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La fraternidad y el papa Francisco

En el itinerario del papa Francisco, la fraternidad —ser hermanos— es un valor trascendental y tiene carácter programático. Si «se pasa de largo», dándola por descontada, o se la utiliza con ligereza, como si decir «hermanos» bastara para evitar las tentaciones de la indiferencia, de la burocracia y del autoritarismo, significa que no se ha profundizado lo suficiente en su riqueza y en su capacidad de generar dinámicas positivas.

Utilizamos voluntariamente la expresión evangélica de la parábola del buen samaritano «pasar de largo», porque, si la excusa del sacerdote y el levita para no aproximarse al herido era formal —no contaminarse—, vale recordar que la ley, aun prohibiendo, por ejemplo, «tocar» un cadáver, exceptuaba aquellos de los familiares cercanos[1]. Insistir en una fraternidad expresada en gestos concretos y ahondar en ella permite superar falsas dicotomías[2].

La fraternidad fue el primer tema al que hizo referencia el papa Francisco el día de su elección, cuando inclinó la cabeza ante la gente y, definiendo la relación obispo-pueblo como «un camino de fraternidad», expresó este deseo: «Recemos siempre por nosotros [… y…] por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad»[3]. De ahí en adelante, este camino de fraternidad, que Francisco emprendió de manera decidida, ha tenido muchos hitos significativos. El más reciente es el Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común[4]. En este documento, firmado en Abu Dabi, el gran imán y el Papa manifiestan que todo lo que consensuaron durante más de un año de trabajo en común lo hicieron partiendo de este «valor trascendental»: «la fe que lleva al creyente a ver en el otro a un hermano al que se debe sostener y amar»[5].

La fraternidad es un verdadero «punto de partida»: en todas las cosas reales hay algo que permite pensarlas, analógicamente, como «hermanas», ya sea que se mire el misterio de su origen común, como que se observe la posibilidad que tienen de hermanarse. En cuanto punto de partida, la fraternidad tiene valor programático, como bien afirma Christoph Theobald. El teólogo jesuita hace ver que, cuando el Papa habla de una «fraternidad mística» (Evangelii gaudium [EG], n. 92), lo hace «programáticamente», y no se trata de un dato obvio, sino de una cuestión «absolutamente “fundamental”, una cuestión de “estilo”»[6]. Y sabemos que «el estilo cristiano no es cuestión de forma y de gustos, sino de contenido y de anuncio del kerigma, y, por tanto, de pastoral y de doctrina al mismo tiempo»[7].

Si consideramos el «pontificado» de Francisco según el significado del término, es decir, desde los «puentes» que ha tendido, podemos afirmar que aquel primer pedido de oración no fue una expresión general de deseos, sino una petición precisa, un verdadero punto de partida, del cual el Papa se hizo cargo y ha convertido en gestos paso tras paso. La elección del nombre «Francisco» y el encuentro con el gran imán de Al Azhar, en el octingentésimo aniversario del que tuvieron san Francisco y el sultán de Egipto, por ejemplo, son gestos que no requieren explicación, pero que invitan a un tiempo de contemplación para profundizar en su significado.

Nos adentraremos en el tema de la fraternidad a través de cuatro pasos: entrando en la experiencia familiar; discerniendo el mensaje evangélico al respecto; reflexionando filosóficamente; y mostrando cómo ella ayuda a resolver dicotomías a nivel económico y social.

Historias de hermanos

Conversábamos en Roma, en la parroquia de San Saba —el centro romano de acogida para hombres refugiados gestionado por el Centro Astalli[8]—,con dos hermanos, no de sangre, sino amigos: Morro, de Gambia y Sheer, de Pakistán. Charlábamos de todo un poco: de nuestros países, del clima, de los poco más de 2 millones de habitantes de Gambia («No somos un país —decía Morro, riendo—, sino, más bien, una provincia»), los 220 millones de Pakistán y los 46 millones de Argentina… Y, como siempre, les pregunté por su familia, cuántos hermanos tenían. La pregunta los hizo sonreír y los hizo sentir algo incómodos.

