Viajes

El papa León XIV va al encuentro de África

Un mensaje de paz, de reconciliación y de esperanza

Del 13 al 23 de abril de 2026, el papa León XIV viajó a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial en su primer viaje apostólico a África. En 11 días, se sucedieron 18 desplazamientos aéreos y 25 intervenciones, entre discursos, homilías y saludos. El Papa habló en cuatro lenguas distintas: inglés, francés, portugués y español, según los idiomas oficiales de los países visitados. En Argelia, donde la lengua oficial es el árabe, utilizó el inglés y, sobre todo, el francés. En este país, alentó a la pequeña comunidad católica local, se acercó a las raíces de la familia agustiniana y se convirtió en protagonista del diálogo con el mundo musulmán. En Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, encontró una población mayoritariamente cristiana y una Iglesia que celebra y vive su fe no solo con alegría y esperanza, sino también con un espíritu misionero que él mismo ha alentado.

Argelia: «gestos sencillos, relaciones auténticas y un diálogo vivido día a día»

La mañana del 13 de abril de 2026, el papa León XIV, acompañado por su séquito y por un grupo de unos 70 periodistas, partió desde el aeropuerto de Fiumicino en un vuelo especial de ITA Airways con destino a Argel[1]. Así dio inicio a su tercer viaje apostólico y al primero en África que, en la etapa argelina —la primera vez de un Papa en este país— tuvo como lema «La paz esté con vosotros», traducido al árabe con el saludo Assalamu Alaykom. Palabras que evocan el diálogo y el encuentro entre cristianos y musulmanes, numéricamente desproporcionado, pero no por ello menos significativo. De hecho, en una población de aproximadamente 47 millones de habitantes, los católicos constituyen una pequeña minoría de cerca de 9.000 fieles, en un país de inmensa mayoría musulmana.

A su llegada al aeropuerto de Argel, el Papa fue recibido por el presidente de la República, Abdelmadjid Tebboune. Tras la ceremonia de bienvenida, se dirigió al Memorial de los Mártires, un monumento inaugurado en 1982 con motivo del vigésimo aniversario de la independencia de Francia. Allí, el Papa se dirigió al pueblo argelino, recordando sus dos visitas anteriores como religioso agustiniano y presentándose, ahora como sucesor del apóstol Pedro, como un hermano. Evocó luego la larga y rica historia de Argelia, aunque marcada por períodos de violencia, y se refirió a la paz vinculándola con la reconciliación y el perdón. Este fue el primero de los muchos llamados a la paz que el Pontífice realizó durante su viaje por África[2].

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Posteriormente tuvo lugar la visita de cortesía al presidente de la República en el Palacio El Mouradia. Luego, León XIV se trasladó al Centro de Convenciones Djamaa el Djazair, donde se celebró el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Después del discurso del presidente de la República, el Papa retomó y profundizó algunos de los temas abordados en el Memorial de los Mártires, entre ellos la paz, la fraternidad, el encuentro y la reconciliación. No faltó el reconocimiento de la generosidad y hospitalidad del pueblo argelino, cuyas raíces se encuentran en las comunidades árabes y bereberes.

León XIV aludió también a las vicisitudes de la historia de Argelia, afirmando que esta «puede contribuir a imaginar y alcanzar una mayor justicia entre los pueblos», tanto más urgente «ante las continuas violaciones del derecho internacional y de las tentaciones neocoloniales». Asimismo, quiso exhortar a las autoridades a promover «una sociedad civil viva, dinámica y libre, en la que especialmente a los jóvenes se reconozca la capacidad de contribuir a ampliar el horizonte de la esperanza para todos». De manera significativa, se refirió también al Mediterráneo y al Sahara, que configuran la geografía argelina, como una «confluencia de caminos geográficos y espirituales» donde se encuentran «inmensos tesoros de humanidad»; por ello advirtió: «¡Ay de nosotros si los convertimos en cementerios donde muere también la esperanza!». Una clara referencia al tráfico de personas y a la explotación de los migrantes. Finalmente, el Pontífice dirigió un llamado «a la sanación de la memoria y la reconciliación entre antiguos adversarios», un don que pidió para todo el pueblo argelino.

Al término de la mañana, León XIV llegó a la Nunciatura Apostólica, su residencia en Argelia. La primera etapa de la tarde lo llevó luego a la Gran Mezquita de Argel, con capacidad para albergar a 120.000 fieles, donde fue recibido por el rector del vasto complejo religioso. A continuación, visitó el Centro de acogida y amistad de las Hermanas agustinas misioneras de Bab El Oued, para rendir homenaje a la memoria de dos religiosas de esta comunidad que, durante la guerra civil argelina, estuvieron entre los 19 mártires asesinados entre 1994 y 1996. Finalmente, el Pontífice se dirigió a la basílica de Nuestra Señora de África, construida sobre un promontorio de 124 metros al norte del centro de Argel e inaugurada en 1872. Allí tuvo lugar el encuentro con la comunidad argelina.

