HISTORIA

50 años de la Transición española: memoria, concordia y democracia

El 20 de noviembre de 1975 moría en Madrid, en la cama de un hospital, el dictador Francisco Franco, tras casi 36 años al mando del régimen. Se abría de esta forma una etapa de incertidumbre, la llamada «Transición Española», que se encauzaba con la aprobación por referéndum de la Constitución Española el 6 de diciembre de 1978, y se consolidaba curiosamente con el fracaso del golpe de Estado del teniente coronel Antonio Tejero el 23 de febrero de 1981.

Esta época, tan delicada como decisiva, y que analizaremos en este artículo, inaugura el periodo democrático más estable de la historia de España, que dura hasta nuestros días. Frente a la tentación de pensar que es únicamente un asunto nacional, conviene recordar que se trataba del último país de Europa occidental que dejaba atrás el cáncer de las dictaduras que determinaron el discurrir del siglo XX, pues Portugal lo hizo el año anterior. Un cambio de régimen en un contexto culturalmente distinto a lo que ocurrió en casos parecidos tras la Segunda Guerra Mundial, y era visto con cierto escepticismo por la comunidad internacional. Y con el tiempo, España llegaría a ser una de las economías más importantes de la Unión Europea, a la que se incorporó en 1986, consagrando la anhelada normalidad democrática. A su vez, no podemos olvidar que España sirve de puente con América Latina, donde sus lazos históricos la convierten en una referencia internacional.

Es importante recordar que la próxima década, España celebrará el centenario de la Segunda República y su cruenta Guerra Civil, con más de un millón de víctimas, entre muertos de ambos bandos, represaliados y exiliados, y cuyas heridas parecen no estar sanadas. Por ello, se hace menester valorar más, si cabe, este periodo histórico, y profundizar en él para intentar no caer en los mismos errores. A su vez, no podemos olvidar que tras casi medio siglo, buena parte de la población española puede desconocerlo e, incluso, olvidarlo. O quizás peor, puede ser víctima de un injusto revisionismo histórico por parte de grupos populistas que olvidan, sospechan o menosprecian lo que aquel periodo supuso, y cuestionan los logros que la sociedad española consiguió de forma madura y ejemplar.

En un tiempo en el que la democracia en Europa y en todo el mundo es cuestionada por algunas ideologías extremistas, populismos y diversas formas de autoritarismo, la Transición Española se convierte en un hito donde poder inspirarse de cara a preservar la democracia liberal y prevenir ciertas derivas que la amenazan, como ocurrió hace casi un siglo en toda Europa y parte del mundo. Y, por qué no, para hacer justicia a tantas personas que se jugaron la vida por un proyecto imposible y que finalmente recuerdan, como muestra el epitafio de su gran artífice, el presidente Adolfo Suárez, que «la concordia fue posible».

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No podemos olvidar, pues, que la democracia ha de defenderse de generación en generación, y nunca puede darse por acabada. A su vez, se trató de un momento legendario – en el sentido más profundo de la palabra – para la historia contemporánea de España y de Europa, y, como sugiere la misma palabra, digno de ser leído y releído. Un momento en el que cada ciudadano puede reconocerse, identificarse y comprenderse a sí mismo, y ver cómo se pueden encauzar algunas situaciones, de forma pacífica y fecunda, incluso aún más complejas que las actuales.

Por ello, a lo largo de este artículo recordaremos brevemente qué pasó en España hace 50 años, con sus claroscuros e idealizaciones, y qué lecciones podemos aprender para el tiempo que nos toca vivir, y así poder agradecer a aquella sociedad valiente que supo perdonar y mirar al futuro con esperanza, diálogo y decisión.

«Mientras dure la guerra»

Como ocurre en este tipo de periodos, conviene buscar las causas mucho antes, pues las heridas de un país pueden ser consecuencias de tensiones no resueltas con anterioridad, y que emergen en momentos de dificultad de forma imparable y contundente. Ya durante el agitado siglo XIX, tras la pérdida de las colonias y el torbellino de Napoleón que revolucionó la idea de nación en la vieja Europa, surgen dos modos opuestos de comprender la realidad que aún persisten: el liberal y el conservador. A su vez, el siglo XIX estuvo caracterizado por una sucesión de reinados – intercalados por una fallida república –, cambios sociales, guerras, nacionalismos incipientes, dictaduras y demasiados golpes de Estado, que hacían de la plena normalidad democrática en España prácticamente una anomalía.

