SOCIOLOGÍA

Josué, un libro controvertido

El libro de Josué, que en la lista de los textos bíblicos está situado inmediatamente después de la Torá[1], ocupa desde el punto de vista narrativo una posición estratégica en el macrorrelato, porque representa un punto de inflexión para el pueblo de Israel, que finalmente entra en la tierra prometida después del largo camino desde Egipto hasta Canaán, a través de Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

El libro de Josué, por otra parte, se presta fácilmente a ser malinterpretado, porque narra la conquista y la ocupación de una tierra ya habitada por otros pueblos mediante campañas militares justificadas por la palabra de Dios[2]. En el actual contexto geopolítico de Oriente Medio, una lectura religiosa fundamentalista de este libro corre el riesgo de exacerbar los ánimos y fomentar los conflictos, alimentando las tensiones precisamente a través de la instrumentalización de la palabra divina. Por ello, la narración de la conquista de Canaán podría funcionar como modelo para justificar teológicamente la soberanía sobre una tierra asignada por deliberación divina. Por otra parte, el temor a tales interpretaciones extremas no debe desalentar el intento de comprender este libro de manera correcta, interpretándolo a la luz del contexto en el que fue escrito y en diálogo con las ciencias hermenéuticas, para que el lector y el creyente puedan acceder a una comprensión más plena. ¿Cómo interpretar, entonces, este libro cuyo sentido puede ser fácilmente distorsionado?

Quién es Josué

Generalmente, Josué es considerado un caudillo militar, porque es quien guía al pueblo en una guerra de conquista, pero esta imagen no es del todo correcta y podría resultar engañosa. El libro se abre con un relevo generacional de Moisés a Josué, a quien Dios se dirige directamente. Es Dios mismo, de hecho, quien transmite a Josué, servidor de Moisés, la orden de cruzar el Jordán junto con todo el pueblo. A Josué se le asegura el mismo favor concedido a Moisés, para que tenga éxito en la tarea que se le encomienda. Por tanto, se caracteriza sobre todo como aquel que obedece la palabra del libro de la Torá, que Dios ha entregado a Moisés. El comandante está llamado, ante todo, a vivir según la ley del Señor. Esta es la tarea esencial que se le confía a Josué desde el principio. Así, para conducir al pueblo sano y salvo a la tierra prometida, Josué deberá poner en práctica la palabra de Dios. Por ello, representa al líder que, tras la muerte de Moisés, abre el camino a Israel para recibir como don aquella tierra donde el pueblo judío pueda vivir.

Inscríbete a la newsletter

Cada viernes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu correo electrónico.

La «Torá», ante todo

El primer capítulo del libro de Josué ofrece al lector las claves para interpretar el sentido de un libro que habla de batallas y conquistas, pero lo hace con modos y perspectivas muy diferentes respecto de las descripciones realistas y crudas de los relatos de los anales asirios y de las formulaciones celebrativas y enfáticas de los textos egipcios[3].

En efecto, es precisamente la insistencia en el don de la tierra lo que atraviesa el primer capítulo y todo el libro[4], y está presente tanto en el discurso que el Señor dirige a Josué como en las palabras que este dirige posteriormente a los oficiales del pueblo y a las tribus de Rubén, de Gad y a la mitad de la tribu de Manasés. Así le dice el Señor: «“Mi servidor Moisés ha muerto. Ahora levántate y cruza el Jordán con todo este pueblo, para ir hacia la tierra que yo daré a los israelitas. Yo les entrego todos los lugares donde ustedes pondrán la planta de sus pies, como se lo prometí a Moisés. El territorio de ustedes se extenderá desde el desierto y desde el Líbano hasta el Gran Río, el río Eufrates, y hasta el Gran Mar, al occidente. Mientras vivas, nadie resistirá delante de ti; yo estaré contigo como estuve con Moisés: no te dejaré ni te abandonaré» (Jos 1,2-5).

