Cuando el papa León XIV afirmó que Sudán se había «convertido en un vasto campo de batalla», subrayó la dramática urgencia de la situación del país[1]. Desde 2023, Sudán se encuentra sumido en una guerra civil que ha provocado una gravísima crisis humanitaria en una nación que, durante las últimas décadas, ha conocido muy poca paz. El conflicto actual hunde a su vez sus raíces en una larga historia de cuestionamiento de la autoridad política, desigualdades regionales y visiones contrapuestas del Estado sudanés. Este legado histórico no atenúa la responsabilidad de los actuales dirigentes por las atrocidades cometidas, pero contribuye a explicar por qué la violencia ha sido tan endémica en la historia reciente de Sudán y por qué la guerra se ha mostrado tan resistente a todo intento de solución.
Las palabras pronunciadas por el Pontífice en 2026, durante su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, fueron reiteradas al final del Ángelus del pasado 9 de agosto, en el que León XIV pidió la apertura de corredores humanitarios para la población civil y la participación de la comunidad internacional en los esfuerzos encaminados a alcanzar un alto el fuego. Estas declaraciones reflejan la profunda atención manifestada por la Santa Sede por el restablecimiento de la paz en Sudán. Las perspectivas de paz dependerán de la disposición de los principales actores a responder a este llamamiento con valentía y magnanimidad.
Los orígenes del conflicto actual
La historia de Sudán ofrece numerosos elementos de reflexión útiles para comprender la situación actual, sin que ello implique que el pueblo sudanés esté prisionero de su pasado o carezca de capacidad para incidir en el presente y determinar su propio futuro[2]. Como escribía san Juan Pablo II en Familiaris consortio, «la historia no es simplemente un progreso necesario hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de libertad, más aún, un combate entre libertades que se oponen entre sí»[3].
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La historia de Sudán está estrechamente vinculada al río Nilo. A lo largo de sus orillas se han encontrado algunos de los testimonios más antiguos de culturas humanas de África, entre ellos, asentamientos de poblaciones paleolíticas que se remontan a unos 48.000 años antes de Cristo[4]. Durante milenios, el Nilo conectó Sudán con Egipto, desde las antiguas civilizaciones egipcia y nubia, que, en distintas etapas, dominaron alternativamente los territorios de la otra. Tras la decadencia del último reino nubio, el de Kush, alrededor del año 350 d. C., durante varios siglos florecieron en gran parte de la región reinos cristianos, que dieron origen a una rica cultura religiosa vinculada al contexto del mundo copto. A partir del siglo VII, el islam se difundió gradualmente desde Egipto hacia el sur a lo largo del Nilo, mediante el comercio, las migraciones y la influencia política, en uno de sus primeros grandes movimientos de expansión al sur del Sahara. Los musulmanes no lograron conquistar la región, pero le dieron el nombre con el que hoy se la conoce, «Sudán», derivado del término genérico con el que designaban el África subsahariana: «la tierra de los negros».
El sur de Sudán, incluido el territorio del actual Sudán del Sur, permaneció, en cambio, vinculado a las religiones africanas tradicionales. Cuando, en el siglo XIX, los misioneros cristianos europeos llegaron a Sudán, concentraron su actividad en el sur, en lugar de hacerlo en el norte musulmán. Este legado perdura todavía hoy, pues Sudán es un país mayoritariamente musulmán.
Puede afirmarse que la historia moderna de Sudán comenzó en 1820, con la ocupación de gran parte de los actuales Sudán y Sudán del Sur por parte de Egipto, Estado vasallo del Imperio otomano. La integración de Sudán en el régimen otomano-egipcio contribuyó a la reaparición de la figura del «Mahdi». Este concepto presenta múltiples dimensiones: algunas religiosas, vinculadas también a la descendencia del profeta Mahoma; otras más explícitamente políticas, relacionadas con la espera de un líder justo que liberaría a su pueblo y restablecería el culto religioso recto[5]. Las revueltas de finales del siglo XIX, encabezadas por Muhammad Ahmad, quien se proclamó Mahdi, condujeron a la independencia de Sudán respecto de Egipto. Fue un período breve, pero tuvo una importancia decisiva en la manera en que algunas élites modernas concebirían Sudán como un Estado islamista.
