Biblia

Jesús al servicio de la fe de los pequeños

Cristo bendiciendo a los niños, Lucas Cranach el Viejo (1537)

En los Hechos de los Apóstoles, Lucas, el evangelista que intenta mostrar el camino cristiano a las élites del mundo grecorromano, nos dice que la sombra de Pedro podía curar a los enfermos, y lo mismo ocurre con los pañuelos que pertenecían a Pablo (cfr. Hch 5,15 y 19,12). Por otra parte, Lucas es muy crítico con la magia; y nos cuenta que en Éfeso, los recién convertidos a Cristo quemaron talismanes y libros de magia por valor de 50.000 monedas de plata (cfr. Hch 19,19). El mundo antiguo era aficionado a los procedimientos mágicos y a los amuletos protectores. Pero ¿es tan distinto nuestro mundo, en el que se siguen escribiendo páginas de horóscopos y se anuncian hechiceros de todo tipo por todas partes? ¿Cómo se abrió camino Jesús en un mundo así? ¿Cómo consideraba a los que acudían a él con peticiones de curación o protección?

Debemos hacer dos observaciones preliminares. En primer lugar, en aquella época no era tan obvio distinguir entre curaciones y exorcismos, entre medicina y religión. Los templos – de Esculapio, ciertamente, pero no sólo estos – eran a menudo también lugares privilegiados de curación. Durante su ministerio público, Jesús quiso conciliar las actividades didácticas y taumatúrgicas. Debemos darnos cuenta de que esta elección no es en absoluto evidente y que, por lo tanto, corría constantemente el riesgo de no ser tomado en serio como maestro, e incluso de ser relegado con los curanderos ambulantes que vivían de su «arte». Existía, en ese tiempo, un continuum mucho menos definido que en la actualidad.

Religión popular

Sabemos, incluso hoy en día, que la curación física y la reconciliación interior y espiritual son procesos relacionados, ya que el ser humano es una unidad. En el mundo de la sanación, cada vez se habla más de un enfoque holístico de la persona. Y, pensándolo bien, ¿no es exactamente así como Jesús se acercaba a las personas que encontraba? Para los sociólogos, existe una distinción clásica entre «alta» y «baja» religión. ¿Qué significa esto? Está la religión de los doctores, de los eruditos, de los sacerdotes, de los que se consideran «expertos»; una religión más centrada en los «dogmas», en la exactitud de los ritos y las fórmulas, la de las oraciones públicas y «oficiales». Y está la religión de la gente «sencilla», del pueblo – la tradición rabínica los llama a veces los am ha-aretz, la «gente del campo»– , de quienes no pretenden conocer su religión, pero desean recibir la bendición de los dioses, o del dios, cuando pasa cerca, y son más adeptos a los ritos evocadores (apotropaicos, es decir, destinados a alejar la «desgracia»). En el judaísmo (entonces como ahora), el cristianismo y el islam, estas prácticas, consideradas por los «expertos» marginales, o a veces verdaderamente censurables, han existido siempre. Colgantes, oraciones especiales, sacramentales, ocupan más espacio que los sacramentos, por decirlo en lenguaje católico. Así pues, en muchos aspectos, nuestro mundo es sin duda muy diferente del de la Antigüedad, pero, por otra parte, en el plano de la humanidad profunda, es similar, en la medida en que los seres humanos tienen las mismas aspiraciones y temores, las mismas angustias y deseos, y están habitados por un poderoso deseo de promover la vida y la fecundidad, y de alejar el mal y la muerte.

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Jesús y los niños

Un rasgo característico de Jesús parece significativo: el modo en que bendecía a los niños. En el Evangelio de Marcos está escrito sencillamente: «Le presentaban niños para que los tocara» (Mc 10,13a). Está claro que se trata de niños muy pequeños, que aún no pueden hablar y que son llevados en brazos. Es casi seguro que son las madres las que presentan así a sus hijos para que los bendiga el Hombre de Dios. Como el paralítico llevado a Jesús en camilla, estos niños son llevados por la fe de sus padres, en particular de sus madres. Esta actitud enfurece a los apóstoles, que empiezan a reprenderlos, hablándoles como si fueran demonios, ¡como si estuvieran poseídos! ¿Por qué? Sin duda porque su estatus se ve amenazado. «¡Somos los discípulos serios de un maestro en Israel, de un hombre que tiene cosas que decir y no pierde el tiempo bendiciendo a niños incapaces de escuchar la Palabra, practicar la Ley u orar con piedad!», dicen en esencia. Según ellos, rebajarse a semejante gesto descalificaría el resto de la actividad de Jesús. Pero, ante el asombro general, Jesús acepta; incluso va más allá: «los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos» (Mc 10,16). Es decir, Jesús no se contenta con que lo toquen, como si se tratara simplemente de tomar fluido divino del hombre de Dios, sino que utiliza el gesto solemnísimo de imponerles las manos. Y lo acompaña de una bendición verbal. ¿No es así como el patriarca Jacob/Israel bendecía a sus nietos (cfr. Gn 48,13-16)? Esta actitud de Jesús es particularmente original, porque ningún maestro espiritual de la humanidad ni ningún filósofo habría perdido el tiempo con los niños. Jesús no desprecia el impetuoso deseo de salvación que atormenta a estas mujeres y las exhorta a hacer todo lo posible para que sus hijos vivan. No se considera por encima de ese deseo ni indigno de ese gesto.

