Cuando Jesús llegó, encontró que Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro. Como Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, muchos judíos habían venido a la casa de Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, pero ahora sé que Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le contestó: «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí jamás morirá» (Juan 11)
La resurrección de Lázaro está precedida por el episodio del ciego de nacimiento: Jesús se revela como luz para quien cree en él; esta vez, en cambio, se revela como vida y resurrección frente a la muerte. A veces se dice que la muerte es la única certeza de la vida. Todo lo demás es incierto. Al mismo tiempo, experimentamos que la muerte es la mayor contradicción de lo que estamos llamados a ser y a vivir: no estamos hechos para la muerte. De nuestro corazón emerge con fuerza un deseo de felicidad, de comunión, de amor, de infinito. Estamos hechos para la vida y estamos íntimamente convencidos de que sus valores son tan fuertes que pueden durar para siempre.
Sin embargo, la muerte es una realidad de la vida. Las palabras de Marta son desconcertantes: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto» (Jn 11,21). La muerte ha trastornado la existencia de una familia, amiga de Jesús. Junto al drama emerge la impotencia del amor humano: Marta y María han hecho lo imposible por su hermano, pero no ha servido de nada; tener amigos importantes como Jesús no les ha sido de ayuda. La tumba parece resumir la tragedia de la impotencia humana. También el Señor se conmueve profundamente y llora; los presentes notan cuánto amaba a Lázaro.
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Marta insiste: «Sé que Dios te concederá todo lo que le pidas». A la respuesta de Jesús, «Tu hermano resucitará», ella replica: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (vv. 22-27). La fe en él no nos salva de la muerte, pero desde ahora nos da la vida que no muere, pues él mismo es la vida que ha recibido del Padre para nosotros.
Al llegar a la tumba, Jesús ordena quitar la piedra. Marta hace notar que Lázaro lleva cuatro días muerto y hay mal olor. Pero el Maestro insiste: «¡Quiten la piedra!». Un profundo silencio inmoviliza a todos. Con lágrimas en los ojos, ante la tumba abierta, él ora: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado» (v. 41). Parecería una oración extraña, ya que aún no ha sucedido nada, pero Jesús expresa su agradecimiento al Padre porque, a pesar de las apariencias (la muerte de un amigo, una desgracia irreparable), siente que está en consonancia con el plan de Dios, siente que es instrumento de la voluntad del Padre.
«¡Lázaro, sal fuera!» (v. 43): al muerto se le ordena salir del sepulcro y es llamado a la vida para dar testimonio de que Jesús es la vida; y es invitado por el Padre para darnos la vida que no muere. En efecto, nuestro Dios «no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven para Él» (Lc 20,38).
Cristo no nos salva de la muerte, pues somos mortales y morir es el final y el cumplimiento de la vida. Lázaro debe morir de nuevo, como todo hombre, como también Jesús. Sin embargo, el Señor ahora nos revela que nos salva muriendo: ofrece su vida por nosotros y, al ofrecerla, la recibe como don. La resurrección de Lázaro es una profecía de la resurrección de Jesús: nos enseña que la vida entregada, aunque termine en un fracaso —la cruz—, lleva en sí el germen de una vida nueva, de una vida resucitada.
Papa León: «Sigamos rezando por la paz en Irán y en todo el Medio Oriente, en particular por las numerosas víctimas civiles, entre ellas muchos niños inocentes».