Especialmente clave fue la proclamación de la Segunda República Española, el 14 de abril de 1931, en un contexto internacional caracterizado por la depresión del 29, el ruido de las ideologías y el auge de los totalitarismos. Reinaba una enorme polarización, que desembocó en una sensación de caos generalizado, a veces de tintes sangrientos, con importantes hitos como la expulsión de la Compañía de Jesús, la introducción del voto femenino, la reforma agraria, algunas insurrecciones y hasta un habitual golpe de Estado militar, por citar solo algunos.

Todo esto terminó con una sublevación militar liderada por el general Francisco Franco – que entonces se encontraba en el norte de África con sus tropas – y otros generales, y que desembocó en una guerra. Como consecuencia, España se convierte en un escenario donde se enfrentan, por un lado, las tropas de los generales adeptos al golpe llamados «rebeldes» o «nacionales» y, por el otro, los republicanos fieles al gobierno legítimo. Con el tiempo, los primeros se encontrarán con el apoyo de los tradicionalistas y gran parte de la Iglesia española, que se aferraba a ellos como a tabla de salvación frente al caos y al odio visceral que sufría en forma de persecución, quema de iglesias y conventos, y asesinatos sistemáticos de sacerdotes, religiosos y laicos. En el otro bando, el gobierno de la República estaba apoyado por voluntarios internacionales, milicianos, comunistas y anarquistas, siendo así un conglomerado con diversos intereses que resultó muy difícil de organizar. Y como ocurre en este tipo de guerras civiles, las grandes potencias mundiales beneficiaban a sus respectivos bandos, sirviendo de prólogo para la Segunda Guerra Mundial y convirtiendo al país en un mortífero laboratorio de armas, como ocurrió en el bombardeo de Guernica, fielmente representado por Pablo Picasso poco tiempo después.

Después de tres años de desangre continuo, el «No pasarán» que se gritaba con euforia inicial en Madrid se fue apagando lentamente, hasta que el 1 de abril de 1939 el bando nacional emitió el último parte militar anunciando el fin de la guerra. Franco, que había asumido solo «mientras dure la guerra», continuó en el poder, al tiempo que el mundo se estremecía con la Segunda Guerra Mundial. Tras años iniciales de hambre, devastación y ajustes de cuentas, Franco lograría mantenerse sin mucha dificultad, con una suerte de pax romana que duraría casi 40 años.

Aunque ya desde el principio se le dio un barniz romántico – ya sea por los aires de cruzada que algunos usaron para legitimar la sangre vertida, la manipulación de la propaganda bélica o por la presencia de diversos intelectuales – la realidad mostró que fue una guerra igual de miserable, penosa y sangrienta que otras. En este conflicto, es tan osado como presuntuoso clasificar entre buenos y malos, porque la violencia siempre llama a la violencia y muchos luchaban sin saber realmente por qué. Fue una guerra en la que la imposición de las ideas era capaz de separar familias y enemistar pueblos, con heridas que aún siguen perdurando.

Manuel Chaves Nogales, periodista que estuvo condenado al ostracismo durante décadas por recelar de ambos bandos, afirmaba que «la guerra la perdían siempre los mismos: los que no tenían más arma que su miedo»[1]. Era la versión actualizada del Duelo a garrotazos del maestro Francisco de Goya, que un siglo antes denunciaba en su conocido cuadro las dos Españas enfrentándose a muerte en un duelo fratricida, sin más placer que la satisfacción de acabar con el prójimo. Fue la consecuencia de una polarización sin lógica alguna, de cómo una sociedad se puede dejar llevar por las ideas sin límites. Una forma de comprender la realidad capaz de fragmentar una nación de 500 años de historia y dividirla entre el norte y el sur, entre liberales y conservadores, monárquicos y republicanos, clericales y anticlericales, derecha e izquierda, y así sucesivamente, en un continuo de polos infinitos que sólo aumentaban el dolor y el enfrentamiento de un pueblo herido de muerte, en el que todos, de muy diferente manera, habían sufrido la tragedia de la guerra. «Los unos y los otros»[2], como diría el filósofo Miguel de Unamuno.

¿«Todo quedará atado y bien atado»?