La tarea de Josué no es la de combatir, sino la de atravesar el Jordán y entrar en la tierra junto con todo el pueblo de Israel. El verbo «cruzar» aparece 20 veces en todo el libro e indica tanto el cruce del Jordán, que constituye el límite geográfico de la tierra de Canaán, como el avance de Israel en la tierra que Dios le ha dado, tal como había prometido (cf. Dt 11,24-25). Posteriormente, el texto menciona los límites del territorio asignado a Israel: una tierra que se extiende mucho más allá de Canaán, ampliándose hacia otras regiones de Oriente Próximo. En la Biblia encontramos diversas menciones de los límites de la tierra que presentan el territorio utópico de Israel «desde el río de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates» (Gn 15,18), «desde el Mar Rojo hasta el mar de los filisteos y desde el desierto hasta el Río» (Ex 23,31), «desde el desierto hasta el Líbano, desde el río, el río Éufrates, hasta el mar occidental» (Dt 11,24), «desde los alrededores de Jamat hasta el torrente de Egipto» (1 Re 8,65) o, más genéricamente, «de mar a mar» (Mi 7,12), «de mar a mar, desde el río hasta los confines de la tierra» (Sal 72,8; cf. Zac 9,10)[5]. Estos textos deben leerse no tanto desde un punto de vista militar, como ocupación de un territorio, sino desde una perspectiva teológica, es decir, para indicar la sobreabundancia de la promesa de Dios, que ofrece a su pueblo un territorio amplio y seguro donde vivir en prosperidad practicando la Torá.

La última parte del discurso divino es una promesa de fidelidad por parte del Señor, que acompañará a Josué como lo hizo con Moisés (cf. Ex 3,12) y con el pueblo (cf. Ex 13,21-22; 33,14; Lv 26,12; Nm 14,9; 23,21; Dt 1,30; 20,1; 20,4; 31,3; 31,6). Expresiones similares ya habían sido dirigidas a Josué por Moisés en el libro del Deuteronomio: «El Señor irá delante de ti, él estará contigo y no te abandonará ni te dejará desamparado. No temas ni te acobardes» (Dt 31,8). Esta vez, sin embargo, es Dios mismo quien habla y confirma la palabra ya pronunciada por Moisés.

¿Cuáles deberán ser las cualidades del caudillo que guía al pueblo de Israel? También en este caso la palabra divina sorprende: «Basta que seas fuerte y valiente, para obrar en todo según la Ley que te dio Moisés, mi servidor. No te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, y así tendrás éxito en todas tus empresas. Que el libro de esta Ley nunca se aparte de ti: medítalo día y noche, para obrar fielmente en todo conforme a lo que está escrito en él. Así harás prosperar tus empresas y tendrás éxito» (Jos 1,7-8).

La fuerza y el valor de Josué no residen en la agudeza estratégica ni en las hazañas militares que realizará para conquistar la tierra de Canaán, sino en el compromiso de observar toda la Torá transmitida por Moisés. La Torá, en efecto, es esencial y central tanto para el pueblo como para quien lo guía, como atestigua Dt 17,18-19: «Cuando tome posesión del trono real, hará escribir en un libro, para su uso personal, una copia de esta Ley, conforme al texto que conservan los sacerdotes levitas. La tendrá a su lado y la leerá todos los días de su vida». Por tanto, lo que Josué debe hacer es lo indicado por Moisés, que escribe la Torá y la entrega a los levitas para que sea leída y observada (cf. Dt 31,9-13)[6].

Josué, el caudillo, está llamado a meditar siempre la Torá con el fin de vivirla y ponerla en práctica. La expresión «No se aparte de tu boca» (cf. también Is 59,21; Ex 13,9; Dt 30,14) indica el deseo de que la Torá no se aleje de Josué, para que sea leída y meditada por él, y así las palabras del líder estén en conformidad con las palabras del libro de la ley. Vivir y practicar la Torá es la única tarea en la que Josué deberá manifestar fuerza y valor, determinación y sabiduría, para tener éxito en la misión que se le ha confiado de conducir a Israel a la tierra de Canaán. El centro lo constituye la Torá y no la conquista de la tierra. También en este caso, las palabras divinas evocan lo que Moisés ya había dicho a Josué: «Sé fuerte y valiente. Tú irás con este pueblo hasta la tierra que el Señor les dará porque así lo juró a sus padres, y tú los pondrás en posesión de ella» (Dt 31,7).