En 1899, Sudán volvió a quedar bajo la influencia egipcia y, a través de ella, bajo la influencia occidental. La presencia británica en Egipto condujo, en efecto, al gobierno anglo-egipcio de Sudán, que se prolongó hasta 1956. Los británicos, que desde hacía tiempo estaban implicados en los asuntos egipcios, aspiraban a controlar los accesos al mar Rojo y las regiones circundantes, con el fin de mantener abiertas las rutas comerciales y marítimas funcionales a sus intereses políticos, militares y económicos tras la inauguración, en 1869, del canal de Suez, que conecta el Mediterráneo con el mar Rojo.
En 1922, el Reino Unido reconoció la independencia de Egipto. Sin embargo, continuó administrando conjuntamente con este país Sudán, aunque fue reduciendo gradualmente su influencia directa sobre la región. Sudán obtuvo la independencia en 1956. El legado colonial, sin embargo, perduró, sobre todo en las desigualdades en el desarrollo y en la heterogeneidad de las estructuras institucionales. Los británicos habían colaborado más estrechamente con las clases dirigentes del norte que con las del sur, en parte porque las primeras disponían de estructuras institucionales más desarrolladas y estaban más próximas al sistema egipcio. Consideraban, además, que el norte era el centro económico y político de Sudán y trataron de aprovechar esta situación en lugar de corregirla, tanto en su propio interés como con la intención de preparar a Sudán para la independencia[6].
Una vez alcanzada la independencia, estas diferencias regionales atormentaron a Sudán con sucesivas guerras civiles, hasta conducir, en 2011, a la secesión de la parte meridional del país, que pasó a constituir Sudán del Sur[7]. El norte y el sur del país estaban divididos en torno a muchas cuestiones, pero quizá la fundamental tenía que ver con el ejercicio del poder. Los gobiernos de Jartum eran acusados a menudo de concentrar en el norte el poder político y las inversiones económicas, y muchos habitantes del sur consideraban que sus regiones seguían estando marginadas, a pesar de la riqueza de los recursos naturales disponibles. Las diferencias religiosas agudizaron estas reivindicaciones, sobre todo después de que, en 1983, el presidente Jaafar al-Nimeyri extendiera la ley islámica a todo el país. Muchos ciudadanos de la región meridional, entre ellos cristianos y seguidores de las religiones tradicionales, se opusieron a quedar sometidos a la ley islámica, argumentando que ello comprometía la autonomía concedida a Sudán del Sur por el Acuerdo de Addis Abeba de 1972, que había puesto fin a la primera guerra civil sudanesa (1955-1972).
Una importante causa de tensión económica entre el norte y el sur tenía que ver con el petróleo. La mayor parte de las reservas petrolíferas de Sudán se encuentra en el sur o a lo largo de la frontera entre ambas regiones. Los oleoductos destinados a la exportación y las refinerías, sin embargo, estaban situados principalmente en el norte, y los ingresos estaban en gran medida controlados por el Gobierno central, también establecido en el norte. En consecuencia, muchos habitantes del sur sentían que obtenían muy pocos beneficios de los recursos naturales de su región[8]. En su conjunto, estas controversias contribuyeron al estallido de la segunda guerra civil sudanesa (1983-2005)[9].