Durante la dictadura, España avanzó en una cierta apertura internacional, hubo progresos económicos y ciudades como Bilbao, Madrid y Barcelona se beneficiaron de una considerable industrialización, en detrimento de otras regiones condenadas a la despoblación y a la emigración. Igualmente hubo una gran disminución del analfabetismo y expansión de las universidades y también notables mejoras sanitarias. Sin embargo, la dictadura seguía siendo una dictadura y el dictador Franco ejercía como dictador, ralentizando el avance del país. Por mucho maquillaje que se pusiera, el poder resistía en la autoridad jerárquica del ejército y la libertad, el respeto de los derechos humanos y los mínimos democráticos dejaban muchísimo que desear, haciendo de la represión una constante habitual.

Aunque según el régimen, que ya amarilleaba, «todo quedará atado y bien atado», la muerte de Franco abría un escenario nuevo: siendo heredero el entonces Príncipe Juan Carlos, esperanza de unos y de otros, este sería proclamado rey a los dos días del fallecimiento del dictador, convirtiéndose en el «motor del cambio». Y contra todo pronóstico, Adolfo Suárez fue nombrado presidente al año siguiente, tildado por muchos como «un falangista de provincias»[3] y tomado por arribista sin capacidades en los mentideros de la capital. No obstante, supo intuir la gravedad del momento y junto con el novato rey pusieron en marcha un delicado cambio de régimen, siendo conscientes de que en España todavía estaban vivos los fantasmas del pasado y muy abiertas las heridas de la Guerra Civil.

En un contexto cambiante como los años setenta, en 1976 y con muchos equilibrios se aprobó la «Ley de Reforma Política», ratificada en referéndum por un 94% de la población. Suárez, buen conocedor del régimen y consciente de lo ocurrido décadas atrás y la necesidad de reconciliación y de integrar a todos, entabló conversaciones con la oposición y permitió la legalización del Partido Comunista, liderado por el hasta entonces exiliado Santiago Carrillo, que era considerado responsable de una sanguinaria oposición en la guerra y que optó por la vía de la paz y de la democracia trascendiendo generosamente el dolor legítimo propio del exilio, la clandestinidad y la represión. No obstante, la tensión era palpable, en parte alimentada por numerosos atentados de los terroristas vascos de ETA y de otros grupos de extrema izquierda y de extrema derecha que pretendían derribar la débil democracia.

Respaldado por las urnas, la Unión de Centro Democrático de Suárez, encauzó la redacción de la Constitución Española, que fue redactada por los representantes de todas las fuerzas políticas que así lo desearon, los llamados «padres de la Constitución», aprobada por un 87,7% de votos en 1978. La Transición continuaría hasta 1981, marcada por el desencanto, el desgaste de Suárez, la crisis económica y la asfixiante presión terrorista. El frustrado intento de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981 consolidaría la opción por la democracia en detrimento de la dictadura. El proceso concluiría con la posterior llegada al poder de los socialistas, liderados por Felipe González, que habían obtenido una mayoría absoluta en 1982, mostrando que la alternancia de partidos era posible.

Son evidentes los paralelismos entre aquella época y la actual: desde la división mundial en bloques, a la crisis energética o a la tensión en Oriente Próximo. Por no hablar del contexto de polarización, la tentación de los autoritarismos y el individualismo como bandera cultural.

Por ello, por la importancia de aquel momento, y porque algunos piensan que fue una época idealizada, quizás con parte de razón, vamos a extraer algunos elementos que nos pueden ayudar a «reflectir para sacar provecho»[4], y ver qué aprendizajes podemos extraer que nos sirvan 50 años después.

«Libertad, sin ira libertad»

«Libertad, libertad, sin ira libertad», era el estribillo de una canción del grupo «Jarcha»; se hizo muy popular y, ciertamente, quedó asociada como la «banda sonora» de la transición, ya que reflejaba con precisión el sentir y el anhelo del pueblo español en aquella época. Y como le ocurrió al pueblo de Israel, también habría sufrido la opresión durante décadas y anhelaba la libertad. Y, curiosamente, si vamos a la historia de salvación del Pueblo de Dios, en el Deuteronomio se vive la Ley como un gran regalo, como motivo de orgullo: «¿Qué nación grande tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda esta Ley que yo os doy hoy?» (Dt 4,8). Se entiende como un bien del pueblo, porque libera del caos, protege a los débiles, asegura la justicia y ordena el corazón. No es una ley para controlar, sino para caminar, incluso es un modo de vida.

