El 3 de enero de 1521, con la bula Decet Romanum Pontificem, Lutero fue declarado hereje y excomulgado, porque no se retractó de lo que exigía la bula anterior, Exsurge Domine, de 1520[1]. Desde entonces, en el mundo católico, ha sido identificado como el «hereje» por antonomasia, aquel que desgarró la unidad cristiana y demolió el sacerdocio y la vida religiosa.
¿Por qué recordar, después de medio milenio, esta excomunión? Lamentablemente, sus consecuencias siguen haciéndose sentir en la historia y generan sufrimiento[2]. En sí misma, en el Derecho canónico, la excomunión cesa con la muerte de la persona que la sufre[3], pero en este caso los efectos han sido mucho más duraderos, por casi cinco siglos. Es como si la bula habiera «excomulgado» no solo a Lutero, sino también a la Reforma.
Las etapas que llevaron a tales consecuencias históricas se basan en diversos hechos, provocados tanto por la Iglesia como por Lutero: en primer lugar, las 95 tesis de Wittenberg y el encuentro con el cardenal Cayetano; luego la excomunión; finalmente, la Dieta de Worms en abril de 1521.
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Las tesis de Wittenberg: la petición de un diálogo
Durante mucho tiempo, las 95 tesis del 31 de octubre de 1517 fueron consideradas un desafío de Lutero a la Iglesia. Esto parecería confirmarse por su supuesta fijación en la puerta de la iglesia de Todos los Santos. Sin embargo, este episodio, aunque muchos lo consideran histórico, es una leyenda: no se trata de un detalle insignificante, porque desmantela la interpretación, transmitida durante siglos, de la fijación como un acto de rebelión de Lutero contra la Iglesia. Se ha hablado ampliamente de ello hace cinco años[4].
Las tesis constituyen el apéndice de una carta que Lutero escribió al arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandeburgo, responsable de la predicación de las indulgencias en Alemania, cuya recaudación habría sido destinada a la construcción de la basílica de San Pedro. Lutero, sacerdote y profesor universitario, está preocupado por lo que está ocurriendo: las personas se precipitan fuera de los límites del Electorado para comprar indulgencias para sí mismas y para los difuntos[5]. En Wittenberg, el príncipe elector Federico el Sabio las había prohibido, para evitar que el dinero en efectivo saliera al extranjero y terminara en las arcas del arzobispo, su adversario.
Lutero está inquieto por la manera irresponsable en que los dominicos presentan las indulgencias y por la falsa seguridad que inculcan en los fieles acerca de la salvación: nadie está seguro de su propia salvación. Señala que, en cambio, se debe predicar el Evangelio, «primera y única misión de todo obispo», que es descuidada para dejar lugar al «bullicio de las indulgencias»[6]. La fecha es el 31 de octubre de 1517, víspera de la fiesta de Todos los Santos.
A la carta se adjuntan las «95 Tesis», que formulan posibles objeciones para que el arzobispo reflexione sobre las dudas que en un teólogo advertido surgen de la predicación, y un tratado, De indulgentiis, para profundizar el problema. Todo está escrito en latín, porque está destinado a la autoridad religiosa. No hubo, por tanto, ninguna fijación pública de las Tesis el 31 de octubre de 1517: fijación, por lo demás, ausente también en los documentos que registran la fundación y la historia de la universidad[7].
Una respuesta no recibida y la denuncia en Roma
Lutero no recibió ninguna respuesta a su carta, a su solicitud de un diálogo o al menos de una explicación. El arzobispo Alberto, en cambio, bastante irritado, envió las Tesis a Roma con una denuncia por la difusión de «nuevas doctrinas».
Casi inmediatamente las Tesis tuvieron una enorme repercusión en toda Alemania, pero no fue Lutero quien las difundió. Él, después de haber esperado en vano una respuesta, habló de ellas con algunos amigos: comenzó así, de manera discreta, una impresionante divulgación. En enero de 1518 las Tesis estaban impresas y eran conocidas en todas partes. Dado el clamor que habían suscitado contra Roma, Lutero sintió la necesidad de ofrecer una explicación popular. Lo hizo en marzo de 1518 con el Sermón sobre la indulgencia y la gracia, en alemán. Siguió también un comentario teológico de las Tesis en latín. El tratado, con una carta dedicatoria a León X, estaba precedido por una singular «protesta»; después de haber afirmado que reconoce en la voz del Papa la voz de Cristo que guía y gobierna la Iglesia, concluía: «Espero, con esta declaración mía, haber dicho claramente que yo puedo, sí, equivocarme, pero que no se podrá hacer de mí un hereje»[8].