Tras las palabras de bienvenida del arzobispo de Argel, el Papa escuchó cuatro testimonios que, por la diversidad de sus pertenencias —no solo católica, sino también pentecostal y musulmana—, representaron bien la vida cotidiana de la Iglesia en Argelia, hecha de encuentro, diálogo y servicio a los necesitados. En su discurso, después de recordar las antiguas raíces del cristianismo en Argelia, así como a los mártires del siglo XX, León XIV reafirmó la importancia de la oración, la caridad y la unidad como pilares de la presencia cristiana en el país. La comunión entre cristianos y musulmanes, bajo el manto de Nuestra Señora de África, fue evocada también con palabras significativas: «En un mundo donde las divisiones y las guerras siembran dolor y muerte entre las naciones, en las comunidades e incluso en las familias, su forma de vivir juntos, unidos y en paz es un gran signo. Así unidos, difundan la hermandad». Concluido el encuentro, León XIV regresó a la Nunciatura, donde se reunió con los obispos de Argelia.

El día siguiente, 14 de abril, estuvo dedicado a Annaba, la antigua Hipona, situada en la costa nororiental de Argelia, a la que el Papa llegó en un vuelo especial de Air Algérie. San Agustín fue obispo de esta ciudad a comienzos del siglo V, por lo que aquí se encuentran las raíces espirituales de la familia agustiniana. León XIV visitó el sitio arqueológico de la antigua Hipona y se dirigió a la casa de las Hermanitas de los Pobres, que acogen a unos cuarenta ancianos necesitados, en su mayoría musulmanes. Como conclusión de esta visita, fue recibido en la casa de la comunidad agustiniana que custodia la basílica de san Agustín desde 1933; allí compartió un encuentro con los religiosos y permaneció para el almuerzo.

Por la tarde, siempre en la basílica de san Agustín, León XIV presidió la celebración eucarística con la que concluyó la visita-peregrinación a Annaba. Durante la homilía, comentando el encuentro entre Jesús y Nicodemo, dirigió a todos la invitación a renacer de lo alto. De este renacimiento, prosiguió, san Agustín es ejemplo primero por su conversión y luego por su sabiduría. Dirigió entonces a todos un sentido llamado: «Den testimonio del Evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día; así darán sabor y serán luz allí donde viven». Terminada la celebración, León XIV regresó a Argel. Al día siguiente, 15 de abril, visitó brevemente el jardín infantil Notre Dame d’Afrique de las Hermanas Misioneras de la Caridad y se dirigió al aeropuerto internacional, donde se despidió del presidente de la República y partió rumbo a Camerún.

Camerún: «En Dios, en su paz, siempre podemos recomenzar»

Camerún tiene cerca de 29 millones de habitantes, de los cuales el 29% son católicos. Antiguo protectorado alemán, el territorio fue dividido en 1920 entre Francia y el Reino Unido. La República de Camerún se constituyó en 1961 mediante la reunificación de la parte francesa, que había obtenido la independencia el año anterior, con la zona meridional de la parte británica. Al comienzo, un sistema federal ayudó a garantizar el respeto de la identidad de ambos territorios. Posteriormente, la instauración de un Estado unitario puso en crisis este equilibrio. En este contexto, desde 2016 la región anglófona es escenario de una crisis violenta que ya ha provocado miles de muertos y el desplazamiento de más de un millón de personas[3]. A su vez, las zonas del extremo norte del país siguen expuestas a la violencia yihadista, que lleva a cabo ataques contra comunidades religiosas, incluidos los musulmanes que no aceptan la ideología extremista. Como reflejo de la complejidad de esta situación, el lema del viaje, «Que todos sean uno», anticipaba ya el núcleo del mensaje que el Papa quería transmitir al pueblo camerunés.

En la tarde del 15 de abril, el avión con León XIV a bordo aterrizó en el aeropuerto internacional de Yaundé, la capital del país. El Pontífice fue recibido por el primer ministro, Joseph Dion Ngute. Después de la ceremonia de bienvenida, el Papa se dirigió al Palacio de la Unidad para la visita de cortesía al presidente de la República, Paul Biya, en el cargo desde 1982, y para el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Tras las palabras de bienvenida del presidente Biya, León XIV pronunció su discurso, afirmando que venía «como pastor y como servidor del diálogo, de la fraternidad y de la paz». A continuación, compartió su deseo de «llegar al corazón de todos, en particular de los jóvenes, llamados a dar forma, también política, a un mundo más justo».

León XIV se refirió luego a las tensiones y violencias presentes en algunas regiones de Camerún, que provocan «profundo sufrimiento: vidas perdidas, familias desplazadas, niños privados de la escuela, jóvenes que no ven un futuro». Ante una situación semejante, el Papa exhortó a acoger la paz y a «construir soluciones duraderas a los problemas», involucrando a la sociedad civil, «fuerza vital para la cohesión nacional».