La obediencia a la Torá representa una tarea para el líder, pero también para todo el pueblo. Después de la entrada en la tierra y de la derrota de Ai, Josué escribe una copia de la ley y la lee públicamente en su totalidad delante de todo Israel, según lo ordenado por Moisés (cf. Dt 27): «Entonces Josué erigió un altar al Señor, el Dios de Israel, en el monte Ebal, como Moisés, el servidor del Señor, lo había ordenado a los israelitas y como está escrito en el libro de la Ley de Moisés. Era un altar de piedras intactas, que no habían sido tocadas por el hierro. Sobre él ofrecieron holocaustos al Señor e inmolaron sacrificios de comunión. Josué escribió allí mismo, sobre las piedras, una copia de la Ley que Moisés había escrito en presencia de los israelitas. […] Después de eso, Josué leyó cada una de las palabras de la Ley, la bendición y la maldición, exactamente como está escrito en el libro de la Ley» (Jos 8,30-32.34).

Posteriormente, cuando ya se ha repartido la tierra entre las tribus de Israel, Josué recuerda el valor de la Torá dirigiéndose a Rubén, a Gad y a la mitad de la tribu de Manasés, cuyos territorios se encuentran al oriente del Jordán: «Pongan mucho cuidado en practicar los mandamientos y la Torá que les prescribió Moisés, el servidor del Señor, a saber: amar al Señor, su Dios, y seguir todos sus caminos; observar sus mandamientos, mantenerse fieles a él, y servirlo con todo el corazón y con toda el alma» (Jos 22,5).

Finalmente, al término del libro, un Josué ya anciano y cercano a la despedida se dirige a todo Israel: «Sean cada vez más constantes en observar y en cumplir todo lo que está escrito en el libro de la Torá de Moisés, sin desviarse de él ni a la derecha ni a la izquierda» (Jos 23,6). Estas palabras parafrasean lo que el Señor había comunicado a Josué al comienzo del libro. Mientras para el caudillo de Israel se acerca la muerte, se transmite a todo el pueblo la tarea de ser fuertes en la observancia de las prescripciones de la Torá. Por tanto, la observancia de la ley no concierne solo al comandante en jefe, sino que es una responsabilidad de todo Israel, si quiere vivir en la tierra que el Señor le ha dado. Al final del libro, Josué ya no será definido como siervo de Moisés, sino que será presentado como «siervo del Señor», siendo de hecho comparado con el mismo Moisés (cf. Jos 24,29).

La ley del exterminio

Quien lee el libro de Josué se encuentra con un desafío interpretativo adicional, constituido por la práctica del ḥērem («exterminio»), mencionada varias veces en el texto bíblico[7]. El libro del Deuteronomio contiene la prescripción de exterminar a los pueblos cananeos, para que Israel no imite su idolatría ni peque contra el Señor (cf. Dt 7,1-5; 20,16-18): «Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra de la que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones más numerosas y fuertes que tú: a los hititas, los guirgasitas, los amorreos, los cananeos, los perizitas, los jivitas y los jebuseos. El Señor, tu Dios, los pondrá en tus manos, y tú los derrotarás. Entonces los consagrarás al exterminio total: no hagas con ellos ningún pacto, ni les tengas compasión. No establezcas vínculos de parentesco con ellos, permitiendo que tu hija se case con uno de sus hijos, o tomando una hija suya por esposa de tu hijo. De lo contrario, ella apartará de mí a tu hijo y lo hará servir a otros dioses. Entonces el Señor se irritará contra ustedes y en seguida los exterminará. Por eso, trátenlos de este modo: derriben sus altares, destruyan sus piedras conmemorativas, talen sus postes sagrados y prendan fuego a sus ídolos» (Dt 7,1-5).

Esta prescripción del Deuteronomio se lleva a cabo precisamente durante la conquista narrada en Josué. El verbo ḥāram puede traducirse como «proscribir, destinar al exterminio»[8], y prevé que el botín de guerra y las personas capturadas sean consagrados a Dios. Por este motivo, el pueblo no puede apropiarse de ellos, sino que debe ofrecerlo todo en sacrificio al Señor, destruyéndolo (cf. Lv 27,28). La práctica del ḥērem también está atestiguada en otros lugares del antiguo Oriente Próximo. Un importante testimonio extrabíblico se encuentra en la Estela de Mesha, que relata cómo Mesha, rey de Moab, con el apoyo del dios Quemosh, consagró al exterminio a todos los habitantes de Nebo, una ciudad israelita al este del río Jordán[9].

