Biblia

El salmo 113:

«¿Quién como el Señor, nuestro Dios?»

Visitación de la Virgen, Philippe de Champaigne (1643)

«¿Quién como el Señor, nuestro Dios?». Esta pregunta aparece una sola vez en la Escritura (Sal 113,5), pero hay muchas otras similares. En diversas ocasiones se dirige a Dios mismo: «Yhwh, no hay nadie igual a ti; tú libras al débil de las manos del más fuerte, y al pobre, de aquel que lo despoja» (Sal 35,10); «Tú has hecho grandes cosas, y no hay nadie igual a ti, Dios mío» (Sal 71,19; también Sal 89,9). Cada vez la pregunta está motivada por una razón. Esta puede ser genérica: «Tú has hecho grandes cosas» (Sal 71,19), pero también puede ser muy detallada, como en Dt 4,34-39:

«¿Qué dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ustedes en Egipto, delante de tus mismos ojos? A ti se te hicieron ver todas estas cosas, para que sepas que el Señor es Dios, y que no hay otro dios fuera de él. Él te hizo oír su voz desde el cielo para instruirte; en la tierra te mostró su gran fuego, y desde ese fuego tú escuchaste sus palabras. Por amor a tus padres, y porque eligió a la descendencia que nacería de ellos, el Señor te hizo salir de Egipto con su presencia y su gran poder, desposeyó a naciones más numerosas y fuertes que tú, te introdujo en sus territorios y te los dio como herencia, hasta el día de hoy. Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios –allá arriba, en el cielo y aquí abajo, en la tierra– y no hay otro».

Las «grandes cosas» que el Señor hizo por Israel fueron sobre todo la liberación de la esclavitud en la tierra de Egipto, que finalmente los llevaría a tomar posesión de la tierra prometida. La pregunta del v. 34 encuentra respuesta en los vv. 35 y 39. Esta es la bendición emblemática de todas las demás: marca el nacimiento de Israel como pueblo libre. El Canto del Mar en Ex 15, después de la travesía del Mar Rojo (cf. Ex 14), se centra en una doble pregunta dirigida al Señor en el v. 11:

«¿Quién es                                               como tú

               entre los dioses,                       Yhwh?

···························································································································

¿Quién es                                                 como tú,

               admirable entre los santos,

               terrible por tus hazañas,

               autor de maravillas?».

La respuesta a estas preguntas es tan evidente que la mayoría de las veces no se expresa: está claro que «no hay nadie como el Señor». Tanto es así que, a veces, la pregunta deja lugar a una afirmación, como en el Cántico de Ana: «No hay Santo como Yhwh, porque no hay nadie fuera de ti, y no hay Roca como nuestro Dios» (1 Sam 2,2).

A veces la pregunta es formulada incluso por Dios mismo:
«Así habla el Señor, el Rey de Israel,
su redentor, el Señor de los ejércitos:
“Yo soy el Primero y yo soy el Último,
y no hay ningún dios fuera de mí.
¿Quién es como yo? ¡Que lo proclame!
¡Que lo haga saber y me lo demuestre!”» (Is 44,6-7).

En este caso, la respuesta antecede a la pregunta.

El Salmo 113 parece ser un caso particular, como veremos. He aquí una traducción literal:

«1 ¡Aleluya!
Alabad, siervos de Yhwh,
alabad el nombre de Yhwh.
2 Sea el nombre de Yhwh bendito
desde ahora y para siempre;
3 desde la salida del sol hasta su ocaso,
alabad el nombre de Yhwh.
4 Excelso sobre todas las naciones es Yhwh,
por encima de los cielos su gloria.
5 ¿Quién como Yhwh, nuestro Dios?
Se eleva para sentarse,
6 se abaja para mirar
en los cielos y en la tierra.

7 Levanta del polvo al desvalido
del estiércol enaltece al pobre,
8 para hacerlo sentar con los príncipes,
con los príncipes de su pueblo;
9 hace sentar a la estéril en su casa,
madre feliz de hijos.
¡Aleluya!»