Prosiguiendo su intervención, León XIV reconoció que la seguridad es «una prioridad, pero debe ejercerse siempre respetando los derechos humanos». Pidió entonces a las autoridades presentes un doble testimonio: la colaboración entre los órganos del Estado al servicio del pueblo, especialmente de los más pobres; y una conducta íntegra de vida como exigencia de las propias responsabilidades. Tampoco faltó un llamado explícito respecto de la corrupción: «Es necesario romper las cadenas de la corrupción, que desfiguran a los dirigentes, quitándoles autoridad».

Finalmente, el Papa invitó a «invertir en la educación, la formación y el espíritu emprendedor de los jóvenes» como una «elección estratégica para la paz» y explicó que la Iglesia católica «desea colaborar lealmente con las autoridades civiles y con todas las fuerzas vivas de la nación para promover la dignidad humana y la reconciliación». Al término del encuentro, León XIV visitó el Orfanato Ngul Zamba y, al final de la tarde, se reunió con los obispos de Camerún en la sede de la Conferencia Episcopal. Posteriormente, se dirigió a la Nunciatura Apostólica para una cena privada y el descanso nocturno.

El día siguiente, 16 de abril, estuvo enteramente dedicado a Bamenda, ciudad situada a 1600 metros de altitud en la región anglófona de Camerún, a la que el Papa llegó en un vuelo especial de la compañía aérea Camair-Co. Allí, por la mañana, tuvo lugar en la catedral de san José el encuentro por la paz. Tras las palabras de bienvenida del arzobispo de Bamenda, siguieron algunos testimonios sobre el dramático conflicto en la región, sus consecuencias y los intentos de promover la paz.

En su discurso, León XIV afirmó con emoción: «Estoy aquí para anunciar la paz, pero descubro rápidamente que son ustedes los que me la anuncian a mí y al mundo entero». A este respecto, recordó que la crisis en la región ha acercado a las comunidades cristianas y musulmanas, llevando a la fundación de un Movimiento por la Paz, que busca mediar entre las partes enfrentadas. El Papa recordó luego que son «bienaventurados los que trabajan por la paz», añadiendo con tono firme: «En cambio, ¡ay de quienes doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios intereses militares, económicos o políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso!». Como conclusión del encuentro, en el atrio de la catedral, el Papa y otros líderes presentes liberaron siete palomas blancas, símbolo de la paz deseada por todos. El Pontífice se dirigió luego al arzobispado de Bamenda para un almuerzo privado.

Por la tarde, en el aeropuerto de la ciudad, tuvo lugar la Misa por la paz y la justicia, con la presencia de cerca de 20.000 fieles. Durante la homilía, el Papa hizo referencia a la tensión entre la esperanza en un futuro de paz y reconciliación y los muchísimos problemas, entre los cuales enumeró: «las abundantes formas de pobreza […]; la corrupción moral, social y política […]; los graves y derivados problemas que aquejan al sistema educativo y al ámbito sanitario; así como la enorme migración al extranjero, en particular la de los jóvenes». A las problemáticas internas, el Papa quiso añadir explícitamente «el mal causado desde afuera por aquellos que, en nombre de la ganancia, siguen entrometiéndose en el continente africano para explotarlo y saquearlo». Con igual claridad formuló el llamado que hizo después: «Hoy y no mañana, ahora y no en el futuro, ha llegado el momento de reconstruir; de componer nuevamente el mosaico de la unidad […]; de edificar una sociedad en la que reinen la paz y la reconciliación». Al final de la celebración eucarística, el Papa se despidió de las autoridades locales y regresó a Yaundé.

La mañana del día siguiente, 17 de abril, estuvo dedicada a Duala, a la que León XIV llegó en un vuelo especial de Ita Airways. La ciudad está situada en el golfo de Guinea y es considerada la capital comercial del país. La celebración eucarística tuvo lugar en el estacionamiento adyacente al Japoma Stadium, con la presencia de cerca de 120.000 fieles. En la homilía, el Pontífice se detuvo en la multiplicación de los panes y los peces, tal como la narra el evangelio de Juan (cf. Jn 6,1-15). Ante la escasísima comida para la multitud que lo seguía, Jesús bendice lo que hay y lo reparte. «La multiplicación de los panes y los peces ocurre en el compartir; ¡he aquí el milagro!», afirmó el Papa, para luego explicar: «Hay pan para todos si se da a todos. Hay pan para todos si se lo toma no con una mano que acapara, sino con una mano que da». A la necesidad de alimento para el cuerpo es necesario unir —reiteró— «el alimento del alma, que nutre nuestra conciencia […]. Este alimento es Cristo, que siempre nutre en abundancia a su Iglesia y nos fortalece en el camino con su Cuerpo». El Papa quiso dirigir luego una palabra especial a los jóvenes, animándolos a ser «los primeros rostros y manos que llevan al prójimo el pan de la vida», e invitándolos a no ceder a la desconfianza ni al desaliento. Finalmente, pidiendo a los jóvenes que sean «buena noticia» para su país y custodien los valores de su pueblo, concluyó: «Sean, pues, protagonistas del futuro, siguiendo la vocación que Dios da a cada uno, sin dejarse comprar por tentaciones que malgastan las energías y no contribuyen al progreso de la sociedad».