¿De qué modo puede el creyente interpretar una prescripción divina que parece tan brutal? Este mandato provoca cierto desconcierto en el lector contemporáneo, que puede asimilar tal práctica a un verdadero genocidio. Desde el punto de vista teológico, mediante estas prescripciones se quiere afirmar la separación del pueblo de Israel respecto de otros pueblos que podrían contaminarlo con sus prácticas idolátricas y apartarlo del Señor (cf. Dt 20,16-18). Por tanto, este mandato representa una invitación dirigida a Israel a mantenerse fiel al Señor, aun a costa de separarse radicalmente de los pueblos que encontrará en la tierra de Canaán. Así, en una fase fundacional en la que el pueblo debe consolidar su fe, se hace necesaria esta separación, que se lleva a cabo mediante la destrucción de todo lo que es extranjero[10]. Por ello, a través de estos textos se pretende fomentar una radicalidad en la vida del creyente, que debe separarse de todo para servir únicamente al Señor.

La interpretación rabínica muestra que el ḥērem estaba vinculado únicamente a las guerras obligatorias contra los pueblos bíblicos y que, en la actualidad, ya no sería practicable, porque han cambiado las condiciones históricas y los pueblos cananeos ya no son identificables. Además, el libro de Josué, aunque habla de esta práctica que parecería aplicarse de manera absoluta a todos los extranjeros, presenta también importantes excepciones. Y el hecho de que no todos los pueblos de Canaán hayan sido exterminados se confirma también en el libro siguiente, el de los Jueces, que describe una tierra de Canaán todavía habitada por cananeos.

Una prostituta cananea y un respetable israelita

Sorprendentemente, la primera profesión de fe en el Señor en el libro de Josué se encuentra en labios de una mujer extranjera, la prostituta Rajab, que se dirige así a los exploradores enviados por Josué[11]: «Yo sé que el Señor les ha entregado este país, porque el terror que ustedes inspiran se ha apoderado de nosotros, y todos los habitantes han quedado espantados a la vista de ustedes. Nosotros hemos oído cómo el Señor secó las aguas del Mar Rojo cuando ustedes salían de Egipto, y cómo ustedes trataron a Sijón y a Og, los dos reyes amorreos que estaban al otro lado del Jordán y que ustedes condenaron al exterminio. Al enterarnos de eso, nuestro corazón desfalleció, y ya no hay nadie que tenga ánimo para oponerles resistencia, porque el Señor, su Dios, es Dios allá arriba, en el cielo, y aquí abajo, en la tierra» (Jos 2,9-11).

Es sorprendente el hecho de que una mujer extranjera conazca paso a paso la historia del pueblo de Israel desde Egipto, a través del desierto, hasta la tierra de Canaán: una historia con un fuerte contenido teológico, en la que el protagonista es el Señor, Dios del cielo y de la tierra, es decir, de todo y de todos. Rajab menciona además el terror que se ha difundido entre todos los habitantes de Canaán y que ya había sido anunciado en el libro del Éxodo, en el Canto del mar (cf. Ex 15,15-16)[12].

Dona

APOYA A LACIVILTACATTOLICA.ES

Queremos garantizar información de calidad incluso online. Con tu contribución podremos mantener el sitio de La Civiltà Cattolica libre y accesible para todos.

Rajab, aun siendo cananea, pone a salvo a los exploradores enviados por Josué y es salvada, junto con su familia, del exterminio que golpea a Jericó: «Josué dejó con vida a Rajab, la prostituta, a su familia y a todo lo que le pertenecía, y ella habitó en medio de Israel hasta el día de hoy, por haber ocultado a los emisarios que Josué había enviado para explorar Jericó» (Jos 6,25).

Además, la misma caída de las murallas de la ciudad de Jericó es descrita por el texto bíblico no de manera violenta, sino como una acción litúrgica, un rito que se realiza mediante la marcha del pueblo de Israel alrededor de las murallas de la ciudad, en una procesión que se lleva a cabo una vez al día durante seis días y luego siete veces el séptimo día, con los sacerdotes tocando las trompetas y el arca de la alianza delante de todos. No sin cierto matiz de ironía, la prostituta extranjera es salvada del exterminio y pasa a formar parte del pueblo de Israel, mientras que en el capítulo siguiente será Acán, un israelita de linaje impecable, presentado solemnemente mediante la lista de sus antepasados y perteneciente a una tribu importante como la de Judá, quien cause los primeros problemas para Israel en la tierra de Canaán: «Pero los israelitas cometieron una infidelidad con las cosas que debían ser consagradas al exterminio. En efecto, Acán –hijo de Carmí, hijo de Zabdí, hijo de Zéraj, de la tribu de Judá– se reservó algunas de esas cosas, y la ira del Señor se encendió contra los israelitas» (Jos 7,1).

