Biblia

La ascensión de Jesús: «Estaré con ustedes siempre»

Ilustre Teófilo, en mi primer libro expuse todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber instruido por medio del Espíritu Santo a los discípulos que había elegido. Después de su pasión, Jesús se presentó ante sus discípulos dándoles muchas pruebas de que estaba vivo, y se les apareció durante cuarenta días para hablarles del Reino de Dios. Un día que estaba comiendo con ellos les ordenó que no se alejaran de Jerusalén. Les dijo: «Esperen que se cumpla la promesa del Padre […]».

Los que estaban presentes le preguntaban: «Señor, ¿este es el tiempo en que restaurarás el reino a Israel?», Él les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer los tiempos o los momentos que el Padre tiene bajo su autoridad. Pero el Espíritu Santo vendrá sobre ustedes y recibirán su fuerza, para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra». Después de decirles esto, mientras ellos lo estaban viendo, él se elevó y una nube lo ocultó de su vista (Hch 1,1-10).

El relato de la Ascensión es presentado por el autor sagrado según esquemas narrativos que es necesario descifrar para poder acercarse con el corazón abierto a la contemplación del misterio. Después de la resurrección, Jesús hace todavía un don a los suyos: un tiempo de cercanía – 40 días – durante el cual prepara la separación y los consuela con una promesa: «No los dejaré huérfanos» (Jn 14,18).

La experiencia intensa de la separación, percibida y vivida por los discípulos, se expresa mediante imágenes que no deben tomarse al pie de la letra, aunque nos conducen, con toda su eficacia, ante el misterio de una presencia que, en la ausencia, no abandona. Jesús asciende al cielo; pero el «cielo» no es un lugar al que ir, sino una «persona» a quien encontrar. Cuando decimos «Padre nuestro que estás en el cielo…», no indicamos un lugar donde se encuentra el Padre, sino el hecho de que el Padre es Dios, el Dios para nosotros, que nos ama y nos espera.

Jesús asciende al Padre al cumplirse su misión, con un movimiento opuesto al de la encarnación. Así como descendió a la tierra revistiéndose de nuestra humanidad, con él nuestra humanidad asciende al Padre. Ahora puede decir verdaderamente: «Subo a mi Padre, que es el Padre de ustedes, y a mi Dios, que es el Dios de ustedes» (Jn 20,17). Pero también hay una separación. La distancia de Jesús respecto de los apóstoles indica un modo distinto de vivir la relación del maestro con los discípulos. Y comienza una nueva espera, todavía nebulosa: la espera de la luz que vendrá del Espíritu. Habrá una nueva presencia del Señor.

Inscríbete a la newsletter

Cada viernes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu correo electrónico.

Esa presencia está misteriosamente indicada por la nube que eleva a Jesús y lo oculta: lo vela y lo revela. En el Antiguo Testamento, la nube designa a Dios mismo que guía al pueblo en el desierto. De día es sombra frente al sol abrasador; de noche, es luz para el camino. En el Bautismo y en la Transfiguración, desde la nube se escucha la voz del Padre que señala al Hijo amado: «¡Escúchenlo!». La promesa de la presencia continua de Jesús es subrayada en el Evangelio de Mateo, en el momento de la misión: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos: bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). Esta es la gran promesa del Evangelio: el Señor no nos abandona jamás y permanece con nosotros para siempre.

En el episodio de los Hechos de los Apóstoles se subraya la actitud de los discípulos que miran al cielo sin comprender: ¿de dónde vendrá entonces el reino de Israel? Todavía no entienden, están atrapados por los viejos problemas, siguen los esquemas de siempre. Y, sin embargo, se interrogan sobre sus pobres asuntos, con la fidelidad y la fragilidad de quien ama y de quien ha entregado al Señor lo poco que tiene. Y ese poco no puede quedar sin respuesta: no el reino de Israel, sino el Reino de Dios para todos; no mirando al cielo, sino entrando en las contradicciones del mundo, porque recibirán la fuerza del Espíritu del Señor.

La misión de Jesús se cumple con su Ascensión y con Pentecostés, y ahora nos encontramos en el tramo final de la historia antes de la parusía. De aquí nace la vocación del cristiano: cada uno de nosotros está llamado a completar con Cristo su obra, a ser signo – pobre, pero auténtico – del Señor resucitado, y a testimoniar en el mundo, con la vida, la familia, el trabajo y el compromiso cotidiano, también en el sacrificio y en la alegría, a un Padre cercano, que es amor y misericordia.

León XIV: «Hermanos y hermanas, el que reza es consciente de sus propios límites, no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder el ídolo mudo, ciego y sordo, al cual sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doblegue ante él»[1].

  1. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2026/documents/20260411-rosario-pace.html

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

    Comments are closed.