El grado máximo de «reseteo mental» ante una pregunta que no entra en los propios esquemas lo había constatado cuando, algunos días atrás, le pregunté a otro amigo, Moustapha, cuántos eran en su familia. Él había comenzado a hacer la cuenta, primero mentalmente y luego contando con los dedos: las esposas de su padre eran cuatro, de su madre había tenido 5 hijos, de la otra… No podía precisar bien, pero la suma total era de más de veintiocho entre hermanos y medio hermanos. Por supuesto, conocía bien a sus cuatro hermanos de madre, pero los de las otras se le escapaban un poco. Y la diferencia de edad hacía que algunos nacidos del primer matrimonio tuvieran treinta años más que él.

Aquella tarde, Morro, por su parte, me dijo que ellos son cinco hijos de su madre, y que, además, hay otros cuatro. Sheer sonrió y me hizo notar que pensaba que yo no había entendido bien que los musulmanes pueden tener varias esposas y que a esto se debía la dificultad de Morro para decirme cuántos hermanos tenía. Le respondí que lo había entendido perfectamente. Pero mientras lo decía, me daba cuenta de que lo entendía en abstracto, porque el hecho de tener un mismo padre con medio hermanos de otras madres es algo que revela una profunda diferencia existencial. Y, sin embargo, ¡se basa en una igualdad!

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Podemos explicarlo con un ejemplo: cuando se discuten cuestiones teológicas entre musulmanes, cristianos, judíos y budistas, se comprende que el concepto último de Dios es uno solo, pero se percibe que las imágenes —o no-imágenes— y los afectos con los que está cargado el concepto crean cierta extrañeza y establecen una distancia notable. Cuando hablamos de «hermanos», en cambio, las imágenes y afectos que la palabra evoca y la misma extrañeza suscitan simpatía. Se entiende el embarazo de una fraternidad con tantos hermanos frente a una sociedad en la que prevalecen los hijos únicos. Las resonancias y repercusiones personales y sociales son infinitas. Ser hijo único puede llevar al deseo de tener muchos «hermanos por opción», como se nombra a los amigos, o al individualismo egoísta. Tener gran cantidad de hermanos y medio hermanos puede llevar a un encerramiento tribal o a un sentimiento de parentesco ampliado. La dinámica de la fraternidad es siempre lugar de decisión y de opción libre y consensuada sobre cuya base se es más o menos hermano.

La familia introduce la fraternidad en el mundo

La familia es «el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (EG 66). En la vida familiar, la fraternidad es la relación que tiene su inicio con la llegada del segundo hijo y primer hermano. Como relación es posterior a las otras —de pareja, de paternidad/maternidad y de filiación—, pero cuando surge modifica las precedentes, y podemos decir que, al completarlas en sí mismas, permite que se abran a influenciar las relaciones económicas, sociales, políticas y religiosas. El segundo hijo, al establecer con su presencia esta nueva relación familiar, abre la puerta a relaciones más amplias, abre la familia al amor y a la fraternidad social. Y así todos los hermanos que se suceden. Afirma el papa Francisco: «La familia es la relación interpersonal por excelencia porque es una comunión de personas. Conyugalidad, paternidad, maternidad, filiación y fraternidad hacen posible que cada persona entre en la familia humana»[9].

En la exhortación apostólica Amoris laetitia (AL) el Papa dedica un apartado especial a «Ser hermanos» en el que declara: «La relación entre los hermanos se profundiza con el paso del tiempo, y “el vínculo de fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, si se da en un clima de educación abierto a los demás, es una gran escuela de libertad y de paz. En la familia, entre hermanos, se aprende la convivencia humana […]. Tal vez no siempre somos conscientes de ello, pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo. A partir de esta primera experiencia de hermandad, nutrida por los afectos y por la educación familiar, el estilo de la fraternidad se irradia como una promesa sobre toda la sociedad”» (AL 194).