En Roma, la causa de Lutero avanzaba lentamente. Sin embargo, el Papa encargó al teólogo de la corte, Silvestro Mazzolini, llamado «el Prierias», que diera una evaluación de las Tesis. Él la escribió en solo tres días, centrada en la autoridad e infalibilidad del Pontífice: Diálogo contra las presuntuosas Tesis de Martín Lutero sobre el poder del Papa. Las Tesis fueron rechazadas no por la interpretación que daban de la Escritura, sino porque ponían en cuestión el papado, indispensable para la verdad de la doctrina y la unidad de la Iglesia[9]. Aunque el juicio de los humanistas fue unánime respecto a la superficialidad de la respuesta – el mismo Erasmo la definió como insulsísima[10] – , hay que reconocer al Prierias el haber identificado el punto central de las Tesis: la autoridad del Papa, considerada en Roma por todos «infalible»[11]. Sin embargo, el texto no era un diálogo —como indicaba el título—, sino una condena: «Quienquiera que, a propósito de las indulgencias, afirme que la Iglesia romana no puede hacer lo que de hecho hace, es hereje»[12]. Según el teólogo, una interpretación arbitraria de la Biblia y una presunción arrogante han sido, en la historia, los rasgos característicos del hereje. La evaluación obtuvo el efecto deseado: Lutero fue convocado a comparecer en Roma para responder a la acusación de herejía y de rebelión contra el Papa.
Mientras tanto, también el emperador Maximiliano I llamaba la atención de León X sobre el movimiento suscitado por el fraile agustino, que constituía un peligro para la unidad de la fe y perturbaba el orden público en el Imperio. Se encargó entonces del «caso Lutero» al cardenal Cayetano, conocido teólogo dominico y gran comentarista de santo Tomás, que se encontraba en Alemania para la Dieta de Augsburgo: debía interrogarlo y, si no se retractaba, enviarlo a Roma.
El interrogatorio en la Dieta de Augsburgo
Cayetano había preparado dos puntos. El primero concernía a la tesis 58, que estaba en contraste con la bula Unigenitus, de Clemente VI, de 1343: para Lutero, el tesoro de la Iglesia no debía identificarse con los méritos de Cristo y de los santos. El segundo se refería al problema de la fides sacramenti, es decir, si la eficacia de un sacramento estaba ligada a la fe de quien lo recibía. Para el cardenal, esta novedad no entraba en la Tradición, y en sus apuntes escribió: «Esto significa fundar una nueva Iglesia»[13].
En el interrogatorio, Cayetano se limitó al primer punto. Lutero demostró conocer bien la bula Unigenitus, y lo probó corrigiendo una cita inexacta del cardenal, pero no la consideraba vinculante, porque no se fundaba en la Biblia y, donde la citaba, distorsionaba su sentido. En cuanto a la autoridad del Papa sobre la Escritura, la reconocía; sin embargo, objetaba con la enseñanza de Pablo (1 Cor 14,30-33): cualquier fiel, si se le revela el Espíritu, puede interpretar con autoridad la Palabra. Por ello no podía retractarse, porque consideraba que fundamentaba sus convicciones en la Biblia. Cuando el cardenal insistió en que al Pontífice se le debía obediencia, Lutero señaló que también el Papa podía equivocarse, como había sucedido con Pedro en la controversia de Antioquía[14].
A pesar de las buenas intenciones del cardenal, el encuentro de Augsburgo no condujo a nada: fue un diálogo entre sordos. Lutero no se retractó, porque no se le había demostrado con la Escritura en qué había errado. Cayetano quedó exasperado por la dureza del agustino, pero no logró captar la autenticidad que animaba su experiencia religiosa.
Por su parte, Lutero se disculpó por escrito con el cardenal, pero escribió una apelación al «Papa mal aconsejado» para informarlo mejor, y a un Concilio que debía celebrarse en un lugar seguro[15].
Cayetano y Federico el Sabio
El 25 de octubre, Cayetano hizo al príncipe Federico un informe de los encuentros, en el que describía el modo benevolente con el que había tratado al profesor de Wittenberg, pero se veía obligado a señalar la gravedad de sus afirmaciones contra la Decretal Unigenitus: por ello Lutero debía ser entregado a Roma, y solicitaba su extradición.