Desde la perspectiva de la historia de las formas (Formgeschichte), este es un salmo de alabanza. Como todos los demás salmos de alabanza, comprende esencialmente dos elementos: 1) la invitación a la alabanza (vv. 1-3); 2) los motivos para alabar al Señor (vv. 4-9). Aquí, estos últimos se subdividen en dos: la naturaleza de Dios (vv. 4-6) y sus obras (vv. 7-9). La historia de las formas reduce todos los textos pertenecientes a esta forma al mismo esquema. Las dos traducciones francesas de la Bible de Jérusalem y de la TOB (Traducción Ecuménica de la Biblia) dividen el salmo en tres estrofas iguales, que corresponden a los elementos de la forma.

Estas dos traducciones se diferencian por la puntuación de los versículos 5-6. Para la Bible de Jérusalem, como para la traducción de la Conferencia Episcopal Italiana, estos dos versículos forman una sola frase interrogativa, mientras que para la TOB la pregunta con la que comienza el versículo 5 es una frase independiente. Estas traducciones reflejan, obviamente, las distintas opiniones de los exegetas.

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Sin entrar en una discusión demasiado técnica, señalemos que los dos participios presentes en el texto hebreo —traducidos como «se eleva» y «se abaja»— tienen la particularidad de llevar una terminación arcaizante en -î. Pero no son los únicos: también están «enaltece» (v. 7b) y «hace sentar» (9a); incluso el infinitivo en el versículo 8a presenta una terminación en -î. Traducidos en presente, estos participios en rima son «participios hímnicos», que indican la unidad de todo lo que sigue a la pregunta del versículo 5a.

Existe otro modo de analizar los textos, distinto del de la historia de las formas: el que busca descubrir el carácter particular y único de cada texto. Además, la poesía hebrea no obedece a las mismas reglas que la nuestra: no está organizada en estrofas iguales; tiene leyes y características propias, como puede verse en el Salmo 113; en particular: 1) son muy frecuentes las composiciones concéntricas; 2) en el centro de una composición concéntrica suele haber una pregunta.

Composición

Enmarcado por dos «¡Aleluya!», el salmo tiene tres partes principales: las extremas (vv. 1b-4 y 5b-9b) están más desarrolladas, mientras que la parte central, la pregunta (v. 5a), es muy breve.

La primera parte comprende tres secciones: dos breves en los extremos y una más larga en el centro. Están estructuradas así:

Los dos miembros de la primera sección son complementarios: el mismo imperativo va seguido primero de un vocativo, que designa el sujeto del verbo (v. 1b), y luego del objeto, «el nombre de Yhwh» (v. 1c). Los «siervos de Yhwh» son los israelitas, aquellos que sirven a su Dios, cuyo nombre fue revelado a Moisés en la zarza ardiente. El tetragrama sagrado se escribe «Yhwh», que los judíos no pronuncian por respeto y sustituyen por el nombre «Adonai», que significa «Señor».

La sección siguiente (vv. 2-3) está construida de modo especular. En los extremos hay dos miembros sinónimos que expresan el deseo de que «el nombre de Yhwh» sea «bendito» y «alabado»; en medio se encuentran dos complementos: primero el de tiempo (v. 2b), luego el de lugar (v. 3a). La alabanza de Yhwh debe extenderse a todo el tiempo y a todo el espacio. Por tanto, no son solo los israelitas quienes están invitados a alabar al Señor, sino todos los pueblos, desde Oriente hasta Occidente.

La última sección confirma esta ampliación de la invitación a «todas las naciones» (v. 4a), y no solo a ellas, sino también a los «cielos», al «altísimo de los cielos» (v. 4b). El nombre «Yhwh» aparece dos veces en las dos primeras secciones, mientras que en la última se añade «su gloria». ¡Una sorpresa final que cierra brillantemente la sección!

A la primera parte, que invita a todos los hombres a alabar al Dios de Israel, sigue la última parte, que explica las razones:

La primera sección (vv. 5b-6) comprende un único segmento trimembre: los dos primeros miembros son opuestos, mientras que, en cuanto al tercero, podría pensarse que la expresión «en los cielos» se refiere al primer miembro, es decir, al hecho de que Dios está sentado en el cielo, y que la expresión «en la tierra» remite al segundo miembro, en cuanto Dios quiere ver lo que sucede en la tierra. Sin embargo, parece preferible pensar que Dios se eleva para sentarse no solo sobre la tierra, sino incluso sobre los cielos. En efecto, esto es lo que decía el salmista al final de la primera parte: «por encima de los cielos, su gloria» (v. 4b).