El conflicto entre el norte y el sur no ha sido la única fuente de tensiones regionales. Como el mundo entero supo a comienzos de la década de 2000, también Darfur, región occidental de Sudán que desde hacía mucho tiempo se distinguía del resto del país en el plano político y cultural, fue escenario de gravísimas violencias. Los disturbios en la región condujeron al genocidio de 2003-2005, respaldado por el presidente Omar al-Bashir[10]. Algunas de las violencias más atroces fueron perpetradas por las milicias yanyauid , fuerzas paramilitares que, con el apoyo y los recursos del Gobierno, cometieron atrocidades a gran escala contra las poblaciones de Darfur. Los yanyauid son un grupo árabe con raíces extendidas por el Sahara y el Sahel, incluida la vecina Libia, cuyo entonces líder, Muamar el Gadafi, los había armado en la década de 1980. Sus principales objetivos fueron las poblaciones no árabes y dedicadas a la agricultura de Darfur, competidoras suyas por los escasos recursos hídricos[11]. En 2013, los yanyauid contribuyeron a la formación de las Fuerzas de Apoyo Rápido (Rapid Support Forces, RSF), un grupo paramilitar que operaba al margen de las fuerzas armadas sudanesas oficiales, aunque se coordinaba con ellas.
Omar al-Bashir
La creación de las RSF forma parte del pesado legado dejado por al-Bashir. Es difícil sobrestimar la importancia del papel que desempeñó en la historia contemporánea de Sudán[12]. Gobernó el país desde 1989 hasta 2019 y solo fue destituido tras una grave crisis económica y amplias protestas populares.
Al-Bashir llegó al poder mediante un golpe de Estado militar que derrocó al Gobierno elegido del primer ministro Sadiq al-Mahdi. El golpe contó con el apoyo del Frente Islámico Nacional, cuyos dirigentes afirmaban que el Gobierno civil sudanés no había logrado poner fin a la segunda guerra civil, estabilizar la economía y preservar la identidad islámica del país. Una vez en el poder, al-Bashir prohibió los partidos políticos, limitó las libertades civiles e instauró un régimen autoritario que combinaba el control militar con la ideología islamista. Su Gobierno presentó a Sudán como un Estado islámico, amplió la aplicación de la sharia y, durante la década de 1990, estableció estrechos vínculos con los movimientos islamistas. Estas políticas agudizaron las tensiones con muchas comunidades no musulmanas y no árabes, sobre todo en el sur de Sudán, y contribuyeron a la declaración de independencia de Sudán del Sur en 2011.
Además del conflicto con el sur, el régimen de al-Bashir alimentó el ya mencionado conflicto en Darfur, apoyando a las milicias yanyauid en las numerosas atrocidades cometidas contra la población civil. En 2009 y 2010, la Corte Penal Internacional emitió contra al-Bashir dos órdenes de arresto por acusaciones que incluían crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio en relación con Darfur[13].
A finales de la primera década del siglo XXI, Sudán atravesó una grave crisis económica, agravada por la pérdida de los ingresos petroleros tras la secesión de Sudán del Sur, la elevada inflación y la escasez de alimentos y combustible. A finales de 2018 estallaron protestas masivas contra el aumento del coste de la vida, que alimentaron las demandas de reformas democráticas y del fin del Gobierno de al-Bashir. Después de meses de manifestaciones en todo el país, en abril de 2019 las mismas fuerzas armadas sudanesas de las que al-Bashir se había servido para controlar el país lo destituyeron, poniendo fin a treinta años de gobierno autoritario, pero dejando a Sudán ante una difícil transición política.
Esta transformación no condujo a un Gobierno estable. Uno de los aspectos más duraderos del legado de al-Bashir fue la fragmentación deliberada del sector de la seguridad sudanesa. Junto a las fuerzas armadas regulares, el dictador había fomentado una red de organizaciones militares, servicios de inteligencia, cuerpos de policía y grupos paramilitares en competencia entre sí, cada uno dotado de su propia cadena de mando y de sus propios sistemas clientelares. Al enfrentar estas instituciones rivales unas con otras, al-Bashir había conseguido que ninguna fuerza por sí sola pudiera desafiar su autoridad y se había convertido en el árbitro indispensable del aparato de seguridad sudanés. Esta estrategia lo ayudó a permanecer en el poder durante tres décadas. Al mismo tiempo, sin embargo, debilitó las instituciones estatales y contribuyó a las violentas luchas por el poder que siguieron a su destitución en 2019.