La carta tuvo respuesta mucho tiempo después, el 8 de diciembre. Con diplomacia, pero también con firmeza, Federico el Sabio cuestionaba las acusaciones dirigidas contra Lutero y concluía: «En caso de que reconociéramos con algún fundamento seguro que la doctrina del doctor Martín Lutero es impía o incluso solo peligrosa, seríamos nosotros mismos quienes intervendríamos, aconsejados por la ayuda y la gracia de Dios omnipotente, sin necesidad de exhortaciones o advertencias de otros»[16]. El príncipe había hecho examinar los escritos de Lutero: no se había encontrado en ellos nada contrario a la doctrina de la Iglesia y no se había presentado ninguna prueba de culpabilidad. Ciertamente, Lutero estaba bajo proceso, pero no había sido condenado como hereje. Por lo tanto, Federico, como es deber de un príncipe cristiano, se declaró dispuesto a obedecer por el honor de Dios y de su propia conciencia. Un caso de herejía precisamente en la universidad de Wittenberg, fundada y sostenida por él, habría producido un notable deshonor a la institución y al Electorado; por ello el príncipe había intervenido con determinación.
La política internacional y el «caso Lutero»
El 12 de enero de 1519 murió Maximiliano I. Se abría la sucesión al trono, en la que el candidato emergente, y ya en parte designado, era Carlos I, el nieto del emperador, que reunía en sí la herencia de la casa de Habsburgo y de España, de modo que el Estado de la Iglesia habría quedado rodeado por sus territorios. León X dio inmediatamente disposiciones para que Federico el Sabio, el príncipe de Lutero, también contrario a la elección del Habsburgo, aceptara la corona imperial. Las maniobras fracasaron y fue elegido emperador Carlos V. El proceso contra el fraile sufrió una interrupción, que se prolongó aún más, dando ocasión al movimiento para difundirse todavía más.
En julio de 1519, la disputa de Leipzig con Johannes Eck, doctor en teología y docente en la universidad, puso de manifiesto que Lutero no quería solo una reforma de la Iglesia, sino que también atacaba sus estructuras. Para él, la Iglesia no tenía necesidad de una cabeza terrenal, ya que la verdadera cabeza era Cristo; además, el primado del Papa no podía considerarse de fe, dado que no se encuentra en el Evangelio. Finalmente, Eck había logrado hacerle confesar que también los Concilios pueden equivocarse: el de Constanza —el único Concilio que se ha celebrado en Alemania— se había equivocado al condenar a Jan Hus. Aunque el vencedor de la disputa fue Eck, el pueblo aclamaba a Lutero como el héroe de la nación alemana que había sabido hacer frente al papado.
En la protesta del doctor de Wittenberg confluía también el problema de los Gravamina nationis germanicae, que desde hacía medio siglo recogían las quejas de los alemanes contra la Curia romana. Se trataba de los impuestos, de las prebendas, de las gracias que de ningún modo eran consideradas para su reforma, o al menos para su revisión. Estas habían desacreditado al papado y generado un nacionalismo encarnizado. Solo una reforma radical habría podido cambiar el clima de tensión que se había creado.
La bula «Exsurge Domine»
Mientras tanto, a los problemas planteados por Lutero todavía no se había dado respuesta. El coro de consensos que había suscitado parecía frenar los juicios de las universidades sobre las Tesis. Los teólogos de Maguncia se habían limitado a aconsejar al arzobispo que hiciera examinar las Tesis en Roma. La universidad de Erfurt, donde Lutero había estudiado, no fue capaz de tomar posición. El primer juicio, en agosto de 1519, fue el de la universidad de Colonia, bastión de los dominicos, y fue seguido por el de la universidad de Lovaina. La lentitud puede explicarse por las resistencias de las universidades a formular un parecer sobre cuestiones que no habían sido definidas.
En cualquier caso, los juicios emitidos confluyeron en la redacción de la bula Exsurge Domine, del 15 de junio de 1520, que comenzaba con las palabras del Salmo 74 (73),22: «Levántate, Señor, a juzgar tu causa», y continuaba con el Salmo 80 (79),14: «Un jabalí del bosque devasta tu viña»[17]. Lutero es descrito como un jabalí salvaje que, con una manada de zorros, está destruyendo la viña del Señor. He aquí el inicio de la primera respuesta «oficial» de la Iglesia a la instancia de Lutero. Sin embargo, no se respondía a sus peticiones iniciales, a su voluntad de poner fin a un escándalo, a su deseo de una aclaración, a su inquietud por el modo profano con el que se trataban cuestiones de conciencia.
