Biblia

«El hombre no vivirá solo de pan»

La tentación en el monte, Duccio di Buoninsegna (entre 1308 y 1311).

Enseguida, el Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser puesto a prueba por el Diablo. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, al final sintió hambre. El Tentador se acercó y le dijo: «Si tú eres el Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Las Escrituras dicen: El hombre no vivirá solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Luego, el Diablo tomó a Jesús y lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso sobre la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Te encomendará a sus ángeles y te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le contestó: «También dicen las Escrituras: No pondrás a prueba al Señor, tu Dios». Por último, el Diablo lo llevó a una montaña muy alta, le mostró todos los reinos del mundo con su esplendor y le prometió: «Te daré todo esto si te postras y me adoras». Jesús le dijo: «¡Vete, Satanás! Porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y solo a él darás culto». Entonces el Diablo lo dejó y unos ángeles se acercaron para servirle (Mt 4,1-11).

Al inicio del camino cuaresmal, para orientarnos hacia la penitencia, la Iglesia nos propone las tentaciones de Jesús: como todo hombre, Jesús también es tentado, y ha sido puesto a prueba en lo que más le importaba, la confianza en la Palabra del Padre.

«Si tú eres el Hijo de Dios…». De aquí parte la primera tentación. Después de 40 días de ayuno, Jesús tiene hambre. El tentador parece ofrecerle ayuda: sugiere la solución más fácil, más inmediata. «ordena que estas piedras se conviertan en panes». ¿Qué daño hay en transformar las piedras en pan? Es lo necesario: sin pan no se puede vivir… Si no te alimentas, ¿cómo puedes anunciar el Evangelio? Las tentaciones a menudo tienen apariencia de bien, proponen algo bueno, pero dicen una verdad engañosa.

La respuesta de Jesús es clara: el pan no es un absoluto, el hombre no vive solo de pan. El pan es necesario para la vida, pero no lo es todo. Esconde la sensación de seguridad de la vida. Pero esa seguridad no proviene del pan, sino de Dios que nos lo da. Se vive del don de Dios, que es su Palabra, que es vida y da la vida. Aceptar la Palabra y vivirla ya es fuente de vida.

Jesús nunca ha hecho algo por sí mismo y nunca lo hará. El grito de los sacerdotes, los escribas y los judíos bajo la cruz lo revela: «¡Sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, baja de la cruz!» (Mt 27,40-42). Pero Jesús no baja de la cruz, porque rechaza el principio supremo de la acción humana: «¡Sálvate a ti mismo!».

La segunda tentación se refiere al éxito, la fama, el mesianismo milagroso: el Hijo de Dios debe responder a las expectativas religiosas de las personas. El tentador se ampara en la Palabra de Dios, citando el Salmo 91: «¡Tírate desde el punto más alto del Templo! Los ángeles te sostendrán y todos tendrán fe en ti…». La fama, la admiración de los hombres constituyen la estrategia del mundo, la dinámica del éxito. Si no eres famoso, no vales nada, eres un fracasado.

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Jesús responde que la confianza en Dios no puede llevar a «poner a prueba a Dios», a forzarlo a realizar un milagro. Hay un cambio perverso: se pretende ser escuchado por Dios, en lugar de escucharlo; se quiere que Dios haga lo que a nosotros nos agrada, en lugar de hacer nosotros lo que a Él le agrada.

La última tentación es la del poder: tú debes ser señor del mundo y yo te daré todo, «si te postras y me adoras». Jesús responde con firmeza: «¡Vete, Satanás! Adorarás al Señor tu Dios». No es con el poder que se salva el mundo, sino con el servicio, haciéndose siervo de todos, entregando la propia vida hasta perderla. Jesús supera la tentación porque ni su comodidad ni su propio beneficio son la norma de su actuar, sino el bien y la salvación que debe llevar a todos los hombres.

La primera lectura (Gn 2-3) nos recuerda la tentación de nuestros antepasados: si cuando uno es tentado se aleja de Dios, queda solo, falla la prueba. El pecado tiene su origen en la falta de confianza en Dios, en el distanciarse de Él. Pablo, en cambio, en la segunda lectura (Rm 5,12-19), nos revela la victoria de la gracia sobre el pecado. Jesús vence al tentador también por nosotros. Por eso podemos tener confianza.

León XIV: «Que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes en contribuir a edificar la civilización del amor».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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