Espiritualidad

Experiencia cristiana y el desafío de habitar la realidad

© marc-olivier-jodoin / unsplash

Imágenes cuidadosamente elaboradas por la inteligencia artificial, necesidades inducidas por dinámicas de consumo, flujos de información fragmentada, lógicas de posverdad, identidades mediadas por avatares y promesas de experiencias placenteras, inmediatas y controladas. Estas configuraciones simbólicas, propias de la posmodernidad, ya no operan únicamente como dispositivos de evasión, sino que conforman verdaderos espacios existenciales en los que se habita.

En este contexto, el criterio de lo real se ha desplazado progresivamente al ámbito de la libertad individual, de manera que el confín entre realidad e ilusión se va desdibujando. En la medida en que el tejido social se fragmenta en una yuxtaposición de «realidades» particulares, se transforman los modos de configurar la identidad y los valores que orientan la existencia, el sujeto queda expuesto a una soledad creciente, mientras que la vida común se ve atravesada por conflictos cada vez más profundos.

En este escenario parece urgente buscar caminos que permitan acoger la realidad sin evadirla ni poseerla, y preguntarse si el cristianismo puede ofrecer una vía para reconciliarse con lo real y devolver espesor y sentido a la vida.

Atrapados en una ilusión

La ilusión de lo real no depende tanto de que las cosas existan o no, sino del valor que les otorgamos. Al atribuir un valor falso a un objeto terminamos deseando o creyendo necesitar lo indebido. En la mitología griega, Ixión, rey de los lapitas, recibido como huésped en casa de Zeus, quiso ir más allá de esta excepcional hospitalidad y creyó poder poseer a Hera, la esposa del anfitrión. Zeus, advirtiendo su desvarío, permitió que su ambición se revelara al presentarle una nube con la apariencia de la diosa. Ixión, cegado por sus propias pasiones, se unió a la nube, y de esta unión nació el Centauro, un ser que encarna la falta de medida, algo que jamás alcanzará plena humanidad. El error no estaba en la existencia de la nube, sino en la ceguera del rey (nublado), quien prefirió la apariencia de un apetito satisfecho antes que vivir en plenitud su realidad. Su autoengaño quedó expuesto y le valió el castigo de ser atado a una rueda en llamas que gira eternamente.

Podemos quedar atrapados, girando entre dos «realidades»: una ilusoria, individual y aparentemente perfecta, pero vacía; y otra común, marcada por límites e imperfecciones, pero portadora de una riqueza silenciosa. La ilusión ofrece consuelo inmediato frente a lo real; sin embargo, al intentar convertirla en realidad, perdemos la capacidad de reconocer aquello que solo lo real puede ofrecer: el sentido que nace del dolor, la verdad que emerge en la fragilidad, y la profundidad que se revela al aceptar lo que no se controla. La realidad puede irrumpir como frustración, interrumpiendo la ilusión, y al no encontrar lenguaje ni manera de integrarla, tendemos a refugiarnos nuevamente en lo aparente. Así, como en la rueda de Ixión, giramos en torno a una promesa de plenitud que nunca alcanzamos, mientras el tesoro de lo real permanece intacto, esperando ser descubierto.

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La agudeza de Simone Weil puede resultar especialmente iluminadora. En su ensayo sobre la idolatría, advierte que allí donde el ser humano no acepta la gravedad, es decir, la realidad con sus límites, su opacidad, su resistencia, tiende inevitablemente a fabricar sustitutos de Dios: «La idolatría proviene del hecho de que, teniendo sed de bien absoluto, no se posee la atención sobrenatural, y se carece de la paciencia necesaria para dejarla pasar. A falta de ídolos, es preciso con frecuencia, todos o casi todos los días, penar en vacío. Y no se puede hacer sin pan sobrenatural. La idolatría es, pues, una necesidad vital en la caverna […]. La actividad debe continuarse todos los días, muchas horas al día, de manera que se hacen precisos móviles para la actividad que escapen a los pensamientos, y, por lo tanto, a las relaciones: hacen falta ídolos»[1].

