En abril de 2025, en California, el joven de dieciséis años Adam Raine se quitó la vida después de haberse confiado durante meses a un sistema de inteligencia artificial (IA) generativa. En la demanda presentada posteriormente contra OpenAI, sus padres sostuvieron que el sistema se había convertido en su «confidente más íntimo» y, finalmente, en su «instigador al suicidio»[1]. No pretendemos aquí pronunciarnos sobre una controversia judicial que todavía está siendo examinada por los tribunales, ni atribuir la muerte de un joven a una única causa. Se trata más bien de tomar nota de un hecho: en una situación de aislamiento y desesperación, un sistema de IA generativa se convirtió en un interlocutor determinante a través del cual un joven interpretó su sufrimiento y emprendió el camino hacia una decisión fatal.
La novedad de la IA generativa reside en su capacidad para elaborar respuestas. Las redes sociales ya invitaban a los jóvenes a publicar contenidos, confrontarse y reaccionar. Las plataformas seleccionan, clasifican y difunden materiales preexistentes. La IA conversacional, en cambio, recibe las palabras del usuario y devuelve una respuesta formulada específicamente para él, asumiendo a menudo el papel de profesor, consejero o confidente. Por tanto, no interviene únicamente en la economía de la atención, sino también en los procesos mediante los cuales un joven pone nombre a una emoción, interpreta un conflicto, pone a prueba un juicio e imagina cómo comportarse.
Estos sistemas son entrenados para seguir instrucciones y producir respuestas que los evaluadores humanos consideran útiles. La formulación de una pregunta condiciona, por tanto, la respuesta. Sin embargo, quien la formula no controla la arquitectura que responde: la respuesta está determinada también por los datos de entrenamiento, el contexto previo, las instrucciones del sistema, las normas de seguridad y las decisiones de diseño[2]. La petición del usuario es importante, pero también lo son unas formas de poder que este no puede ver. En términos generales, la IA constituye un entorno; en la experiencia del joven, se presenta como una suerte de interlocutor.
Muchos jóvenes no recuerdan un mundo anterior al teléfono inteligente, y los niños de hoy están creciendo en una realidad en la que la IA generativa está ya entrelazada con la vida cotidiana. El acceso sigue siendo desigual, pero disponer de un acceso limitado no significa encontrarse al margen de sociedades cada vez más organizadas mediante la IA. Este entorno, además, se presenta cada vez más a menudo sin ser anunciado: la IA generativa se integra silenciosamente en los flujos de las redes sociales y en las aplicaciones de mensajería que los jóvenes ya utilizan, de modo que la relación con un casi-interlocutor puede comenzar sin que nadie decida deliberadamente abrir un chatbot. La necesidad de hacer habitable este entorno es particularmente urgente precisamente allí donde resulta menos visible, también para los jóvenes de los países más pobres, que quizá nunca utilicen conscientemente un chatbot.
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Todo esto modifica el entorno en el que tienen lugar la formación personal y la formación en la fe. Los jóvenes no se sitúan frente a los medios como sujetos ya formados a los que solo haya que enseñarles moderación: se forman dentro de los entornos tecnológicos y, cada vez con mayor frecuencia, a través de intercambios que adoptan la apariencia de un diálogo.
La reciente encíclica Magnifica humanitas (MH) de León XIV ofrece un léxico adecuado para interpretar este cambio. En el n.º 110, después de pedir que la IA sea desarmada, la define como «ya un ambiente en el que estamos inmersos». La formulación es significativa: la IA debe hacerse «discutible, refutable y, por tanto, habitable»[3]. Una herramienta puede dejarse de lado; un ambiente, en cambio, se habita. Si ese ambiente parece responder, la cuestión pastoral ya no se refiere únicamente al modo en que debe utilizarse la IA, sino a la posibilidad de que los jóvenes crezcan humanamente y en la fe dialogando con ella.
Esta cuestión se desarrolla en tres direcciones. ¿Quién responde al joven y quién está llamado a responder por la respuesta proporcionada? ¿Qué les sucede a quienes formulan las preguntas cuando las respuestas son inmediatas, personalizadas y expresadas con fluidez? ¿Y cómo se puede buscar la verdad cuando cada respuesta está determinada tanto por el modo en que el usuario formula la pregunta como por decisiones de diseño que este no puede conocer? Antes de abordar estas tensiones, conviene comprender cómo ha llegado la Iglesia a adoptar este lenguaje ecológico.