Acán viola el interdicto, apropiándose de lo que había sido consagrado a Dios, y esto tiene como consecuencia la primera dura derrota de Israel después del paso del río Jordán. Por ello, el Señor instruye a Josué para que se realice un sorteo a fin de identificar al culpable (cf. Jos 7,14). Descubierto en su falta, Acán se expresa de manera dramática: «Es verdad, he pecado contra el Señor, el Dios de Israel. Esto es lo que hice: Yo vi entre el botín un hermoso manto de Senaar, doscientos siclos de plata y un lingote de oro que pesa cincuenta siclos; me gustaron y los guardé. Ahora están escondidos en la tierra, en medio de mi carpa, y la plata está debajo» (Jos 7,20-21).

Acán confiesa haber sido atraído por la belleza y el valor del botín, y por eso decidió apoderarse de él y ocultarlo. Por ello es lapidado por el pueblo, y la muerte del culpable, un israelita, restablece el orden quebrantado por el pecado y permite a Israel reanudar la marcha hacia la tierra de Canaán. El relato tiene un desenlace sangriento y, aunque se mueve dentro de los cánones de los relatos violentos de la literatura del antiguo Oriente Próximo, modifica sus rasgos fundamentales, porque quien es destruido no es el extranjero malvado, sino el israelita infiel que ha violado el mandato divino. En efecto, la peor suerte no recae sobre la mujer cananea, que cree en el Señor, sino sobre el israelita que desobedece la palabra divina, rompe la alianza con el Señor y actúa siguiendo sus propios deseos y su avidez.

Los dos personajes se presentan como en un díptico narrativo: Rajab por un lado, Acán por otro. Según este esquema, el lector creyente israelita es invitado a imitar la fe de la prostituta extranjera y a no seguir el ejemplo representado por su compatriota infiel. En definitiva, y de manera sorprendente, el relato muestra que la salvación no depende de la sangre ni de los linajes que atestiguan la pertenencia a Israel, sino que consiste en creer sinceramente en el Señor y en obrar según su palabra.

Sin embargo, Rajab, la prostituta extranjera, no es la única excepción en el libro de Josué; también Gabaón, mediante una astucia[13], logra ser perdonada por los israelitas y se une a ellos estableciendo una alianza: «Los habitantes de Gabaón se enteraron de lo que había hecho Josué con Jericó y con Ai, y entonces decidieron recurrir a la astucia. Reunieron provisiones para el viaje, tomaron alforjas viejas para sus asnos y unos odres viejos, rotos y vueltos a coser; se calzaron sandalias viejas y remendadas, y se vistieron con ropa gastada. Todo el pan que llevaban como alimento estaba reseco y reducido a migajas. Así fueron hasta el campamento de Josué, en Guilgal, y le dijeron, a él y a los hombres de Israel: “Venimos de un país lejano; por eso, hagan una alianza con nosotros”» (Jos 9,3-6).

Los gabaonitas, con gran ingenio, abandonan sus ciudades y se disfrazan de nómadas, con ropas y sandalias gastadas, para no aparecer ante Israel como habitantes de Canaán destinados al exterminio. Luego ofrecen a los israelitas sus provisiones deterioradas para simular su miseria y sellar un pacto que los vincule a Israel (cf. Jos 9,12-14). Precisamente por esto, cuando los israelitas descubren que los gabaonitas no son nómadas, sino habitantes de Canaán, ya no pueden hacer nada, porque han establecido con ellos una alianza y han hecho un juramento.

En este caso, la responsabilidad del error recae enteramente en los israelitas, porque el texto indica explícitamente que, al haber aceptado los dones de los gabaonitas, se vincularon imprudentemente con ellos sin haber consultado previamente al Señor (cf. Jos 9,14). Irónicamente, esta omisión, por un lado, resulta fatal para Israel, porque la palabra dada no puede ser retractada, pero por otro lado se convierte en un ancla de salvación para Gabaón.