Al término de la celebración, León XIV realizó una visita privada al Hospital católico Saint Paul, tras la cual regresó nuevamente al aeropuerto para volver a Yaundé a comienzos de la tarde. La jornada concluyó con el encuentro con el mundo universitario, en la Universidad Católica de África Central. Recibido con gran entusiasmo, después de las palabras de bienvenida del Rector y de los testimonios de dos estudiantes, el Papa se dirigió a la comunidad académica. Recordó la necesidad de que «las universidades, y con mayor razón las instituciones católicas, se conviertan en auténticas comunidades de vida y de investigación, que introduzcan a estudiantes y profesores a una hermandad en el conocimiento». Ante la necesidad de «ampliar los horizontes, tan estrechos, de una humanidad que le cuesta mantener la esperanza», exhortó luego a los investigadores «a abrirse a perspectivas interdisciplinarias, internacionales e interculturales».

De manera particular, invitó a la Universidad a «formar conciencias libres y piadosamente inquietas», «condición indispensable para que la fe cristiana se presente como una propuesta plenamente humana, capaz de transformar la vida de las personas y de la entera sociedad». Frente a la erosión de los puntos de referencia morales y a las «cosas nuevas» de las que no se debe tener miedo, el Papa pidió a la Universidad «formar a pioneros de un nuevo humanismo en el contexto de la revolución digital, sobre la cual el continente africano conoce bien no solo los aspectos encantadores, sino también el lado oscuro de las devastaciones ambientales y sociales provocadas por la frenética búsqueda de materias primas y tierras raras».

Dirigiéndose a los estudiantes, León XIV reconoció la «comprensible tendencia migratoria, que puede llevar a creer que en otros lugares se puede encontrar fácilmente un futuro mejor». A esta tendencia contrapuso una petición: «Los invito ante todo a responder con un ardiente deseo de servir a su país y de poner los conocimientos que están adquiriendo aquí al servicio de sus conciudadanos». Y a los docentes les pidió: «Además de ser guías intelectuales, sean modelos cuya rigurosidad científica y honestidad personal eduquen la conciencia de sus estudiantes». Finalmente, la última recomendación se refirió a la humildad, la virtud principal que debe animar a toda la comunidad universitaria, porque «todos somos discípulos, es decir, compañeros de estudio de un único Maestro». Al término de la jornada, León XIV regresó a la Nunciatura.

A la mañana siguiente, el 18 de abril, el Papa se dirigió al aeropuerto de Yaundé-Ville, donde presidió la celebración eucarística en presencia de unos 200.000 fieles. En la homilía, animó a los fieles tomando como punto de partida las palabras de Jesús que, caminando sobre las aguas, dice a los discípulos: «Soy yo, no teman» (Jn 6, 20). «Por eso —continuó— nos levantamos de cada caída y no dejamos que ninguna tormenta nos detenga, sino que proseguimos, siempre con valentía y confianza». Recordó luego la dimensión social de la fe, por la cual «se necesita una decisión común, que integre la dimensión espiritual y ética del Evangelio en el corazón de las instituciones y las estructuras, convirtiéndolas en instrumentos para el bien común».

Al final de la celebración, el Papa se dirigió al aeropuerto internacional de Yaundé, donde se despidió del presidente de la República. Luego, fue acompañado por el Primer Ministro hasta el avión que lo llevaría a Luanda.

Angola: «la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro»

Angola tiene cerca de 38 millones de habitantes, de los cuales el 41 % son católicos. Un «gran país al sur del ecuador, de tradición cristiana multisecular, ligada a la colonización portuguesa»[4], como recordó León XIV el 29 de abril, durante la audiencia general en la que repasó las etapas de su viaje a África. Tras la independencia de Portugal en 1975, el país sufrió las trágicas consecuencias de una guerra civil que se prolongó hasta 2002, destruyendo infraestructuras esenciales y comprometiendo el sistema productivo. Afectada por el conflicto, la población se refugió en las ciudades, en particular en Luanda, la capital, que hoy es una gran metrópolis con unos 8 millones de habitantes, muchos de los cuales viven en una situación de gran precariedad, a pesar de las riquezas naturales del país. Resulta significativo, por tanto, el lema del viaje apostólico que, refiriéndose a la visita del Pontífice, lo definió como «peregrino de esperanza, reconciliación y paz».

