Literatura

Jenny Erpenbeck

«No hay nada mejor para una niña que vivir al final del mundo»

Ilustración realizada por YIN Renlong – La Civiltà Cattolica

«Hemos aprendido —sin aprenderlo, simplemente estando en esta ciudad y viviendo esta vida— que las cosas que estaban al alcance de la mano no eran todo lo que existía. Que había otros mundos que se asomaban a la tierra por la que caminábamos y al cielo donde las nubes atravesaban sin obstáculos ambos lados de la ciudad, al este y al oeste. Cuando era niña, un espacio vacío no me parecía la prueba de una carencia; era un espacio que los adultos habían abandonado o prohibido, y por lo tanto ahora, al menos en mi imaginación, me pertenecía enteramente»[1].

Así escribe Jenny Erpenbeck, una de las voces más interesantes de la literatura alemana contemporánea. Nacida en Berlín Oriental en 1967, hija y nieta de intelectuales, de autores y directores teatrales[2], la escritora se formó en tiempos de la «guerra fría» y en aquella parte del territorio alemán que hasta el 3 de octubre de 1990 en los mapas del mundo se llamaba «República Democrática Alemana» (RDA) y pertenecía al bloque de países satélites de la Unión Soviética.

Después de completar su formación superior y universitaria en el ámbito del mundo teatral, siguiendo las tradiciones familiares, Jenny comienza a trabajar como productora y directora. A partir de finales de los años noventa del siglo pasado, y luego de forma creciente, se dedica a la escritura de textos en prosa y narrativa, haciéndose cada vez más conocida, hasta alcanzar fama internacional, ganando el Independent Foreign Fiction Prize en 2015 con El fin de los días; el Premio Strega Internacional en 2017 con la novela Yo voy, tú vas, él va; y el International Booker Prize en 2024 con Kairós, la primera novela escrita en lengua alemana en ganar este prestigioso premio[3].

Desde su primera novela, Historia de la niña vieja (1999), su escritura adquiere seguridad y variedad de tonos, profundidad de mirada y capacidad para captar las contradicciones y las heridas de la historia alemana contemporánea, hasta la más reciente Kairós[4].

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«Historia de la niña vieja» y «Wörterbuch»

Escritora comprometida y sensible, Erpenbeck aborda en sus novelas los grandes temas de la historia y de la política contemporáneas. En su primera novela, Historia de la niña vieja, cuenta la historia de una muchacha de catorce años que es encontrada de noche en la calle sin memoria, con un balde vacío en la mano. Llevada a un orfanato, comienza a asistir a la escuela, encerrada en sí misma por el feroz propósito de volverse invisible, ocupando el último lugar en cada situación[5] —aquel al que nadie más aspiraría—, y nos ofrece una situación parabólica que se presta a múltiples lecturas: psicológica, política y fantástica[6].

El giro final, que no revelamos para no quitar al lector el placer de la sorpresa, plantea la cuestión de la transformación, que constituye un tema central para Erpenbeck. El discurso con el que la escritora aceptará en 2017 el Premio Strega Internacional será un fino comentario del libro de las Metamorfosis de Ovidio[7]. En aquella ocasión afirmará: «[Ovidio] nos muestra cómo todas las cosas, todas las sustancias, todas las criaturas, están entrelazadas unas con otras»[8].

Con su segunda novela, Wörterbuch (aún no traducido al español) la escritora se sitúa en el contexto de la dictadura militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983. Eran los años en que decenas de miles de hombres y mujeres eran arrestados, torturados y hechos desaparecer por los militares, dando origen al tristísimo fenómeno de los desaparecidos. La mirada es la de una mujer que se da voz a sí misma cuando era niña y, al recordar, recupera el sentido de las palabras más simples de su vida cotidiana de niña —«mamá», «papá», «pelota», «cuchillo», «corriente»— y de la deformación manipuladora que descubre haber sufrido con el tiempo: «Hay muchos modos de perder lo que generalmente llamamos inocencia. Pero todos estos descubrimientos tienen algo en común: de repente leemos el pasado de una manera distinta»[9].