Del instrumento al entorno: un recorrido pastoral
Sin negar la continuidad de la enseñanza de la Iglesia sobre los medios de comunicación, es posible identificar cuatro etapas.
En un primer momento, estos fueron considerados instrumentos que debían utilizarse correctamente. Inter mirifica (1963) y Communio et progressio (1971) los acogieron como frutos del ingenio humano, cuyo uso requería formación y discernimiento. Pablo VI confiaba esta formación sobre todo a la familia y a la escuela[4]. El sujeto todavía era concebido como externo al medio de comunicación y llamado a evaluarlo.
En un segundo momento, los medios comenzaron a entenderse como una cultura y un lenguaje dotados de una autonomía propia. En Redemptoris missio (1990), Juan Pablo II afirmaba que el Evangelio debía entrar en la cultura creada por las comunicaciones modernas, y no limitarse a servirse de ellas como de un canal; Aetatis novae (1992) presentó esta tarea como una dimensión integrante de la vida eclesial, no como un sector entre otros[5].
En un tercer momento, el entorno o ambiente digital pasó a describirse no solo como una cultura, sino como una realidad en la que se está inmerso. Benedicto XVI lo definió como parte de la experiencia cotidiana; Laudato si’ (2015) advirtió sobre la «contaminación mental» digital y las relaciones selectivas; Christus vivit (2019) señaló las posibilidades y los riesgos que una cultura fuertemente digitalizada presenta para los jóvenes; el documento Hacia una plena presencia (2023) recordó que «no se puede compartir una comida a través de una pantalla»[6].
En un cuarto momento, la IA planteó la cuestión de la propia inteligencia humana. En sus mensajes de 2024, el papa Francisco situó la IA en el marco de las cuestiones relacionadas con el corazón y la verdad; Antiqua et nova (2025) distinguió los sistemas artificiales de la unidad corporal y relacional propia de la inteligencia humana, advirtiendo que la empatía simulada no puede transformarse en un don recíproco de sí; en la Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, León XIV señaló lo «digital humano» como una prioridad de la educación católica[7].
A diferencia de los medios anteriores, que transmitían u ordenaban discursos producidos por seres humanos, la IA conversacional genera respuestas propias y puede asumir roles que antes estaban reservados a interlocutores humanos: profesor, consejero e incluso guía espiritual. La cuestión ya no se refiere únicamente al tipo de cultura producido por un medio de comunicación, sino a lo que sucede cuando es el propio entorno el que responde.
La encíclica Magnifica humanitas reúne estas etapas en un único criterio: el lenguaje de la Iglesia ha pasado del uso correcto de los instrumentos a la cultura, al entorno y, finalmente, a la pregunta sobre qué tipo de humanidad hace posible un determinado entorno. En la era de la IA, es preciso preguntarse además qué tipo de persona forma este entorno y cómo moldea su manera de formular preguntas.
La habitabilidad como criterio pastoral
La afirmación del n.º 110 de MH, según la cual la IA es ya un ambiente, no es una simple figura retórica. Conduce directamente a la conclusión de que la regulación, aunque necesaria, no es suficiente. Un ambiente también debe hacerse abierto al debate, cuestionable, habitable y acogedor. En otros términos, quienes lo habitan deben poder comprender las condiciones que lo regulan, cuestionar el modo en que está organizado y participar en la construcción de la vida común que en él se desarrolla.
Este criterio presenta al menos tres dimensiones inseparables. La primera se refiere al gobierno de este entorno: ¿quién establece las condiciones de acceso, visibilidad y participación? Al tratar de la subsidiariedad, la encíclica observa que, en la revolución digital, el «nivel superior» ya no suele coincidir con el Estado, sino con grandes actores económicos y tecnológicos que ejercen de facto un poder sobre la vida cotidiana. Advierte del riesgo de que el control concentrado de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cómputo se vuelva opaco y genere dependencia, exclusión, manipulación y desigualdad[8]. En algunas zonas del Sudeste Asiático, esta desigualdad adquiere un rostro aún más brutal: jóvenes víctimas de la trata, algunos de ellos menores de edad, son encerrados en centros dedicados a las estafas informáticas y obligados a elaborar, con ayuda de la IA, estafas sentimentales y financieras dirigidas contra personas residentes en el extranjero[9]. La IA puede convertirse en instrumento de explotación de un joven mucho antes de presentarse ante él como compañera de conversación.
