Una característica peculiar del ser humano
«¡Qué error haber elegido esta carrera universitaria!». «Mudarse a la ciudad fue una pésima decisión». «¿Por qué empecé a fumar?». «Debería haberme hecho controles más exhaustivos hace mucho tiempo…». ¡Cuántas personas podrían reconocerse en estas y en otras afirmaciones similares! Parece que alrededor del 90% de los individuos ha experimentado arrepentimientos significativos en su vida, hasta el punto de poder considerar esta una emoción casi universal de la experiencia humana. Los arrepentimientos más comunes se refieren a la educación, el trabajo, las relaciones interpersonales, las decisiones de vida y las oportunidades perdidas. A la amplia presencia del arrepentimiento se asocia su valoración, en su mayoría negativa, ya que se lo considera fuente de sufrimiento y de molestias inútiles. Sin embargo, la investigación psicológica sugiere una lectura más compleja y matizada: si se elabora y se asume de manera consciente y constructiva, el arrepentimiento puede convertirse en una ayuda eficaz para el crecimiento personal y el cambio, revelándose rico en enseñanzas[1].
Ante todo, a nivel antropológico. Solo el ser humano experimenta el arrepentimiento: en él se manifiestan algunas de sus características peculiares, su dimensión espiritual y, al mismo tiempo, limitada y falible. Cada vez que aparece, el arrepentimiento recuerda que no somos simplemente fruto de las circunstancias, sino que podemos releerlas a distancia, imaginando formas distintas de vivirlas. Por eso ha sido definido como «la emoción de las posibilidades, de las aspiraciones»[2]. El arrepentimiento, en efecto, pone en guardia contra el fatalismo y la resignación; su voz, por desagradable que sea, recuerda que existen otros caminos posibles, aunque tengan un costo. Es un experto en posibilidades y enemigo del determinismo, de la indiferencia y del cinismo; nos recuerda nuestra libertad estructural para evaluar y actuar, siempre expuesta al riesgo de fracasar.
En un mundo perfecto, vivido en plena armonía con el ideal y donde el futuro es plenamente previsible y planificable, no habría lugar para el arrepentimiento. Pero ese no sería un mundo humano; cada situación de la vida desmiente tal pretensión. Como señaló Søren Kierkegaard: «Se puede hacer esto o aquello; mi pensamiento y mi consejo de amigo son los siguientes: hagas lo que hagas, te arrepentirás en cualquier caso»[3]. Precisamente la incertidumbre de las situaciones existenciales lleva a considerar el arrepentimiento un gasto inútil de energías, fuente únicamente de autocompasión que encierra a la persona en el pasado. ¿Para qué rumiar sobre lo ocurrido? No es posible hacer retroceder el reloj y volver al «lugar del delito»; y aun en ese caso surgirían igualmente acontecimientos desagradables que no se habían previsto y, con ellos, el arrepentimiento. Por lo tanto, vivamos y listo.
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Sin duda hay algo de verdad en estas afirmaciones. Sin embargo, no logran acallar esa voz; al contrario, la vuelven aún más invasiva, hasta convertirse en una auténtica obsesión. Esta actitud, en efecto, además de ser contradictoria —y por tanto impracticable, como si dijéramos: «¡Recuerda olvidar!»—, desencadena lo que se denomina «intención paradójica», es decir, produce el efecto contrario. En un experimento se pidió a los participantes que no pensaran en osos blancos; en poco tiempo se dieron cuenta de que ese pensamiento se volvía cada vez más insistente y molesto[4].
A pesar de su omnipresencia, el arrepentimiento ha recibido una atención adecuada por parte de la investigación psicológica solo en las últimas dos décadas, llegando a la conclusión de que no debe eliminarse (¡cosa imposible!), sino más bien explorarse en sus modalidades. Si constituye una característica peculiar del ser humano, es porque cumple funciones que, si se reconocen, podrían permitir vivir mejor, transformando lo que parece un obstáculo en un recurso valioso para el crecimiento. Este es el desafío que ha animado a algunos autores, sobre todo en el ámbito terapéutico: identificar las enseñanzas de esta extraña voz, que suele resonar cuando «ya todo está hecho».
¿Qué es el arrepentimiento?