Una vez desaparecido al-Bashir como coordinador central, se agudizaron las tensiones entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (Sudanese Armed Forces, SAF), dirigidas por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las ya mencionadas RSF, bajo el mando de Mohamed Hamdan Dagalo. La rivalidad entre estas dos poderosas organizaciones armadas condujo a la guerra civil sudanesa, que estalló en abril de 2023.
Aunque el régimen de al-Bashir dejaba muy poco espacio para la resistencia, la visita realizada por san Juan Pablo II a Jartum en 1993 dio un fuerte impulso a la causa de la justicia. En el discurso dirigido al presidente al-Bashir, el Pontífice retomó las palabras de los obispos sudaneses, afirmando: «No es posible alcanzar la paz sin la justicia y el respeto de los derechos humanos»[14]. Más tarde, durante el viaje, rezó para que los líderes de Sudán y de África permitieran a sus ciudadanos «asumir una mayor participación en la construcción de un futuro más luminoso» y reiteró que la Iglesia alentaría a Sudán «en […] la búsqueda de una mayor justicia, de la paz y de la reconciliación»[15].
La visita del Papa, que formaba parte de su viaje apostólico por África, con etapas también en Benín y Uganda, tuvo un enorme valor simbólico y constituyó un testimonio de aquella esperanza que caracterizó su pontificado. Esta visita «levantó el ánimo de los cristianos y de aquellos musulmanes que se oponían al radicalismo islámico del Gobierno sudanés» y a otras injusticias, y contribuyó a «poner en el centro de la atención internacional el problema de la persecución de los cristianos en el período posterior a la Guerra Fría»[16]. Fue un apoyo moral del que el pueblo sudanés seguiría necesitando durante mucho tiempo.
El conflicto actual
El conflicto actual, a menudo denominado de manera engañosa «guerra civil sudanesa», aunque se trata al menos de la tercera guerra civil desde 1955, enfrenta principalmente a las dos facciones, las SAF y las RSF. Si bien en 2019 colaboraron brevemente para derrocar a al-Bashir, en el caótico período posterior sus caminos se separaron debido a la cuestión de quién debía controlar el país y a las modalidades de integración de las RSF en el ejército.
El estallido de la violencia puede remontarse al golpe de Estado militar llevado a cabo en 2021 por el general sudanés Abdel Fattah al-Burhan. El golpe fue consecuencia del descontento de los militares con el gobierno establecido en virtud de los acuerdos de transición de 2019 y encabezado por el primer ministro Abdalla Hamdok. Aunque posteriormente se permitió a este último regresar al poder, al-Burhan permaneció como jefe de Estado y, a través de él, los militares continúan controlando el gobierno, reconocido internacionalmente.
A pesar de la fuerza del aparato militar de Jartum, las RSF se opusieron a su absorción en las fuerzas armadas sudanesas, atribuyendo gran importancia tanto a su independencia militar como a la relativa autonomía operativa de la que gozan en el país, especialmente en Darfur, su tradicional territorio de arraigo. Desde esta región ejercen prerrogativas casi estatales y desarrollan amplias actividades comerciales destinadas a financiar sus operaciones militares. El comandante de las RSF, Dagalo, antiguo oficial de las milicias yanyauid, había participado personalmente, además, en la caída de al-Bashir en 2019, también con el propósito de salvaguardar la independencia de la formación paramilitar que dirigía.
El conflicto, que nació como una lucha por el poder, se ha transformado en una prolongada guerra civil que ha devastado gran parte del país, obligado a millones de personas a abandonar sus hogares y provocado hambrunas y enfermedades a gran escala. Ambas partes han descartado las negociaciones de paz, pero ninguna de ellas ha logrado una victoria militar decisiva. Numerosos intentos de alto el fuego han fracasado y el país se ha fragmentado en diversas zonas controladas por grupos armados rivales. Si en las primeras fases de la guerra el principal motivo de enfrentamiento era el control de Jartum, ahora probablemente sea más correcto describir Sudán como un mosaico de conflictos que como el escenario de una única guerra[17]. El país se encuentra ya profundamente dividido: «El ejército [las SAF] y el gobierno a él vinculado controlan actualmente la capital, Jartum, el corredor central del Nilo y el este del país, incluido el estratégico puerto de Port Sudán. Las RSF dominan gran parte de la región occidental de Darfur y se abastecen a través de vías de conexión procedentes de Chad y Libia. Las principales líneas del frente entre ambas partes se encuentran actualmente en la región centro-occidental de Kordofán»[18].