La segunda dimensión se refiere a la corporeidad. La encíclica rechaza la idea de que el límite, la vulnerabilidad y la finitud sean únicamente defectos que haya que eliminar. A menudo, el ser humano florece precisamente a través de ellos, porque la compasión, la relación, la experiencia espiritual y el cuidado nacen allí donde termina nuestra autosuficiencia. Esta antropología se traduce en una urgente tarea pastoral cuando, en el n.º 141 de la encíclica, el papa León XIV aborda los efectos de la exposición temprana y no acompañada a los dispositivos digitales y las redes sociales sobre el sueño, la atención, la regulación de las emociones y las relaciones, así como los riesgos de captación, chantaje, explotación sexual y manipulación de imágenes[10].
La tercera dimensión se refiere a la verdad. MH define la verdad como un bien común y afirma que una información veraz se construye no solo mediante la verificación técnica, sino también a través de relaciones de confianza, un diálogo honesto y prácticas compartidas. La educación, por tanto, requiere «tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente» (MH 140). Debe enseñar no solo cómo utilizar la IA, sino también cuándo es conveniente no hacerlo y por qué razón. La encíclica culmina con el llamamiento a renovar la alianza educativa entre las familias, las escuelas, las comunidades cristianas y las instituciones públicas[11].
No se trata de tres problemas distintos, sino de tres aspectos de una única verificación pastoral: ¿puede una persona que todavía está en proceso de formación habitar este entorno sin verse reducida a un consumidor, a un conjunto de datos, a una mente desencarnada o a un blanco de manipulaciones? Esta verificación hace aflorar tres tensiones.
¿Quién forma? Recuperar la subsidiariedad
Una escuela católica puede elaborar un excelente programa didáctico y un catequista puede prepararse con gran esmero. Y, sin embargo, a cualquier hora, un joven puede dirigirse a un sistema inmediatamente disponible, al que puede plantear preguntas demasiado embarazosas como para hacérselas a otra persona y que responde sin pausas ni vacilaciones. El joven puede confundir su fluidez expresiva con sabiduría y percibir su personalización como una comprensión auténtica. La asimetría se refiere, por tanto, a la disponibilidad, la intimidad, la fluidez de la respuesta y la responsabilidad.
Los educadores buscan el bien de la persona dentro de relaciones en las que pueden ser interrogados y llamados a responder por sus actos. También los servicios comerciales de IA pueden estar diseñados para ofrecer ayuda, pero actúan sobre la base de finalidades, prácticas de tratamiento de datos e incentivos que a menudo permanecen ocultos para el menor. El sistema conoce de la conversación lo suficiente como para producir una respuesta plausible, mientras que el usuario sabe muy poco de las razones por las que se ha generado esa respuesta. Un joven manifiesta un miedo o un deseo; la arquitectura del sistema, en cambio, no dice nada de sí misma.
El caso de Raine, mencionado al comienzo de este artículo, revela una forma aún más grave de responsabilidad distribuida. Según lo referido por la familia, el sistema señaló internamente cientos de mensajes de Adam como contenidos relacionados con las autolesiones y el suicidio, pero no existía ningún protocolo para informar a los padres, a un orientador o a otro adulto responsable; las alertas quedaron registradas, pero nadie fuera del sistema llegó a tener conocimiento de ellas. La empresa no se puso en contacto con la familia. Los familiares no supieron que estaba teniendo lugar una crisis hasta que su hijo ya había muerto. La IA no fue ni la única causa de su muerte ni un sujeto moralmente responsable; sin embargo, su diseño ya había establecido implícitamente a quién debía corresponder la responsabilidad de una crisis manifestada por el usuario y, en este caso, esa decisión dejó la crisis sin respuesta.
La subsidiariedad permite definir tanto el problema como la respuesta. No abandona a las familias o a las comunidades locales frente a fuerzas más poderosas, sino que protege su capacidad de actuar, imponiendo al mismo tiempo a las instituciones más fuertes la creación de condiciones equitativas para que dicha acción sea posible. Allí donde las empresas operan de hecho como una autoridad superior, la subsidiariedad exige transparencia, responsabilidad, participación y posibilidad de recurso. Las escuelas, las instituciones religiosas y las comunidades locales deben poder intervenir en las decisiones que inciden en la vida cotidiana.
Un método útil aparece ilustrado en el informe final de 2026 del Grupo de Estudio 4 del Sínodo. En él se describe un seminario indio en el que las normas sobre el uso de Internet no se imponen unilateralmente. Formadores y seminaristas debaten juntos sus ventajas y dificultades, de modo que las normas se interioricen mediante la corresponsabilidad[12]. El contexto es específico, pero el método puede aplicarse en otros lugares.