El arrepentimiento suele definirse como una emoción que nace de la comparación entre una decisión tomada y una alternativa descartada, considerada mejor. Hay en él, por tanto, un sentido de responsabilidad respecto a lo ocurrido, que permite imaginar escenarios distintos que lo harían mejor. Esto lo distingue, por ejemplo, de la decepción, en la que el resultado permanece desconocido hasta que se realiza, tanto en situaciones menores («Fui a ver esa película tan elogiada por la crítica y no me gustó»; «Probé un postre nuevo, pero no estaba bueno») como en otras importantes («Quería votar a ese candidato, cuya honestidad y competencia apreciaba, pero murió de repente»).
El arrepentimiento se asemeja más bien al sentimiento de culpa (y al consiguiente remordimiento). Comparten la atribución de responsabilidad respecto a lo ocurrido, pero no está necesariamente cargado de un significado moral: uno puede lamentar no haber tomado el habitual y hermoso camino panorámico para volver a casa, sin por ello sentirse culpable. En el sentimiento de culpa, en cambio, el arrepentimiento sí está presente. Este aspecto de responsabilidad que caracteriza a ambos es, en cualquier caso, importante en el ámbito terapéutico, como se verá.
Analizar el mecanismo del arrepentimiento puede constituir una ayuda indudable para aprender a tomar decisiones en conformidad con los propios valores y adquirir sabiduría. Toda elección presenta inevitablemente, y casi siempre, aspectos contrastantes y a veces conflictivos, pero todo ello forma parte del proceso de decisión. Quien pretende una certeza absoluta corre el riesgo de no decidir nada significativo para su vida y, sobre todo, de no considerar que incluso en ese caso también se trata de una decisión.
Los estudios al respecto muestran que el arrepentimiento se refiere sobre todo a las decisiones no tomadas, a las posibilidades desaprovechadas, más que a aquello que se ha llevado a cabo[5]. Este es un primer aprendizaje valioso: no decidir nada, no arriesgar nunca por algo considerado importante es propio de los indecisos —«estos desdichados, que nunca estuvieron vivos», como los llama Dante (Infierno, III, 64)—; es, en efecto, una forma de muerte anticipada. Quien está muerto, efectivamente, está libre de la incertidumbre, pero con el arrepentimiento de no haber vivido verdaderamente.
Las características del arrepentimiento
Como se ha señalado, el arrepentimiento nace de la condición de falibilidad propia del ser humano. Aprender a evaluar el papel efectivo del error en las decisiones es importante para «domesticar» el arrepentimiento. Cuando uno se enfrenta a algo nuevo, equivocarse es la condición para adquirir competencia. Quien no se da permiso para cometer errores nunca aprenderá una lengua, un deporte o una disciplina; se trata más bien de reconocerlos y ver en ellos una invitación a mejorar.
En esto, el arrepentimiento puede convertirse en un valioso aliado: el abanico de posibilidades que nos presenta respecto al pasado puede utilizarse de cara al futuro. Es lo que se denomina «arrepentimiento anticipatorio»: imaginar cómo uno se sentiría respecto a una decisión por tomar, por ejemplo al encontrarse con una persona o en una situación concreta —especialmente si ya se ha vivido algo similar—, recordando lo ocurrido en el pasado; orientar el arrepentimiento puede aumentar la satisfacción con la decisión una vez tomada[6].
La investigación ha llevado, por tanto, a diferenciar las formas en que puede presentarse esta emoción, distinguiendo, por ejemplo, un arrepentimiento «rumiativo», que induce a replegarse sobre uno mismo: es la tendencia a compadecerse, que conduce a la parálisis de la decisión, impidiendo a la persona realizar cambios y orientarse hacia otros intereses y ocupaciones. Es como volver a ver, en la propia mente, continuamente la misma película, exacerbando el ánimo, aislándose y amargándose cada vez más, hasta convertirse interiormente en prisionero sin salida. Con repercusiones también en la salud física, como la depresión y la anhedonia[7].
En cambio, hay quien sabe beneficiarse de las sugerencias del arrepentimiento, decidiendo introducir cambios: es el caso del «arrepentimiento regulatorio», que favorece el crecimiento, permite tomar las riendas de la propia vida y emprender acciones concretas para orientarse en la dirección de los valores reconocidos como importantes. Janet Landman, al estudiar los procesos de toma de decisiones, ha mostrado cómo el arrepentimiento puede ser de ayuda cuando se caracteriza por estos aspectos: 1) reconoce la necesaria diferencia entre el ideal y la realidad; 2) acepta el malestar consiguiente; 3) lo elabora de forma motivadora en relación con nuevos objetivos[8]. Así, una emoción potencialmente paralizante puede transformarse en una motivación constructiva. En ese caso, el arrepentimiento se vuelve «útil», puesto al servicio de la persona y capaz de ayudarla en sus decisiones.