Mientras tanto, algunos gobiernos extranjeros han sido acusados de apoyar a las distintas partes en conflicto, complicando las negociaciones y prolongando las hostilidades[19]. Estos actores externos están movidos por intereses que tienen muy poco que ver con las necesidades del pueblo sudanés: por ejemplo, la promoción en Jartum de un gobierno militar o islamista y el deseo de garantizar el flujo de recursos hacia sus respectivos países.
Los recursos naturales, en particular el oro, también han desempeñado un papel en el conflicto[20]. Como señala un informe del centro de estudios británico Chatham House, «los beneficios generados se utilizan para adquirir armas y bienes que sostienen el esfuerzo bélico de las SAF, las RSF y sus aliados, al tiempo que empobrecen, de manera decisiva, el patrimonio de Sudán destinado a las generaciones futuras». El mismo informe sostiene que la competencia entre las SAF y las RSF por el control de los recursos auríferos ya estaba en curso antes de la guerra y se ha intensificado aún más, porque el conflicto ha interrumpido las actividades mineras habituales y ha dificultado la obtención de otras fuentes de financiación[21]. Además, tras la secesión de Sudán del Sur en 2011, el oro se convirtió en un instrumento para compensar la pérdida de los ingresos petroleros.
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El estado del Nilo Azul, en el sudeste de Sudán, ha sido uno de los principales territorios disputados por el control del oro, ya que se trata de una región aurífera situada en una zona estratégicamente importante en la frontera con Etiopía. También hay yacimientos de oro en Darfur, que constituyen uno de los motivos por los cuales las RSF pretenden mantener el control de la región. Al mismo tiempo, los métodos de extracción no regulados exponen a los mineros a riesgos para la salud y provocan daños ambientales en las zonas circundantes, entre ellos la contaminación de las aguas por mercurio.
La situación humanitaria
Las violencias iniciadas en 2023 han provocado una crisis humanitaria catastrófica, tanto directamente como por sus repercusiones. Los efectos inmediatos han sido devastadores y han obligado a más de 100.000 personas a huir y buscar refugio en otros lugares[22]. Los combates se han caracterizado por violencias generalizadas y sistemáticas contra la población civil: injusticias que difícilmente pueden describirse como efectos colaterales de las operaciones bélicas habituales.
Tanto las SAF como las RSF han sido acusadas por las Naciones Unidas y por las organizaciones de defensa de los derechos humanos de haber violado el derecho internacional humanitario mediante bombardeos indiscriminados de zonas urbanas, ataques contra infraestructuras civiles, detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones extrajudiciales. A las RSF, en particular, se les han atribuido masacres por motivos étnicos en Darfur, violencia sexual generalizada, desplazamientos forzados de la población, saqueos y obstrucción deliberada de la ayuda humanitaria. También las SAF, aunque son un órgano del Estado, han sido criticadas por ataques aéreos y bombardeos de artillería que han causado un número considerable de víctimas civiles en zonas densamente pobladas. Centros sanitarios, escuelas, mercados e infraestructuras hídricas han sido dañados o destruidos reiteradamente, exponiendo a la población indefensa no solo a la violencia directa, sino también al colapso de los servicios públicos esenciales. En suma, la manera en que se está llevando a cabo esta guerra ha borrado prácticamente toda distinción significativa entre las líneas del frente y la vida de la población[23]. Se estima que hasta ahora han muerto a causa de la guerra entre 150.000 y 400.000 civiles[24].
