Religiones

«El libro de las revoluciones»

Las batallas de sacerdotes, profetas y reyes que dieron origen a la «Torá»

Jeremías prevé la destrucción de Jerusalén, Rembrandt (1630)

Durante siglos, los judíos fueron vistos por los católicos más o menos como seguidores ciegos de un Antiguo Testamento que no podían entender realmente, porque, después de la venida de Cristo, ese texto ya no tenía ningún significado independiente. Según la polémica expresión de San Pablo, un velo cubría sus mentes, impidiéndoles comprender: «Pero se les oscureció el entendimiento, y ese mismo velo permanece hasta el día de hoy en la lectura del Antiguo Testamento, porque es Cristo el que lo hace desaparecer» (2 Cor 3,14).

En el arte, y en particular en la escultura, esta cita se ha traducido en una conocida imagen que representa a dos hermanas gemelas: una es la orgullosa y poderosa Ekklesia (Iglesia), de mirada penetrante, y la otra, la Synagoga (Sinagoga), está desconsolada, abatida y con los ojos vendados. La Iglesia detentaba el monopolio de la comprensión del Antiguo Testamento en virtud de una exégesis alegórica que veía a Cristo presente en todas partes implícitamente en el Antiguo Testamento y explicitado en el Nuevo. San Agustín comparó imaginariamente a los judíos con el esclavo romano que caminaba detrás del hijo de su amo, llevándole sus libros de camino a la escuela. No podía leerlos, pero se aseguraba de que estuvieran disponibles. En su comentario sobre el Salmo 56, escribió: «Se han convertido en nuestros portadores de libros, como esos siervos que llevan códigos detrás de sus amos. Los criados se afanan llevándolos, los amos progresan leyéndolos».

Tras haber puesto fin a la extendida enseñanza de desprecio hacia los judíos y el judaísmo que durante siglos habían transmitido los cristianos, la Iglesia católica pretende ahora erradicar este planteamiento también de la comprensión judía de la Biblia. Desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días, el diálogo con el pueblo judío ha llevado a los católicos a darse cuenta de que la interpretación judía del Antiguo Testamento tiene mucho que ofrecerles. El importante documento de 2001 de la Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana, señalaba: «los cristianos pueden y deben admitir que la lectura judía de la Biblia es una lectura posible, en continuidad con las Sagradas Escrituras judías de la época del segundo Templo, una lectura análoga a la lectura cristiana, que se desarrolla paralelamente. Cada una de esas dos lecturas es coherente con la visión de fe respectiva, de la que es producto y expresión. Son, por tanto, mutuamente irreductibles. En el campo concreto de la exégesis, los cristianos pueden, sin embargo, aprender mucho de la exégesis judía practicada desde hace más de dos mil años; de hecho, han aprendido mucho de ella a lo largo de la historia. Por su parte, pueden confiar que también los judíos podrán sacar partido de las investigaciones exegéticas cristianas» (n. 22). No sólo los judíos no están ciegos, no sólo ven las cosas de otra manera, sino que lo que ven puede ser de gran provecho para los católicos, que tienen mucho que aprender de ellos.

Inscríbete a la newsletter

Cada viernes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu correo electrónico.

Edward Feld es un rabino judío conservador de Estados Unidos. Escritor y liturgista, ha trabajado sobre la teología judía, la oración y la Biblia hebrea. Autor ya de un volumen sobre los Salmos, ha publicado recientemente un comentario fácil de leer, pero erudito y profundamente espiritual, sobre la Torá, los cinco libros de Moisés, conocidos como el Pentateuco (The Book of Revolutions). Feld combina una seria disciplina académica, propia del estudio científico de la Biblia, con un enfoque profundamente espiritual, acorde con la tradición rabínica. El entrelazamiento de solidez académica y religiosidad comprometida, de hipótesis erudita y fe vivida, hace de este libro una joya entre los muchos volúmenes dedicados al estudio del Pentateuco. Y un lector católico puede sacar gran provecho de él.

Muchos comentarios sobre el Pentateuco se detienen en los conocidos relatos del Génesis, el Éxodo y los Números. En cambio, este volumen se centra principalmente en los textos legislativos del Éxodo, Levítico y Deuteronomio, a los que aplica un análisis erudito e histórico-crítico para trazar el desarrollo de la Torá a lo largo de los siglos. El término Torá se ha traducido con demasiada frecuencia como «Ley», con todas las implicaciones negativas de la supuesta dicotomía paulina entre ley y libertad, letra y espíritu. Sin embargo, la Torá significa algo más que mera ley: es instrucción divina, para que la persona humana pueda vivir de acuerdo con la voluntad de Dios revelada en la Palabra de Dios. Además, los católicos suelen pasar por alto el hecho de que la Torá ilumina fuertemente la identidad de Jesús como encarnación del Verbo (cfr Jn 1,14) y cumplimiento de la Ley (cfr Mt 5,17). Jesús vivió su vida como judío; los mandamientos de la Torá definieron los contornos de su existencia cotidiana. En cierto sentido, la Torá es una biografía detallada de quien, según sus propias palabras, vino «no a abolir, sino a dar pleno cumplimiento» a sus mandamientos y proclamó: «Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice» (Mt 5, 17-18).