En el caso de Nehemías, se puede acercar más incluso a la consolación propia de reencontrar la ley y hacer memoria y conciencia de pueblo, recuperando su identidad y sus costumbres tras el exilio de Babilonia: «Y se alegraron con gran gozo, porque habían entendido las palabras que se les habían enseñado de la Ley» (Neh 8, 12). Tras el dolor, el exilio y la opresión de un pueblo, la ley, en este caso la Constitución, se convirtió en un elemento para dar identidad, unidad y conciencia de pueblo. A su vez, les marca el modo de ser, de comprender y de caminar en la historia.

Conviene señalar que la Constitución española, como las leyes humanas, no es perfecta, aunque sí es capaz de evolucionar; pero quizás solo se valora cuando no se tiene. Es necesario apreciarla y agradecerla, sabiendo que a nadie deja satisfecho, pero tampoco disgusta a nadie del todo. Quizás, uno de los mayores aprendizajes que se puede hacer frente a amenazas y devaluaciones, es considerarla como un bien común, que nos aleja de intereses personales y favorece que lo comunitario adquiera un valor especial, incluso para los que se oponen a ella. Su conocimiento y respeto nos hacen mejores ciudadanos y mejores personas, como la educación, la sanidad o la seguridad. La Constitución propicia el respeto y salvaguarda de las instituciones, que están hechas para servir a la sociedad y articular su buen funcionamiento.

Se trata, pues, de un texto que busca la pluralidad y la separación de poderes, inspirándose en la Declaración de los Derechos Humanos y en consonancia con las constituciones europeas, garantizando un marco común de diálogo, de libertades, de convivencia y de derechos. Y, sobre todo, afirmando que «La soberanía reside en el pueblo español»[5] y no en un ejército, en una persona carismática o en un solo partido, como suele ocurrir en algunos sistemas no democráticos.

Del consenso a la concordia

En Isaías 11,6-9 se muestra un estado de armonía ideal, con un claro componente escatológico. En este pasaje conviven el lobo con el cordero y el leopardo con el cabrito, en una secuencia de posiciones imposibles en armonía total. Esta lectura, conviene recordarlo, es escatológica, pero también es un horizonte al que caminar y la Transición, teniendo en cuenta el pasado reciente de España, pudo ser reflejo en parte de todo ello. No lo olvidemos: una perspectiva real, frágil e imperfecta. Y aunque sea un poco romántico, se dio un paso más, del consenso a la concordia. Consenso significa un mismo sentir y pensar, como podía ser una Constitución, pero lo ambicioso y posible en este caso, fue llegar a la concordia, con-cordis, es decir, un mismo corazón, y, por tanto, un mismo latido. Se pasó de un denominador común a un escenario nuevo, caracterizado por una nueva conciencia de pueblo en una fase distinta. No se trató de un acuerdo de mínimos para contentar a la mayoría, sino un acuerdo de máximos para entrar en un nuevo estadio distinto a los anteriores.

Por otra parte, hoy la prudencia aconseja no idealizar este periodo. Por ejemplo, el historiador Fernando García de Cortázar señala que «la transición fue un tiempo de amnesias y claroscuros, de tonalidades grises y opacas, de sobresaltos nocturnos y tormentas de metralla y sangre. Suárez tomó la batuta con la premisa de no hurgar en las heridas del pasado»[6]. Por ello, se hace necesaria la lectura sin ideologías y sin las gafas del presente, y con el deseo de hacer memoria y justicia, lejos de intereses partidistas, tanto de un lado como del otro. Algo que hoy en España y en el mundo es, cuanto menos, un reto. Quizás la imagen más paradigmática de esta etapa sea un cuadro presente en el Congreso de los Diputados llamado El abrazo, de Juan Genovés.

Para alcanzar este fin, se llevaron a cabo muchas cesiones que descolocaron a todos, pero que propiciaron la concordia, demasiado pragmática para algunos. Cedieron los militares, primero su desconfianza y luego asumiendo que su poder estaba para servir al pueblo y no para mandar sobre él, y que no había marcha atrás. Cedió el rey Juan Carlos I sus poderes absolutos heredados de Franco, poniendo en juego su título aun a riesgo de fracasar. Cedieron Suárez y su vicepresidente, el leal general Manuel Gutiérrez Mellado, que acabaron quedándose sin apoyos y se jugaron la vida en el «23-F». Cedieron los políticos con la «Ley de Amnistía», que introducía de nuevo en el juego a la oposición. Cedió la sociedad civil, con el corazón encogido delante de la radio y de la televisión, que dejaba atrás la estabilidad conocida del régimen franquista por la incertidumbre del futuro que se abría paso.