El conflicto ha provocado lo que las Naciones Unidas describen como una de las crisis humanitarias más graves del mundo contemporáneo. Millones de sudaneses han sido desplazados dentro del país o han huido a los Estados vecinos, convirtiendo este conflicto en una de las mayores crisis de desplazamiento forzado a escala mundial. La inseguridad alimentaria y las condiciones de hambruna están muy extendidas, y el colapso del sistema sanitario público ha favorecido la propagación de epidemias de cólera, sarampión, malaria, etc. Todos estos efectos, además, someten a una fuerte presión a las estructuras sociales tradicionales y agudizan las hostilidades entre diferentes grupos sociales, religiosos, culturales y étnicos. Estas consecuencias humanitarias no constituyen únicamente injusticias estremecedoras, sino que parecen ser, una vez más, objetivos deliberados del conflicto. Todo ello hará aún más difícil la reconstrucción de posguerra.
Como suele ocurrir en crisis de este tipo, las repercusiones humanas han traspasado las fronteras de Sudán, ejerciendo una enorme presión sobre los Estados vecinos. Millones de refugiados se han dirigido hacia Chad, Sudán del Sur, Egipto, Etiopía, la República Centroafricana y Uganda, obligando a las comunidades fronterizas y a las organizaciones humanitarias a hacer frente a necesidades urgentes de alojamiento, alimentos, atención sanitaria y servicios de saneamiento. Chad ha acogido a cientos de miles de refugiados procedentes de Darfur, mientras que Sudán del Sur, ya marcado por años de guerra civil y afectado por una nueva escalada de violencia, ha recibido a un gran número tanto de ciudadanos sursudaneses repatriados como de refugiados procedentes de Sudán. En Egipto se han denunciado abusos contra migrantes procedentes tanto de Sudán como de Sudán del Sur[25].
Estos movimientos de población han incrementado la presión sobre las infraestructuras locales, intensificado la competencia por unos recursos ya escasos y alimentado el temor a una desestabilización regional[26]. Un editorial de The New York Times ha afirmado que «cuanto más se prolonguen los combates, mayor será el riesgo de que la inestabilidad se extienda a toda la región»[27].
La respuesta de la sociedad civil
A pesar de los enormes riesgos personales y, a menudo, operando desde el exilio, muchos ciudadanos y grupos de base sudaneses continúan trabajando por la paz, la justicia y los derechos humanos. Dentro de Sudán, estos grupos suelen organizarse de forma colegiada, distribuyendo las responsabilidades y aplicando el principio de subsidiariedad a su acción solidaria. Las Emergency Response Rooms (ERR), por ejemplo, son una red de ayuda mutua, surgida en parte de la resistencia al gobierno de al-Bashir en 2019, pero que adoptó nuevas formas tras el estallido de la guerra en 2023. Desde entonces, las ERR han organizado redes de voluntarios dedicadas a proporcionar alimentos, asistencia sanitaria, apoyo a las evacuaciones y coordinación humanitaria en las zonas donde los servicios públicos han dejado de funcionar. Se han convertido en uno de los ejemplos más importantes de autoorganización de la población civil sudanesa durante la guerra, con «más de 700 ERR activas en los 18 estados del país y más de 26.000 voluntarios movilizados para mitigar las consecuencias de lo que se ha convertido en la peor crisis humanitaria del mundo»[28].
La protección de la sociedad civil sudanesa adopta diversas formas. Algunas organizaciones documentan las violaciones de los derechos humanos de cara a futuros procedimientos judiciales; otras se dedican a la asistencia humanitaria y a la información independiente. El Sudan Human Rights Hub y el African Centre for Justice and Peace Studies (ACJPS), por ejemplo, son dos organizaciones que buscan poner a disposición de las ONG sudanesas recursos útiles, sobre todo para la protección de los derechos humanos y el seguimiento de sus violaciones. Por su parte, la Darfur Network for Human Rights defiende los derechos humanos en la región de Darfur, operando bajo la fuerte presión ejercida por la violencia de las RSF. Recientemente ha publicado un informe sobre las brutalidades cometidas por las RSF durante el asedio de El Fasher[29].