A comienzos de la tarde del 18 de abril, el avión con León XIV a bordo aterrizó en el aeropuerto internacional de Luanda, donde fue recibido por el presidente de la República, João Lourenço, en el cargo desde 2017. Desde el aeropuerto, siempre saludado por la gente que se alineaba a lo largo de las calles, el Pontífice se dirigió al Palacio Presidencial para la visita de cortesía al presidente de la República y, posteriormente, al Pabellón Protocolar para el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Allí, después del saludo del presidente de la República, León XIV pronunció su discurso, haciendo referencia, ante todo, a los «tesoros que no pueden venderse ni ser robados» del pueblo angoleño, en particular la «alegría que ni siquiera las circunstancias más adversas han podido extinguir». Luego quiso ampliar la mirada a toda África, para afirmar que es «para el mundo entero una reserva de gozo y de esperanza», virtudes que definió como «políticas», porque «sus jóvenes y sus pobres aún sueñan, aún esperan, no se conforman con lo que ya existe, desean levantarse, prepararse para grandes responsabilidades, jugarse en primera persona».

Posteriormente, León XIV se refirió a «las riquezas materiales que intereses prepotentes acaparan», para exclamar luego: «¡cuánto sufrimiento, cuántas muertes, cuántas catástrofes sociales y ambientales trae consigo esta lógica extractiva!». Invitó entonces a todos al encuentro y al diálogo, sin temor al disenso, sin apagar las visiones de los jóvenes y los sueños de los ancianos, y sabiendo gestionar los conflictos de manera que se transformen en caminos de renovación. Reiterando una vez más que la alegría y la esperanza son características del pueblo angoleño, el Pontífice advirtió contra los «déspotas y tiranos, tanto del cuerpo y como del espíritu» que «buscan volver las almas pasivas y las pasiones tristes, propensas a la inercia, dóciles y sumisas al poder». Finalmente, exhortó a los presentes a «hacer de Angola un proyecto de esperanza», en el cual la Iglesia católica «desea ser la levadura en la masa y fomentar el crecimiento de un modelo justo de convivencia». Concluida la ceremonia, el Papa se dirigió a la Nunciatura apostólica para un encuentro con los obispos de Angola y para pasar la noche.

Al día siguiente, 19 de abril, León XIV presidió la misa dominical en la explanada de Kilamba, un nuevo barrio en la periferia de Luanda, en presencia de unos 100.000 fieles. Durante la homilía, comparó el desaliento de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) con la historia reciente de Angola, un «país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad». También los angoleños, dijo el Papa, pueden recordar el dolor de «una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza» y tener la tentación de «perder la esperanza y quedarse paralizados por el desánimo». Sin embargo, continuó el Pontífice, Jesús resucitado, como hizo con los discípulos de Emaús, abre nuestros ojos, «dándonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro». Finalmente, exhortó a todos a «construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir». Solo así, concluyó, « será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido».

Por la tarde, León XIV se trasladó en helicóptero al santuario de Mamã Muxima («Madre del Corazón»), el principal centro mariano del país, situado a 130 km de Luanda, donde se venera una antigua imagen de la Inmaculada Concepción. La iglesia fue construida en el siglo XVI por los portugueses, a orillas del río Kwanza, que fluye majestuoso a poca distancia, en medio del verdor de la selva. En la explanada frente al santuario, el Papa presidió el rezo del Rosario, mientras, como sucede en las regiones ecuatoriales, caía rápidamente la noche. Dirigiéndose a los cerca de 30.000 fieles presentes, recordó que, en Muxima, muchas personas han rezado «en momentos de alegría y también en circunstancias tristes y muy dolorosas de la historia de este país». Continuó afirmando que rezar el Rosario «nos compromete a amar a cada persona con corazón maternal, de manera concreta y generosa, y a dedicarnos al bien de los demás, especialmente de los más pobres». Eso es lo que «nos enseña el corazón de María, el corazón de la Madre de todos», quiso reiterar el Pontífice, quien, al final de la celebración, regresó a Luanda, a la Nunciatura apostólica.

Al día siguiente, el 20 de abril, León XIV partió del aeropuerto de Luanda en un vuelo especial de la compañía aérea angoleña TAAG con destino a Saurimo. Situada a 945 km de Luanda, en el nordeste del país, la ciudad se encuentra a una altitud de 1.081 metros y es la capital de la provincia de Lunda Sur, cuya economía se basa principalmente en la extracción de diamantes y la agricultura. Tras su llegada, el Papa visitó una residencia de acogida para ancianos, seguida de una breve parada de oración en la catedral; posteriormente se dirigió a la explanada para la celebración eucarística, en presencia de unos 60.000 fieles.

En la homilía, refiriéndose a la petición de Jesús a sus oyentes de buscar «el alimento que permanece hasta la vida eterna» (Jn 6,27), el Pontífice recordó cómo «en Él se hace voz el anuncio de nuestra resurrección». Esta no está desligada de la vida terrena, ya que «toda forma de opresión, violencia, explotación y mentira niega la resurrección de Cristo». Por otra parte, continuó, «el triunfo sobre el mal y sobre la muerte, de hecho, no ocurre sólo al final de los días, sino en la historia de cada día». Escuchando el clamor de los pueblos, Cristo «de cada caída nos levanta, en cada sufrimiento nos consuela y en la misión nos alienta», resumió el Papa. Finalmente, recordando el testimonio de los mártires y de los santos, reiteró que este «nos impulsa a un camino de esperanza, de reconciliación y de paz», como reza el lema del viaje apostólico en su etapa angoleña.