Una tierra que es don de Dios

El llamado «relato de la conquista de la tierra de Canaán», si se lee a un nivel más profundo, resulta ser la narración del don de la tierra por parte de Dios. En efecto, el país de Canaán es asignado mediante sorteo (cf. Jos 14,2)[14], y del resultado del sorteo solo Dios es árbitro (cf. Pr 16,33). Por un lado, echar suertes es el único modo de no distribuir la tierra según preferencias arbitrarias; por otro, el sorteo garantiza que no prevalezca la lógica del más fuerte, enfrentando a las tribus entre sí, con el riesgo de dividir no solo la tierra, sino también al pueblo de Dios[15]. Como afirma el libro de los Proverbios, echar suertes pone fin a toda disputa y «decide entre los poderosos» (Pr 18,18). La tierra no es conquista ni posesión, sino don gratuito y herencia confiada por el Señor a Israel, para ser repartida según el número de las tribus y transmitida como don a los hijos, de generación en generación (cf. Jos 14,1–19,51). La tierra pertenece al Señor y no puede ser enajenada de una tribu a otra ni redistribuida a voluntad; por tanto, cada israelita permanece vinculado a la herencia de sus padres.

El verdadero protagonista del libro de Josué es, sin duda, el Señor. Él es quien hace vencer a su pueblo y lo acompaña en el camino, manteniéndose fiel a sus promesas. El punto de partida para el creyente es la escucha de la palabra del Señor. Si el pueblo «es fuerte» en la obediencia a la Torá y fiel a Dios, permanecerá en la tierra; de lo contrario, será expulsado de Canaán, como los pueblos que fueron derrotados durante la campaña militar de Josué (cf. Jos 23). Al final del libro, el pueblo creyente es interpelado directamente por Josué para que elija al Señor, reconociendo todas las maravillas que él ha realizado desde el tiempo de Abraham hasta el don gratuito de todas las cosas: «Les di una tierra que no cultivaron, y ciudades que no edificaron, donde ahora habitan; y ustedes comen los frutos de viñas y olivares que no plantaron» (Jos 24,13).

***

En el Nuevo Testamento, el nombre «Josué» resuena en el de Jesús. El nombre de Josué y el de Jesús derivan del mismo léxico hebreo y tienen ambos el mismo significado. En efecto, el hebreo Yehoshúa —traducido al griego como Iesous— significa «el Señor salva». El paralelismo Josué-Jesús es claro para los Padres de la Iglesia, en particular para Orígenes. Efectivamente, Josué sería una figura profética de Cristo, porque lleva el mismo nombre y realiza acciones que prefiguran las del Salvador[16]. Podemos, por tanto, intentar releer el libro de Josué a la luz del Evangelio y, haciendo el camino inverso, leer el Evangelio a la luz de Josué. Así como Josué obedece a la Torá para tener éxito en la misión que le ha sido confiada, así Jesús obedece plenamente al Padre y lleva a cumplimiento la ley y las promesas de Dios. Él es el verdadero guía que conduce al pueblo hacia la tierra. Como ya había hecho Josué, también Jesús, con su bautismo, atraviesa el Jordán junto con todo el pueblo, solidarizándo con los pecadores que acudían a Juan el Bautista (cf. Mc 1,1-11). Josué vence a todos sus enemigos, pero es sobre todo en la cruz donde Jesús obtiene la victoria definitiva sobre el mal y el pecado, realizando el paso decisivo de la muerte a la vida y abriendo el camino de la salvación a todos los que creen en él.