Ninguna red de voluntarios puede sustituir a un gobierno que funcione. Sin embargo, ante la ausencia de una estructura institucional de este tipo, estas redes tratan de llenar el vacío dejado, en tiempos de guerra, por el colapso de muchos servicios esenciales, proporcionar recursos vitales a los ciudadanos del país y, además, establecer un vínculo entre Sudán y los actores extranjeros dispuestos a ofrecer asistencia. Todo ello, cabe añadir, se lleva a cabo con recursos muy limitados, en las condiciones de extrema dificultad impuestas por la guerra. Estas iniciativas son, en definitiva, signos de esperanza: mientras el conflicto continúa haciendo estragos, recuerdan al pueblo sudanés y al mundo entero que la violencia no tiene la última palabra.
Perspectivas de paz
Cuando, en abril de 2019, el papa Francisco besó los pies de los líderes de Sudán del Sur reunidos en Roma, el mensaje fue claro: ninguna posición terrenal es más importante que el Evangelio de la paz. Aquel gesto extraordinario expresaba la convicción, sostenida desde hacía tiempo por la Santa Sede, de que ni siquiera los conflictos marcados por una violencia profunda están destinados a tener la última palabra.
Todavía no es posible prever cuándo Sudán recuperará la paz. Ni las Fuerzas Armadas Sudanesas ni las Fuerzas de Apoyo Rápido han logrado una victoria decisiva, mientras que la participación de actores extranjeros y la competencia por el control de los recursos han prolongado el conflicto. Un alto el fuego, por sí solo, se limitaría a suspender los combates, pero Sudán necesita también instituciones en las que la población civil pueda depositar su confianza, el esclarecimiento de las responsabilidades por los crímenes cometidos durante la guerra y, finalmente, un acuerdo político que ninguno de los dos ejércitos pueda imponer por la fuerza.
La esperanza, en otras palabras, no reside tanto en las victorias militares como en los civiles que, a pesar de la guerra, han continuado organizándose. Las asociaciones civiles sudanesas, las redes de voluntarios, las comunidades religiosas y los trabajadores humanitarios han seguido sirviendo al prójimo, aun exponiéndose a enormes riesgos personales. La solidaridad ha sobrevivido allí donde muchas instituciones estatales se han derrumbado, ofreciendo un fundamento sobre el cual algún día podrá reconstruirse un Sudán más justo y pacífico.
Como ha recordado el papa León XIV a la comunidad internacional, la paz no consiste únicamente en la ausencia de guerra, sino que requiere el restablecimiento de las condiciones en las que la dignidad humana pueda desarrollarse plenamente[30]. La historia de Sudán ha estado marcada a menudo por los conflictos, pero la historia no es un destino; como observaba san Juan Pablo II, sigue siendo «un acontecimiento de libertad»[31]. Queda por ver si el próximo capítulo de la historia sudanesa será escrito por los militares o por los civiles. Más que del pasado, la respuesta dependerá de las decisiones que tomen hoy los dirigentes de Sudán.