Es sorprendente que esté dispuesto a pasar tiempo con los enfermos, aceptando incluso hacer gestos típicos de los taumaturgos. Así, le vemos tomar un poco de su saliva e incluso utilizar la tierra para un rito de curación realizado en beneficio de un adulto (cfr. Mc 7,31-37). También le vemos darse cuenta de que una enferma le tocó en medio de la multitud (cfr. Mc 5,30). ¿No teme Jesús que estas prácticas contribuyan a desacreditarlo? No lo parece. Las asume tranquilamente.

Jesús pastor

En el corazón del programa pastoral de Jesús se encuentra un pasaje del profeta Ezequiel: «Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma, pero exterminará a la que está gorda y robusta. Yo las apacentaré con justicia» (Ez 34,16). Jesús sabe que tiene cosas que decir y enseñar, pero es a las «ovejas» a quienes enseña: «Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). En otras palabras, la enseñanza no puede contraponerse a la curación. Enseñar es otra forma de curar, de señalar una dirección y una brújula, la del Reino. El movimiento de Jesús no es un movimiento dirigido principal o únicamente a las élites religiosas. Jesús comparte con el movimiento de los bautistas una llamada a la conversión radical destinada a todos los que tienen la humildad de reconocerse pecadores; comparte con el movimiento de los fariseos el deseo de extender la santidad de Dios a todo el pueblo, y no limitarla a los sacerdotes; por último, comparte con el movimiento de los esenios el deseo de encarnar la fraternidad mediante el reparto concreto de los recursos financieros y la práctica de comidas comunitarias abiertas al mundo de Dios. Por otra parte, se diferencia de los bautistas en que se acerca activamente a las ovejas perdidas, a los judíos corrientes en sus pueblos y plazas. Se diferencia de los fariseos porque no se limita a enseñar, no teme la impureza ritual de la gente corriente y acepta invitaciones de pecadores públicos, como Zaqueo, antes de que hayan dado signos manifiestos de conversión. Por último, se diferencia de los esenios porque no comparte su elitismo sacerdotal ni su expectativa escatológica de venganza.

El hecho mismo de que Jesús se dirija a todos y se deje abordar por todos demuestra que no teme la forma en que los judíos expresan su fe, incluso cuando no adopta la forma exigida por los canales oficiales (el Templo de Jerusalén, la sinagoga). Por otra parte, acepta los lugares legítimos de expresión de la fe de su pueblo: acude a Jerusalén para las fiestas (probablemente tres veces al año), participa en el culto de la sinagoga cada Shabbat y, cuando cura a un leproso, no duda en decirle: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdorte y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio» (Mt 8,4). ¿Testimonio de qué? Las interpretaciones son diversas, pero se podría considerar una según la cual Jesús quiere indicar que su condición de sanador y exorcista itinerante no significa necesariamente que rechace las mediaciones legales codificadas en la Ley de Moisés, que es también la Ley de Dios.

Jesús: un hombre tradicional y original

También se podría tomar como ejemplo la oración personal que Jesús enseña a sus discípulos, que comienza con «Abba, Padre». Está profundamente arraigada en las Escrituras y, al mismo tiempo, es original. Tiene muchos puntos en común con las oraciones de la época – como las «Dieciocho bendiciones» –, pero también se distingue de ellas por su concisión, su atención al perdón y su confianza en la providencia. Es, por excelencia, una oración sencilla, popular y accesible a todos. No contradice ni corrige las oraciones rituales de la sinagoga, pero es la mejor expresión de lo que anima interiormente a Jesús: su sed de Reino, su lucha contra el Maligno (al que se enfrenta durante los exorcismos) y su convicción de que la capacidad de perdonar es lo que acerca al ser humano al Dios que lo ha creado a su imagen. Su manera de actuar durante la Última Cena es similar. Por lo que sabemos, forma parte de la cena ritual de la noche de la Fiesta de los Panes sin Levadura, que conmemora la salida de Egipto, y sus copas van acompañadas de una bendición. Jesús conecta así las bendiciones litúrgicas heredadas con palabras nuevas y personales: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). Inscribe su creatividad espiritual en el contexto de los ritos de su pueblo.

Es impresionante ver cómo Jesús puede ser un judío piadoso de su tiempo, que practica las oraciones y ritos de todos y escucha las mismas escrituras, y al mismo tiempo un maestro original, que forja su propio lenguaje para hablar del Padre y de la oración. Sus parábolas son un ejemplo elocuente de ello. En la Biblia, los que cuentan parábolas son profetas que hablan ante los reyes (como Natán ante David), porque sus palabras no se basan en la autoridad del orador, sino en la conciencia del oyente: palabras dirigidas del débil al fuerte. De ahí el mandato característico: «El que tenga oídos, que oiga». Jesús tiene ciertamente una fuerte autoridad carismática natural, pero se niega a hablar como un gurú: confía en el discernimiento y la fe de sus oyentes.