¿Cómo es qué el amor fraterno abre el camino para que puedan darse relaciones sociales respetuosas de la diversidad? Escuchemos lo que dijo una madre ante la llegada de su segundo hijo: «Y lo más importante: el “segundo” corrobora lo que ya sospechábamos (a pesar del inmenso miedo…): que es posible enamorarse de otro hijo con la misma pasión e intensidad con las que se ama al primero».

Lo que expresa esta madre es una experiencia profunda del hecho de que el amor no disminuye ni se devalúa cuando más se reparte, sino todo lo contrario. Como dice ella misma, no se trata de una experiencia pura, en el sentido de que no tenga temores. Así como los padres transmiten a sus hijos ese amor íntegro en la diferencia, esa misma diferencia es origen de los conflictos entre hermanos. Pero, como afirma el Papa: «La unidad a la que hay que aspirar no es uniformidad, sino una “unidad en la diversidad”, o una “diversidad reconciliada”. En ese estilo enriquecedor de comunión fraterna, los diferentes se encuentran, se respetan y se valoran, pero manteniendo diversos matices y acentos que enriquecen el bien común. Hace falta liberarse de la obligación de ser iguales» (AL 139).

Es importante detenerse en esta afirmación. Porque discierne el engaño y la esclavitud que se esconden detrás de esa «obligación de ser iguales» que todos los identitarismos dan por descontada. Oponiéndose a tal tentación, el documento de Abu Dabi fundamenta este concepto de libertad diciendo: «[La] Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente»[10].

Carácter existencial de la fraternidad

El punto decisivo está en el carácter irrenunciablemente existencial que tiene la experiencia simultánea de igualdad y diferencia que se da en la relación de fraternidad. Las igualdades y diferencias entre hermanos son tantas como hermanos hay; pero nunca deja de maravillar una certeza: la de que cada uno de los hermanos comprende exactamente lo que experimenta el otro cuando dicen: «Somos igualmente hijos de los mismos padres y somos diferentes». Uno llega a comprender a sus padres cuando se convierte en padre; en cambio, con los hermanos, el crecimiento en hermandad es constante y se va dando a la par.

Una característica de lo que llamamos «carácter existencial» consiste en el hecho de que la dinámica de la hermandad actúa de adentro hacia afuera, del todo hacia las partes. Los lazos afectivos unen primero el centro de nuestro ser personal, que es el ser hijos, y luego, en diversa medida, las partes. Por eso la unidad es tan fuerte y es capaz de regenerar una ruptura que se da al nivel de ideas, de sentimientos o de opciones, remitiendo siempre a ese centro personal-familiar.

Con respecto a nuestros hermanos, podemos pensar distinto, sentir distinto y tomar opciones de vida diferentes, pero siempre está la certeza de que, si en alguno de estos niveles se genera un conflicto, se lo podrá moderar —y, en último caso, cargar con él si no es posible resolverlo—, de manera tal que no se rompa totalmente el lazo fraterno.

Un ejemplo que explica esta dinámica superadora puede verse en las peleas entre hermanos: si se contagia a los hijos y a los nietos, esto no sucede «automáticamente», como pasa cuando no hay lazos de sangre. El vínculo tiende a reconstruirse por entero aunque pasa tiempo y aunque haya habido distancias entre los miembros de una generación. La lógica de la fraternidad es antídoto contra los virus del encarnizamiento, que son ideológicos y, por tanto, abstractos. La presencia real del otro y el encuentro cara a cara tienden a moderar —por la fragilidad y el límite de la carne— una violencia que los medios virtuales potencian.

El carácter existencial de la fraternidad, por tanto, ayuda a relativizar las ideas, al menos en el sentido de no resignarse a que un conflicto por distintas maneras de pensar prevalezca definitivamente sobre la hermandad.

Prolongación de la encarnación, protocolo con que seremos juzgados

En un mensaje a la profesora Margaret Archer, presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, el Papa deduce los motivos fundamentales de la importancia de la fraternidad de las palabras del Señor: «Todo lo que hicisteis a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo» (Mt 25,40). De esta frase Francisco saca dos consecuencias fundamentales que ha querido mostrar desde el comienzo de su pontificado. La primera es: «“En el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros” (EG 179)». La segunda: «De hecho, el protocolo por el cual seremos juzgados será el de la hermandad»[11].

