Biblia

¿La duda? Una oportunidad para crecer…

San Juan Bautista en la cárcel visitado por dos discípulos, Giovanni di Paolo (1455-1460)

Juan, que estaba en la cárcel, oyó hablar de las obras del Mesías y envió a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Jesús les respondió: «Vayan a comunicar a Juan lo que oyen y ven: los ciegos recobran la vista, los paralíticos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres. Y dichoso el que no se decepciona de mí». Cuando ellos se fueron, Jesús comenzó a instruir a la gente acerca de Juan. Les preguntaba: «¿Qué salieron ustedes a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Y si no, ¿qué salieron a ver? ¿A un hombre vestido con ropa lujosa? ¡Los que visten con lujo están en los palacios de los reyes! Díganme entonces, ¿qué salieron a ver? ¿A un profeta? Sí, les digo que a uno más grande que un profeta. Este es aquel de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino”. Les aseguro que entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él» (Mt 11,2-11).

El Bautista, en la cárcel por haber dicho a Herodes una verdad incómoda, envía a sus discípulos a Jesús para que le planteen una pregunta fundamental: «¿Eres tú “el que ha de venir” o debemos esperar a otro?» Se trata de una pregunta problemática o, al menos, desconcertante. «El que ha de venir» es el título con el que se designaba al Mesías: Juan, en las orillas del Jordán, en el momento del bautismo, había presentado a Jesús como el Mesías y lo había reconocido como tal. ¿Por qué entonces esta pregunta? ¿Acaso se había equivocado al anunciar al Mesías? ¿Por qué “el Esperado” no corresponde a la espera?

El contexto del Evangelio es claro en este punto. La imagen del Mesías que el Bautista había predicado es profundamente distinta de la que Jesús realizaba. El Bautista había anunciado a un juez que vendría a poner las cosas en orden, a separar la paja del grano, a depositar el grano en el granero y a arrojar la paja al fuego. Ahora bien, Jesús no hace nada de eso. No realiza acciones espectaculares que dejen a todos sobrecogidos; incluso sus milagros son discretos y silenciosos, gestos de misericordia y de indulgencia que expresan el corazón de Dios frente a las consecuencias del pecado y de la fragilidad humana.

He aquí, pues, el problema: mientras Jesús no se presenta en público, no vive entre la gente ni emprende su misión revelando con creciente claridad su identidad de Mesías, parece evidente que la figura del Mesías salvador se identifica con la del Mesías juez: con el rey que tiene la misión de juzgar y hacer justicia, poniendo a salvo a quien ha sido realmente fiel y castigando con dureza a quien se ha comportado mal. De ahí el desconcierto del Bautista, que identificaba la primera venida de Cristo con la última, aquella que tendría lugar al final del mundo, en la parusía.

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El Bautista había comprendido la misión de Jesús como podía entenderla un hombre santo e iluminado, pero aun así un hombre, cargado de dudas e incertidumbres como cualquier ser humano. La misión de Jesús es distinta: él es el Mesías de la misericordia de Dios para el pobre, ciego, cojo, leproso, sordo, necesitado de verdad y de salvación. «Vayan a comunicar a Juan lo que oyen y ven: los ciegos recobran la vista, los paralíticos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres». Esta es la novedad que Jesús revela al Bautista: el Mesías no es el juez que gana batallas ni el Mesías de la lógica humana, sino aquel que viene a liberar al hombre del mal y de la impotencia que lo atenaza. Es un Mesías humilde, derrotado, encarcelado, entregado a la muerte como un esclavo. Su victoria pasa —por paradójico que parezca— a través del fracaso y de la derrota. Y solo así se convierte en vida, misericordia y resurrección para todos los que no se escandalicen de él.

En la primera lectura, Isaías profetiza los signos mesiánicos que se cumplirán en Jesús «que viene a salvarnos» (Is 35, 4); Santiago, en cambio, nos exhorta a la perseverancia en la espera de la venida del Señor.

León XIV: «La paz es posible y, para construirla, es necesaria la colaboración entre las religiones».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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