La libertad, presupuesto indispensable del arrepentimiento, no se refiere solo a las decisiones futuras, sino también a la manera en que uno se sitúa frente al pasado y frente a la vida en general: aunque no se pueda cambiar, siempre es posible releer un eventual fracaso de un modo diferente.
Algunos ejemplos de «arrepentimiento útil»
De niño, Charles Dickens se vio obligado a trabajar 10 horas al día en una fábrica de betún para zapatos en condiciones degradantes. El arrepentimiento por su infancia perdida y la amargura por el abandono familiar encontraron expresión en la escritura. En Oliver Twist y David Copperfield, el sufrimiento de su condición se convirtió en materia para elaborar una lúcida crítica de la sociedad de su tiempo, y contribuyó a impulsar reformas en favor de la protección de los más débiles y pobres.
Un ejemplo contemporáneo es el de John Paul DeJoria, empresario multimillonario estadounidense y propietario de la marca John Paul Mitchell Systems. Su vida estuvo marcada por múltiples fracasos y obstáculos, así como por la privación de los bienes más esenciales: se vio obligado a dormir durante meses en su coche, fue despedido varias veces y sus intentos empresariales fracasaron estrepitosamente. Sin embargo, no renunció a su sueño: mientras seguía viviendo en su coche, decidió, junto con Paul Mitchell, un colega conocido en los diversos trabajos que había desempeñado, fundar una empresa con un capital inicial de 700 dólares, que con el tiempo generó miles de millones.
En una entrevista que concedió sobre las enseñanzas extraídas de estas experiencias, se pueden destacar dos aspectos especialmente relevantes para el tema presente: 1) la importancia de una fuerte motivación hacia la cual dirigir los propios recursos, que ayuda a no rendirse frente a los fracasos («He aprendido a no desanimarme ante un rechazo. Cuando alguien te cierra la puerta en la cara y no pierdes el entusiasmo por tu trabajo, sabes que has ganado. Hay que aprender a ver un fracaso como una etapa hacia el éxito y no como el final del camino»); 2) la gratitud («Devuelve el bien que recibes. Cuando no tenía dinero, muchos me ayudaron. No he olvidado a ninguno de ellos. En cuanto tuve mis primeros ingresos, devolví los favores que habían tenido conmigo»[9]).
Vale la pena recordar también la historia, muy conocida, del empresario estadounidense Steve Jobs. En un discurso a los recién graduados de Stanford, repasa —en clave de fracasos— las lecciones más importantes de su vida, que le permitieron corregir el rumbo de sus deseos y buscar allí donde quizá nunca habría osado. Su vida comienza mal, desde el principio: es abandonado por sus padres y dado en adopción. Cuando empieza la universidad, le invade el arrepentimiento al pensar que los ahorros de aquella pareja se estaban desperdiciando en pagar unos estudios que consideraba inútiles; así decide abandonarla y seguir solo los cursos que realmente le interesan, como el de caligrafía, que se convertirá en fuente de inspiración para el proyecto Macintosh. Más tarde es despedido de la empresa que él mismo había fundado, y este nuevo fracaso lo impulsa a emprender una nueva aventura, adquiriendo Pixar y transformándola en una compañía de entretenimiento. Finalmente, el cáncer, la última gran lección: el tiempo del que disponemos es breve y no debe desperdiciarse en arrepentimientos y recriminaciones que nos impidan decidirnos por lo que consideramos importante. Afirma: «Recordar que vamos a morir es la mejor manera que conozco de evitar la trampa de pensar que tenemos algo que perder. Ya estamos desnudos. No hay razón para no seguir el propio corazón […]. No se conformen nunca y no tengan miedo de los fracasos. De ellos surgen los mejores giros»[10].