La bula condenaba 41 proposiciones, tomadas de sus obras, como «heréticas, escandalosas, falsas, ofensivas para oídos piadosos, seductoras de las almas simples, contrarias a la doctrina católica»[18], pero no especificaba qué censura debía atribuirse a cada una de las proposiciones, por lo que no quedaba claro cuál era herética, cuál era solo una afirmación escandalosa, peligrosa para los simples o discutible en teología. También se prohibía la impresión, la publicación y la lectura de los libros de Lutero, y se ordenaba a las autoridades requisar sus escritos y quemarlos públicamente.
La bula condenaba los errores, no la persona de Lutero, pero le imponía 60 días de plazo para la retractación, bajo pena de excomunión. Lamentablemente, el tono altisonante de Exsurge Domine y la rapidez con la que había sido redactada causaron no poco daño a la autoridad de la Iglesia, privándola de eficacia.
Si es cierto que hasta el Concilio de Trento la bula fue el único pronunciamiento oficial de la Iglesia sobre un drama en el que la persona de Lutero tendía a pasar a segundo plano, las repercusiones inmediatas, y luego lejanas, de la crisis nacida con él se multiplicaban y se extendían en todas direcciones. La bula fue de difícil publicación y produjo el efecto contrario al deseado: afectaba también al mundo germánico, y principalmente a los problemas ligados a la relación entre la nación alemana y la Curia romana. Paradójicamente, se convirtió en una publicidad involuntaria para el doctor de Wittenberg.
La excomunión
La publicación de las obras reformistas de Lutero en 1520[19] y la quema de sus escritos en Colonia – Lutero hizo lo mismo con las decretales del Papa, incluyendo, aunque de forma oculta, una copia de la Exsurge Domine – precipitaron los acontecimientos. Como se ha dicho, el 3 de enero de 1521, una vez transcurridos los 60 días sin ninguna retractación, se publicó la bula de excomunión Decet Romanum Pontificem. El Imperio, brazo secular de la Iglesia, según la tradición jurídica medieval, debía aceptar la sentencia y ejecutar la condena.
Pero Carlos V no la ejecutó, no tanto porque en el momento de su elección imperial hubiera jurado que ningún súbdito sería condenado sin ser previamente interrogado, sino porque Federico el Sabio había logrado que se convocara a Lutero a la Dieta de Worms y se le diera la posibilidad de defenderse. Resultaba notable que, en lugar de proceder directamente contra el excomulgado, la Dieta imperial quisiera resolver por iniciativa propia una causa religiosa y teológica. Si esta elección podía parecer un avance respecto a las costumbres del pasado, tuvo como consecuencia que la exégesis de los textos bíblicos y la doctrina con la que se debía responder a Lutero fueran debatidas en una Dieta imperial, es decir, un órgano político. Era inevitable que se recurriera a alternativas simplificadas que ni siquiera tocaban una crisis de conciencia.
El interrogatorio en Worms
Lutero fue convocado a la Dieta de Worms con un salvoconducto y llegó allí el 16 de abril de 1521: fue una entrada triunfal. En él se saludaba el emblema de la nación germánica, aquel que había sido capaz de resistir al poder de Roma. Al día siguiente fue interrogado; le fueron presentados 20 libros y se le preguntó si los había escrito y si estaba dispuesto a retractarse. Lutero los reconoció como suyos y pidió tiempo para reflexionar. No estaba dispuesto a renegar de nada, ya que se trataba de «la fe y la salvación del alma. Además, concierne a la Palabra de Dios, que es lo más grande que existe en el cielo y en la tierra»[20]. El interrogatorio del hereje se convertía así en una provocación para examinar la propia conciencia: no solo Lutero, sino todos debían interrogarse sobre su fe y la palabra de Dios. Incluso los jueces, en su veredicto, podían poner en riesgo su propia salvación.
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El 18 de abril, en la Dieta, se le volvió a preguntar si estaba dispuesto a retractarse. Lutero señaló entonces que no todos los libros tenían el mismo contenido y los dividió en tres grupos. El primero comprendía los libros de piedad, en los que no había nada que condenar; el segundo grupo incluía los escritos contra el papado y los papistas, que no podía retractar, porque con su doctrina y su vida estos habían «devastado el mundo cristiano, mortificando las conciencias y devorando las riquezas de los pueblos, especialmente de la nación germánica»[21]; el tercer grupo comprendía algunos escritos polémicos «contra quienes trabajan para sostener la tiranía romana y destruir la piedad que yo enseño»[22]. Por lo tanto, no podía retractarse de nada, pero pedía al emperador y a los presentes que le señalaran, con la Escritura, cuáles eran sus errores, declarándose dispuesto a «retractar todo»[23].