Una escuela católica podría invitar a estudiantes, padres y profesores a elaborar un pacto sobre el uso de la IA: qué usos deben declararse, qué información personal no debe introducirse nunca, qué actividades requieren un primer intento personal sin recurrir a la IA, y qué preguntas con consecuencias relevantes deben plantearse a un adulto responsable antes de actuar. Una parroquia podría pedir a los jóvenes que identifiquen los ámbitos en los que la IA interviene en el estudio, las amistades, la oración y la toma de decisiones, distinguiendo los usos que amplían la libertad de aquellos que la sustituyen.
La participación no hace negociable toda norma, no exime a los adultos de su deber de protección ni confía a los jóvenes la gestión de sistemas que exceden sus posibilidades. Hace que las normas sean formativas, permitiendo a quienes están implicados comprender su propósito, hablar con sinceridad y compartir la responsabilidad por el bien común. La elaboración de la norma se convierte así en parte de la formación; el objetivo no es la vigilancia, sino la sabiduría práctica.
Las comunidades pastorales deben establecer itinerarios claros que conduzcan de la IA al cuidado humano. Un chatbot puede facilitar que se pida ayuda cuando la vergüenza o el miedo dificultan hablar. Sin embargo, las cuestiones relacionadas con abusos, autolesiones, sexualidad, enfermedades graves, peligros de naturaleza jurídica o crisis de fe requieren algo más que una respuesta formulada con fluidez. Los jóvenes deben saber a quién acudir, qué puede implicar la confidencialidad y cómo funcionan los procedimientos de protección. La IA puede constituir una primera vía de acceso a la ayuda, pero no la autoridad última en decisiones de gran trascendencia.
Los pactos locales no son suficientes. La MH pasa de la familia y la escuela a las políticas públicas y a la responsabilidad de los proveedores de servicios. Los padres no pueden enfrentarse solos a sistemas y prácticas de gestión de datos que no están en condiciones de examinar. Las instituciones católicas pueden unirse a la sociedad civil para exigir un diseño transparente, medidas de protección adecuadas a la edad, protección de la privacidad, controles independientes y mecanismos eficaces de recurso. No se trata de abandonar la labor pastoral para entrar en la política, sino de ejercer el cuidado pastoral respecto de un entorno.
Este compromiso no es puramente hipotético. En 2026, las autoridades chinas impusieron a los servicios de IA que desempeñan una función de compañía que declararan claramente que el usuario está interactuando con una máquina, que interrumpieran las sesiones prolongadas invitándolo a hacer una pausa y que prohibieran por completo a los menores los servicios basados en parejas virtuales[13]. Según algunos testimonios, los usuarios de servicios de compañía que fueron clausurados habrían vivido su desaparición como una verdadera separación afectiva. La transparencia y los límites pueden imponerse por ley; sin embargo, no pueden sustituir el discernimiento compartido que exige la subsidiariedad.
Recuperar la subsidiariedad significa devolver a las familias, las escuelas, las parroquias y los jóvenes una participación en la definición de las condiciones en las que tiene lugar la formación, exigiendo al mismo tiempo a los actores más poderosos que respondan por sus decisiones. Significa procurar que ningún joven quede solo ante una respuesta cuyas consecuencias superen su capacidad para preverlas o afrontarlas.
¿Límite o defecto? Proteger al joven que pregunta
La arquitectura bíblica de Magnificas Humanitas se desarrolla en torno a Babel y Jerusalén: Babel es un proyecto de dominio, en el que la unidad se transforma en opresión; Jerusalén, reconstruida bajo Nehemías, es, en cambio, una obra común, en la que personas diferentes asumen la responsabilidad de distintos tramos de las murallas. La primera pregunta que plantea la tecnología, por tanto, no es simplemente si debemos acogerla o rechazarla, sino qué estamos construyendo y qué concepción de la persona humana orienta esa obra[14].
Esta pregunta adquiere especial urgencia cuando se habla del límite. La encíclica de León XIV no idealiza el sufrimiento ni se opone a los esfuerzos por aliviarlo. Sin embargo, se resiste a una cultura en la que la incapacidad, la vulnerabilidad, el fracaso y la finitud aparecen únicamente como problemas técnicos a la espera de ser corregidos. «El ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite» (MH 118). La fe cristiana sabe desde hace mucho tiempo que la espera, la dependencia, el arrepentimiento y la necesidad de los demás no son interrupciones mortificantes de la grandeza humana: son, por el contrario, algunos de los lugares en los que el amor, la libertad y la comunión se hacen realidad.