Un recorrido igualmente significativo es el de J. K. Rowling, conocida por la célebre saga de Harry Potter. También para ella el éxito fue el último eslabón de un camino arduo, y ni siquiera el más importante. Sus padres no veían con buenos ojos su deseo de dedicarse a la literatura, porque consideraban —con razón— que no ofrecía perspectivas laborales. Aun así, Joanne decidió arriesgarse, afrontando años duros y difíciles: pobreza, falta de vivienda, ninguna perspectiva de publicación. El manuscrito de Harry Potter y la piedra filosofal fue rechazado por al menos 12 editoriales. Los temores de sus padres, uno de los cuales había fallecido entretanto, parecían haberse cumplido. Pero aquellos años de tribulación fueron para ella, más que un reproche, un entrenamiento valioso: «Fracasar —dijo a los graduados de Harvard— significó despojarme de lo superfluo. Dejé de fingir ser algo distinto de mí misma y empecé a dirigir todas mis energías a terminar la única obra que para mí tenía importancia […]. Es imposible vivir sin fracasar en algo, a menos que vivan con tanta cautela que en realidad no vivan en absoluto —en ese caso, habrán fracasado desde el principio—. […] Nunca conocerán realmente quiénes son ni la fuerza de sus vínculos hasta que ambos hayan sido puestos a prueba por la adversidad»[11].
En el ámbito musical, se puede recordar a Christina Aguilera, una de las artistas más célebres del decenio 2000-2010. Crece en una familia disfuncional; la violencia doméstica lleva a sus padres a divorciarse cuando ella tiene seis años, y se ve obligada a abandonar la escuela debido al acoso sufrido. En lugar de rumiar las injusticias y privaciones padecidas, Christina decide canalizar en la música su deseo de superación, cambiando la manera de ver su propia vida[12].
Más allá del éxito alcanzado, que puede depender de factores imprevisibles, podemos reconocer en estas historias las características del arrepentimiento útil: aceptar los errores y sufrimientos padecidos, evitar el victimismo, no juzgarse en función de los fracasos, sino con la curiosidad de querer extraer de ellos una posible enseñanza, y emprender un camino diferente a partir de nuevas sugerencias.
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Para un arrepentimiento constructivo
Como se ha visto, el arrepentimiento no es por sí solo suficiente para poner en marcha cambios positivos. Para que se vuelva constructivo, son necesarias algunas condiciones. En primer lugar, la honestidad con uno mismo: releer lo sucedido tal como fue, sin alterarlo para hacerlo más tolerable, porque eso significaría no aceptarlo. En segundo lugar, aprender a mirar el futuro con audacia y no como una mera repetición del pasado. Por último, esta convicción debe traducirse en decisiones y comportamientos concretos[13].
En el contexto clínico, el arrepentimiento constituye a menudo un punto de partida relevante para el cambio, porque contiene información valiosa sobre deseos incumplidos y necesidades profundas no escuchadas. La conciencia de su mensaje de fondo puede incentivar la voluntad de cambio. De hecho, se ha descubierto que con frecuencia el arrepentimiento no se refiere a acciones equivocadas, ni siquiera a los fracasos (los ejemplos presentados lo muestran con claridad), sino más bien a la incoherencia entre las decisiones y los valores reales. Reconocerlo se convierte entonces en un criterio importante para tomar decisiones que expresen de manera más auténtica lo que realmente se desea.
A diferencia de la rumiación obsesiva («Si tan solo hubiera…»), releer esta voz de manera no juzgadora sino compasiva permite evaluarla en su conjunto, necesitada a su vez de contraste y contextualización: ¿sobre qué bases se tomó la decisión?, ¿faltaba información importante que ahora sí se conoce?, ¿cuáles eran el contexto, el estado de ánimo, las posibles presiones del entorno? Si de este trabajo emergen caminos concretos y factibles para las situaciones futuras, entonces el arrepentimiento ha cumplido su función, sobre todo si uno advierte que ya lo ha vivido así en el pasado, aprendiendo a comprender sus características y aspectos recurrentes. También se puede descubrir que esas experiencias, aunque dolorosas, han contribuido de todos modos a moldear lo que uno es hoy, y que no deben olvidarse.
Ejercer la compasión hacia uno mismo no significa justificar los propios errores —al contrario, como se ha visto, reconocer que se ha errado es un paso previo indispensable—, sino que es un impulso eficaz hacia la mejora[14]. Cuando un paciente reconoce sinceramente lamentar años transcurridos en relaciones tóxicas, hábitos nocivos o carreras insatisfactorias, esta conciencia, unida a un deseo de superación, constituye a menudo la premisa para poner orden en la propia vida.