De esta manera, el Papa pone la fraternidad en una fecunda tensión entre encarnación y juicio final. Podríamos decir que la hermandad —el hacernos prójimos como hermanos— nos sitúa en el presente, prolongando la encarnación del Señor, que viene del pasado, y anticipando el juicio final futuro.

La prolongación de la encarnación mediante la hermandad se da en un nivel que requiere un acto de elección libre. No se trata de preguntarnos: «Quién es mi (hermano) prójimo», sino: «De quién me hago (hermano) prójimo». Esto es así porque la fraternidad espiritual no es hija de la carne ni de la sangre, sino del Espíritu (cfr Jn 1,13) y se realiza en un proceso dinámico libre, el de «acercarse/hermanarse». La hermandad en Cristo brota de una filiación común, que es fruto del Espíritu, no de la carne ni de la sangre. Si recibimos a Cristo como hermano, se nos da «poder llegar a ser hijo de Dios» (Jn 1, 12).

La hermandad es —y será— el protocolo del juicio final, que podemos «adelantar» cada día. La narración de ese acontecimiento conclusivo se abre a diversas claves de lectura. Una es la de pensar en lo que nosotros debemos hacer para salvarnos: ayudar a nuestros hermanos aprendiendo a reconocer a Cristo en ellos. Y encontrando en este servicio la posibilidad de realizar actos trascendentes, es decir, los que otorgan el mérito verdadero, la única moneda de intercambio para ganarnos el cielo, si se nos permite hablar así, oponiendo esta actitud fraterna a una realización autónoma de sí mismo. Lo que cuenta para entrar al cielo no son los actos orientados hacia una perfección autorreferencial, sino los actos de amor hacia nuestros hermanos. Dado que Cristo se ha identificado con ellos, lo que se hace por ellos tiene valor absoluto. Pero esta lectura sigue estando centrada en nuestro mérito.

Otra clave de lectura se funda en aquello que el Señor nos dice en la parábola del Juicio (cfr Mt 25,31-46). Aquí debemos fijar la mirada no tanto en el «mandamiento de realizar acciones buenas con los pobres», sino en la revalorización que el Señor hace de cosas que, quien más quien menos, todos realizamos: dar de comer a los pequeños, por ejemplo, es algo que en la familia se hace naturalmente, lo mismo que ayudar al que tiene una necesidad. Aunque este comportamiento esté ahora amenazado —«ayudemos a los inmigrantes en su casa» se dice—, nadie pone en cuestión el acto tan básicamente humano de ayudar.

Si comprendemos que el Señor se encarna en la persona de los pobres para que tengamos a mano la posibilidad de amarlo concretamente, en todo momento, dando trascendencia a nuestros gestos más humanos, todo cambia. El Hijo único y predilecto del Padre, al entrar en la historia como Hijo del hombre, entra como hermano. La hermandad es la relación familiar en la que la paridad en dignidad se concilia con la diversidad y marca la elección, por parte del Señor, de un estilo que se puede compartir libremente. Como hijos, debemos ser adoptados. Como hermanos, se nos ofrece y se nos acepta que nos hermanemos. De este modo, el Señor nos indica la hermandad como la realidad mediante la cual quiere que prolonguemos, juntos, su encarnación y su entrada en nuestra vida y en nuestra historia.

Hermanarse es el acto que más nos ayuda y mejor nos indica el camino para encontrarnos con el Señor. El acento no se pone solo en «dar de comer», sino en considerar al otro como un hermano, de manera tal que ofrecer de comer nazca espontáneamente, como en la familia, y encuentre su medida justa, esa que ningún criterio cuantitativo externo puede dar.

