El décimo aniversario de la publicación de la exhortación apostólica del papa Francisco Amoris laetitia (2016) ofrece la ocasión de reflexionar sobre la situación de la pareja y de la familia en Europa. Vivimos en una época de cambios sociales extremadamente importantes, que pesan sobre la institución de la familia, pero también en un momento de oportunidades únicas para la verdad evangélica de la misma. Es necesario considerar con lucidez un cierto número de factores de nuestras sociedades. Estos son particularmente evidentes en Europa, pero van mucho más allá de sus fronteras.
En primer lugar abordaremos los desafíos actuales; luego intentaremos señalar caminos de acción para el futuro, arraigados en experiencias presentes[1].
Una sociedad cada vez más envejecida
Nuestras sociedades presentan un número de personas mayores sin precedentes en la historia de la humanidad. En Italia, por citar solo un ejemplo, el 25% de la población tiene más de 65 años y la edad media supera los 46 años[2]. Nunca antes el mundo había conocido una proporción tan elevada de personas mayores. También el hecho de que la edad al nacimiento del primer hijo tienda inexorablemente a aumentar —a menudo más allá de los treinta años— envejece toda la estructura familiar. El papa Francisco insistía mucho en el papel de los abuelos, pero los abuelos del mañana serán las personas nacidas en los años sesenta, mucho más frágiles e individualistas que la generación de la guerra y de la posguerra. Somos una sociedad cada vez más envejecida, cada vez más individualista y cada vez menos adecuada para familias numerosas y para niños pequeños.
Inscríbete a la newsletter
El derrumbe de la natalidad
El derrumbe de la natalidad es el fenómeno que más impacta en nuestras sociedades. Un gran número de parejas elige no tener hijos —por ejemplo, según el Istituto Nazionale di Stadistica, alrededor del 30% en Italia ya en 2011— y las familias numerosas son cada vez más raras. Los factores que impulsan la desnatalidad son numerosísimos (volveremos sobre algunos de ellos más adelante): el nuevo modelo de la llamada «educación benevolente», que desgasta a los padres; el retraso creciente de la edad del matrimonio; la prioridad concedida a la realización profesional; la prolongación de los itinerarios formativos ligados al mercado laboral; las dificultades económicas y de vivienda para los jóvenes en países cada vez más gerontocráticos; la ecoansiedad; la discriminación sutil con la que deben enfrentarse las jóvenes madres; el aumento estructural de la infertilidad, acentuado por el retraso del matrimonio; la creciente inmadurez afectiva y emocional debida a la ausencia de verdaderos umbrales de entrada en la edad adulta, etc. La mayoría de los países europeos tiene un índice de fecundidad muy bajo, lo que implica una reducción a la mitad de la población a medio plazo (si se excluye la inmigración)[3]. También en este caso se trata de un fenómeno inédito en la historia de la humanidad.
No se habla lo suficiente del impacto de esta realidad demográfica, que toca también a los católicos. Esto genera, como consecuencia, una angustia existencial y cívica cuando los autóctonos en Europa constatan el masivo cambio de población en curso.
Esta acentuada desnatalidad, que dura desde hace décadas, tiene además otro efecto indirecto: el porcentaje de hijos únicos ha aumentado considerablemente, y los hijos únicos parten con una desventaja social: a menudo están menos inclinados al matrimonio o a la vida religiosa, al haber estado siempre en el centro de la familia. Con frecuencia sufren fuertes presiones en nombre de una obligación de éxito según los criterios de los padres. Esto se observa tanto en China[4] como en Italia. Estadísticamente, ellos se convertirán en cónyuges más frágiles.
La evolución del sistema de valores
Los valores promovidos por la cultura dominante desfavorecen el compromiso a largo plazo y la fidelidad. El sistema de valores occidental ha cambiado considerablemente: el principio del placer y el individualismo han asumido un papel primordial, mientras que ha perdido valor la capacidad de gestionar la frustración y perseverar con constancia, es decir, aquel valor cristiano central para san Pablo, la hypomonē, «perseverancia, constancia, coraje, paciencia, resistencia».