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Cf. León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026. ↑
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Cf. P. M. Holt – M. W. Daly, A History of the Sudan: From the Coming of Islam to the Present Day, Harlow, Reino Unido, Pearson Education, 2000. ↑
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Juan Pablo II, s., Exhortación apostólica Familiaris consortio, 22 de noviembre de 1981, n. 6. ↑
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Cf. Archaeological Research in the Sudan (www.archeosudan.org/en). ↑
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Cf. P. M. Holt, The Mahdist State in the Sudan, 1881-1898, Oxford, Clarendon, 1970; A. A. Sachedina, Islamic Messianism: The Idea of Mahdi in Twelver Shi’ism, Albany, SUNY, 1981. ↑
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Sobre el colonialismo británico en Sudán, cf. M. W. Daly, Imperial Sudan: The Anglo-Egyptian Condominium, 1934-1956, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, 396-419. ↑
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Cf. D. H. Johnson, The Root Causes of Sudan’s Civil Wars: Peace or Truce, Woodbridge, James Currey, 2016. ↑
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Cf. A. Dziadosz, «South Sudan’s Chinese oil puzzle», en Thomson Reuters (www.graphics.thomsonreuters.com/12/11/SudanOil.pdf), 14 de noviembre de 2012. ↑
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Cf. M. LeRiche – M. Arnold, South Sudan: From Revolution to Independence, Londres – Nueva York, Hurst – Columbia University Press, 2012. ↑
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Cf. J. Flint – A. de Waal, Darfur: A New History of a Long War, Londres, Zed Books, 2008. ↑
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Cf. R. Cockett, Sudan: Darfur and the Failure of an African State, New Haven, Yale University Press, 2010. ↑
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No existe todavía una biografía definitiva de al-Bashir; no obstante, cf. P. Moorcraft, Omar al-Bashir and Africa’s Longest War, Barnsley, Pen & Sword Military, 2015. ↑
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Cf. Corte Penal Internacional, Al-Bashir Case (www.icc-cpi.int/darfur/albashir). ↑
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Juan Pablo II, s., Discurso durante la visita del presidente de la República de Sudán, Jartum, 10 de febrero de 1993. ↑
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Id., Discurso en la ceremonia de despedida, «Friendship Hall» de Jartum, 10 de febrero de 1993. ↑
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G. Weigel, Witness to Hope: The Biography of Pope John Paul II, Nueva York, Harper Perennial, 1999, 676. ↑
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Cf. «Sudan», en Security Council Report (www.securitycouncilreport.org/monthly-forecast/2026-06/sudan-39.php), junio de 2026. ↑
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«Divided Sudan, Elusive Peace», en International Crisis Group (https://tinyurl.com/3xsrhbct), 13 de abril de 2026. ↑
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Cf. «The role outside powers are playing in Sudan’s continued, brutal war», en PBS News (https://tinyurl.com/yhcxruva), 7 de noviembre de 2025. ↑
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Cf. «Seguir el rastro del oro, desarmar la guerra en Sudán», en Misioneros Combonianos (www.comboni.org/es/contenuti/117739), 30 de junio de 2026. ↑
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Cf. A. Soliman – S. Baldo, «Gold and war in Sudan», en Chatham House (https://tinyurl.com/yc6xas82), 26 de marzo de 2025. ↑
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Cf. C. Ewokor, «Terrified Sudanese on the run from Arab militias in Darfur – again», en BBC News (www.bbc.com/news/world-africa-65456965), 3 de mayo de 2023. ↑
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Cf. «Sudan. Events of 2025», en Human Rights Watch, World Report 2026: Sudan (www.hrw.org/world-report/2026/country-chapters/sudan). ↑
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Cf. «The Sudan War in 10 Charts», en CSIS (www.csis.org/analysis/sudan-war-10-charts), 17 de abril de 2026. ↑
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Cf. «Egypt: Refugees, Asylum Seekers Arrested, Deported», en Human Rights Watch (www.hrw.org/news/2026/07/07/egypt-refugees-asylum-seekers-arrested-deported), 7 de julio de 2026. ↑
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Cf. «Displacement Rising as Crisis Escalates in Kordofan, Sudan», en IOM Sudan (sudan.iom.int), 3 de julio de 2026. ↑
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«The World Must Wake Up to the Horror in Sudan», en The New York Times (https://tinyurl.com/bd7cpu8a), 13 de julio de 2026. ↑
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A. Adam, «Emergency Response Rooms work in Sudan: “We could change aid models in other warzones”», en Chatham House (https://tinyurl.com/ydjk5jtt), 15 de junio de 2026. ↑
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Cf. «“We Could Not Breathe Inside Those Containers”. RSF’s Systematic Detention, Torture and Extortion in North Darfur», en Darfur Network for Human Rights (www.dnhr.org/2026/03/31/rsf-detention-torture-north-darfur-report), 31 de marzo de 2026. ↑
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Cf. León XIV, encíclica Magnifica humanitas, n. 215; Id., Peace Be with You! My Words to the Church and to the World, Nueva York, HarperOne, 2026. ↑
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Juan Pablo II, san, exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 6. ↑
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