El primer día de la semana, muy de mañana, cuando aún estaba oscuro, ¿María Magdalena fue al sepulcro y vio que habían quitado la piedra de la entrada. Entonces fue corriendo a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo: «¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes que él. Asomándose al sepulcro, vio los lienzos en el suelo, pero no entró. Llegó después Simón Pedro, que lo seguía, entró al sepulcro y vio los lienzos en el suelo. El sudario, en cambio, que había cubierto la cabeza de Jesús no estaba en el suelo con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó. Todavía no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,1-9).
La liturgia de Pascua se abre con el Salmo 138: «He resucitado, estoy siempre contigo; has puesto sobre mí tu mano. ¡Aleluya!». ¿Serán estas las palabras que Jesús resucitado dirige al Padre que lo acoge en la gloria? Nos gusta imaginarlo, pero todo está envuelto en el misterio. La Resurrección de Jesús es el misterio más grande de nuestra fe. Nos encontramos ante un acontecimiento del que no se puede dar ningún testimonio: nadie está presente, nadie ha visto; solo se puede abrir uno a la fe y a la oración.
Sin embargo, tenemos los testigos de las apariciones de Jesús resucitado, ocurridas precisamente la mañana del día de Pascua. El primer testigo es una mujer, María de Magdalena. Va al sepulcro oprimida por el dolor. El final dramático de su maestro no le hace olvidar, sin embargo, la deuda de amor hacia él, y quiere prestar al cuerpo de Jesús los cuidados que la proximidad del sábado había impedido. Al llegar a la tumba, sorpresa y desconcierto: la piedra ha sido removida y el sepulcro está vacío. Conmovida, da a los apóstoles la noticia que añade tragedia a tragedia: «¡Se han llevado al Señor!». La resurrección de Jesús es, en efecto, absolutamente inesperada; en la cruz todo había terminado.
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Sin demora, Pedro y Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, corren al sepulcro. Llega primero el joven, pero espera al otro. Pedro entra y ve las vendas: están colocadas en orden, el sudario está enrollado aparte. La escena es realmente extraña: si hubiera intervenido la mano de los ladrones, no habría quedado nada; se habrían llevado el cuerpo con todas las vendas. Y, en cambio, ese orden paradójico… Entra el otro discípulo, que ve y tiene una iluminación: el cuerpo de Jesús no ha sido robado. Él «vio y creyó».
Por sí mismo, el sepulcro vacío no dice nada para la fe, pues la fe en el Resucitado no nace del sepulcro vacío. Y, sin embargo, allí hay un signo que pone en el camino por el que el Señor da testimonio de sí mismo: el orden, el buen orden, está en el modo de actuar de Jesús, está en su estilo (cf. el episodio de los panes en Mc 6,30-44; Mt 15,32-39). He aquí un signo del maestro. Ha sucedido algo que se ha realizado en un misterio de modestia y de humildad.
El evangelista, sin embargo, observa: «Todavía no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos». La resurrección de Jesús no fue comprendida a partir de la Escritura, sino que fue ella misma la que iluminó la Palabra de Dios, la vida y la obra de Jesús. Es la resurrección la que da sentido a la pasión y a la muerte del Señor, un camino aceptado por amor a lo largo de toda una vida entregada sin reservas a revelar a los hombres el rostro amoroso del Padre. Sin este acontecimiento luminoso, la pasión habría sido solo una tragedia, una terrible derrota, un fracaso mortal, la negación de todo lo que Jesús había hecho y dicho.
Así podemos comprender las palabras que la liturgia de Pascua atribuye a María Magdalena. Son una invitación a dar testimonio al mundo del Señor resucitado: «He visto el sepulcro de Cristo viviente; la gloria de Cristo resucitado. He visto a los ángeles, sus testigos, el sudario y las vestiduras. Cristo, mi esperanza, ha resucitado». Que el Espíritu nos ayude, aun en nuestros límites y en nuestra pobreza, a dejar traslucir en el curso de la vida algo del rostro del Señor.
Papa León: «Cristo, rey de la paz, no se armó, no se defendió, no combatió ninguna guerra. Manifestó el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia» y se dejó crucificar «para abrazar todas las cruces plantadas en todo tiempo y lugar en la historia de la humanidad».