Los individuos que no han sido acostumbrados a vivir en la privación y en la solidaridad, como las numerosas generaciones de la posguerra, ceden con mayor facilidad ante las dificultades que se presentan. A menudo se escuchan frases como: «No estoy destinado a ser infeliz»; «En esta relación soy un perdedor: no puede durar más»; «Quiero vivir un poco para mí mismo»; «¿Por qué debería sacrificar mi carrera, mi trabajo, mis amigos?», etc.
Es la sociedad global la que corre el riesgo de convertirse en un conjunto de niños mimados. No sorprende que sean las familias numerosas practicantes —católicas, judías o musulmanas—, en las que los hijos realizan actividades extraescolares y donde las pantallas están más o menos prohibidas, las que se desenvuelven mejor. Esto no significa que allí todo sea color de rosa. En efecto, es vano intentar aislarse completamente de la sociedad global. El matrimonio ya no es en absoluto una elección social obvia, y la concepción católica del matrimonio está cada vez más alejada de la realidad vivida por los jóvenes adultos. Sin embargo, la familia sigue siendo un valor apreciado en todas las encuestas de opinión.
El peso global de las separaciones
Es un tabú social, pero no se puede subestimar la condición de fragilidad de los hijos de divorciados y separados. La violencia psicológica del divorcio y los traumas que las separaciones conllevan generalmente en Europa pasan bajo silencio. Y el Estado se desentiende de ello, aunque todos los estudios muestran el impacto negativo de este fenómeno a nivel social (menor éxito escolar, violencia en las escuelas, antecedentes de los detenidos, presión sobre la vivienda, aislamiento de las madres solteras, baja autoestima, etc.).
Es un tema delicado, y en las cenas mundanas se habla a menudo de esos divorcios que «van muy bien» y de esos hijos que «salen adelante estupendamente». Esto no es del todo falso, dada la banalización del fenómeno, pero así se subestima la manera en que el divorcio de los padres influye en los hijos, disuadiéndolos profundamente de comprometerse en el matrimonio o aumentando su ansiedad en el momento de hacerlo. Pues bien, el porcentaje de niños que crecen en este tipo de entorno es significativo[5].
La cuestión de género
Un estudio en profundidad del INED (Institut National d’Ètudes Démographiques), publicado en Francia en abril de 2025, muestra que solo el 80% de las mujeres jóvenes entre 18 y 29 años se identifica como heterosexual. Hoy en día, chicas de 15 años afirman haber tenido relaciones íntimas con su mejor amiga, afirmando al mismo tiempo que se consideran tranquilamente heterosexuales. Las cifras varían de un país a otro, pero la tendencia es clara. Esto hará, evidentemente, más difícil para estas personas —una minoría significativa— la elección del matrimonio cristiano; incluso en los cursos de preparación al matrimonio encontramos novios que revelan sus experiencias homosexuales o sus vacilaciones interiores respecto al género. Esto debilita su compromiso.
Se observa una fuerte tendencia —ciertamente favorecida por la cultura mediática «de moda», pero que la supera— al aumento del número de jóvenes que se definen como «trans». Esta fragilidad de la frontera de género, esta incertidumbre emocional y afectiva afecta a la nueva generación y aún debe encontrar su lugar en los cursos de preparación al matrimonio. Aunque seamos acogedores y benevolentes con todos, debemos también reconocer que esto hace más difícil el compromiso y la fidelidad. También se registran divorcios inesperados de parejas casadas desde hace unos veinte años, en los que uno de los cónyuges se va con una persona de su mismo sexo.
Habría que añadir un factor fundamental que no debe pasarse por alto: la omnipresencia de la pornografía. Esta afecta sobre todo a los chicos (pero no solo a ellos) desde los 11 o 12 años (y a veces incluso antes) e influye de manera duradera en su relación con el sexo y con las mujeres. La lucha contra esta dependencia debería ser una prioridad también para la Iglesia. Numerosos sexólogos han demostrado ampliamente los daños que la pornografía provoca en la sexualidad conyugal y en los jóvenes adultos[6], contribuyendo a debilitar aún más un vínculo que ya de por sí es complejo y delicado. Además de la pornografía, es necesario tener en cuenta la omnipresencia de lo digital con sus efectos perversos.