Es el caso, por ejemplo, de muchos profesionales que se arrepienten de haber sacrificado las relaciones familiares por la carrera. Este arrepentimiento, cuando se acoge sin negarlo, lleva al reconocimiento de que el éxito profesional se buscaba para obtener algo muy distinto, como la propia valía o una satisfacción afectiva que el trabajo, por sí solo, no podía dar; para ellos ha sido la ocasión de descubrir y elegir lo que realmente importa, más allá de las apariencias o del sentir común. Numerosos estudios longitudinales, incluido el célebre Harvard Study of Adult Development, muestran que las relaciones significativas son el indicador más sólido del bienestar a largo plazo[15].
Cuando han estado implicadas otras personas, el arrepentimiento constructivo puede traducirse en acciones concretas: disculpas sinceras, ofrecimientos de reparación, cambios verificables en los hábitos y comportamientos. Si no es posible poner en práctica tales remedios porque ya no es posible contactar a las personas, se puede recurrir a formas indirectas: elegir una situación análoga y prepararse para vivirla como se habría querido, ayudando a otros, o decidiendo apoyar causas consideradas importantes para el bien común. En estos casos, el arrepentimiento se convierte en una sabiduría adquirida, que permite ordenar las prioridades que aún hay tiempo alcanzar.
¿Cómo vivir el tiempo que queda?
Bronnie Ware, una enfermera australiana que durante años acompañó a enfermos terminales, reconoce cuan indispensable es este trabajo cuando uno se enfrenta a la propia muerte. En su libro The top five regrets of the dying presenta los arrepentimientos más comunes de las personas que han llegado al final de su vida, acompañados por la misma y triste frase: «Ojalá lo hubiera hecho». El arrepentimiento más frecuente no se refería a fracasos ni a errores, ni tampoco a posibles agravios o injusticias sufridas, sino más bien a no haber sido fieles a sí mismos, a no haber tenido el valor de tomar decisiones que sabían que dependían únicamente de ellos: en cambio, habían preferido llevar una existencia anónima, conforme a las expectativas de los demás. Las suyas habían sido más bien «no decisiones»: demasiado espacio dedicado al trabajo, en detrimento de la vida privada; la incapacidad de expresar lo que sentían a las personas queridas, dándolo por supuesto; descuidar a los amigos y, sobre todo, a quienes les habían hecho el bien. «Ojalá lo hubiera hecho»: sabían que habrían podido hacerlo[16].
El psiquiatra estadounidense Irvin Yalom, al acompañar terapéuticamente a grupos de enfermos terminales, llegó a la misma conclusión. La consideración de la propia muerte trastocaba radicalmente la jerarquía de valores de aquello que parecía importante: «Según las palabras de una paciente: “¡Qué lástima haber tenido que esperar hasta ahora, cuando mi cuerpo está atravesado por el cáncer, para aprender a vivir!” […]. Me parece que expresa bien la idea de que, dado que solo tenemos una oportunidad de vivir, deberíamos aprovecharla plenamente y concluir la vida con el menor número posible de arrepentimientos»[17]. Estas experiencias —añadía Yalom— no han sido inútiles: han ayudado a otros a reconsiderar sus propias decisiones antes de que fuera demasiado tarde, demostrando cómo también el arrepentimiento ajeno puede funcionar como una sabiduría preventiva.
San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios espirituales, sugiere un método para realizar una elección importante, que puede ser útil también para no morir presa del arrepentimiento. Pide a la persona que imagine haber llegado al final de su vida y que rinda cuentas a su conciencia no tanto por los pecados cometidos, los sufrimientos de los que quejarse o los títulos y reconocimientos no alcanzados, cuanto por las posibilidades de bien que quedaron sin realizar, como por ejemplo reconciliarse con un ser querido, un gesto de afecto, una obra de caridad, una decisión considerada importante pero nunca llevada a cabo… Y la anima a «tomar firmemente la decisión», para no reprochárselo en el momento de la propia muerte[18].