A propósito del vínculo que une las dos primeras novelas, Erpenbeck escribe: «Ambos libros han requerido la inclusión de estas dos perspectivas, la del adulto y la del niño, y sin estas dos perspectivas nunca habría escrito ninguno de los dos libros. […] Pero la perspectiva del niño puede tener este efecto solo cuando se la considera en relación con todo aquello que al niño nunca se le ha dicho, es decir, cuando la perspectiva misma puede ser vista. En otras palabras: cuando la perspectiva del niño ya se ha perdido»[10].

«Una casa en Brandenburgo» y «El fin de los días»

Con las dos novelas siguientes, la escritora aborda los grandes cambios históricos que afectaron a Europa, y en particular al mundo austro-alemán, a lo largo del siglo XX, utilizando de manera tenue recuerdos y personajes de su propia historia familiar, que en sus líneas genealógicas incluye también un ascendiente judío entre los tatarabuelos paternos.

Una casa en Brandenburgo y El fin de los días tienen una estructura en parte análoga. Con la primera novela[11], Erpenbeck cuenta la historia de una casa de veraneo situada a orillas de un lago cuyo nombre nunca se menciona, pero que se entiende relativamente cercano a la ciudad de Berlín y que durante muchos años fue el lugar de descanso de la madre y de la escritora cuando era niña. Desde la compra del terreno y la construcción de la casa por parte de un arquitecto que regala el inmueble a su segunda esposa, vemos desarrollarse las décadas de la historia alemana: el ascenso del partido nacionalsocialista, la guerra, la llegada de las tropas rusas, la confiscación en el nuevo sistema de propiedad colectiva con el nacimiento de la República Democrática Alemana y la asignación a nuevos inquilinos usufructuarios; finalmente, la nueva confiscación de los años noventa para la restitución de la propiedad a los herederos de la antigua propietaria, después de la caída del Muro de Berlín y la cancelación de los cuarenta años de régimen comunista. En este punto se inserta también la historia de una familia vecina, judía, con la que Erpenbeck evoca la sombra oscura del Holocausto.

Una casa en Brandenburgo está compuesto por 22 breves capítulos. Se narran el punto de vista y la historia de 11 personajes vinculados a la casa en 11 breves episodios, casi suspendidos en el tiempo, que tienen como protagonista al jardinero. En el cambio de propietarios y usufructuarios de la casa, este hombre sin nombre, conocido solo por el apelativo de «jardinero», permanece como un punto fijo. Cuida el jardín, las plantas y el espacio exterior de la casa. El tono simple y sereno de estas secciones remite a acentos casi bíblicos, en la imagen del hombre que cuida el jardín como una presencia silenciosa y discreta. Es agradable percibir en estas páginas el eco de la imagen de Dios trabajando, como la vemos en la Contemplatio ad amorem de los Ejercicios espirituales de san Ignacio.

A nuestro parecer mucho más madura y compleja, El fin de los días[12] construye el fresco del paso del tiempo con una estructura aún más refinada. En esta novela se narra una vida fragmentada en cinco partes que, en conjunto, constituyen un único arco biográfico, pero al mismo tiempo representan cinco vidas distintas, siendo cada una transformación de la anterior. La protagonista es una mujer —en la que podemos reconocer rasgos de la abuela paterna de Erpenbeck, la escritora Hedda Zinner— que al final de cada capítulo muere. Así, al final del primer capítulo, Anna muere con apenas ocho meses por un malestar nocturno; al final del segundo, muere a los diecisiete años en Viena por una pena de amor; en el tercero, en Moscú, muere víctima de las purgas del partido comunista; en el cuarto, en Alemania Oriental, por un banal accidente doméstico; y finalmente, en el quinto, muere a los noventa años, amorosamente cuidada en una residencia de ancianos en Berlín, tres años después de la caída del Muro de Berlín.

En el espacio entre un capítulo y otro, un intermedio da voz al narrador omnisciente, que se pregunta qué habría cambiado si pequeños detalles de la vida hubieran sido distintos: un camino diferente tomado en una encrucijada, un ligero retraso, una pequeña distracción o, por el contrario, un instante más de atención… El fin de los días es una obra de multiverso literario.