La realidad de la ecoansiedad
El calentamiento climático pesa sobre las jóvenes generaciones de un modo que no debe subestimarse. Entre el 12 y el 25% de los jóvenes adultos en Europa declara no querer tener hijos a causa de la situación actual del planeta[7]. La crisis climática que se agrava, así como la crisis del sistema democrático y el ascenso de los negacionistas del calentamiento global, generan un clima de ansiedad que debilita la idea de un compromiso a largo plazo, en el que dar la vida es percibido como un elemento fundamental de la alegría y la felicidad. Sin embargo, esto constituye el corazón de la visión cristiana y evangélica: es dando generosamente nuestro tiempo y nuestros recursos, es entregándonos libremente a los demás que encontramos la alegría. Esta visión es cada vez menos compartida.
Todos estos factores debilitan la capacidad de comprometerse en el matrimonio. Sin embargo, como nos indicaba el papa Francisco, «en la familia se realizan gran parte de los sueños de Dios sobre la comunidad humana. Por ello no podemos resignarnos a su declive a causa de la incertidumbre, del individualismo y del consumismo, que plantean un futuro de individuos que piensan en sí mismos»[8].
¿Cuáles son entonces los motivos de esperanza? ¿Y cuáles son las orientaciones pastorales que ya contienen en sí mismas un futuro y que podrían desarrollarse? Quisiéramos proponer ahora algunas intuiciones y presentar algunas nuevas iniciativas pastorales.
Redescubrir el significado evangélico de la unión conyugal
Tenemos una oportunidad histórica para volver al modelo conyugal evangélico. Durante siglos la unión conyugal estuvo determinada por costumbres culturales ancestrales, dentro de un modelo patriarcal extremadamente poderoso y antiguo, ya se tratara de costumbres latinas, germánicas o semíticas. Pues bien, el modelo evangélico representó una revolución. Cuando Pablo declaró: «La esposa no dispone de su propio cuerpo, sino el marido; lo mismo el marido, no dispone de su propio cuerpo, sino su mujer» (1 Cor 7,4), estableció un principio de igualdad y reciprocidad que, a lo largo de la historia, a menudo no se ha logrado vivir plenamente. O cuando uno de sus discípulos introdujo así su exhortación a los esposos: «Sean dóciles unos con otros por consideración a Cristo» (Ef 5,21). ¡Unos con otros! Sin embargo, los cristianos, en general, se alinearon con el modelo patriarcal, en el que la mujer era considerada un ser inferior, destinado a la obediencia.
En el último milenio, a pesar de la lucha de la Iglesia por la libertad y por el sacramento, los matrimonios en Occidente a menudo eran concertados por intereses materiales, tanto entre los nobles como entre los campesinos. Era el «matrimonio social burgués» el que hacía que muchas parejas permanecieran juntas aun sin vivir en absoluto el ideal evangélico. Afortunadamente, esa época ha terminado. La cuestión de la violencia doméstica en el mundo católico sigue siendo todavía un gran tabú, aunque la enseñanza de la Iglesia sea clara. ¡Cuántas mujeres, todavía hoy, se niegan a considerar la separación de un marido violento, en parte porque piensan que la Iglesia lo prohíbe, cuando en realidad no es así en absoluto!
El nivel de las expectativas sociales respecto a la vida en pareja ha aumentado y, en el fondo, es algo positivo: ya no se puede uno contentar con algunos criterios mínimos («No levanta la mano, no engaña y no bebe»). Debemos vivir el intercambio gratuito, la comunicación, considerar al otro como un don, no ser celosos del cónyuge, encontrar espacios de respiro y de comunión. El desafío es inmenso, pero hermoso. Casarse se ha convertido en una elección verdaderamente libre, a la que nadie está obligado. Y esto es precisamente lo que quería Jesús. Un teólogo afirmaba que «al hacer del celibato por el Reino una elección legítima, Cristo convirtió el matrimonio en una vocación»[9]. Nadie está obligado a casarse, y el matrimonio solo es legítimo como elección de esta forma de vida para cumplir el propio compromiso bautismal de amar como Cristo. Naturalmente, no hay que tener expectativas excesivas.