Las generaciones más jóvenes se encuentran con un entorno tecnológico que premia la inmediatez y presenta respuestas de apariencia fluida y completa. Se formula una pregunta y, en cuestión de pocos segundos, aparece una respuesta bien construida. Esto puede ser realmente útil. Pero también puede llevar a imaginar que la incertidumbre es un defecto, la espera un fracaso y toda pregunta un problema que debe resolverse lo más rápidamente posible. El peligro no es que los jóvenes se vuelvan menos inteligentes: es que tengan menos oportunidades de descubrir cómo la inteligencia madura a través de la paciencia, el diálogo, el compromiso concreto y el valor de dejar una pregunta abierta.
Por eso es importante la advertencia del n.º 140 de la MH: la rapidez y la facilidad de las respuestas generadas por la IA pueden apagar «el deseo de plantear preguntas». Algunas investigaciones fenomenológicas sobre la interacción prolongada entre seres humanos e IA sugieren que el riesgo puede ser aún más profundo. Puesto que un chatbot no posee un punto de vista propio y nada está realmente en juego para él del modo en que lo está para los seres humanos, su aprobación sin fricciones puede hacer mucho más que confirmar determinadas convicciones: puede ir haciendo gradualmente natural toda una manera de percibir el mundo, un proceso que algunos estudiosos denominan «deriva existencial»[15]. Desde esta perspectiva, la amenaza para la curiosidad señalada en el n.º 140 de la MH puede ser el síntoma de un peligro más profundo que afecta al modo en que el joven percibe una realidad común y compartida.
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El n.º 146 de la encíclica añade que la libertad interior necesita ritmos en los que tengan cabida el silencio, el estudio profundo, la lectura y la reflexión ponderada. Para la formación cristiana no se trata simplemente de técnicas de estudio, sino de condiciones espirituales. La fe no elimina el deseo de recibir respuestas, sino que educa también en la confianza en la espera, el silencio y lo inacabado. Un joven puede obtener en pocos segundos una síntesis correcta de la doctrina de la Confirmación, pero sigue necesitando la experiencia más lenta de preguntarse por qué Dios permite el sufrimiento, escuchar el testimonio de otra persona, volver a la Escritura, rezar en medio del desconcierto y dejar que la comprensión madure con el tiempo.
De ello se derivan diversas consecuencias pastorales. La oración contemplativa, la meditación y el silencio no deberían presentarse como elementos ornamentales añadidos a un programa ya de por sí cargado, sino como prácticas de libertad necesarias en el momento histórico presente. Durante un retiro, un período sin dispositivos no debería explicarse únicamente como una regla: puede proponerse como un ejercicio para recuperar la atención, un tiempo en el que reconocer el cansancio del cuerpo, el aburrimiento, el deseo, la ansiedad y la presencia de los demás sin sustraerse inmediatamente a ellos. Después, habría que ayudar a los jóvenes a expresar con palabras lo que han vivido. El silencio se vuelve formativo cuando es interpretado, no simplemente impuesto.
Las escuelas católicas y las comunidades juveniles deben, además, crear espacios en los que sea posible equivocarse sin miedo. Una máquina puede producir inmediatamente un texto pulido; el pensamiento humano, en cambio, a menudo comienza de manera incierta y desordenada. La formación necesita, por tanto, discusiones sin prisas, borradores que puedan reelaborarse, preguntas que queden abiertas y contextos catequéticos en los que un sincero «no lo sé» sea mejor acogido que una certeza tomada prestada. Los educadores pueden pedir a los estudiantes que muestren el proceso mediante el cual han llegado a una respuesta, comparar los resultados producidos por la IA con las fuentes primarias e indicar aquello que permanece sin resolver. Los agentes de pastoral y los profesores pueden valorar la vacilación y la búsqueda auténtica, en lugar de premiar únicamente a quienes se expresan con seguridad. El objetivo no es la ineficiencia por sí misma, sino recuperar el aprendizaje como acto humano.
