En noviembre de 2015, Grayson Clary publicó en The Atlantic un artículo con un título provocador: «Por qué la ciencia ficción cuenta con tantos católicos»[1]. En efecto, la ciencia y la ciencia ficción pueden ser fuentes de gran alegría, incluso de alegría espiritual, en armonía además con un principio fundamental de la espiritualidad jesuita: «Encontrar a Dios en todas las cosas».
Quien escribe es un científico apasionado por la ciencia ficción. Recientemente participé, en la Universidad de Notre Dame, en un seminario titulado «Intentando decir “Dios”»[2]. El título del congreso —como explicaron sus organizadores— «está tomado de Winter Sun de Fanny Howe[3] y se refiere a la reticencia de muchos autores a escribir sobre religión y espiritualidad en una época en la que la religión es vista con sospecha o como algo superado. Aunque se puede optar por evitar la terminología religiosa tradicional, un cierto número de poetas, novelistas, memorialistas y escritores de ciencia ficción ya se ha volcado hacia la religión y la espiritualidad, y algunos autores han explorado nuevas maneras de decir “Dios”». El congreso organizó debates sobre poesía, narrativa, ensayo creativo y biográfico, fantasy y ciencia ficción, reuniendo a escritores muy conocidos y a otros emergentes que, según los organizadores, «en sus obras se enfrentan a temas espirituales y tratan de hacerlo de maneras nuevas».
A la luz de todo esto, quisiera intentar considerar la narrativa fantasy y de ciencia ficción desde una perspectiva católica.
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El gusto por la ciencia ficción y la literatura «fantasy»
Personalmente comencé a leer ciencia ficción cuando era muy joven, más o menos a la misma edad en que empecé a ser monaguillo. En la biblioteca de la ciudad en la que crecí, la ciencia ficción tenía asignada una estantería justo en la entrada de la sección «para adultos». Es probable que los bibliotecarios la hubieran colocado allí pensando que ese tipo de libros no era muy adecuado para adultos. A mí me parecían un anticipo del mundo de las «verdaderas» novelas, del mismo modo que ser monaguillo fue el primer paso para participar en la liturgia de la Iglesia. En mi familia todos frecuentábamos asiduamente la biblioteca y, cuando mis hermanos y yo habíamos terminado de elegir los libros que nos interesaban en la sección infantil, esperábamos a nuestra madre en la parte delantera de la biblioteca propiamente dicha, junto a los libros de ciencia ficción.
El libro que realmente despertó mi gusto por la ciencia ficción fue una antología de relatos clásicos de la «edad de oro» (es decir, de los años cuarenta), A Treasury of Great Science Fiction, editada por Anthony Boucher. Boucher, seudónimo de William A. P. White, fue fundador y editor de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, considerada durante mucho tiempo la revista de ciencia ficción más prestigiosa. Al parecer, en el mundo de la ciencia ficción Boucher también era conocido por ser un católico practicante. En una época en la que un materialismo inflexible, como el de H. G. Wells, se consideraba un requisito fundamental para una persona de ciencia «moderna» y racional, su catolicismo era visto como una auténtica rareza.
Aunque hoy en día es difícil encontrar libros de cuentos en las librerías, y las revistas tradicionales de ciencia ficción están menos difundidas, las historias breves siguen siendo todavía el mejor punto de partida tanto para un lector como para un escritor de ciencia ficción. A diferencia de una novela, un cuento puede desarrollarse bien a partir de una idea inteligente y de algunos personajes hábilmente esbozados. Mejor aún, la brevedad del formato implica que no haya espacio para algunas de las principales trampas presentes en demasiadas malas novelas (y no solo de ciencia ficción): tramas paralelas innecesarias y descripciones aburridas.
En particular, mientras que en una novela el escritor debe tener en mente una concepción clara y muy detallada del mundo en el que se desarrolla la acción, en un cuento breve no puede permitirse desperdiciar espacio para precisar todos los detalles de ese mundo. Un personaje no puede decirle a otro: «Como sabes, Bill…», para luego ponerse a dar una explicación larga e irrealista sobre las cosas que hacen que ese universo sea distinto del nuestro. En cambio, el autor debe cuidar la manera en que el mundo de la historia funciona de acuerdo con los propios cánones de la historia.
Esta técnica de ir esparciendo continuamente indicios en el texto ha sido denominada incluing[4] por Jo Walton, crítica y autora de ciencia ficción.