El notario replicó: «Tú, como todos los herejes, te refugias en la Sagrada Escritura. Pero, como ellos, pretendes que sea interpretada a tu arbitrio. Además, tus herejías no son nuevas: no haces más que repetir los ya condenados errores de los picardos, de los valdenses, de los pobres de Lyon, de Wyclif y de Hus. No te arrogues, Martín, el privilegio de ser el único que comprende las Sagradas Escrituras. No antepongas tu juicio al de tantos clarísimos doctores que pasaron noches y días fatigándose en su estudio. No pongas en duda la santísima fe ortodoxa que Cristo […] instituyó, que los apóstoles predicaron en todo el mundo, que ha sido confirmada por tantos milagros y por la sangre roja de los mártires, y explicada por las enseñanzas de los santos doctores: aquella fe en la que murieron nuestros padres. […] Y que los sagrados concilios confirmaron. [El notario citó también el Concilio de Constanza…]. Responde, pues, sin ambigüedades ni dilemas: ¿quieres retractarte de los errores contenidos en tus libros, sí o no?»[24].
Consciente de arriesgar la vida y de poder acabar en la hoguera, Lutero respondió: «Si no soy convencido mediante los testimonios de las Escrituras, o por argumentos evidentes de la razón (pues no creo ni en el Papa ni en los concilios por sí solos, ya que es evidente que han errado y se han contradicho en varias ocasiones), quedo vencido (convictus) por los textos de la Escritura citados por mí; mi conciencia está cautiva (capta) de la palabra de Dios. Por tanto, no puedo ni quiero retractarme, porque actuar contra la conciencia no es seguro ni saludable. – Y añadía en alemán – Que Dios me ayude. Amén»[25].
Hasta en tres ocasiones Lutero mencionaba la Biblia, en una extraordinaria proclamación de la Sola Scriptura: porque la palabra de Dios fundamenta la doctrina, vence su conciencia y lo convence de no retractarse. La respuesta obstinada y firme, en su profunda convicción, se arraigaba en su concepción de la Escritura: para él, la instancia última era la palabra infalible de Dios, la Biblia, y no la Iglesia, que, aunque autoridad interpretativa de la Escritura, a lo largo de la historia había errado en varias ocasiones. La conclusión en alemán era el modo sencillo con el que él cerraba los sermones. Al hacerlo en su lengua, hablaba también al pueblo alemán.
La condena de Lutero
Carlos V, después de escuchar a Lutero, le ordenó retirarse. Al día siguiente declaró solemnemente que quería seguir el ejemplo de sus antepasados: frente a las ideas de un fraile aislado, oponía la fe católica y el honor a Dios de sus predecesores. Martín Lutero «andaba errando contra Dios, contra toda la cristiandad tanto del pasado, desde mil años y más, como del presente. […] Según su opinión, toda la cristiandad habría estado y estaría en el error»[26]. Con el hereje ya se había discutido lo suficiente y el emperador había decidido[27].
De ahí el edicto de Worms. El texto fue redactado por el nuncio Jerónimo Aleandro en un latín solemne, pero con un estilo duro y ofensivo que inspiraba terror. Antes de promulgarlo, el emperador lo hizo traducir al alemán y lo sometió a la aprobación de los Estados, quizá para prevenir la crítica de haber actuado de manera despótica. Lutero fue proscrito de todo el Imperio como enemigo de la nación alemana y de toda la cristiandad, y sus libros condenados a la hoguera: «Según la bula del santo padre el Papa [debe ser] considerado como un miembro extraño de la Iglesia de Dios, cismático obstinado y hereje manifiesto»[28]. Se lo definía como «no un hombre, sino el mismo demonio con apariencia humana, revestido con un hábito de monje para la ruina de la humanidad, que ha reunido en una cloaca las herejías condenadas, e incluso ha inventado otras nuevas bajo la simulada predicación de la fe, destruyendo la verdadera fe, […] la paz evangélica y la caridad»[29]. Por tanto, era tarea del Papa y del emperador poner fin a la herejía con la ayuda de los cristianos; por ello estaba prohibido «dar alojamiento a Lutero, esconderlo, darle de comer y de beber, prestarle ayuda, […] y se debe capturarlo o hacerlo capturar dondequiera que se encuentre y entregárnoslo»[30].