Por último, no podemos separar los peligros para el cuerpo señalados en el n.º 141 de la MH. El sueño, la atención, la regulación emocional, la sexualidad y la seguridad no son aspectos marginales de la vida de fe: son dimensiones de la persona a la que se dirige la gracia. La protección de los menores comprende, por tanto, límites adecuados a la edad, un acompañamiento adulto consciente, decisiones ponderadas sobre el momento oportuno para disponer personalmente de un dispositivo, protocolos claros en los casos de abusos y explotación basados en imágenes, y una cultura en la que los jóvenes puedan contar el mal sufrido sin vergüenza. Los padres y educadores necesitan una formación que no sea ni alarmista ni ingenua, mientras que los chicos necesitan adultos suficientemente presentes como para advertir los cambios de comportamiento antes de que la crisis se haga evidente.
El cuerpo debe tener un lugar en el que habitar. Una práctica pastoral que proteja el silencio, el sueño, la amistad, el juego, el culto y el diálogo cara a cara no constituye una huida de la era digital: significa crear, dentro de ella, un espacio para la libertad encarnada. Es un testimonio de que el límite no es enemigo de la plena realización humana y de que la persona es mucho más que un proyecto que debe optimizarse.
¿De quién es la verdad? Reconstruir la alianza educativa
El n.º 143 de la MH describe la escuela como el lugar en el que las nuevas generaciones aprenden a buscar y amar la verdad, a reflexionar sobre el sentido de la vida y a reconocer la dignidad de cada persona. Por analogía, la misma vocación corresponde a la catequesis parroquial y a la pastoral juvenil. También ellas son espacios en los que la verdad no solo se transmite, sino que se busca, se ama y se encarna dentro de una comunidad.
La IA generativa hace que esta vocación sea aún más urgente. Las parroquias y las escuelas ya están experimentando con el uso de la IA para preparar esquemas, fichas de trabajo, preguntas para el debate y materiales catequéticos. Este uso no constituye por sí mismo una renuncia a la responsabilidad: se vuelve problemático cuando un texto bien formulado se considera fiable simplemente porque parece plausible, cuando no se verifican las fuentes o cuando quien es responsable de la enseñanza deja de asumir plenamente la autoría de aquello que enseña. En tal caso, la autoridad para orientar la catequesis puede trasladarse silenciosamente de una comunidad humana reconocible a un sistema opaco.
Por tanto, una norma pastoral sólida puede formularse de manera sencilla: la IA puede ayudar en la preparación, pero no puede asumir una responsabilidad eclesial. Los materiales utilizados en la formación deben verificarse a la luz de la Escritura, el catecismo, los textos del magisterio y estudios fiables. Las afirmaciones sustanciales deben poder remitirse a sus fuentes. Las cuestiones delicadas requieren una revisión humana, teológica y pastoral. Cuando la IA ha contribuido de manera significativa a la preparación de un material, la transparencia puede convertirse ella misma en un instrumento educativo. Se puede mostrar el borrador a los jóvenes, invitarlos a someterlo a verificación y ayudarlos a identificar sus omisiones o deformaciones. La verificación se convierte así en parte de la catequesis, en lugar de quedar como una tarea técnica oculta.
También puede ocurrir que los jóvenes planteen sus primeras preguntas sobre la fe, las enseñanzas de la Iglesia, la Escritura o cuestiones morales controvertidas a un chatbot, en lugar de hacerlo a un sacerdote, un catequista o un padre. La primera reacción no debería ser el pánico ni el desprecio. Un chatbot puede facilitar que se formule una pregunta que se percibe como embarazosa y, en ocasiones, puede orientar hacia información útil. La cuestión decisiva es si la respuesta se acepta como una conclusión definitiva, separada de toda relación, tradición y responsabilidad. Según la lógica de la «ecología de la comunicación» propuesta por la MH, la verdad implica verificación y argumentación responsable, pero posee también una dimensión relacional: crece a través de vínculos de confianza y de una confrontación sincera.
La práctica pastoral puede responder haciendo que la pregunta pueda trasladarse al seno de la comunidad. Un catequista podría invitar a los jóvenes a llevar al grupo una respuesta proporcionada por la IA y preguntar: ¿en qué fuentes se basa? ¿Qué concepción de la persona humana presupone? ¿Qué falta? ¿Cómo cambiaría esta respuesta si se la confrontara con la Escritura, con la experiencia vivida de una comunidad o con el testimonio de una persona que ha sufrido? El objetivo no es desacreditar la herramienta ni humillar a quien la ha utilizado, sino pasar de una respuesta carente de relación a una búsqueda comunitaria de la verdad.