Ambas novelas son sobrias en el número de páginas (poco más de 200). No se trata, por tanto, de narraciones torrenciales. La maestría de la escritora se revela en su capacidad de captar con pocos trazos las atmósferas de las distintas épocas, adecuando también el estilo de la escritura, que se vuelve móvil y plástica sin caer en el experimentalismo. Son páginas que recogen detalles de la vida cotidiana y se entrelazan con secciones de prosa lírica. La técnica de los repentinos cambios de punto de vista se combina con diálogos sin pronombres, que solo el contexto permite situar. La prolepsis y la repetición de períodos enteros se acompañan de la vertiginosa yuxtaposición de planos temporales. Las intuiciones sapienciales emergen de la página, en la que los espacios en blanco, los saltos de línea y las interrupciones cuentan quizá incluso más que las partes escritas.

Con el paso del tiempo, de libro en libro[13], madura y cambia el carácter de la protagonista. Cambia y evoluciona también la existencia de los otros personajes recurrentes de la familia. Erpenbeck persigue y logra una condensación extraordinaria del tiempo. Aquí parece cumplirse el principio físico aprendido de su padre y enunciado por la escritora en referencia a la escritura narrativa: «La transformación de una cantidad [de vida vivida] en una nueva cualidad»[14].

También El fin de los días se enfrenta a los dramas de la historia alemana: la desaparición del Imperio austrohúngaro y la migración al Nuevo Mundo, la crisis económica de los años treinta, el Holocausto de los judíos, la Segunda Guerra Mundial, las purgas con cuotas de arrestos programados dentro del partido comunista en Moscú a finales de los años treinta, el tiempo de la RDA y la reunificación de las dos Alemanias. En la novela hay una actitud de profunda meditación sobre el tiempo, salpicada de vez en cuando por la imagen bíblica del hilo de hierba y por la cita del versículo 2 del Salmo 84: «¡Cuán amables son tus moradas, Señor de los ejércitos!». Todo esto, de manera discreta, da a la novela una respiración más amplia, podríamos decir religiosa, aunque la escritora se declare no creyente.

«Yo voy, tú vas, él va» y «Kairós»

Con la novela siguiente, Yo voy, tú vas, él va, Erpenbeck abre nuevas perspectivas sobre la actualidad de su país. Partiendo de un hecho real —la protesta de un grupo de inmigrantes en la Oranienplatz de Berlín, en 2012, animada por el eslogan We become visible[15]—, la escritora compone una novela de tono casi periodístico, con una prosa de estilo más tradicional, para contar la historia de Richard, un profesor de filología románica, jubilado y viudo desde hace cuatro años, que decide entrevistar a algunos inmigrantes que han sido trasladados desde la plaza a una antigua residencia de ancianos en desuso.

Al escuchar las historias de estos hombres, muchos de los cuales son jóvenes que apenas han alcanzado la mayoría de edad, Richard descubre vidas marcadas por grandes dolores y profundas heridas. Los extranjeros son «vueltos visibles», salen del anonimato, adquieren un rostro y un nombre: Rashid[16], Ithemba, Rufu, Karon, Osarobo y muchos otros. Este cambio de perspectiva lleva a Richard a una implicación cada vez mayor, que le permite ir más allá de los lugares comunes y de las frases hechas que la opinión pública repite en conversaciones de salón o en los comentarios en línea de las redes sociales.

Las referencias a la cultura clásica, de la que Richard se ha impregnado durante toda su vida, se confrontan con las existencias reales de estos hombres. Las primeras adquieren densidad y una autenticidad contemporánea, mientras que las otras se iluminan y se vuelven heroicas. Las conversaciones con los amigos de antaño, con quienes compartió la vida en Berlín Oriental, evocan el recuerdo de otros muros y fronteras, de aspiraciones de justicia y libertad.

En un discurso pronunciado en 2018 en la University of Oklahoma, Erpenbeck, refiriéndose a esta novela, afirmó que las vidas de los inmigrantes son «puntos ciegos», ángulos muertos fuera de nuestro campo visual. «Escuchar es un arte —es un riesgo—, porque esos puntos ciegos esconden nuestra culpa e impotencia». Las vidas marcadas por la adversidad suscitan miedo y evocan un espectro: que la «desgracia», como tal, no haya sido eliminada de nuestro perfecto universo occidental y que incluso pueda ser contagiosa.