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Después de la mañana transcurrida en Saurimo, León XIV regresó a Luanda, donde se dirigió a la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, confiada a los frailes capuchinos, para el encuentro con los obispos, sacerdotes, consagrados, consagradas y agentes pastorales. Tras escuchar diversos testimonios, el Papa se dirigió a la asamblea agradeciendo la obra de evangelización realizada en el país, «por la esperanza de Cristo sembrada en el corazón del pueblo» y «por la caridad hacia los más pobres». Luego alentó a los numerosos jóvenes de los seminarios y casas de formación, afirmando: «¡No tengan miedo de decir “sí” a Cristo, de moldear íntegramente su vida según la suya!». Tampoco faltó una referencia a los catequistas, reconociendo su papel que, en África, «es una expresión fundamental de la vida de la Iglesia». A todos, el Pontífice quiso recordar la importancia de la dimensión contemplativa, sin la cual «dejamos de ser coherentes con el Evangelio y de reflejar la fuerza de la Resurrección».

Fueron significativas las referencias al servicio a la sociedad, especialmente al anuncio de la paz. En el pasado, dijo el Papa, la Iglesia ha «demostrado valentía al denunciar el flagelo de la guerra». Ahora debe promover «una memoria reconciliada, educando a todos en la concordia» y en el perdón. Finalmente, el Pontífice alentó a la Iglesia a continuar siendo generosa y a cooperar en el desarrollo integral del país, particularmente en el ámbito de la educación y de la salud: «¡Que Dios bendiga y haga fructificar su dedicación y su misión!». Concluido el encuentro, el Papa regresó a la Nunciatura, donde pasó su última noche en Angola.

Al día siguiente, 21 de abril, en el aeropuerto internacional de Luanda, León XIV se despidió del presidente de la República y partió hacia Malabo, en Guinea Ecuatorial, para dar inicio a la última etapa de su viaje apostólico.

Guinea Ecuatorial: «hacia un futuro de esperanza»

Guinea Ecuatorial tiene aproximadamente 1,98 millones de habitantes, de los cuales el 75 % son católicos. En 1968 obtuvo la independencia de España. El país posee yacimientos de petróleo que le garantizan importantes recursos financieros, pero al mismo tiempo existen grandes desigualdades sociales. Hasta el 2 de enero de 2026, Malabo, en la isla de Bioko, antigua Fernando Poo, fue la capital del país y sigue siendo el principal centro social y económico. Desde esa fecha, el papel de capital pasó a Ciudad de la Paz, ubicada en la parte continental del territorio. Todavía en construcción, se prevé que la administración del país se traslade a la nueva ciudad en el plazo de un año. El lema del viaje proclamaba: «Cristo, luz de Guinea Ecuatorial, hacia un futuro de esperanza».

Al final de la mañana del 21 de abril, el avión con León XIV a bordo aterrizó en el aeropuerto internacional de Malabo, donde fue recibido por el presidente de la República, Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, en el poder desde 1979. El Papa se dirigió luego al Palacio Presidencial para la visita de cortesía y el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Tras el discurso del presidente de la República, intervino el Pontífice. Aludiendo al proyecto de construcción de la nueva capital del país, pidió que toda conciencia se interrogue sobre qué ciudad quiere servir, recordando que san Agustín «considera que los cristianos están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrena, pero con el corazón y la mente dirigidos hacia la ciudad celestial, su verdadera patria». En consecuencia, es fundamental que cada uno perciba «la diferencia entre lo que perdura y lo que pasa, manteniéndose libre de la riqueza injusta y de la ilusión del dominio».

Posteriormente, el Papa se refirió a la Doctrina social de la Iglesia como «una ayuda para cualquiera que desee afrontar las “cosas nuevas” que desestabilizan el planeta y la convivencia humana». Precisamente en este sentido, reiteró que forma parte de la misión de la Iglesia «contribuir a la formación de las conciencias mediante el anuncio del Evangelio y la propuesta de criterios morales y principios éticos auténticos, respetando la libertad de cada persona y la autonomía de los pueblos y sus gobiernos». Sobre los conflictos armados, León XIV utilizó palabras contundentes, afirmando que su proliferación tiene como uno de sus principales motivos «la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros, sin tener en cuenta el derecho internacional ni el derecho de los pueblos a la autodeterminación». Finalmente, exhortó a Guinea Ecuatorial a «revisar sus propias trayectorias de desarrollo y las oportunidades positivas de situarse en la escena internacional al servicio del derecho y la justicia». Al término de la ceremonia y después de una breve parada en la catedral, el Papa se dirigió a la Casa arzobispal, su residencia durante la estancia en el país.