La credibilidad de la Iglesia en esta tarea depende de su propia fidelidad a la verdad. El n.º 138 de la encíclica invita a las comunidades cristianas a la transparencia y a una búsqueda honesta de los hechos, reconociendo explícitamente la contribución de los periodistas que han ayudado a sacar a la luz injusticias y abusos dentro de la Iglesia. La formación de los jóvenes no puede enseñar verificación, responsabilidad y valentía si la propia comunidad elude en primer lugar las verdades incómodas. Una ecología de la comunicación comienza en su propio seno: en el modo en que los responsables corrigen los errores, declaran los conflictos de intereses, responden a las acusaciones, protegen a las víctimas y distinguen la autoridad pastoral de la represión de las preguntas. Quien enseña la verdad debe estar, a su vez, dispuesto a aprender.
No podemos confiar la respuesta a individuos o instituciones que se encuentren solos frente a esta tarea. La «alianza educativa renovada» del n.º 147 de la MH une a las familias, las escuelas, las comunidades cristianas y las instituciones públicas. Su aplicación concreta variará de un país a otro, pero es posible asumir diversos compromisos compartidos. Una diócesis puede elaborar un marco común para la IA y la formación digital involucrando a representantes de las escuelas, las parroquias, las oficinas de protección de menores, los padres y los jóvenes, en lugar de dictar disposiciones separadas y potencialmente contradictorias. La formación de profesores, catequistas, sacerdotes y agentes de pastoral juvenil puede integrar la competencia técnica con la teología de la persona, la doctrina social, la protección de menores y las prácticas de verificación. La formación de los padres puede ir más allá de la enumeración de los peligros e incluir capacidades de diálogo, hábitos familiares, cuestiones relacionadas con las distintas etapas del crecimiento y formas de apoyo cuando ya se ha producido un daño. Las normas pueden revisarse periódicamente junto con los jóvenes, porque el entorno cambia más rápidamente que los documentos destinados a regularlo.
También las instituciones públicas y los proveedores de tecnología forman parte de esta alianza. Las escuelas y las parroquias deben saber cómo denunciar un abuso, solicitar la retirada de contenidos perjudiciales y acceder a formas de asistencia especializada. Las diócesis pueden apoyar un diseño y una regulación capaces de proteger a los menores, en lugar de dejar a cada familia sola para negociar con plataformas poderosas. Las instituciones católicas pueden, además, compartir recursos más allá de las diferencias económicas y geográficas, para que la protección digital y la formación en el uso de la IA no se conviertan en privilegios reservados a las escuelas más ricas.
Las murallas de Nehemías ofrecen una imagen apropiada. Cada familia reconstruía un tramo, pero ningún tramo aislado bastaba para hacer segura la ciudad. Del mismo modo, padres, escuelas, parroquias, diócesis, autoridades públicas y empresas tecnológicas tienen responsabilidades específicas que no pueden simplemente transferirse a los demás. Un proyecto compartido permite unir las distintas partes. El objetivo no es rodear a los jóvenes con un muro de miedo, sino reconstruir las condiciones en las que la verdad pueda buscarse libremente, con paciencia y juntos.
Construir juntos Jerusalén
La tarea principal no consiste en añadir nuevas reglas, sino en recuperar una finalidad común: ¿qué estamos construyendo, para quién y junto a quién? No podemos dejar al joven solo ante la elección entre Babel y Jerusalén: esta concierne a toda comunidad que contribuye a crear las condiciones en las que los jóvenes aprenden a desear, juzgar, creer y actuar.
La educación católica y la pastoral juvenil deben renunciar a la ilusión de ser las únicas protagonistas de la formación. Las plataformas ya modelan la atención y la imaginación; la IA generativa interviene ahora también en la interpretación, las emociones, el juicio y la acción. Reconocer este hecho permite comprender la tarea de la Iglesia: formar no solo usuarios competentes o destinatarios de respuestas correctas, sino personas libres y responsables, capaces de buscar la verdad en comunión. Las escuelas, las parroquias y las familias pueden ofrecer lo que la IA conversacional, por sí sola, no puede dar: no simplemente respuestas más lentas, sino personas llamadas a responder; no solo un lenguaje personalizado, sino relaciones en las que cada uno pueda ser interpelado y llamado a rendir cuentas; no una empatía simulada, sino un acompañamiento concreto a través del conflicto, las consecuencias de las propias acciones, el arrepentimiento y la reparación. Ellas ofrecen un imaginario sacramental plasmado por el agua, el aceite, el pan, el vino, el contacto, la mesa y la asamblea, y un amor por la verdad capaz de corregirse y comenzar de nuevo.