El ser humano, afirma Weil, está marcado por una sed de bien absoluto que no puede apagar con realidades parciales; no se trata de un error, ni menos de algo sustituible por un placer momentáneo, sino que es el signo más profundo de su vocación. El engaño se manifiesta cuando falta la atención paciente en la realidad, que permite atravesar el vacío sin llenarlo apresuradamente con cualquier ilusión. Incapaz de sostener la espera y la intemperie de lo real, nos podemos precipitar sobre aquello que puede ser poseído y controlado, convirtiéndolo en ídolo. Así, los ídolos no nacen tanto de la negación de Dios, sino como de la imposibilidad de soportar su ausencia aparente y del intento de poseerlo (como Ixión). La ilusión se vuelve especialmente seductora: protege de las frustraciones de lo real, pero al precio de cerrar el acceso a una experiencia auténtica de Dios.

De retorno a lo real

Sin embargo, hay quienes se rebelan, y nadando contra la corriente de la cultura, encuentran el coraje de emprender una «peregrinación» hacia la realidad. En algunos rincones del «Occidente de las ilusiones» se percibe un sutil pero consistente retorno a lo religioso. En su núcleo más auténtico, la experiencia religiosa no busca evadir el mundo, sino reconciliarse con él. La palabra re-ligión contiene en sí su propio programa de acción: re-ligar, volver a conectar con lo que nos trasciende y nos constituye; re-leer, reinterpretar la propia vida y los acontecimientos a la luz de un sentido más amplio; y re-elegir, asumir con responsabilidad la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos, con el mundo y con Dios. Así entendida, la propuesta cristiana no es una huida de lo real, sino un camino que posibilita habitar la realidad plenamente.

Propuesta cristiana: riesgos

No obstante, este retorno no está exento de riesgos. El Papa Francisco, en Gaudete et Exsultate, advierte sobre dos deformaciones actuales de la vida cristiana que lejos de conducir a lo real, reproducen la lógica de la ilusión[2]: un gnosticismo que convierte la fe en una experiencia interior o conocimiento abstracto, y un pelagianismo que exalta la voluntad individual hasta creer que la salvación depende solo del esfuerzo propio. Ambos reducen el cristianismo a una forma de autosatisfacción, ya sea emocional, intelectual o moral, y lo desconectan de su centro: Jesucristo, la encarnación de Dios, su muerte y resurrección. Que Dios se encarne, quiere decir que asume nuestra realidad y que allí lo encontramos, su muerte implica entrar en la profundidad de las injusticias de esta realidad y su resurrección invita a aceptar que la plenitud de nuestras vidas está más allá de nuestro control. Sin este «misterio salvífico» latiendo en el corazón del cristianismo, cualquier propuesta, aunque lleve el apellido «cristiana», será solo una nueva variación de la misma ilusión de control y autosatisfacción.

Durante los primeros años de este milenio se discutía ampliamente el fenómeno del «creer sin pertenecer»: una religión vivida de manera individual, que, al excluir las dificultades de la realidad e integrar solo aquello que refuerza el bienestar personal, termina siendo construida a la medida del consumidor. Hoy emerge con fuerza el riesgo de su reverso: el «pertenecer sin creer». En un mundo saturado de ilusiones habitables y atravesado por la soledad, no son pocos quienes redescubren en la Iglesia un espacio de seguridad y comunidad. Sin embargo, existe el peligro de que la comunidad se convierta en una nueva forma de ilusión, un refugio que protege del mundo sin conocerlo ni, mucho menos, transformarlo. Cuando esto ocurre, la Iglesia queda atrapada en una lógica centrípeta y autorreferencial, que confunde la vitalidad cristiana con la euforia o la autoafirmación.

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El modo cristiano de habitar la realidad

El modo cristiano de habitar la realidad, en cambio, pasa necesaria e ineludiblemente por la Cruz: cuando el misterio Pascual ocupa el centro, la fuerza es siempre centrífuga, impulsa hacia el mundo, hacia el encuentro con la realidad concreta del otro y hacia el descubrimiento de la presencia de Dios en todos los matices de la creación. En esta línea, la sabiduría de Teilhard de Chardin ofrece una clave luminosa: «Y entonces, sin saber todavía dar un Nombre preciso al gran Ser que toma cuerpo por él y para él en el seno del mundo, el hombre moderno sabe ya que no adorará a una divinidad más que si esta posee ciertos atributos por los que pueda reconocerla. El Dios que nuestro siglo espera debe ser: 1. Tan vasto y misterioso como el cosmos. 2. Tan inmediato y envolvente como la vida. 3. Tan ligado (de alguna manera) a nuestro esfuerzo como la humanidad. Un dios que hiciera el mundo más claro, o más pequeño, o menos interesante que el descubierto por nuestro corazón y nuestra razón, ese dios –menos hermoso que el que esperamos– ya no será jamás Aquel ante el cual la tierra se arrodilla»[3].