Estas historias revelan, de un modo distinto al de las novelas anteriores, la precariedad de la vida y el trasfondo de imprevisible casualidad que nos separa de quienes viven en otras latitudes[17]. El libro constituye uno de los testimonios más fuertes y, al mismo tiempo, más delicados sobre el tema de la inmigración[18]. Pone de relieve, a través de la narración, cortocircuitos legales y sutiles mecanismos burocráticos. El Tratado europeo Dublín II, que querría proteger y promover la acogida de los inmigrantes, en la práctica se utiliza también, políticamente, para excluir y rechazar.

De 2021 es la novela Kairós, de la que ya hemos hablado en esta revista[19]. Por una serie de banales coincidencias, un hombre de unos cincuenta años y una joven se encuentran, en julio de 1986, en un autobús en Berlín Oriental. Es su kairós, el «momento oportuno». Kairós es el caprichoso dios griego que marca la vida de los hombres con acontecimientos decisivos. De este encuentro nace una relación clandestina y atormentada. El hombre está casado, y la diferencia de edad de más de treinta años entre los dos amantes marca el ritmo y las formas de sus encuentros.

Estos son también los últimos años de la RDA; el clima político internacional ha cambiado y, cuando el 9 de noviembre de 1989 cae el Muro que divide la ciudad de Berlín, el cambio toma a todos por sorpresa. La República Democrática Alemana, que había llevado una vida autónoma durante cuarenta años, se desmorona en el transcurso de pocos meses y deja de existir, implosionando sobre sí misma.

En la parte final del libro impresionan las descripciones de la pérdida de valor de los objetos cotidianos[20], de las liquidaciones en las tiendas de Berlín Oriental, de las formas anónimas y brutales de despido en las grandes estructuras económicas, industriales y administrativas[21], de la anexión jurídica por parte de Alemania Occidental[22] —fusionando dos países con un simple trazo de pluma: la promesa de una nueva Constitución queda desmentida en los hechos, y la de Alemania Occidental se extiende automáticamente a la Oriental— y el relato del descubrimiento del mundo consumista, que sin embargo pronto revelará su aspecto vacío[23].

Muchos críticos consideran Kairós una de las novelas más interesantes y capaces de captar y narrar este fundamental pasaje histórico. Lo hace utilizando una historia de amor que, tras un primer período de exaltación y plena implicación, se enferma, se vuelve dolorosa, sombría, inquisitiva, y finalmente se desmorona bajo el peso de sus propias tortuosidades e involuciones. Como un Jano bifronte, la novela puede leerse en el sentido de que la relación entre los dos amantes es el espejo de lo que ocurre en la Gran Historia; o bien, inversamente, se puede leer la caída del Muro y el fin del Estado como una amplificación del final de la historia de amor.

Algunas líneas de investigación

La obra de Erpenbeck, como puede intuirse fácilmente por las breves presentaciones que hemos hecho de sus novelas, es compleja, articulada y poderosa; ofrece múltiples motivos de reflexión y genera diversas líneas de investigación. Una simple enumeración puede dar una idea del espectro y de los niveles de lectura: los temas del tiempo, de la identidad y de las fronteras.

Aunque todavía no lo hemos mencionado en este artículo, el papel de la música en la obra de Erpenbeck es fundamental. Para la escritora, la música es «tiempo y aire». Nos parece que ello proporciona una clave de lectura del estilo de escritura de su prosa. A esto se añaden los temas del silencio y de lo que no aparece, así como los temas de las transformaciones. En el marco de un artículo que necesariamente solo puede captar algunos aspectos dejando de lado muchos otros, destacamos, con breves apuntes, las reflexiones de la escritora que ofrecen algunas claves interesantes para releer la caída del Muro y la reunificación alemana.

La pérdida del sentido de la precariedad

La caída del Muro y la reunificación alemana es un tema que tiene sutiles y profundas implicaciones personales y que, en la producción literaria de Erpenbeck, adquiere un espacio y una conciencia cada vez mayores, así como una elaboración más centrada. La escritora ofrece una representación del período de la reunificación tanto en Una casa en Brandenburgo como en El fin de los días, cuando dedica los últimos capítulos de estas dos obras a la descripción del tiempo posterior a la caída, captando el clima y los efectos de aquel acontecimiento. En parte, este tema también aparece en Yo voy, tú vas, él va, cuando el protagonista, Richard, se enfrenta con su grupo de amigos de siempre sobre cuánto ha cambiado su existencia después de la caída del Muro: ellos, intelectuales de Berlín Oriental, en el presente de una Alemania capitalista que ha vencido y ha cambiado profundamente los paradigmas de valores en los que habían crecido.