El teólogo moralista Xavier Lacroix solía decir, con humor pero también con profundidad teológica, que no hay que esperar del propio cónyuge aquello que solo Dios puede dar. Es necesario evitar el exceso de idealización. Por otra parte, si el matrimonio es realmente un camino de santidad, entonces debe tender hacia lo mejor y hacia lo más evangélico. Debemos tanto evitar un discurso demasiado idealizado sobre el matrimonio —a veces fácil en la Iglesia (y las expectativas de algunos jóvenes católicos devotos son excesivas)— como subrayar la belleza y la dificultad del desafío conyugal: precisamente porque no es fácil, el matrimonio puede ser un verdadero camino de santidad.
APOYA A LACIVILTACATTOLICA.ES
La pareja como lugar de evangelización
Debido a la crisis moral, espiritual, ecológica y antropológica de nuestro tiempo, las parejas cristianas pueden más que nunca convertirse en una luz y una brújula para nuestros contemporáneos. Para favorecer esto, la Iglesia puede ciertamente estar aún más presente a nivel pastoral en las familias. ¿Cómo hacer que los católicos estén mejor preparados para poder tomar la decisión de comprometerse en el matrimonio y tener hijos? ¿Y cómo lograr que reciban herramientas para perseverar en su compromiso? Es una cuestión importante, que debería movilizar nuestros mejores recursos intelectuales y espirituales. Hay espacio para iniciativas pastorales creativas y originales.
En primer lugar, se trata de favorecer todo lo que promueva la autonomía afectiva y la apertura a los demás: el movimiento scout y todos los movimientos juveniles en general son muy importantes y representan uno de los pocos lugares donde los jóvenes socializan y crecen en la fe, sostenidos por adultos comprometidos. Algunas parroquias están recreando los oratorios, y esto debería ser una prioridad: sacar a chicos hiperprotegidos, obsesionados con las pantallas —que en realidad los aíslan y los deprimen— para ponerlos en contacto con los demás.
En segundo lugar, constatamos que la propuesta de la Iglesia en lo que respecta a la preparación al matrimonio es, en general, realmente válida, llevada adelante por laicos comprometidos que abordan temas importantes (la libertad, la esterilidad, el dinero, la coparentalidad, la discapacidad, el peso del trabajo, los hijos, el perdón, etc.). Pero el problema a menudo aparece después. ¿Cuántas parejas forman parte de grupos familiares parroquiales? ¿O de movimientos conyugales como los Équipes Notre-Dame o Amour et Vérité, presentes en toda Europa? Estos no protegen del divorcio ni del embrutecimiento causado por el exceso de trabajo[10], pero son una verdadera ayuda.
Existen retiros para parejas, pero son frecuentados solo por el 1% de las parejas católicas, y normalmente benefician a quienes ya están bien, ilustrando aquella máxima, espiritualmente lúcida pero terrible, de Jesús: «Porque a todo el que tiene, se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mt 25,29).
Lugares para ayudar a las parejas y a las familias
Existe una iniciativa nacida en Francia que consideramos que debería promoverse: las Maisons Familya, las «casas de la familia»[11]. Su lema es: «¿Y si dedicaran tiempo a ustedes mismos, a su pareja, a su familia?». Son lugares de acogida pluridimensionales que ofrecen servicios cualificados de orientación matrimonial, ayuda para niños y adolescentes, madres solteras, familias reconstituidas, etc. Cuando expresan en estos términos sus objetivos, nos parece que dicen lo que podrían decir todas las parroquias y diócesis: «[Las Maisons Familya] acogen y acompañan de manera incondicional a todas las personas —independientemente de su origen, de sus convicciones o de su situación familiar— que aspiran a construir y desarrollar relaciones de calidad y duraderas con su familia y con sus seres queridos». Su objetivo es favorecer una «sociedad en la que cada uno dedique tiempo a aprender a amar más a su cónyuge, a sus hijos, a las personas que lo rodean; donde, de manera espontánea, las parejas recurran a un apoyo profesional para superar sus dificultades; donde los padres se formen para ejercer plenamente su papel de primeros educadores de sus hijos; donde los jóvenes, los padres, las parejas, los solteros, frágiles en su vida afectiva, encuentren lugares capaces de acompañarlos y ayudarlos a progresar»[12].