Jesús y la gratuidad

¿Qué medidas adopta Jesús contra las prácticas ambiguas de algunas figuras espirituales de su tiempo? En primer lugar, actúa gratuitamente y no pide dinero por sus actos de curación o exorcismo. Sabemos de la existencia de curanderos ambulantes que se ganaban la vida con su actividad y a veces incluso vendían talismanes y amuletos. Jesús dice: «Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente» (Mt 10,8), y se apoya en una red de ricos benefactores – entre ellos, según Lucas, la mujer del intendente de Herodes (cfr. Lc 8,3) – que subvencionan el movimiento con su patrimonio personal.

Una segunda característica de Jesús es el modo en que se niega a ser considerado la fuente de las curaciones y exorcismos que realiza. Se refiere constantemente a la fe, con una fórmula extraña y paradójica: «Tu fe te ha salvado» (Mc 5,34; Lc 7,50). Esta actitud es coherente con su leitmotiv teológico, según el cual se trata de tener verdadera fe en la bondad de Dios Padre, «Abba», y en su capacidad de responder a la fe. Se ve a sí mismo como canal de esta acción salvífica divina: «Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes» (Lc 11,20).

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Los dos criterios principales que Jesús se impone son la gratuidad y la humildad. A veces se niega bruscamente a ser alabado: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno» (Lc 18,19), porque toda su acción está encaminada a que los israelitas se vuelvan entera y sinceramente a su Padre del cielo. Su aprecio por la fe, por la confianza absoluta en la bondad del Padre, es tal que él mismo se impresiona cuando a veces se manifiesta entre los gentiles. Como en el caso del centurión: «Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: “Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe”» (Mt 8, 10).

Dicho esto, en su confianza absoluta en el Padre, Jesús no está solo, y puede compararse tanto a Honi Hameaggel, el trazador de círculos que hizo llover sobre Israel, como a Rabí Hanina ben Dosa, que curaba a los enfermos. De este último se dice que, por la forma en que la oración fluía fácilmente en su corazón, sabía si el enfermo viviría o moriría: «Si la oración fluye de mi boca, sé que se salva, pero si no, sé que se condena» (Talmud de Babilonia, Tratado Berakhòt 34b). Jesús está más cerca de aquellos maestros espirituales galileos que se atrevían a implorar seria y públicamente a Dios Padre que salvara a un enfermo, que de los doctores de la Ley que discutían sutiles interpretaciones de los mandamientos. No se avergüenza de estar cerca del pueblo llano y de ponerse a su servicio. Esto, sin tener miedo de ir a cenar con amos fariseos o publicanos ricos. Jesús ama al primogénito de la parábola del hijo pródigo tanto como al hijo menor.

Conclusión

Convencido de que el Padre es bueno y quiere la vida, Jesús desea devolver la vida a las personas con las que se encuentra. Su enfoque es integral: a los que buscan primero una enseñanza, les ofrece un discurso y les da el pan de la Palabra. A los que buscan la curación para sí mismos o para sus seres queridos, se la concede, insistiendo en el papel de la fe y rechazando cualquier compensación u oferta. Hay, pues, en él una apertura hacia todos los miembros del pueblo, independientemente de su condición social o religiosa. Los acoge fuera del marco religioso habitual, sin descuidar los lugares de culto ordinarios, a los que acude como un hermano en medio de sus hermanos. Sabe hablar tanto a los notables como a los jefes de la sinagoga, tanto a los fariseos como a los saduceos, dejando que se le acerquen los marginados o réprobos (samaritanos, leprosos, paganos).

Jesús es popular sin ser populista, sanador sin ser charlatán, exorcista sin hablar constantemente del demonio, acogedor con todas las peticiones, pero intransigente con la gratuidad, interesado por los creyentes, pero no por los curiosos (a los que ni siquiera responde, como a Herodes en Lc 23,9). Mirando hacia el Reino, percibe el Reino esperado en la vida que renace. Él, el Hijo del hombre, ve a los pequeños, a los invisibles, y no desprecia a nadie, ni siquiera a un niño incapaz de hablar o de creer. Habitado por la fe, busca la fe. «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería» (Lc 17,6). Para Jesús, «todo es posible para el que cree» (Mc 9,23).

Marc Rastoin
Es un jesuita francés. Luego de obtener su título en Ciencias Políticas, entró a la Compañía de Jesús en 1988. Defendió su tesis sobre la Epístola a los Gálatas. Comprometido desde la infancia en el diálogo judeo-cristiano, es delegado del Padre General de la Compañía para las relaciones con el judaísmo desde 2014. Enseña el Nuevo Testamento en el Centro Sèvres de París y en el Institut Biblique de Rome.

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