¿Cómo se hace? He aquí un ejemplo. Imaginemos que en su mundo ficticio ustedes han inventado un elemento importante para la trama: una máquina que, en el universo en que se desarrolla la historia, es omnipresente, como lo es en el nuestro, por ejemplo, una fotocopiadora. Nadie en el mundo real pierde tiempo explicando a otro cómo funciona una fotocopiadora: cualquiera ha usado una. Entonces, ¿cómo hacer que los personajes de su historia hablen de cómo funciona vuestra máquina? ¡Escriban una escena en la que la máquina se estropee! Luego, como un personaje se queja ante otro de lo que no funciona, el lector puede enterarse de cómo debería funcionar cuando… funciona.
Uno de los elementos fascinantes que puede atraer a los lectores hacia la ciencia ficción —aunque es posible que en otros produzca el efecto contrario— es precisamente el placer de descubrir estos indicios, resolviendo el rompecabezas que el autor ha ideado. Después de todo, es exactamente lo que debe hacer un científico cuando trata de comprender el universo.
¡Dios es un maestro del incluing: el supremo autor de ciencia ficción!
De la ciencia ficción a la ciencia
La verdadera razón por la que quise estudiar los planetas fue el hecho de haberlos encontrado antes en la ciencia ficción, como lugares físicos en los que a las personas les suceden aventuras. Hoy esto puede parecer obvio, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la gente pensaba en los planetas solo como puntos luminosos en el cielo. Antes del inicio de la era espacial, desde los tiempos de Tolomeo —incluyendo a Copérnico, Kepler y Newton, y hasta mediados del siglo XX— la astronomía consistía en el estudio de los movimientos planetarios. El objetivo era encontrar la manera de prever, en un momento dado, las posiciones exactas de esos puntos luminosos con respecto a las constelaciones. Cualesquiera que fueran las motivaciones ligadas a este tipo de investigación, rara vez se incluía entre los temas de discusión la pregunta sobre qué eran realmente esos planetas.
Esto se confirma en los libros de divulgación y en los manuales de astronomía del siglo XIX y de comienzos del siglo XX que se encuentran en la biblioteca de la Specola Vaticana[5]. Esos autores a veces indicaban las dimensiones e incluso las masas de los planetas y de sus lunas, datos que se deducen de la observación de sus movimientos relativos. Pero ninguno de ellos se tomó nunca la molestia de dividir la masa por el volumen para calcular la densidad de un planeta; y mucho menos de especular sobre qué tipo de materia podría encontrarse en el interior de esos planetas, dada esa densidad.
La única excepción a esta regla fue el padre Angelo Secchi, el jesuita italiano que en 1859 escribió Il quadro fisico del sistema solare, donde describe la superficie de Marte y de otros planetas. Fue él quien realizó el célebre descubrimiento de aquellas sombras oscuras en Marte que, según él, eran «canales». Secchi, además, fue también la primera persona que estableció una clasificación sistemática de las estrellas según su espectro, es decir, según su composición: fueron los primeros pasos de lo que hoy llamamos «astrofísica».
Durante la primera mitad del siglo XX, el estudio de los planetas se detuvo por completo. No se pensaba en los planetas como en lugares. Hasta que la NASA[6] decidió financiar a personas para que estudiaran esos planetas. Pero incluso entonces —estamos entre los años sesenta y setenta del siglo pasado— los científicos planetarios eran admitidos a duras penas en el mundo de los astrónomos.
Sin embargo, eso a mí no me importaba. Quería conocer los lugares que habían poblado mis sueños de muchacho. De hecho, la verdadera razón por la que asistí al Massachusetts Institute of Technology (MIT) fue precisamente la ciencia ficción. Estudiaba en el Boston College cuando visité a un amigo del colegio que estudiaba en el MIT, quien me mostró la biblioteca de ciencia ficción que había allí. Quedé tan fascinado que empecé de inmediato a organizar mi traslado, lo que implicaba también un cambio desde mi vocación original de abogado o periodista hacia la de científico.
Libros y autores
Mi primer amor fue ese tipo de aventuras que a menudo se designan banalmente como space opera. Pero las historias que captaban mi imaginación —y aún la captan— son aquellas que contienen ambientaciones fascinantes.
El planeta océano, descrito en The Demon Breed de James Schmitz (1968), fue importante tanto por la trama como por los personajes. En Ringworld (Los anillos de los mundos, 1970) de Larry Niven, el mundo en el que se desarrolla la historia (un anillo que rodea su estrella, creado a partir de los restos de un planeta) me resultó más interesante que la propia trama. Y, por supuesto, Dune de Frank Herbert (1965), con su inolvidable planeta desértico (y su religión mística), lanzó la ecología como tema literario.