De este modo, la hermandad se revela como la última relación familiar —después de la conyugal, de la paterno/materna y de la filial—. Y es la relación que, abriendo las precedentes, las sella con su sello de amor verdadero (agápē y amistad). El amor de posesión y el amor fecundo solo pueden ser absolutos en Dios. El único Padre es solo el Padre del Cielo, y el único Esposo es Jesús. Hermanos, en cambio, podemos serlo verdaderamente todos. Se requiere nuestra libertad: aceptarnos y querernos como hermanos. Y es una relación en la que podemos crecer e incluir a todos, como dice Pablo: «Ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo tutor (pedagogo), pues todos son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús. […]. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos son uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 25-28).

Además, Dios, que no es objeto de visión directa, puede ser visto solamente en la alteridad bien vivida: «El que no ama a su hermano, a quien ha visto no puede amar a Dios a quien no ha visto» (1 Jn 4,20). Por eso el Señor nos ofrece un camino para «verlo», que es el de disponerse existencialmente a amar a los hermanos que vemos[12]. La fraternidad es, por tanto, el espacio del reino, y en ese espacio el Espíritu Santo puede venir, habitar y actuar. Él tiene necesidad del espacio de la fraternidad, que nos iguala en Cristo, y libremente elegida gracias al discernimiento, se desarrolla en el tiempo y permite a los iguales ser diversos.

Deseo de una verdadera fraternidad: las parábolas del banquete

¿Cómo despierta el Señor el deseo de una verdadera fraternidad? La imagen más significativa es la del banquete, que está presente en muchas parábolas. Ella tiene que ver con la hermandad porque, en último término, la relación entre hermanos se juega en torno al sentarse juntos a la mesa. Es el signo.

En la parábola del padre misericordioso (Lc 15,11-32), el banquete que ofrece el padre hace que se desenmascare una fraternidad que se había ido torciendo a lo largo de los años. El hermano menor se había ido de la casa sin tener en cuenta a su hermano: había hablado solo con el padre. Y después, cuando se convierte, piensa en los jornaleros, no en su hermano, previendo seguramente el conflicto con él. El hijo mayor no quiere entrar al banquete, no considera al otro un buen hijo del padre. Ninguno de los dos hace mención de la relación entre ellos, pero es precisamente donde insiste el padre: «Ese hijo tuyo», dice el mayor; «tu hermano», replica el padre con ternura. El padre pone el acento en la fraternidad antes de afrontar cualquier otro problema de justicia o de ideas.

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Recordemos que el Señor cuenta la parábola a los que le reprochan que «coma con publicanos y pecadores», haciendo ver que Él come «con hermanos». Sentarse a la misma mesa es «el» signo de hermandad verdadera. Impedirlo, por el motivo que sea, significa recrear el comportamiento del hijo mayor de la parábola.

Al elegir quedarse bajo las especies de pan y vino, el Señor no elige un objeto material concreto que se pueda aislar de su sentido profundo: ser comido en una mesa fraterna. El Señor elige el pan y el vino porque vehiculizan la fraternidad, que es el sentarse en torno a la misma mesa y compartir la comida común. Para ello incluso les lava los pies a todos los apóstoles, también a Judas. La dinámica de la mesa es la más apta para «hacer dignos» a los participantes: dignos en cuanto hermanos iguales en su diversidad.

La amistad, entre amor familiar y amor de amistad

Reunidos en torno a la mesa común, el Señor da su mandamiento: «Amaos como yo os he amado». El «como» indica de manera fundamental el estilo fraterno del Señor: amaos como hermanos. Dice el Papa en la exhortación apostólica Christus vivit (CV): «Si el amor fraterno es el “mandamiento nuevo” (Jn 13,34), si es “la plenitud de la Ley“ (Rom 13,10), si es lo que mejor manifiesta nuestro amor a Dios, entonces debe ocupar un lugar relevante en todo plan de formación y crecimiento de los jóvenes» (CV 215).

Este mandamiento despierta un particularísimo deseo mimético: ese que surge cuando se ve a un hermano tratar con amor a otro hermano. Es el deseo de imitación más poderoso y desinteresado, del cual nos podemos apropiar libremente. Ejercitando este amor fraterno se crece al mismo nivel como hermanos, y así crece la familia entera.