Por la tarde, León XIV visitó la Universidad Nacional para la inauguración del nuevo campus, que lleva su nombre, y para el encuentro con el mundo de la cultura. Tras las palabras de bienvenida del rector y los testimonios de un estudiante, de un docente y de un representante del ámbito cultural, pronunció su discurso. Comparando la misión universitaria con un gran árbol que hunde profundas raíces, subrayó que corresponde a una universidad ser «una realidad bien arraigada en la seriedad del estudio, en la memoria viva de un pueblo y en la búsqueda perseverante de la verdad», una verdad que «no se fabrica, no se manipula ni se posee como trofeo, sino que se acoge, se busca con humildad y se sirve con responsabilidad».

Al término de la visita a la Universidad, el papa León XIV se dirigió al Hospital psiquiátrico Jean-Pierre Olie, donde fue recibido por los responsables, los trabajadores y los pacientes. En su breve saludo, el Papa compartió los sentimientos contrapuestos que experimenta cuando visita un hospital o una casa de acogida: «Por un lado, siento el dolor o la tristeza de las personas que están sufriendo» y por sus familias; «al mismo tiempo siento admiración y consuelo por todo lo que allí se hace a diario para servir a la vida humana». El Pontífice quiso también retomar las palabras que el director de la institución había pronunciado en su saludo inicial: «Una sociedad verdaderamente grande no es la que oculta sus debilidades, sino aquella que las rodea de amor». Finalmente, definió la misión de un hospital, especialmente de inspiración cristiana, como «un lugar donde las personas son acogidas tal como son, respetadas en su fragilidad, pero para ayudarlas a estar mejor, con una visión integral» en la que la dimensión espiritual es esencial. Con la visita al hospital concluían los compromisos públicos del Pontífice en su primera jornada en Guinea Ecuatorial. Aún le esperaba, de regreso a la Casa arzobispal, un encuentro privado con los obispos del país.

Al día siguiente, 22 de abril, en un vuelo especial de la compañía aérea local CEIBA Intercontinental, León XIV partió hacia Mongomo, en la zona continental del país, a unos 320 km de Malabo. La ciudad, inmersa en la selva, se convirtió en un importante centro económico después del descubrimiento del petróleo en los años noventa. Tras su llegada, el Papa se dirigió a la basílica de la Inmaculada Concepción, el mayor edificio religioso de África central, para la celebración de la misa en presencia de unos 10.000 fieles. En la homilía recordó los 170 años de evangelización del país, afirmando que una historia semejante hace visible el vínculo con la Iglesia universal y exige ahora la responsabilidad de convertirse en «protagonistas del anuncio del Evangelio y del testimonio de la fe». Por ello, continuó dirigiéndose directamente a la asamblea: «A todos y a cada uno se les pide un compromiso personal que abarque la vida por completo, para que la fe, celebrada de manera tan festiva en sus comunidades y en sus liturgias, alimente sus actividades caritativas y la responsabilidad hacia el prójimo, para la promoción del bien de todos». Es un compromiso, reiteró una vez más, que «requiere perseverancia, cuesta esfuerzo, a veces sacrificio, pero es el signo de que somos verdaderamente la Iglesia de Cristo».

Al término de la celebración, el Papa visitó la Escuela Tecnológica Papa Francisco. Después del almuerzo privado en la casa episcopal, León XIV tomó nuevamente el avión con destino a Bata, una ciudad costera fundada en el siglo XVII por los portugueses, donde posteriormente llegaron los franceses y más tarde los españoles. Desde el aeropuerto, tras una breve parada de oración en la catedral, el Papa se dirigió a la prisión de Bata, donde, en el encuentro con los detenidos, tuvo lugar uno de los momentos más conmovedores de todo el viaje. El propio León XIV lo mencionó al recordar el viaje a África durante la audiencia general del 29 de abril en la Plaza de San Pedro, afirmando que no podía olvidarlo: «Los reclusos cantaron a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa, pidiéndole que rece “por sus pecados y su libertad”. Nunca había visto nada semejante. Y luego han rezado conmigo el Padre Nuestro, bajo una lluvia torrencial. ¡Un signo auténtico del Reino de Dios!»[5]. En su saludo a los detenidos, el Pontífice quiso mostrarse cercano, afirmando: «La vida no sólo se define por los errores cometidos, que generalmente son el resultado de circunstancias difíciles y complejas; porque siempre es posible volver a levantarse, aprender y convertirse en una persona nueva […] No permitan que el pasado les robe la esperanza en el futuro».

La jornada en Bata fue larga. Después de la visita a los detenidos, León XIV se detuvo brevemente para una oración ante el Monumento conmemorativo de la explosión en un cuartel militar, ocurrida el 7 de marzo de 2021, en la que murieron al menos 107 personas. A continuación, llegó al estadio de Bata para el encuentro con los jóvenes y las familias, realizado bajo la lluvia. Tras escuchar testimonios y cantos, el Papa se dirigió a los presentes comenzando de manera espontánea: «¿Quién tiene miedo a la lluvia? ¿Quién quiere la bendición de Dios? Gracias por estar aquí, vamos a seguir celebrando. ¡La Iglesia necesita el entusiasmo de todos ustedes!». Refiriéndose también a los testimonios escuchados, León XIV animó a los jóvenes que han dicho sí a una vida consagrada a Dios como sacerdotes, religiosas, religiosos o catequistas, y a aquellos que se preparan para el sacramento del Matrimonio. A todos les pidió dejarse «entusiasmar por la belleza del amor» y convertirse en «testigos del amor que Jesús nos ha dejado y enseñado». Después del encuentro, el Papa se dirigió al aeropuerto y regresó a Malabo.