En Kairós, la caída del Muro y la desaparición de la RDA se enfocan de manera clarísima, porque constituyen el objeto material de la narración. Katharina, la protagonista de la novela, reacciona así ante la unificación de la ciudad: «Le tomó tres semanas poner un pie en esa parte de la ciudad que, de la noche a la mañana, apareció junto a los barrios que le eran familiares. El elemento extraño en el cuerpo de su propia ciudad, el mismo nombre, la misma lengua, incluso las casas parecidas, y sin embargo una ciudad extranjera. Un segundo corazón, el doble latido del corazón, uno de más»[24].

Erpenbeck escribe: «En la sociedad en la que nací […] había aprendido a esperar, a convivir con la provisionalidad de las cosas, a conocer mejor y a esperar»[25]. Después de haber esperado durante mucho tiempo la libertad, esta llega, pero suscita preguntas inesperadas: la libertad de viajar («¿Pero podremos permitírnoslo?»), la libertad de opinión («¿Y si a nadie le interesa mi opinión?»), la libertad de comprar («¿Pero qué ocurre cuando hemos terminado de comprar?»). La libertad esperada llega, pero la escritora descubre que «la libertad no fue dada gratuitamente, tuvo un precio, y el precio fue toda mi vida hasta ese momento»[26].

Erpenbeck testimonia el sentimiento de desconcierto que experimenta cuando descubre, en los relatos del «mundo occidental», que la vida cotidiana que ella había vivido hasta entonces ya no era «vida cotidiana», sino una aventura a la que todos los berlineses habían sobrevivido; que los hábitos banales de una vida se transformaban de repente en una atracción turística. Con doloroso asombro constata que «desde ese momento, mi infancia pertenecía a un museo»[27].

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El signo más evidente del cambio fue la profunda transformación urbanística ocurrida en la parte oriental de la ciudad de Berlín. Esta implicó la destrucción de edificios, escuelas, almacenes, casas y tiendas. Erpenbeck habla de la anulación de lugares en los que había crecido y muestra cómo todo ello hizo surgir el sentimiento de duelo por lo que había sido y ahora ya no es. La escritora reclama el derecho a estar triste y nostálgica[28].

La reflexión se vuelve más profunda cuando Erpenbeck evoca la cancelación del sentido de precariedad como componente de la experiencia humana. Lo «nuevo», paradójicamente, es un minus, porque comporta la eliminación de las cosas incompletas o rotas como tales. La supresión de aquellas partes de la ciudad que, por los acontecimientos de la historia reciente —la Segunda Guerra Mundial y la construcción del Muro— habían quedado visiblemente «interrumpidas», no incorporadas al conjunto, supone una pérdida de humanidad y de humildad: «En los lugares donde la hierba simplemente crece, donde la basura se acumula, el orden se pone en perspectiva. Y considerando que cada uno de nosotros es mortal, nunca es una mala cosa tener presente esa perspectiva»[29].

Para la escritora, esta dimensión es importante. La encontramos en páginas bellísimas y conmovedoras de El fin de los días, en las que se cita la imagen sálmica de la vida del hombre como un hilo de hierba[30]. El Muro ha caído, pero de algún modo sigue ahí. De un personaje de El fin de los días, Erpenbeck escribe: «Mientras tanto, la frontera que una vez lo separaba del Oeste hace tiempo que fue derribada, pero para él no ha desaparecido, sino que —al menos esa es su impresión— se ha deslizado hacia el interior, y ahora separa lo que él era de lo que debería o podría ser»[31].

En Kairós lo expresa así: «Y también la imperfección, que es querida por Katharina quizá porque es lo que más se aproxima a la verdad. En su lugar pronto se impondrá la perfección, destinada a borrar o a incorporar todo aquello que no esté a su altura: desde los vestidos hechos en casa hasta los edificios deteriorados del barrio de Prenzlauer Berg, desde el empedrado lleno de baches hasta las palabras que nombran cosas de las que nadie tendrá ya necesidad. Las superficies lisas e impecables volverán obsoletos los pensamientos relativos a todo lo que es transitorio»[32].

