Mundo

«Cese el estruendo de las bombas»

Las recientes acciones militares de los Estados Unidos de América y de Israel contra Irán y la consiguiente espiral de violencia que ha involucrado a otros países de la región nos recuerdan que la guerra sigue siendo en nuestro mundo una realidad brutal e inquietante. Por otra parte, la búsqueda de la paz y de la justicia mediante el multilateralismo y la diplomacia —con especial atención a los más pobres y vulnerables— aparece no solo como una tarea ardua, sino, con demasiada frecuencia, ni siquiera realmente perseguida.

En un escenario caracterizado por múltiples violaciones del derecho internacional y por la impotencia de las organizaciones multilaterales, nos importa reafirmar de manera inequívoca que «todo ciudadano y todo gobernante está obligado a empeñarse en evitar las guerras» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2308). Esto parece quizá más evidente y necesario hoy que en otras épocas, en un tiempo en el que se renueva la conciencia de la naturaleza, la importancia y la fuerza de la paz. Esta no es la mera ausencia de la guerra, sino que está «fundada en la justicia», como recordó el papa León XIV al término del Ángelus del 1 de marzo de 2026, añadiendo luego, en el Ángelus de la semana siguiente, el llamamiento a que «cese el estruendo de las bombas». Con la prolongación de la guerra, el Pontífice ha repetido en diversas ocasiones llamamientos similares. Se ha referido a «la atroz violencia de la guerra» (Ángelus del 15 de marzo), calificada como «un escándalo para toda la familia humana» (Ángelus del 22 de marzo) y, con la cercanía de la Pascua, ha recordado la difícil situación de los cristianos en Oriente Medio, cuya prueba «interpela la conciencia de todos» (Ángelus del 29 de marzo). Resuenan, finalmente, con lúcida claridad, las palabras pronunciadas en la homilía de la celebración del Domingo de Ramos: «¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!».

Cuando el Papa y tantos otros piden el fin de la guerra, quieren poner término a la violencia y a la pérdida de vidas inocentes, preocupados por el inmenso costo humano del conflicto. Al mismo tiempo, llaman la atención sobre una visión de paz y de justicia basada en la dignidad del ser humano, que encuentra su fundamento último en la creación a imagen de Dios. En este sentido, todas las guerras hieren la dignidad de la persona humana, puesto que, como recordaba san Juan Pablo II, «la guerra es siempre una derrota de la humanidad» (Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 13 de enero de 2003). Resuenan también proféticas y sumamente oportunas las palabras del mismo Pontífice en la encíclica Sollicitudo rei socialis, cuando, en referencia a los conflictos de todo tipo, a las divisiones, pero también a la «radical interdependencia», quiso reafirmar: «Hoy quizás más que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino común que construir juntos, si se quiere evitar la catástrofe para todos» (n. 26).

Inscríbete a la newsletter

Cada viernes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu correo electrónico.

Las afirmaciones de la Iglesia católica no proceden de un ingenuo utopismo, sino de una visión de la dignidad humana que puede ser compartida por las personas de buena voluntad. Tal visión conduce al reconocimiento de que la lógica de la violencia es, en última instancia, autodestructiva. No se olvide, por otra parte, que una justicia auténtica, iluminada por la caridad y la razón, exige que, incluso en el contexto de una guerra en curso, sigan siendo principios rectores la búsqueda de la paz y la reconciliación y la protección de la dignidad humana. Además, no se trata solo de poner fin a la guerra encontrando soluciones pacíficas y justas a las divergencias, sino también de preparar condiciones que hagan menos probables en el futuro conflictos de este tipo; es decir, la construcción de una «paz justa».

La guerra que en estos días mantiene al mundo en vilo debe ser motivo de seria preocupación para toda la familia humana. Y la propia comunidad internacional tiene una responsabilidad particular en garantizar que el pueblo iraní no sea abandonado a la violencia y al caos. Se trata de una perspectiva ardua, ya que, como recordaba el papa Francisco al término de la audiencia del 24 de agosto de 2022, «los inocentes pagan la guerra, los inocentes». Estados Unidos, Israel y sus aliados pueden afirmar que sus acciones son «quirúrgicas», pero con toda probabilidad tendrán como resultado, como afirmó el cardenal Pietro Parolin, «el horror de la guerra, que rompe brutalmente vidas humanas, produce destrucción y arrastra a naciones enteras a espirales de violencia de desenlace incierto» (Entrevista a los medios vaticanos, 4 de marzo de 2026).

El conflicto actual llama la atención sobre la urgencia de poner fin a la guerra misma. Cuando, tras el Ángelus del 1 de marzo, el papa León XIV invocó un «diálogo razonable, auténtico y responsable», era plenamente consciente de la dificultad de resolver pacíficamente los conflictos geopolíticos. En efecto, incluso las personas de buena voluntad pueden sentirse tentadas por el desaliento ante la impotencia y la inadecuación de las instituciones y prácticas multilaterales hoy disponibles para afrontar los desafíos de nuestro tiempo. Como observó el Pontífice en su discurso del pasado 9 de enero al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, «la debilidad del multilateralismo es motivo de especial preocupación a nivel internacional».

En la misma línea, el presidente italiano Sergio Mattarella ha denunciado claramente, en una intervención reciente, «la pretensión de derribar los compromisos asumidos después de la Segunda Guerra Mundial para dar orden a las relaciones internacionales sobre la base de la igualdad entre los Estados». Tal pretensión tiene como consecuencia querer «actuar al margen de las reglas de los Estados y de los organismos supranacionales, erosionando la soberanía de los primeros y el creciente papel positivo de los segundos» (Lectio magistralis, Escuela de Ciencias Políticas «Cesare Alfieri», Florencia, 10 de marzo de 2026).

La debilidad del multilateralismo no puede superarse de la noche a la mañana, ni el esfuerzo por construirlo conquistará fácilmente el apoyo de las grandes potencias. Sin embargo, la paz es un bien demasiado precioso como para renunciar siquiera a la más tenue posibilidad de alcanzarla, porque demasiado preciosa es la propia vida humana y, en el caso presente, el bien del pueblo iraní y de los pueblos de la región.

Comments are closed.