La segunda sección (vv. 7-9) está compuesta por tres segmentos bimembres; tiene, por tanto, un ritmo ternario, como la primera sección, cuyo único segmento es un trimembre. Los dos miembros del primer segmento (v. 7ab) son sinónimos. El segundo segmento está sintácticamente ligado al primero, ya que consiste en una proposición final. En cuanto a los dos miembros del último segmento (v. 9ab), estos corresponden a los dos segmentos precedentes: en efecto, «la estéril en su casa» remite al «desvalido» y al «pobre» del v. 7; y «madre de hijos» se refiere a la nueva situación feliz de la mujer estéril, así como el versículo 8 se refería a la nueva condición del hombre desvalido y pobre. De este modo, lo masculino y lo femenino son complementarios.

La unidad de las dos secciones está indicada por la repetición de verbos de la misma raíz: «sentarse» y «hacer sentar» (vv. 5b.8a.9a). Esto sugiere que, si Dios «se sienta» en su trono celestial, es decir, si reina en el cielo, «hace sentar» al «desvalido» y a «la estéril», haciéndolos reinar como él mismo. Recordemos además que la unidad de esta parte está indicada por el hecho de que los verbos «se eleva», «se abaja», «levanta», «hace sentar», e incluso «para hacerlo sentar», terminan todos con la misma -î arcaica, que produce una rima.

Pasemos ahora a considerar el salmo en su conjunto:

¡Aleluya!

¿Quién es como Yhwh nuestro Dios?

¡Aleluya!

Las partes extremas comprenden un solo segmento de un solo miembro: «¡Alabad a Yah!» (es decir, en hebreo, «¡Aleluya!»). Las dos partes siguientes están más desarrolladas (vv. 1b-4; 5b-9b). La primera es una larga invitación a la alabanza; la otra, que describe la acción de Dios en favor de los humillados, expresa las razones por las cuales el Señor debe ser alabado.

Entre estas dos largas partes, y por tanto en el corazón del salmo, hay una parte muy breve (v. 5a), que comprende un solo segmento de un solo miembro. En ella se retoma el nombre «Yhwh», que aparecía cinco veces en la parte anterior, y su nombre abreviado, «Yah», indicado en las partes extremas. La parte central se distingue claramente de las cuatro partes que la enmarcan: es, en efecto, la única frase interrogativa de todo el salmo; es también la única que contiene un adjetivo posesivo en primera persona del plural («nuestro»).

El final de la segunda parte (v. 4) y el comienzo de la cuarta parte (vv. 5b-6) se corresponden: la expresión «los cielos y la tierra» del v. 6b responde especularmente a «los cielos» del v. 4b y a «las naciones» del v. 4a. Además, «excelso», al inicio del v. 4, y «se eleva», al comienzo de los vv. 5b-6, son sinónimos. Todas estas correspondencias cumplen la función de términos medios a distancia (o «palabras-gancho»). Cabe preguntarse si «la tierra» del versículo 6b designa la tierra de Israel o la tierra entera; el paralelo con el v. 4a indica claramente que se trata del conjunto de «todas las naciones», tanto más cuanto que nada en el resto de la cuarta parte (vv. 7-9b) permite restringir la ayuda del Señor únicamente a los hijos de Israel.

La lista de todas las palabras que indican la alabanza de Yhwh en la segunda parte —«alabad» (v. 1b.1c), «bendito» (v. 2a), «alabado» (v. 3b), «excelso» (v. 4a)— encuentra su correspondencia en la cuarta parte con la serie de verbos en los que Dios ya no es el objeto, sino el sujeto: en particular, «enaltece» (v. 7b), que retoma «excelso» del versículo 4a, pero también «levanta» del versículo 7a.

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«¿Quién como el Señor, nuestro Dios?». El pobre

La pregunta central (v. 5a) parece desempeñar una doble función. Aparece, en efecto, como una especie de reacción admirada ante la fervorosa invitación a la alabanza que la precede (vv. 1b-4), y da inicio también a la lista de los motivos de alabanza que la siguen (vv. 5b-9b). En realidad, la penúltima parte del salmo ofrece la respuesta a la pregunta. ¿Qué otro Dios ha hecho, o haría, lo que Yhwh hace por los hombres? ¿Cuál es el Dios cuya absoluta trascendencia, como se describe al final de la segunda parte (v. 4), consiste en «abajarse» hasta el «polvo» y el «estiércol», donde yacen «el desvalido» y «el pobre»?