Contrariamente a lo que pensaba el nuncio, el bando se volvería de inmediato dramáticamente impopular, y aún hoy es considerado por historiadores intransigentes un «vergonzoso edicto romano»[31]. Parece que Aleandro, al promulgarlo, dijo: «He aquí el fin de la tragedia». Pero no hubo tal fin; al contrario, como le respondió un español de la corte: «Yo creo más bien que es un comienzo»[32]. Era el inicio de un conflicto secular entre la Reforma protestante y la Iglesia de Roma.
Con la excomunión, Lutero era expulsado de todo el territorio imperial (lo cual le pesó durante el resto de su vida). Él y sus seguidores incurrían en las censuras y penas de la excomunión y del entredicho (la prohibición de recibir los sacramentos). Sin embargo, el problema teológico se ampliaba y se transformaba en un caso nacional y político. Toda Alemania estaba furiosa contra el papado y no dio mayor importancia al edicto. El propio Federico el Sabio no lo promulgó en el Electorado de Sajonia, el único territorio alemán en el que Lutero podía vivir y moverse libremente. Sus libros se imprimían, se vendían y se multiplicaban en toda Alemania, sin que nadie fuera castigado.
La Iglesia de Roma se mecía en la ilusión de que bastaría una decisión desde arriba para resolver definitivamente problemas que exigían una atención y un compromiso muy distintos para eliminar los obstáculos surgidos poco a poco de la falta de una «reforma en la cabeza y en los miembros». Ciertamente, hay que tener en cuenta que la cuestión decisiva fue la pretensión, tanto de la Iglesia como de Lutero, de encarnar por completo la verdad y de ser sus únicos dispensadores. La Edad Media había terminado y un mundo nuevo surgía en el horizonte.
En el texto de condena se citaba al apóstol Pablo: «Rechaza al hombre que promueve divisiones, después de una primera y segunda amonestación» (Tt 3,10). En la Edad Media, la excomunión se ejecutaba con fórmulas y métodos de un rigor impresionante. Que esto era conforme a la tradición cristiana lo admitía el propio Lutero, que quiso conservarla también en el protestantismo[33].
Sin embargo, en 1518, él había escrito sobre el «poder» de la excomunión[34]. Y ahora la experimentaba en sí mismo, pero solo aquella disciplinaria y externa, es decir, la separación de la Iglesia y de los sacramentos; no la excomunión espiritual, que es la fe, el amor y la esperanza en Dios: de esto solo el pecado nos aleja. Y citaba Rm 8,34: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?».
Lutero hablaba también de una excomunión «injusta»: en tal caso no se debe negar con palabras o acciones la causa por la cual se ha sido excomulgado, siempre que esto pueda hacerse sin cometer pecado. La justicia y la verdad, que nos hacen partícipes de la comunión espiritual de la Iglesia, no pueden ser abandonadas por un acto disciplinario.
Después de medio milenio
Después de 500 años, no se puede negar hoy el papel que tuvo Lutero. Él supo poner en marcha un proceso de «reforma» fundado en el Evangelio de la gracia y de la misericordia divina y en el llamado a la conversión, del cual, a pesar de los resultados dramáticos, también pudo beneficiarse la Iglesia católica[35]. Un historiador, al concluir la biografía de Lutero, ha afirmado que la Iglesia hoy puede agradecer «el desafío de Wittenberg» por al menos dos razones: la ayudó a redescubrir y a hacer renacer la fe como en los primeros siglos, y contribuyó a liberar al papado renacentista de la mundanización en la que se había enredado[36].
En 2011, Benedicto XVI, en Erfurt, en el antiguo convento agustino donde Lutero estudió teología, al encontrarse con los representantes del Consejo de la Iglesia evangélica en Alemania, recordó con fuerza la pregunta fundamental que constituyó «la fuerza motriz del camino» del reformador: «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?»[37]. Con ello quiso subrayar el compromiso ecuménico en el fundamento de la fe[38].