Cedieron los exiliados, los nacionalistas, los socialistas y los comunistas, que renunciaron a parte de sus máximas; y algunos de sus líderes, como el mencionado Carrillo, fueron acusados de traidores por aceptar al rey, la bandera bicolor y la unidad de España. Cedieron los empresarios, las asociaciones y los sindicatos acordando medidas para estabilizar el país en medio de la crisis económica internacional con los «Pactos de la Moncloa». Cedieron los perdedores de la guerra, con un silencio útil, y con familiares aún por encontrar.

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Cedió la Iglesia, renunciando a los últimos privilegios por legitimar al poder. Y cedieron – seguramente la parte más dolorosa – las víctimas del terrorismo, cuyas vidas fueron arrebatadas a manos de los extremistas de izquierda – fundamentalmente ETA – y derecha, que buscaban tumbar la democracia: un hecho que nos alerta de lo frágil y delicado que fue el proceso, con casi 500 víctimas mortales, y otras tantas producidas por la dura represión policial. Cedieron cada uno a su manera, y de diversas formas e implicaciones, pero esto no anula un deber de gratitud para con ellos ante su altura de miras y su sentido de Estado. Los protagonistas no eran políticos con vocación mesiánica ni partidos con aspiraciones totalitarias ni intelectuales alejados de la realidad, sino el pueblo español que descubría con humildad y expectación lo que era una plena democracia.

Las elecciones de 1977 fueron un ejemplo palpable, porque el parlamento reflejaba la realidad política e ideológica de España, y el diálogo se abría paso al fin, más allá de la sangre, del odio y de la confrontación. Igual que el pujante avance de los movimientos sociales y de los nacionalismos latentes y combatientes. Los mismos que décadas atrás se enfrentaban en el campo de batalla y saldaban sus cuentas en la oscuridad de la noche, ahora se sentaban en un parlamento con voz y voto. La sociedad española se dividía entre continuistas, reformistas y opositores, pero la opción no fue ni la república ni la guerra ni la dictadura personalista, sino una monarquía democrática plena. Tras décadas de opresión y de desierto, la mayoría de la población comprendió que la lógica de dividir la sociedad entre buenos y malos, solo llevaba al colapso, y por tanto a la destrucción, al hambre y al dolor. Un colapso que habían experimentado en sus carnes, en su pobreza y, sobre todo, en su alma.

Un aprendizaje que ahora se olvida en parte, pero quizás este sea el mayor avance moral y la gran lección de este periodo, porque todo cambia si se pasa de la lógica del maniqueísmo a la lógica de la reconciliación que permite caminar juntos. Construir desde el enfrentamiento o construir desde la hermandad, construir desde el odio y la violencia o construir desde el diálogo y el respeto mutuo. Esa concordia, con un común corazón, es la que emerge en España cuando ocurre una catástrofe y la solidaridad late con fuerza, cuando el deporte aúna a todos soslayando el acento de cada uno o cuando toca disfrutar de la fiesta en cualquier tradicional celebración colectiva. El abrazo de las dos Españas, al fin, era posible.

A la luz de «Evangelii gaudium»

Creo que no resulta arriesgado releer este acontecimiento a la luz de la encíclica Evangelii gaudium[7], del papa Francisco, donde la reflexión sobre el bien común y la paz social se muestra tan actual como siempre, reconociendo que Dios actúa en la historia. Para analizar la construcción de una sociedad que se asienta en los principios de paz, justicia y fraternidad, como es nuestro caso, Francisco propone cuatro tensiones bipolares, extraídas de Romano Guardini y de la Doctrina Social de la Iglesia y que «orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común»[8].