La cotidianidad de otro tiempo se convierte en objeto de museo

En varios discursos de la escritora emerge con claridad la dificultad general de reelaborar la memoria de una época. Los años anteriores a la caída del Muro están cargados de prejuicios negativos: «En realidad, sin embargo, Berlín Oriental probablemente no era mucho más gris que el Occidental; al menos esa es mi impresión ahora que conozco el Occidental. Las únicas cosas que faltaban en el Oriental eran los carteles publicitarios y los letreros de neón que decoraban los muros agujereados o escondían los solares bombardeados»[33].

Es un tiempo que ha entrado en los museos, una vida cotidiana transformada en «desafío» y «aventura», un mundo pintado de gris; en realidad, para quien lo vivió, es simplemente un tiempo de vida y nada más: «Vista desde fuera, nuestra vida cotidiana bajo el socialismo podía parecer exótica, pero nosotros no éramos para nosotros mismos ni una maravilla ni un horror: éramos el mundo cotidiano, y en ese mundo cotidiano estábamos entre nosotros»[34].

Erpenbeck llega a decir que la caída del Muro transformó a los habitantes de la antigua RDA en ciudadanos de segunda categoría de la nueva Alemania[35]. El símbolo de la división por excelencia, el Muro, para la escritora cuando era niña no poseía el significado dramático que muchos le han atribuido. En su memoria no representaba una herida en la ciudad, sino más bien un límite físico que daba a la parte en la que ella vivía el clima tranquilo de un pueblo de provincia. Para una niña —escribe— «no hay nada mejor que crecer en el fin del mundo»[36].

En la cita con la que hemos abierto el artículo, para Erpenbeck el Muro era una señal tangible de que lo que se ve no es todo lo que existe; que lo inalcanzable al otro lado del Muro era el espacio poseído por su fantasía infantil, no una carencia. El espacio vacío, el lugar de las preguntas, no de las respuestas. Todo eso ahora ya no existe. Hay objetos para consumir.

El sentido de la pérdida de esa simplicidad imperfecta, de la privación sufrida, nos parece emerger en la narración en todos aquellos puntos en los que la atención se dirige a los objetos. La fisicidad de los objetos de uso cotidiano es, de hecho, un tema recurrente, casi un topos literario en la obra de Erpenbeck. Ya se intuye desde 2001, cuando la escritora compone los relatos reunidos en la antología Tand, que en español podría traducirse como «baratijas» o «cosas inútiles».

La presencia de objetos que constituyen el hilo conductor de las vidas de los personajes aparece con claridad en El fin de los días. En Una casa en Brandenburgo, es incluso toda la casa —y el mobiliario— lo que se convierte en el testigo que pasa de generación en generación, de personaje en personaje, hasta la conclusión, cuando la casa es demolida, metáfora de un mundo que fue, y del que ya ni siquiera quedan escombros.

En Kairós, la narración toma impulso a partir del encuentro entre dos cajas y dos maletas colocadas una junto a otra, llenas de cartas y diarios, pero también de recuerdos del pasado, que pueden interpretarse incluso como los restos de un naufragio: «Un día, a comienzos de noviembre, se sienta en el suelo y empieza a examinar, hoja tras hoja, carpeta tras carpeta, el contenido de la primera caja y luego el de la segunda. No es más que un montón de escombros. Los documentos más antiguos se remontan a 1986, los más recientes a 1992 […]. También ella tiene una maleta llena de cartas, copias de cartas en papel carbón y diversos recuerdos […]. Mucho tiempo antes, los papeles —los de la caja de él y los de la maleta de ella— habían dialogado entre sí. Ahora dialogan con el tiempo»[37].

La necesidad de escribir para encontrar las palabras

La caída del Muro también implicó un vaciamiento de sentido de las palabras[38]. Cuando la experiencia a la que se refieren las palabras es distinta entre quienes han vivido en el Este y quienes han vivido en el Oeste, aun hablando la misma lengua alemana, ¿cómo se puede pensar que se alude a la misma realidad? «Las personas que creen hablar la misma lengua que hablo yo, es decir el alemán, responderán a estas frases; estas frases serán atacadas, puestas en duda, discutidas. Pero no se puede discutir sobre experiencias y sensaciones. Ellas tienen una moral propia, completamente individual, y se sitúan más allá del conocimiento que adquirimos después. Simplemente están ahí»[39]. Erpenbeck utiliza la imagen del iceberg: la punta que emerge sobre el nivel del mar es la palabra; la parte sumergida, más grande, secreta e invisible, es la experiencia[40].