El 15 de noviembre de 2015, el papa Francisco, durante su visita a la Christuskirche de Roma, expresó el deseo de que la «Iglesia católica lleve adelante con valentía […] la revisión atenta y honesta de las intenciones de la Reforma y de la figura de Martín Lutero, en el sentido de una Ecclesia semper reformanda, en el gran surco trazado por los concilios, así como por hombres y mujeres animados por la luz y la fuerza del Espíritu Santo»[39]. También afirmó que Lutero «era un reformador. […] Quizá algunos de sus métodos no eran correctos, pero […] la Iglesia tampoco era precisamente un modelo a imitar: había corrupción, había mundanidad, había apego al dinero y al poder. Y por eso él protestó»[40].
Finalmente, en Lund, el 31 de octubre de 2016, Francisco reconoció con gratitud que «la Reforma contribuyó a dar mayor centralidad a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia» y señaló que «la experiencia espiritual de Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios»[41].
Después de cinco siglos de contrastes, controversias e incluso guerras sangrientas, la historia marca ahora un nuevo clima entre luteranos y católicos[42]. Sobre todo, es conciencia común que la división entre los cristianos es un escándalo gravísimo y un obstáculo que impide el anuncio evangélico[43]. Los encuentros ecuménicos están abriendo el camino a un acercamiento entre las distintas confesiones, así como a un enriquecimiento mutuo en la búsqueda de la verdad, de esa verdad que es Cristo: en la oración sacerdotal, él pide por sus discípulos y por los futuros «que todos sean uno» (Jn 17,11.21.22.23). El ser «uno» es la glorificación del Padre, que revela la santidad de Dios y nos hace hermanos.
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Cf. P. Fabisch – E. Iserloh (edd.), Dokumente zur Causa Lutheri (1517-1521). II. Vom Augsburger Reichstag 1518 bis zum Wormser Edikt 1521, Münster, Aschendorff, 1991, 456-467. ↑
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Con motivo del aniversario de la excomunión de Lutero, la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica Romana han publicado la nueva versión italiana actualizada de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación. Edición del 20º aniversario. Además del pastor Martin Junge (secretario general de la Federación Luterana Mundial) y del cardenal Kurt Koch (presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos), está firmada por el obispo Ivan M. Abrahams (secretario general del Consejo Metodista Mundial), el arzobispo Josiah Idowu-Fearon (Secretario General de la Comunión Anglicana) y por el pastor Chris Ferguson (Secretario General de la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas). Se trata de un paso adelante para continuar juntos el camino ecuménico «del conflicto a la comunión». ↑
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Cf. J. J. Arrieta (ed.), Codice di Diritto canonico e leggi complementari, Roma, Coletti, 2018, 903, nota al título VI, «De la cesación de las penas»: «La muerte del reus extingue los efectos de todas las penas». ↑
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Cf. G. Pani, «L’affissione delle 95 Tesi di Lutero: storia o leggenda?», en Civ. Catt. 2016 IV 213-226. ↑
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Cf. D. Martin Luthers Werke. Kritische Gesamtausgabe, Weimar, H. Böhlaus, del 1883 en adelante (= WA), Briefe, 1, 110-112. ↑
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«Strepitus Indulgentiarum», ibid., 111, 44. ↑
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Cf. W. Friedensburg, Geschichte der Universität Wittenberg, Halle a. S., Niemeyer, 1917. Según el libro, era el conserje, y no el profesor, quien tenía la tarea de colgar en la puerta de la iglesia las tesis que se iban a debatir en la universidad (cf. ibid., 30). ↑
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Resolutiones disputationum de indulgentiarum virtute: WA 1, 530, 10-12. ↑
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Cf. V. Reinhardt, Lutero l’eretico. La Riforma protestante vista da Roma, Venecia, Marsilio, 2017, 83 s. ↑
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P. S.-H. M. Allen, Opus epistolarum Des. Erasmi Roterodami, III, Oxford, Clarendon, 1913, 409, 16. ↑
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V. Reinhardt, Lutero l’eretico…, cit., 84. ↑
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C. Mirbt – K. Aland, Quellen zur Geschichte des Papsttums und des Römischen Katholizismus. I. Von den Anfängen bis zum Tridentinum, Tübingen, J. C. B. Mohr, 1967, 503. ↑
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Hoc enim est novam ecclesiam construere: cf. K. V. Selge, «La Chiesa in Lutero», en K. V. Selge – G. Chantraine – A. Bellini, Martin Lutero, Milán, Vita e Pensiero, 1984, 31, nota 30. ↑
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Cf. Gal 2,11-14; Hch 15. Conocemos la historia tanto por los diarios del cardenal, como por las Acta augustana, que Lutero publicó, a las que sigue la Appellatio M. Lutheri a Caietano ad Papam, WA 2, 6-33. ↑