El papa Francisco tenía razón al decir: «El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia»[13]. Sí, «nuestra tarea pastoral más importante respecto a las familias es fortalecer el amor y ayudar a sanar las heridas»[14].
También conviene mencionar los Accueils Louis y Zélie Martin, que acogen a todas las familias en diversos países (Francia, España, Bélgica, Suiza)[15]. Sus voluntarios, especialmente formados, ayudan a orientar a las familias hacia profesionales competentes. La idea es que, poco a poco, se vuelva natural el reflejo de poder encontrar en la Iglesia una ayuda generosa y competente para la propia pareja y la propia familia. Uno de los problemas, sin embargo, es que las parejas son reacias a consultar y a dejarse ayudar. Cuando lo hacen, a menudo es demasiado tarde (en promedio, dos años después del inicio de las dificultades): habría que crear un clima social y eclesial en el que sea normal y natural para una pareja pedir ayuda y reconocer sus propias vulnerabilidades. La palabra de los pastores —sacerdotes y obispos— debe alentar esto con fuerza y sencillez.
Propuestas innovadoras
Algunas diócesis y parroquias organizan «fiestas de la alianza» o de la familia, a veces con la renovación de las promesas matrimoniales y otras veces no. Quizá podríamos hacer más para subrayar nuestra estima por el matrimonio en la misma liturgia. Después de la exhortación apostólica Amoris laetitia, será importante desarrollar nuevas propuestas de misas votivas para el aniversario de matrimonio y para las parejas que esperan un hijo o atraviesan dificultades.
Del mismo modo, nuestras propuestas pastorales para las parejas ya casadas y para aquellas que viven dificultades específicas todavía deben aumentar, y muchos fieles están trabajando en ello. Se constata el éxito de las peregrinaciones de padres de familia, que permiten a los hombres hablar entre ellos[16]. Paralelamente, también los encuentros de madres de familia tienen un gran éxito.
Algunas parroquias aprovechan la fiesta de San Valentín para organizar cenas, no solo para los novios, sino también para las parejas casadas. Podrían imaginarse «jornadas de la familia» siguiendo el modelo de las «jornadas del perdón»: una jornada de conferencias, oraciones, actividades para niños, propuestas de acompañamiento con un consejero conyugal, el sacramento de la reconciliación, el diálogo con una pareja más experimentada, etc., todo ello en un contexto festivo y espiritual. De este modo, una fiesta consumista y vacía puede convertirse en el soporte de una propuesta pastoral significativa.
Stanley Hauerwas, teólogo estadounidense especialista en la pareja y la familia, que enseñó teología de la familia en la Universidad de Notre Dame (1970-1983), escribió esta frase: «Los cristianos no ponen su esperanza en sus hijos; más bien, sus hijos son el signo de su esperanza». Y continúa: «Esperanza de que, a pesar de los signos contrarios, Dios no ha abandonado este mundo. Es porque confiamos en Dios que tenemos suficiente confianza en nosotros mismos para llamar a la existencia nuevas vidas, aunque no podamos estar seguros de que nuestros hijos compartirán nuestra misión»[17].
El hijo es signo de nuestra fe en Dios, pero no es quien justifica nuestra vida. Se podría entonces adaptar esta frase a nuestra situación actual en Europa: «Los cristianos no ponen su esperanza en la familia; más bien, sus familias son el signo de su esperanza».