La escritora afirma que fue precisamente esta experiencia de desfase (como diferencia y distancia) la que la impulsó a escribir: «Si la lengua que sabes hablar no es suficiente, este es un excelente motivo para empezar a escribir. Por paradójico que pueda parecer: la imposibilidad de expresar con palabras lo que nos ocurre es lo que nos empuja hacia la escritura»[41]. Y añade que cada vez que no ha sido capaz de comprender algo, que no ha sido capaz de ponerlo en palabras, es entonces cuando ha comenzado a escribir, porque la literatura es similar a “captar” algo que se encuentra en un campo abierto, no totalmente esquivo, no totalmente manejable: «Por lo tanto, es un estado intermedio entre la conciencia de que algo existe y la ignorancia de qué es ese algo»[42].

Erpenbeck escribe también: «Desde entonces existe una frontera entre las dos mitades de mi vida: una frontera hecha de tiempo, entre la primera mitad de mi vida, que fue transformada en Historia por la caída del Muro y por el derrumbe del Estado alemán oriental, y la segunda mitad, que comenzó en ese mismo momento. Sin esta experiencia de transición, de un mundo a otro, probablemente nunca habría comenzado a escribir; hoy esto me resulta claro. Mi escritura comenzó con reflexiones sobre las fronteras, reflexiones sobre cómo cambiamos a lo largo de nuestra vida, voluntariamente o no, reflexiones sobre qué es la identidad y sobre cuánto podemos perder sin perdernos a nosotros mismos»[43].

Conclusión

Erpenbeck es una escritora importante en el actual contexto literario. Criada y formada en Alemania del Este, vivió en primera persona la profunda transformación producida por la caída del Muro de Berlín y la reunificación de las dos Alemanias. El descubrimiento de la incapacidad de expresar con palabras el sentido profundo de ese paso la impulsó a dedicarse a la narrativa, revelando con el tiempo una extraordinaria capacidad para narrar el tiempo y su paso en la vida de las personas.

A partir de la historia del siglo XX, a través de figuras literarias inspiradas en su propia familia, ha llegado a narrar la contemporaneidad, con compromiso civil y una gran sensibilidad literaria que la ha hecho capaz de abrir ventanas sobre el misterio de la vida y, nos parece, también sobre el misterio de aquello que nos trasciende: de Dios y de la relación que vincula al hombre y a la mujer de fe con Dios, aun siendo ella no creyente. Su obra parece testimoniar cómo la literatura es capaz —cuando «condensa» lo humano en palabras que nacen de una escucha respetuosa y delicada— de abrirse al misterio de la vida, en su precariedad y su belleza.

  1. J. Erpenbeck, Not a Novel. Collected Writings and Reflections, Londres, Granta Book, 2021, 33 s.

  2. Su madre era Doris Kilias, una reconocida traductora del árabe que tradujo al alemán la obra del Premio Nobel Nagib Mahfuz. Su padre es John Erpenbeck, físico, filósofo y escritor. Sus abuelos paternos son Fritz Erpenbeck (escritor, publicista y actor) y Hedda Zinner (escritora, actriz, periodista y directora), que recibió importantes premios en la República Democrática Alemana. La historia familiar constituye una fuente de referencias, recuerdos e ideas narrativas al menos en dos novelas importantes de Erpenbeck: Una casa en Brandenburgo, de 2008, y El fin de los días, de 2012.

  3. Los premios ganados por la autora son mucho más numerosos. Son muchos los que le han sido otorgados por su obra completa, como por ejemplo el Premio Hans Fallada en 2014 o el Premio Thomas Mann en 2016.

  4. A día de hoy, los textos traducidos al español son: Historias de la niña vieja (Nórdica libros, 2008); La pureza de las palabras (Nórdica libros, 2008); Una casa en Brandenbugo (Destino, 2011); El fin de los días (Anagrama, 2019); Yo voy, tú vas, él va (Anagrama, 2018); Kairós (Anagrama, 2023).