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Cf. Appellatio F. Martini Luther ad Concilium, WA 2, 36-40. ↑
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P. Fabisch – E. Iserloh (edd.), Dokumente zur Causa Lutheri…, cit., 134. ↑
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Ibid., 364. ↑
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Ibid., 368; cf. G. Miegge, Lutero. L’ uomo e il pensiero fino alla Dieta di Worms (1483-1521), Turín, Claudiana, 20085 (or. 1946), 391-397. ↑
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Se trata de las tres grandes obras de 1520. Dado que el Papa y los obispos no eran capaces de reformar la Iglesia, Lutero se dirigió, en alemán, a la nobleza de la nación, es decir, al laicado, para que contribuyera a la renovación. El texto, A la nobleza cristiana de la nación alemana, sobre la reforma de la sociedad cristiana, se publicó en agosto de 1520. La segunda obra, en latín, De Captivitate Babylonica Ecclesiae. Praeludium Martini Lutherii, trata de los sacramentos, que mantienen cautiva a la Iglesia, cuando deberían ser la garantía de su libertad. Lutero abolió los sacramentos que, según él, no tenían fundamento en las Escrituras, dejando solo la Eucaristía, el bautismo y la penitencia. La tercera obra es La libertad cristiana, en latín y en alemán, sobre la libertad que Cristo ha adquirido y donado al creyente. ↑
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V. Reinhardt, Lutero l’eretico…, cit., 164. ↑
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WA 7, 833,8-15. ↑
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WA 7, 834,3-5. ↑
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Ibid., 19-23. ↑
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WA 7, 837,7-838,24 (el texto fue tomado de la relación del nuncio G. Aleandro). Sobre el episodio, véase G. Miegge, Lutero…, cit., 451-455. ↑
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WA 7, 838,4-9. La frase «Ich kan nichts anderts, hi stehe ich» («Esta es mi posición [o bien: de aquí no me muevo], no puedo tener otra ») se encuentra en la edición crítica y retoma uno de los primeros informes a la prensa; sin embargo, es un añadido posterior, aunque antiguo. Cf. G. Dall’Olio, Martin Lutero, Roma, Carocci, 2013, 93 s. ↑
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Sobre la «Confesión católica de Carlos V », cf. R. García-Villoslada, Martin Lutero. Il frate assetato di Dio, Milán, IPL, 1985, 773. ↑
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Aunque todo parecía haber terminado, se siguió intentando durante una semana llegar a un acuerdo, para no dejar nada sin intentar; acuerdo que resultó imposible. ↑
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P. Fabisch – E. Iserloh (edd.), Dokumente zur Causa Lutheri…, cit., 534. ↑
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Ibid., 523. ↑
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Ibid., 537. ↑
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V. Reinhardt, Lutero l’eretico…, cit., 171. ↑
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S. Nitti, Lutero, Roma, Salerno ed., 2017, 207. Cf. A. Prosperi, Lutero. Gli anni della fede e della libertà, Milán, Mondadori, 2017, 460. ↑
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Cf. WA Briefe 6, 564: era la praxis contra los blasfemos en Wittenberg, en 1533. ↑
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Cf. Sermo de virtute excomunicationis, WA 1, 638-643. Cf. G. Miegge, Lutero…, cit., 234 s. ↑
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Cf. W. Kasper, Martin Lutero. Una prospettiva ecumenica, Brescia, Queriniana, 2016, 71. ↑
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Cf. H. Schilling, Martin Lutero. Ribelle in un’epoca di cambiamenti radicali, Turín, Claudiana, 2016, 8. ↑
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Benedicto XVI, Discurso en el Antiguo convento agustino de Erfurt, Erfurt, 23 de septiembre de 2011. ↑
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El papa Benedicto, ya muy afectado por la crisis de la fe en Occidente, estaba aún más consternado por la desaparición de la fe en las tierras que habían sido luteranas. ↑
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www.vatican.va/ 15 de noviembre de 2015. ↑
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Ibid, 26 de junio de 2016. ↑
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Ibid., 31 de octubre de 2016. ↑
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Cf. la Dichiarazione congiunta sulla dottrina della giustificazione de 1999 y el documento Dal conflitto alla comunione de 2014. ↑
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Cf. la Concordia di Leuenberg de 1973; W. Kasper, Martin Lutero…, cit., 63-73. ↑
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