En conclusión, proponemos a los lectores ocho pautas para el futuro de la familia en la Iglesia:
- Los movimientos juveniles en general, los oratorios y todo lo que permita a los jóvenes crecer en autonomía, desarrollar sus capacidades relacionales y madurar en la fe personal deben ser una prioridad. Esto prepara mejor a los jóvenes para comprometerse en el matrimonio (o en la vida consagrada). Es sembrar para el futuro.
- La lucha contra la pornografía, junto con todas las personas de buena voluntad en la sociedad civil, debe ser una prioridad. Los daños que provoca en la vida conyugal son considerables. Es necesario hacer todo lo posible para proteger a los menores el mayor tiempo posible, organizando sesiones de formación y sensibilización sobre este tema. La batalla legal debe ir acompañada de una educación positiva sobre afectividad mucho más seria que la actual (en escuelas y parroquias).
- El servicio a la vida conyugal debe ser una prioridad pastoral central, que permita a las familias disponer de espacios dedicados a la escucha y la acogida, basados en la competencia de profesionales y respaldados por las parroquias. La Iglesia debe manifestar el deseo de ayudar a las parejas y a las familias, dedicándoles tiempo, dinero, sacerdotes y laicos comprometidos, no solo con palabras.
- La formación de los sacerdotes sobre cuestiones de pastoral counseling debe reforzarse considerablemente. La formación en los seminarios sigue siendo con demasiada frecuencia teórica o pospuesta a las prácticas, y no deja suficiente espacio para el acompañamiento de parejas y familias. La formación debe ser profesional, seria y permanente. Los sacerdotes deben ser capacitados para escuchar atentamente y ser capaces de orientar hacia parejas formadas y profesionales competentes.
- El inevitable aumento de los problemas de infertilidad y esterilidad obliga a tomar este tema aún más en serio y a ofrecer espacios de diálogo y apoyo a las parejas afectadas, preferiblemente en grupo y con el acompañamiento de profesionales. A veces, los entornos católicos son tan vitalistas que su propia fe termina sumando sufrimiento a sufrimiento.
- Los medios de comunicación modernos deben utilizarse de manera creativa e inteligente, por ejemplo mediante breves podcasts realizados por grupos (como el podcast «Cuiden de su pareja», del camino de las Équipes Notre Dame).
- Sería conveniente que algunas fiestas litúrgicas destacaran la santidad conyugal. Respecto a los tiempos antiguos, sería bueno que las parejas apostólicas Aquila y Priscila, Andrónico y Junia fueran revalorizadas mediante una fiesta litúrgica que celebre a las parejas comprometidas en la misión evangelizadora de la Iglesia. Otra opción podría ser la de los esposos Louis y Zélie Martin, celebrados el 18 de julio. Son muy conocidos y su camino de vida conyugal es una verdadera fuente de esperanza. En un mensaje publicado el 18 de octubre de 2025, con motivo del décimo aniversario de su canonización, el papa León XIV expresaba su deseo de que fuera «una ocasión para dar a conocer mejor la vida y los méritos de estos esposos y padres extraordinarios, para que las familias, tan queridas al corazón de Dios pero a veces también frágiles y probadas, puedan encontrar en ellos, en toda circunstancia, el apoyo y las gracias necesarias para continuar su camino»[18]. Además, sería oportuno que la celebración de la Misa mostrara con mayor claridad la importancia de los cristianos casados en la vida de la Iglesia[19].
- Por último, hay que recordar, por un lado, que las heridas causadas por el pecado original estarán presentes hasta el fin de los tiempos, y por otro, que la sociedad moderna es muy corrosiva para las parejas, porque el sistema de valores promovido por los medios y la atmósfera cultural general están en las antípodas de los valores evangélicos, y porque los individuos son más frágiles, menos estructurados y más ansiosos. En este contexto, la figura de la Samaritana resulta muy fecunda y podría inspirar las propuestas pastorales para las numerosas «heridas del matrimonio»: la Iglesia es ese «hospital de campaña» que, con corazón materno, acoge a todos los bautizados.
Copyright © La Civiltà Cattolica 2026
Reproducción reservada