En primer lugar, Francisco recuerda que el tiempo es superior al espacio. Es la tensión entre la plenitud y el límite, que encuentra salida en la dimensión temporal. Implica, privilegiar el proceso sobre el poder inmediato: «iniciar procesos más que ocupar espacios». Frente a la tentación del ahora, por momentos demasiado delicado y con mucha presión y fragilidad, los españoles supieron incorporar la dimensión temporal, cargada de paciencia y esperanza, y asumir que los frutos los daría el paso de los años y no la ansiedad propia del instante. Quizás para ello se requirió esa altura de miras y una experiencia dolorosa, para saberse imponer a las prisas y a las contingencias que exigían una falsa estabilidad, inmediata e imposible de alcanzar.

Seguidamente, en la encíclica aparece cómo la unidad debe prevalecer sobre el conflicto, integrándose y no ignorándose. Frente a la parálisis o al soslayo, la propuesta pasa por desarrollar una comunión en las diferencias. De alguna manera, durante la Transición se vio que España era algo más que décadas de duro enfrentamiento con la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura. Se mantuvo en un plano superior que integrase lo bueno de todas las partes, buscando la armonía entre la palpable diversidad. Es la certeza de que el acento se ha de poner más en lo que une que en lo que separa.

Otro de los aspectos destacados que muestra Evangelii gaudium y que se evidenció en la Transición, a diferencia de lo que ocurrió en la Segunda República, es que «la realidad está por encima de la idea». Desde la visión cristiana, la Palabra está encarnada, nunca está desconectada, une idea y realidad, orientándola pero nunca aprisionando. Lo difícil siempre es la concreción, porque las ideas vuelan fácilmente, y en ese aterrizaje surgen las mayores diferencias. La sola idea desemboca en el gnosticismo, en la soberbia intelectual y en la esterilidad, pues nunca será fecunda ni aterrizada. Si décadas atrás la hegemonía de las ideas se imponía sobre la realidad a cualquier precio, hace 50 años la realidad se imponía sobre las distintas ideologías. El anhelo de democracia del pueblo español y el deseo de no volver a las heridas del pasado primaron sobre el poder innegociable de las ideas, que no suelen escuchar razones. Curiosamente, eran los extremos ideológicos cercanos a los totalitarismos los que asesinaban y buscaban dinamitar la joven democracia.

Y por último, Francisco recuerda que «el todo es superior a una parte», y la forma que nos inspira es la de un poliedro. Todas las partes cuentan, y todas las partes han de tenerse en cuenta, pero el todo no es la suma de las partes, es algo más. Todos han de estar implicados, aunque disientan. Y es preciso, por tanto, no perder la realidad holística, porque cada parte tiende a tirar para sí. Volviendo a la Transición, la serie de pactos, cesiones y acuerdos y el deseo de representatividad mostraron que el interés del todo debía primar sobre las partes que inconscientemente atendían su interés particular.

«¡Tarancón al paredón!»

Por último, no podemos olvidar el rol de la Iglesia en todo este proceso. Condicionada por una época convulsa tras el Concilio Vaticano II y que veía cómo seminarios y noviciados estaban casi vacíos, así como los numerosos abandonos de sacerdotes y religiosos. Una Iglesia que sufría para comprender el giro cultural de mayo del 68 y que trataba de interpretar los «signos de los tiempos» en una España distinta que se abría al mundo de una forma especial. Y que sin duda, también estuvo a la altura, con sus claroscuros, como en todos los casos, pero supo percibir la gravedad del momento acompañando al pueblo con un saber estar generalizado. Y quizás aquí reside su mayor aprendizaje en este tiempo: el descentramiento, la responsabilidad y el deseo de servir a la sociedad.

Aunque tarde, la Iglesia había sido la única institución en pedir perdón públicamente por su complicidad con el franquismo. Tras la guerra, había buscado el amparo, los privilegios y la seguridad que perdió en la guerra y en la Segunda República, donde se estima que un total de 6.832 sacerdotes y religiosos fueron asesinados. Al comienzo de la dictadura, Franco influyó en el nombramiento de obispos, y la Iglesia, por un lado volcada al asistencialismo y educación de una sociedad hambrienta y por otro cegada por la euforia de los vencedores y sorda en ocasiones ante el silencio de las víctimas, pasó a formar parte de la religión oficialista del régimen, legitimándolo sin mucho pudor. Hasta que la relación empieza a ponerse en duda con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II – con la separación Iglesia-Estado y la libertad religiosa – y se coloca a la vanguardia de la lucha por la libertad y la democracia. El documento de la más importante Asamblea plenaria de la Conferencia episcopal española, La Iglesia y la comunidad política[9] de 1973, ponía en cuestión los propios privilegios y la versión contemporánea de la unión trono y altar.