La hermandad define también la amistad. Los amigos, se dice, son los hermanos que elegimos libremente. Si el vínculo con los padres da el germen de la unidad de sangre, que prevalece sobre todas las diferencias, abrazándolas como legítimas, el vínculo de amistad con una persona extraña a la familia expresa y pone en evidencia el carácter de libertad —es decir «espiritual»— de la relación. La hermandad se sitúa así entre los dos amores —el que se basa en la sangre y el que se basa en la libertad—, hermanándolos, transformando el lazo de sangre en un vínculo libre y encarnando el vínculo espiritual.

Esta es la dinámica del círculo virtuoso que abre y extiende la fraternidad a todas las relaciones sociales.

La fraternidad permite a los iguales ser personas diversas

Por eso la «fraternidad» es la palabra clave —como subraya el santo padre—. Lo es, ciertamente, si se quiere superar la dicotomía actual, a nivel económico, entre «el código de la eficiencia —que por sí solo sería suficiente para regular las relaciones entre los seres humanos en la esfera económica— y el código de la solidaridad —que regularía las relaciones intersubjetivas dentro de la esfera social—»[13].

No basta hablar solo de «solidaridad», ya que puede haber solidaridad sin fraternidad. En cambio, la fraternidad incluye la solidaridad, es un concepto más abarcador. «Mientras que la solidaridad es el principio de la planificación social que permite a los desiguales llegar a ser iguales, la fraternidad permite a los iguales ser personas diversas. La fraternidad permite a las personas que son iguales en su esencia, dignidad, libertad y en sus derechos fundamentales, participar de formas diferentes en el bien común de acuerdo con su capacidad, su plan de vida, su vocación, su trabajo o su carisma de servicio»[14].

La «igualdad», que respeta y valora verdaderamente la diversidad, es igualdad en dignidad, creatural y personal, antes que en cualquier otra cosa. Respetar y hacer sentir al otro como hermano es la base de toda relación interpersonal y social porque hace justicia, igualando en dignidad incluso antes de la acción. No se da una verdadera relación social justa fuera de esta actitud de hermandad, cuya medida nunca es unilateral, porque todos los hermanos deben concordar qué es «fraterno», partiendo de su diversidad aceptada y respetada.

La clave para no desplazar los problemas

En las polarizaciones que atraviesan la sociedad actual, más allá del objeto de conflicto específico, el motivo de fondo consiste en el desplazamiento de los problemas del ámbito existencial —que es cuestión de vida o muerte y que a menudo es postergado— al ámbito ideológico, que se congela y se pospone eternamente. En muchos de sus mensajes, pero de manera particular en sus encíclicas y exhortaciones apostólicas, el Papa hace su aporte para discernir los problemas principales de los secundarios. La fraternidad es una de las claves para ordenar las relaciones con Dios y con los demás: familia, comunidad, Iglesia, política.

La hermandad remite a un solo Padre, o aceptado por revelación según una teología de la creación, o libremente esperado mientras se vive una actitud concreta de amor fraterno con quien ahora tenemos enfrente: el prójimo. El Papa escribe en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate (GE): «En medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones, Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros, el del Padre y el del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos más. Nos entrega dos rostros, o mejor, uno solo, el de Dios que se refleja en muchos. Porque en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios» (GE 61).

La hermandad no permite desplazar el problema de Dios al ámbito «ideal» o «cultual». Lo resitúa en el ámbito real de las relaciones de justicia, misericordia y caridad con los hermanos concretos. Por eso, en Christus vivit el Papa alienta así a los jóvenes: «Corran “atraídos por ese Rostro tan amado, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne del hermano sufriente”» (CV 299).

La hermandad constituye el tejido que permite a nuestras relaciones sociales fortalecerse respetando la diversidad. En Amoris laetitia el Papa nos recuerda que «Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer “doméstico” el mundo, para que todos lleguen a sentir a cada ser humano como un hermano» (AL 183).