Estos dones exigen promover, en las condiciones del presente, recursos que la Iglesia ya posee: la práctica religiosa, el discernimiento comunitario, la contemplación, el cuidado de los más vulnerables y una disciplina intelectual orientada hacia la verdad. Exigen también la humildad de aprender de los jóvenes para conocer el entorno que habitan y el valor de enfrentarse a los poderes que lo hacen menos habitable. La tarea no consiste en construir un refugio católico al margen de la era de la IA, ni en limitarse a enseñar a los jóvenes cómo obtener mejores respuestas de las máquinas. Consiste, más bien, en formar personas capaces de preguntar, esperar, verificar, cuestionar y discernir, y comunidades dispuestas a responder por las consecuencias de sus propias decisiones.
La habitabilidad debe abarcar también a quienes, a causa de la pobreza y la trata, se ven obligados a construir para otros las ilusiones producidas por la IA: una antigua forma de explotación que adquiere un rostro nuevo. Una era de la IA habitable no es aquella en la que toda pregunta recibe una respuesta inmediata, sino aquella en la que los jóvenes siguen siendo libres para formular mejores preguntas y nunca quedan solos ante una respuesta cuyas consecuencias nadie está dispuesto a asumir. Esta obra no es Babel: es Jerusalén, reconstruida juntos.
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K. Hill, «A Teen Was Suicidal. ChatGPT Was the Friend He Confided In», en The New York Times, 26 de agosto de 2025. Véase también K. M. Nielsen – L. Osler, «Rethinking AI Psychosis: Misnomers, Conceptual Limits, and Existential Drift», preprint arXiv:2605.26858, 2026. ↑
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Cf. L. Ouyang et al., «Training Language Models to Follow Instructions with Human Feedback», en Advances in Neural Information Processing Systems 35, 2022. ↑
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León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, 15 de mayo de 2026, n. 110. ↑
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Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Inter mirifica, 4 de diciembre de 1963, nn. 4; 10; 16; Comisión Pontificia para las Comunicaciones Sociales, instrucción pastoral Communio et progressio, 23 de mayo de 1971; Pablo VI, s., Mensaje para la XII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 23 de abril de 1978. ↑
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Cf. Juan Pablo II, s., Encíclica Redemptoris missio, 7 de diciembre de 1990, n. 37; Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral Aetatis novae, 22 de febrero de 1992. ↑
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Cf. Benedicto XVI, Mensajes para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 de enero de 2009 y 24 de enero de 2013; Francisco, Encíclica Laudato si’, 24 de mayo de 2015, n. 47; Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, Documento final, 27 de octubre de 2018, nn. 21-24; Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, 25 de marzo de 2019, nn. 86-90; Dicasterio para la Comunicación, Hacia una plena presencia. Reflexión pastoral sobre la interacción en las redes sociales, 28 de mayo de 2023, n. 61. ↑
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Cf. Francisco, Mensaje para la LVII Jornada Mundial de la Paz, 8 de diciembre de 2023, y Mensaje para la LVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 de enero de 2024; Dicasterio para la Doctrina de la Fe – Dicasterio para la Cultura y la Educación, Nota Antiqua et nova sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, 28 de enero de 2025, nn. 26; 31-32; 57-63; León XIV, Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 10.3. ↑
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Cf. MH 67-111. ↑
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Cf. Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, «A Wicked Problem»: Trafficking into Cyber Scam Operations in South-East Asia, 2026; Amnistía Internacional, «I Was Someone Else’s Property», 2025; W. McCormick, «Los centros de estafa en el Sudeste Asiático: una nueva forma de esclavitud», en La Civiltà Cattolica, 20 de febrero de 2026, https://www.laciviltacattolica.es/2026/02/20/los-centros-de-estafa-en-el-sudeste-asiatico-una-nueva-forma-de-esclavitud/. ↑
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Cf. MH 118-147; Dicasterio para la Doctrina de la Fe – Dicasterio para la Cultura y la Educación, Antiqua et nova, cit., nn. 57-94. ↑
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Cf. MH 147. ↑
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Cf. Sínodo de los Obispos, Documento final, cit., 2026. ↑
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Cf. China, Interim Measures for the Administration of AI Personification Interactive Services, 10 de abril de 2026 (www.cac.gov.cn/2026-04/10/c_1777558395078289.htm). ↑
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Cf. MH 7-10; 130; 241-242. ↑
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Cf. K. M. Nielsen – L. Osler, «Rethinking AI Psychosis…», cit. ↑
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