Una lección de sabiduría
El arrepentimiento, lejos de ser simplemente una emoción que hay que evitar, puede convertirse en un momento crucial de autoconciencia y de reorientación de la existencia. En el ámbito espiritual, puede constituir una auténtica oportunidad de salvación, la ocasión de aprovechar el momento favorable para dar un giro a la propia vida. Se ha visto cómo algunas de las transformaciones personales más relevantes han nacido precisamente del doloroso pero honesto enfrentamiento con decisiones insatisfactorias. Para estas personas, el arrepentimiento no ha sido solo una carga molesta, sino un impulso hacia un cambio auténtico, convirtiéndose cada vez más en autores del libro de su propia vida y no simplemente en personajes secundarios: «¿Queremos seguir volviendo al capítulo anterior y repetirlo sin cesar? Claro, sería posible si estuviéramos dominados por el arrepentimiento y el sentimiento de culpa. Pero ¿y si, en cambio, pensáramos en pasar al siguiente capítulo de nuestra historia? […] Si somos los autores del libro, podemos decidir cómo será el próximo capítulo»[19].
El arrepentimiento puede ser una ayuda importante para la redacción de ese libro. Una ayuda: no el autor, ni tampoco el protagonista.
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Cf. C. Saffrey – A. Summerville – N. J. Roese, «Praise for Regret: People Value Regret above Other Negative Emotions», en Motivation and Emotion 32 (2008/1) 46-54. ↑
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R. L. Leahy, Senza rimpianti. Liberarsi degli errori del passato, Milán, Raffaello Cortina, 2023, 20. ↑
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S. Kierkegaard, Enten-Eller. L’equilibrio fra l’estetico e l’etico nell’elaborazione della personalità, Milán, Adelphi, 1996, 3. ↑
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Cf. D. M. Wegner, White Bears and Other Unwanted Thoughts: Suppression, Obsession, and the Psychology of Mental Control, New York, Penguin, 1994. ↑
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Cf. R. L. Leahy, Senza rimpianti…, cit., 39. ↑
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Cf. J. Liu – H. Liu, «Can anticipated regret promote rationality? The influence of anticipated regret on risk aversion and choice satisfaction», en Frontiers in Psychology 16 (2025), en https://doi.org/10.3389/fpsyg.2025.1667136 ↑
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Cf. J. Spasojević – L. B. Alloy, «Rumination as a common mechanism relating depressive risk factors to depression», en Emotion 1 (2001/1) 25-37. ↑
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Cf. J. Landman, «Regret: A Theoretical and Conceptual Analysis», in Journal for the Theory of Social Behaviour 17 (1987/2) 135-160. ↑
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«Da senzatetto a miliardario: la storia di John Paul DeJoria», en millionaire (www.millionaire.it/da-senza-tetto-a-miliardario-la-storia-di-john-paul-dejoria), 20 de abril de 2015. ↑
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«L’emozionante Discorso di Steve Jobs all’Università di Stanford», in Frasimania (www.frasimania.it/discorso-steve-job), 22 de enero de 2024. ↑
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«Il discorso di J. K. Rowling ai neo-laureati di Harvard del 2008», en aulab (https://tinyurl.com/mrutvt6z), 23 de septiembre de 2016. Cf. J. K. Rowling, Buona vita a tutti. I benefici del fallimento e l’importanza dell’immaginazione, Milán, Salani, 2019. ↑
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Cf. L. Hirschberg, «Christina Finds Her Voice», en W Magazine, 1° de julio de 2010. ↑
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Cf. R. L. Leahy, Senza rimpianti…, cit., 241-251; D. H. Pink, Il potere dei rimpianti. Perché guardare indietro ci spinge in avanti, Milán, Mondadori, 2023. ↑
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Cf. K. M. Newman, «How to Grow from Your Regrets», en Greater Good Magazine, 20 de junio de 2016. ↑
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Cf. G. Cucci, L’arte di vivere. Educare alla felicità, Milán, Àncora, 2019, 123-126. ↑
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Cf. B. Ware, Vorrei averlo fatto. I cinque rimpianti più grandi di chi è alla fine della vita, Rimini, My Life, 2025. ↑
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I. D. Yalom, Diventare se stessi, Vicenza, Neri Pozza, 2018, 214. ↑
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Cf. Ignacio de Loyola, s., Ejercicios espirituales, n. 186: «considerar, como si estuviese en el artículo de la muerte, la forma y medida que entonces querría haber tenido en el modo de la presente elección; y, reglándome por aquella, haga en todo la mi determinación». ↑
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R. Leahy, Senza rimpianti…, cit., 207. ↑
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