No solo el Señor se abaja hasta lo más bajo; si lo hace, es únicamente para «enaltecer» a los humillados (v. 7), así como él mismo es «excelso» por encima de todo (v. 4)[1]. De este modo, la respuesta a la pregunta que parece obvia para la mayoría de los exegetas —«¡No hay absolutamente nadie en el cielo ni en la tierra como el Señor, nuestro Dios!» (cf. Sal 40,6; 86,8)— podría completarse o, mejor dicho, debería ser completamente invertida: son el pobre y la estéril quienes son «como el Señor, nuestro Dios».

Esto es propiamente increíble. Y precisamente a esto está invitado el hombre desde el origen: «Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gen 1,27).

Hijos de Dios

Las antiguas traducciones griegas vertieron el vocativo —que aquí se traduce como «siervos» (v. 1b)— con paides, que significa tanto «siervos» como «niños». Por eso la Vulgata traduce: Laudate, pueri, Dominum, lo que recuerda el Sal 8,2-3: «Quiero adorar tu majestad sobre el cielo: con la alabanza de los niños y de los más pequeños». Y es en esta perspectiva como el salmo ha sido comentado por la mayoría de los Padres de la Iglesia.

Según esta lectura, es posible ver una relación entre esta segunda palabra del cuerpo del poema y la penúltima, «hijos» (v. 9b), lo que podría considerarse como una especie de inclusión. Así puede percibirse un vínculo con la pregunta central del salmo: quienes son «como el Señor, nuestro Dios» son sus hijos, aquellos que él ha dado, como un esposo, a la mujer estéril. La imagen no carece de precedentes, si se recuerdan los textos de los profetas en los que Israel es presentado como una mujer sin hijos a la que el Señor devuelve la capacidad de engendrar:

¡Grita de alegría, estéril, tú que no has dado a luz;
prorrumpe en gritos de alegría, aclama,
tú que no has conocido los dolores del parto!
Porque los hijos de la mujer desamparada,
son más numerosos que los de la desposada, dice el Señor. […]
No temas, porque no te avergonzarás:
no te sonrojes, porque no serás confundida:
olvidarás la ignominia de tu adolescencia
y no te acordarás del oprobio de tu viudez.
Porque tu esposo es aquel que te hizo: su nombre es Señor de los ejércitos;
tu redentor es el Santo de Israel: él se llama «Dios de toda la tierra».
Sí, como a una esposa abandonada y afligida te ha llamado el Señor:
¿Acaso se puede despreciar a la esposa de la juventud?. dice el Señor.
Por un breve instante te dejé abandonada,
pero con gran ternura te uniré conmigo;
en un arrebato de indignación, te oculté mi rostro por un instante,
pero me compadecí de ti con amor eterno,
dice tu redentor, el Señor (Is 54,1-8)

Cristo se hizo pobre

Para el lector cristiano, la pregunta central del salmo impulsa a una respuesta que, si se mantiene en la línea de su acepción antigua, no adquiriría un significado nuevo. Se ha subrayado a menudo el parentesco entre este salmo y el Magnificat, hasta el punto de llamarlo «el Magnificat del Antiguo Testamento». Más que el himno de la carta a los Filipenses (cf. Flp 2,6-11), parece que textos como 2 Cor 8,9 están más próximos al movimiento del salmo: «Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza».

No se trata en este salmo, como en el himno de la carta a los Filipenses, del abajamiento seguido de la exaltación de la misma persona: aquel que desde el cielo se abaja lo hace para exaltar a los humildes. ¡Demasiado hermoso para ser verdad! Por eso los comentaristas reducen la pregunta central del salmo a una pregunta retórica cuya respuesta es evidente, y es la misma que la de muchos otros textos: de este modo aplanan un texto que, sin embargo, aporta una novedad.

Hay otro caso «increíble» del mismo tipo. Los Salmos 111 y 112, que preceden al Sal 113, son salmos gemelos: son acrósticos alfabéticos, cada uno compuesto por 22 miembros. El primero dice quién es Dios; el segundo, quién es el hombre justo. Lo que se dice del uno se dice también del otro. Por ejemplo, en el primero se dice de Dios: «Y su justicia permanece para siempre» (v. 3b); y el Sal 112 lo dice del hombre justo, repitiéndolo casi literalmente en el v. 9b: «Su justicia permanece para siempre».