La hermandad no permite disociar evangelio, lucha por la justicia social y cuidado del planeta. Por eso Evangelii gaudium habla del «entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia» y de «la absoluta prioridad de la “salida de sí hacia el hermano”» (EG 179). La exhortación apostólica Gaudete et exsultate recuerda que Jesús mismo «se hizo periferia (cfr Flp 2,68; Jn 1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos; Él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí» (GE 135).

Y la encíclica Laudato si’ (LS) habla de «nuestra hermana madre tierra» (LS 1) y de «la fraternidad universal» (LS 228), siguiendo el ejemplo de san Francisco de Asís: «Su discípulo san Buenaventura decía que él [Francisco], “lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas”» (LS 11).

La hermandad es criterio orientativo del discernimiento, que «no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Vemos así, en el itinerario del papa Francisco, que el estilo fraterno y los gestos concretos de fraternidad lo ayudan a remontarse hasta el origen mismo de los conflictos sin quedar atrapado en ellos. La fraternidad es la actitud que posibilita encontrar caminos para superar todo obstáculo. Por eso es preciso profundizar y reforzar este vínculo indestructible e irreemplazable.

  1. Cfr J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella, Verbo Divino, 31974, p. 247.
  2. Cfr F. Körner, «Fraternidad humana. Una reflexión sobre el Documento de Abu Dabi», en La Civiltà Cattolica Iberoamericana, III, 2019, n. 29, pp. 7-22.
  3. Francisco, Primer saludo del santo padre, 13 de marzo de 2013, disponible en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2013/march/documents/papa-francesco_20130313_benedizione-urbi-et-orbi.html.
  4. Francisco y Ahmad al-Tayeb, Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, Abu Dabi, 4 de febrero de 2019, disponible en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/travels/2019/outside/documents/papa-francesco_20190204_documento-fratellanza-umana.html
  5. Ibid.
  6. C. Theobald, Fraternità. Il nuovo stile della Chiesa secondo Papa Francesco, Magnano, Qiqajon, 2016, p. 60.
  7. E. Bianchi, «Introduzione», en C. Theobald, Fraternità…, op. cit., p. 8.
  8. El Centro Astalli es la sede italiana del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS).
  9. Francisco, Discurso a los participantes en un encuentro organizado por la Federación Europea de Asociaciones Familiares Católicas (FAFCE), 1 de junio de 2017, disponible en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2017/june/documents/papa-francesco_20170601_associazioni-familiari-cattoliche.html.
  10. Francisco y Ahmad al-Tayeb, Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, op. cit.
  11. Francisco, Mensaje a la profesora Margaret Archer, presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, con motivo de la sesión plenaria, 24 de abril de 2017, disponible en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/pont-messages/2017/documents/papa-francesco_20170424_messaggio-accademia-scienzesociali.html.
  12. «El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios hasta el punto de que quien no ama al hermano “camina en las tinieblas” (1 Jn 2,11), “permanece en la muerte” (1 Jn 3,14) y “no ha conocido a Dios” (1 Jn 4,8). Benedicto XVI ha dicho que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios”, y que el amor es en el fondo la única luz que “ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”» (EG 272).
  13. Francisco, Mensaje a la profesora Margaret Archer…, op. cit.
  14. Ibid.
Diego Fares
Fue un miembro del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica, entre 2015 y 2022. Ingresó a la Compañía de Jesús en 1976, se ordenó sacerdote en 1986: su padrino de ordenación fue el entonces Provincial de los jesuitas en Argentina, Jorge Mario Bergoglio. Tras graduarse en teología, obtuvo un doctorado en filosofía con una tesis sobre “La fenomenología de la vida en el pensamiento de Hans Urs von Balthasar” (1995). Antes de incorporarse a nuestra revista, fue profesor de Metafísica en la Universidad del Salvador (USAL), en Buenos Aires, y de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Entre los años 1995 y 2015 trabajó como Director de El Hogar de San José, para personas en situación de calle y pobreza extrema. El padre Fares falleció el día 19 de julio de 2022, dejando un valioso legado de escritos sobre diversos temas.

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