Los lectores católicos tienden a omitir estos textos legales, como lo confirman los pasajes del Pentateuco que se proclaman en la liturgia. Sus lecturas se reservan casi exclusivamente a las narraciones que presentan a Adán y Eva, Noé, Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, Jacob, Lea y Raquel, José y sus hermanos, y Moisés, Aarón y Miriam. Sin embargo, los textos jurídicos constituyen el núcleo de los cinco primeros libros de la Biblia. El verdadero corazón del Pentateuco es el libro del Levítico, en el que la dimensión narrativa es mínima. En el leccionario católico, este libro tiene una presencia totalmente marginal, con sólo cinco lecturas breves.

De hecho, la mitad de los 187 capítulos del Pentateuco se centran en la revelación de la Torá en el monte Sinaí (Ex 19 a Nm 10, es decir, 58 capítulos del Pentateuco) y la entrega de la Torá, cuarenta años después, en la tierra de Moab (Nm 25 a Dt 34, es decir, 40 capítulos). La primera sección resume el año transcurrido en el Sinaí, cuando el pueblo de Israel recibe instrucciones sobre cómo vivir como pueblo elegido de Dios, y la segunda sección abarca los últimos días de su peregrinación por el desierto, cuando el pueblo llega a la tierra de Moab, se detiene a orillas del Jordán, frente a Jericó, y recibe de nuevo la Torá (deuteronomos, en griego, significa «segunda ley»). Puesto que la primera generación se negó a entrar en la tierra por miedo a los gigantes que la habitan, mostrando así su falta de fe (cfr Nm 13-14), deben morir en el desierto. La siguiente generación recibe de nuevo la ley de Moisés y entra en la tierra, cruzando el Jordán bajo el liderazgo de Josué. En estas dos secciones del Pentateuco hay muy poca narración, mientras que prevalecen la ley y las exhortaciones a cumplirla.

Feld investiga cuatro momentos históricos que se presentan a la atenta mirada de quien escruta los textos jurídicos, reconociendo las principales fuentes que se reunieron para crear el Pentateuco. El código jurídico más antiguo es el conocido como Código de la Alianza (cfr Ex 21-23), analizado como una revolución liderada por los profetas en el Reino del Norte (Israel) en la primera mitad del siglo VIII a.C. Un segundo código se encuentra en el Deuteronomio (cfr Dt 12-26), promulgado durante el reinado de Josías, rey de Judá, en la segunda parte del siglo VII a.C. Un tercer momento es el Código de Santidad, promulgado por los sacerdotes, y que se encuentra en la segunda parte del Levítico (cfr Lev 17-27): se desarrolló durante y después del exilio, en el siglo VI a.C. El cuarto y esencial momento fue la fusión de los diversos materiales en una obra unificada en cinco libros, atribuida a Moisés. Esta labor editorial fue llevada a cabo por la élite sacerdotal en el siglo V a.C. En lugar de imponer coherencia al producto literario final, los editores preservaron la diversidad que denotaban sus distintos estratos.

Feld propone una tesis según la cual, dentro de cada uno de estos estratos, se podría discernir una revolución religioso-espiritual que especifica la contribución del pueblo de Israel a la historia religiosa de todos aquellos que ven en el Pentateuco el fundamento bíblico del lenguaje, la enseñanza y la vida religiosa. En la introducción, afirma: «Yo mismo creo que estas revoluciones descubrieron y dieron lugar a algo cuyo significado trasciende su época y llega hasta nuestros días, ya que constituyeron la búsqueda de una comprensión fundamental del significado de la fe en Dios y de la conducta existencial que exige la fe» (xix).

