Agustín, s., Tractatus de Passione Domini («Sources Chrétiennes» 116, 200-229). Es una homilía pronunciada el Viernes Santo y toda ella centrada en la Cruz salvadora, de la que el cristiano debe gloriarse.

  49. Cfr. «Omelia sul Sabato Santo» (PG 43,439-463). Véase Liturgia delle Ore secondo il rito romano, vol. II, 446-448.

  50. Cfr. Agustín, s., Sermón 121. Tractatus de sanctissimae Paschae die prima.

  51. Cfr. M. Righetti, Manuale di storia liturgica…, cit., 301-318.

  52. O. Casel, La fête de Pâques…, cit., 102. Un ejemplo de la persistencia de esta concepción ligada a la liturgia se da en los sermones del Papa León Magno (cfr. ibid., 134).

  53. Conferencia Episcopal Italiana, Messale Romano, Ciudad del Vaticano, Libr. Ed. Vaticana, 20203, 348.

  54. Misal Ambrosiano, Milán, Centro Ambrosiano, 19902, 256 s.

  55. O. Casel, La fête de Pâques…, cit., 90.

  56. Cfr. R. Cantalamessa, La Pasqua nella Chiesa antica, cit., XXVIII: el «dinamismo de la Pascua» no consiste «en un hecho (la pasión o la resurrección), sino en un fieri, es decir, en un paso de la pasión a la resurrección, de la muerte a la vida».

Enrico Cattaneo
Licenciado en Filosofía (Facultad de Aliosianum, 1967), laureado en Letras clásicas (Universidad de Padua, 1971), licenciado en Teología (Institut Catholique, París 1976), doctor en Teología y en Ciencias de las Religiones (Institut Catholique, París - Sorbonne, París IV, 1979). Ha enseñado Patrología y Teología Fundamental en la Pontificia Facultad Teológica de Italia Meridional (Nápoles) y Patrología en el Pontificio Instituto Oriental (Roma). Actualmente es profesor emérito.

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