Ningún cristiano que haya sido tocado por la fuerza viva del Evangelio puede ignorar que el Dios revelado en Cristo no es una ilusión ansiolítica, sino un Dios vasto y misterioso, inmediato y cercano, que se ofrece solo allí donde la realidad es asumida con valentía y sin evasiones. Habitar la realidad con hondura, incluso en su dificultad, es la única vía para descubrir a este Dios que trasciende toda apariencia y que, sin embargo, nos sostiene desde dentro de lo real, devolviéndonos a una existencia capaz de vínculo, de sentido y de auténtica prosperidad. En medio de los desafíos del cambio de época no todo lo nuevo es signo del ocaso de un tiempo mejor, también se expresa un genuino deseo de realidad y sentido, manifestación de que persiste aquella intuición de lo infinito en medio de la finitud cotidiana y en el fondo real de cada ilusión[4].

Hacia una pedagogía del asombro y la atención

Acompañar el camino de fe de niños y jóvenes exigirá una propuesta cristiana que los ayude a reconciliarse con la realidad, una pedagogía del asombro y la atención, capaz de partir de aquellos encuentros genuinos que rompen la lógica de la ilusión y abren el corazón a lo verdadero: la contemplación del cielo, la experiencia del amor, el anhelo de libertad, el dolor, los grandes «por qué» para los cuales la ilusión solo tiene evasión. Estas preguntas, cuando son habitadas con paciencia, permiten que la realidad vuelva a hablar.

El asombro y la atención se entrelazan como dos movimientos inseparables en la apertura a lo real. El asombro irrumpe cuando algo nos desborda y quiebra la familiaridad del mundo, despertando la pregunta y sacándonos de la ilusión de control; es el instante en que la realidad se impone como misterio y no como objeto. La atención, en cambio, es la fidelidad a ese primer estremecimiento: la disposición paciente que se rehúsa a cerrar prematuramente lo que el asombro ha abierto. Mientras el asombro nos hiere con la novedad, la atención sostiene la herida sin anestesiarla, permitiendo que lo real se despliegue y no sea reducido a consumo, explicación o dominio. Allí donde el asombro despierta y la atención permanece, el ego se retira lo suficiente para dar espacio a la realidad en toda su densidad.

Lo que un niño o un adolescente pueda elaborar en clases de religión o en propuestas pastorales difícilmente podrá reconocerlo como auténtica experiencia de Dios si no conecta con aquello que ocurre en su vida concreta y en lo más hondo de su subjetividad. Desde esta convicción surgen preguntas decisivas: ¿cómo encarnar esta pedagogía del asombro y la atención en experiencias realmente significativas? ¿Cómo acompañar críticamente el mundo digital sin caer en moralismos que opongan directamente lo virtual a lo real o desautoricen los deseos? ¿Cómo cuidar el paso del asombro a la palabra, de la intuición a la fe, sin forzar los tiempos ni dejar la experiencia sin lenguaje ni comunidad?

Será necesario mostrar más que demostrar, simbolizar más que definir y acompañar más que conducir, permitiendo que la fe emerja como invitación a la Verdad y no como refugio evasivo. Más que ofrecer respuestas prefabricadas, será fundamental respetar el ritmo interior de cada uno y generar espacios donde la experiencia de lo real pueda desplegarse y expresarse con libertad. La formación cristiana no tiene como misión corregir subjetividades, sino acompañarlas con la delicadeza de quien ayuda a dar a luz y a reconocer al Dios que se intuye silenciosamente en lo más profundo de la propia vida.

  1. S. Weil, La gravedad y la gracia, Madrid, Trotta, 2007, 103.

  2. Cf. Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 9 de abril de 2018, nn. 47-61.

  3. P. Teilhard De Chardin, Escritos esenciales, Santander, Sal Terrae, 2023, 143.

  4. «Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin» (Eclesiastés 3,11).

Cristian Viñales
Es un jesuita chileno. Recientemente obtuvo la licenciatura en Teología Fundamental en la Facultad de Teología del Sur de Italia - Sección San Luigi, Nápoles.

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