A medida que el rabino explica qué revoluciones sucesivas condujeron a la evolución de la formulación de la enseñanza divina por parte de Israel, cada capítulo de su ensayo arroja luz sobre un nuevo estrato de la Torá, rico en significado. Feld expone las aparentes contradicciones entre los códigos legales a medida que se desarrollaban. Sin embargo, subraya repetidamente que la relación dinámica entre ellos, en cada nivel, se preserva deliberadamente en la continua labor de modificación del texto, destinado a crear una versatilidad y complejidad que soliciten e inspiren al lector. Un ejemplo brillante se refiere a las leyes sobre el sábado, el día de descanso en tiempos bíblicos. Feld muestra cómo evolucionó desde un único día de descanso semanal hasta convertirse en una alternativa al templo, destruido por los babilonios en el siglo VI. Un lugar sagrado, el templo de Jerusalén, cedió el protagonismo al tiempo sagrado, el sábado. Fue el legislador sacerdotal quien hizo del sábado la pieza central, no sólo desarrollando los textos legislativos, sino insertando el relato de la creación, que subraya la centralidad del sábado, al principio mismo del Génesis. Feld explica: «El descanso, el cese del trabajo y la contemplación pueden abrir la posibilidad de atraer a la Divinidad. Es el respiro que la Divinidad, Dios mismo, tomó tras completar la obra de la creación, y es el aliento de nuestra vida espiritual. Esta nueva comprensión de la religiosidad es el don del exilio» (198 y ss.). Como señala Feld, fue Abraham Joshua Heschel, el gran pensador judío del siglo XX, quien afirmó que el Shabat «es la expresión por excelencia de la religiosidad judía» (217). Feld cita la magnífica descripción que hace Heschel del sábado en Dios en busca del hombre: «La presencia de la eternidad, un momento de majestad, el esplendor de la alegría. El alma se enriquece, el tiempo es una delicia y la interioridad una recompensa suprema» (218). Aquí tienen mucho que aprender muchos católicos que han perdido el sentido del sábado, día consagrado a Dios en la reflexión, la oración y la acción de gracias.

El libro de Feld ofrece tres aportaciones útiles y estimulantes para los lectores católicos.

1) En primer lugar, ayuda a profundizar en el conocimiento de una parte esencial de las Escrituras que comparten judíos y cristianos. Utilizando métodos científicos modernos y sin rehuir nunca el debate académico actual, Feld documenta el desarrollo que han experimentado los textos hasta alcanzar su forma definitiva y estable.

Dona

APOYA A LACIVILTACATTOLICA.ES

Queremos garantizar información de calidad incluso online. Con tu contribución podremos mantener el sitio de La Civiltà Cattolica libre y accesible para todos.

2) En segundo lugar, el rabino ofrece a los católicos una valiosa visión del mundo del judaísmo, ilustrando, a lo largo del libro, el enfrentamiento de los rabinos, antiguos y modernos, con el significado de la Torá, central en la identidad religiosa, las creencias y la práctica judías. El documento del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, Orientaciones y Sugerencias para la Aplicación de la Declaración Conciliar Nostra Aetate nº 4, 1974, prescribe: «Los cristianos deben tratar de comprender mejor los componentes fundamentales de la tradición religiosa judía y aprender las características esenciales por las que los propios judíos se definen a sí mismos a la luz de su realidad religiosa actual». Este libro adentra al lector en el mundo de la exégesis, la teología y la espiritualidad judías. En él, se encuentran vibrantes voces judías, de las que hay mucho que aprender, tanto más si se está llamado, como es el caso de los católicos, a dialogar con los judíos, especialmente en la lectura compartida de las Escrituras.

3) En tercer lugar, el libro ofrece una espiritualidad profunda, enraizada en el texto bíblico y en la práctica y la fe de su autor. Esta espiritualidad propugna la oración y la contemplación, combinando fe y razón. Feld concluye el libro con estas afirmaciones: «La encarnación plena de la Torá está siempre un poco más allá de nuestro alcance. Siempre hay un nuevo midrash, una nueva línea de interpretación que debemos escribir para nuestro tiempo, para que las paradojas de la Torá puedan encontrar síntesis para nosotros, aquí y ahora. La vida espiritual que revelaron sus autores sigue hablándonos, y por eso aplicamos sus instituciones y prácticas a nuestro tiempo, ofrecemos nuestra comprensión de su significado. Y seguramente incluso nuestros esfuerzos serán incompletos y, a su vez, darán lugar a un nuevo renacimiento. La vida de la Torá es una serie continua de revoluciones, una serie continua de revelaciones» (254).

El Papa Francisco, dirigiéndose al Consejo Internacional de Cristianos y Judíos el 30 de junio de 2015, subrayó: «Las confesiones cristianas encuentran su unidad en Cristo; el judaísmo encuentra su unidad en la Torá. Los cristianos creen que Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne en el mundo; para los judíos la Palabra de Dios está presente sobre todo en la Torá. Ambas tradiciones de fe tienen como fundamento al Dios único, al Dios de la Alianza, que se revela a los hombres a través de su Palabra. En la búsqueda de una actitud justa hacia Dios, los cristianos se dirigen a Cristo como fuente de vida nueva, los judíos a la enseñanza de la Torá». El comentario del rabino Feld sobre el Pentateuco ayuda a los lectores católicos a discernir aún más claramente el estrecho parentesco entre judíos y católicos.

David Neuhaus
Doctor en ciencias políticas de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ingresó a la Compañía de Jesús en 1992. Es miembro de la Jesuit community of the Holy Land y corresponsal de La Civiltà Cattolica en Israel.

    Comments are closed.