Sin embargo, hay otro punto tan sorprendente que parece demasiado hermoso para ser verdad. El Sal 111 dice: «Yhwh es bondadoso y compasivo». Sabemos que este doble adjetivo es un epíteto propio de la naturaleza de Yhwh, y solo de él. Y hay un único pasaje más en el que califica al hombre justo: «es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo. Dichoso el que se compadece y da prestado» (Sal 112,4c-5a). Pero esto no es posible, porque en todos los demás pasajes «bondadoso y compasivo» se aplica únicamente a Yhwh. El texto hebreo debería, por tanto, ser corregido. Algunos, como los biblistas Luis Alonso Schökel y Cecilia Carniti, no han dudado en hacerlo, traduciendo: «Amanece en las tinieblas para los rectos el Piadoso, el Clemente y el Justo». Y han comentado, a propósito del v. 4b: «¿Quién es el sujeto? ¿Dios o el justo? Los atributos o epítetos “Piadoso y Clemente” son propios de Dios; los acabamos de oír en el Sal 111,4b. Un judío que escucha la combinación de estas dos palabras las aplica sin duda a Dios, a menos que haya fuertes razones en contrario: según nosotros, no las hay. La luz que brilla en la oscuridad es este Dios Piadoso y Misericordioso»[2].

Pero el comentarista judío Amos Hakham piensa de otro modo: «En el resto de la Escritura, “bondadoso y compasivo” se dice solo de Dios; pero aquí el poeta lo aplica a quien teme al Señor, al justo, para significar que quien teme al Señor camina por los caminos del Señor»[3].

La bondad y la compasión que el justo y Dios tienen en común consisten en alimentar, es decir, en dar la vida. Esto es lo que hace Dios: «da alimento a quienes lo temen» (Sal 111,5a). Esto es también lo que hace el justo: «reparte y da a los pobres» (Sal 112,9a). Si puede hacer esto, es porque, siendo «el hombre que teme a Yhwh» (112,1), es uno de aquellos que temen a Dios y a quienes Dios «da alimento» (Sal 111,5). Afirma san Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4,7).

Cuando el hombre justo alimenta a los pobres, se comporta como un padre para ellos. Siendo hijo de Dios, es natural que llegue a ser, como Dios, padre de quien, al no ser tratado como hijo, es huérfano[4].

  1. La mayoría de las traducciones no respeta la identidad de los dos verbos. Por ejemplo, la traducción de la Conferencia Episcopal Italiana («eccelso» en 4a y «rialza» en 7b).
  2. L. Alonso Schoekel – C. Carniti, I salmi, vol. II, Roma, Borla, 1993, 528. Es también lo que piensa G. Ravasi, Il libro dei salmi, vol. III, Bologna, EDB, 1985, 318, nota 2. Como señalan los tres autores citados, esta era ya la interpretación de una parte de la tradición manuscrita griega: al final del versículo 4, el Código Alejandrino especifica el sujeto de la frase nominal: «Tierno, misericordioso y justo es el Señor Dios».
  3. A. Hakham, Sefer Tehillîm, vol. II, Jerusalén, The Koschitzky, 1988, 335, nota 6, párrafo a.
  4. Para profundizar en el tema de este artículo, cf. R. Meynet, Le Psautier. Cinquième livre (Ps 107-150), Leuven, Peeters, 2017, 101-109; Id., «La rhétorique biblique et sémitique. état de la question», en Rhetorica 28(2010) 290-312.
Roland Meynet
Antiguo alumno de Paul Beauchamp y Georges Mounin, Roland Meynet pasó veinte años en Oriente Medio. Dirigió el Centro de Investigación y Estudios Árabes de la Universidad de Saint Joseph de Beirut y fundó la Escuela de Traductores e Intérpretes. Ha enseñado en el Centro Sèvres de París y en la Universidad de Turín, y actualmente es profesor en la Universidad Gregoriana. Es especialista en retórica semítica y en el Evangelio de Lucas. Recibió el Gran Premio de Filosofía de la Academia Francesa en 2006 por su libro sobre el Evangelio de Lucas, al que aplica el método de análisis retórico.

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