Al día siguiente, 23 de abril, León XIV presidió la misa en el estadio de Malabo, en presencia de unos 30.000 fieles. Durante la homilía, animó a la asamblea a profundizar en la lectura de la palabra de Dios, «un acto personal y también eclesial, no un ejercicio solitario o meramente técnico», así como a dar gracias por la Eucaristía, «pan de vida eterna» que nos hace vivir para siempre. Al final, pronunció nuevas palabras de aliento: «Los animo a todos ustedes, Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial, a continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús. Leyendo juntos el Evangelio, sean anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la Eucaristía, den testimonio con sus vidas de la fe que salva, para que la Palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos».

En un agradecimiento final al término de la celebración, que marcó también la conclusión del largo viaje apostólico por África, el Pontífice quiso dejar una primera síntesis personal, diciendo: «Me voy de África llevando conmigo un tesoro inestimable de fe, de esperanza y de caridad; es un tesoro grande: hecho de historias, de rostros, de testimonios, alegres y sufridos, que enriquecen abundantemente mi vida y mi ministerio como sucesor de Pedro». A continuación, León XIV se dirigió al aeropuerto de Malabo, se despidió del presidente de la República y partió hacia Roma, donde aterrizó por la noche.

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Como afirmó el Papa durante la conferencia de prensa en el vuelo de regreso a Roma, «el viaje debe interpretarse sobre todo como una expresión de la voluntad de anunciar el Evangelio, de proclamar el mensaje de Jesucristo». En efecto, León XIV, en sus intervenciones, partió de la centralidad del Evangelio y del seguimiento de Cristo, recordando al mismo tiempo que la fe tiene consecuencias sociales, económicas y políticas. Por ello habló con franqueza, anunciando, denunciando, sugiriendo y alentando a sus oyentes. Se refirió abiertamente a la pobreza, a la injusta distribución de la riqueza, a la corrupción, a los conflictos, al neocolonialismo y a la explotación de los recursos del subsuelo. Y lanzó llamados a la paz, a la reconciliación y a la esperanza, dirigiéndose a menudo especialmente a los jóvenes.

El Papa puso de relieve la contribución de la Iglesia a la sociedad y valoró cuanto de positivo encontró, particularmente la alegría y la esperanza, que definió como «virtudes políticas». Actuó del modo que le es propio, es decir, con una forma de respeto que no impide la proximidad, la sencillez y la cercanía, dejándose tocar y conmover por lo que ve y escucha. En los encuentros personales o de grupo, se hace cercano, se interesa, dialoga, se inclina, si es necesario, hacia su interlocutor para escucharlo. En circunstancias muy diversas, con gestos y palabras, se dejó involucrar por el ambiente festivo que lo rodeó en todas partes, aceptando con sencillez la cálida hospitalidad africana y contribuyendo, de este modo, a hacer visible la centralidad de África en la vida de la Iglesia universal.

  1. Ita Airways también se encargó de los vuelos entre los países visitados y el regreso a Roma. Dentro de cada país, los vuelos estuvieron a cargo de aerolíneas locales, salvo uno de los vuelos en Camerún, que fue operado por Ita Airways.
  2. Tanto las intervenciones del Papa como las imágenes del viaje se pueden consultar en el siguiente enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/travels/2026/documents/africa-13-23aprile2026.html
  3. Cf. M. Bomki, «La historia de la crisis del Camerún anglófono», La Civiltà Cattolica, 24 de abril de 2026: https://www.laciviltacattolica.es/2026/04/24/historia-de-la-crisis-del-camerun-anglofono/
  4. León XIV, Audiencia general, 29 de abril de 2026: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260429-udienza-generale.html
  5. León XIV, Audiencia general, 29 de abril de 2026: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260429-udienza-generale.html
Nuno da Silva Gonçalves
Es el director de La Civiltà Cattolica desde octubre 2023. Se licenció en Filosofía y Letras en la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica Portuguesa de Braga en 1981, y luego en Teología (1988) e Historia de la Iglesia (1991) en la Pontificia Universidad Gregoriana. Obtuvo su doctorado en la misma universidad en 1995, con la tesis: «Os Jesuítas e a Missão de Cabo Verde (1604-1642)». Entre 2005 y 2011, fue Provincial de la Compañía de Jesús en Portugal. En 2011, fue nombrado Académico de Mérito de la Academia Portuguesa de Historia. El 21 de marzo de 2016, fue nombrado Rector de la Pontificia Universidad Gregoriana, cargo que ocupó hasta agosto 2022. Antes de asumir como director de nuestra revista, ya formaba parte del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica.

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