  1. En el canon hebreo, al igual que en el griego, el libro de Josué se sitúa inmediatamente después de la Torá. En el primer caso, da inicio al corpus de los Profetas Antiguos; en el segundo, en cambio, abre la sección de los llamados «libros históricos».
  2. Sobre la interpretación política del libro de Josué en el Estado de Israel hasta las recientes tensiones relacionadas con el movimiento de los colonos, véase R. Havrelock, The Joshua Generation: Israeli Occupation and the Bible, Princeton, Princeton University Press, 2020. El libro de Josué, por lo tanto, cuando se interpreta como un manual de conquista, puede suscitar y promover tendencias maximalistas y radicales en la sociedad.
  3. Sobre este punto, cf. K. Lawson Younger, Jr., Ancient Conquest Accounts: A Study in Ancient Near Eastern and Biblical History Writing, Sheffield, JSOT Press, 1990.
  4. «Leído en este sentido, el libro no aborda simplemente la conquista —no es, por tanto, la epopeya de los vencedores—, sino que insiste en que la tierra es un don de YHWH (cf. 1,2.3.11.13.15; 2,9.14; 5,6; 9,24; 18,3; 24,13) y que ha sido dada a Israel “en herencia” (cf. 1,6; 11,23; 13,6)» (F. Dalla Vecchia, Giosuè, Cinisello Balsamo [Mi], San Paolo, 2010, 13)
  5. A diferencia de la otra expresión geográfica, más realista, «desde Dan hasta Beerseba» (Jue 20,1; 1 Sam 3,20; 2 Sam 3,10; 17,11; 24,2; 24,15; 1 Re 5,5; 1 Cr 21,2; 2 Cr 30,5).
  6. Además, el rollo se conserva en el lugar más sagrado, junto al arca (cf. Dt 31,24-26).
  7. Cf. Jos 6,17; 6,18; 6,21; 7,1; 8,26; 10,1; 10,28; 10,35; 10,37; 10,39; 10,40; 11,11; 11,12; 11,20; 11,21.
  8. Cf. H. H. Cohn, «ḥerem», en Encyclopaedia Judaica, vol. 16-10, 2007, 9.
  9. Cf. H. Donner – W. Röllig (edd.), Kanaanäische und Aramäische Inschriften, Wiesbaden, Harrassowitz, 2002, 181, 16-17: «Los capturé y los maté a todos, siete mil hombres, muchachos, mujeres, niñas y mujeres embarazadas, porque se los había consagrado a Ashtar-Kemosh»
  10. Sobre este punto, véase el Talmud babilónico: Sanedrín 20b.
  11. En el Nuevo Testamento, Rajab es alabada tanto por su fe —« Por la fe, Rajab, la prostituta, no pereció con los incrédulos, ya que había recibido amistosamente a los que fueron a explorar la Tierra» (Heb 11,31)—, como por las obras que realizó —«¿Acaso Rajab, la prostituta, no fue justificada por las obras, porque dio hospitalidad a los exploradores y los hizo partir por otro camino?» (Stg 2,25)—, y está incluida en la genealogía de Jesús (cf. Mt 1,5).
  12. Cf. F. Dalla Vecchia, Giosuè, cit., 37.
  13. La palabra hebrea ormah, «astucia», es ambivalente y puede interpretarse tanto en sentido positivo como negativo, según el contexto. De hecho, puede referirse a «engaño» en el caso de un homicidio premeditado (cf. Éx 21,14), o bien a «prudencia y sabiduría» en un contexto sapiencial (cf. Pr 1,4; 8,5; 8,12). En el contexto de Josué 9, esta palabra adquiere ambos matices. La astucia de los gabaonitas es un engaño en perjuicio de Israel, pero también es una jugada sabia, porque los salvará de la ley del exterminio.
  14. Cf. Nm 26,55; 34,13; 36,2.
  15. Un caso emblemático es el de Acab, rey de Israel, quien se apropia de la viña de Nabot, herencia de los padres, recibida según las disposiciones del Señor, inaugurando en Israel la era de la apropiación ilícita y la usurpación. La herencia se convierte así en posesión, ya no es un don recibido, custodiado y transmitido de generación en generación, según lo profesado por Nabot, de acuerdo con la Torá, en sus únicas palabras del relato: «Que el Señor me guarde de cederte la herencia de mis padres» (1 Reyes 21,3).
  16. Cf. Orígenes, Homilías sobre Josué, Roma, Città Nuova, 1993.
Vincenzo Anselmo
Es jesuita desde 2004 y presbítero desde 2014. Licenciado en Psicología por la Universidad “La Sapienza” de Roma y doctor en Teología Bíblica de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, actualmente enseña Hebreo y Antiguo Testamento en Nápoles en el departamento San Luigi de la Pontificia Facultad Teológica de Italia Meridionale.

    Comments are closed.