Pero ninguno de estos libros valdría la pena si no contuviera también personajes con los que (o contra los que) poder identificarse, por los que uno pueda preocuparse y que resulten coherentes con lo que nosotros mismos hemos experimentado de ese mundo. Si no hay personas reales enfrentadas a decisiones reales, entonces no hay historia, no hay ningún motivo para seguir leyendo.
¿Puede un católico escribir ciencia ficción?
Los comediantes tienen éxito si cuentan chistes divertidos. Los escritores de aventuras, sean católicos o no, deben ante todo narrar buenas historias. Denme una trama que me haga querer pasar de página, personajes que me impliquen, premisas atractivas. Muéstrenme algo que nunca haya visto antes.
En este campo hay muchos escritores católicos excepcionales: J. R. R. Tolkien y Gene Wolfe son solo los ejemplos más destacados de una larga lista. Si juzgamos a partir de ellos, ser católico parece ser una ventaja para quien escribe fantasía o ciencia ficción. La concepción católica de una humanidad pecadora implica la presencia de personajes que pueden ser amados incluso cuando cometen errores y se comportan mal. Superman[7], a fin de cuentas, es aburrido; Frodo Bolsón[8] nos gusta precisamente porque sabemos que puede sufrir y fracasar. Y aun así triunfar.
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Además, no es una ventaja menor el hecho de que los católicos ya tengan una idea bastante precisa de qué son realmente el triunfo y el fracaso. Salvar el mundo es inútil si no se sabe a qué se parece un mundo salvado, y menos aún qué hay en el universo tan importante como para merecer la salvación.
Más concretamente, la única certeza absoluta es que, antes de poder escribir literatura, hay que haberla leído. Como cualquier otro empeño humano, en última instancia la ciencia ficción es una conversación ya en curso; y para poder intervenir en ella, hay que escuchar hasta qué punto ha llegado la conversación. Una ventaja de la ciencia ficción, sin embargo, es que se tiene todo el tiempo para descubrir los pasos previos de esa conversación, empezando a leer la historia hacia atrás.
Así, aunque las historias de aventuras de John Scalzi[9] sean divertidas por sí mismas, adquieren un significado mayor cuando se ha leído a Robert Heinlein[10], porque entonces uno puede comprender realmente de qué se está hablando. La larga secuencia de la saga de Miles Vorkosigan en el Ciclo de Vorkosigan (unos veinte libros) es entretenida de leer, pero el disfrute aumenta cuando se reconoce lo que tiene en común, y en qué se diferencia, respecto al universo de Star Trek.
Con tanta ciencia ficción del pasado en las estanterías, y también la que se publica cada año, ¿cómo saber dónde situarse en la conversación? A quienes desean una introducción rápida sobre pasado y presente, les recomendamos encarecidamente el libro de la ya citada Jo Walton, What Makes This Book So Great[11].
Cada año se conceden dos premios a obras de ciencia ficción. Los Premios Nebula son otorgados por la Science Fiction/Fantasy Writers of America (SFWA), mientras que los aficionados que asisten a la World Science Fiction Convention (WorldCon) votan los Premios Hugo. Walton ganó ambos con el libro Among Others. Es importante subrayar que es raro que una misma obra gane ambos premios.
La comunidad de aficionados a la ciencia ficción hoy es mucho más diversa que en la época en que escribía Anthony Boucher, y se enorgullece de aceptar todo tipo de rarezas en su interior. Muchos de los escritores de ciencia ficción más importantes son, como Boucher, católicos practicantes. Se puede tener la seguridad de que en este ámbito no existe ningún prejuicio evidente contra los católicos (o contra cualquier otra religión), pero sí hay un prejuicio absoluto contra las malas historias. Incluidos los personajes mal construidos y el devocionismo fanático. Si hay mala religión, también el desarrollo de la trama será pésimo.
De hecho, conviene notar que los escritores católicos de mayor éxito (entre ellos Tolkien y Wolfe) rara vez introducen abiertamente elementos religiosos en sus historias. El catolicismo no es agua bendita ni viernes de ayuno: es un conjunto de principios sobre el universo, más allá de lo que los astrónomos puedan decirnos.