  5. En el escrito How I write, de noviembre de 2006, Erpenbeck revela que la novela también surgió de una investigación de campo. Con el deseo de observar el mundo de los jóvenes con los ojos de un adulto, y con la ayuda y colaboración de un director de escuela bien informado, la escritora pasó tres semanas en un instituto, haciéndose pasar por una joven de diecisiete años, libre para observar y participar en la vida escolar. En ese momento tenía 27 años, pero su aspecto juvenil le permitió pasar desapercibida. Después de tres semanas, habiendo recopilado suficiente material, dejó de asistir a la escuela y a las clases. Véase J. Erpenbeck, Not a Novel…, cit., 62 s.

  6. Cf. ibid., 72 s.

  7. También encontramos una referencia explícita a Ovidio en la novela Yo voy, tú vas, él va, cuando el protagonista Richard recuerda el trabajo sobre el texto de Las metamorfosis escrito por una joven estudiante.

  8. Id., Not a Novel…, cit., 155.

  9. Ibid., 104.

  10. Ibid., 102.

  11. El título original en alemán es Heimsuchung. Esta palabra se compone de dos términos: Heim y suchen, literalmente «casa» y «buscar». Una traducción aproximada pero evocadora podría ser: «En busca de la casa», «Buscando una casa». En alemán, Heimsuchung también se refiere a la visita de María a Isabel en el Evangelio de Lucas.

  12. Entre otros galardones, esta novela recibió en 2013 el Premio Evangelische Buchpreis, otorgado por la Asociación Alemana de Bibliotecas Protestantes.

  13. El fin de los días está dividido en libros, no en capítulos.

  14. Id., Not a Novel…, cit., 74.

  15. Cf. Id., Yo voy, tú vas, él va, cit., 31.

  16. También en esta novela, la escritora se inspira en su implicación personal en los hechos reales. El personaje de Rashid está inspirado en la figura del inmigrante nigeriano Bashir Zakaryau, figura destacada en la protesta de Oranienplatz, fallecido en octubre de 2016, tras numerosas batallas civiles, a causa de un infarto. La escritora pronunció el discurso de despedida en su funeral. Véase Id., Not a Novel…, cit., 169-172.

  17. Cf. ibid., 179.

  18. Entre los muchos escritores italianos que han dado voz a historias de inmigración, podemos mencionar a Giuseppe Catozzella, autor de Non dirmi che hai paura, de 2014, con la que ganó ese año el Premio Strega Giovani, y Melania Mazzucco, autora de Io sono con te. Storia di Brigitte, del 2016.

  19. Cf. D. Mattei, «Kairos», en Civ. Catt. 2025 I 356-358.

  20. Cf. J. Erpenbeck, Kairos, cit., 364.

  21. Cf. ibid., 370-374.

  22. Cf. ibid., 352-356; 360 s.

  23. Cf. ibid., 362 s.

  24. Ibid., 345.

  25. Id., Not a Novel…, cit., 22.

  26. Ibid.

  27. Ibid.

  28. El epílogo de la novela La casa de Brandenburgo es una transposición de este proceso de demolición. Cf. Id., Di passaggio, Palermo, Sellerio, 2019, 212-214.

  29. Id., Not a Novel…, cit., 27.

  30. Cf. Id., E non è subito sera, Milán, Zandonai Feltrinelli, 2013, 153; 170; 181.

  31. Ibid., 248.

  32. Id., Kairos, cit., 350.

  33. Id., Not a Novel…, cit., 36.

  34. Ibid., 36.

  35. Cf. ibid., 181.

  36. Ibid., 3.

  37. Id., Kairos, cit., 11.

  38. En la novela Wörterbuch (aún no traducido al español) hay varias páginas dedicadas al valor nominal de las palabras. Estas indican objetos, pero no son los objetos. Erpenbeck ofrece al respecto una bonita reinterpretación de la creación por parte de Dios, cuando dice que las cosas «crecieron» dentro de las palabras pronunciadas por Dios.

  39. Id., Not a Novel…, cit., 78.

  40. Cf. ibid.

  41. Ibid., 79.

  42. Ibid., 80.

  43. Ibid., 174.

Diego Mattei
Sacerdote jesuita miembro del colegio de escritores de La Civiltà Cattolica. Ha sido Capellán universitario de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de la Sapienza, Roma. Sus textos, publicados en nuestra revista y en otros medios, versan preferentemente sobre literatura y espiritualidad.

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