Liderados por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, considerado otro traidor por muchos – «¡Tarancón al paredón!», era el eslogan – el episcopado defendía que la fe cristiana no es una ideología política, ni se puede identificar con ninguna fuerza. Insistía en que ningún sistema agotaba la riqueza del evangelio, al tiempo que instaba a promocionar las libertades, la paz y la justicia. Se defendía buscar la autonomía y la libertad, pero con espíritu de colaboración y de reconciliación en la sociedad. Los obispos asumían con valentía la libertad para predicar el evangelio, aunque a veces resultara incómodo, en aras de salvaguardar el interés general y el bien común. A su vez, los cristianos buscaban una coherencia de vida con comunidades cercanas a los pobres, inspiradas por el espíritu del Concilio Vaticano II, lo que devino en un auténtico vendaval.

La Iglesia, más libre que antes, supo analizar la situación frente a un franquismo caducado y dio un paso adelante. No sólo renunció a sus privilegios, sino que tuvo un papel determinante en usar su autoridad moral a favor de la reconciliación. Por no hablar, por supuesto, de tantos cristianos comprometidos en la política – tanto de derechas como de izquierdas, la mayoría formados en seminarios y centros religiosos – que veían la arena pública como un espacio privilegiado para desarrollar su vocación laical al servicio de la sociedad y del bien común.

Una historia por escribir

Hace unos meses, el rey Felipe VI afirmaba que la Transición fue «un gran pacto en el que ningún grupo logró imponer su visión completa, porque todos ellos comprendieron que la convivencia exigía ceder algo para ganar un futuro común. Fue una elección pragmática, pero también profundamente moral»[10]. Esperamos que, 50 años después, en un mundo polarizado como el nuestro, sepamos mirar al pasado, para aprender de él y no errar de nuevo. Para saber leer la realidad y ver lo que de verdad aconteció, con profundidad, con valentía, con esperanza. Una época que no fue perfecta, pero que nos puede enseñar mucho. Escribió Miguel Delibes que «Las cosas pudieron haber sido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así»[11]. Ahora le toca a cada generación recrear la democracia, siendo el mejor de los sistemas conocidos. Asumir que la libertad no llega de la nada, y que la democracia no hay que darla por supuesta.

Sirva este artículo para agradecer a tantas personas que se jugaron la vida por la democracia en España y en Europa, a las víctimas olvidadas de ambos bandos, y a tantos que, con el corazón encogido, supieron mirar al futuro. A aquellos que perdonaron e hicieron realidad el abrazo de las dos Españas, tan auténticas como necesarias. A los que, con valentía, fe y esperanza hicieron que la concordia, al fin, fuera posible.

  1. M. Chaves Nogales, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, Barcelona, Libros del Asteroide, 2011, 13.

  2. M. de Unamuno, «Carta a F. de Cassio, 27 novembre 1936», en L. Robles (ed.), Epistolario a F. de Cassio (1914-1936), Salamanca, Cátedra, 1992, 245.

  3. J. Cercas, Anatomía de un instante, Barcelona, Mondadori, 2009, 93.

  4. Ignacio de Loyola, s., Ejercicios espirituales, n. 114.

  5. Constitución Española, art. 1, § 2.

  6. F. García de Cortázar, Historia de España, Barcelona, Planeta, 2002, 287.

  7. Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, nn. 221–237.

  8. Ibid., n. 221

  9. Cf. Conferencia Episcopal Española, La Iglesia y la comunidad política, Madrid, 1973.

  10. Felipe VI, Discurso en la ceremonia de ingreso en la Insigne Orden del Toisón de Oro, Madrid, 21 de noviembre de 2025.

  11. M. Delibes, El camino, Barcelona, Destino, 2019, p. 11.

Álvaro Lobo Arranz
Jesuita desde 2011 en la provincia de España. Su primera formación fue Enfermería, para luego continuar con Antropología y un Máster en Política y Democracia. Actualmente prepara la Licencia en Teología Moral en el Centro Sèvres. Sus principales áreas de interés son el mundo de la educación y la escritura. Colabora de forma regular en la Pastoral SJ y en otros espacios religiosos y laicos.

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