Las buenas historias suelen surgir del choque entre visiones del mundo contrapuestas. Los mejores relatos son aquellos que logran mostrar, con simpatía, cómo y por qué distintos puntos de vista entran en conflicto; y cómo ese conflicto puede ofrecernos nuevas percepciones sobre la eterna cuestión de lo que significa ser humano. Ser católico en un mundo laico significa vivir esa tensión: ya se ha avanzado bastante.
Nuevas maneras de decir «Dios»
Nuestro desafío, y de hecho nuestra vocación, es precisamente ser católicos en el sentido original de la palabra: promover una imagen que sea lo suficientemente grande como para ser «universal». Si todo lo que se tiene para ofrecer es una visión estilo años cincuenta, con una monja en hábito tradicional al mando de una nave espacial, entonces esta concepción nuestra quizá es un poco limitada. Esto no significa que, con los ajustes adecuados, no se pueda escribir una historia bastante buena partiendo de esa premisa. Pero nuestra visión debe ir más allá, para captar la ironía precisamente en un horizonte más amplio que una imagen acrítica de la religión dentro de una concepción de la ciencia un tanto naïf.
De hecho, nuestro objetivo debe ser, en última instancia, encontrar nuevas maneras de decir «Dios», sin dejar de ser fieles al verdadero. Una de las cosas más importantes que se pierden en la mayoría de las discusiones sobre «Ciencia contra Biblia» es que la percepción de la existencia de un Dios amoroso que creó el universo de la nada sigue siendo verdadera.
El propio cambio desde la antigua cosmología babilónica (tierra plana y cielo en forma de cúpula) —la mejor visión científica disponible cuando se escribió el Génesis— hasta la de la época romana de los epiciclos de Ptolomeo es tan grande que el paso de Ptolomeo a Copérnico parece, en comparación, algo menor.
Y, sin embargo, a través de cada revolución en nuestra comprensión de cómo funciona el universo físico, las eternas preguntas exploradas por Sófocles y Shakespeare continúan resonando dentro de nosotros. Un escritor con una concepción católica del bien y del mal siempre puede arrojar nueva luz sobre estas antiguas preguntas. Si se plantean en escenarios o situaciones que nos alejan de nuestros cómodos clichés y de soluciones hipotéticas, vemos esas mismas preguntas, y nos vemos a nosotros mismos a través de ellas, bajo una nueva luz.
Nuestra fe católica puede enseñarnos cómo mirar nuestra propia historia personal. Las aventuras ambientadas en otros planetas demuestran que las leyes sobre lo que es justo o injusto son tan universales como la ley de la gravedad. Y una ciencia ficción católica también puede recordarnos que lo que el mundo considera un final feliz no siempre es el final más feliz.
- G. Clary, «Why Sci-Fi Has So Many Catholics», en www.theatlantic.com/ 10 de noviembre de 2015. ↑
- Trying to say «God». Re-enchanting Catholic Literature (www.tryingtosaygod.com), University of Notre Dame, 22-24 de junio de 2017. ↑
- F. Howe, The Winter Sun: Notes on a Vocation, Minneapolis (MN), Graywolf Press, 2009. ↑
- El término proviene del verbo «to clue in», que significa «poner al corriente», es decir, informar, en el sentido de proporcionar la información que alguien necesita, la que pide o la que creemos que le puede interesar. ↑
- El Observatorio Astronómico, o Specola Vaticana, es un instituto de investigación científica que depende directamente de la Santa Sede. ↑
- National Aeronautics and Space Administration, la agencia especial estadounidense. ↑
- Es el primer superhéroe de los cómics (1938). Un «superhombre», es decir, Superman, que llegó a la Tierra procedente de un planeta alienígena. Posee poderes especiales y una fuerza formidable, por lo que también se le conoce como el «hombre de acero». ↑
- Es el protagonista de la trilogía de Tolkien El señor de los anillos. ↑
- John Scalzi (1969) fue periodista satírico y editor de America Online, pero desde 1998 se dedica a tiempo completo a la escritura y es conocido sobre todo por sus novelas de ciencia ficción. Publicó Redshirts (Premio Hugo 2013) tras consolidarse con la serie Old Man’s War. ↑
- Robert Heinlein (1907-1988) es considerado uno de los padres fundadores de la ciencia ficción moderna. Es autor, entre otras obras, de la novela Starship Troopers, llevada al cine por Paul Verhoeven. ↑
- J. Walton, What Makes This Book So Great, New York, Tor, 2014. ↑
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